miércoles, 29 de noviembre de 2017

Diario de rodaje

Zama, la más reciente película de Lucrecia Martel, es un acontecimiento tanto en el ámbito fílmico como literario. El filme, que adapta la novela homónima de Antonio Di Benetto, se estrenó en el Festival de Cannes de este año. Recién llegó a México como parte de la 63 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca. La escritora argentina Selva Almada escogió un par de fragmentos de El mono en el remolino. Notas del rodaje de Zama de Lucrecia Martel, su crónica de la filmación de la cinta, que se reproducen aquí. El libro fue publicado por Literatura Random House este año.

 

La caranday brota del suelo pantanoso, anegado por las lluvias del otoño. Un otoño de treinta y cinco grados en Formosa. La caranday se eleva. Un tronco largo y flaco que desde el nacimiento de la copa acumula hojas viejas, hojas secas, capa sobre capa: la pollera de la caranday. Un rasgo que la distingue de otras especies. La pollera de las más jóvenes es liviana y deja pasar el viento norte que le saca, de a ratos, música: un sonido seco, crepitante.

El campo formoseño está lleno de carandayes. Las vacas se comen los brotes recién nacidos. Pero la pequeña caranday es porfiada. Rebrota. Año a año gana altura hasta que llega ahí donde la vaca no.

A pesar de la temporada de lluvias que acaba de terminar, fines de mayo, casi finales del otoño también, el pasto amarillea. Engaña porque ahí donde parece todo seco, abajo, apenas termina -o empieza- el pasto, en la raíz, todo es humedal.

Para entrar a este campo, una de las locaciones de Zama, hay que desandar unos quinientos o seiscientos metros arriba de un acoplado tirado por un tractor. Inmenso barrial en el que un auto se hundiría hasta las manijas. Se puede entrar de a pie también. Hay que ir vadeando el camino roto por el ir y venir del tractor que hace varios viajes al día, cuantos hagan falta. Caminar por los bordes del camino donde todavía queda pasto y agua. Y pozos que se tragan de repente un pie desprevenido. Tal vez madrigueras vacías, parideros del verano, cuando esto está todo seco.

El barro se pudre. Tiene olor a bicho. En los tramos donde es completamente chirle, veinte, treinta centímetros de pantano, donde las patas se hunden hasta las canillas, de a ratos parece moverse, explotan pequeños globos de aire en la superficie aterciopelada. Es un organismo vivo que respira.

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La mujer tiene más de ochenta años. Es una pilagá y vive en Campo del Cielo. La trajeron en un remís y la acompaña un lenguaraz, puntero del gobernador Gildo Insfrán.

Es ciega.

La van a buscar a la zona donde están las carpas del catering, la sientan en una silla de plástico y la traen entre dos hombres que levantan el improvisado palanquín y lo llevan tambaleando en el barro. Ella se agarra fuerte de los apoyabrazos y llora. Tiene miedo de que los hombres la dejen caer.

Recién cuando se calma, filman su escena: debe hablarle en pilagá a Diego de Zama que duerme en una hamaca. La voz de la anciana es tan débil, que el sonidista tiene que ingeniárselas para poder registrarla, para captar ese hilo fino, sutil, casi invisible como el hilo de una araña.

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Los Mellizos son correntinos y entraron a la película de pura casualidad. Uno de ellos fue a llevar a la hija al casting. Ese día sólo estaban eligiendo niños, pero Verónica dijo que además necesitaban a dos hombres muy parecidos entre sí para el papel de los soldados mellizos; que si conocían, avisen.

Él levantó la mano y dijo que tenía un hermano gemelo, que habían trabajado juntos en la película Doña Bárbara.

Son exactamente iguales, pero uno tiene una cicatriz en la mejilla. Un balazo, en una pelea.

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María es guaraní, de la provincia de Misiones. Tiene treinta años, siete hijos, un padre chamán y un marido representante de su comunidad ante organismos internacionales. Es alfabetizadora.

Vestida de jeans, botitas de cuero y un sueter, hablando por celular con los hijos en el hall del hotel, su belleza pasa desapercibida.

En la película es la manceba de Diego de Zama.

Apenas cubierta por una tira de lienzo morado que va desde abajo de sus axilas hasta las rodillas, con el pelo negro, suelto, abierto por una ancha raya rapada a la mitad del cuero cabelludo, con las manos y los brazos pintados de verde, María es de una hermosura que desarma.

Sentada en una choza con otras mujeres, niños, perros y gallinas sueltas, María destasa pescados, mete su delicada mano verde y arranca un puñadito de vísceras, rojas como margaritas. Hace sin mirar, la cabeza erguida, la vista clavada en el Paraná.



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