La primera revista de la Historia fue una publicación de estilo de vida concentrada en ciertas prácticas de caza. Antecede a la civilización y se encuentra impresa en los muros de la Cueva de Altamira. Lo que ahí vemos no es una pintura rupestre, es la primera crónica publicada acerca de una actividad de interés social. Si pensamos que las revistas son un tipo de depósito histórico, un método para comunicarse con el futuro, entonces veremos en Marcelino Sanz de Sautuola y en su hija María a los primeros lectores modernos de esta publicación paleolítica.
En términos muy sencillos, una revista es un almacén de actualidades administrado por un editor. No confundamos actualidad con noticia: las noticias encontraron en la red un nicho ideal, obligando a los diarios a adaptarse a entornos electrónicos y digitales inéditos para satisfacer la acelerada demanda de información fresca. Esta suerte de evolución forzada no sólo acabó con una cantidad considerable de periódicos impresos, sino que reconfiguró las condiciones de la nueva atmósfera comunicativa. En este nuevo medio –inestable y en constante reorganización– el poder económico no asegura la supervivencia (tampoco los clics), la competencia es encabezan por aquellos que se han reconciliados con su vocación constitutiva: informar. No todos los cuadernos y sitios web con imágenes y textos son revistas, el campo semántico de las publicaciones es amplio, pero hay rasgos que distinguen a una revista de un diario o de un fanzine. Existe, además, una distancia considerable entre una revista y un catálogo, así como diferencias puntuales entre un editor, un curador o un decorador de interiores.
El modelo de revista ha pasado por transformaciones pero, a grandes rasgos, su composición y actividades continúan siendo las mismas desde la aparición de The Gentleman´s Magazine (Londres, 1732-1922): un grupo de colaboradores, coordinados por un editor, que periódicamente emiten opiniones acerca de un tema actual y de interés común. Quizá las actualizaciones o transformaciones más recientes pueden encontrarse en la revista Aspen (1965-1971) y en las nuevas reglas del juego que trajo el Internet. Por un lado, Aspen experimentó con un formato tridimensional para publicar sus contenidos. Cada una de sus diez ediciones contenía grabaciones, fotografías y otros objetos artísticos, inaugurando nuevos rumbos fetichistas para editores (ahora productores) y lectores (ahora consumidores) de revistas (hoy considerados productos de consumo cultural), incorporando lógicas mercantiles más agresivas que rebasaban los aspectos culturales y las convenciones del binomio texto-imagen; luego, al cierre de la primer década de este siglo, el presentismo propiciado por la red y los gadgets cimbró las formas de producción y edición de contenidos editoriales, la preguntaba estaba en el aire: ¿qué contenidos corresponden en las revistas digitales y cuáles en las impresas? Ningún editor pensó que este proceso sería tan complejo. Y no sólo eso, el lector también cambió, mutó en visitante. La ceremonia de la lectura fue sustituida por la convivencia pública; se generaron comunidades de visitantes y comentaristas virtuales, y el impreso adquirió el aspecto sombrío y casi místico de instrumento de culto para comunicarse con el más allá, para elevar oraciones sin respuesta. La horizontalidad e inmediatez de las publicaciones electrónicas pronto menguó la popularidad de las publicaciones impresas, que obedecen un esquema, más bien, vertical. Sin embargo, algo se comenzó a echarse en falta.
Varios editores de renombre afirman que vivimos la “edad de oro”de las revistas impresas. La aseveración, más allá de proponer cierto canon o dar pie a una campaña publicitaria, intenta reconocer los sólidos logros de exploraciones editoriales que, contrapuestas a la apocalíptica visión de la extinción de los impresos, abrirían un espacio dentro del reino digital. Una vez disipados la confusión y los desacuerdos entre soportes y métodos de producción, provocados por drásticos avances tecnológicos, podemos imaginar a ese mismo cazador del pelolítico frente al muro, construyendo y reconstruyendo una historia en su cabeza, buscando la forma más eficiente y bella de comunicarla. Una postal que fácilmente puede trasladarse a nuestro tiempo: un editor o un escritor, frente a la página, añadiendo, sustrayendo y corrigiendo, buscando la manera más eficiente de comunicar una historia. El registro de este editor primitivo denota un estilo propio y representa un punto de vista único. Hay en ese muro de la Cueva de Altamira una historia oportuna que valía la pena publicar.
Ese impulso, ese instinto, permanece. ¿Qué es hoy, una revista? Un conjunto de historias únicas que nos permiten solventar nuestro presente común, sometidas a un ritmo periódico de aparición. Cada número de una revista es un relato distinto de nuestro tiempo, una narración que nos sobrevivirá.
El curso “La publicación cultural: de la idea al objeto”, impartido por los editores de nuestra publicación se ha enfocado en desmenuzar lo que convierte a un documento impreso en una revista y las formas que ésta puede adoptar. Hoy se llevará a cabo su cuarta sesión a las 19:30 horas en nuestro Espacio de Reflexión Estética en la calle de Pachuca 146A, en la Condesa.
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