miércoles, 11 de marzo de 2026

El nacimiento de la Corunda

Hace unos años, tras un concierto en colaboración en Casa del Lago, los compositores Iván Naranjo y Emilio Hinojosa Carrión iniciaron una conversación que en 2025 se materializó con el nombre de un platillo tradicional michoacano: Corunda. “Queríamos crear una disquera dedicada a la música experimental que viniera ‘envuelta’ en una hoja de tamal”, recuerda Hijonosa: “Esa imagen nos recordó inmediatamente una cinta de Möbius, algo que nos pareció perfecto para representar la música contemporánea: tejida con hojas de maíz o plátano, pero nunca envuelta en dos panes ni sumergida en el caldo de una torta ahogada”. Tras unos meses de maduración, luego de unir esfuerzos con Benjamín Morales, el proyecto comenzó a cristalizarse.

En aquella charla, explica Naranjo, “hablamos de la poca música experimental, contemporánea y de improvisación libre que se graba y produce profesionalmente en México, en contraste con la enorme cantidad de proyectos que existen y se presentan en vivo en el país”. En un tiempo en el que los sellos parecen haberse vuelto innecesarios, surge la necesidad de crear, además de canales de distribución, un registro de ciertas sonoridades que están produciéndose en el país, con un criterio claro. Los dos primeros frutos de aquella conversación, casi con un ánimo de manifiesto, están disponibles desde noviembre del año pasado, no sólo para descarga digital sino en formato físico: Hoy to Play Music, de Emilio Hinojosa Carrión (Ciudad de México, 1984), y el álbum doble formado por Mineral y Superficies de tiempo, de Iván Naranjo (Morelia, 1977).

Como se ve, los animadores de este proyecto son dos de los más relevantes compositores contemporáneos mexicanos. De ahí que Corunda se plantee como una postura ante la escucha. No sólo la naciente línea estética del sello, sino la apuesta por grabaciones de calidad. En ese sentido, encontrar estos dos trabajos en CD no es nostálgico, es un planteamiento crítico: “Responde a la necesidad de propiciar una escucha más atenta y menos mediada por la lógica algorítmica que domina las plataformas digitales”, plantea Naranjo. Abunda Hinojosa: “El formato físico (junto al streaming) defiende la obra como archivo tangible y memoria viva, no por nostalgia, sino para resistir la volatilidad digital: cada disco es un objeto que contiene, protege y se desdobla infinitamente, como la corunda misma”.

Corunda

El disco How to Play Music (2025), de Emilio Hinojosa Carrión. Cortesía de Corunda

Entramos en una discusión pertinente, vinculada a la transformación de los hábitos de escucha. Las plataformas de streaming, especialmente Spotify, han jugado un papel central al favorecer la dispersión y la superficialidad. El álbum, como unidad estética y en ocasiones como obra en sí, ha sido marginado a favor de la pieza, la unidad de contenido, unos minutos de acompañamiento antes de pasar otra cosa. Eso sin hablar del modelo de negocio, sostenido en la casi nula remuneración de los creadores. “Por ello apostamos, al menos por ahora, a trabajar con Bandcamp, con un modelo más directo entre artistas y escuchas, así como la posibilidad de ofrecer formatos de alta calidad y una relación menos intermediada”, explica Naranjo.

“El formato físico defiende la obra como archivo tangible y memoria viva, no por nostalgia, sino para resistir la volatilidad digital: cada disco es un objeto que contiene, protege y se desdobla infinitamente, como la corunda misma”: Emilio Hinojosa Carrión

El formato físico recupera, además, la noción de identidad gráfica. La de Corunda expresa claridad, limpieza, gusto por la abstracción. El diseñador Fernando Espinosa tomó de inspiración la gran variedad de tipos de tamales que existen en México. A casa portada corresponderá un tamal distintivo, aludiendo a que, también en materia musical, el país ofrece rutas diversas y “sabores” arriesgados. En ese sentido, los discos de los fundadores del sello dan la pauta, pero hay planes para una larga lista de lanzamientos futuros.

“Por una parte, queremos lanzar un álbum de música de la compositora Marisol Jiménez, que reside en Berlín y ha consolidado un lenguaje propio y una práctica que involucra máquinas robotizadas que ella misma diseña y construye, en convivencia con escritura instrumental, y que nos parece importante y emocionante documentar. Por otro lado, dos intérpretes solistas: Dirén Checa, violinista virtuosa, residente del ensamble Cepromusic, con un repertorio como solista que incluye numerosas piezas escritas para ella, y Alex Motta, un destacadísimo contrabajista, también residente de Cepromusic y con un pie muy firme en los territorios inestables de la improvisación libre. En su caso, el disco involucrará colaboraciones con el compositor Andrés Motta, además de algo de su trabajo como improvisador”, abunda Iván Naranjo.

Corunda

El disco doble Mineral / Superficies de tiempo (2025), de Iván Naranjo. Cortesía de Corunda

¿Cuál es, entonces, la vocación de Corunda? “Abrir un espacio genuino para la exploración sin que ‘lo experimental’ se convierta en otro género cómodo, con sus clichés sonoros, su estética predecible y su zona de confort camuflada de riesgo. No queremos museos ni vitrinas académicas; apostamos por lo que sucede en nuestro entorno, por los montajes, los hallazgos, el reciclaje; por mantener viva (con ironía y orgullo) la vieja acusación de ‘eso no es música’”, propone Hinojosa, dejando claro que el proyecto tiene, también, un espíritu provocador.

“Aquellas otras músicas, con una intención de exploración de mundos musicales menos visitados, suelen ser menos interpretadas y mucho menos grabadas; es a éstas a las que queremos prestar especial atención”: Iván Naranjo

El diagnóstico es claro, a decir de Emilio Hinojosa Carrión: “En México hay una escena de música contemporánea y experimental de altísima calidad (de compositores e intérpretes que exploran sin red), pero muchas obras circulan de forma precaria, sólo en conciertos puntuales o plataformas algo efímeras, sin permanencia ni cuidado editorial. La música de concierto, aunque vibrante en circuitos independientes, a menudo queda atrapada en el evento único, sin devenir objeto, memoria o referencia. Corunda nace para contrarrestar esa volatilidad, dar visibilidad, cuidado y archivo a ese trabajo, confiando ingenuamente en que aún vale la pena apostar por lo que no encaja, por lo polémico y por lo que, al escucharse, hace dudar de si es música o no”.

Lo cierto es que no nacen disqueras todos los días, y menos una dedicada a la música contemporánea en sus vertientes más aventureras. Puntualiza Naranjo: “Hablar de la música de concierto en México es hablar de muchas músicas y muchas situaciones. El panorama es diverso y las situaciones también lo son. Vemos un gran interés por las músicas con enfoque neonacionalista, tanto en México como en el extranjero, y el oficio de estas músicas es de gran calidad. Por otra parte, aquellas otras músicas, con una intención de exploración de mundos musicales menos visitados, suelen ser menos interpretadas y mucho menos grabadas; es a éstas a las que queremos prestar especial atención”. Corunda inicia su andadura, entonces, con una apuesta por los oídos abiertos y la capacidad de, nuevamente, sentarnos a oír.

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El nacimiento de la Corunda

Hace unos años, tras un concierto en colaboración en Casa del Lago, los compositores Iván Naranjo y Emilio Hinojosa Carrión iniciaron una conversación que en 2025 se materializó con el nombre de un platillo tradicional michoacano: Corunda. “Queríamos crear una disquera dedicada a la música experimental que viniera ‘envuelta’ en una hoja de tamal”, recuerda Hijonosa: “Esa imagen nos recordó inmediatamente una cinta de Möbius, algo que nos pareció perfecto para representar la música contemporánea: tejida con hojas de maíz o plátano, pero nunca envuelta en dos panes ni sumergida en el caldo de una torta ahogada”. Tras unos meses de maduración, luego de unir esfuerzos con Benjamín Morales, el proyecto comenzó a cristalizarse.

En aquella charla, explica Naranjo, “hablamos de la poca música experimental, contemporánea y de improvisación libre que se graba y produce profesionalmente en México, en contraste con la enorme cantidad de proyectos que existen y se presentan en vivo en el país”. En un tiempo en el que los sellos parecen haberse vuelto innecesarios, surge la necesidad de crear, además de canales de distribución, un registro de ciertas sonoridades que están produciéndose en el país, con un criterio claro. Los dos primeros frutos de aquella conversación, casi con un ánimo de manifiesto, están disponibles desde noviembre del año pasado, no sólo para descarga digital sino en formato físico: Hoy to Play Music, de Emilio Hinojosa Carrión (Ciudad de México, 1984), y el álbum doble formado por Mineral y Superficies de tiempo, de Iván Naranjo (Morelia, 1977).

Como se ve, los animadores de este proyecto son dos de los más relevantes compositores contemporáneos mexicanos. De ahí que Corunda se plantee como una postura ante la escucha. No sólo la naciente línea estética del sello, sino la apuesta por grabaciones de calidad. En ese sentido, encontrar estos dos trabajos en CD no es nostálgico, es un planteamiento crítico: “Responde a la necesidad de propiciar una escucha más atenta y menos mediada por la lógica algorítmica que domina las plataformas digitales”, plantea Naranjo. Abunda Hinojosa: “El formato físico (junto al streaming) defiende la obra como archivo tangible y memoria viva, no por nostalgia, sino para resistir la volatilidad digital: cada disco es un objeto que contiene, protege y se desdobla infinitamente, como la corunda misma”.

Corunda

El disco How to Play Music (2025), de Emilio Hinojosa Carrión. Cortesía de Corunda

Entramos en una discusión pertinente, vinculada a la transformación de los hábitos de escucha. Las plataformas de streaming, especialmente Spotify, han jugado un papel central al favorecer la dispersión y la superficialidad. El álbum, como unidad estética y en ocasiones como obra en sí, ha sido marginado a favor de la pieza, la unidad de contenido, unos minutos de acompañamiento antes de pasar otra cosa. Eso sin hablar del modelo de negocio, sostenido en la casi nula remuneración de los creadores. “Por ello apostamos, al menos por ahora, a trabajar con Bandcamp, con un modelo más directo entre artistas y escuchas, así como la posibilidad de ofrecer formatos de alta calidad y una relación menos intermediada”, explica Naranjo.

“El formato físico defiende la obra como archivo tangible y memoria viva, no por nostalgia, sino para resistir la volatilidad digital: cada disco es un objeto que contiene, protege y se desdobla infinitamente, como la corunda misma”: Emilio Hinojosa Carrión

El formato físico recupera, además, la noción de identidad gráfica. La de Corunda expresa claridad, limpieza, gusto por la abstracción. El diseñador Fernando Espinosa tomó de inspiración la gran variedad de tipos de tamales que existen en México. A casa portada corresponderá un tamal distintivo, aludiendo a que, también en materia musical, el país ofrece rutas diversas y “sabores” arriesgados. En ese sentido, los discos de los fundadores del sello dan la pauta, pero hay planes para una larga lista de lanzamientos futuros.

“Por una parte, queremos lanzar un álbum de música de la compositora Marisol Jiménez, que reside en Berlín y ha consolidado un lenguaje propio y una práctica que involucra máquinas robotizadas que ella misma diseña y construye, en convivencia con escritura instrumental, y que nos parece importante y emocionante documentar. Por otro lado, dos intérpretes solistas: Dirén Checa, violinista virtuosa, residente del ensamble Cepromusic, con un repertorio como solista que incluye numerosas piezas escritas para ella, y Alex Motta, un destacadísimo contrabajista, también residente de Cepromusic y con un pie muy firme en los territorios inestables de la improvisación libre. En su caso, el disco involucrará colaboraciones con el compositor Andrés Motta, además de algo de su trabajo como improvisador”, abunda Iván Naranjo.

Corunda

El disco doble Mineral / Superficies de tiempo (2025), de Iván Naranjo. Cortesía de Corunda

¿Cuál es, entonces, la vocación de Corunda? “Abrir un espacio genuino para la exploración sin que ‘lo experimental’ se convierta en otro género cómodo, con sus clichés sonoros, su estética predecible y su zona de confort camuflada de riesgo. No queremos museos ni vitrinas académicas; apostamos por lo que sucede en nuestro entorno, por los montajes, los hallazgos, el reciclaje; por mantener viva (con ironía y orgullo) la vieja acusación de ‘eso no es música’”, propone Hinojosa, dejando claro que el proyecto tiene, también, un espíritu provocador.

“Aquellas otras músicas, con una intención de exploración de mundos musicales menos visitados, suelen ser menos interpretadas y mucho menos grabadas; es a éstas a las que queremos prestar especial atención”: Iván Naranjo

El diagnóstico es claro, a decir de Emilio Hinojosa Carrión: “En México hay una escena de música contemporánea y experimental de altísima calidad (de compositores e intérpretes que exploran sin red), pero muchas obras circulan de forma precaria, sólo en conciertos puntuales o plataformas algo efímeras, sin permanencia ni cuidado editorial. La música de concierto, aunque vibrante en circuitos independientes, a menudo queda atrapada en el evento único, sin devenir objeto, memoria o referencia. Corunda nace para contrarrestar esa volatilidad, dar visibilidad, cuidado y archivo a ese trabajo, confiando ingenuamente en que aún vale la pena apostar por lo que no encaja, por lo polémico y por lo que, al escucharse, hace dudar de si es música o no”.

Lo cierto es que no nacen disqueras todos los días, y menos una dedicada a la música contemporánea en sus vertientes más aventureras. Puntualiza Naranjo: “Hablar de la música de concierto en México es hablar de muchas músicas y muchas situaciones. El panorama es diverso y las situaciones también lo son. Vemos un gran interés por las músicas con enfoque neonacionalista, tanto en México como en el extranjero, y el oficio de estas músicas es de gran calidad. Por otra parte, aquellas otras músicas, con una intención de exploración de mundos musicales menos visitados, suelen ser menos interpretadas y mucho menos grabadas; es a éstas a las que queremos prestar especial atención”. Corunda inicia su andadura, entonces, con una apuesta por los oídos abiertos y la capacidad de, nuevamente, sentarnos a oír.

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martes, 10 de marzo de 2026

Museo Jumex: nuevas exposiciones

Las nuevas propuestas expositivas del Museo Jumex, en la Ciudad de México, coinciden con el aniversario 25 de la Fundación de la que es parte, dedicada a fomentar la producción, la discusión y el conocimiento del arte contemporáneo. Luego de Gabriel de la Mora: La petite mort y Elsa-Louise Manceaux: Notas de voz, la plaza del edificio diseñado por David Chipperfield se pobló con tres esculturas de la libanesa Simone Fattal, ganadora del XLIX Prix International d’Art Contemporain (PIAC) 2025. Tres nuevas exposiciones en el museo combinan las búsquedas de artistas contemporáneos con la coyuntura, específicamente la Copa Mundial de Futbol 2026, que tendrá en México una de sus sedes.

 

Un tiempo de libertad en que el mundo había sido posible

Melanie Smith

Del 28 de febrero al 15 de marzo

Museo Jumex

Melanie Smith, fotograma de Axolotl (2025). Cortesía de la artista

El título de esta videoinstalación, comisionada por el Museo Jumex y el Museo de Arte de Zapopan (MAZ), proviene del cuento “Axolotl”, de Julio Cortázar. La inglesa-mexicana Melanie Smith se acerca a la figura del anfibio, tan socorrida en los estudios sobre la identidad nacional, desde una perspectiva personal, tratando de extraer una nueva imagen, apoyada en las investigaciones de la bióloga Eria Rebollar. Con curaduría de Helena Chávez Mac Gregor, Un tiempo de libertad en que el mundo había sido posible piensa los ajolotes no sólo desde su raigambre artística –José María Velasco, Diego Rivera, Wolfgang Paalen– e histórica sino desde su evidencia orgánica y su forma de vida. Parte del Festival TONO 2026, el 14 de marzo tendrá lugar un programa público en torno al proyecto.

 

Colección Jumex: Visiones difusas

Varios artistas

Del 7 de marzo al 19 de julio

Museo Jumex

Vista de la exposición Colección Jumex: Visiones difusas, Museo Jumex, Ciudad de México, 2026. Fotografía: Ramiro Chaves

Con piezas de Ale de la Puente, Michel François, Cyprien Gaillard, Petrit Halilaj, Jim Hodges, Emily Kraus, Pipilotti Rist y Teresa Solar Abboud, todas pertenecientes a la Colección Jumex, Visiones difusas explora las fronteras entre el sueño y la vigilia. Carolina Estrada García, Adriana Flores Suárez y Natalia Vargas, asistentes curatoriales del Museo Jumex, evidencian la porosidad de los límites de esos estados a través de obras que plantean un estado intermedio de ensoñación. En esa zona indócil a veces lo cotidiano se torna siniestro y la vida humana se proyecta en otras especies. La muestra construye una atmósfera tan inquietante como fantástica donde la razón es asediada por aquello que surge de los espacios liminares. “Soñar es recorrer un continente sin fronteras, repleto de imágenes difusas que fluyen como ríos interiores”, escribe Carolina Estrada García.

Futbol y arte. Esa misma emoción

Varios artistas

Del 28 de marzo al 26 de julio

Museo Jumex

Francis Alÿs, fotograma de Juego de niños #19: Futbol Haram (2017). Cortesía del artista, Julien Devaux y Félix Blume

“Categóricamente, la cultura visual moderna encuentra su cumbre más refulgente en la red de representaciones y de ritos sociales paralelos al juego del balompié. El futbol es un sistema de imaginación y de información que exhala e inhala a la compleja realidad de la especie humana del siglo XXI, y en efecto, sus incalculables emociones”, comenta Guillermo Santamarina, curador de la muestra que el Museo Jumex propone en el contexto del Mundial de Futbol. El juego de pelota como expresión cultural, estética y social se manifiesta en un centenar de obras. Pinturas, esculturas, instalaciones, fotografías y videos se disponen a lo largo de la museografía diseñada por el arquitecto Mauricio Rocha, que alude lo mismo al balón que a la cancha, las gradas y el estadio. El más universal de los deportes permite pensar, a través de la mirada de 60 artistas internacionales, el género, la comunidad, la identidad y el mundo global. Futbol y arte. Esa misma emoción contará con obras especialmente comisionadas a Diego Berruecos, Iñaki Bonillas y Sofía Echeverri, además de la instalación escultórica Tribunas, del colectivo Tercerunquinto, en la plaza del museo.

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Museo Jumex: nuevas exposiciones

Las nuevas propuestas expositivas del Museo Jumex, en la Ciudad de México, coinciden con el aniversario 25 de la Fundación de la que es parte, dedicada a fomentar la producción, la discusión y el conocimiento del arte contemporáneo. Luego de Gabriel de la Mora: La petite mort y Elsa-Louise Manceaux: Notas de voz, la plaza del edificio diseñado por David Chipperfield se pobló con tres esculturas de la libanesa Simone Fattal, ganadora del XLIX Prix International d’Art Contemporain (PIAC) 2025. Tres nuevas exposiciones en el museo combinan las búsquedas de artistas contemporáneos con la coyuntura, específicamente la Copa Mundial de Futbol 2026, que tendrá en México una de sus sedes.

 

Un tiempo de libertad en que el mundo había sido posible

Melanie Smith

Del 28 de febrero al 15 de marzo

Museo Jumex

Melanie Smith, fotograma de Axolotl (2025). Cortesía de la artista

El título de esta videoinstalación, comisionada por el Museo Jumex y el Museo de Arte de Zapopan (MAZ), proviene del cuento “Axolotl”, de Julio Cortázar. La inglesa-mexicana Melanie Smith se acerca a la figura del anfibio, tan socorrida en los estudios sobre la identidad nacional, desde una perspectiva personal, tratando de extraer una nueva imagen, apoyada en las investigaciones de la bióloga Eria Rebollar. Con curaduría de Helena Chávez Mac Gregor, Un tiempo de libertad en que el mundo había sido posible piensa los ajolotes no sólo desde su raigambre artística –José María Velasco, Diego Rivera, Wolfgang Paalen– e histórica sino desde su evidencia orgánica y su forma de vida. Parte del Festival TONO 2026, el 14 de marzo tendrá lugar un programa público en torno al proyecto.

 

Colección Jumex: Visiones difusas

Varios artistas

Del 7 de marzo al 19 de julio

Museo Jumex

Vista de la exposición Colección Jumex: Visiones difusas, Museo Jumex, Ciudad de México, 2026. Fotografía: Ramiro Chaves

Con piezas de Ale de la Puente, Michel François, Cyprien Gaillard, Petrit Halilaj, Jim Hodges, Emily Kraus, Pipilotti Rist y Teresa Solar Abboud, todas pertenecientes a la Colección Jumex, Visiones difusas explora las fronteras entre el sueño y la vigilia. Carolina Estrada García, Adriana Flores Suárez y Natalia Vargas, asistentes curatoriales del Museo Jumex, evidencian la porosidad de los límites de esos estados a través de obras que plantean un estado intermedio de ensoñación. En esa zona indócil a veces lo cotidiano se torna siniestro y la vida humana se proyecta en otras especies. La muestra construye una atmósfera tan inquietante como fantástica donde la razón es asediada por aquello que surge de los espacios liminares. “Soñar es recorrer un continente sin fronteras, repleto de imágenes difusas que fluyen como ríos interiores”, escribe Carolina Estrada García.

Futbol y arte. Esa misma emoción

Varios artistas

Del 28 de marzo al 26 de julio

Museo Jumex

Francis Alÿs, fotograma de Juego de niños #19: Futbol Haram (2017). Cortesía del artista, Julien Devaux y Félix Blume

“Categóricamente, la cultura visual moderna encuentra su cumbre más refulgente en la red de representaciones y de ritos sociales paralelos al juego del balompié. El futbol es un sistema de imaginación y de información que exhala e inhala a la compleja realidad de la especie humana del siglo XXI, y en efecto, sus incalculables emociones”, comenta Guillermo Santamarina, curador de la muestra que el Museo Jumex propone en el contexto del Mundial de Futbol. El juego de pelota como expresión cultural, estética y social se manifiesta en un centenar de obras. Pinturas, esculturas, instalaciones, fotografías y videos se disponen a lo largo de la museografía diseñada por el arquitecto Mauricio Rocha, que alude lo mismo al balón que a la cancha, las gradas y el estadio. El más universal de los deportes permite pensar, a través de la mirada de 60 artistas internacionales, el género, la comunidad, la identidad y el mundo global. Futbol y arte. Esa misma emoción contará con obras especialmente comisionadas a Diego Berruecos, Iñaki Bonillas y Sofía Echeverri, además de la instalación escultórica Tribunas, del colectivo Tercerunquinto, en la plaza del museo.

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sábado, 7 de marzo de 2026

La libertad o la ley

Lograr la elegancia en aquello aparentemente despreocupado, o poco esforzado, tiene un nombre en italiano: sprezzatura. Describe esa suerte de esmero disimulado en la confianza del saber hacer, que no pocos ambicionan en el arte (y por allá –se sabe– especialmente en el buen vestir). Quizá no existe artificio mayor: que lo difícil parezca fácil, presentarse ante el mundo con la naturalidad de un maestro nato. Estrategias de la dolce vita.

De tradición estadounidense hasta la médula, cuando pienso en el cine de Kelly Reichardt (Miami, 1964) este concepto italiano me persigue, y no precisamente por su parentesco con el neorrealismo, que lo tiene. La sprezzatura flota en ese desparpajo organizado que, cual mantra, anima los nueve largometrajes de esta veterana del indie gringo. Todos parecen leves, espontáneos, como si su gracia estuviera naturalmente dada. Para definirlos sin esfuerzo se ha invocado al “minimalismo fílmico”, aprovechando que se valen de muy poco: una trama apenas esbozada, dos o tres personajes lacónicos que circulan en un espacio amplio, y una cámara dispuesta a seguirlos. A golpe de vista poco complejos, a través de la lupa semejan juegos malabares, torres de Jenga que van creciendo –buen pulso mediante–, reciclando los mismos bloques que les dan cimiento. Bajo capas de aparente llanura, el artificio mayor: la naturalidad.

En 1970 un hombre planea robar un puñado de obras del museo de arte moderno de su ciudad, y ahí empieza la acción de Mente maestra (2025; disponible en MUBI), la más reciente cinta de Reichardt, también autora del guion. Puesto en papel, el argumento parece desmentir la premisa del trazo sencillo de la directora y coquetear con cierta sofisticación ligada a las heist movies, el subgénero de robos. Pero estamos sólo ante un dispositivo formal para encender motores; cualquier dejo de glamour se extingue sobre la marcha hasta que emana algo parecido a una comicidad agridulce.

Kelly Reichardt

Fotograma de Mente maestra (2025), de Kelly Reichardt

Nada de Fuego contra fuego (Mann, 1995), nada de La gran estafa (Soderbergh, 2001), existe ya suficiente épica filmada por hombres. La apuesta tiene que ser, de tan ordinaria, casi imposible: capturar un pedacito de realidad. Al menos esa que le ha interesado a la directora desde su ópera prima, River of Grass (1994), la de aquellos que renuncian al oropel del American dream en busca, si acaso, de alguna íntima ambición. La de nuestro protagonista será adueñarse de varios trabajos de Arthur Dove, un respetado artista de inicios del siglo XX, tan desconocido para el gran público como apreciado por conocedores. Así, el ladrón (Josh O’Connor) resulta un campechano ex estudiante de arte, desempleado y con nula capacidad criminal; el plan involucra dos vagos de poca monta y el museo, en Massachusetts, tiene menos vigilancia que una tienda de abarrotes.

La época que ha elegido la cineasta para ubicar esta historia responde, por un lado, al evento real que la inspira, el robo de algunos Picasso, Gauguin y Rembrandt del Worcester Art Museum en 1972. Como se sabe, en esos años los recintos carecían de buen blindaje y los ladrones de arte cobraban horas extra (para más está Museo, 2018, de Alonso Ruizpalacios). Pero quizá la motivación para recrear a detalle esta década cale más hondo. Los años setenta remiten al auge del Nuevo Hollywood, tan importante en la idea de cine que Kelly Reichardt enarbola, preocupado por las vidas pequeñas de gente común, alejado de los poderosos estudios y comprometido con cierta idea autoral. En diálogo permanente con directores como Schlesinger, Nichols, Bogdanovich o incluso el primer Scorsese (el de Alicia ya no vive aquí, de 1974), sus filmes interrogan la relación humana con la naturaleza, los acomodos sociales, las aspiraciones modestas, el ocio y las normas que marginan al diferente.

Kelly Reichardt

Alana Haim en Mente maestra (2025), de Kelly Reichardt

Hay que detenerse en la secuencia principal de Mente maestra, la del robo, pues en ella convergen varios ejes de este cine a contracorriente que Reichardt lleva más de dos décadas proponiendo. La narrativa se subvierte desde la forma, por ejemplo; en este caso, reordenando los recursos exigidos por el género hasta crear el efecto contrario. Es decir, a través de edición cruzada con música incidental –¿habrá un clásico más invocado para crear tensión?– se puede montar el atraco menos espectacular del que se tenga memoria. La clave radica en usarla como distractor de la acción y no para enfatizarla. Ayuda, por supuesto, la cadencia del jazz que propone Rob Mazurek, con percusiones por momentos casi imperceptibles.

La resolución de esta secuencia enfrenta conceptos opuestos, un motivo que atraviesa sutilmente toda la obra de Kelly Reichardt. No es casual que, anhelando cierta libertad, sus personajes terminen acosados por la ley –como en River of Grass, Wendy y Lucy (2008) y Radicales (2013)–; tampoco que las pulsiones de un individuo se contrapongan a las de la comunidad –Old Joy (2006) y Showing Up (2022). O que en cada una de sus historias monte la lucha entre ternura y apatía, entre movimiento y calma, desde los temas y las elecciones formales.

Entonces: si el atraco es fácil de cometer será difícil de ver. La cámara se coloca debajo de una banca o es colgada de un cuadro; restringe los acercamientos extremos y la claridad. Se trata de encontrar puntos de vista inusuales, lejanos, llenos de obstáculos. Son poco generosos con el voyeur de fantasía, pero juegan a favor de la mirada paciente y afilada.

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La libertad o la ley

Lograr la elegancia en aquello aparentemente despreocupado, o poco esforzado, tiene un nombre en italiano: sprezzatura. Describe esa suerte de esmero disimulado en la confianza del saber hacer, que no pocos ambicionan en el arte (y por allá –se sabe– especialmente en el buen vestir). Quizá no existe artificio mayor: que lo difícil parezca fácil, presentarse ante el mundo con la naturalidad de un maestro nato. Estrategias de la dolce vita.

De tradición estadounidense hasta la médula, cuando pienso en el cine de Kelly Reichardt (Miami, 1964) este concepto italiano me persigue, y no precisamente por su parentesco con el neorrealismo, que lo tiene. La sprezzatura flota en ese desparpajo organizado que, cual mantra, anima los nueve largometrajes de esta veterana del indie gringo. Todos parecen leves, espontáneos, como si su gracia estuviera naturalmente dada. Para definirlos sin esfuerzo se ha invocado al “minimalismo fílmico”, aprovechando que se valen de muy poco: una trama apenas esbozada, dos o tres personajes lacónicos que circulan en un espacio amplio, y una cámara dispuesta a seguirlos. A golpe de vista poco complejos, a través de la lupa semejan juegos malabares, torres de Jenga que van creciendo –buen pulso mediante–, reciclando los mismos bloques que les dan cimiento. Bajo capas de aparente llanura, el artificio mayor: la naturalidad.

En 1970 un hombre planea robar un puñado de obras del museo de arte moderno de su ciudad, y ahí empieza la acción de Mente maestra (2025; disponible en MUBI), la más reciente cinta de Reichardt, también autora del guion. Puesto en papel, el argumento parece desmentir la premisa del trazo sencillo de la directora y coquetear con cierta sofisticación ligada a las heist movies, el subgénero de robos. Pero estamos sólo ante un dispositivo formal para encender motores; cualquier dejo de glamour se extingue sobre la marcha hasta que emana algo parecido a una comicidad agridulce.

Kelly Reichardt

Fotograma de Mente maestra (2025), de Kelly Reichardt

Nada de Fuego contra fuego (Mann, 1995), nada de La gran estafa (Soderbergh, 2001), existe ya suficiente épica filmada por hombres. La apuesta tiene que ser, de tan ordinaria, casi imposible: capturar un pedacito de realidad. Al menos esa que le ha interesado a la directora desde su ópera prima, River of Grass (1994), la de aquellos que renuncian al oropel del American dream en busca, si acaso, de alguna íntima ambición. La de nuestro protagonista será adueñarse de varios trabajos de Arthur Dove, un respetado artista de inicios del siglo XX, tan desconocido para el gran público como apreciado por conocedores. Así, el ladrón (Josh O’Connor) resulta un campechano ex estudiante de arte, desempleado y con nula capacidad criminal; el plan involucra dos vagos de poca monta y el museo, en Massachusetts, tiene menos vigilancia que una tienda de abarrotes.

La época que ha elegido la cineasta para ubicar esta historia responde, por un lado, al evento real que la inspira, el robo de algunos Picasso, Gauguin y Rembrandt del Worcester Art Museum en 1972. Como se sabe, en esos años los recintos carecían de buen blindaje y los ladrones de arte cobraban horas extra (para más está Museo, 2018, de Alonso Ruizpalacios). Pero quizá la motivación para recrear a detalle esta década cale más hondo. Los años setenta remiten al auge del Nuevo Hollywood, tan importante en la idea de cine que Kelly Reichardt enarbola, preocupado por las vidas pequeñas de gente común, alejado de los poderosos estudios y comprometido con cierta idea autoral. En diálogo permanente con directores como Schlesinger, Nichols, Bogdanovich o incluso el primer Scorsese (el de Alicia ya no vive aquí, de 1974), sus filmes interrogan la relación humana con la naturaleza, los acomodos sociales, las aspiraciones modestas, el ocio y las normas que marginan al diferente.

Kelly Reichardt

Alana Haim en Mente maestra (2025), de Kelly Reichardt

Hay que detenerse en la secuencia principal de Mente maestra, la del robo, pues en ella convergen varios ejes de este cine a contracorriente que Reichardt lleva más de dos décadas proponiendo. La narrativa se subvierte desde la forma, por ejemplo; en este caso, reordenando los recursos exigidos por el género hasta crear el efecto contrario. Es decir, a través de edición cruzada con música incidental –¿habrá un clásico más invocado para crear tensión?– se puede montar el atraco menos espectacular del que se tenga memoria. La clave radica en usarla como distractor de la acción y no para enfatizarla. Ayuda, por supuesto, la cadencia del jazz que propone Rob Mazurek, con percusiones por momentos casi imperceptibles.

La resolución de esta secuencia enfrenta conceptos opuestos, un motivo que atraviesa sutilmente toda la obra de Kelly Reichardt. No es casual que, anhelando cierta libertad, sus personajes terminen acosados por la ley –como en River of Grass, Wendy y Lucy (2008) y Radicales (2013)–; tampoco que las pulsiones de un individuo se contrapongan a las de la comunidad –Old Joy (2006) y Showing Up (2022). O que en cada una de sus historias monte la lucha entre ternura y apatía, entre movimiento y calma, desde los temas y las elecciones formales.

Entonces: si el atraco es fácil de cometer será difícil de ver. La cámara se coloca debajo de una banca o es colgada de un cuadro; restringe los acercamientos extremos y la claridad. Se trata de encontrar puntos de vista inusuales, lejanos, llenos de obstáculos. Son poco generosos con el voyeur de fantasía, pero juegan a favor de la mirada paciente y afilada.

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viernes, 6 de marzo de 2026

Caminos del afecto: ruidos, silencios y cuerpos

“Desde hace varios años mi trabajo intenta incidir en la forma en que el espacio de exhibición debe ser ocupado como lugar de caminos, de tensión entre los visitantes y la escultura, el dibujo, los videos y las pinturas que inciden en la arquitectura del museo. Se trata de potenciar la experiencia afectiva de los cuerpos, las cosas y las imágenes”, escribe Luis Felipe Ortega (Ciudad de México, 1966) a propósito de Cuerpos que son bordes: fronteras, la exposición que se inauguró el 21 de enero en CAPC Sereia, en la ciudad portuguesa de Coimbra. Hemos tratado de traer a la pantalla una idea de esa propuesta eminentemente corporal.

Además del texto curatorial de Daniel Madeira y un poema en prosa de Luís Quintais –escrito expresamente para La Tempestad–, las fotografías de salas y capturas de video son acercamientos a una propuesta in situ, sólo apreciable plenamente con el cuerpo recorriendo el espacio. Plantea el artista: “Se trata de un trayecto entre geometrías, líneas, volúmenes y ruidos que desembocan en las imágenes del río Amazonas: el río nuevamente como protagonista de un lugar de vida, el río como un agente vivo respirando profundo”.

Además de la exposición en Coimbra, hasta el 21 de marzo, Luis Felipe Ortega presenta en la Ciudad de México su segunda muestra individual en la galería Le Laboratoire: Y donde estás (es donde no estás) (del 3 de febrero al 28 de marzo), curada por Daniel Montero.

Luis Felipe Ortega

Vista de la exposición Cuerpos que son bordes: fronteras, de Luis Felipe Ortega, en CAPC Sereia, Coimbra (Portugal), 2026. Fotografía: Tiago Cerveira

Cuerpos que son bordes: fronteras

Daniel Madeira

Frontera. Una palabra en la que conviven pluralidad y unicidad, comunidad y aislamiento. En su propia superficie ya se produce una fricción difícil de trasladar a otras dicotomías. Podemos comenzar preguntándonos por la necesidad misma de su existencia, aunque esa pregunta, inevitablemente, nos conduce a un terreno complejo. Entre la vocalización y la materialidad, cabe preguntarse si la primera frontera fue nombrada o construida. Y si “construcción” será siempre el término adecuado, tanto en el lenguaje como en la albañilería.

Si interrogamos la frontera, también debemos atender aquello que suele quedar en segundo plano cuando se la invoca: el cuerpo y el espacio. Ante la presencia impositiva de la divisoria, el cuerpo encuentra un límite operativo; el espacio, uno ontológico.

Si interrogamos la frontera, también debemos atender aquello que suele quedar en segundo plano cuando se la invoca: el cuerpo y el espacio. Ante la presencia impositiva de la divisoria, el cuerpo encuentra un límite operativo; el espacio, uno ontológico. Pero ese límite no permanece intacto. Las cuestiones políticas y sociales que los cuerpos arrastran transforman la frontera en una problematización de la propia ontología del ser.

¿De qué tipo de frontera hablamos? ¿Visual, topográfica, geográfica, sonora? Este ente amorfo, moldeado por la contemporaneidad, no se agota en ninguna de estas categorías. En el extremo de esa relación ontológica, la frontera se revela como otro cuerpo. Y el cuerpo puede ser frontera: una frontera inevitablemente temporal.

Tras esta primera aproximación, podemos afirmar que el espacio que habitamos aspira a ser frontera. No como una mera línea de separación, sino como un límite ontológico en sí mismo. Para que algo sea frontera, antes debe atravesar una: la de su propia condición anterior. Toda frontera es, a la vez, efecto y origen.

Luis Felipe Ortega

Vista de la exposición Cuerpos que son bordes: fronteras, de Luis Felipe Ortega, en CAPC Sereia, Coimbra (Portugal), 2026. Fotografía: Adrián White

En este espacio, entendido como cuerpo, los problemas se hacen visibles. No reconocemos del todo el lugar en el que estamos; los obstáculos emergen desde distintos frentes. El cuerpo debe cruzar una frontera comportamental, ligada a sus propios hábitos, para aprender a ocupar. Se percibe una suerte de insurrección arquitectónica: el espacio parece querer dejar de ser frontera de sí mismo. Se impone, genera zonas de impermanencia. Aquí somos, en cierto modo, el residuo de la voluntad material del espacio.

La tensión entre espacio, arquitectura y escultura acentúa esa indefinición. El espacio deja de ser un contenedor pasivo y se activa como materia. La arquitectura, despojada de su función estabilizadora, se muestra como una estructura en conflicto consigo misma.

La tensión entre espacio, arquitectura y escultura acentúa esa indefinición. El espacio deja de ser un contenedor pasivo y se activa como materia. La arquitectura, despojada de su función estabilizadora, se muestra como una estructura en conflicto consigo misma. La escultura, por su parte, renuncia a la autonomía del objeto y se afirma como cuerpo fenomenológico. Ninguna de estas dimensiones prevalece de manera definitiva. Se friccionan, se contaminan, se neutralizan parcialmente, generando un campo de inestabilidad en el que la voluntad del espacio no puede fijarse.

Lo que emerge no es una jerarquía clara, sino una coexistencia tensa. Los límites entre soporte, forma y experiencia se vuelven porosos. La indefinición deja de ser un problema para convertirse en condición operativa. En ese terreno el cuerpo es convocado a negociar su presencia, a medirse con un espacio que no se ofrece como escenario, sino como frontera en constante reconfiguración.

Luis Felipe Ortega

Vista de la exposición Cuerpos que son bordes: fronteras, de Luis Felipe Ortega, en CAPC Sereia, Coimbra (Portugal), 2026. Fotografía: Jorge Das Neves

Esperar la primera luz

Luís Quintais

Para Luis Felipe Ortega

 

Who dares say “love”

At this cold coming? Who would not dare say it?

Seamus Heaney

 

No es del espacio ni del vacío de lo que quiero hablar. Toda la anatomía del espacio es, sin duda, una anatomía del vacío. Pero sobre eso, y abundantemente, hago cumplir otros propósitos, otros designios. Lo que me interesa está en el modo en que el movimiento expresa leyes más concretas y, finalmente, más íntimas: las de un remo que se desliza rítmicamente sobre la superficie de un río, esa gran página, o las del simple deslizamiento del velo de la noche sobre embarcaciones y gestos que se sustraen al paisaje para un acontecimiento que tal vez no tenga lugar, porque es la espera lo que me mueve, el recorte que la espera hace en la percepción. 

Luis Felipe Ortega

Luis Felipe Ortega, Amazonia (captura, 2026), película proyectada durante la exposición Cuerpos que son bordes: fronteras, CAPC Sereia, Coimbra (Portugal)

Hay líneas, innumerables líneas, en el espejo de esta página donde voy doblando las canciones del espacio, las canciones del vacío. De ellas he hablado mucho. De ellas no quiero decir nada. Las líneas recorren el Amazonas, definen su grandeza y su sufrimiento. Retomo las líneas, como quien visita un origen. Las aguas son mi rostro atravesado por el accidente y la biografía. Las aguas son el abismo donde las líneas serán consumidas, una a una, para que regrese el blanco llamado del pensamiento.

Todo comienza con la luz repartida por la página. La primera luz sin remordimiento. Al norte de Dublín hay una galería de piedra, una arquitectura más antigua que Stonehenge o que las pirámides de Egipto. Me refugio en su oscuridad. Me someto al frío y a la humedad. Espero durante cinco mil años. Espero aquello que está más allá de la comprensión, en un ejercicio ilimitado de hospitalidad, del que no habrá retorno. Estoy al final del tiempo, y el frío no me disuade, sino que agita suavemente mi percepción. Un enjambre de líneas aparece después del solsticio de invierno. La primera luz ya incendia las paredes de la galería. 

Es esta espera reunida la que quiero traer al cubo blanco donde residen tristemente las obras de arte. Que el feroz río circule entre las paredes y destruya la residencia. Que la luz líquida ofenda definitivamente estas paredes.

Luis Felipe Ortega

Vista de la exposición Cuerpos que son bordes: fronteras, de Luis Felipe Ortega, en Círculo Sereia, Coimbra (Portugal), 2026. Fotografía: Adrián White

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