Con motivo de la exposición Si tiene dudas… pregunte, Mónica Mayer escribió, en una carta a María Laura Rosa (como puede consultarse en pregunte.pintomiraya.com) lo siguiente: «El público general puede creer o no en cierto tipo de arte, pero quienes lo estudiamos tenemos que entender que más que objetos o acciones artísticas, lo que hay es un fenómeno artístico que sucede entre quienes producen arte, lo legitiman, lo distribuyen y lo consumen, y que permite que tengan relevancia o reverberen en determinados contextos». Trato de ponerme en los zapatos de alguien que se aproxima al trabajo de Mayer por primera vez o, aún peor, en los de Karen Cordero, que tuvo que enfrentarse a tres tareas hercúleas: seleccionar la obra que se exhibiría en la muestra, decidir cómo organizarla y cómo presentarla.
El afortunado término de retrocolectiva, que Mayer le atribuye a María Laura Rosa, es particularmente interesante si tomamos en cuenta la definición de arte que la primera incluye en la carta donde hace la atribución. Lo primero que Mayer y Cordero dicen al público es que la muestra es el resultado de un esfuerzo colectivo. Además, según afirma Sol Henaro en el catálogo (que se puede descargar en la página del MUAC), la exposición «se suma a los proyectos de carácter retrospectivo del Museo Universitario Arte Contemporáneo en su interés por generar relatos curatoriales sobre artistas medulares de la práctica artística en México». La labor que ha hecho el MUAC en este sentido es extraordinaria. Dicho esto, hay algo triste en que la única manera en la que se le otorgue una exposición importante a un artista mexicano de esa generación es en forma de retrospectiva. Es parecido a lo que ocurre en la serie ¡Madres! (que Mayer realizó con Maris Bustamante, como parte del colectivo Polvo de Gallina Nega) en las que se da a unos señores la oportunidad de ser «madres por un día». Artista por seis meses, y como estatua de marfil, petrificado en monumento y paradito en la historia, no se me brinque al presente, porque aquí no cabemos.
Una advertencia: para ser retrospectiva, a la exposición le falta muchísima obra. Incluye “grandes éxitos” como la reactivación de El Tendedero o el video de la serie que ya mencioné en el que Polvo de Gallina Negra “embaraza” a Guillermo Ochoa. Por cuestiones de espacio se omitieron los elementos de contexto que ayudarían a un joven a entender, por ejemplo, la importancia que tenía Ochoa en la época en la que se realizó la pieza.
La segunda tarea de Cordero, organizar la obra, se resolvió en cuatro secciones: una introductoria que lleva por título “Tendiendo redes”, y tres núcleos: “Feminismo y formación”, “Arte, vida, afecto” y “Lo personal es político, performático y público”. Con un número limitado de piezas, la curadora y la artista se dieron a la tarea de organizar la obra en torno al eje del feminismo, un feminismo que se hace explícito desde el módulo introductorio, con su referencia a la creación de colectividades, pasando por la formación de Mayer, hasta llegar a la relación del arte con la vida y el afecto, y la idea de que «lo personal es político». Con relación al feminismo, tanto la curaduría como la obra logran destacar ciertos aspectos estratégicos (formales) y esquivar algunas de las características de obras que son clasificadas por sus autoras en este rubro. Con todo y su recurso al autorretrato y el tono de denuncia, la obra de Mayer siempre evita tanto la chabacanerías asociada a lo “femenino” (en todo caso se burla de ello, como en Los xv años que realizó con Tlacuilas y Retrateras, o en La boda falsa), como la tentación de recurrir a una exhibición de un cuerpo violentado que corre el riesgo de volverse seductor y atractivo. En el catálogo Cordero menciona que los dibujos a manera de tapices de la sección introductoria están entre las pocas obras de Mayer que pueden considerarse abstractas. Precisamente por lo que mencioné, creo que en muchos casos, que van de El tendedero a Una maternidad secuestrada, el uso del texto es también una forma de abstracción.
Aunque la tercera tarea de Cordero, decidir cómo presentar el trabajo, desempeña un papel preponderante en la muestra, no se convierte en uno de los temas de la exposición: es lamentable, pues se trata de uno de los aspectos más interesantes de la obra de Mayer. El trabajo heterogéneo de la artista debe haber sido un reto formidable para la curadora, del que salió bastante airosa al proponer una gran diversidad de soluciones materiales que van desde la presentación de “reactivaciones”, la documentación y los talleres (como los que se llevaron a cabo para la contribución al wikitón destinado a aumentar el número de entradas en Wikipedia acerca de mujeres artistas). Aún así, tuve la impresión de que este aspecto del trabajo fue suficientemente visible en el montaje. Aunque las estrategias de Mayer para hacer crítica institucional provienen de sus experiencias feministas, las trascienden. La obra realizada con Víctor Lerma bajo el nombre de Pinto mi raya, a la que llaman «arte conceptual aplicado», se brinca todas las trancas y «lubrica al sistema artístico» hasta que lo desarma: quizá por ello sea lo más difícil de meter en un museo. Quizá lo sea además porque está muy bien que las mujeres se defiendan del abuso, pero no tanto que se salgan de la recámara, se pasen hasta la cocina y más allá, y se metan con los críticos, con las instituciones de investigación, con los archivos y con un sistema que tiene en la invisibilización una de sus formas de castigo favoritas.
Este texto fue publicado en la edición impresa de La Tempestad 109, abril de 2016.
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