jueves, 26 de febrero de 2026

Constelaciones y derivas

Rumbo al aniversario 50 de su fundación, la Colección FEMSA inaugurará el próximo 20 de marzo la exposición Constelaciones y derivas en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO). La muestra, curada por Paulina Bravo, Beto Díaz Suárez y Eugenia Braniff junto a Adriana Melchor, permanecerá en exhibición hasta el 9 de agosto. Reunirá alrededor de 170 obras de más de 115 artistas latinoamericanos de los siglos XX y XXI, e incluirá una pieza especialmente comisionada a la artista argentina Ad Minoliti.

Constelaciones y derivas. Arte de América Latina desde la Colección FEMSA se aleja de secuencias cronológicas o nacionales para activar conexiones sensibles entre obras, tiempos y contextos geográficos. Esta estructura invita a pensar el arte latinoamericano desde ejes temáticos –territorios, identidades, estructuras coloniales, alquimia o abstracción– que permiten trazar nuevas lecturas y diálogos de sentido dentro del acervo. No sólo se tratará de la presentación pública más amplia de la colección en México, sino de un gesto de reflexión activa sobre su trayectoria y su futuro. En palabras de Eugenia Braniff, curadora asociada, “permite redescubrir piezas icónicas en diálogo con otras incorporadas a lo largo de cinco décadas, invitando a una comprensión más amplia y profunda del arte latinoamericano”.

Más allá de una revisión retrospectiva, la Colección FEMSA –uno de los acervos corporativos más importantes de México y América Latina– ha estado inmersa en un proceso de reflexión sobre su historia y rol en el ecosistema artístico. Como se lee en la conversación que tuvo La Tempestad con su equipo curatorial, este ejercicio de revisitar su archivo parte de entender la colección como un conjunto de procesos reflexivos mediado por distintas visiones, en lugar de una simple acumulación de objetos. El desafío ha sido plantear formas de relacionarse con el arte que dialoguen con las transformaciones sociales contemporáneas y con públicos diversos. “Nos interesa presentar obras poco conocidas de la colección que, pensamos, van a resignificar los grandes hitos del arte moderno y contemporáneo”, explica Paulina Bravo, curadora en jefe.

Colección FEMSA

Damián Ortega, de la serie Torre Latino (2007). Colección FEMSA. Fotografía: Roberto Ortiz Giacomán

La inauguración de Constelaciones y derivas se acompañará de un programa público que amplía sus ejes temáticos a formatos participativos: conferencias, charlas, talleres y activaciones diseñadas para incidir en el pensamiento crítico y la creatividad. Entre los eventos especiales destaca la charla-taller De la necesidad de clubes de amigxs en las artes, que será impartida por Ad Minoliti en MARCO el 21 de marzo. En este espacio, la artista abordará las prácticas de la Escuela Feminista de Pintura y promoverá ejercicios colectivos de escritura, reflexión y deconstrucción de valores tradicionales en la historia del arte.

La exposición pondrá en diálogo obras modernas de figuras icónicas como Remedios Varo, Leonora Carrington, Lygia Clark, David Alfaro Siqueiros o José Clemente Orozco con piezas integradas a la Colección FEMSA lo largo de medio siglo, de artistas contemporáneos como Francis Alÿs, Vivian Suter, Beatriz González, Damián Ortega o Julio Galán. En palabras de Laura Pacheco, gerente de la colección, es “el resultado de cinco décadas de trabajo, dedicación y apoyo a las y los artistas de América Latina”. Constelaciones y derivas revisa una trayectoria y, sobre todo, proyecta un futuro en el que el arte se posiciona ante las preguntas y tensiones de nuestro tiempo, dibujando nuevas cartografías del arte latinoamericano contemporáneo.

Colección FEMSA

Beatriz González, Ante el duelo (2019). Colección FEMSA. Cortesía de Casas Riegner, Bogotá

The post Constelaciones y derivas first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/73UeltE
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

Constelaciones y derivas

Rumbo al aniversario 50 de su fundación, la Colección FEMSA inaugurará el próximo 20 de marzo la exposición Constelaciones y derivas en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO). La muestra, curada por Paulina Bravo, Beto Díaz Suárez y Eugenia Braniff junto a Adriana Melchor, permanecerá en exhibición hasta el 9 de agosto. Reunirá alrededor de 170 obras de más de 115 artistas latinoamericanos de los siglos XX y XXI, e incluirá una pieza especialmente comisionada a la artista argentina Ad Minoliti.

Constelaciones y derivas. Arte de América Latina desde la Colección FEMSA se aleja de secuencias cronológicas o nacionales para activar conexiones sensibles entre obras, tiempos y contextos geográficos. Esta estructura invita a pensar el arte latinoamericano desde ejes temáticos –territorios, identidades, estructuras coloniales, alquimia o abstracción– que permiten trazar nuevas lecturas y diálogos de sentido dentro del acervo. No sólo se tratará de la presentación pública más amplia de la colección en México, sino de un gesto de reflexión activa sobre su trayectoria y su futuro. En palabras de Eugenia Braniff, curadora asociada, “permite redescubrir piezas icónicas en diálogo con otras incorporadas a lo largo de cinco décadas, invitando a una comprensión más amplia y profunda del arte latinoamericano”.

Más allá de una revisión retrospectiva, la Colección FEMSA –uno de los acervos corporativos más importantes de México y América Latina– ha estado inmersa en un proceso de reflexión sobre su historia y rol en el ecosistema artístico. Como se lee en la conversación que tuvo La Tempestad con su equipo curatorial, este ejercicio de revisitar su archivo parte de entender la colección como un conjunto de procesos reflexivos mediado por distintas visiones, en lugar de una simple acumulación de objetos. El desafío ha sido plantear formas de relacionarse con el arte que dialoguen con las transformaciones sociales contemporáneas y con públicos diversos. “Nos interesa presentar obras poco conocidas de la colección que, pensamos, van a resignificar los grandes hitos del arte moderno y contemporáneo”, explica Paulina Bravo, curadora en jefe.

Colección FEMSA

Damián Ortega, de la serie Torre Latino (2007). Colección FEMSA. Fotografía: Roberto Ortiz Giacomán

La inauguración de Constelaciones y derivas se acompañará de un programa público que amplía sus ejes temáticos a formatos participativos: conferencias, charlas, talleres y activaciones diseñadas para incidir en el pensamiento crítico y la creatividad. Entre los eventos especiales destaca la charla-taller De la necesidad de clubes de amigxs en las artes, que será impartida por Ad Minoliti en MARCO el 21 de marzo. En este espacio, la artista abordará las prácticas de la Escuela Feminista de Pintura y promoverá ejercicios colectivos de escritura, reflexión y deconstrucción de valores tradicionales en la historia del arte.

La exposición pondrá en diálogo obras modernas de figuras icónicas como Remedios Varo, Leonora Carrington, Lygia Clark, David Alfaro Siqueiros o José Clemente Orozco con piezas integradas a la Colección FEMSA lo largo de medio siglo, de artistas contemporáneos como Francis Alÿs, Vivian Suter, Beatriz González, Damián Ortega o Julio Galán. En palabras de Laura Pacheco, gerente de la colección, es “el resultado de cinco décadas de trabajo, dedicación y apoyo a las y los artistas de América Latina”. Constelaciones y derivas revisa una trayectoria y, sobre todo, proyecta un futuro en el que el arte se posiciona ante las preguntas y tensiones de nuestro tiempo, dibujando nuevas cartografías del arte latinoamericano contemporáneo.

Colección FEMSA

Beatriz González, Ante el duelo (2019). Colección FEMSA. Cortesía de Casas Riegner, Bogotá

The post Constelaciones y derivas first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/73UeltE
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

Capitalismo radical y microestados

En la actualidad el Estado es considerado la última etapa en el desarrollo civilizatorio de la humanidad. Casi cualquier organización social pasa, forzosamente, por el Estado y su capacidad para centralizar y conducir la vida de una población que se aglomera en megaurbes alrededor del globo. Para muchos es difícil pensar que hubo alguna forma de organización alternativa a la fundada en Europa entre los siglos XV y XVI. Esto cobra particular importancia durante estos años en los que se explota el nacionalismo en medio de las numerosas crisis que vivimos. Sin embargo, el Estado, ese sistema omnipresente, funcional gracias a la sociedad industrial, la energía fósil y la aceleración de las comunicaciones, es más frágil de lo que se piensa.

El embate más llamativo hacia el Estado en las décadas recientes no ha venido del anarquismo tradicional vinculado a la izquierda, sino de la llamada derecha libertaria. Oligarcas de Silicon Valley e ideólogos afines promueven la desaparición del Estado tradicional y buscan una “descentralización radical” (término que usó recientemente el oligarca mexicano Ricardo Salinas Pliego) para crear zonas autónomas y, supuestamente, exitosas gracias a su separación del pernicioso control estatal. La idea de la implementación de zonas autónomas no es un fenómeno nuevo, aunque últimamente ha tenido mucha visibilidad por la disfuncionalidad y la pérdida de credibilidad de la democracia liberal capitalista. Parecería que el remedio, como difunden muchos gurúes del llamado “aceleracionismo”, es ir un paso más allá y radicalizar el capitalismo para que nada le estorbe y la prosperidad llegue, ahora sí, a todos.

Quinn Slobodian, profesor de historia internacional en la Universidad de Boston, publicó en 2023 el libro El capitalismo de la fragmentación. El radicalismo de mercado y el sueño de un mundo sin democracia (Paidós). La investigación aborda uno de los fenómenos centrales de estos años: la creación de burbujas, comunidades autónomas que no siguen la normatividad estatal. El autor no analiza comunidades que han logrado cierta independencia de los países de los que forman parte, como los pueblos zapatistas en Chiapas, regidos por usos y costumbres. El interés de Slobodian son las creaciones empresariales que han funcionado como casos de excepción para experimentar las teorías libremercadistas sin el obstáculo de regulaciones laborales o ambientales, entre otras.

La genealogía de estos espacios autónomos podría remontarse, por ejemplo, al colonialismo occidental. Uno de los casos más macabros fue el de Leopoldo II de Bélgica, quien explotó de 1885 a 1908 el Estado Libre del Congo –una colonia propiedad suya disfrazada de proyecto filantrópico, con la complacencia de las élites europeas– para la obtención de valiosas materias primas como el caucho. Joseph Conrad narró el brutal control humano y la devastación que dejó Leopoldo II en su clásico El corazón de las tinieblas (1899).

Singapur, Hong Kong, Liechtenstein, Dubai, Somalia y, finalmente, el malogrado Metaverso de Mark Zuckerberg son algunos de los ejemplos que revisa Slobodian para identificar una de las marcas de época: la aparente erosión de los Estados y la fragmentación de los países en células con sus propias reglas y con la capacidad, en teoría, de llevar a la práctica las leyes del capitalismo más extremo. Hablo de una aparente erosión porque, en realidad, lo que ocurre es una ocupación del Estado por parte de las corporaciones para intentar convertirlo en una empresa. Como demuestra el autor, en buena parte de los casos citados las “zonas libres” funcionan de manera parasitaria, es decir, usan los recursos del Estado financiado con impuestos públicos para buscar las máximas ganancias y la circulación sin trabas del capital. En otros casos, como el de Somalia, se crea la fantasía de una sociedad que puede evolucionar desde al caos a un modelo postestatal cuando, en realidad, nunca fueron naciones consolidadas –gracias a la intervención colonialista– y el mismo colapso económico provoca que sean financiadas por la diáspora.

En el estudio de las burbujas independientes o patchworks destacan algunos fenómenos culturales como el medievalismo, al cual son afectos algunos ideólogos de la derecha reaccionaria como David Friedman, hijo de Milton Friedman, uno de los más famosos difusores del neoliberalismo. El culto actual a la Edad Media presente en la cultura popular representa el regreso a la jerarquía, el autoritarismo, la idealización del poder masculino y, sobre todo, la utopía de comunidades separadas de un poder central con sus propios mecanismos para someter a los vasallos y a cualquier disidente.

Las amenazas al Estado vienen no sólo del lado del capitalismo externo sino de la capacidad para mantener unida a una nación en una era caótica. El crimen organizado se ha convertido, en gran parte del mundo, en una suerte de Estado paralelo que tiene bajo su control un número cada vez mayor de territorios. Por otro lado, las fallas en la tecnología y la escasez de energía que mantiene en funcionamiento a la burocracia estatal, los servicios públicos, la seguridad y la hipervigilancia de las megaurbes del siglo XXI, crearán tensiones difíciles de resolver. Mientras los conflictos arrecian y los gobiernos tienden a diversos tipos de autoritarismo –incluso con inquietantes rasgos fascistas como en el caso de Estados Unidos– la segregación continúa con proyectos financiados por el capital para crear zonas de excepción, atraer inversionistas que buscan evadir impuestos y nuevos lugares físicos o digitales para seguir extrayendo ganancias. El comercio naval –que traslada la mayor parte de las mercancías que se venden en los mercados internacionales– es un buen ejemplo de espacios que aprovechan los vacíos legales, la corrupción y la explotación de trabajadores para mover el capitalismo global.   

La fragmentación es uno de los signos de los tiempos. La atención está fragmentada por la tecnología y también los movimientos de resistencia que, en el siglo XX, ejercían algún contrapeso al poder político y económico. Los microestados y su normalización son nuevas etapas en la disolución de un orden global que aún no acepta su papel como facilitador del nuevo mundo por venir. Tampoco acepta que la democracia liberal ya no es funcional para el capitalismo en su fase más radical y depredadora. La escisión del Estado para crear islas en donde lo único que cuenta es la libertad empresarial –aunque el proyecto se realice sobre los escombros de toda una cultura– podemos verla en la presentación, durante el Foro de Davos de este año, del Plan para la Nueva Gaza. El proceso es simple: exterminio y desplazamiento de una población; reconstrucción por parte del capital de la zona para volverla un enclave turístico; y, por supuesto, implementación de un microestado corporativo que se venderá como una marca internacional propiedad del trumpismo y del sionismo.

The post Capitalismo radical y microestados first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/wenByKj
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

Capitalismo radical y microestados

En la actualidad el Estado es considerado la última etapa en el desarrollo civilizatorio de la humanidad. Casi cualquier organización social pasa, forzosamente, por el Estado y su capacidad para centralizar y conducir la vida de una población que se aglomera en megaurbes alrededor del globo. Para muchos es difícil pensar que hubo alguna forma de organización alternativa a la fundada en Europa entre los siglos XV y XVI. Esto cobra particular importancia durante estos años en los que se explota el nacionalismo en medio de las numerosas crisis que vivimos. Sin embargo, el Estado, ese sistema omnipresente, funcional gracias a la sociedad industrial, la energía fósil y la aceleración de las comunicaciones, es más frágil de lo que se piensa.

El embate más llamativo hacia el Estado en las décadas recientes no ha venido del anarquismo tradicional vinculado a la izquierda, sino de la llamada derecha libertaria. Oligarcas de Silicon Valley e ideólogos afines promueven la desaparición del Estado tradicional y buscan una “descentralización radical” (término que usó recientemente el oligarca mexicano Ricardo Salinas Pliego) para crear zonas autónomas y, supuestamente, exitosas gracias a su separación del pernicioso control estatal. La idea de la implementación de zonas autónomas no es un fenómeno nuevo, aunque últimamente ha tenido mucha visibilidad por la disfuncionalidad y la pérdida de credibilidad de la democracia liberal capitalista. Parecería que el remedio, como difunden muchos gurúes del llamado “aceleracionismo”, es ir un paso más allá y radicalizar el capitalismo para que nada le estorbe y la prosperidad llegue, ahora sí, a todos.

Quinn Slobodian, profesor de historia internacional en la Universidad de Boston, publicó en 2023 el libro El capitalismo de la fragmentación. El radicalismo de mercado y el sueño de un mundo sin democracia (Paidós). La investigación aborda uno de los fenómenos centrales de estos años: la creación de burbujas, comunidades autónomas que no siguen la normatividad estatal. El autor no analiza comunidades que han logrado cierta independencia de los países de los que forman parte, como los pueblos zapatistas en Chiapas, regidos por usos y costumbres. El interés de Slobodian son las creaciones empresariales que han funcionado como casos de excepción para experimentar las teorías libremercadistas sin el obstáculo de regulaciones laborales o ambientales, entre otras.

La genealogía de estos espacios autónomos podría remontarse, por ejemplo, al colonialismo occidental. Uno de los casos más macabros fue el de Leopoldo II de Bélgica, quien explotó de 1885 a 1908 el Estado Libre del Congo –una colonia propiedad suya disfrazada de proyecto filantrópico, con la complacencia de las élites europeas– para la obtención de valiosas materias primas como el caucho. Joseph Conrad narró el brutal control humano y la devastación que dejó Leopoldo II en su clásico El corazón de las tinieblas (1899).

Singapur, Hong Kong, Liechtenstein, Dubai, Somalia y, finalmente, el malogrado Metaverso de Mark Zuckerberg son algunos de los ejemplos que revisa Slobodian para identificar una de las marcas de época: la aparente erosión de los Estados y la fragmentación de los países en células con sus propias reglas y con la capacidad, en teoría, de llevar a la práctica las leyes del capitalismo más extremo. Hablo de una aparente erosión porque, en realidad, lo que ocurre es una ocupación del Estado por parte de las corporaciones para intentar convertirlo en una empresa. Como demuestra el autor, en buena parte de los casos citados las “zonas libres” funcionan de manera parasitaria, es decir, usan los recursos del Estado financiado con impuestos públicos para buscar las máximas ganancias y la circulación sin trabas del capital. En otros casos, como el de Somalia, se crea la fantasía de una sociedad que puede evolucionar desde al caos a un modelo postestatal cuando, en realidad, nunca fueron naciones consolidadas –gracias a la intervención colonialista– y el mismo colapso económico provoca que sean financiadas por la diáspora.

En el estudio de las burbujas independientes o patchworks destacan algunos fenómenos culturales como el medievalismo, al cual son afectos algunos ideólogos de la derecha reaccionaria como David Friedman, hijo de Milton Friedman, uno de los más famosos difusores del neoliberalismo. El culto actual a la Edad Media presente en la cultura popular representa el regreso a la jerarquía, el autoritarismo, la idealización del poder masculino y, sobre todo, la utopía de comunidades separadas de un poder central con sus propios mecanismos para someter a los vasallos y a cualquier disidente.

Las amenazas al Estado vienen no sólo del lado del capitalismo externo sino de la capacidad para mantener unida a una nación en una era caótica. El crimen organizado se ha convertido, en gran parte del mundo, en una suerte de Estado paralelo que tiene bajo su control un número cada vez mayor de territorios. Por otro lado, las fallas en la tecnología y la escasez de energía que mantiene en funcionamiento a la burocracia estatal, los servicios públicos, la seguridad y la hipervigilancia de las megaurbes del siglo XXI, crearán tensiones difíciles de resolver. Mientras los conflictos arrecian y los gobiernos tienden a diversos tipos de autoritarismo –incluso con inquietantes rasgos fascistas como en el caso de Estados Unidos– la segregación continúa con proyectos financiados por el capital para crear zonas de excepción, atraer inversionistas que buscan evadir impuestos y nuevos lugares físicos o digitales para seguir extrayendo ganancias. El comercio naval –que traslada la mayor parte de las mercancías que se venden en los mercados internacionales– es un buen ejemplo de espacios que aprovechan los vacíos legales, la corrupción y la explotación de trabajadores para mover el capitalismo global.   

La fragmentación es uno de los signos de los tiempos. La atención está fragmentada por la tecnología y también los movimientos de resistencia que, en el siglo XX, ejercían algún contrapeso al poder político y económico. Los microestados y su normalización son nuevas etapas en la disolución de un orden global que aún no acepta su papel como facilitador del nuevo mundo por venir. Tampoco acepta que la democracia liberal ya no es funcional para el capitalismo en su fase más radical y depredadora. La escisión del Estado para crear islas en donde lo único que cuenta es la libertad empresarial –aunque el proyecto se realice sobre los escombros de toda una cultura– podemos verla en la presentación, durante el Foro de Davos de este año, del Plan para la Nueva Gaza. El proceso es simple: exterminio y desplazamiento de una población; reconstrucción por parte del capital de la zona para volverla un enclave turístico; y, por supuesto, implementación de un microestado corporativo que se venderá como una marca internacional propiedad del trumpismo y del sionismo.

The post Capitalismo radical y microestados first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/wenByKj
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

martes, 24 de febrero de 2026

Pedra Branca

Para la maestra Lucía

 

Soñó con zopilotes que extendían sus alas mientras daban saltos en la carretera y picoteaban las entrañas de un perro muerto que se había hinchado tanto bajo el sol que parecía a punto de explotar. La lengua y las órbitas expuestas de sus ojos estaban bañadas de moscas, con el cielo y las nubes reflejándose en sus pupilas. Cuando despertó tenía frente a él unos ojos rojos que, al moverse, se tornaron amarillos, luego rojos otra vez. Oyó el resoplido a ras de tierra. Lanzó la luz de la lámpara y vio al coyote husmeando en su morral. Dijo ¡Úchale! y jaló el morral y el coyote peló los colmillos, después miró hacia todos lados e intentó morder el morral, pero se detuvo con una pata al aire cuando Esiquio Baza dijo ¡Úchale! de nuevo. Lo miró a los ojos, luego al morral y otra vez a él. Dio media vuelta y trotó en medio de los espinos que despejaban la luz de la lámpara. Se detuvo, una vez más con una pata al aire, y se volvió hacia Esiquio Baza, mirándolo largo tiempo, luego olisqueó el aire y trotó de nuevo. Minutos después de que apagó la lámpara, reaparecieron los ojos rojos del coyote. Parpadeaban y por momentos se tornaron amarillos, para después apagarse en la oscuridad.

A esa hora de la madrugada todavía algunas estrellas destellaban pálidas para indicar la soledad del mundo en esta parte del universo.

Exploró los riscos y barrancos a través de la mira del rifle, y más tarde, cuando apuntó hacia el valle, vio al coyote trotando sobre la llanura. El color pardo de su pelaje se tornó rojizo en medio de las olas de vapor que distorsionaban la tierra ardiente. Lo vio husmear sobre los espinos. Orinó sobre uno de ellos y después olió los orines. Orinó de nuevo sobre sus orines: breves chorros amarillos que apenas levantaron el polvo en las ramas del espino. Trotó y de pronto se detuvo. Se miraron. Esiquio Baza pudo ver la severidad de sus ojos marrones.

Días después volvió a verlo. Iba detrás de un zorrillo. Cada vez que el zorrillo se detenía, saltaba alrededor de él y lo empujaba con la pata. El zorrillo le mostraba los colmillos, siempre dándole la espalda, y avanzaba de nuevo. Cuando olió su cola, le bañó el hocico con orines. El coyote chilló y se talló el hocico con ambas patas.

–Por pendejo –dijo Esiquio Baza.

Varias noches durante toda la noche lo escuchó chillar.

–Por pendejo –repitió.

Los músculos de las ancas de los caballos se tensaron cuando sus patas derraparon sobre la grava suelta. Luego las ancas hicieron un bamboleo cuando dieron zancadas largas sobre las piedras. Los hombres llevaban venados sobre las monturas, con las astas casi tocando la tierra.

Muy temprano vio cabalgar a tres hombres por la vereda que atraviesa los cerros hasta el Palmar grande. Los músculos de las ancas de los caballos se tensaron cuando sus patas derraparon sobre la grava suelta. Luego las ancas hicieron un bamboleo cuando dieron zancadas largas sobre las piedras. Los hombres llevaban venados sobre las monturas, con las astas casi tocando la tierra. El reflejo de su mira brilló en el rostro de uno de los hombres y el hombre tapó el resplandor con la mano y se levantó sobre la montura para observar de dónde venía el brillo de la mira. Señaló hacia donde estaba Esiquio y los otros hombres siguieron su dedo índice con la mira de los rifles. Esiquio se ocultó detrás de los ricos. Uno de ellos gritó buenos días, pero se mantuvo oculto hasta que desaparecieron.

Esa mañana el coyote movía la cola y miraba expectante hacia lo hondo del barranco. Luego lo vio arrastrarse y descender despacio sobre el peñasco. Siguió su mirada con el rifle y encontró al venado. Estaba estático, movió el cuello hacia delante y atrás y miró de derecha a izquierda, para en seguida retroceder un paso. Recorrió el cuerpo con la mira hasta las astas. Cuando movió otra vez el cuello hacia adelante, disparó y el venado saltó impulsado por las cuatro patas. Desapareció. El coyote también. Al principio pensó que había acertado pero después, cuando exploró todo el barranco y no lo encontró, ya no pensó lo mismo. Tomó la vereda al barranco y luego fue saltando las piedras hasta que llegó adonde antes había estado el venado. Caminó alrededor, siempre mirando al suelo y buscando algún rastro de la herida. Lo halló: delgados chorros de sangre que mancharon las hojas secas. Cuando lo encontró, el venado todavía estaba vivo, echado sobre las patas delanteras, desangrándose por el cuello y mirando con calma alrededor, incluso parecía totalmente indiferente al hecho de que el coyote tenía casi la mitad del hocico dentro de sus entrañas. Cuando disparó a la sien del venado, el coyote salió disparado. Después volvió, sorteando las piedras, con el hocico bañado de sangre y mirando al venado. Se detuvo cuando Esiquio Baza se volvió.

–Apestas a zorrillo –dijo.

El coyote movió la cabeza de lado y levantó una oreja.

Tomó al venado por las astas y lo subió por el peñasco y después lo arrastró por la vereda hasta el ojo de agua. El coyote fue detrás dando saltos alrededor del venado.

Jaló la piel con ambas manos, después siguió jalándola mientras rasgaba al interior con el cuchillo. Cuando quitó toda la piel, hundió el cuchillo en la panza e hizo un solo corte hasta el pecho. Cortó las vísceras y se desprendieron dentro de una bolsa pesada y blanca.

Lo ató por las patas a las ramas de la ceiba y fue en las patas donde cortó en círculo y luego llevó el cuchillo en vertical por las piernas. Jaló la piel con ambas manos, después siguió jalándola mientras rasgaba al interior con el cuchillo. Cuando quitó toda la piel, hundió el cuchillo en la panza e hizo un solo corte hasta el pecho. Cortó las vísceras y se desprendieron dentro de una bolsa pesada y blanca. Las arrojó al coyote y el coyote saltó sobre ellas sin dejar de mirar a Esiquio.

Las costillas abiertas ardían a las brasas atadas a dos palos en cruz cuando Esiquio salaba las piernas del venado. Las giró y observó detenidamente y puso más sal donde todavía se revelaba la oscuridad de la carne. Las colgó en las ramas de la ceiba. Luego las descolgó y volvió a colgarlas en las ramas en las que no soplaba el viento.

Casi una semana más tarde lavó las piernas del venado en el ojo de agua. Cuando las talló, la carne perdió el aspecto cristalino y se tornó negra. Las colgó de nuevo en las ramas. Dos días después las palpó. Estaban secas. Cortó una pequeña porción de carne en rodajas y la comió mientras exploraba el valle con el rifle. En las noches, acostado, masticaba la carne mientras arrojaba rodajas más allá de sus pies. El coyote saltaba sobre ellas y luego desaparecía en la oscuridad. Una noche lo llamó mostrándole la carne. El coyote emergió de la oscuridad y lo observó largo rato, luego a la carne en la mano. Agitó la carne y volvió a llamarlo. El coyote retrocedió, sin dejar de mirar la carne, y después se acercó e hizo un movimiento rápido con el hocico. La carne desapareció de la mano. Cortó otra rodaja y esta vez la puso frente al rostro del coyote. Cuando la masticó, Esiquio lo tomó por el hocico y empujó sus costillas contra el suelo y le puso la rodilla contra el pecho. Le mordió la mano cuando lo apuñaló una y otra vez en el cuello y después en el pecho y otra vez en el cuello. El hocico soltó la mano. Habló agitado.

–Pendejito –dijo. Y volvió a apuñalarlo.

The post Pedra Branca first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/Zht5HEW
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

Pedra Branca

Para la maestra Lucía

 

Soñó con zopilotes que extendían sus alas mientras daban saltos en la carretera y picoteaban las entrañas de un perro muerto que se había hinchado tanto bajo el sol que parecía a punto de explotar. La lengua y las órbitas expuestas de sus ojos estaban bañadas de moscas, con el cielo y las nubes reflejándose en sus pupilas. Cuando despertó tenía frente a él unos ojos rojos que, al moverse, se tornaron amarillos, luego rojos otra vez. Oyó el resoplido a ras de tierra. Lanzó la luz de la lámpara y vio al coyote husmeando en su morral. Dijo ¡Úchale! y jaló el morral y el coyote peló los colmillos, después miró hacia todos lados e intentó morder el morral, pero se detuvo con una pata al aire cuando Esiquio Baza dijo ¡Úchale! de nuevo. Lo miró a los ojos, luego al morral y otra vez a él. Dio media vuelta y trotó en medio de los espinos que despejaban la luz de la lámpara. Se detuvo, una vez más con una pata al aire, y se volvió hacia Esiquio Baza, mirándolo largo tiempo, luego olisqueó el aire y trotó de nuevo. Minutos después de que apagó la lámpara, reaparecieron los ojos rojos del coyote. Parpadeaban y por momentos se tornaron amarillos, para después apagarse en la oscuridad.

A esa hora de la madrugada todavía algunas estrellas destellaban pálidas para indicar la soledad del mundo en esta parte del universo.

Exploró los riscos y barrancos a través de la mira del rifle, y más tarde, cuando apuntó hacia el valle, vio al coyote trotando sobre la llanura. El color pardo de su pelaje se tornó rojizo en medio de las olas de vapor que distorsionaban la tierra ardiente. Lo vio husmear sobre los espinos. Orinó sobre uno de ellos y después olió los orines. Orinó de nuevo sobre sus orines: breves chorros amarillos que apenas levantaron el polvo en las ramas del espino. Trotó y de pronto se detuvo. Se miraron. Esiquio Baza pudo ver la severidad de sus ojos marrones.

Días después volvió a verlo. Iba detrás de un zorrillo. Cada vez que el zorrillo se detenía, saltaba alrededor de él y lo empujaba con la pata. El zorrillo le mostraba los colmillos, siempre dándole la espalda, y avanzaba de nuevo. Cuando olió su cola, le bañó el hocico con orines. El coyote chilló y se talló el hocico con ambas patas.

–Por pendejo –dijo Esiquio Baza.

Varias noches durante toda la noche lo escuchó chillar.

–Por pendejo –repitió.

Los músculos de las ancas de los caballos se tensaron cuando sus patas derraparon sobre la grava suelta. Luego las ancas hicieron un bamboleo cuando dieron zancadas largas sobre las piedras. Los hombres llevaban venados sobre las monturas, con las astas casi tocando la tierra.

Muy temprano vio cabalgar a tres hombres por la vereda que atraviesa los cerros hasta el Palmar grande. Los músculos de las ancas de los caballos se tensaron cuando sus patas derraparon sobre la grava suelta. Luego las ancas hicieron un bamboleo cuando dieron zancadas largas sobre las piedras. Los hombres llevaban venados sobre las monturas, con las astas casi tocando la tierra. El reflejo de su mira brilló en el rostro de uno de los hombres y el hombre tapó el resplandor con la mano y se levantó sobre la montura para observar de dónde venía el brillo de la mira. Señaló hacia donde estaba Esiquio y los otros hombres siguieron su dedo índice con la mira de los rifles. Esiquio se ocultó detrás de los ricos. Uno de ellos gritó buenos días, pero se mantuvo oculto hasta que desaparecieron.

Esa mañana el coyote movía la cola y miraba expectante hacia lo hondo del barranco. Luego lo vio arrastrarse y descender despacio sobre el peñasco. Siguió su mirada con el rifle y encontró al venado. Estaba estático, movió el cuello hacia delante y atrás y miró de derecha a izquierda, para en seguida retroceder un paso. Recorrió el cuerpo con la mira hasta las astas. Cuando movió otra vez el cuello hacia adelante, disparó y el venado saltó impulsado por las cuatro patas. Desapareció. El coyote también. Al principio pensó que había acertado pero después, cuando exploró todo el barranco y no lo encontró, ya no pensó lo mismo. Tomó la vereda al barranco y luego fue saltando las piedras hasta que llegó adonde antes había estado el venado. Caminó alrededor, siempre mirando al suelo y buscando algún rastro de la herida. Lo halló: delgados chorros de sangre que mancharon las hojas secas. Cuando lo encontró, el venado todavía estaba vivo, echado sobre las patas delanteras, desangrándose por el cuello y mirando con calma alrededor, incluso parecía totalmente indiferente al hecho de que el coyote tenía casi la mitad del hocico dentro de sus entrañas. Cuando disparó a la sien del venado, el coyote salió disparado. Después volvió, sorteando las piedras, con el hocico bañado de sangre y mirando al venado. Se detuvo cuando Esiquio Baza se volvió.

–Apestas a zorrillo –dijo.

El coyote movió la cabeza de lado y levantó una oreja.

Tomó al venado por las astas y lo subió por el peñasco y después lo arrastró por la vereda hasta el ojo de agua. El coyote fue detrás dando saltos alrededor del venado.

Jaló la piel con ambas manos, después siguió jalándola mientras rasgaba al interior con el cuchillo. Cuando quitó toda la piel, hundió el cuchillo en la panza e hizo un solo corte hasta el pecho. Cortó las vísceras y se desprendieron dentro de una bolsa pesada y blanca.

Lo ató por las patas a las ramas de la ceiba y fue en las patas donde cortó en círculo y luego llevó el cuchillo en vertical por las piernas. Jaló la piel con ambas manos, después siguió jalándola mientras rasgaba al interior con el cuchillo. Cuando quitó toda la piel, hundió el cuchillo en la panza e hizo un solo corte hasta el pecho. Cortó las vísceras y se desprendieron dentro de una bolsa pesada y blanca. Las arrojó al coyote y el coyote saltó sobre ellas sin dejar de mirar a Esiquio.

Las costillas abiertas ardían a las brasas atadas a dos palos en cruz cuando Esiquio salaba las piernas del venado. Las giró y observó detenidamente y puso más sal donde todavía se revelaba la oscuridad de la carne. Las colgó en las ramas de la ceiba. Luego las descolgó y volvió a colgarlas en las ramas en las que no soplaba el viento.

Casi una semana más tarde lavó las piernas del venado en el ojo de agua. Cuando las talló, la carne perdió el aspecto cristalino y se tornó negra. Las colgó de nuevo en las ramas. Dos días después las palpó. Estaban secas. Cortó una pequeña porción de carne en rodajas y la comió mientras exploraba el valle con el rifle. En las noches, acostado, masticaba la carne mientras arrojaba rodajas más allá de sus pies. El coyote saltaba sobre ellas y luego desaparecía en la oscuridad. Una noche lo llamó mostrándole la carne. El coyote emergió de la oscuridad y lo observó largo rato, luego a la carne en la mano. Agitó la carne y volvió a llamarlo. El coyote retrocedió, sin dejar de mirar la carne, y después se acercó e hizo un movimiento rápido con el hocico. La carne desapareció de la mano. Cortó otra rodaja y esta vez la puso frente al rostro del coyote. Cuando la masticó, Esiquio lo tomó por el hocico y empujó sus costillas contra el suelo y le puso la rodilla contra el pecho. Le mordió la mano cuando lo apuñaló una y otra vez en el cuello y después en el pecho y otra vez en el cuello. El hocico soltó la mano. Habló agitado.

–Pendejito –dijo. Y volvió a apuñalarlo.

The post Pedra Branca first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/Zht5HEW
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

viernes, 20 de febrero de 2026

Samadhi

Es un lugar común decir que las propuestas más interesantes del arte contemporáneo (o la música o la literatura) tienen lugar fuera de los circuitos comerciales de siempre. Pero también es cierto que, si alguien visita las tres o cuatro galerías más celebradas durante la Semana del Arte, corre el riesgo de salir con una visión distorsionada, por estrecha, de lo que el arte contemporáneo puede. Por suerte, para quien quiera combatir los lugares comunes existen los lugares extraños, como la galería Espacio 33⅓, que abrió sus puertas en junio de 2025 en un edificio remodelado de vivienda social de la colonia Doctores, en la Ciudad de México.

Espacio 33⅓ es un proyecto del arquitecto Jetro Centeno y la bióloga Bianca Yoko, defensores de una idea del arte donde éste todavía convive con la política más allá de los tics biempensantes y los statements predecibles. El espacio, además, da cabida a sesiones de experimentación sonora que oscilan entre el noise, el ambient, el jazz y el performance.

De la mano del veterano curador Michel Blancsubé, la galería exhibe hasta mediados de marzo su segunda exposición colectiva, Samadhi. Parte de la propuesta curatorial consiste en mantener, cada vez, un par de piezas de la exposición anterior, de modo que haya una continuidad construida por tema y variaciones. Es interesante ver cómo cambia una misma pieza al entrar en diálogo con un nuevo conjunto: una obviedad del trabajo curatorial que, sin embargo, las galerías comerciales suelen pasar por alto, guiadas más por el afán de lucro que por el ánimo de establecer correspondencias y guiños entre artistas y tradiciones.

En Samadhi el rango de las piezas presentadas es amplio, y tensa la cuerda del concepto curatorial hasta casi reventarla. Desde la metapintura de Manuel Centeno Bañuelos (CDMX, 1950) hasta las lectoesculturas punk de Víctor del Oral (CDMX, 1987), pasando por el accionismo vienés de Hermann Nitsch (Viena, 1938-2022) y Hanel Koeck (Biarritz, 1944), la fotografía performática de Yanieb Fabre (CDMX, 1983) o la instalación, en conversación con el mundo de la moda, de Erika Harrsch (CDMX, 1970).

Espacio 33⅓

Vista de la exposición colectiva Samadhi, Espacio 33⅓, Ciudad de México. Cortesía de Espacio 33⅓

El texto curatorial de Blancsubé (ingeniosamente desplegado en el espejo del baño de la galería, como ya es costumbre en 33⅓) rescata, desde el título de la muestra y el epígrafe de Henri Michaux, conceptos de la filosofía oriental, proponiendo un límite de la razón más allá del cual el arte tiene cosas que decir, entre el balbuceo y la plegaria. Este acercamiento me importa porque sugiere una lectura no literal de la exposición: un recorrido intuitivo que, a pesar de la humildad del espacio (Espacio 33⅓ se compone de dos salas modestas) no se amilana ante el disfrute sensorial y aún espiritual del arte, con resonancias new age que deciden colgar el sombrero de la ironía a la entrada del local.

Y aquí es donde algunas de las piezas de Samadhi encuentran su resonancia más profunda. Will Berry (Nashville, 1954) trabaja en una dimensión pictórica, sirviéndose del óxido de hierro sobre un lienzo de lana para crear un efecto sanguíneo y orgánico que recuerda la obra total de Hermann Nitsch en los años setenta, cuando el mítico artista se encerraba en su castillo austriaco para organizar orgías rituales con representaciones prototeatrales de sacrificio animal durante varios días. También La source (El manantial), de Yanieb Fabre y Nicolas Berloty ofrece un eco visual en donde el óxido y la sangre se confunden, con alusiones a un origen mítico donde la división entre seres humanos y animales no sería tan pronunciada.

Éste es uno de los leitmotivs en la obra de Fabre, una de las artistas más interesantes de la muestra. Alternando entre el dibujo, el video, la fotografía y el performance, la mexicana –radicada entre París y Córcega desde hace años– juega con el emborronamiento de las distinciones, apelando a ese espacio preverbal donde los impulsos libidinales parecen coincidir con los antropofágicos. En la otra serie de fotografías incluida en Samadhi, también en colaboración con Berloty, Fabre recurre al autorretrato (con reminiscencias de la Ana Mendieta de Siluetas) desde su negación: no hay mirada sobre el yo cuando el yo es lo que se pone en duda. Mediante la máscara y la fusión con el paisaje, el cuerpo de la artista se derrama en una multiplicidad que desafía la impostura tradicional del ego.

Espacio 33⅓

Vista de la exposición colectiva Samadhi, Espacio 33⅓, Ciudad de México. Cortesía de Espacio 33⅓

Jérémy Laffon (Limoges, 1978), por su parte, usa las connotaciones sacras del mármol para elevar el trabajo a escultura. Ya sea el flexómetro y la llave stilson o el agitador central de una lavadora doméstica, sus piezas dignifican las herramientas de las labores mal pagadas (la construcción, el trabajo del hogar) y, oblicuamente, a quienes las emplean. De manera análoga, Víctor del Oral trabaja con materiales cotidianos (el aluminio, el vinil) con los que construye poemas espaciales de estética trashy. Su pieza La celebración del dolor, el dolor de la fiesta, el festejo del cuerpo, el cuerpo del placer, la lujuria del velorio, la miseria de la cuna, el nacimiento de la tragedia, el ultimátum de la comedia (2024) lleva desde el título una carga nietzscheana tal que podría aparecer verbatim en el texto curatorial de la muestra.

Del fotógrafo Damien Daufresne (París, 1979) se incluye una serie de fotografías en blanco y negro con un elemento ominoso que no le será extraño a quienes hayan presenciado algún concierto de Godspeed You! Black Emperor, banda canadiense con la que Daufresne colabora habitualmente encargándose de las proyecciones para sus presentaciones en vivo. No es difícil imaginar un parentesco con The Hallucinator de Sébastie Dosantos Capouet (Bruselas, 1989), que a través de la impresión UV genera un efecto con reverberaciones del sectarismo religioso o la experiencia colectiva de un concierto extático.

En definitiva, Samadhi traza lecturas más o menos evidentes y se plantea como una renovación necesaria y oscura (que también es una vuelta al origen) en mitad de una escena herida de muerte por la instagramización del museo y la Semana del Arte.

Espacio 33⅓

Vista de la exposición colectiva Samadhi, Espacio 33⅓, Ciudad de México. Cortesía de Espacio 33⅓

La muestra colectiva Samadhi, curada por Michel Blancsubé, puede visitarse en Espacio 33⅓ (Dr. Lucio 102, edificio A1 “Centauro”, local 5, col. Doctores, Ciudad de México) hasta el 14 de marzo

The post Samadhi first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/mniwOqC
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad