martes, 3 de marzo de 2026

El reino y el barrio

I

Ocurre, ante ciertas obras, el extrañamiento. El fenómeno ha sido estudiado lo mismo por el formalista Víktor Shklovski que por un neofreudiano como Harold Bloom. En última instancia, no lo entienden de un modo tan distinto: para el ruso es una figura retórica que desestabiliza los hábitos del lector; para el estadounidense se trata, sencillamente, de otro nombre de la originalidad. Los libros de Gonçalo M. Tavares, en tal sentido, ponen a prueba nuestras rutinas perceptuales. En la superficie, su prosa no ofrece resistencia. De precisión quirúrgica, las frases tienden a la brevedad y la transparencia, limpias de adjetivos. ¿Qué nos extraña, entonces?

En Un hombre: Klaus Klump (2003), primera parte de la tetralogía novelística El reino, encontramos un tejido en el que los acontecimientos relatados y las digresiones forman una materia indivisible. No se trata de los anfibios que, fusionando relato y ensayo, airearon el panorama literario en los ochenta y noventa (Magris, Pitol, Piglia, Sebald): La máquina de Joseph Walser (2004), Jerusalén (2004) y Aprender a rezar en la era de la técnica (2007) son algo tan improbable como una novela escrita por el Wittgenstein del Tractatus. En la tetralogía, sin embargo, nunca se impone el espíritu epigramático: pensar y narrar son un mismo movimiento.

‘Aprender a rezar en la era de la técnica’ es, digámoslo de una vez, una de las grandes novelas escritas en la primera década siglo XXI, y culmina la serie de “libros negros” de Tavares, su idiosincrásica exploración narrativa del Mal.

Situadas en un impreciso país de lengua germánica durante la ocupación de una potencia extranjera, en algún momento de la primera mitad del siglo XX, las piezas de El reino invitan a meditar, una vez más, sobre la tradición. ¿Se inscribe Tavares en alguna línea de la literatura portuguesa? Nacido en Luanda, Angola, en 1970, sus libros parecen negarse a una lectura semejante: hilvanan una serie propia, que proviene lo mismo de algunos filósofos del fragmento –los presocráticos, Nietzsche, Benjamin, el mencionado Wittgenstein– que de narradores de prosa exacta y universos singulares –Walser, Kafka, Beckett, Calvino. Llamar a Tavares “escritor portugués” es meramente anecdótico: su escritura borra las referencias espaciales y temporales para atraer la atención a un territorio autónomo, regido por una racionalidad particular.

Aprender a rezar en la era de la técnica es, digámoslo de una vez, una de las grandes novelas escritas en la primera década siglo XXI, y culmina la serie de “libros negros” de Tavares, su idiosincrásica exploración narrativa del Mal. Lenz Buchmann, el brillante cirujano que decide pasarse a la política, encarna la noción que recorre la tetralogía: la maldad que late en la razón ilustrada, que en determinados momentos es indistinguible de la locura (el tema de Jerusalén). Sabemos por Dialéctica de la Ilustración, de Adorno y Horkheimer, que el fascismo no es la pesadilla de la modernidad, sino su más hiriente consecuencia. En El reino se impone la razón instrumental y, con ella, dos tipos de miedo, como leemos en Aprender a rezar en la era de la técnica (traducido por Rita da Costa para Mondadori): “El primer miedo arrancaba las cosas de su inmovilidad y el segundo, más poderoso, mantenía las cosas en movimiento”.

II 

El universo de Gonçalo M. Tavares, sin embargo, no se limita a la exploración del Mal y la civilización técnica. Junto a El reino se levanta El barrio, un conjunto de diez libros breves (2002-2010), que Almadía ha reunido en un solo volumen de más de 600 páginas: El barrio y los señores, traducido por Florencia Garramuño y con un prescindible prólogo de Alberto Manguel. En ellos se revelan no sólo las capacidades fabuladoras del portugués, sino su desconcertante poder cognitivo. Valéry, Michaux, Brecht, Juarroz, Kraus, Calvino, Walser, Breton, Swedenborg y Eliot son transformados en habitantes de una aldea que opera como metáfora de la historia de la literatura (o de la creación), y a la que, según el plan delineado por Tavares, se mudarían nombres como Beckett, Borges, Duchamp, Woolf o Warhol.

Detrás del ánimo lúdico de estos relatos, sin embargo, aparece el tema central de la obra del portugués, la razón, capaz de entregarnos momentos de plenitud o de orillarnos a las prácticas más crueles.

El modelo de estos libros parece ser Historias del señor Keuner de Brecht, pero también el Monsieur Teste de Valéry o el Plume de Michaux. La diversidad de El barrio, sin embargo, es notable: si El señor Valéry (2002) y El señor Henri (2003) están animados por un espíritu cómico que oscila entre Buster Keaton y Samuel Beckett, El señor Kraus (2005) estudia el poder a la manera kafkiana, con un jefe y un par de ayudantes tan siniestros como ridículos. Pero los homenajes de Tavares no operan en el plano anecdótico: sus relatos recrean la escritura de los señores, emulan sus mundos, como en su momento hizo, desde una posición más bien lírica, con su singular Biblioteca (2004).

Detrás del ánimo lúdico de estos relatos, sin embargo, aparece el tema central de la obra del portugués, la razón, capaz de entregarnos momentos de plenitud o de orillarnos a las prácticas más crueles. Para construir los mundos de los señores Valéry, Henri (Michaux), Juarroz, Calvino y Swedenborg las palabras resultan insuficientes: la escritura se desplaza a una serie de dibujos, formas que, sobre el blanco de la página, ofrecen síntesis geométricas tanto de reflexiones como de operaciones. Hay algo matemático en el narrar-pensar de Gonçalo M. Tavares, que se proyecta tanto en los personajes de El reino como en los de El barrio. Pero, como escribió en el poema “El mapa”, “entre la posibilidad de acertar mucho, existente / en la matemática, y la posibilidad de errar mucho, / que existe en la escritura (errar de errante, de caminar / más o menos sin una meta) opté instintivamente / por la segunda. Escribo porque perdí el mapa”.

Publicado originalmente en la versión impresa de La Tempestad, no. 89, marzo-abril de 2013

The post El reino y el barrio first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/aBxTlf2
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

El reino y el barrio

I

Ocurre, ante ciertas obras, el extrañamiento. El fenómeno ha sido estudiado lo mismo por el formalista Víktor Shklovski que por un neofreudiano como Harold Bloom. En última instancia, no lo entienden de un modo tan distinto: para el ruso es una figura retórica que desestabiliza los hábitos del lector; para el estadounidense se trata, sencillamente, de otro nombre de la originalidad. Los libros de Gonçalo M. Tavares, en tal sentido, ponen a prueba nuestras rutinas perceptuales. En la superficie, su prosa no ofrece resistencia. De precisión quirúrgica, las frases tienden a la brevedad y la transparencia, limpias de adjetivos. ¿Qué nos extraña, entonces?

En Un hombre: Klaus Klump (2003), primera parte de la tetralogía novelística El reino, encontramos un tejido en el que los acontecimientos relatados y las digresiones forman una materia indivisible. No se trata de los anfibios que, fusionando relato y ensayo, airearon el panorama literario en los ochenta y noventa (Magris, Pitol, Piglia, Sebald): La máquina de Joseph Walser (2004), Jerusalén (2004) y Aprender a rezar en la era de la técnica (2007) son algo tan improbable como una novela escrita por el Wittgenstein del Tractatus. En la tetralogía, sin embargo, nunca se impone el espíritu epigramático: pensar y narrar son un mismo movimiento.

‘Aprender a rezar en la era de la técnica’ es, digámoslo de una vez, una de las grandes novelas escritas en la primera década siglo XXI, y culmina la serie de “libros negros” de Tavares, su idiosincrásica exploración narrativa del Mal.

Situadas en un impreciso país de lengua germánica durante la ocupación de una potencia extranjera, en algún momento de la primera mitad del siglo XX, las piezas de El reino invitan a meditar, una vez más, sobre la tradición. ¿Se inscribe Tavares en alguna línea de la literatura portuguesa? Nacido en Luanda, Angola, en 1970, sus libros parecen negarse a una lectura semejante: hilvanan una serie propia, que proviene lo mismo de algunos filósofos del fragmento –los presocráticos, Nietzsche, Benjamin, el mencionado Wittgenstein– que de narradores de prosa exacta y universos singulares –Walser, Kafka, Beckett, Calvino. Llamar a Tavares “escritor portugués” es meramente anecdótico: su escritura borra las referencias espaciales y temporales para atraer la atención a un territorio autónomo, regido por una racionalidad particular.

Aprender a rezar en la era de la técnica es, digámoslo de una vez, una de las grandes novelas escritas en la primera década siglo XXI, y culmina la serie de “libros negros” de Tavares, su idiosincrásica exploración narrativa del Mal. Lenz Buchmann, el brillante cirujano que decide pasarse a la política, encarna la noción que recorre la tetralogía: la maldad que late en la razón ilustrada, que en determinados momentos es indistinguible de la locura (el tema de Jerusalén). Sabemos por Dialéctica de la Ilustración, de Adorno y Horkheimer, que el fascismo no es la pesadilla de la modernidad, sino su más hiriente consecuencia. En El reino se impone la razón instrumental y, con ella, dos tipos de miedo, como leemos en Aprender a rezar en la era de la técnica (traducido por Rita da Costa para Mondadori): “El primer miedo arrancaba las cosas de su inmovilidad y el segundo, más poderoso, mantenía las cosas en movimiento”.

II 

El universo de Gonçalo M. Tavares, sin embargo, no se limita a la exploración del Mal y la civilización técnica. Junto a El reino se levanta El barrio, un conjunto de diez libros breves (2002-2010), que Almadía ha reunido en un solo volumen de más de 600 páginas: El barrio y los señores, traducido por Florencia Garramuño y con un prescindible prólogo de Alberto Manguel. En ellos se revelan no sólo las capacidades fabuladoras del portugués, sino su desconcertante poder cognitivo. Valéry, Michaux, Brecht, Juarroz, Kraus, Calvino, Walser, Breton, Swedenborg y Eliot son transformados en habitantes de una aldea que opera como metáfora de la historia de la literatura (o de la creación), y a la que, según el plan delineado por Tavares, se mudarían nombres como Beckett, Borges, Duchamp, Woolf o Warhol.

Detrás del ánimo lúdico de estos relatos, sin embargo, aparece el tema central de la obra del portugués, la razón, capaz de entregarnos momentos de plenitud o de orillarnos a las prácticas más crueles.

El modelo de estos libros parece ser Historias del señor Keuner de Brecht, pero también el Monsieur Teste de Valéry o el Plume de Michaux. La diversidad de El barrio, sin embargo, es notable: si El señor Valéry (2002) y El señor Henri (2003) están animados por un espíritu cómico que oscila entre Buster Keaton y Samuel Beckett, El señor Kraus (2005) estudia el poder a la manera kafkiana, con un jefe y un par de ayudantes tan siniestros como ridículos. Pero los homenajes de Tavares no operan en el plano anecdótico: sus relatos recrean la escritura de los señores, emulan sus mundos, como en su momento hizo, desde una posición más bien lírica, con su singular Biblioteca (2004).

Detrás del ánimo lúdico de estos relatos, sin embargo, aparece el tema central de la obra del portugués, la razón, capaz de entregarnos momentos de plenitud o de orillarnos a las prácticas más crueles. Para construir los mundos de los señores Valéry, Henri (Michaux), Juarroz, Calvino y Swedenborg las palabras resultan insuficientes: la escritura se desplaza a una serie de dibujos, formas que, sobre el blanco de la página, ofrecen síntesis geométricas tanto de reflexiones como de operaciones. Hay algo matemático en el narrar-pensar de Gonçalo M. Tavares, que se proyecta tanto en los personajes de El reino como en los de El barrio. Pero, como escribió en el poema “El mapa”, “entre la posibilidad de acertar mucho, existente / en la matemática, y la posibilidad de errar mucho, / que existe en la escritura (errar de errante, de caminar / más o menos sin una meta) opté instintivamente / por la segunda. Escribo porque perdí el mapa”.

Publicado originalmente en la versión impresa de La Tempestad, no. 89, marzo-abril de 2013

The post El reino y el barrio first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/aBxTlf2
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

viernes, 27 de febrero de 2026

La transformación que nadie pidió

La infraestructura de las ciudades requiere constante mantenimiento y renovación, y más cuando son anfitrionas de eventos internacionales. Esos acontecimientos pueden servir de excusa para mejorar las vidas de los habitantes. En 1968, para la XIX Olimpiada, se pintaron bardas y se arreglaron jardines y avenidas de la Ciudad de México; el Centro Histórico fue intensamente restaurado. En una capital aún afectada por la destrucción de los terremotos de septiembre de 1985, el Mundial de 1986 sirvió para acelerar el retiro de escombros y, en la medida de lo posible, recuperar la normalidad anhelada por los ciudadanos, traumatizados por el desastre.

Pese a lo anterior, en vísperas del Mundial de 2026, la avalancha de renovaciones parece ser de otro tenor. Aunque aparentemente positivas, estas acciones traen a la ciudad desplazamientos, gentrificación, desigualdad, despojo y hasta destrucción del patrimonio arquitectónico del siglo XX. Por ser la vía rápida del Centro Histórico al Estadio Azteca, el gobierno de la Ciudad de México se ha concentrado en “mejorar” una de las avenidas más importantes de la capital: la Calzada de Tlalpan. Esta renovación de infraestructura incluye una ciclovía con una parte elevada a la altura de San Antonio Abad; aunque suena a victoria de los ciclistas, que necesitan mayor presencia y seguridad en las calles de la capital, no sólo ha hecho más difícil el tránsito vehicular sino que también ha significado el desplazamiento injusto de las trabajadoras sexuales, privándolas del derecho al trabajo. Eso sin mencionar la destrucción del paisaje de la zona de Tlaxcoaque, ya bastante afectado por su accidentada historia.

Además de las alteraciones a la Calzada de Tlalpan, el programa de mejoramiento para el Mundial de 2026 ha fijado su atención en la Línea 2 del Metro, inaugurada en 1970, que corre de Cuatro Caminos a Taxqueña.

Además de estas alteraciones a la Calzada de Tlalpan, el programa de mejoramiento para el Mundial ha fijado su atención en la Línea 2 del Metro, inaugurada en 1970, que corre de Cuatro Caminos a Taxqueña. Según reportan los medios, se cuenta con una inversión de mil 500 millones de pesos para la “modernización de estaciones del Metro”. El mejoramiento de una infraestructura tan importante es urgente y necesario, pero ha significado demoliciones y alteraciones innecesarias que, sin hacer más rápido ni eficiente el tren subterráneo, desperdician recursos con modificaciones cosméticas poco afortunadas que no atienden los verdaderos problemas de una red de transporte rebasada en su capacidad.

Metro

Vitrales de Enrique del Moral en estación Xola de la Línea 2 del Metro de la Ciudad de México. Fotografía: Armando Maravilla

La nueva acción de “mejoramiento” de la Línea 2 incluye la irresponsable modificación de varias estaciones construidas por el equipo de ingenieros de ICA con asesoramiento de Enrique del Moral, una de las grandes figuras de la arquitectura moderna mexicana. Colaborador cercano de Mario Pani –juntos diseñaron la Torre de Rectoría en Ciudad Universitaria, concluida en 1952–, Del Moral fue responsable de la Secretaría de Recursos Hidráulicos (1950) en el Paseo de la Reforma y del Mercado de la Merced (1957), entre otros importantes hitos de la modernidad capitalina.

A ambos lados de la arteria, grandes y esbeltos cuerpos administran el flujo de usuarios mientras el interior recibe luz natural, filtrada a través de brillantes vitrales de motivos geométricos, que experimentaron con un material nuevo en la época: acrílico de colores.

Las estaciones de la Línea 2 son un despliegue de destreza del arquitecto y su equipo, que crearon eficientes edificios en terrenos reducidos, aprovechando lo que solía ser el estrecho recorrido del tranvía de la Calzada de Tlalpan. A ambos lados de la arteria, grandes y esbeltos cuerpos administran el flujo de usuarios mientras el interior recibe luz natural, filtrada a través de brillantes vitrales de motivos geométricos, que experimentaron con un material nuevo en la época: acrílico de colores. Estas celosías mostraban un excelente estado de conservación hasta que el gobierno de Clara Brugada, con Adrián Rubalcava como director del Metro, empezó a retirarlas1. La estación de Taxqueña, junto a las de Revolución, Viaducto, Xola, Portales, Nativitas, Ermita o Villa de Cortés, cuentan (o contaban) con celosías decorativas que, además de abaratar costos de energía eléctrica, son un símbolo de las zonas a las que dan servicio, algo que las autoridades no han considerado. Prueba de ello son los múltiples usuarios que han documentado los interesantes juegos de luz y la agradable atmósfera que estos muros translúcidos crean, como se aprecia en las fotografías que acompañan el texto.

Este no es el primer caso de destrucción de patrimonio arquitectónico perteneciente a la red del Metro. En la Línea 1, que corre de Observatorio a Pantitlán, recientemente fueron modificados los andenes, corredores y áreas de paso, cubriendo murales y forrando estaciones enteras de innecesarios paneles metálicos cuya única explicación son los jugosos contratos. Estos paneles redujeron el ancho de los andenes, las superficies reflejantes complican la visibilidad y requieren mayor mantenimiento que el mármol rosa que cubría los muros antes de la remodelación, que se mantenía en excelente estado. A esto se suma a la desaparición de la lámpara monumental diseñada por Félix Candela para los torniquetes de la estación San Lázaro, una decisión completamente arbitraria. Huelga decir que importantes problemas de mantenimiento como fugas, goteras o inundaciones, además de la saturación del sistema, siguen afectando a los usuarios a escasos meses de la reapertura de la línea.

Metro

Vitrales de Enrique del Moral en las estaciones de la Línea 2 del Metro de la Ciudad de México. Fotografía: Sofía Riojas

Estas acciones destructivas, que no toman en cuenta la importancia patrimonial de la infraestructura arquitectónica, evidencian que las autoridades no logran concebir al Metro como algo más que un sistema de transporte masivo: es también parte de la historia de la ciudad y del patrimonio artístico compartido. La remoción de los vitrales de Enrique del Moral enciende las alarmas, ya que a lo largo de la Línea 2 existen importantes ejemplos de la sofisticación y la calidad que alcanzó la arquitectura mexicana del siglo XX. Su destrucción o alteración es inaceptable.

La estación Chabacano, por ejemplo, es un modelo de aplicación de la tridilosa, una estructura geométrica capaz de cubrir enormes claros con poco peso, diseñada por el ingeniero y político de izquierda Heberto Castillo, que en su momento significó una hazaña ingenieril de impacto internacional. Están además los letreros de acrílico termoformado, que dan personalidad al interior de las estaciones, en especial a la zona de las escaleras eléctricas de transbordo, sitio especial para muchos chilangos que asisten a conciertos y eventos contraculturales. El espacio es tal vez el ejemplo más exitoso de arquitectura brutalista de la ciudad, apreciado por miles de capitalinos usuarios del metro.

La estación Chabacano es un modelo de aplicación de la tridilosa, una estructura geométrica capaz de cubrir enormes claros con poco peso, diseñada por el ingeniero y político de izquierda Heberto Castillo, que en su momento significó una hazaña ingenieril de impacto internacional.

¿Qué piensa hacer el gobierno de la Ciudad de México con la exposición de fotografías históricas y maquetas –originalmente realizadas por el maestro maquetista Mario Cirett– en el metro Zócalo / Tenochtitlan? ¿Qué piensa hacer con la hermosa estación de Bellas Artes, en la que se despliega una exposición de reproducciones en fibra de vidrio de objetos arqueológicos y réplicas de murales mayas de la artista Rina Lazo? En el caso de Bellas Artes se modificaron las ingeniosas lámparas hechas a partir de focos incandescentes con vigas de aluminio en color dorado, que daban una agradable luz difusa. Es probable que la administración capitalina ni siquiera imagine que una estación del Metro del siglo XX tiene ya un carácter patrimonial.

Metro

Vitrales de Enrique del Moral en las estaciones de la Línea 2 del Metro de la Ciudad de México. Fotografía: Armando Maravilla

Las autoridades no logran comprender que el patrimonio arquitectónico de las décadas del sesenta y el setenta es parte fundamental de nuestra identidad. Es evidente en casos como el del Deportivo Xochimilco (1964), centro social y cultural, obra del arquitecto Leónides Guadarrama, cuyo proyecto de transformación fue rechazado por los habitantes de la alcaldía. Suma a una lista de ataques a la infraestructura urbana de la ciudad por gobernantes de todo el espectro político: la borradura de los rótulos en 2022; la imposición de estelas luminosas de carácter propagandístico en la alcaldía Cuauhtémoc, desde finales de 2025; la privatización de espacios públicos como el Parque Lira, en la Miguel Hidalgo, para espectáculos tan frívolos como Alicia en el País de las Maravillas; y ahora la posible destrucción del patrimonio moderno de uno de los sistemas de metro más importantes del continente.

El patrimonio arquitectónico moderno requiere catalogación y protección urgentes. Las autoridades podrían demostrar voluntad de preservación consultando a historiadores del arte, estudiosos de la ciudad, arquitectos o usuarios en general sobre las acciones a tomar en lo que nos compete a todos: los espacios públicos. De otra forma, la “Capital de la Transformación” lo será en un sentido hostil, beneficiando intereses inmobiliarios y políticos antes que a los ciudadanos, de por sí vulnerables, cuya herencia artística es puesta constantemente en riesgo.

  1. Al momento de esta publicación, el gobierno de la ciudad aclaró que serán sustituidos por elementos que conserven el diseño original. [N. del E.].

The post La transformación que nadie pidió first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/iA6GlRZ
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

La transformación que nadie pidió

La infraestructura de las ciudades requiere constante mantenimiento y renovación, y más cuando son anfitrionas de eventos internacionales. Esos acontecimientos pueden servir de excusa para mejorar las vidas de los habitantes. En 1968, para la XIX Olimpiada, se pintaron bardas y se arreglaron jardines y avenidas de la Ciudad de México; el Centro Histórico fue intensamente restaurado. En una capital aún afectada por la destrucción de los terremotos de septiembre de 1985, el Mundial de 1986 sirvió para acelerar el retiro de escombros y, en la medida de lo posible, recuperar la normalidad anhelada por los ciudadanos, traumatizados por el desastre.

Pese a lo anterior, en vísperas del Mundial de 2026, la avalancha de renovaciones parece ser de otro tenor. Aunque aparentemente positivas, estas acciones traen a la ciudad desplazamientos, gentrificación, desigualdad, despojo y hasta destrucción del patrimonio arquitectónico del siglo XX. Por ser la vía rápida del Centro Histórico al Estadio Azteca, el gobierno de la Ciudad de México se ha concentrado en “mejorar” una de las avenidas más importantes de la capital: la Calzada de Tlalpan. Esta renovación de infraestructura incluye una ciclovía con una parte elevada a la altura de San Antonio Abad; aunque suena a victoria de los ciclistas, que necesitan mayor presencia y seguridad en las calles de la capital, no sólo ha hecho más difícil el tránsito vehicular sino que también ha significado el desplazamiento injusto de las trabajadoras sexuales, privándolas del derecho al trabajo. Eso sin mencionar la destrucción del paisaje de la zona de Tlaxcoaque, ya bastante afectado por su accidentada historia.

Además de las alteraciones a la Calzada de Tlalpan, el programa de mejoramiento para el Mundial de 2026 ha fijado su atención en la Línea 2 del Metro, inaugurada en 1970, que corre de Cuatro Caminos a Taxqueña.

Además de estas alteraciones a la Calzada de Tlalpan, el programa de mejoramiento para el Mundial ha fijado su atención en la Línea 2 del Metro, inaugurada en 1970, que corre de Cuatro Caminos a Taxqueña. Según reportan los medios, se cuenta con una inversión de mil 500 millones de pesos para la “modernización de estaciones del Metro”. El mejoramiento de una infraestructura tan importante es urgente y necesario, pero ha significado demoliciones y alteraciones innecesarias que, sin hacer más rápido ni eficiente el tren subterráneo, desperdician recursos con modificaciones cosméticas poco afortunadas que no atienden los verdaderos problemas de una red de transporte rebasada en su capacidad.

Metro

Vitrales de Enrique del Moral en estación Xola de la Línea 2 del Metro de la Ciudad de México. Fotografía: Armando Maravilla

La nueva acción de “mejoramiento” de la Línea 2 incluye la irresponsable modificación de varias estaciones construidas por el equipo de ingenieros de ICA con asesoramiento de Enrique del Moral, una de las grandes figuras de la arquitectura moderna mexicana. Colaborador cercano de Mario Pani –juntos diseñaron la Torre de Rectoría en Ciudad Universitaria, concluida en 1952–, Del Moral fue responsable de la Secretaría de Recursos Hidráulicos (1950) en el Paseo de la Reforma y del Mercado de la Merced (1957), entre otros importantes hitos de la modernidad capitalina.

A ambos lados de la arteria, grandes y esbeltos cuerpos administran el flujo de usuarios mientras el interior recibe luz natural, filtrada a través de brillantes vitrales de motivos geométricos, que experimentaron con un material nuevo en la época: acrílico de colores.

Las estaciones de la Línea 2 son un despliegue de destreza del arquitecto y su equipo, que crearon eficientes edificios en terrenos reducidos, aprovechando lo que solía ser el estrecho recorrido del tranvía de la Calzada de Tlalpan. A ambos lados de la arteria, grandes y esbeltos cuerpos administran el flujo de usuarios mientras el interior recibe luz natural, filtrada a través de brillantes vitrales de motivos geométricos, que experimentaron con un material nuevo en la época: acrílico de colores. Estas celosías mostraban un excelente estado de conservación hasta que el gobierno de Clara Brugada, con Adrián Rubalcava como director del Metro, empezó a retirarlas1. La estación de Taxqueña, junto a las de Revolución, Viaducto, Xola, Portales, Nativitas, Ermita o Villa de Cortés, cuentan (o contaban) con celosías decorativas que, además de abaratar costos de energía eléctrica, son un símbolo de las zonas a las que dan servicio, algo que las autoridades no han considerado. Prueba de ello son los múltiples usuarios que han documentado los interesantes juegos de luz y la agradable atmósfera que estos muros translúcidos crean, como se aprecia en las fotografías que acompañan el texto.

Este no es el primer caso de destrucción de patrimonio arquitectónico perteneciente a la red del Metro. En la Línea 1, que corre de Observatorio a Pantitlán, recientemente fueron modificados los andenes, corredores y áreas de paso, cubriendo murales y forrando estaciones enteras de innecesarios paneles metálicos cuya única explicación son los jugosos contratos. Estos paneles redujeron el ancho de los andenes, las superficies reflejantes complican la visibilidad y requieren mayor mantenimiento que el mármol rosa que cubría los muros antes de la remodelación, que se mantenía en excelente estado. A esto se suma a la desaparición de la lámpara monumental diseñada por Félix Candela para los torniquetes de la estación San Lázaro, una decisión completamente arbitraria. Huelga decir que importantes problemas de mantenimiento como fugas, goteras o inundaciones, además de la saturación del sistema, siguen afectando a los usuarios a escasos meses de la reapertura de la línea.

Metro

Vitrales de Enrique del Moral en las estaciones de la Línea 2 del Metro de la Ciudad de México. Fotografía: Sofía Riojas

Estas acciones destructivas, que no toman en cuenta la importancia patrimonial de la infraestructura arquitectónica, evidencian que las autoridades no logran concebir al Metro como algo más que un sistema de transporte masivo: es también parte de la historia de la ciudad y del patrimonio artístico compartido. La remoción de los vitrales de Enrique del Moral enciende las alarmas, ya que a lo largo de la Línea 2 existen importantes ejemplos de la sofisticación y la calidad que alcanzó la arquitectura mexicana del siglo XX. Su destrucción o alteración es inaceptable.

La estación Chabacano, por ejemplo, es un modelo de aplicación de la tridilosa, una estructura geométrica capaz de cubrir enormes claros con poco peso, diseñada por el ingeniero y político de izquierda Heberto Castillo, que en su momento significó una hazaña ingenieril de impacto internacional. Están además los letreros de acrílico termoformado, que dan personalidad al interior de las estaciones, en especial a la zona de las escaleras eléctricas de transbordo, sitio especial para muchos chilangos que asisten a conciertos y eventos contraculturales. El espacio es tal vez el ejemplo más exitoso de arquitectura brutalista de la ciudad, apreciado por miles de capitalinos usuarios del metro.

La estación Chabacano es un modelo de aplicación de la tridilosa, una estructura geométrica capaz de cubrir enormes claros con poco peso, diseñada por el ingeniero y político de izquierda Heberto Castillo, que en su momento significó una hazaña ingenieril de impacto internacional.

¿Qué piensa hacer el gobierno de la Ciudad de México con la exposición de fotografías históricas y maquetas –originalmente realizadas por el maestro maquetista Mario Cirett– en el metro Zócalo / Tenochtitlan? ¿Qué piensa hacer con la hermosa estación de Bellas Artes, en la que se despliega una exposición de reproducciones en fibra de vidrio de objetos arqueológicos y réplicas de murales mayas de la artista Rina Lazo? En el caso de Bellas Artes se modificaron las ingeniosas lámparas hechas a partir de focos incandescentes con vigas de aluminio en color dorado, que daban una agradable luz difusa. Es probable que la administración capitalina ni siquiera imagine que una estación del Metro del siglo XX tiene ya un carácter patrimonial.

Metro

Vitrales de Enrique del Moral en las estaciones de la Línea 2 del Metro de la Ciudad de México. Fotografía: Armando Maravilla

Las autoridades no logran comprender que el patrimonio arquitectónico de las décadas del sesenta y el setenta es parte fundamental de nuestra identidad. Es evidente en casos como el del Deportivo Xochimilco (1964), centro social y cultural, obra del arquitecto Leónides Guadarrama, cuyo proyecto de transformación fue rechazado por los habitantes de la alcaldía. Suma a una lista de ataques a la infraestructura urbana de la ciudad por gobernantes de todo el espectro político: la borradura de los rótulos en 2022; la imposición de estelas luminosas de carácter propagandístico en la alcaldía Cuauhtémoc, desde finales de 2025; la privatización de espacios públicos como el Parque Lira, en la Miguel Hidalgo, para espectáculos tan frívolos como Alicia en el País de las Maravillas; y ahora la posible destrucción del patrimonio moderno de uno de los sistemas de metro más importantes del continente.

El patrimonio arquitectónico moderno requiere catalogación y protección urgentes. Las autoridades podrían demostrar voluntad de preservación consultando a historiadores del arte, estudiosos de la ciudad, arquitectos o usuarios en general sobre las acciones a tomar en lo que nos compete a todos: los espacios públicos. De otra forma, la “Capital de la Transformación” lo será en un sentido hostil, beneficiando intereses inmobiliarios y políticos antes que a los ciudadanos, de por sí vulnerables, cuya herencia artística es puesta constantemente en riesgo.

  1. Al momento de esta publicación, el gobierno de la ciudad aclaró que serán sustituidos por elementos que conserven el diseño original. [N. del E.].

The post La transformación que nadie pidió first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/iA6GlRZ
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

jueves, 26 de febrero de 2026

Constelaciones y derivas

Rumbo al aniversario 50 de su fundación, la Colección FEMSA inaugurará el próximo 20 de marzo la exposición Constelaciones y derivas en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO). La muestra, curada por Paulina Bravo, Beto Díaz Suárez y Eugenia Braniff junto a Adriana Melchor, permanecerá en exhibición hasta el 9 de agosto. Reunirá alrededor de 170 obras de más de 115 artistas latinoamericanos de los siglos XX y XXI, e incluirá una pieza especialmente comisionada a la artista argentina Ad Minoliti.

Constelaciones y derivas. Arte de América Latina desde la Colección FEMSA se aleja de secuencias cronológicas o nacionales para activar conexiones sensibles entre obras, tiempos y contextos geográficos. Esta estructura invita a pensar el arte latinoamericano desde ejes temáticos –territorios, identidades, estructuras coloniales, alquimia o abstracción– que permiten trazar nuevas lecturas y diálogos de sentido dentro del acervo. No sólo se tratará de la presentación pública más amplia de la colección en México, sino de un gesto de reflexión activa sobre su trayectoria y su futuro. En palabras de Eugenia Braniff, curadora asociada, “permite redescubrir piezas icónicas en diálogo con otras incorporadas a lo largo de cinco décadas, invitando a una comprensión más amplia y profunda del arte latinoamericano”.

Más allá de una revisión retrospectiva, la Colección FEMSA –uno de los acervos corporativos más importantes de México y América Latina– ha estado inmersa en un proceso de reflexión sobre su historia y rol en el ecosistema artístico. Como se lee en la conversación que tuvo La Tempestad con su equipo curatorial, este ejercicio de revisitar su archivo parte de entender la colección como un conjunto de procesos reflexivos mediado por distintas visiones, en lugar de una simple acumulación de objetos. El desafío ha sido plantear formas de relacionarse con el arte que dialoguen con las transformaciones sociales contemporáneas y con públicos diversos. “Nos interesa presentar obras poco conocidas de la colección que, pensamos, van a resignificar los grandes hitos del arte moderno y contemporáneo”, explica Paulina Bravo, curadora en jefe.

Colección FEMSA

Damián Ortega, de la serie Torre Latino (2007). Colección FEMSA. Fotografía: Roberto Ortiz Giacomán

La inauguración de Constelaciones y derivas se acompañará de un programa público que amplía sus ejes temáticos a formatos participativos: conferencias, charlas, talleres y activaciones diseñadas para incidir en el pensamiento crítico y la creatividad. Entre los eventos especiales destaca la charla-taller De la necesidad de clubes de amigxs en las artes, que será impartida por Ad Minoliti en MARCO el 21 de marzo. En este espacio, la artista abordará las prácticas de la Escuela Feminista de Pintura y promoverá ejercicios colectivos de escritura, reflexión y deconstrucción de valores tradicionales en la historia del arte.

La exposición pondrá en diálogo obras modernas de figuras icónicas como Remedios Varo, Leonora Carrington, Lygia Clark, David Alfaro Siqueiros o José Clemente Orozco con piezas integradas a la Colección FEMSA lo largo de medio siglo, de artistas contemporáneos como Francis Alÿs, Vivian Suter, Beatriz González, Damián Ortega o Julio Galán. En palabras de Laura Pacheco, gerente de la colección, es “el resultado de cinco décadas de trabajo, dedicación y apoyo a las y los artistas de América Latina”. Constelaciones y derivas revisa una trayectoria y, sobre todo, proyecta un futuro en el que el arte se posiciona ante las preguntas y tensiones de nuestro tiempo, dibujando nuevas cartografías del arte latinoamericano contemporáneo.

Colección FEMSA

Beatriz González, Ante el duelo (2019). Colección FEMSA. Cortesía de Casas Riegner, Bogotá

The post Constelaciones y derivas first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/73UeltE
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

Constelaciones y derivas

Rumbo al aniversario 50 de su fundación, la Colección FEMSA inaugurará el próximo 20 de marzo la exposición Constelaciones y derivas en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO). La muestra, curada por Paulina Bravo, Beto Díaz Suárez y Eugenia Braniff junto a Adriana Melchor, permanecerá en exhibición hasta el 9 de agosto. Reunirá alrededor de 170 obras de más de 115 artistas latinoamericanos de los siglos XX y XXI, e incluirá una pieza especialmente comisionada a la artista argentina Ad Minoliti.

Constelaciones y derivas. Arte de América Latina desde la Colección FEMSA se aleja de secuencias cronológicas o nacionales para activar conexiones sensibles entre obras, tiempos y contextos geográficos. Esta estructura invita a pensar el arte latinoamericano desde ejes temáticos –territorios, identidades, estructuras coloniales, alquimia o abstracción– que permiten trazar nuevas lecturas y diálogos de sentido dentro del acervo. No sólo se tratará de la presentación pública más amplia de la colección en México, sino de un gesto de reflexión activa sobre su trayectoria y su futuro. En palabras de Eugenia Braniff, curadora asociada, “permite redescubrir piezas icónicas en diálogo con otras incorporadas a lo largo de cinco décadas, invitando a una comprensión más amplia y profunda del arte latinoamericano”.

Más allá de una revisión retrospectiva, la Colección FEMSA –uno de los acervos corporativos más importantes de México y América Latina– ha estado inmersa en un proceso de reflexión sobre su historia y rol en el ecosistema artístico. Como se lee en la conversación que tuvo La Tempestad con su equipo curatorial, este ejercicio de revisitar su archivo parte de entender la colección como un conjunto de procesos reflexivos mediado por distintas visiones, en lugar de una simple acumulación de objetos. El desafío ha sido plantear formas de relacionarse con el arte que dialoguen con las transformaciones sociales contemporáneas y con públicos diversos. “Nos interesa presentar obras poco conocidas de la colección que, pensamos, van a resignificar los grandes hitos del arte moderno y contemporáneo”, explica Paulina Bravo, curadora en jefe.

Colección FEMSA

Damián Ortega, de la serie Torre Latino (2007). Colección FEMSA. Fotografía: Roberto Ortiz Giacomán

La inauguración de Constelaciones y derivas se acompañará de un programa público que amplía sus ejes temáticos a formatos participativos: conferencias, charlas, talleres y activaciones diseñadas para incidir en el pensamiento crítico y la creatividad. Entre los eventos especiales destaca la charla-taller De la necesidad de clubes de amigxs en las artes, que será impartida por Ad Minoliti en MARCO el 21 de marzo. En este espacio, la artista abordará las prácticas de la Escuela Feminista de Pintura y promoverá ejercicios colectivos de escritura, reflexión y deconstrucción de valores tradicionales en la historia del arte.

La exposición pondrá en diálogo obras modernas de figuras icónicas como Remedios Varo, Leonora Carrington, Lygia Clark, David Alfaro Siqueiros o José Clemente Orozco con piezas integradas a la Colección FEMSA lo largo de medio siglo, de artistas contemporáneos como Francis Alÿs, Vivian Suter, Beatriz González, Damián Ortega o Julio Galán. En palabras de Laura Pacheco, gerente de la colección, es “el resultado de cinco décadas de trabajo, dedicación y apoyo a las y los artistas de América Latina”. Constelaciones y derivas revisa una trayectoria y, sobre todo, proyecta un futuro en el que el arte se posiciona ante las preguntas y tensiones de nuestro tiempo, dibujando nuevas cartografías del arte latinoamericano contemporáneo.

Colección FEMSA

Beatriz González, Ante el duelo (2019). Colección FEMSA. Cortesía de Casas Riegner, Bogotá

The post Constelaciones y derivas first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/73UeltE
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

Capitalismo radical y microestados

En la actualidad el Estado es considerado la última etapa en el desarrollo civilizatorio de la humanidad. Casi cualquier organización social pasa, forzosamente, por el Estado y su capacidad para centralizar y conducir la vida de una población que se aglomera en megaurbes alrededor del globo. Para muchos es difícil pensar que hubo alguna forma de organización alternativa a la fundada en Europa entre los siglos XV y XVI. Esto cobra particular importancia durante estos años en los que se explota el nacionalismo en medio de las numerosas crisis que vivimos. Sin embargo, el Estado, ese sistema omnipresente, funcional gracias a la sociedad industrial, la energía fósil y la aceleración de las comunicaciones, es más frágil de lo que se piensa.

El embate más llamativo hacia el Estado en las décadas recientes no ha venido del anarquismo tradicional vinculado a la izquierda, sino de la llamada derecha libertaria. Oligarcas de Silicon Valley e ideólogos afines promueven la desaparición del Estado tradicional y buscan una “descentralización radical” (término que usó recientemente el oligarca mexicano Ricardo Salinas Pliego) para crear zonas autónomas y, supuestamente, exitosas gracias a su separación del pernicioso control estatal. La idea de la implementación de zonas autónomas no es un fenómeno nuevo, aunque últimamente ha tenido mucha visibilidad por la disfuncionalidad y la pérdida de credibilidad de la democracia liberal capitalista. Parecería que el remedio, como difunden muchos gurúes del llamado “aceleracionismo”, es ir un paso más allá y radicalizar el capitalismo para que nada le estorbe y la prosperidad llegue, ahora sí, a todos.

Quinn Slobodian, profesor de historia internacional en la Universidad de Boston, publicó en 2023 el libro El capitalismo de la fragmentación. El radicalismo de mercado y el sueño de un mundo sin democracia (Paidós). La investigación aborda uno de los fenómenos centrales de estos años: la creación de burbujas, comunidades autónomas que no siguen la normatividad estatal. El autor no analiza comunidades que han logrado cierta independencia de los países de los que forman parte, como los pueblos zapatistas en Chiapas, regidos por usos y costumbres. El interés de Slobodian son las creaciones empresariales que han funcionado como casos de excepción para experimentar las teorías libremercadistas sin el obstáculo de regulaciones laborales o ambientales, entre otras.

La genealogía de estos espacios autónomos podría remontarse, por ejemplo, al colonialismo occidental. Uno de los casos más macabros fue el de Leopoldo II de Bélgica, quien explotó de 1885 a 1908 el Estado Libre del Congo –una colonia propiedad suya disfrazada de proyecto filantrópico, con la complacencia de las élites europeas– para la obtención de valiosas materias primas como el caucho. Joseph Conrad narró el brutal control humano y la devastación que dejó Leopoldo II en su clásico El corazón de las tinieblas (1899).

Singapur, Hong Kong, Liechtenstein, Dubai, Somalia y, finalmente, el malogrado Metaverso de Mark Zuckerberg son algunos de los ejemplos que revisa Slobodian para identificar una de las marcas de época: la aparente erosión de los Estados y la fragmentación de los países en células con sus propias reglas y con la capacidad, en teoría, de llevar a la práctica las leyes del capitalismo más extremo. Hablo de una aparente erosión porque, en realidad, lo que ocurre es una ocupación del Estado por parte de las corporaciones para intentar convertirlo en una empresa. Como demuestra el autor, en buena parte de los casos citados las “zonas libres” funcionan de manera parasitaria, es decir, usan los recursos del Estado financiado con impuestos públicos para buscar las máximas ganancias y la circulación sin trabas del capital. En otros casos, como el de Somalia, se crea la fantasía de una sociedad que puede evolucionar desde al caos a un modelo postestatal cuando, en realidad, nunca fueron naciones consolidadas –gracias a la intervención colonialista– y el mismo colapso económico provoca que sean financiadas por la diáspora.

En el estudio de las burbujas independientes o patchworks destacan algunos fenómenos culturales como el medievalismo, al cual son afectos algunos ideólogos de la derecha reaccionaria como David Friedman, hijo de Milton Friedman, uno de los más famosos difusores del neoliberalismo. El culto actual a la Edad Media presente en la cultura popular representa el regreso a la jerarquía, el autoritarismo, la idealización del poder masculino y, sobre todo, la utopía de comunidades separadas de un poder central con sus propios mecanismos para someter a los vasallos y a cualquier disidente.

Las amenazas al Estado vienen no sólo del lado del capitalismo externo sino de la capacidad para mantener unida a una nación en una era caótica. El crimen organizado se ha convertido, en gran parte del mundo, en una suerte de Estado paralelo que tiene bajo su control un número cada vez mayor de territorios. Por otro lado, las fallas en la tecnología y la escasez de energía que mantiene en funcionamiento a la burocracia estatal, los servicios públicos, la seguridad y la hipervigilancia de las megaurbes del siglo XXI, crearán tensiones difíciles de resolver. Mientras los conflictos arrecian y los gobiernos tienden a diversos tipos de autoritarismo –incluso con inquietantes rasgos fascistas como en el caso de Estados Unidos– la segregación continúa con proyectos financiados por el capital para crear zonas de excepción, atraer inversionistas que buscan evadir impuestos y nuevos lugares físicos o digitales para seguir extrayendo ganancias. El comercio naval –que traslada la mayor parte de las mercancías que se venden en los mercados internacionales– es un buen ejemplo de espacios que aprovechan los vacíos legales, la corrupción y la explotación de trabajadores para mover el capitalismo global.   

La fragmentación es uno de los signos de los tiempos. La atención está fragmentada por la tecnología y también los movimientos de resistencia que, en el siglo XX, ejercían algún contrapeso al poder político y económico. Los microestados y su normalización son nuevas etapas en la disolución de un orden global que aún no acepta su papel como facilitador del nuevo mundo por venir. Tampoco acepta que la democracia liberal ya no es funcional para el capitalismo en su fase más radical y depredadora. La escisión del Estado para crear islas en donde lo único que cuenta es la libertad empresarial –aunque el proyecto se realice sobre los escombros de toda una cultura– podemos verla en la presentación, durante el Foro de Davos de este año, del Plan para la Nueva Gaza. El proceso es simple: exterminio y desplazamiento de una población; reconstrucción por parte del capital de la zona para volverla un enclave turístico; y, por supuesto, implementación de un microestado corporativo que se venderá como una marca internacional propiedad del trumpismo y del sionismo.

The post Capitalismo radical y microestados first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/wenByKj
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad