La relación del arte, sus contenedores, los lugares en los que se emplazan y sus audiencias, es un tema de discusión exportado desde el siglo pasado. Está claro que el edificio no es el museo y un ejemplo de ello es el titánico proyecto del Museo Palestino que, ubicado en la ciudad de Birzeit, en Cisjordania, abrió sus puertas sin nada que exhibir en sus salas, durante el mes de mayo de este año. Tras 19 años de haber sido anunciado y con una inversión que superó los 24 millones de euros, su directivos tomaron la decisión de inaugurar el edificio sin una pieza de arte en su interior. Sin cumplir su función básica, la difusión y el encuentro de ideas, el edificio, pese a su destacado diseño, pierde todo significado. El museo, se trata entonces, de una empresa que no sólo requiere de una visión urbana, sino también de una política, de una económica y de una histórica.
Desde el ensayo y la entrevista, tres especialistas (Carlos Ortega Arámburo, arquitecto; Mauricio Rocha, arquitecto; y Alejandro Hernández Gálvez, editor y crítico) han lanzado sus opiniones al respecto por medio de las cuales construimos un panorama para entender esta relación que, al parecer, sigue lejos de ser armoniosa. ¿Es el panorama tan desolador?
El museo, como se concibe en la actualidad: contenedor, salas y colección, ¿es un modelo vigente? Carlos Ortega Arámburo, en su ensayo titulado “Los efectos secundarios de Bilbao”, señala que fue en ésta ciudad española en la que dio inicio un onda de largo alcance que promovió la construcción de un museo como si se tratara del nuevo estadio para un equipo de fútbol. Su construcción (1997) formó parte de una estrategia mayor iniciada casi veinte años atrás (1979) por el Asesor del Ayuntamiento de Barcelona, Tony Puig Picart, para convertir a la ciudad en una marca. Y lo logró. «El espíritu generoso del efecto Bilbao (de Gehry), que, como ahora se sabe, trae consigo un efecto de aburguesamiento». Otros despachos han hecho lo suyo para sumar a esta transformación de la tipología (la fusión de un espacio expositivo y uno comercial). Al diseño de los contenedores con su ánimo “innovador” se suma la estrategia curatorial que, muchas de las veces no es congruente con una propuesta conceptual de su diseño o, para terminar pronto, no tienen relación alguna. Para Arámburo, la onda expansiva de Bilbao no termina y entre las patas se ha llevado a muchos, no sólo arquitectos sino también a espectadores. Arámburo, cuidadosamente cuestiona la pertinencia de la tipología actual del museo y señala que se precisa de un espacio «menos parecido a un edificio, un espacio más azaroso».
Entrevistado por Guillermo García Pérez, Mauricio Rocha, al frente de Taller de Arquitectura, reflexiona sobre las alteraciones que han experimentado los museos los últimos años: ¿cuál es la potencia del museo en el presente? El gran reto de los arquitectos, señala Rocha, es producir un recipiente flexible, capaz de transformarse a la par de las museografías (de los escenarios museográficos), de provocar y, al mismo tiempo, establecer una relación dialéctica con el arte. Desde la mirada de Rocha, la onda expansiva del Guggenheim de Bilbao se ha agotado, pero las concepciones míticas del museo (del edificio) imposibilitan que éste provoque, sea democrático y, sobre todo, un receptor que cuestione a la sociedad de manera creativa. En México, apunta, son dos los problemas de los espacios museísticos para el arte contemporáneo: la falta de flexibilidad y los presupuestos, «…más que pensar en construir nuevos museos que etiqueten al sexenio en curso, habría que inyectar dinero a la infraestructura actual».
Ante el agotamiento de los efectos secundarios de Bilbao que menciona Rocha, es pertinente preguntarse por el futuro de estas instituciones. Alejandro Hernández Gálvez señala en el ensayo “El museo sin espacio” que, «teniendo una colección que cuente y una historia bien contada, lo de menos podría ser el contenedor, el edificio del museo […] Si no es clara la manera en que operará el museo (su actividades, sus programas de estudio y sus exhibiciones), el edificio está condenado a convertirse en un símbolo vacío». Hacer el edificio no es lo primordial para crear un museo, señala Hernández Gálvez, «es el público el que puede mantener la consistencia de un museo, más allá de los cambios del contenedor […] ni el museo ni su arquitectura se pueden reducir al edificio que, con suerte, y con dinero, siempre podrá, a la larga, desaparecer».
Pero, ¿cómo se entiende el arte contemporáneo desde el museo? Si el contenido puede sobrevivir sin el contenedor o mejor aún, lo trasciende, y si hacer el edificio no es lo primordial para crear un museo, ¿cuál es el sentido de esta alianza entre espacio y colección? Paola Santoscoy, directora del Museo Experimental el Eco abordará esta relación, sus mutaciones y particularidades en el curso ¿Qué es el arte contemporáneo? en nuestro Espacio de Reflexión Estética a las 19:30 horas.
Los tres textos de los que se extraen las opiniones aquí vertidas fueron publicados en la edición impresa de Folio. V.014, junio-julio de 2015.
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