viernes, 23 de enero de 2026

De la pista a la sala

En el corazón de Kreuzberg, un departamento berlinés, terminado en 2024 y difundido en publicaciones especializadas durante el año pasado, reinterpreta la estética del mítico club Berghain en el contexto doméstico. Diseñado por los fundadores de Studio Karhard –Thomas Karsten y Alexandra Erhard, los arquitectos que a principios de siglo dieron forma al templo del tecno– este proyecto lleva al día a día la estética de un espacio legendario, que en 2025 fue muy mencionado gracias al primer sencillo de Lux, el último disco de Rosalía.

Situado en una antigua central eléctrica en la zona de transición entre Kreuzberg y Friedrichshain, Berghain es más que un club: es un símbolo cultural de Berlín asociado lo mismo a la comunidad cuir que a la experimentación sonora. Su estricta política de acceso y la atmósfera minimalista de acero y concreto han reforzado su carácter icónico. De ese imaginario surge el departamento B32, en el que Studio Karhard plasmó su sello sin ignorar la calidez o el confort deseables en un espacio doméstico.

Berghain

Cocina-comedor del departamento B32 (Berlín, 2024), de Studio Karhard. Fotografía: Robert Rieger

La intervención parte de una pared curva de vitroblocks iluminados, que aporta su carácter distintivo al espacio. Este elemento, que divide la entrada y la sala sin sacrificar la iluminación natural, es el eje visual del ambiente interior, que evoca la personalidad industrial del club mientras aporta cualidades kubrickianas. La paleta de materiales juega con los contrastes: suelos de terrazo, acero inoxidable y latón en la cocina, junto a paredes enyesadas y tapicería de terciopelo de Kvadrat. Los muros desnudos enfatizan el protagonismo de las texturas y los colores de las superficies.

Este enfoque también se expresa en la iluminación, a veces intimista, a veces envolvente. “En todo el departamento, la selección de materiales es similar a un collage, con especial atención en los aspectos táctiles y atmosféricos”, explican Karsten y Erhard. En 95 metros cuadrados, Studio Karhard ha cumplido el ejercicio de trasladar el aprendizaje de Berghain al ambiente privado: estos interiores cuentan historias, pero sobre todo aluden a una manera de vivir ajena a las rutinas de la ciudad contemporánea.

Berghain

Detalle del baño del departamento B32 (Berlín, 2024), de Studio Karhard. Fotografía: Robert Rieger

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De la pista a la sala

En el corazón de Kreuzberg, un departamento berlinés, terminado en 2024 y difundido en publicaciones especializadas durante el año pasado, reinterpreta la estética del mítico club Berghain en el contexto doméstico. Diseñado por los fundadores de Studio Karhard –Thomas Karsten y Alexandra Erhard, los arquitectos que a principios de siglo dieron forma al templo del tecno– este proyecto lleva al día a día la estética de un espacio legendario, que en 2025 fue muy mencionado gracias al primer sencillo de Lux, el último disco de Rosalía.

Situado en una antigua central eléctrica en la zona de transición entre Kreuzberg y Friedrichshain, Berghain es más que un club: es un símbolo cultural de Berlín asociado lo mismo a la comunidad cuir que a la experimentación sonora. Su estricta política de acceso y la atmósfera minimalista de acero y concreto han reforzado su carácter icónico. De ese imaginario surge el departamento B32, en el que Studio Karhard plasmó su sello sin ignorar la calidez o el confort deseables en un espacio doméstico.

Berghain

Cocina-comedor del departamento B32 (Berlín, 2024), de Studio Karhard. Fotografía: Robert Rieger

La intervención parte de una pared curva de vitroblocks iluminados, que aporta su carácter distintivo al espacio. Este elemento, que divide la entrada y la sala sin sacrificar la iluminación natural, es el eje visual del ambiente interior, que evoca la personalidad industrial del club mientras aporta cualidades kubrickianas. La paleta de materiales juega con los contrastes: suelos de terrazo, acero inoxidable y latón en la cocina, junto a paredes enyesadas y tapicería de terciopelo de Kvadrat. Los muros desnudos enfatizan el protagonismo de las texturas y los colores de las superficies.

Este enfoque también se expresa en la iluminación, a veces intimista, a veces envolvente. “En todo el departamento, la selección de materiales es similar a un collage, con especial atención en los aspectos táctiles y atmosféricos”, explican Karsten y Erhard. En 95 metros cuadrados, Studio Karhard ha cumplido el ejercicio de trasladar el aprendizaje de Berghain al ambiente privado: estos interiores cuentan historias, pero sobre todo aluden a una manera de vivir ajena a las rutinas de la ciudad contemporánea.

Berghain

Detalle del baño del departamento B32 (Berlín, 2024), de Studio Karhard. Fotografía: Robert Rieger

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jueves, 22 de enero de 2026

Viaje al fundamentalismo religioso estadounidense

La islamofobia ha cobrado fuerza en gran parte de Occidente, en particular en Estados Unidos. La caricatura que se ha hecho del Islam –una religión compleja, con prácticas muy diversas a lo largo de la historia– ha servido para inyectarle esteroides a la xenofobia que vende la ultraderecha a nivel mundial. En esta caricatura, el fundamentalismo religioso islámico aparece como la principal amenaza de las “sociedades libres”. Se señala la misoginia, el radicalismo, el uso de distintos textos sagrados para reprimir a la gente y apuntalar Estados teocráticos en Medio Oriente. Además, por supuesto, se instrumentalizan los atentados del 11 de septiembre y villanos favoritos de Estados Unidos como Osama bin Laden para indicar que los practicantes del Islam son incompatibles con la democracia, sin importar que el mismo Occidente esté atrás de gran parte del extremismo islámico. Sin embargo, el enemigo –al menos para Estados Unidos– está más cerca de lo que parece.

Jon Krakauer, periodista especializado en temas relacionados con el montañismo y la naturaleza, publicó en 2003 Obedeceré a Dios. Dios, los mormones y el fanatismo religioso, una exploración del fundamentalismo religioso estadounidense a partir de un hecho concreto: el asesinato en 1984 de Brenda Lafferty y su hija de 15 meses, Erica, en Utah. El crimen fue realizado por Dan y Ron Lafferty, hermanos de Allen Laferty, esposo de la mujer. Los asesinos habían sido miembros de la Iglesia Fundamentalista de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, una escisión del mormonismo tradicional fundado por Joseph Smith en la tercera década del siglo XIX en Estados Unidos. Krakauer hace un doble recorrido: el de la familia Lafferty y la progresiva radicalización de varios de sus miembros y la historia del movimiento religioso.  

Quizá muchos entiendan la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días como una más de las confesiones cristianas derivadas del protestantismo en Estados Unidos. El mormonismo tiene más de 16 millones de fieles en el mundo, influencia política y poder financiero. La historia de su fundador es extravagante, al igual que la mitología que fundó y que se puede consultar en sus primeros documentos, como el famoso Libro del Mormón. Buscador de tesoros, Smith convenció a sus seguidores de que un ser celestial, un ángel llamado Moroni, le había dado –después de varias pruebas– unas planchas de oro en las que se contaba la historia de América y la práctica de un cristianismo primitivo que había sido olvidado con el tiempo.

Las leyendas y los mitos del Libro del Mormón son, como se puede suponer, una reelaboración a veces muy fantasiosa de la ideología cristiana con añadidos de Smith. Uno de los más singulares es la historia –sin ninguna prueba documental, por supuesto– de dos grupos humanos (nefitas y lamanitas) que llegaron de Jerusalén a América aproximadamente 600 años antes de Cristo. Los nefitas eran disciplinados y de piel blanca; los lamanitas –de piel oscura como debe ser– eran codiciosos, violentos y castigados por Dios con ese color. Al final los lamanitas –ancestros de los indígenas americanos– aniquilaron a sus hermanos bienintencionados. 

Como se puede suponer, el tránsito de la Iglesia mormona desde su fundación hasta nuestros días ha significado actualizar, o de plano invisibilizar, algunos mandamientos e ideas de Joseph Smith que son abiertamente racistas, misóginas o inaplicables para nuestros tiempos. Sin embargo, hay un elemento que persiste en el mormonismo y prácticamente en todo el protestantismo (con sus innumerables variaciones) que se practica en Estados Unidos: la idea de que cualquier fiel puede hacer contacto con Dios sin ningún intermediario. Esta idea –según la investigación de Krakauer– ya le había causado problemas a Smith cuando otros mormones afirmaron que Dios había hablado con ellos para pedirles que se independizaran y, así, formar la “iglesia verdadera”.

A pesar de que el profeta modificó las reglas para que él y su grupo cercano fueran los líderes vitalicios, el huevo de la serpiente había sido incubado: con el paso de los años surgieron derivaciones del mormonismo –con sus correspondientes profetas– que se asentaron en Estados Unidos y fuera de sus fronteras. Estos grupos escindidos conservaron como principio irrenunciable una práctica que ha perseguido al mormonismo oficial desde finales del siglo XIX: la poligamia. Negada y combatida sin tregua por el statu quo mormón, la regla sagrada de las esposas múltiples se volvió un signo de legitimidad para los fundamentalistas, pues Joseph Smith y sus primeros sucesores la habían llevado a cabo al estar en sus principios fundacionales, transmitidos directamente por el poder divino. Perseguidos por el gobierno –pues la poligamia ya era ilegal en esa época– los primeros mormones estuvieron a punto de desaparecer ya que, además, habían protagonizado enfrentamientos armados y venganzas sangrientas con los habitantes de los pueblos vecinos.

Dan y Ron Lafferty, muchas décadas después, descubrieron el fundamentalismo mormón. Al igual que otros familiares, renunciaron al mormonismo tradicional y practicaron la poligamia como eje central de su fe religiosa. Cuando Brenda –una mujer mormona, pero “liberal” para sus estándares– se alejó de ellos junto con Allen, no lo pudieron soportar y planearon su asesinato. El proceso, narrado con detalle por Krakauer, está repleto de delirios y rasgos de absoluta psicopatía. Los hermanos Lafferty creían que hablaban con Dios y estaban seguros de que les ordenó la matanza para purgar las almas de aquellos que lo desobedecían.

La familia Lafferty no es, como muestra el autor, un pequeño grupo de alucinados al margen de la ley, sino parte de comunidades de varios cientos o miles desperdigadas en Estados Unidos y países como México. Liderados por profetas cada vez más extravagantes, los fundamentalistas han continuado no sólo con la poligamia sino con acciones más graves como la pedofilia, pues muchas “esposas” son menores de edad. El gobierno estadounidense ha optado, en muchos casos, por dejar en paz a los rebeldes, pues tienen cierto apoyo de los vecinos y son considerados, incluso, como referentes “libertarios”, ya que se oponen, con su modo de vida, a casi cualquier regulación gubernamental. Algunas autoridades temen provocar una inmolación masiva con su actuación, como ha ocurrido en el pasado. Los Davidianos, encabezados por David Koresh, son un ejemplo de ello.

El fundamentalismo mormón descrito por Krakauer es inquietante por varias razones. La ultraderecha trumpista –ahora con rasgos claramente fascistas– ha instrumentalizado el evangelismo estadounidense y casi cualquier extremismo religioso para nutrir su base. Esta transformación no es reciente y obedece a una larga relación entre el republicanismo tradicional y el supremacismo cristiano, como evidencia la historiadora Kristin Kobes Du Mez en su libro Jesús y John Wayne. Cómo los evangélicos blancos corrompieron una fe y fracturaron una nación (2022). Este tipo de ideologías casan bien con el autoritarismo político y la violencia que genera, pues se sustentan en un código jerárquico muy estricto, la dominación del más débil (mujeres, migrantes, minorías raciales, entre otros) y una noción apocalíptica de la historia.

La base radical del trumpismo está compuesta, en gran parte, por cristianos extremos de diversos tipos. Están en medios de comunicación, en redes sociales y en cualquier espacio público difundiendo teorías de la conspiración y discursos de odio. Los hermanos Lafferty recibieron un mensaje de Dios para implementar una purga en su nombre. Lo que vemos en las noticias que vienen de Estados Unidos –agravándose todos los días– es una purga desde el poder político y económico. La historia de todos los fundamentalismos suele terminar mal porque la pureza siempre es insuficiente y el enemigo, tarde o temprano, infectará sus filas, como sucedió con el mormonismo escindido varias veces en sectas cada vez más violentas. Sin embargo, el terrorismo doméstico –antes perseguido por un poder que buscaba la estabilidad social– ahora es abiertamente tolerado por gobiernos que se nutren del caos para llevar a cabo su utopía de control social y ataque a las libertades.

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Viaje al fundamentalismo religioso estadounidense

La islamofobia ha cobrado fuerza en gran parte de Occidente, en particular en Estados Unidos. La caricatura que se ha hecho del Islam –una religión compleja, con prácticas muy diversas a lo largo de la historia– ha servido para inyectarle esteroides a la xenofobia que vende la ultraderecha a nivel mundial. En esta caricatura, el fundamentalismo religioso islámico aparece como la principal amenaza de las “sociedades libres”. Se señala la misoginia, el radicalismo, el uso de distintos textos sagrados para reprimir a la gente y apuntalar Estados teocráticos en Medio Oriente. Además, por supuesto, se instrumentalizan los atentados del 11 de septiembre y villanos favoritos de Estados Unidos como Osama bin Laden para indicar que los practicantes del Islam son incompatibles con la democracia, sin importar que el mismo Occidente esté atrás de gran parte del extremismo islámico. Sin embargo, el enemigo –al menos para Estados Unidos– está más cerca de lo que parece.

Jon Krakauer, periodista especializado en temas relacionados con el montañismo y la naturaleza, publicó en 2003 Obedeceré a Dios. Dios, los mormones y el fanatismo religioso, una exploración del fundamentalismo religioso estadounidense a partir de un hecho concreto: el asesinato en 1984 de Brenda Lafferty y su hija de 15 meses, Erica, en Utah. El crimen fue realizado por Dan y Ron Lafferty, hermanos de Allen Laferty, esposo de la mujer. Los asesinos habían sido miembros de la Iglesia Fundamentalista de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, una escisión del mormonismo tradicional fundado por Joseph Smith en la tercera década del siglo XIX en Estados Unidos. Krakauer hace un doble recorrido: el de la familia Lafferty y la progresiva radicalización de varios de sus miembros y la historia del movimiento religioso.  

Quizá muchos entiendan la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días como una más de las confesiones cristianas derivadas del protestantismo en Estados Unidos. El mormonismo tiene más de 16 millones de fieles en el mundo, influencia política y poder financiero. La historia de su fundador es extravagante, al igual que la mitología que fundó y que se puede consultar en sus primeros documentos, como el famoso Libro del Mormón. Buscador de tesoros, Smith convenció a sus seguidores de que un ser celestial, un ángel llamado Moroni, le había dado –después de varias pruebas– unas planchas de oro en las que se contaba la historia de América y la práctica de un cristianismo primitivo que había sido olvidado con el tiempo.

Las leyendas y los mitos del Libro del Mormón son, como se puede suponer, una reelaboración a veces muy fantasiosa de la ideología cristiana con añadidos de Smith. Uno de los más singulares es la historia –sin ninguna prueba documental, por supuesto– de dos grupos humanos (nefitas y lamanitas) que llegaron de Jerusalén a América aproximadamente 600 años antes de Cristo. Los nefitas eran disciplinados y de piel blanca; los lamanitas –de piel oscura como debe ser– eran codiciosos, violentos y castigados por Dios con ese color. Al final los lamanitas –ancestros de los indígenas americanos– aniquilaron a sus hermanos bienintencionados. 

Como se puede suponer, el tránsito de la Iglesia mormona desde su fundación hasta nuestros días ha significado actualizar, o de plano invisibilizar, algunos mandamientos e ideas de Joseph Smith que son abiertamente racistas, misóginas o inaplicables para nuestros tiempos. Sin embargo, hay un elemento que persiste en el mormonismo y prácticamente en todo el protestantismo (con sus innumerables variaciones) que se practica en Estados Unidos: la idea de que cualquier fiel puede hacer contacto con Dios sin ningún intermediario. Esta idea –según la investigación de Krakauer– ya le había causado problemas a Smith cuando otros mormones afirmaron que Dios había hablado con ellos para pedirles que se independizaran y, así, formar la “iglesia verdadera”.

A pesar de que el profeta modificó las reglas para que él y su grupo cercano fueran los líderes vitalicios, el huevo de la serpiente había sido incubado: con el paso de los años surgieron derivaciones del mormonismo –con sus correspondientes profetas– que se asentaron en Estados Unidos y fuera de sus fronteras. Estos grupos escindidos conservaron como principio irrenunciable una práctica que ha perseguido al mormonismo oficial desde finales del siglo XIX: la poligamia. Negada y combatida sin tregua por el statu quo mormón, la regla sagrada de las esposas múltiples se volvió un signo de legitimidad para los fundamentalistas, pues Joseph Smith y sus primeros sucesores la habían llevado a cabo al estar en sus principios fundacionales, transmitidos directamente por el poder divino. Perseguidos por el gobierno –pues la poligamia ya era ilegal en esa época– los primeros mormones estuvieron a punto de desaparecer ya que, además, habían protagonizado enfrentamientos armados y venganzas sangrientas con los habitantes de los pueblos vecinos.

Dan y Ron Lafferty, muchas décadas después, descubrieron el fundamentalismo mormón. Al igual que otros familiares, renunciaron al mormonismo tradicional y practicaron la poligamia como eje central de su fe religiosa. Cuando Brenda –una mujer mormona, pero “liberal” para sus estándares– se alejó de ellos junto con Allen, no lo pudieron soportar y planearon su asesinato. El proceso, narrado con detalle por Krakauer, está repleto de delirios y rasgos de absoluta psicopatía. Los hermanos Lafferty creían que hablaban con Dios y estaban seguros de que les ordenó la matanza para purgar las almas de aquellos que lo desobedecían.

La familia Lafferty no es, como muestra el autor, un pequeño grupo de alucinados al margen de la ley, sino parte de comunidades de varios cientos o miles desperdigadas en Estados Unidos y países como México. Liderados por profetas cada vez más extravagantes, los fundamentalistas han continuado no sólo con la poligamia sino con acciones más graves como la pedofilia, pues muchas “esposas” son menores de edad. El gobierno estadounidense ha optado, en muchos casos, por dejar en paz a los rebeldes, pues tienen cierto apoyo de los vecinos y son considerados, incluso, como referentes “libertarios”, ya que se oponen, con su modo de vida, a casi cualquier regulación gubernamental. Algunas autoridades temen provocar una inmolación masiva con su actuación, como ha ocurrido en el pasado. Los Davidianos, encabezados por David Koresh, son un ejemplo de ello.

El fundamentalismo mormón descrito por Krakauer es inquietante por varias razones. La ultraderecha trumpista –ahora con rasgos claramente fascistas– ha instrumentalizado el evangelismo estadounidense y casi cualquier extremismo religioso para nutrir su base. Esta transformación no es reciente y obedece a una larga relación entre el republicanismo tradicional y el supremacismo cristiano, como evidencia la historiadora Kristin Kobes Du Mez en su libro Jesús y John Wayne. Cómo los evangélicos blancos corrompieron una fe y fracturaron una nación (2022). Este tipo de ideologías casan bien con el autoritarismo político y la violencia que genera, pues se sustentan en un código jerárquico muy estricto, la dominación del más débil (mujeres, migrantes, minorías raciales, entre otros) y una noción apocalíptica de la historia.

La base radical del trumpismo está compuesta, en gran parte, por cristianos extremos de diversos tipos. Están en medios de comunicación, en redes sociales y en cualquier espacio público difundiendo teorías de la conspiración y discursos de odio. Los hermanos Lafferty recibieron un mensaje de Dios para implementar una purga en su nombre. Lo que vemos en las noticias que vienen de Estados Unidos –agravándose todos los días– es una purga desde el poder político y económico. La historia de todos los fundamentalismos suele terminar mal porque la pureza siempre es insuficiente y el enemigo, tarde o temprano, infectará sus filas, como sucedió con el mormonismo escindido varias veces en sectas cada vez más violentas. Sin embargo, el terrorismo doméstico –antes perseguido por un poder que buscaba la estabilidad social– ahora es abiertamente tolerado por gobiernos que se nutren del caos para llevar a cabo su utopía de control social y ataque a las libertades.

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miércoles, 21 de enero de 2026

‘Marty supremo’: el narciso safdiano

En la mitología griega, Narciso se enamora de su propia belleza y es castigado por los dioses, condenado a ver su reflejo impoluto hasta el fin de los tiempos, para dar vida a una flor que lleva su nombre. En Marty supremo (2025), del director Josh Safdie, el narciso no es cautivado por su belleza. Es miope, bajito, escuálido y tiene la cara llena de cicatrices; sin embargo, se enamora de su idea del éxito y es castigado por ello. Safdie, que ya había explorado figuras egomaníacas al borde de la sociopatía junto a su hermano Benny, en cintas como Good Time: Viviendo al límite (2017) y Diamantes en bruto (2019), y el desenfrenado ritmo de la ciudad de Nueva York en Ni el cielo sabe qué… (2014), entrega ahora una épica historia costumbrista que está lejos de situarse exclusivamente en la posguerra.

Marty Mauser es un joven jugador de tenis de mesa, conocido coloquialmente como pimpón, y vive convencido de que está destinado a la grandeza en este deporte marginado. El año es 1952 y el lugar es Lower East Side, barrio judío al sur de Manhattan. Fascinado con su talento, es llevado por una serie de peripecias donde lo único que importa es sellar el destino. Acostumbrado a los ritmos vertiginosos impulsados por una moral paupérrima que anuncia desgracia, Josh Safdie brinda a Timothée Chalamet todas las herramientas para una interpretación ambiciosa, donde uno termina por sentir empatía por un ser cuestionable (inspirado parcialmente por el campeón de la vida real Marty Reisman).

Artista de la manipulación, Marty se aprovecha como quiere y cuando quiere de todos los que lo rodean: la amiga de la infancia a la que abandona, embarazada de su propio hijo; el amigo que invierte en una marca de pelotas de pimpón color naranja; su mejor amigo, al que lleva a estafar jugadores en un boliche; una actriz en decadencia, de la que se enamora únicamente por su poderoso nombre, y un empresario que lo margina por su religión, pero que ve en él una oportunidad de negocio.

El estilo de Marty supremo no dista mucho de lo que los hermanos Safdie y Adam Sandler lograron en su momento, pero Chalamet lo lleva a un extremo completamente distinto. Su personaje está enamorado de su propia capacidad para hacer que las cosas sucedan de la forma que más le convenga, por lo que aceptar el fracaso de perder el abierto de tenis de mesa contra su contraparte japonesa es algo que simplemente no puede concebir. Esto motiva cada una de sus deleznables acciones y, al mismo tiempo, lo lleva a su propia redención, donde cumple al menos una de las muchas promesas que se hizo meses atrás. Satisfecho con ello, al final Marty encuentra una aparente revelación: el éxito no lo es todo, no existe una sola manera de alcanzar el destino. Pero no se trata de una moraleja sino de una sugerencia que la película nos regala amargamente durante sus últimos instantes.

Josh Safdie

Timothée Chalamet como Marty Mauser en Marty supremo (2025), de Josh Safdie

La posguerra fue una época de reconstrucción, especialmente para el pueblo judío, y aunque Marty era muy joven para participar en la guerra, la identidad y el orgullo impulsan sus derroteros. El enfrentamiento con el rival japonés y el viaje por Europa no son sólo pretextos para un vestuario exquisito y la recreación de la época: son la declaración de que el mundo sigue estando dividido, impulsado por diversas ambiciones. La intemporalidad de esta problemática es evidenciada a través de elementos estilísticos que señalan la influencia de Orchard Street (1955), de Ken Jacobs, o la astucia de los barrios bajos de Casino (1995), Calles peligrosas (1973) o Pandillas de Nueva York (2002), de Martin Scorsese.

El soundtrack ochentero de la cinta, atiborrado de clásicos de Peter Gabriel, New Order o Tears for Fears a pesar de que la película se sitúa treinta años antes, indica que el personaje no sigue las reglas, existe en sus propios términos. De igual modo, la música de Daniel Lopatin, conocido en la escena electrónica como Oneohtrix Point Never y habitual colaborador del cineasta, agrega un ritmo fragoso, como la personalidad ansiosa y chantajista del personaje. Finalmente, una campaña inspirada en la mercadotecnia del siglo XXI: entrevistas escandalosas, actuaciones erráticas del protagonista, colaboraciones con raperos virales y mercancía que se vende en miles de dólares como piezas de culto en el mundo de la moda.

En Marty supremo Josh Safdie crea un puente entre la pieza de época y el manifiesto contemporáneo. Su Narciso vive para encarnar la idea del Sueño Americano, una mitología supremacista. Se trata de una película desasosegada y al mismo tiempo catártica, donde los límites morales son borrados a través de una narrativa precisa y un ritmo que nos mantiene al borde la silla incluso cuando se encienden las luces de la sala.

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‘Marty supremo’: el narciso safdiano

En la mitología griega Narciso se enamora de su propia belleza y es castigado por los dioses, condenado a ver su reflejo impoluto hasta el fin de los tiempos, para dar vida a una flor que lleva su nombre. En Marty supremo (2025), del director Josh Safdie, el narciso no se enamora de su belleza. Es miope, bajito, escuálido y tiene la cara llena de cicatrices; sin embargo, se enamora de su propia idea del éxito, y es castigado por ello. Safdie, que ya había explorado figuras egomaníacas al borde de la sociopatía junto a su hermano Benny en cintas como Good Time: Viviendo al límite (2017) y Diamantes en bruto (2019), y el desenfrenado ritmo de la ciudad de Nueva York en Ni el cielo sabe qué… (2014), entrega ahora una épica historia costumbrista que está lejos de situarse exclusivamente en la posguerra.

Marty Mauser es un joven jugador de tenis de mesa, conocido coloquialmente como pimpón, y vive convencido de que está destinado a la grandeza en este deporte marginado. El año es 1952 y el lugar es Lower East Side, barrio judío al sur de Manhattan. Enamorado de su talento innato, es llevado por una serie de peripecias donde la única consecuencia que importa es sellar el destino. Acostumbrado a los ritmos vertiginosos impulsados por una moral paupérrima que anuncia desgracia, Josh Safdie brinda a Timothée Chalamet todas las herramientas para una interpretación ambiciosa, donde uno termina por sentir empatía por el ser más cuestionable de su historia, inspirado parcialmente por el campeón de la vida real Marty Reisman.

Artista de la manipulación, Marty se aprovecha como quiere y cuando quiere de todos los que lo rodean: la amiga de la infancia a la que abandona, embarazada de su propio hijo; el amigo que invierte en una marca de pelotas de pimpón color naranja; su mejor amigo, al que lleva a estafar jugadores en un boliche; una actriz en decadencia de la que se enamora únicamente por su poderoso nombre; y un empresario que lo margina por su religión, pero que ve en él una oportunidad de negocios.

El estilo de Marty supremo no dista mucho de lo que los hermanos Safdie y Adam Sandler lograron en su momento, pero Chalamet lo lleva a un extremo completamente distinto. Su personaje está enamorado de su propia capacidad para hacer que las cosas sucedan de la forma que más le convenga, por lo que aceptar el fracaso de perder el abierto de tenis de mesa contra su contraparte japonesa es algo que simplemente no puede concebir. Esto motiva cada una de sus deleznables intenciones y, al mismo tiempo, lo lleva a su propia redención, donde cumple al menos una de las muchas promesas que se hizo meses atrás. Satisfecho con ello, al final Marty encuentra una aparente revelación: el éxito no lo es todo, no existe una sola manera de alcanzar el destino. Pero esta revelación no es una moraleja, es una sugerencia que la película nos regala amargamente durante sus últimos instantes.

Josh Safdie

Timothée Chalamet como Marty Mauser en Marty supremo (2025), de Josh Safdie

La posguerra fue una época de reconstrucción, especialmente para el pueblo judío, y aunque Marty era muy joven para participar en la guerra, su identidad y el orgullo impulsan sus derroteros. El enfrentamiento con el rival japonés y el viaje por Europa no son sólo pretextos para un vestuario exquisito y la recreación de la época: es la declaración de que el mundo sigue estando dividido, impulsado por diversas ambiciones. La intemporalidad de esta problemática es evidenciada a través de elementos estilísticos que señalan la influencia de Orchard Street (1955), de Ken Jacobs, o la astucia de los barrios bajos de Casino (1995), Calles peligrosas (1973) o Pandillas de Nueva York (2002), de Martin Scorsese.

El soundtrack ochentero de la cinta, atiborrado de clásicos de Peter Gabriel, New Order o Tears For Fears a pesar de que la película se sitúa treinta años antes, indica que el personaje no sigue las reglas, existe en sus propios términos. De igual modo, la música de Daniel Lopatin, conocido en la escena electrónica como Oneohtrix Point Never y habitual colaborador del cineasta, agrega un ritmo fragoso, como la personalidad ansiosa y chantajista del personaje. Finalmente, una campaña inspirada en la mercadotecnia del siglo XXI: entrevistas escandalosas, actuaciones erráticas del protagonista, colaboraciones con raperos virales y mercancía que se vende en miles de dólares como piezas de culto en el mundo de la moda.

En Marty supremo Josh Safdie crea un puente entre la pieza de época y el manifiesto contemporáneo. Su Narciso vive para encarnar la idea del Sueño Americano, una mitología supremacista. Se trata de una película desasosegada y al mismo tiempo catártica, donde los límites morales son borrados a través de una narrativa precisa y un ritmo que nos mantiene al borde la silla incluso cuando se encienden las luces de la sala.

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Bailar en el borde: Ko Murobushi

Basile Doganis (1980) es un cineasta greco-francés que en 2019 estrenó Altérations, una notable película-ensayo en torno al bailarín y coreógrafo japonés Ko Murobushi (1947-2015). Como resultado de sus estudios doctorales en la Universidad de París 8, en 2012 publicó Pensées du corps: la philosophie à l’épreuve des arts gestuels japonais (danse, théâtre, arts martiaux), con prólogo de Alain Badiou, que originalmente dirigió su tesis. Fue durante aquellos años de estudio que se interesó también por el cine japonés y ello derivó en la composición de otro libro, Le silence dans le cinéma d’Ozu (2005). En 2006 fue intérprete de Murobushi durante un taller de danza en Angers y así surgió la idea de documentar su trabajo; el resultado de ese registro (que se prolongó durante casi diez años, hasta la repentina muerte del coreógrafo en la Ciudad de México), más que una película sobre danza o sobre un bailarín, como se advierte en la sinopsis, es “una película danzada” o “en sí misma una suerte de danza”.

En este ensayo, redactado un año después del fallecimiento del bailarín y publicado en 2020 por el Archivo Ko Murobushi, el director apunta a un convivio de sensaciones, técnicas, discursos reflexivos y teorías dentro del maestro japonés (muy en la línea de lo que desarrolló en aquella tesis), donde “el discurso no reemplaza las demostraciones y técnicas físicas, sino que las agudiza”, las interrumpe y las prolonga hasta su reconfiguración como conjunto crítico. Así, la tradición escrita, dice también Doganis en su libro, “no triunfa sobre la tradición oral y corpórea”, sino que está allí, entretejida con esta. Estamos ante un posicionamiento que, por lo menos en México, no es usual en la práctica artística contemporánea, como tampoco lo es la tensión que se establece entre identidad, alteridad, alienación y mismidad, o entre el abandono, la errancia y el afuera.

Agradecemos al autor y a Kimiko Watanabe (directora del Archivo) por permitirnos publicar este material.

–Iván García

Ko Murobushi

Ko Murobushi en el estudio Hokuryukyo, 1976. Fotografía: Takeshi Sakai. Cortesía del Archivo Ko Murobushi

Ko fue siempre un gran lector de autores muy exigentes de filosofía y literatura. Si bien su humildad a menudo lo llevaba a fingir que no entendía mucho de textos “difíciles”, siempre leía con detenimiento a autores reconocidos por la complejidad técnica de sus escritos, ya sea desde un punto de vista conceptual (Nietzsche, Foucault, Deleuze, Bataille) o estilístico (Mallarmé, Lautréamont). Pero si su inspiración se nutría de ideas, conceptos, imágenes o frases complejas, su arte era menos cerebral que visceral. Mejor dicho: su danza lograba, una y otra vez, dar una forma profundamente encarnada y visceral a sus preocupaciones intelectuales. Sus pensamientos, por más complejos y sofisticados que fueran, se traducían en encarnaciones crudas sobre el escenario, al grado de que quien que no lo conociera bien podía imaginarlo al instante como un bailarín meramente intuitivo, poco interesado por consideraciones intelectuales. A decir verdad, Ko alimentaba ese malentendido al ironizar tanto sobre su propio discurso como sobre las interpretaciones excesivamente conceptuales de su obra por parte de críticos y pensadores.

Mallarmé y Nietzsche, entre otros, eran sus referencias habituales. A ambos les rindió homenaje con el título de sus danzas: Zaratustra, Un coup de don (con ese leve giro al título del poema de Mallarmé, Un coup de dés), L’après-midi d’un faune. Y también estableció paralelismos entre ellos, especialmente en torno al concepto de “medianoche”, con Igitur de Mallarmé y la “Canción ebria” de Nietzsche. Tanto el francés como el alemán, que nacieron y murieron exactamente con dos años de diferencia, escribieron sobre el desamparo humano, aquello que Weber llamó “el desencanto del mundo”. Para Nietzsche, Dios ha muerto; para Mallarmé, no sólo Dios, sino también el verso. ¿Cómo podría el arte reemplazar a la divinidad si su vehículo principal, el verso, está roto? ¿Dónde podrían los abandonados seres humanos encontrar un sentido de sacralidad en un mundo desacralizado y desencantado?

Ko sustituyó la verticalidad y la trascendencia de Dios por una noción mucho más concreta y tangible: la otredad o alteridad –o, dicho de manera más simple, el afuera (‘soto’, en japonés, una noción a la que Ko recurre constantemente).

La respuesta de Ko a esta crucial pregunta filosófica es: dentro del cuerpo que danza. “Nuestro propio cuerpo es el primer ‘otro’ y la primera ‘cosa extraña’ que enfrentamos”. En el cuerpo, y especialmente en el cuerpo que danza, se encuentra la posibilidad de que cada uno experimente y acceda a la experiencia de la otredad en sí mismo. En cierto sentido, Ko sustituyó la verticalidad y la trascendencia de Dios por una noción mucho más concreta y tangible: la otredad o alteridad –o, dicho de manera más simple, el afuera (soto, en japonés, una noción a la que Ko recurre constantemente). Para él, esta alteridad no pertenece a una esfera distante, abstracta o etérea, sino que consiste en lo primero que experimentamos como seres humanos encarnados: la otredad de nuestro propio cuerpo. Nacemos en esta alteridad interna del cuerpo. Nuestra identidad, nuestra percepción de “sí mismos”, está profundamente entrelazada con una sensación de alienación y alteridad.

Sin embargo, la danza ofrece una salida de esa alienación interior. Al confrontarnos con otros cuerpos que danzan, uno puede escapar del encierro del propio cuerpo. Mediante un efecto de espejeo, el cuerpo del otro se presenta como un reflejo del propio; a través del contacto, el cuerpo del otro se siente como si fuera el mismo. “El punto crucial es el contacto y la conexión directa de mi cuerpo con el de otros”. A través de la vista y el tacto, los cuerpos danzantes de los otros revelan la mismidad dentro de la alteridad. Esos otros cuerpos son alter egos que nos permiten identificar y sentir la mismidad de los otros dentro de nosotros mismos.

Así, en la danza se experimenta una doble paradoja: la alteridad del propio cuerpo y la mismidad de otros cuerpos. Alteridad adentro e identidad afuera. “Este es el momento en que debemos aprender de lo híbrido de la danza, de la transformación del cuerpo que baila”. La danza es el estado transitorio de hibridación donde uno experimenta tanto la alteridad como la identidad, la otredad y la mismidad, sucesiva y simultáneamente. La danza es un viaje de la mismidad a la otredad, dentro de la mismidad, y de la otredad a la mismidad, en la otredad.

Después de Mallarmé y Nietzsche, ¿por qué Ko era tan afecto a esa imagen de la medianoche? Esta encarna perfectamente la hibridación (entre día y noche) y la transformación (de hoy a mañana); es un estado puramente transitorio, un momento suspendido de la nada y la eternidad en un tiempo lineal. Un fragmento esquivo de infinito en lo finito. Un borde puro. Un límite, en el sentido matemático, que va del cero al infinito.

Ko a menudo practicaba un ejercicio de respiración profundamente filosófico: él comenzaba a inhalar y exhalar (fusionando lo interior con lo exterior, la identidad con la alteridad), y en cierto punto de este infinito, movimiento circular en 8 de su respiración, introducía un corte, un cero, un momento suspendido de no-respiración que podía extenderse casi indefinidamente. Este momento fuera del tiempo entre inspiración y espiración acaso sería la experiencia de la medianoche propia, portátil, privada e interna. Su propio cero dentro del infinito, su propia eternidad en el tiempo.

¿Por qué Ko era tan afecto a esa imagen de la medianoche? Esta encarna perfectamente la hibridación (entre día y noche) y la transformación (de hoy a mañana); es un estado puramente transitorio, un momento suspendido de la nada y la eternidad en un tiempo lineal.

Él siempre estaba bailando en el borde –y cargaba consigo su propio borde, su medianoche interior, a donde fuera que su vida itinerante lo llevara por el mundo. Le tenía un gran afecto a la palabra francesa errance, deambular. Un deambular que no era sólo geográfico, sino también físico y mental: Ko creaba constantemente un borde, una medianoche dentro de su cuerpo y su conciencia, de modo que el punto en el que se encontrara –en su cuerpo, en su pensamiento, pero también en su vida y en su carrera– pudiera convertirse en una frontera que abriera nuevos horizontes.

Su fascinación por la figura de la momia también proviene de su exploración de los bordes y fronteras. La momia aniquila y redefine la frontera entre la vida y la muerte: no está realmente viva ya que no se mueve, pero tampoco está muerta porque no se descompone. La momia también disipa la frontera entre movimiento e inmovilidad: no se mueve, pero tiene una presencia y una intensidad que no pertenecen al reino de la quietud. Él solía decir que la momia podría seguir con vida, pero en cámara lenta, respirando imperceptiblemente una o dos veces al año.

En su arte, logró convertirse en una momia que baila, rompiendo y reinventando los bordes y fronteras entre vida y muerte, cero e infinito, movimiento y quietud: una criatura de oscuridad y de luz, un híbrido que vive constantemente en el borde de la medianoche. En su propia hibridez de tiempo y espacio, fusión de lo interior con lo exterior y lo finito con lo eterno, le dio su solución corporal al problema filosófico de enajenación y abandono, mismidad y alteridad, “lejos del mito de la identidad”, simplemente –con la belleza de la simplicidad– a través de su danza.

Ko Murobushi

Ko Murobushi en La Mummy (1980). Fotografía: Francis Lepage. Cortesía del Archivo Ko Murobushi

Me siento muy unido al poema “Minuit”, de Mallarmé… Veo algunas similitudes con la “canción de medianoche”, de Nietzsche. Pero dejo atrás mis pensamientos. Me separo de mis propias intenciones y, al hacerlo, me veo confrontado directamente con una pluralidad de cuerpos que danzan.

El contacto directo con los cuerpos es la clave de “Minuit”. El punto crucial es el contacto y la conexión directa de mi cuerpo con el de otros, lo cual es desatado por la medianoche. ¿Cómo encontrar los momentos capaces de sacar chispas? Los momentos según la percepción individual y la reciprocidad. Una vez que se revela la potencialidad, muero en una ráfaga de destellos desencadenada por los otros cuerpos. Uno tras otro muere y cae sobre los fragmentos de mi cuerpo… incesantemente.

“La atracción es para Blanchot lo que sin duda es para Sade el deseo, para Nietzsche la fuerza, para Artaud la materialidad del pensamiento, para Bataille la transgresión: la experiencia pura y más desnuda del afuera” (Foucault, El pensamiento del afuera).

Es necesario que “el cuerpo de la danza” se abra a otro. Este es el momento en que debemos aprender de lo híbrido de la danza, de la transformación del cuerpo que baila. Y también es el momento para aprender de la “fragilidad” unos de otros. Nuestro propio cuerpo es el primer “otro” y la primera “cosa extraña” que enfrentamos.

Estar lejos del mito de la identidad, y “estar afuera” del mito de la identidad, esto es danzar.

–Ko Murobushi

Traducción del inglés de Erin Yojai Santiago, Mariantonia Pantoja, Alfredo Arellanos y Marco Valdivia coordinada por Iván García

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