Ha pasado un cuarto de siglo desde la publicación de Dry (1992), el primer álbum de pj Harvey: su carrera puede considerarse, a estas alturas, desde una mirada retrospectiva. Al mismo tiempo, la cantante inglesa es aún joven (tiene 46 años) por lo que, con suerte, disfrutaremos todavía de la etapa de madurez de su obra. Sin ser una artista masiva, es considerada en esa constelación de músicos que en los años noventa renovaron la música popular, junto a Björk, Thom Yorke o Tricky, con quienes además ha colaborado. Esa condición limítrofe de su resonancia pública ha moldeado, de alguna forma, también su música: si algunos temas de Rid of Me (1993) pueden ser comprendidos en la estela del punk, incluso del grunge, con un aspereza paradójicamente accesible, obras como White Chalk (2007) parecen enconcharse en una intimidad hermética. Sus canciones, sin embargo, sean agresivas o melancólicas, parecen manufacturarse en el garage: hay en su obra un rechazo voluntario (¿calculado?) de la corrección de sonido de un estudio. Con excepción, por supuesto del celebrado Stories from the City, Stories from the Sea (2000), del que ha declarado: «quise que todo sonara tan bello como fuera posible. Habiendo experimentado con algunos sonidos terribles […], oscuros e inquietantes, este disco fue la reacción. Pensé: no, quiero belleza absoluta. Quiero que este álbum cante y vuele y esté lleno de reverberación y capas exuberantes de melodía. Quiero que sea mi trabajo hermoso, suntuoso y encantador». Esto, claro está, en el marco de su propio trabajo, porque temas como “The Whores Hustle and the Hustlers Whore” no son precisamente tratados melódicos, a lo mucho concentran mayor esmero de post-producción que, podríamos decir, redondean la canción. No es menor esta imagen de la redondez de la canción: ¿no es finalmente esa la forma de la canción pop, con la circularidad de la estrofa y el estribillo y la variación de intensidad entre ellos?, ¿cómo comprender, entonces, canciones unidireccionales, hechas casi con desgano, como “Slow Drug” del álbum Uh Huh Her (2004)? ¿Y en dónde se coloca, en este proceso, su nuevo álbum The Hope Six Demolition Project?
Como en otras ocasiones, pj Harvey compone a partir del ambiente creado por un lugar: si Nueva York influenció el vitalismo de Stories from the City, Stories from the Sea y una pequeña iglesia en Dorset permitió la intimidad casi tenebrosa de Let England Shake (2011), The Hope Six… surgió a partir de sendas visitas a Washington D.C., Afganistán y Kosovo. Los escenarios de guerra que casi por inercia imaginamos con los últimos dos casos, son contrapunteados por la narración de una particular atmósfera de miseria suburbana de Washington, como si en la mente de la compositora los tres lugares fueran igualados en una misma dinámica de despojo. Se ha apuntado la creciente politización de las obras de la compositora, pero por fortuna ésta no se ha convertido en discursos panfletarios, más bien en imágenes: en “Community of Hope”, el primer tema del álbum, Harvey describe algunos de los vecindarios más marginales de la capital norteamericana, a partir de una visitada guiada por un reportero del Washington Post. Su descripción es lacónica, pero no por ello menos profunda: «Here’s the highway to death and destruction / South Capitol is its name / And the school just looks like shit-hole / Does that look like a nice place?», para terminar con una frase que podría pasar por ingenua, pero que permite anudar los procesos de transformación y desplazamiento urbanos, que suceden no sólo en los Estados Unidos: «They’re gonna put a Walmart here». Lo más interesante, sin embargo, es la transformación en que su propia música se ve inmersa a medida que se politiza: si en Let England Shake, Harvey extremaba su registro de contraalto, y en el proceso su voz parecía tambalearse, ahora procura momentos corales: a su agrupación de base, conformada por John Parish, Mick Harvey y Mark Ellis, se unen hasta 10 músicos invitados que, en diversos pasajes del álbum, acompañan su canto y le dan un aspecto de amplitud y cohesión a su música que tal vez no había tenido en ningún momento de su carrera. En esa nueva amplitud encuentran espacio instrumentos que en otros discos no eran tan centrales o simplemente no eran incluidos: el saxofón sobre todo (incluido el solo en “Dollar, dollar” con el que cierra el álbum), pero también el acordeón. Al mismo tiempo, pj Harvey transita por un rango vocal más amplio. Se perciben las certezas que la inglesa ha recogido tras la grabación de nueve álbumes (once, si contamos los que ha realizado junto al propio Parish): no precisa de grandilocuencia para ser política, ni de centralidad para entregar obras personales (como en White Chalk, por ejemplo).
¿Y qué pasa con la manufactura agreste que ha caracterizado sus trabajos anteriores? Se mantiene la aspereza de las guitarras eléctricas y, en general, el desparpajo en la configuración del sonido, pero articulados en una idea que las trasciende. Tal vez The Hope Six Demolition Project sea un álbum de madurez o el punto de partida para una nueva visión de su sonido.
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