viernes, 16 de octubre de 2026

José Mercé en la Bienal de Flamenco

José Mercé (Jerez de la Frontera, 1955) no estuvo solo en la vuelta a los escenarios de la Bienal de Flamenco de Sevilla. A sus acompañantes habituales –un grupo de cinco en los coros y palmas– se unieron tres guitarristas que son el presente y futuro del flamenco: David de Arahal, guitarrista sevillano nacido en 2000, con unas referencias impresionantes de grandes figuras y ya con un sitio entre los grandes; José del Tomate, nacido en Almería en 1998 y proveniente de una dinastía de guitarristas ampliamente reconocida, digno sucesor de su padre, Tomatito, y fan incondicional de su tío Niño Miguel; y Manuel Cerpa, guitarrista chipionero nacido en 2003, habitual en las giras de Mercé y con una progresión y madurez admirable.

Hace diez años, en el concierto de clausura de la Bienal de Flamenco, José Mercé contó con la colaboración de tres grandes maestros de la guitarra: Tomatito, Pepe Habichuela y Alfredo Lagos, referentes indiscutibles del flamenco. Este año quiso repertirlo. Su espectáculo –presentado el 20 de septiembre en el Teatro de la Maestranza– lleva el significativo título de Toquen a arrebato, en parte homenaje a Juanito Mojama y su soleá; y en parte un repique de campanas que avisa del peligro de la desaparición del cante más puro del flamenco.

Un Mercé reivindicativo se dirigió al público para defender, sin concesiones, ese flamenco de antaño, ese cante jondo que debe transmitirse de generación en generación como se hacía en el pasado. Al mismo tiempo, el cantaor jerezano agradecía al público sevillano por saber escuchar el flamenco. Porque para Mercé “es más difícil saber escuchar bien el flamenco que cantarlo”. Toquen a arrebato supuso un recorrido por los principales palos del flamenco, desde la soleá y la seguiriya –según Mercé, la madre y el padre del flamenco–, en compañía de David de Arahal, pasando por la malagueña y la soleá por bulería en compañía de Manuel Cerpa y la percusión y coros, hasta los tientos y tarantos a los que acompañó José del Tomate.

En un momento del concierto, José Mercé se puso en pie y cantó sin micrófono. Un silencio sepulcral. Y después, la fuerza del cante jondo de Mercé recorrió todo el teatro. En su cante estaba su bisabuelo, Paco de la Luz, su tío, Manuel Soto “Sordera”, patriarca del flamenco de Jerez. José Mercé, desde el flamenco barrio de Santiago, en Jerez, hasta la Bienal de Sevilla. Flamenco en estado puro.

José Mercé

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jueves, 15 de octubre de 2026

Narrar una isla

El germen de Ceniza en la boca fue una noticia que leyó la escritora Brenda Navarro sobre un chico que se arrojó de la azotea de un edificio en un barrio popular en Madrid. “El evento me habló directamente. En ese momento me di cuenta de que el chico era una isla, sentí que tenía que narrar esa isla”. Y en tanto que isla se podía esbozar a partir de sus orillas y ese fue el camino que eligió: contar la tragedia a partir del eco que deja un grito sobre el vacío.

Cuando decidimos adaptar esta novela al cine, la primera de muchas dificultades que encontramos tuvo que ver con la forma. La literatura de Navarro opera en una mezcla entre roza, tumba y quema y precisión quirúrgica. Su primera persona traza con sutil fiereza la formación compleja de ese cúmulo de ficciones y síntomas que llamamos “yo”. ¿Cómo sustituir esa voz que tiene acceso a la memoria y el deseo por un lenguaje que exige la acción para construir el sentido del tiempo? El segundo acertijo se presentó a través de la estructura. La novela está construida en un ir y venir temporal que teje una historia multigeneracional a partir de un presente que avanza poco y en el que la historia se construye a partir del oleaje de capas que nos van brindando los acercamientos al pasado.

Ambas preguntas abrieron un espacio de digresión que en sentido estricto no ha terminado. En buena medida porque en el corazón de la historia yace una pregunta más que una certeza: ¿quién tiene derecho a desear en este mundo? Desde ahí apareció Lucila, la protagonista de esta historia. Una mujer que bien podría ser la descrita por la poeta estadounidense Adrienne Rich en estos versos (la traducción es mía):

Soy una mujer en plenitud, con ciertos poderes

poderes severamente limitados

Por autoridades cuyos rostros apenas veo

Ceniza en la boca

Anna Díaz como Lucila en Ceniza en la boca (2026), de Diego Luna. Cortesía de La Corriente del Golfo

Las respuestas a los dos enigmas originales (el tono y la estructura temporal) aparecieron sobre la marcha. La profundidad y la amplitud de la primera persona en la novela fue recogida en la actuación de Anna Díaz, cuya interpretación orbita alrededor de una imagen de Juan Gelman: Anna es diáfana como el fuego y, a través de su inquietante capacidad para evocar la vida interior de su personaje, colmó de verdad la película y ancló su registro emocional. La apuesta del director por trazar una rendija a través de la cual pudiéramos asomarnos a esta historia, por evitar cualquier afán sentencioso sobre los “grandes temas” alrededor de la historia (migración, maternidad, salud mental), nos permitió resolver también el galimatías de la estructura: para contar esta historia, íntima más que épica, debíamos utilizar una temporalidad lineal que, si bien realiza elipsis en momentos medulares de la historia, conserva la sensación de asomarnos a un período de tiempo compacto y esencial durante el cual la protagonista atraviesa la ordalía de ver cómo sus ideas del mundo, sus certezas afectivas, son dinamitadas.

Ser testigo de la gestación de una película y acompañarla hasta que completa su sentido y significado en el interior de una sala de cine es una experiencia fascinante. Un puñado de certezas, mucha intuición y una sensibilidad a un tiempo estricta y acogedora nos permitieron transitar por las distintas capas de escritura por las que atraviesa una película. El guion pasó por múltiples manos y etapas. En última instancia lo que queda en el papel es esencialmente una cartografía de intenciones que termina por decantar su ruta durante el rodaje. En el set la historia adquirió pies, voz y personalidad. En la edición se apuntaló el tono minimalista e íntimo. En la posproducción se redobló la apuesta por establecer un marco de representación sutil donde se privilegia la construcción de una atmósfera antes que el acompañamiento de una acción. La construcción de sentido continúa incluso con la película terminada, a través de la manera en la que se perfila la conversación. En el caso de Ceniza en la boca, por ejemplo, aparecieron dimensiones no previstas durante la realización: la maternidad o la migración vista por quien recibe, por ejemplo.

Ceniza en la boca

Fotograma de Ceniza en la boca (2026), de Diego Luna. Cortesía de La Corriente del Golfo

Cuatro años después de aquellas conversaciones iniciales, la película se proyectó en festivales internacionales y en salas de cine en Cannes, Toronto, San Sebastián, París, Sarajevo, Roma, varias ciudades de España y próximamente en México. Durante cada una de las proyecciones que he presenciado han ocurrido testimonios emocionantes: en Toronto una mujer llegó en bata de hospital y nos contó con lágrimas en los ojos que pidió permiso para salir de su internamiento porque la historia de Lucila le recordaba la suya; unos adultos mayores de San Sebastián detuvieron en la calle a Diego Luna para darle las gracias por echar luz sobre la grieta de la discriminación en su país; una joven cubana que emigró a España dijo emocionada que la relación entre Lucila y Carlota le recordó la red de solidaridades misteriosas que se teje entre quienes migran; una mujer en México agradeció que echáramos luz sobre las familias castrenses y una más profundizó sobre la catarsis que le permitió la película tras sufrir el suicidio de su hermano unos años antes.

Más allá de los gustos personales de quien se asome a verla, aspiramos a que las intenciones que transpire la película sean un antídoto para la indiferencia, tan habitual en los tiempos actuales. Si logramos un territorio para pensar, sentir y discutir, las fatigas y los desvelos, las preocupaciones y la exigencias, la desnuda entrega de quienes hicieron esto posible habrán valido la pena.

La versión cinematográfica de Ceniza en la boca conserva la vocación por narrar una isla, sólo que en este caso el territorio insular es una mujer que se rebela contra el camino de sumisión y dolor que el destino tenía dispuesto para ella. La expectativa es que el camino de Lucila sirva como espejo de nuestra propia hondura, potencias y dolores, ya que, como dice Anaïs Nin, nunca vemos el mundo como es, vemos el mundo como somos.

Ceniza en la boca

Adriana Paz como Isabel en Ceniza en la boca (2026), de Diego Luna. Cortesía de La Corriente del Golfo

El guion de Ceniza en la boca, adaptación de la novela homónima de Brenda Navarro, fue escrito por Abia Castillo, Diego Rabasa y Diego Luna.

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Narrar una isla

El germen de Ceniza en la boca fue una noticia que leyó la escritora Brenda Navarro sobre un chico que se arrojó de la azotea de un edificio en un barrio popular en Madrid. “El evento me habló directamente. En ese momento me di cuenta de que el chico era una isla, sentí que tenía que narrar esa isla”. Y en tanto que isla se podía esbozar a partir de sus orillas y ese fue el camino que eligió: contar la tragedia a partir del eco que deja un grito sobre el vacío.

Cuando decidimos adaptar esta novela al cine, la primera de muchas dificultades que encontramos tuvo que ver con la forma. La literatura de Navarro opera en una mezcla entre roza, tumba y quema y precisión quirúrgica. Su primera persona traza con sutil fiereza la formación compleja de ese cúmulo de ficciones y síntomas que llamamos “yo”. ¿Cómo sustituir esa voz que tiene acceso a la memoria y el deseo por un lenguaje que exige la acción para construir el sentido del tiempo? El segundo acertijo se presentó a través de la estructura. La novela está construida en un ir y venir temporal que teje una historia multigeneracional a partir de un presente que avanza poco y en el que la historia se construye a partir del oleaje de capas que nos van brindando los acercamientos al pasado.

Ambas preguntas abrieron un espacio de digresión que en sentido estricto no ha terminado. En buena medida porque en el corazón de la historia yace una pregunta más que una certeza: ¿quién tiene derecho a desear en este mundo? Desde ahí apareció Lucila, la protagonista de esta historia. Una mujer que bien podría ser la descrita por la poeta estadounidense Adrienne Rich en estos versos (la traducción es mía):

Soy una mujer en plenitud, con ciertos poderes

poderes severamente limitados

Por autoridades cuyos rostros apenas veo

Ceniza en la boca

Anna Díaz como Lucila en Ceniza en la boca (2026), de Diego Luna. Cortesía de La Corriente del Golfo

Las respuestas a los dos enigmas originales (el tono y la estructura temporal) aparecieron sobre la marcha. La profundidad y la amplitud de la primera persona en la novela fue recogida en la actuación de Anna Díaz, cuya interpretación orbita alrededor de una imagen de Juan Gelman: Anna es diáfana como el fuego y, a través de su inquietante capacidad para evocar la vida interior de su personaje, colmó de verdad la película y ancló su registro emocional. La apuesta del director por trazar una rendija a través de la cual pudiéramos asomarnos a esta historia, por evitar cualquier afán sentencioso sobre los “grandes temas” alrededor de la historia (migración, maternidad, salud mental), nos permitió resolver también el galimatías de la estructura: para contar esta historia, íntima más que épica, debíamos utilizar una temporalidad lineal que, si bien realiza elipsis en momentos medulares de la historia, conserva la sensación de asomarnos a un período de tiempo compacto y esencial durante el cual la protagonista atraviesa la ordalía de ver cómo sus ideas del mundo, sus certezas afectivas, son dinamitadas.

Ser testigo de la gestación de una película y acompañarla hasta que completa su sentido y significado en el interior de una sala de cine es una experiencia fascinante. Un puñado de certezas, mucha intuición y una sensibilidad a un tiempo estricta y acogedora nos permitieron transitar por las distintas capas de escritura por las que atraviesa una película. El guion pasó por múltiples manos y etapas. En última instancia lo que queda en el papel es esencialmente una cartografía de intenciones que termina por decantar su ruta durante el rodaje. En el set la historia adquirió pies, voz y personalidad. En la edición se apuntaló el tono minimalista e íntimo. En la posproducción se redobló la apuesta por establecer un marco de representación sutil donde se privilegia la construcción de una atmósfera antes que el acompañamiento de una acción. La construcción de sentido continúa incluso con la película terminada, a través de la manera en la que se perfila la conversación. En el caso de Ceniza en la boca, por ejemplo, aparecieron dimensiones no previstas durante la realización: la maternidad o la migración vista por quien recibe, por ejemplo.

Ceniza en la boca

Fotograma de Ceniza en la boca (2026), de Diego Luna. Cortesía de La Corriente del Golfo

Cuatro años después de aquellas conversaciones iniciales, la película se proyectó en festivales internacionales y en salas de cine en Cannes, Toronto, San Sebastián, París, Sarajevo, Roma, varias ciudades de España y próximamente en México. Durante cada una de las proyecciones que he presenciado han ocurrido testimonios emocionantes: en Toronto una mujer llegó en bata de hospital y nos contó con lágrimas en los ojos que pidió permiso para salir de su internamiento porque la historia de Lucila le recordaba la suya; unos adultos mayores de San Sebastián detuvieron en la calle a Diego Luna para darle las gracias por echar luz sobre la grieta de la discriminación en su país; una joven cubana que emigró a España dijo emocionada que la relación entre Lucila y Carlota le recordó la red de solidaridades misteriosas que se teje entre quienes migran; una mujer en México agradeció que echáramos luz sobre las familias castrenses y una más profundizó sobre la catarsis que le permitió la película tras sufrir el suicidio de su hermano unos años antes.

Más allá de los gustos personales de quien se asome a verla, aspiramos a que las intenciones que transpire la película sean un antídoto para la indiferencia, tan habitual en los tiempos actuales. Si logramos un territorio para pensar, sentir y discutir, las fatigas y los desvelos, las preocupaciones y la exigencias, la desnuda entrega de quienes hicieron esto posible habrán valido la pena.

La versión cinematográfica de Ceniza en la boca conserva la vocación por narrar una isla, sólo que en este caso el territorio insular es una mujer que se rebela contra el camino de sumisión y dolor que el destino tenía dispuesto para ella. La expectativa es que el camino de Lucila sirva como espejo de nuestra propia hondura, potencias y dolores, ya que, como dice Anaïs Nin, nunca vemos el mundo como es, vemos el mundo como somos.

Ceniza en la boca

Adriana Paz como Isabel en Ceniza en la boca (2026), de Diego Luna. Cortesía de La Corriente del Golfo

El guion de Ceniza en la boca, adaptación de la novela homónima de Brenda Navarro, fue escrito por Abia Castillo, Diego Rabasa y Diego Luna.

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martes, 13 de octubre de 2026

Distorsión en la pista de baile: Chapterhouse

Existen bandas que llevan el estandarte de una época, una generación o un movimiento. Otras que se van uniendo en el camino. Y otras que cambian las reglas desde adentro. Chapterhouse es de este último tipo. Si los ochenta fueron la época de los sintetizadores y las cajas de ritmo, los noventa fueron de los pedales y sampleos, que en la música de la banda inglesa se integran perfectamente. Andrew Sherriff, guitarrista y vocalista del proyecto, recuerda cómo fue ser parte de ese cambio: “Nuestro sonido vino de la experimentación y un creciente interés en la música electrónica y dance de Londres”.

Aunque a su generación nunca le gustó el término shoegaze, diversas bandas, entre las que destacan My Bloody Valentine, Ride o Slowdive, se volvieron estandarte del movimiento. “Entonces nos molestaba el término, pero ahora es una vía para que las audiencias lleguen a nuestra música. Ahora es una cosa más grande que entonces, y nos encanta ver bandas que usan un sonido que ayudamos a crear”, afirma.

“Nuestro sonido vino de la experimentación y un creciente interés en la música electrónica y dance de Londres”: Andrew Sherriff, guitarrista y vocalista de Chapterhouse.

Chapterhouse fue formada en Reading en 1987, por cuatro estudiantes universitarios que formaban parte de la llamada escena que se celebraba sola por su espíritu de camaradería e independencia. Su música se diferenciaba de sus contemporáneos por introducir aquella vena fiestera de los clubes clandestinos y la incipiente cultura rave de las radios piratas. De sampleos de Schoolly D a The Soul Searchers, de reverberación a distorsión, de la guitarra estruendosa a la pista de baile, Chapterhouse supo canalizar lo mejor de su época en un sonido etéreo y bailable, que desembocó en una discografía corta y precisa. Primero con Whirlpool (1991), su opus magnum, que cumplió 35 años en 2026, y después con Blood Music (1993), su segundo y último material.

Chapterhouse

Chapterhouse en Bajo Circuito, Ciudad de México, 24 de septiembre de 2026. Fotografía: Mauricio Guerrero Martínez

A propósito de estos aniversarios, la banda regresó a los escenarios por segunda ocasión –después de una reunión a inicios de la década pasada– con un espíritu renovado y ganas de conquistar nuevos territorios. “Nos sorprendió lo fresco que aún suena Whirlpool en vivo, así que ha sido un placer volver a este material”, explica Sherriff. La gira incluyó México, donde se presentaron el 24 de septiembre junto a No Somos Marineros y Sonic Emerson en el Bajo Circuito, pero también Chile, Uruguay, Argentina, Costa Rica, Brasil y Perú, además de una extensa lista de paradas en Estados Unidos. “Significa mucho para nosotros venir a Latinoamérica, hay muchas culturas que admiramos y la gente nos dice que el shoegaze es muy importante acá”.

“Significa mucho para nosotros venir a Latinoamérica, hay muchas culturas que admiramos y la gente nos dice que el shoegaze es muy importante acá”: Andrew Sherriff, guitarrista y vocalista de Chapterhouse.

La visita de Chapterhouse marca un nuevo hito para las audiencias la región, que ya han podido ver a icónicas bandas como Slowdive o Ride, pero donde aún falta agregar nombres como los de My Bloody Valentine o Lush. La interpretación íntegra de Whirlpool entusiasmó al público de la Ciudad de México en un concierto de cerca de 100 minutos que nos recordó su lugar en la historia. “Hablamos de cómo traer el disco al escenario, propusimos algunos cambios, pero una vez que empezamos a tocar todo se unió muy bien sin necesidad de hacerlos. Pensamos en usar efectos digitales, pero decidimos mejor usar muchos, pero muchos pedales”, recuerda sobre el inicio de esta gira.

Chapter House

Andrew Sherriff, guitarrista y vocalista de Chapterhouse, en Bajo Circuito, Ciudad de México, 24 de septiembre de 2026. Fotografía: Mauricio Guerrero Martínez

Luego de separarse, algunos miembros de la banda continuaron en la música, lejos de los escenarios, y otros se convirtieron diseñadores de sonido, lo que les dio “un oído más agudo” y un “mejor entendimiento del proceso”, afirma Andrew Sherriff. Pocos discos llegan a cumplir siete lustros con un sonido tan claro y tan fresco como el de Whirlpool. Canciones como “Mesmerise” (sencillo del mismo año), “Falling Down” o “Breather” transportaron a la audiencia a los años noventa, a la vez que recordaron esas bandas de garaje que todos hemos oído alguna vez en la escena independiente.

La música cambió; la forma de producir y distribuir la música, también. Sherriff lo reconoce: “Grabar y distribuir es más fácil ahora, llegas a más personas de formas más rápidas, lo único que me preocupa es el control de calidad”. Lo que no ha cambiado en 35 años es el espíritu estridente con el que Chapterhouse cambió el shoegaze, haciendo mirar al piso al tiempo que movíamos los pies. Su repertorio incluyó un nada breve encore que incluyó canciones de Blood Music y algunos “lados B favoritos”; cabe la posibilidad de tenerlos de vuelta con un concierto dedicado enteramente a su segundo material.

La vorágine celebratoria de Chapterhouse podría traer nueva música en el futuro, adelanta Andrew Sherriff: “Tenemos muchas ganas de grabar y lanzar música nueva, y ya hemos comenzado el proceso de composición, así que es un momento emocionante para nosotros”.

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Distorsión en la pista de baile: Chapterhouse

Existen bandas que llevan el estandarte de una época, una generación o un movimiento. Otras que se van uniendo en el camino. Y otras que cambian las reglas desde adentro. Chapterhouse es de este último tipo. Si los ochenta fueron la época de los sintetizadores y las cajas de ritmo, los noventa fueron de los pedales y sampleos, que en la música de la banda inglesa se integran perfectamente. Andrew Sherriff, guitarrista y vocalista del proyecto, recuerda cómo fue ser parte de ese cambio: “Nuestro sonido vino de la experimentación y un creciente interés en la música electrónica y dance de Londres”.

Aunque a su generación nunca le gustó el término shoegaze, diversas bandas, entre las que destacan My Bloody Valentine, Ride o Slowdive, se volvieron estandarte del movimiento. “Entonces nos molestaba el término, pero ahora es una vía para que las audiencias lleguen a nuestra música. Ahora es una cosa más grande que entonces, y nos encanta ver bandas que usan un sonido que ayudamos a crear”, afirma.

“Nuestro sonido vino de la experimentación y un creciente interés en la música electrónica y dance de Londres”: Andrew Sherriff, guitarrista y vocalista de Chapterhouse.

Chapterhouse fue formada en Reading en 1987, por cuatro estudiantes universitarios que formaban parte de la llamada escena que se celebraba sola por su espíritu de camaradería e independencia. Su música se diferenciaba de sus contemporáneos por introducir aquella vena fiestera de los clubes clandestinos y la incipiente cultura rave de las radios piratas. De sampleos de Schoolly D a The Soul Searchers, de reverberación a distorsión, de la guitarra estruendosa a la pista de baile, Chapterhouse supo canalizar lo mejor de su época en un sonido etéreo y bailable, que desembocó en una discografía corta y precisa. Primero con Whirlpool (1991), su opus magnum, que cumplió 35 años en 2026, y después con Blood Music (1993), su segundo y último material.

Chapterhouse

Chapterhouse en Bajo Circuito, Ciudad de México, 24 de septiembre de 2026. Fotografía: Mauricio Guerrero Martínez

A propósito de estos aniversarios, la banda regresó a los escenarios por segunda ocasión –después de una reunión a inicios de la década pasada– con un espíritu renovado y ganas de conquistar nuevos territorios. “Nos sorprendió lo fresco que aún suena Whirlpool en vivo, así que ha sido un placer volver a este material”, explica Sherriff. La gira incluyó México, donde se presentaron el 24 de septiembre junto a No Somos Marineros y Sonic Emerson en el Bajo Circuito, pero también Chile, Uruguay, Argentina, Costa Rica, Brasil y Perú, además de una extensa lista de paradas en Estados Unidos. “Significa mucho para nosotros venir a Latinoamérica, hay muchas culturas que admiramos y la gente nos dice que el shoegaze es muy importante acá”.

“Significa mucho para nosotros venir a Latinoamérica, hay muchas culturas que admiramos y la gente nos dice que el shoegaze es muy importante acá”: Andrew Sherriff, guitarrista y vocalista de Chapterhouse.

La visita de Chapterhouse marca un nuevo hito para las audiencias la región, que ya han podido ver a icónicas bandas como Slowdive o Ride, pero donde aún falta agregar nombres como los de My Bloody Valentine o Lush. La interpretación íntegra de Whirlpool entusiasmó al público de la Ciudad de México en un concierto de cerca de 100 minutos que nos recordó su lugar en la historia. “Hablamos de cómo traer el disco al escenario, propusimos algunos cambios, pero una vez que empezamos a tocar todo se unió muy bien sin necesidad de hacerlos. Pensamos en usar efectos digitales, pero decidimos mejor usar muchos, pero muchos pedales”, recuerda sobre el inicio de esta gira.

Chapter House

Andrew Sherriff, guitarrista y vocalista de Chapterhouse, en Bajo Circuito, Ciudad de México, 24 de septiembre de 2026. Fotografía: Mauricio Guerrero Martínez

Luego de separarse, algunos miembros de la banda continuaron en la música, lejos de los escenarios, y otros se convirtieron diseñadores de sonido, lo que les dio “un oído más agudo” y un “mejor entendimiento del proceso”, afirma Andrew Sherriff. Pocos discos llegan a cumplir siete lustros con un sonido tan claro y tan fresco como el de Whirlpool. Canciones como “Mesmerise” (sencillo del mismo año), “Falling Down” o “Breather” transportaron a la audiencia a los años noventa, a la vez que recordaron esas bandas de garaje que todos hemos oído alguna vez en la escena independiente.

La música cambió; la forma de producir y distribuir la música, también. Sherriff lo reconoce: “Grabar y distribuir es más fácil ahora, llegas a más personas de formas más rápidas, lo único que me preocupa es el control de calidad”. Lo que no ha cambiado en 35 años es el espíritu estridente con el que Chapterhouse cambió el shoegaze, haciendo mirar al piso al tiempo que movíamos los pies. Su repertorio incluyó un nada breve encore que incluyó canciones de Blood Music y algunos “lados B favoritos”; cabe la posibilidad de tenerlos de vuelta con un concierto dedicado enteramente a su segundo material.

La vorágine celebratoria de Chapterhouse podría traer nueva música en el futuro, adelanta Andrew Sherriff: “Tenemos muchas ganas de grabar y lanzar música nueva, y ya hemos comenzado el proceso de composición, así que es un momento emocionante para nosotros”.

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lunes, 12 de octubre de 2026

Cine y política: Julian Radlmaier y la AfD

Rl domingo 6 de septiembre vimos la entrega más reciente de Julian Radlmaier, Phantoms of July (2025). En comparación con sus otras cintas resulta un ejercicio más discreto, evocador, un trabajo de atmósfera, de lentos recorridos. En la película, tres personajes se reúnen en un tierno escape de la ley: una mujer alemana que cometió un robo por amor, una estudiante de cine iraní que busca sobrevivir como influencer y un hombre coreano que da tours alternativos en su vagoneta y esconde a un niño sin papeles. La acción ocurre en Sangerhausen, en Sajonia-Anhalt. Al terminar la película nos enteramos de que el partido de extrema derecha, Alternative für Deutschland, acababa de ganar las elecciones en la región ese mismo domingo, apenas unas horas antes.

No habíamos visto Phantoms of July por esa razón, no era un cineclub politizado, no sabíamos que Alemania tenía comicios ese domingo: la habíamos elegido tras la fatiga de pasar por cientos de recuadros similares y tráilers anodinos en distintas plataformas. En entrevista, Radlmaier explica que escogió Sangerhausen precisamente por hallarse en una región con una fuerte tendencia a la ultraderecha. Las pistas habían estado en la película, en las constantes intromisiones de la policía para pedir documentos, en las reacciones poco amables o de plano agresivas que los locales tenían con los migrantes. Nos quedó la sensación de haber estado hablando por horas con una persona simpática y sólo al final darnos cuenta de que lidiábamos con un fascista.

El cine de Julian Radlmaier se caracteriza por incluir discusiones teóricas sobre lo político en una manera directa, con un humor que roza la caricatura y la astucia. Es una suerte de Jean-Luc Godard más dulce. En Chupasangre. Una comedia marxista de vampiros (2021), por ejemplo, la rica propietaria de la fábrica del pueblo es una vampiresa que aterroriza a la población y que un día se enamora de un actor ruso que posa como un barón refugiado de la revolución bolchevique. Mientras la trama de misterio avanza, asistimos a las sesiones del círculo de estudio de El capital que organiza un grupo de trabajadores de la fábrica, quienes se preguntan si Marx hablaba literalmente cuando decía que los capitalistas son como vampiros.

En Autocrítica de un perrito burgués (2017), un director de cine quebrado –representado por el propio Radlmaier– se ve obligado a trabajar en una granja de manzanas y, para seducir a una mujer, finge que todo es un proyecto de investigación para su siguiente película. A lo largo del filme los trabajadores hacen lecturas grupales de Tolstói antes de dormir, discuten sus condiciones laborales, reciben la visita de un mudo Francisco de Asís, y deciden irrumpir en la Historia: tomar la granja y administrarla como una cooperativa. El cineasta, que se define a sí mismo como anticapitalista y se porta como un radical frente a la mujer, se demuestra al final conservador: prefiere que todo permanezca igual, que la granja sea capitalista, porque lo único que desea es recibir su pago y hacer películas.

Phantoms of July no comparte esta puesta en escena de discursos teóricos radicales, pero podemos notar que sigue siendo cine político. La cinta empieza con el drama de una sirvienta en un castillo; su amante y ella roban un par de caballos para tratar de llegar a Francia, donde la Revolución ha estallado y, según dicen los rumores, no hay más diferencias de sangre entre las personas. De allí damos el salto al tiempo presente, donde dramas similares siguen ocurriendo: entre las imágenes de paisajes yermos, restaurantes kitsch, monumentos excéntricos y la presencia ubicua y dominante de una vieja mina, vemos cómo los deseos de las personas sencillas, su búsqueda de una vida feliz y digna, chocan con un entorno hostil, con las relaciones de propiedad, con el peso de lo real.

Contra la máxima estadounidense del show, don’t tell, lo más interesante en los filmes de Julian Radlmaier es precisamente cómo se atreve a decir, a poner en primer plano la pregunta por la potencia política del arte, el deseo de que el arte pueda transformar las cosas. No se le puede acusar de tener una visión ingenua de las relaciones entre cine y política, porque ésa es la misma discusión que ocurre en sus cintas. Sin embargo, y como es una zona llena de contradicciones y trampas, tampoco podemos agradecerle que haya resuelto la cuestión. Su logro es, precisamente, poner la paradoja en evidencia y en el centro.

La obra de Radlmaier es un producto especializado, un comentario destinado a los colegas y no un artefacto de propaganda masiva que vaya a provocar un cataclismo en la realidad. Pero, en el panorama actual, ya es de agradecer una película que se atreve a pensar, que discute y reflexiona, que se afana por desplegar esa pregunta –la “herida que no para de sangrar”– en las mentes de otros cineastas, artistas y trabajadores de la cultura.

Como se sabe, uno de los grandes errores históricos de los partidos de izquierda en Europa y Estados Unidos en el siglo XXI fue su alejamiento de la clase trabajadora, haberse vuelto los representantes del sector financiero y de las élites biempensantes. Phantoms of July quisiera actuar como un correctivo: en la toma que se usó para el cartel de la película aparecen alemanes pobres y personas migrantes dormidos lado al lado, como si en el sueño se tendiera esa correcta alianza política. Menos de un año después del estreno del filme llegaron los resultados de la elección, que destrozan esa imagen. Otra vez, la realidad parece decir que el coto del arte, tanto más en una película independiente, es el de la impotencia, pero, como dice el propio Radlmaier en Autocrítica de un perrito burgués –aunque esa declaración, como él mismo sabe, corra el riesgo de la inacción y la comodidad contemplativa– “la tarea del arte es mantener viva la utopía como forma”.

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Cine y política: Julian Radlmaier y la AfD

Rl domingo 6 de septiembre vimos la entrega más reciente de Julian Radlmaier, Phantoms of July (2025). En comparación con sus otras cintas resulta un ejercicio más discreto, evocador, un trabajo de atmósfera, de lentos recorridos. En la película, tres personajes se reúnen en un tierno escape de la ley: una mujer alemana que cometió un robo por amor, una estudiante de cine iraní que busca sobrevivir como influencer y un hombre coreano que da tours alternativos en su vagoneta y esconde a un niño sin papeles. La acción ocurre en Sangerhausen, en Sajonia-Anhalt. Al terminar la película nos enteramos de que el partido de extrema derecha, Alternative für Deutschland, acababa de ganar las elecciones en la región ese mismo domingo, apenas unas horas antes.

No habíamos visto Phantoms of July por esa razón, no era un cineclub politizado, no sabíamos que Alemania tenía comicios ese domingo: la habíamos elegido tras la fatiga de pasar por cientos de recuadros similares y tráilers anodinos en distintas plataformas. En entrevista, Radlmaier explica que escogió Sangerhausen precisamente por hallarse en una región con una fuerte tendencia a la ultraderecha. Las pistas habían estado en la película, en las constantes intromisiones de la policía para pedir documentos, en las reacciones poco amables o de plano agresivas que los locales tenían con los migrantes. Nos quedó la sensación de haber estado hablando por horas con una persona simpática y sólo al final darnos cuenta de que lidiábamos con un fascista.

El cine de Julian Radlmaier se caracteriza por incluir discusiones teóricas sobre lo político en una manera directa, con un humor que roza la caricatura y la astucia. Es una suerte de Jean-Luc Godard más dulce. En Chupasangre. Una comedia marxista de vampiros (2021), por ejemplo, la rica propietaria de la fábrica del pueblo es una vampiresa que aterroriza a la población y que un día se enamora de un actor ruso que posa como un barón refugiado de la revolución bolchevique. Mientras la trama de misterio avanza, asistimos a las sesiones del círculo de estudio de El capital que organiza un grupo de trabajadores de la fábrica, quienes se preguntan si Marx hablaba literalmente cuando decía que los capitalistas son como vampiros.

En Autocrítica de un perrito burgués (2017), un director de cine quebrado –representado por el propio Radlmaier– se ve obligado a trabajar en una granja de manzanas y, para seducir a una mujer, finge que todo es un proyecto de investigación para su siguiente película. A lo largo del filme los trabajadores hacen lecturas grupales de Tolstói antes de dormir, discuten sus condiciones laborales, reciben la visita de un mudo Francisco de Asís, y deciden irrumpir en la Historia: tomar la granja y administrarla como una cooperativa. El cineasta, que se define a sí mismo como anticapitalista y se porta como un radical frente a la mujer, se demuestra al final conservador: prefiere que todo permanezca igual, que la granja sea capitalista, porque lo único que desea es recibir su pago y hacer películas.

Phantoms of July no comparte esta puesta en escena de discursos teóricos radicales, pero podemos notar que sigue siendo cine político. La cinta empieza con el drama de una sirvienta en un castillo; su amante y ella roban un par de caballos para tratar de llegar a Francia, donde la Revolución ha estallado y, según dicen los rumores, no hay más diferencias de sangre entre las personas. De allí damos el salto al tiempo presente, donde dramas similares siguen ocurriendo: entre las imágenes de paisajes yermos, restaurantes kitsch, monumentos excéntricos y la presencia ubicua y dominante de una vieja mina, vemos cómo los deseos de las personas sencillas, su búsqueda de una vida feliz y digna, chocan con un entorno hostil, con las relaciones de propiedad, con el peso de lo real.

Contra la máxima estadounidense del show, don’t tell, lo más interesante en los filmes de Julian Radlmaier es precisamente cómo se atreve a decir, a poner en primer plano la pregunta por la potencia política del arte, el deseo de que el arte pueda transformar las cosas. No se le puede acusar de tener una visión ingenua de las relaciones entre cine y política, porque ésa es la misma discusión que ocurre en sus cintas. Sin embargo, y como es una zona llena de contradicciones y trampas, tampoco podemos agradecerle que haya resuelto la cuestión. Su logro es, precisamente, poner la paradoja en evidencia y en el centro.

La obra de Radlmaier es un producto especializado, un comentario destinado a los colegas y no un artefacto de propaganda masiva que vaya a provocar un cataclismo en la realidad. Pero, en el panorama actual, ya es de agradecer una película que se atreve a pensar, que discute y reflexiona, que se afana por desplegar esa pregunta –la “herida que no para de sangrar”– en las mentes de otros cineastas, artistas y trabajadores de la cultura.

Como se sabe, uno de los grandes errores históricos de los partidos de izquierda en Europa y Estados Unidos en el siglo XXI fue su alejamiento de la clase trabajadora, haberse vuelto los representantes del sector financiero y de las élites biempensantes. Phantoms of July quisiera actuar como un correctivo: en la toma que se usó para el cartel de la película aparecen alemanes pobres y personas migrantes dormidos lado al lado, como si en el sueño se tendiera esa correcta alianza política. Menos de un año después del estreno del filme llegaron los resultados de la elección, que destrozan esa imagen. Otra vez, la realidad parece decir que el coto del arte, tanto más en una película independiente, es el de la impotencia, pero, como dice el propio Radlmaier en Autocrítica de un perrito burgués –aunque esa declaración, como él mismo sabe, corra el riesgo de la inacción y la comodidad contemplativa– “la tarea del arte es mantener viva la utopía como forma”.

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