viernes, 24 de noviembre de 2017

Una forma elástica

Serpenteando entre géneros como la biografía, la crónica y el ensayo personal o autobiográfico, Emmanuel Carrère (París, 1957) ha explorado a lo largo de su obra las posibilidades de la novela. El camino al que parece volver continuamente lo acercan a lo que Massimo Rizzante [ver La Tempestad 104], al discutir el horizonte de la novela en nuestro siglo, llamó la forma documental. Tal vez resulte un poco ocioso el ejercicio taxonómico (¿su biografía sobre Philip K. Dick de 1993, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, es una novela también?, ¿cómo es que su largo testimonio de “crimen verdadero”, El adversario, de 1999, puede encontrar abrigo bajo el paraguas de este género?, ¿no levanta dudas similares su ensayo devenido novela El reino, de 2015?), cuando sería más sencillo decir que se trata, simplemente, de un narrador. En este mismo sitio ya hemos hablado sobre las cercanías entre el periodismo y lo literario (por ejemplo, aquí), pero tal vez convenga ver al fenómeno desde otra arista, a saber, en la que lo real se pone al servicio de la ficción; o, para ser más preciso, del acto de narrar.

El libro más reciente de Carrère que ha aparecido en nuestra lengua también se presenta a través de la editorial Anagrama en su colección de narrativas, pero en él se incluyen, sobre todo, textos periodísticos. Conviene tener un sitio adonde ir, publicado este mes (a tiempo para coincidir con la entrega del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances que se le entregará al autor francés el día de mañana en Guadalajara), compila artículos de opinión, ensayos y reportajes que se escribieron entre 1990 y 2015. Y aunque en él se incluyen las crónicas que uno esperaría de cualquier antología de este tipo (la crónica de la crónica malograda con alguna celebridad, un reportaje de viaje que sigue las pistas de un fantasma…), llama la atención que también se incluyan ensayos sobre figuras literarias, no sólo centrales (Balzac, Defoe) sino, significativamente, marginales (Philip K. Dick, Lovecraft). Tal vez sea aquí, en la fascinación por la figura esquiva (también se presta atención a Sébastien Japrisot y a Leo Perutz) donde podamos encontrar una clave para leer a Carrère no sólo como un malabarista de géneros literarios.

En este sentido la célebre “biografía novelada” Limónov (2011) podría ser un interesante punto de contacto, pero vayamos más atrás, a su novela de 1984 Bravura (y que fue publicada por Anagrama en 2016). Todo lector concienzudo del género del horror o la ciencia ficción conoce la anécdota: durante junio del año sin verano, en la Villa Diodati, junto al lago de Ginebra, se reunieron Byron, su médico y secretario John William Polidori y el matrimonio Shelley. Matando el tiempo y tras leer pasajes de Fantasmagoriana, o Colección de historias de apariciones de espectros, revinientes, fantasmas, etc. (1812), Byron propuso a los presentes que, cada uno, escribiera su propio cuento de aparecidos. Fue la noche en que se gestó Frankenstein o el Prometeo Moderno (1818), de Mary Shelley. Pero Carrère, en Bravura, pone atención en otro lado: en la vida miserable del autor del otro relato que tuvo origen esa misma noche, El vampiro (1818), de Polidori.

La anécdota histórica -un recuento sobre la noche en que se escribió una novela clave para la ciencia ficción y el horror- tendría que ser suficiente, pero no para Carrère, quien desarrolla un complejo juego de espejos en el que se refleja una fascinación por el marginal. Al inicio parece tratarse del relato de un hombre aguijoneado por el resentimiento (alcanzamos a Polidori en Londres, años después de los sucesos en Villa Diodati) pero pronto la imagen de los dobles o de los espejos sumergidos en agua le da forma a la narración: de la locura y miseria de Polidori pasamos al relato del capitán Walton, su ficticio espejo oscuro (la bitácora del capitán, no se olvide, es el dispositivo que, rodeado de hielo, abre la narración en Frankenstein).

Bravura es una reflexión intensa sobre la forma, y que no cesa a lo largo de la novela, como se lee en frases como esta: “Polidori se había mofado al principio de un método consistente en presentar un objetivo siempre eludido (escribir lo que se os pase por la cabeza) como un medio fácil de alcanzar, en señalar una dificultad insuperable (sin desnaturalizarlo y sin hipocresía) como previniéndolos de una torpeza inocua, la del abuso, por ejemplo, de las frases largas o de los paréntesis”. Se trata de un despliegue de virtuosismo que señala la elasticidad de la novela por doble partida: se nos recuerda que incluso títulos ¿menores? como Frankenstein o Drácula incorporaron las técnicas de la misiva o el diario personal para anclar ficciones disparatadas. Aunque en el Carrère posterior se lee un estilo más cercano a la parquedad que exige el dato duro, su pasión por indagar en lo que puede lograr la narrativa sigue presente.



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