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lunes, 6 de junio de 2016

El silencio del baterista

 

Más que el desarrollo de su instrumento, la batería, a Sorey le interesa producir un conjunto de experiencias musicales en las que las definiciones sobre lo que es o no el jazz se vuelven irrelevantes. Recuperamos esta conversación con el baterista a propósito del lanzamiento de su más reciente disco The Inner Spectrum of Variables, publicada en La Tempestad 102, mayo-junio de 2015.

 

 

 

Diversas formas de comprender la música anudan en las composiciones de Tyshawn Sorey a través de un elemento guía: el silencio. En conversación con La Tempestad desde Nueva York, el baterista ensaya una primera aproximación al concepto: «El silencio, como lo comprendo desde mi obra, es una indicación de que el sonido sigue en movimiento. No lo entiendo como un efecto excluyente de la música. Representa una oportunidad para tomar distintos trayectos dependiendo de los sonidos precedentes». La declaración, que podría suscribir por la superficie cualquier músico, adquiere una connotación radical al enfrentarse a los cuatro álbumes como solista que Sorey (Nueva Jersey, 1980) ha publicado hasta la fecha. Su disco debut, That / Not (2007), es una especie de noche sonora –de más de 250 minutos de duración–, donde la instrumentación de jazz (trombón, piano, contrabajo y batería) teje constelaciones enigmáticas. Los sonidos reverberan sólo para tensarse. El efecto, explorado en su obra entera –a excepción, acaso, de su tercer álbum, Oblique 1, de 2011, con patrones rítmicos más acelerados e irregulares–, dista de ser tranquilizador. «En piezas de otros autores hay sonidos que están sucediendo pero, por sobrecarga, es muy difícil escucharlos; en esos casos, terminan por interesarme más los sonidos que ya no están ahí. En mi obra, lo pienso más en términos de afectos, no como una declaración. Cómo afecta la composición, cómo afecta la escucha, cómo me afecta a mí»

 

Pero, ¿de dónde proviene semejante acercamiento al jazz, si es que el término aquí todavía es válido (los resultados rozan en muchas ocasiones las estructuras del serialismo o la música indeterminada)? «Tomo prestado de muchas tradiciones, incluso extramusicales. Pienso en Morton Feldman, pero también en Roscoe Mitchell, cuya música tiene altos grados de silencio». Con el experimentado saxofonista grabó en 2013 el álbum Duets con Tyshawn Sorey and Special Guest Hugh Rain, confirmando, más que una genealogía, una praxis: «gente como Anthony Braxton, Henry Threadgill y, en general, los músicos del aacm, me han inspirado de muchas maneras; sobre todo en esa suerte de autodidactismo en la forma de aproximarse a la composición. Querer hacer algo y simplemente hacerlo». Por otra parte, «no me pienso como un innovador, sino como una persona que busca producir experiencias. A veces esas experiencias pueden inclinarse hacia el free jazz, hacia la música clásica contemporánea, pueden ir a donde sea. Es como si la música tuviera su propia vida y creciera a su manera. Reconozco la genealogía del jazz, pero mis inquietudes siempre fueron más amplias».

 

Si bien, en algún punto entre el bebop y el free jazz (podríamos decir, entre Art Blakey y Max Roach), la base rítmica del género se liberó y adquirió personalidad propia, Sorey complejiza la idea del baterista rompiendo sus corsés y alcanzando su inventiva personal. En alguna ocasión declaró: «soy un baterista que compone música; la función de un álbum no pasa por la demostración de mis habilidades, sino de mis intereses como artista». Y a nuestra pregunta sobre las posibilidades expresivas de la batería, contesta, con humor: «¡Cada vez encuentro menos!, sobre todo en comparación con otros instrumentos que toco, como el trombón o el piano. Es curioso que lo menciones, porque la relación con mi instrumento ha cambiado mucho desde, digamos, 2012, cuando di mi último concierto como solista hasta la publicación de Alloy (2014), mi trabajo más reciente. El solo de batería, por ejemplo, es una idea con la que constantemente me encuentro en conflicto. Siento que no hay mucho campo de acción. Me interesa, más que desarrollar mi expresividad personal, involucrarme en el tejido de la música. Por otra parte, la batería también puede tener muchas limitaciones armónicas, por lo que trato de usar varios componentes sonoros, encontrar caminos alternativos e incorporarlos a la música tanto como pueda».

 

Se inquiere, finalmente, sobre el sustrato político que el jazz contemporáneo ha podido construir y defender. El norteamericano se muestra renuente, en un primer momento: «No me interesa realizar ninguna declaración política a través de mi trabajo. No me interesa forzar ningún discurso, porque creo que en realidad no se puede expresar con la música. O al menos yo no puedo hacerlo; alguien como Matana Roberts es mucho más hábil en ese aspecto. En todo caso, mi obra funciona como una respuesta a la situación política en la que vivimos». En un segundo momento, Sorey defiende el carácter colectivo, implícitamente político, entre las nuevas generaciones de jazzistas, principalmente de la escena neoyorquina: «Hay afinidades compartidas. Hay una conexión, un sentido de comunidad entre nosotros. Obviamente, el continuum de la música creativa es muy vasto, pero con gente como Vijay Iyer o Steve Lehman [con quienes conforma el trío Fieldwork], entre muchos otros, hay un gran respeto muto. Cada uno tiene su propio vocabulario, pero compartimos una sensibilidad compositiva y una filosofía sobre la música. Aunque prácticamente no nos veamos, cuando nos juntamos para tocar sabemos de antemano que será una gran oportunidad para interactuar. Se siente como volver a casa».

 

 

 



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