En “Kafka y sus precursores” (1951), uno de sus ensayos más sugerentes, Borges enumera una serie de textos que, aunque no se parecen entre sí, le recuerdan a Kafka. Apelando al ejercicio anacrónico que implica toda lectura (el lector es el que llega después y crea redes de sentido y encuentra los vasos comunicantes entre objetos disímiles siempre a posteriori), postula la tesis de que esa ingente cantidad de datos y acontecimientos perdidos en el tiempo es inestable. El presente modifica al pasado y, en ese sentido, cada autor inventa su propia tradición. Ricardo Piglia ha repetido el argumento: «Toda verdadera tradición es clandestina y se construye retrospectivamente y tiene la forma de un complot». Mucho se ha escrito sobre los precursores de Borges, y no es tarea difícil señalar su linaje en el campo de las letras; sin embargo, podríamos ensayar un breve examen sobre las repercusiones de la obra de Borges más allá de ese campo. ¿De qué modo su literatura modificó el futuro, nuestro presente?
Pierre Menard, pariente cercano de Richard Mutt (la firma que aparece en La fuente de Marcel Duchamp), inaugura una serie que ha proliferado especialmente en el arte conceptual: los apropiacionistas. Robert Rauschenberg, Jasper Jones, Jeff Koons. ¿Qué hacía Warhol si no apropiarse de una imagen –privada, comercial, popular– y reproducirla hasta vaciarla de sentido? Hymn (1999), de Damien Hirst, es una versión aumentada de uno de esos modelos anatómicos que los médicos tienen en sus consultorios y, al mismo tiempo, es una copia de Yin and Yang (1990), de John LeKay, a quien Hirst ha imitado una y otra vez. Las fotografías de Richard Prince y Sherrie Levine son en realidad fotos de reproducciones de fotografías preexistentes, lo que vuelve indiscernible el original y la copia, al generar un original a partir de una copia imposible de diferenciar. Objetos tomados del mundo de los objetos para insertarlos en una galería como representaciones de sí mismos pero convertidos en arte. Como se ve: la labor del artista es puramente contextual y, como Borges aprendió de su maestro Macedonio Fernández, el proyecto, la idea, es más importante que la obra.
El trabajo de algunos artistas mexicanos jóvenes sigue otra estela. Verónica Gerber Bicecci, artista visual y escritora, recuerda el influjo que tuvieron en su trabajo esos textos híbridos típicamente borgeanos en los que se borran las fronteras entre la ficción y el ensayo. En su libro más reciente, Conjunto vacío (2015), «el desorden temporal y fragmentario tiene mucho de las ideas que le he robado a Borges». Además, el argentino es una de las influencias reconocidas en el proyecto sobre la ceguera en el que ha estado trabajando desde hace tiempo.
Jorge Méndez Blake, como parte de su exploración en torno al concepto de por sí borgeano de biblioteca, ha creado una serie de obras híbridas entre la arquitectura y la literatura que problematizan la idea de legibilidad. En Ariadna (2013) una mujer recorre un laberinto “leyendo” uno de cuatro libros ilegibles (uno vacío, otro que compendia finales de distintas obras, uno que consta de una línea punteada y otro que contiene imágenes de ruinas). En La biblioteca Borges (2015) la alusión es directa: recupera la descripción del universo como una biblioteca de Babel y el laberinto de “El jardín de senderos que se bifurcan”. La pieza está conformada por un módulo que se repite una y otra vez de manera geométrica, conformando, en teoría, un laberinto; dentro de esos módulos hay un espejo, con lo que logra que la biblioteca tienda al infinito.
Por su parte, Álbum de Pilar (2014), de Daniela Bojórquez Vértiz, es una serie de fotografías mudas: marcos encuadrando un vacío, acompañados por pies de foto descriptivos. Es una alusión sutil a “El Aleph”, pues la serie homenajea la enumeración de los retratos de Beatriz Viterbo en ese cuento. Además de funcionar de manera autónoma, Bojórquez Vértiz reprodujo este álbum en “El Interleph”, un relato incluido en su libro Óptica sanguínea (2015), donde la relación intertextual se hace más evidente.
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