viernes, 4 de abril de 2025

Wong Kar-wai, diseñador

“Cada escena de Deseando amar (2000) y 2046 (2004) parece transpirar impotencia, momentos perdidos, posibilidades que nunca se concretan. Los personajes son perseguidos por sus memorias, están condenados a la soledad. El fatalismo inyecta una atmósfera de nostalgia y tristeza devastadoras a un par de filmes de una asombrosa belleza”, ha escrito Naief Yehya sobre ese díptico cinematográfico de Wong Kar-wai, recientemente convertido en tríptico con la serie Blossoms Shanghai (2023). De la estética de estos trabajos audiovisuales se desprende el interiorismo del restaurante Mi Shang, en la mansión Rong Zhai de Shanghái, iniciativa de la marca italiana de moda Prada.

Definido como “un reflejo sin fisuras entre Italia y China, Shanghái y Milán”, el diseño de Wong es un trabajo historicista que apunta a construir un ambiente semejante al de sus películas, que evocan distintos momentos en la historia de ciudades como Hong Kong y la propia Shanghái, marcadas por sus relaciones con Occidente. El concepto de tête-bêche (cabeza contra cola: los pies de un elemento frente a la cabeza del otro), procedente de la filatelia, se expresa en la incorporación de elementos de espacios milaneses en un edificio chino de 1918, restaurado por Prada como espacio cultural.

El pasillo de acceso emula la secuencia de luces del hotel en la película Deseando amar y lleva a los invitados a la entrada del restaurante, una biblioteca con una colección de libros sobre artesanía china, artes decorativas y diseño italiano. Las piezas estilo Shanghái que penden de los muros de la sala fueron creadas por Wong en colaboración con Duo Yun Xuan Art Centre, utilizando técnicas tradicionales chinas de impresión en madera, y su estética proviene de la serie Blossoms Shanghai, que captura el espíritu de la ciudad en los años noventa.

La paleta de colores del comedor remite, nuevamente, a Deseando amar, mientras que la pastelería, a la izquierda de la biblioteca, recurre a madera de cerezo artesanal y mobiliario de latón para vincular el espacio a la primera tienda de Prada en Milán, abierta en la Galleria Vittorio Emanuele en 1913. De indudable calidez, con notables cualidades artesanales y un componente de ensueño (como si se habitara por un momento el imaginario de Wong Kar-wai), el espacio exuda nostalgia colonial, lo que da al restaurante Mi Shang un perturbador inconsciente político.

Wong Kar-wai

La sala del restaurante Mi Shang, en Shanghái. Cortesía de Prada

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Wong Kar-wai, diseñador

“Cada escena de Deseando amar (2000) y 2046 (2004) parece transpirar impotencia, momentos perdidos, posibilidades que nunca se concretan. Los personajes son perseguidos por sus memorias, están condenados a la soledad. El fatalismo inyecta una atmósfera de nostalgia y tristeza devastadoras a un par de filmes de una asombrosa belleza”, ha escrito Naief Yehya sobre ese díptico cinematográfico de Wong Kar-wai, recientemente convertido en tríptico con la serie Blossoms Shanghai (2023). De la estética de estos trabajos audiovisuales se desprende el interiorismo del restaurante Mi Shang, en la mansión Rong Zhai de Shanghái, iniciativa de la marca italiana de moda Prada.

Definido como “un reflejo sin fisuras entre Italia y China, Shanghái y Milán”, el diseño de Wong es un trabajo historicista que apunta a construir un ambiente semejante al de sus películas, que evocan distintos momentos en la historia de ciudades como Hong Kong y la propia Shanghái, marcadas por sus relaciones con Occidente. El concepto de tête-bêche (cabeza contra cola: los pies de un elemento frente a la cabeza del otro), procedente de la filatelia, se expresa en la incorporación de elementos de espacios milaneses en un edificio chino de 1918, restaurado por Prada como espacio cultural.

El pasillo de acceso emula la secuencia de luces del hotel en la película Deseando amar y lleva a los invitados a la entrada del restaurante, una biblioteca con una colección de libros sobre artesanía china, artes decorativas y diseño italiano. Las piezas estilo Shanghái que penden de los muros de la sala fueron creadas por Wong en colaboración con Duo Yun Xuan Art Centre, utilizando técnicas tradicionales chinas de impresión en madera, y su estética proviene de la serie Blossoms Shanghai, que captura el espíritu de la ciudad en los años noventa.

La paleta de colores del comedor remite, nuevamente, a Deseando amar, mientras que la pastelería, a la izquierda de la biblioteca, recurre a madera de cerezo artesanal y mobiliario de latón para vincular el espacio a la primera tienda de Prada en Milán, abierta en la Galleria Vittorio Emanuele en 1913. De indudable calidez, con notables cualidades artesanales y un componente de ensueño (como si se habitara por un momento el imaginario de Wong Kar-wai), el espacio exuda nostalgia colonial, lo que da al restaurante Mi Shang un perturbador inconsciente político.

Wong Kar-wai

La sala del restaurante Mi Shang, en Shanghái. Cortesía de Prada

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miércoles, 2 de abril de 2025

Facetas de Juan O’Gorman

La obra y la figura de Juan O’Gorman se han vuelto cada vez más centrales en los recuentos del arte y la arquitectura mexicanos. En el contexto del 120 aniversario de su natalicio, la Facultad de Arquitectura de la UNAM y la Fundación Espacio Nancarrow-O’Gorman inauguraron el pasado 8 de febrero la exposición Todo O’Gorman, Juan O’Gorman en el Museo Universitario de Ciencias y Arte (MUCA) de la Ciudad de México. El lugar es significativo: desde la entrada de la galería es posible ver la Biblioteca Central de la UNAM, uno de los edificios icónicos del homenajeado, que cubrió su fachada con un mural extraordinario.

Curada por Adriana Sandoval, directora de Espacio Nancarrow-O’Gorman, junto a Carlos Prieto, Carlos Ortega y Mayra Uribe, la muestra aborda distintas facetas del trabajo de O’Gorman, lo mismo como artista plástico –dibujos, pinturas, temples– que como arquitecto –planos, maquetas, fotografías–, pero también como objeto de inspiración: obras de diversos artistas dialogan con su poética de muy diversas maneras. Así, entre detalles de edificios, gráfica y documentos varios se siembran piezas de Fabien Capello, Flor Garduño, Gabriel Macotela, Maribel Portela y Pedro Reyes, entre otros.

Juan O’Gorman

Vista de la exposición Todo O’Gorman, Juan O’Gorman, Museo Universitario de Ciencias y Arte, UNAM. Cortesía de Fundación Espacio Nancarrow-O’Gorman

Aunque habría sido deseable un trabajo de museografía más cuidadoso, Todo O’Gorman, Juan O’Gorman es la oportunidad de ver no sólo obras originales del artista mexicano sino dibujos y maquetas que expresan la radicalidad de uno de los impulsores del funcionalismo en México. Tendencia a la que, por cierto, se opuso frontalmente con la desaparecida vivienda que construyó para sí en el Pedregal, la casa-gruta que hoy es considerada referencia de la arquitectura fantástica. Una detallada maqueta de Javier Senosiain reconstruye a escala ese edificio legendario.

La exposición podrá visitarse hasta el sábado 5 de abril, y ha sido acompañada por un nutrido programa. El día previo, a las 15:00 horas, Ricardo Pohlenz leerá el poema “Tilichero caleidoscópico malabar” en la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria. El día de la clausura, a las 12:00 horas, un festejo diseñado por el artista Demián Flores dará cierre a este recuerdo de Juan O’Gorman.

Juan O’Gorman

Vista de la exposición Todo O’Gorman, Juan O’Gorman, Museo Universitario de Ciencias y Arte, UNAM. Cortesía de Fundación Espacio Nancarrow-O’Gorman

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Facetas de Juan O’Gorman

La obra y la figura de Juan O’Gorman se han vuelto cada vez más centrales en los recuentos del arte y la arquitectura mexicanos. En el contexto del 120 aniversario de su natalicio, la Facultad de Arquitectura de la UNAM y la Fundación Espacio Nancarrow-O’Gorman inauguraron el pasado 8 de febrero la exposición Todo O’Gorman, Juan O’Gorman en el Museo Universitario de Ciencias y Arte (MUCA) de la Ciudad de México. El lugar es significativo: desde la entrada de la galería es posible ver la Biblioteca Central de la UNAM, uno de los edificios icónicos del homenajeado, que cubrió su fachada con un mural extraordinario.

Curada por Adriana Sandoval, directora de Espacio Nancarrow-O’Gorman, junto a Carlos Prieto, Carlos Ortega y Mayra Uribe, la muestra aborda distintas facetas del trabajo de O’Gorman, lo mismo como artista plástico –dibujos, pinturas, temples– que como arquitecto –planos, maquetas, fotografías–, pero también como objeto de inspiración: obras de diversos artistas dialogan con su poética de muy diversas maneras. Así, entre detalles de edificios, obras gráficas y documentos varios se siembran piezas de Fabien Capello, Flor Garduño, Gabriel Macotela, Maribel Portela y Pedro Reyes, entre otros.

Juan O’Gorman

Vista de la exposición Todo O’Gorman, Juan O’Gorman, Museo Universitario de Ciencias y Arte, UNAM. Cortesía de Fundación Espacio Nancarrow-O’Gorman

Aunque habría sido deseable un trabajo de museografía más cuidadoso, Todo O’Gorman, Juan O’Gorman es la oportunidad de ver no sólo obras originales del artista mexicano sino dibujos y maquetas que expresan la radicalidad de uno de los impulsores del funcionalismo en México. Tendencia a la que, por cierto, se opuso frontalmente con la desaparecida vivienda que construyó para sí en el Pedregal, la casa-gruta que hoy es considerada referencia de la arquitectura fantástica. Una detallada maqueta de Javier Senosiain reconstruye a escala ese edificio legendario.

La exposición podrá visitarse hasta el sábado 5 de abril, y ha sido acompañada por un nutrido programa. El día previo, a las 15:00 horas, Ricardo Pohlenz leerá el poema “Tilichero caleidoscópico malabar” en la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria. El día de la clausura, a las 12:00 horas, un festejo diseñado por el artista Demián Flores dará cierre a este recuerdo de Juan O’Gorman.

Juan O’Gorman

Vista de la exposición Todo O’Gorman, Juan O’Gorman, Museo Universitario de Ciencias y Arte, UNAM. Cortesía de Fundación Espacio Nancarrow-O’Gorman

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Lo individual y lo colectivo

Hace unas semanas escuché una discusión en la que al parecer la idea de la arquitectura como disciplina organizada en torno a la autoría individual está siendo rebasada por modalidades colectivas como la producción social del hábitat, en la que el arquitecto es una suerte de facilitador pero las decisiones son tomadas en asamblea por las personas que habitan el territorio en donde se va a construir. Me sorprendió que las coordenadas de ese debate puedan detectarse punto por punto en otras artes, parece que es una preocupación que las atraviesa a casi todas.

Hay artes que siempre han sido realizadas en equipo, y debe ser un residuo de la cultura burguesa que incluso para un medio tan colaborativo como el cine nos las sigamos arreglando para darle una luz propia y distinta al “autor”, al punto de que el equipo podría escribir su propia versión del poema de Brecht: “¿arrastraron los directores las cámaras? ¿no llevaban siquiera catering?”. Pero tal vez la demanda de lo colectivo es más desequilibrante, y por ello ejemplar, en una de las artes cuyas condiciones de producción y de recepción están, al menos en un primer grado, caracterizadas por la reclusión: la literatura.

Desde el siglo pasado el concepto de autor estaba bajo ataque, y parecía más razonable considerarlo tan sólo como el marcador de una zona, un cruce de influencias, un pisapapeles. Como lo ponía César Aira en el inicio de El congreso de literatura: ¿cuántas personas habrán leído tanto la Filosofía de la experiencia vital de Bogdánov como el Fausto de Estanislao del Campo? Y si a eso le agregamos La Poussière de soleils de Roussel (y quizá Condorito y la revista Caras), “un libro más, un cuarto libro, y ya puedo tener la seguridad de estar solo”. Ese coctel improbable de textos –además de experiencias y circunstancias–, esa conformación de un input determinado, es lo que podríamos seguir llamando un autor.

Pero incluso esta idea del escritor individual como una especie de memoria portátil con libros en PDF sigue siendo insuficiente para quienes quieren dar un paso más allá y llegar a escrituras comunales, anónimas, hechas en equipo, hechas de citas, en otros soportes distintos del libro, etc. Me parece significativo que estos experimentos terminen muchas veces por traspasar el umbral y llamarse a sí mismos, como propone Maria Fusco, art writing, escritura de arte”, artistas conceptuales que trabajan con textos. Aunque pueda ser difícil establecer la diferencia entre ambas escrituras, el hecho de que haya la necesidad de buscar un nuevo nombre (y uno que, en realidad, suena a definición mínima de la literatura), marca que algo sucede. Quizá la idea de lo literario es demasiado lenta o estrecha para incluir esas búsquedas.

Suele ocurrir que un concepto se carga de una connotación negativa o positiva y se vuelve fijo y opaco. Como venimos del desierto neoliberal nos interesa valorar lo colectivo y todo lo que lleve ese signo es bienvenido. Pero también se pueden encontrar casos de arte colaborativo despreciable: los equipos de guionistas para la televisión. Algo hay en esa escritura grupal que acaba privilegiando lo trillado, lo comprensible, lo fácil, lo que está de moda, y deja poco espacio para el riesgo. ¿Es sólo una coincidencia que los proyectos audiovisuales más propositivos suelan provenir (desde el guion, desde la concepción) de una o dos mentes? ¿O quizás uno de los peligros de la realización colectiva es que puede tender a la nivelación, a las comodidades del consenso?

La particularidad de la literatura reside en que, como se menciona mucho en estos años, trabaja con uno de los comunes más comunes: el lenguaje, público en esencia, y entonces pareciera que un autor tradicional es un privatizador, un extractivista. Pero el lenguaje es siempre un vaivén entre lo personal y lo comunitario. La sustancia literaria aparece en la tensión, en la lucha que hay entre el cúmulo de sensaciones de la vida interior y ese artefacto gregario y estandarizador al que tenemos que traducirlas. Como lo ponía Adorno, en la lengua excéntrica de un poeta se reivindica, contra la alienación, la posibilidad de una humanidad libre. Es la idea de la lengua privada, que se resiste al dominio corporativo e ideológico del lenguaje, donde parece brillar una subjetividad auténtica.

Si presionamos un concepto lo suficiente veremos cómo empieza a llamar a su contrario. Quizá la función más social de la literatura, su pulsión utópica incluso, consiste precisamente en su complicidad con el retiro, con la separación y los bordes, como lo entendía Anne Carson en Eros dulce y amargo. Un magnetismo entre polos: lo común del lenguaje y la soledad de quien lee o escribe, cuando la lengua pausa su estruendo y concede una conversación secreta e íntima. Por su estrecha relación con lo individual y lo privado la literatura parece ser torpe para transformarse y acoplarse al siglo XXI, manteniéndose encadenada a la cultura burguesa para desde allí ser funcional al mercado (los escritores estrella”, la obra maestra”), pero también por ello puede evadirse, en sus mejores momentos, de la lengua cosificada y cosificante. Su permanencia en el tiempo de las redes y los algoritmos, del tecnofeudalismo y la cultura rápida, es por un lado un anacronismo encorsetado pero por otro una resistencia del sujeto.

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Lo individual y lo colectivo

Hace unas semanas escuché una discusión en la que al parecer la idea de la arquitectura como disciplina organizada en torno a la autoría individual está siendo rebasada por modalidades colectivas como la producción social del hábitat, en la que el arquitecto es una suerte de facilitador pero las decisiones son tomadas en asamblea por las personas que habitan el territorio en donde se va a construir. Me sorprendió que las coordenadas de ese debate puedan detectarse punto por punto en otras artes, parece que es una preocupación que las atraviesa a casi todas.

Hay artes que siempre han sido realizadas en equipo, y debe ser un residuo de la cultura burguesa que incluso para un medio tan colaborativo como el cine nos las sigamos arreglando para darle una luz propia y distinta al “autor”, al punto de que el equipo podría escribir su propia versión del poema de Brecht: “¿arrastraron los directores las cámaras? ¿no llevaban siquiera catering?”. Pero tal vez la demanda de lo colectivo es más desequilibrante, y por ello ejemplar, en una de las artes cuyas condiciones de producción y de recepción están, al menos en un primer grado, caracterizadas por la reclusión: la literatura.

Desde el siglo pasado el concepto de autor estaba bajo ataque, y parecía más razonable considerarlo tan sólo como el marcador de una zona, un cruce de influencias, un pisapapeles. Como lo ponía César Aira en el inicio de El congreso de literatura: ¿cuántas personas habrán leído tanto la Filosofía de la experiencia vital de Bogdánov como el Fausto de Estanislao del Campo? Y si a eso le agregamos La Poussière de soleils de Roussel (y quizá Condorito y la revista Caras), “un libro más, un cuarto libro, y ya puedo tener la seguridad de estar solo”. Ese coctel improbable de textos –además de experiencias y circunstancias–, esa conformación de un input determinado, es lo que podríamos seguir llamando un autor.

Pero incluso esta idea del escritor individual como una especie de memoria portátil con libros en PDF sigue siendo insuficiente para quienes quieren dar un paso más allá y llegar a escrituras comunales, anónimas, hechas en equipo, hechas de citas, en otros soportes distintos del libro, etc. Me parece significativo que estos experimentos terminen muchas veces por traspasar el umbral y llamarse a sí mismos, como propone Maria Fusco, art writing, escritura de arte”, artistas conceptuales que trabajan con textos. Aunque pueda ser difícil establecer la diferencia entre ambas escrituras, el hecho de que haya la necesidad de buscar un nuevo nombre (y uno que, en realidad, suena a definición mínima de la literatura), marca que algo sucede. Quizá la idea de lo literario es demasiado lenta o estrecha para incluir esas búsquedas.

Suele ocurrir que un concepto se carga de una connotación negativa o positiva y se vuelve fijo y opaco. Como venimos del desierto neoliberal nos interesa valorar lo colectivo y todo lo que lleve ese signo es bienvenido. Pero también se pueden encontrar casos de arte colaborativo despreciable: los equipos de guionistas para la televisión. Algo hay en esa escritura grupal que acaba privilegiando lo trillado, lo comprensible, lo fácil, lo que está de moda, y deja poco espacio para el riesgo. ¿Es sólo una coincidencia que los proyectos audiovisuales más propositivos suelan provenir (desde el guion, desde la concepción) de una o dos mentes? ¿O quizás uno de los peligros de la realización colectiva es que puede tender a la nivelación, a las comodidades del consenso?

La particularidad de la literatura reside en que, como se menciona mucho en estos años, trabaja con uno de los comunes más comunes: el lenguaje, público en esencia, y entonces pareciera que un autor tradicional es un privatizador, un extractivista. Pero el lenguaje es siempre un vaivén entre lo personal y lo comunitario. La sustancia literaria aparece en la tensión, en la lucha que hay entre el cúmulo de sensaciones de la vida interior y ese artefacto gregario y estandarizador al que tenemos que traducirlas. Como lo ponía Adorno, en la lengua excéntrica de un poeta se reivindica, contra la alienación, la posibilidad de una humanidad libre. Es la idea de la lengua privada, que se resiste al dominio corporativo e ideológico del lenguaje, donde parece brillar una subjetividad auténtica.

Si presionamos un concepto lo suficiente veremos cómo empieza a llamar a su contrario. Quizá la función más social de la literatura, su pulsión utópica incluso, consiste precisamente en su complicidad con el retiro, con la separación y los bordes, como lo entendía Anne Carson en Eros dulce y amargo. Un magnetismo entre polos: lo común del lenguaje y la soledad de quien lee o escribe, cuando la lengua pausa su estruendo y concede una conversación secreta e íntima. Por su estrecha relación con lo individual y lo privado la literatura parece ser torpe para transformarse y acoplarse al siglo XXI, manteniéndose encadenada a la cultura burguesa para desde allí ser funcional al mercado (los escritores estrella”, la obra maestra”), pero también por ello puede evadirse, en sus mejores momentos, de la lengua cosificada y cosificante. Su permanencia en el tiempo de las redes y los algoritmos, del tecnofeudalismo y la cultura rápida, es por un lado un anacronismo encorsetado pero por otro una resistencia del sujeto.

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lunes, 31 de marzo de 2025

Juan Gómez Bárcena: caminos de la ficción

Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984), licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, es un escritor que “aporta nuevas y desusadas perspectivas al panorama” literario (José María Merino). Con su primer libro de cuentos, Los que duermen (Salto de Página, 2012), obtuvo el Premio Tormenta al mejor autor revelación. Es autor de las novelas El cielo de Lima (Salto de Página, 2014), Kanada (Sexto Piso, 2017), Ni siquiera los muertos (Sexto Piso, 2020) o Lo demás es aire (Seix Barral, 2022; Premio Ciudad de Barcelona).

Conversamos con el escritor cántabro sobre su obra y su manera de entender la literatura antes de que se publicara, en octubre de 2024, su último libro hasta el momento: Mapa de soledades (Seix Barral), “un apasionante ensayo literario sobre la gran epidemia del siglo XXI: la soledad”. Sobre él nos adelantó algunas notas características.

Seix Barral reeditó en 2023 El cielo de Lima, una novela publicada en 2014 por Salto de Página. ¿Has revisado el texto o se ha llevado a imprenta tal como apareció una década atrás?

Descontando algunas correcciones imperceptibles para los lectores, el texto es el mismo que se publicó hace diez años. En un primer momento valoré la posibilidad de introducir algunas mejoras e incluso reescribir algunos pasajes más torpes o más alejados de mis intereses actuales. Afortunadamente muy pronto comprendí que intervenir el texto era correr el riesgo de borrar todo el libro y reescribirlo de nuevo: algo, por otro lado, imposible, porque hoy no escribiría una novela como El cielo de Lima. Esto no quiere decir que me arrepienta de haberla publicado. Pero creo que los libros son fotos fijas que representan las diferentes etapas de un itinerario que nos llevan a ser la clase de escritor que somos: volver atrás sería para mí algo antinatural y tal vez incluso paródico. Como esas imágenes que circulan por las redes en las que décadas más tarde los miembros de una familia reproducen sus fotografías de infancia.

“Los libros son fotos fijas que representan las diferentes etapas de un itinerario que nos llevan a ser la clase de escritor que somos: volver atrás sería para mí algo antinatural y tal vez incluso paródico”: Juan Gómez Bárcena.

El cielo de Lima recoge la historia de una mentira. José Gálvez Barrenechea y Carlos Rodríguez Hübner, tratando de conseguir los libros de su idolatrado Juan Ramón Jiménez, deciden escribirle haciéndose pasar por una joven llamada Georgina Hübner. ¿Cómo conociste esta historia? ¿Qué te indujo a escribir una novela basada en estos hechos?

La primera vez que escuché hablar de Georgina Hübner fue en 2º de ESO, cuando hacía un trabajo sobre Juan Ramón Jiménez en clase de Lengua y Literatura. Seguramente ya entonces la anécdota me produjo una emoción profunda, porque nunca llegué a olvidarla. Años más tarde decidí escribir un pequeño relato sobre el tema, que para mi desesperación fue creciendo hasta convertirse en una novela de trescientas páginas. Lo que me fascinaba de la historia es que demostraba que una ficción, cuando consigue engañar a las personas adecuadas, puede llegar a producir consecuencias indudablemente reales. Juan Ramón Jiménez se enamoró de un mito llamado Georgina Hübner, a quien nunca conoció: y así, podría decirse que se volvió más verdadera para él de lo que fueron otras muchas mujeres de carne y hueso que conoció en esa misma época.

Juan Gómez Bárcena

En la novela incluyes el poema “Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima”. En los últimos versos JRJ se lamenta: “Y si en ninguna parte nuestros brazos se encuentran, / ¿qué niño idiota, hijo del odio y del dolor, / hizo el mundo, jugando con pompas de jabón?”. Parecen premonitorios. ¿Crees que el poeta de Moguer fue consciente del engaño?

Parece que efectivamente Juan Ramón llegó a conocer la verdad. Dijo al respecto unas palabras que me parecen bellísimas y que en buena medida enlazan con esa idea de que las fronteras entre la realidad y simulacro son más difusas de lo que parece. “Sea como sea yo he amado a Georgina Hübner, ella llenó una época de vacío y para mí ha existido tanto como si hubiera existido. Gracias, pues, a quien la inventara”. Pero lo más interesante es que no conoció la verdad hasta mucho tiempo después de la publicación de su poema. Es decir, la mención al niño idiota que juega con pompas de jabón es varios años anterior al auténtico descubrimiento de que un niño idiota –dos, en realidad– le había estado tomando el pelo. Me gusta pensar que a través de su yo poético, mucho más perspicaz que su yo biográfico, fue de algún modo consciente de que algo no encajaba con el personaje de Georgina Hübner: de que tal vez estaba demasiado bien construida para ser real.

“La idea de ‘Lo demás es aire’ era que, a través de mi amor y mi curiosidad por Toñanes, los lectores pudieran establecer vínculos con otros espacios que fueran importantes para ellos, como Toñanes lo es para mí”: Juan Gómez Bárcena.

Lo demás es aire es una especie de máquina del tiempo. Una pequeña aldea cántabra, Toñanes, es el escenario por el que transitan sus habitantes a lo largo de los siglos. ¿Se trata de un homenaje a esa región?

Mi intención no era tanto homenajear una región concreta como hacer consciente al lector del peso abrumador de la Historia. Para ello decidí concentrarme en un punto muy concreto del espacio, lo más pequeño posible, y proponer una lectura no cronológica sino simultánea de todos sus estratos de tiempo. Que ese punto concreto del espacio sea la pequeña aldea de Toñanes es importante para mí, pero no para los lectores. No quería homenajear a Cantabria, ni mucho menos elogiar la vida de los pueblos en su conjunto, que dependiendo del caso puede ser tan negativa como positiva. La idea era que, a través de mi amor y mi curiosidad por Toñanes, los lectores pudieran establecer vínculos con otros espacios que fueran importantes para ellos, como Toñanes lo es para mí.

Imagino que la escritura de este libro habrá supuesto una investigación histórica previa. ¿De qué documentación te has servido?

El proceso de documentación se extendió intermitentemente durante más de veinte años, como una especie de pasatiempo o sudoku que iba rellenando en mis ratos libres. Tardé mucho tiempo en descubrir que todo este material algún día se convertiría en la base de una novela. Manejé una cantidad ingente de fuentes escritas: testamentos, litigios, mapas, catastros, antiguos libros de cuentas, prensa microfilmada. Sin embargo, la información más útil procedió de los libros parroquiales, que pueden considerarse los únicos documentos verdaderamente democráticos del pasado. Porque en el Antiguo Régimen sólo hace testamento quien tiene algo que legar a sus descendientes, y sólo litiga quien tiene algo que ganar y que perder –casi siempre varones, casi siempre de cierta posición social–; pero todos, ricos y pobres, hombres y mujeres, ancianos y niños, nacieron y murieron en algún momento, y los párrocos se esforzaban en dar testimonio de sus vidas por igual.

Pero no sólo manejé fuentes escritas: las entrevistas a los vecinos de Toñanes fueron también decisivas para conocer la memoria colectiva, que, como los mitos, tiende a ser más imprecisa que los documentos pero también arroja alguna clase de verdad que la letra escrita no logra arañar.

Juan Gómez Bárcena

En la novela estamos simultáneamente en años y en siglos diferentes. Pareces utilizar estrategias cinematográficas para conseguir este efecto. ¿Por qué elegiste esta estructura en Lo demás es aire?

Tendemos a explicar la historia de un lugar o de una persona de manera lineal y cronológica, pero ésta no es sino una de las muchas formas que tenemos de ordenar el tiempo. A veces entendemos mejor la Historia si podemos jugar a reordenarla, uniendo episodios muy distantes en el tiempo que pueden ser interpretados conjuntamente. Eso es lo que yo me propuse en Lo demás es aire: que el desorden cronológico, lejos de ser caprichoso, trazara un discurso que nos permitiera entender de maneras alternativas el pasado. Para ello recurrí, en efecto, a técnicas del montaje cinematográfico, que me ayudaron a eslabonar de manera fluida y dinámica tiempos y contextos muy distintos. Por eso me gusta decir que Lo demás es aire es una novela de inspiración fundamentalmente cinematográfica. Eisenstein, Kubrick, Lynch o Hitchcock tienen una influencia en el resultado final mucho mayor que la obra de cualquier escritor.

Los que duermen (reeditado por Sexto Piso en 2019) fue tu primer libro de relatos. ¿Crees que sigue siendo más difícil publicar cuentos que una novela?

Sí, o al menos eso es lo que me manifiestan muchos editores: que el libro de relatos continúa siendo más difícil de vender y sobre todo de colocar en el extranjero. Cuando comencé a publicar, hace más de una década, escuchaba decir a menudo que el relato acabaría ganando cada vez más presencia en el mercado, pues por su brevedad y por su carácter fragmentario era el género perfecto para acompañarnos en nuestras vidas cada vez más aceleradas y frenéticas. Todavía escucho de vez en cuando discursos semejantes. Sin embargo, me inclino por creer exactamente lo contrario: en una época en la que cada vez tenemos menos tiempo para leer y menos capacidad de concentración, el público demanda novelas que creen un mundo narrativo duradero, al que regresar cada vez que nos sentamos a leer.

“En una época en la que cada vez tenemos menos tiempo para leer y menos capacidad de concentración, el público demanda novelas que creen un mundo narrativo duradero, al que regresar cada vez que nos sentamos a leer”: Juan Gómez Bárcena.

Por supuesto, esto no significa que no haya notorias excepciones. Un buen ejemplo lo encuentro en mi propia casa: mi pareja, Marta Jiménez Serrano, publicó el año pasado un libro de relatos –No todo el mundo– que ha conseguido un número verdaderamente extraordinario de lectores.

La traducción al inglés de Ni siquiera los muertos fue incluida entre los 100 mejores libros del año publicados en Estados Unidos en 2023 por el New York Times Book Review. ¿Qué ha supuesto para ti esta mención?

En primer lugar, una enorme sorpresa. Cuando Ni siquiera los muertos se publicó en España, en una fecha además muy desafortunada –llegó a las librerías en marzo de 2020, en el mismo momento en que comenzaba el confinamiento–, fueron pocos los medios que lo eligieron entre lo mejor del año. Lo último que podía esperar es que un mercado como el americano, muchísimo más amplio y por general poco abierto a la literatura traducida, acabaría haciéndolo. La alegría además ha sido doble porque es una novela parcialmente ambientada en Estados Unidos: me alegra que ciertos críticos y lectores hayan considerado que tenía algo interesante que decir sobre su país.

Juan Gómez Bárcena

En la novela Kanada abordas el tema de la Segunda Guerra Mundial desde el punto de vista de los que regresan del conflicto, de los supervivientes. ¿Qué nos puedes contar de este libro?

En 2010 recibí una beca para trabajar en la Embajada de España en Budapest. Me instalé en un piso de la judería, que todavía tenía melladuras de bala en las paredes. Me pregunté, sin éxito, a qué familia judía habría pertenecido aquella casa: si sus habitantes sobrevivirían al Holocausto, y si lo hicieron, qué clase de vida encontrarían al volver a casa. De esa pregunta surge Kanada. La novela cuenta la experiencia de un superviviente de Auschwitz aquejado por un grave síndrome de estrés postraumático, que tras regresar a su ciudad decide no volver a salir de casa y reproducir así de manera simbólica el encierro que ha padecido en el campo de concentración.

En la antología de relatos Bajo treinta (Salto de Página, 2013) elegiste a catorce escritores de menos de treinta años. ¿Qué criterio seguiste para realizar esta selección? ¿Qué utilidad pueden tener para el lector, o las editoriales, libros como éste?

Me basé en criterios de estricta calidad, lo que por supuesto no quiere decir que como antólogo no tuviera mis sesgos y mis puntos ciegos. Pasados los años, creo que la selección tiene no pocos aciertos. Me alegro de haber identificado a algunos autores que han seguido escribiendo obras de gran calidad y reconocimiento, como Cristina Morales, Víctor Balcells, Aixa de la Cruz o Guillermo Aguirre, por citar algunos. Por supuesto, también tiene grandes ausencias: en mi defensa he de decir que algunos miembros de la generación que se han revelado como brillantes narradores en los años siguientes aún no habían publicado sus primeros libros en el momento en que apareció la antología.

La utilidad de este tipo de listas es ayudar a establecer un discurso sobre la literatura del presente, así como brindarnos una forma rápida de adentrarnos en nuevas propuestas narrativas. Para mí mismo fue esencial como lector la antología Granta que se publicó en 2010, gracias a la cual escuché hablar por primera vez de algunos narradores extraordinarios.

“En una época en la que cada vez tenemos menos tiempo para leer y menos capacidad de concentración, el público demanda novelas que creen un mundo narrativo duradero, al que regresar cada vez que nos sentamos a leer”: Juan Gómez Bárcena.

Impartes clases de escritura creativa; es una actividad a la que suelen dedicarse los escritores. ¿Podrías hablarnos un poco sobre tu experiencia?

En mis talleres se reúnen un máximo de trece alumnos, casi siempre con perfiles e intereses muy variados. Sólo tienen en común una cosa: todos buscan comprometerse en la escritura de un proyecto de largo aliento, ya sea una novela, un libro de relatos o un libro de no-ficción. Generalmente tienen edades y niveles muy diferentes, y está bien que sea así: los alumnos más fogueados en la escritura se convierten en un modelo para los menos experimentados, y éstos ofrecen a los primeros una referencia muy útil: un ejemplo del modo en que sus textos van a ser interpretados por el lector medio. Por mi parte, yo actúo como una suerte de tutor que guía a cada alumno en la dirección que necesita para planificar y desarrollar su proyecto, y también enseño algunas nociones teóricas cuando es necesario.

Juan Gómez Bárcena

Compartes agencia literaria con Jon Bilbao, con el que además coincidiste en la editorial Salto de Página. ¿Conoces la obra del autor asturiano? ¿Qué escritores contemporáneos te interesan?

Conozco y admiro la obra de Jon Bilbao. Me fascina particularmente su libro Como una historia de terror, que se publicó en la editorial Salto de Página y que hoy es casi inencontrable. Ojalá Impedimenta, que hace una labor extraordinaria, se anime a reeditarlo. Entre los escritores del panorama actual, y que podemos considerar con mucha flexibilidad jóvenes –he de confesar que cuanto mayor me hago, más laxamente utilizo esa etiqueta–, me interesa particularmente la obra de Samanta Schweblin, Alejandro Zambra, Fernanda Melchor, Andrés Barba, Cristina Morales o Alana S. Portero.

¿Trabajas en algún nuevo proyecto literario?

Acabo de terminar el primer borrador de un libro de no-ficción, para cuya escritura he contado por cierto con el apoyo de la beca Finestres de ensayo. Aún no tiene título –sospecho que me pelearé con él hasta el día en que lo enviemos a imprenta–, pero puedo decir que se ocupa de un tema que me lleva obsesionando mucho tiempo y que al mismo tiempo cada vez parece preocupar a más personas: la experiencia de la soledad. El libro actúa como una especie de atlas o de mapa, y cada capítulo está dedicado a un espacio geográfico genérico que sirve como metáfora espacial para entender una forma específica de experimentar la soledad. Si mi calendario de trabajo no sufre retrasos, se publicará en otoño en Seix Barral.

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