Hay una imagen recurrente en el cine de Jafar Panahi: sus personajes van en vehículos, unas veces en camionetas o taxis, otras en motos o autobuses. Un brevísimo poema de Abbas Kiarostami, otro genio del cine iraní, maestro de Panahi, ofrece un resumen: “conduciendo veinte kilómetros más / la tierra se queda blanca / y la tristeza / se aleja del corazón”. En Fue sólo un accidente (2025), la última película del director iraní, que se puede ver en MUBI en el marco del ciclo Cine por cualquier medio: retrospectiva de Jafar Panahi, un grupo de extraños van de aquí para allá en una camioneta que transporta a un hombre que, sospechan, fue su torturador. Unos quieren vengarse de él de inmediato, otros asegurarse de su identidad y hacerlo hablar; todos saben que, por más que quieran y por más lejos que vayan, es imposible olvidar lo que vivieron.
El cine de Panahi se contiene en los bordes. De manera plástica, varios de sus planos maestros emblemáticos, que funcionan como introducción, se enmarcan en los márgenes de superficies que son aberturas o umbrales. Quizá los más notables son la ventanilla blanca que se abre al comienzo de El círculo (2000; León de Oro en el Festival de Venecia), que visualmente despliega y destapa la historia de varias jóvenes que escaparon de prisión y en general de las mujeres iraníes, y las rejas que protegen la joyería de Sangre y oro (2003), escenario de un atraco fallido, que asocian a la cámara y al ladrón, constriñéndolos en el interior, es decir, que los pone del mismo lado.
Por su parte, Fue sólo un accidente (Palma de Oro en el Festival de Cannes) inicia en los bordes del parabrisas de un automóvil. Desde el exterior, Panahi filma a una pareja que cómodamente transita de noche por un paraje donde se escuchan perros que se atraviesan por el camino. Luego aparece su pequeña hija, en el asiento trasero, para completar el cuadro. Es ella quien más lamenta que su papá, imperturbable, haya atropellado a uno de los animales; es un simple accidente, dice la madre, que encadena otro, un desperfecto repentino del auto que los obliga a detenerse para buscar a un mecánico.
Fotograma de Fue sólo un accidente (2025), de Jafar Panahi
Jafar Panahi mira con una amplitud original. A los planos que funcionan como llave, como puerta de entrada, se suman panorámicas y planos de conjunto que completan el asomo que propone al espectador, al que ofrece un paisaje de gran alcance reflexivo. Desde que comenzó a filmar, con El globo blanco (1995) como primer largometraje, el director ha puesto la vista en la situación de su país. A juzgar por su propia obra, la realidad de Irán es compleja, de control y persecución, de censura y de movilidad limitada para sus habitantes. A pesar del éxito –tiene todos los premios de los mayores festivales de cine europeos– y de sus problemas con el Estado iraní –que lo ha encarcelado varias veces y le tiene prohibido filmar–, Panahi no ha dejado de rodar en su país de forma clandestina. Acusado de propaganda en contra del gobierno, ha podido salir de Irán en ciertas ocasiones, pero no ha desviado la mirada hacia otro lugar. Insiste. No es poca cosa.
Su mirada es cotidiana. Quizá por eso no hay héroes en su obra, tampoco historias grandilocuentes. Las anécdotas que cuenta parecen situaciones menudas, casi sueltas, por eso las filma lo mismo con cámaras profesionales que con teléfonos. Es otro de los rasgos de su cine: una capacidad narrativa hipnótica, que lleva sin prisa al espectador por los andares y los desplazamientos de los personajes. A veces se trata de planos secuencia que lo detienen, de nuevo, en los bordes de su inmovilidad. Panahi emula el canto melismático de la música vocal iraní, que cautiva entonando múltiples notas sobre una misma sílaba. Este procedimiento o técnica procura inflexiones sobre una misma idea. Por ejemplo, las opiniones de los pasajeros de Taxi Teherán (2015; Oso de Oro en el Festival de Berlín) sobre los problemas de la ciudad o las experiencias de las actrices de Tres caras (2018), filmes en los que el propio director aparece como chofer o conductor del vehículo.
Como si se tratara de una misma sílaba en diferentes vibraciones, para seguir con la idea musical, en las películas del iraní los personajes son más o menos variantes de uno solo. Es como si encontrara sus puntos de unión y de entendimiento, como si canturreara tú y yo somos uno mismo, uh-oh, uh, uh-oh. Sucede con las chicas de Fuera de juego (2006), que se visten con ropa masculina para asistir a un partido de futbol de Irán, pero que son aprehendidas porque está prohibido que las mujeres vayan a los estadios. A veces, también, los personajes son el reverso, unidos por los extremos. A pesar de la diferencia de clase abismal entre el parco repartidor de pizza y el joven excéntrico y adinerado de Sangre y oro, su soledad es equiparable.
Fotograma de Fue sólo un accidente (2025), de Jafar Panahi
En Fue sólo un accidente, Jafar Panahi retoma elementos del film noir. Luego de la contención en los bordes del parabrisas, el conductor y padre de familia baja del coche. Su andar cruje, retira al animal que arrolló y se mancha las manos. Ahí, en la oscuridad del camino, Panahi lo filma entre sombras y distingue su rostro con la luz roja de los faros. Es una imagen más que inusual en su cine, es nueva. Sólo lo escucha caminar y lo ve parcialmente y desde arriba, por una abertura, pero el mecánico cree reconocer al hombre que lo torturó por exigir derechos laborales, quien también usaba una prótesis que chirriaba, imagen sonora y eco del cine criminal. Estos guiños, sin embargo, no son homenajes a la historia clásica del hombre equivocado y la transferencia de su culpa. De forma callada, las calles de Teherán saben de este tipo de abusos cometidos por un mismo hombre. Sus víctimas implican a un librero, a una amiga fotógrafa, a la pareja a la que ésta saca fotos un día antes de su boda y al ex amante de la retratista.
Panahi representa el reacomodo de la tradición y las costumbres en Irán, que a veces responden al atraso y las malas prácticas y a veces al avance tecnológico y social. En ocasiones una y otro se fusionan, como se ve de manera cómica en el uso de terminales electrónicas por todos lados para hacer pagos, dar propinas e incluso consentir, sin remedio, la extorsión de las autoridades. En Esto no es una película (codirigida con Mochtabá Mirtahmasp, 2011), por otro lado, la herramienta contra la censura y para seguir creando cine es registrar o filmar con el teléfono.
El hombre que persigue al grupo en sus recuerdos y pesadillas, el hombre no equivocado, el inconmovible padre de familia, confirma su vocación de servicio al régimen. Es la variación más radical de los personajes de Jafar Panahi convencidos de su obediencia, de los guardias imberbes que persiguen mujeres en estadios y que a pesar de las reglas luego se unen a la algarabía futbolera de las chicas, de los cajeros que no venden pasajes de autobús a mujeres solas o sin identificación, pero que se ablandan al último momento. Quizás el hombre no equivocado de Fue sólo un accidente se equivoca al confesar su llamamiento a ser mártir, ardor de sentimiento religioso; quizás ese es su castigo, que no se cumpla su deseo más anhelado. Quizá todos los personajes, incluido él, amparados bajo un árbol, son víctimas de algo mayor, notas de un mismo sonido.
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