“Desde hace varios años mi trabajo intenta incidir en la forma en que el espacio de exhibición debe ser ocupado como lugar de caminos, de tensión entre los visitantes y la escultura, el dibujo, los videos y las pinturas que inciden en la arquitectura del museo. Se trata de potenciar la experiencia afectiva de los cuerpos, las cosas y las imágenes”, escribe Luis Felipe Ortega (Ciudad de México, 1966) a propósito de Cuerpos que son bordes: fronteras, la exposición que se inauguró el 21 de enero en CAPC Sereia, en la ciudad portuguesa de Coimbra. Hemos tratado de traer a la pantalla una idea de esa propuesta eminentemente corporal.
Además del texto curatorial de Daniel Madeira y un poema en prosa de Luís Quintais –escrito expresamente para La Tempestad–, las fotografías de salas y capturas de video son acercamientos a una propuesta in situ, sólo apreciable plenamente con el cuerpo recorriendo el espacio. Plantea el artista: “Se trata de un trayecto entre geometrías, líneas, volúmenes y ruidos que desembocan en las imágenes del río Amazonas: el río nuevamente como protagonista de un lugar de vida, el río como un agente vivo respirando profundo”.
Además de la exposición en Coimbra, hasta el 21 de marzo, Luis Felipe Ortega presenta en la Ciudad de México su segunda muestra individual en la galería Le Laboratoire: Y donde estás (es donde no estás) (del 3 de febrero al 28 de marzo), curada por Daniel Montero.
Vista de la exposición Cuerpos que son bordes: fronteras, de Luis Felipe Ortega, en CAPC Sereia, Coimbra (Portugal), 2026. Fotografía: Tiago Cerveira
Cuerpos que son bordes: fronteras
Daniel Madeira
Frontera. Una palabra en la que conviven pluralidad y unicidad, comunidad y aislamiento. En su propia superficie ya se produce una fricción difícil de trasladar a otras dicotomías. Podemos comenzar preguntándonos por la necesidad misma de su existencia, aunque esa pregunta, inevitablemente, nos conduce a un terreno complejo. Entre la vocalización y la materialidad, cabe preguntarse si la primera frontera fue nombrada o construida. Y si “construcción” será siempre el término adecuado, tanto en el lenguaje como en la albañilería.
Si interrogamos la frontera, también debemos atender aquello que suele quedar en segundo plano cuando se la invoca: el cuerpo y el espacio. Ante la presencia impositiva de la divisoria, el cuerpo encuentra un límite operativo; el espacio, uno ontológico.
Si interrogamos la frontera, también debemos atender aquello que suele quedar en segundo plano cuando se la invoca: el cuerpo y el espacio. Ante la presencia impositiva de la divisoria, el cuerpo encuentra un límite operativo; el espacio, uno ontológico. Pero ese límite no permanece intacto. Las cuestiones políticas y sociales que los cuerpos arrastran transforman la frontera en una problematización de la propia ontología del ser.
¿De qué tipo de frontera hablamos? ¿Visual, topográfica, geográfica, sonora? Este ente amorfo, moldeado por la contemporaneidad, no se agota en ninguna de estas categorías. En el extremo de esa relación ontológica, la frontera se revela como otro cuerpo. Y el cuerpo puede ser frontera: una frontera inevitablemente temporal.
Tras esta primera aproximación, podemos afirmar que el espacio que habitamos aspira a ser frontera. No como una mera línea de separación, sino como un límite ontológico en sí mismo. Para que algo sea frontera, antes debe atravesar una: la de su propia condición anterior. Toda frontera es, a la vez, efecto y origen.
Vista de la exposición Cuerpos que son bordes: fronteras, de Luis Felipe Ortega, en CAPC Sereia, Coimbra (Portugal), 2026. Fotografía: Adrián White
En este espacio, entendido como cuerpo, los problemas se hacen visibles. No reconocemos del todo el lugar en el que estamos; los obstáculos emergen desde distintos frentes. El cuerpo debe cruzar una frontera comportamental, ligada a sus propios hábitos, para aprender a ocupar. Se percibe una suerte de insurrección arquitectónica: el espacio parece querer dejar de ser frontera de sí mismo. Se impone, genera zonas de impermanencia. Aquí somos, en cierto modo, el residuo de la voluntad material del espacio.
La tensión entre espacio, arquitectura y escultura acentúa esa indefinición. El espacio deja de ser un contenedor pasivo y se activa como materia. La arquitectura, despojada de su función estabilizadora, se muestra como una estructura en conflicto consigo misma.
La tensión entre espacio, arquitectura y escultura acentúa esa indefinición. El espacio deja de ser un contenedor pasivo y se activa como materia. La arquitectura, despojada de su función estabilizadora, se muestra como una estructura en conflicto consigo misma. La escultura, por su parte, renuncia a la autonomía del objeto y se afirma como cuerpo fenomenológico. Ninguna de estas dimensiones prevalece de manera definitiva. Se friccionan, se contaminan, se neutralizan parcialmente, generando un campo de inestabilidad en el que la voluntad del espacio no puede fijarse.
Lo que emerge no es una jerarquía clara, sino una coexistencia tensa. Los límites entre soporte, forma y experiencia se vuelven porosos. La indefinición deja de ser un problema para convertirse en condición operativa. En ese terreno el cuerpo es convocado a negociar su presencia, a medirse con un espacio que no se ofrece como escenario, sino como frontera en constante reconfiguración.
Vista de la exposición Cuerpos que son bordes: fronteras, de Luis Felipe Ortega, en CAPC Sereia, Coimbra (Portugal), 2026. Fotografía: Jorge Das Neves
Esperar la primera luz
Luís Quintais
Para Luis Felipe Ortega
Who dares say “love”
At this cold coming? Who would not dare say it?
Seamus Heaney
No es del espacio ni del vacío de lo que quiero hablar. Toda la anatomía del espacio es, sin duda, una anatomía del vacío. Pero sobre eso, y abundantemente, hago cumplir otros propósitos, otros designios. Lo que me interesa está en el modo en que el movimiento expresa leyes más concretas y, finalmente, más íntimas: las de un remo que se desliza rítmicamente sobre la superficie de un río, esa gran página, o las del simple deslizamiento del velo de la noche sobre embarcaciones y gestos que se sustraen al paisaje para un acontecimiento que tal vez no tenga lugar, porque es la espera lo que me mueve, el recorte que la espera hace en la percepción.
Luis Felipe Ortega, Amazonia (captura, 2026), película proyectada durante la exposición Cuerpos que son bordes: fronteras, CAPC Sereia, Coimbra (Portugal)
Hay líneas, innumerables líneas, en el espejo de esta página donde voy doblando las canciones del espacio, las canciones del vacío. De ellas he hablado mucho. De ellas no quiero decir nada. Las líneas recorren el Amazonas, definen su grandeza y su sufrimiento. Retomo las líneas, como quien visita un origen. Las aguas son mi rostro atravesado por el accidente y la biografía. Las aguas son el abismo donde las líneas serán consumidas, una a una, para que regrese el blanco llamado del pensamiento.
Todo comienza con la luz repartida por la página. La primera luz sin remordimiento. Al norte de Dublín hay una galería de piedra, una arquitectura más antigua que Stonehenge o que las pirámides de Egipto. Me refugio en su oscuridad. Me someto al frío y a la humedad. Espero durante cinco mil años. Espero aquello que está más allá de la comprensión, en un ejercicio ilimitado de hospitalidad, del que no habrá retorno. Estoy al final del tiempo, y el frío no me disuade, sino que agita suavemente mi percepción. Un enjambre de líneas aparece después del solsticio de invierno. La primera luz ya incendia las paredes de la galería.
Es esta espera reunida la que quiero traer al cubo blanco donde residen tristemente las obras de arte. Que el feroz río circule entre las paredes y destruya la residencia. Que la luz líquida ofenda definitivamente estas paredes.
Vista de la exposición Cuerpos que son bordes: fronteras, de Luis Felipe Ortega, en Círculo Sereia, Coimbra (Portugal), 2026. Fotografía: Adrián White
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