viernes, 24 de julio de 2026

Las ausencias presentes

En medio de la sofocante ola de calor que castigó a gran parte de Europa a finales de mayo de 2026, el aire acondicionado del Museo Guggenheim Bilbao se volvió una seducción difícil de resistir. Una vez dentro, resultaba igual de difícil ignorar que el edificio de Frank Gehry continúa operando como uno de los dispositivos más eficaces para concentrar arquitectura, turismo y arte en una misma economía de la experiencia.

Después de atravesar los curvilíneos pasillos de piedra caliza –ya profanados en 2001 por Andrea Fraser en la obra Little Frank and his Carp–, se encuentra la primera retrospectiva en España dedicada al célebre artista estadounidense Jasper Johns. Una de las pocas muestras concebidas desde la sucursal vasca del Guggenheim –único recinto donde podrá visitarse hasta diciembre de 2026–, Jasper Johns: Night Driver reúne 133 obras con banderas, dianas, mapas, letras, números y algunas de sus escasas piezas escultóricas, bajo el lente curatorial del crítico y escultor palmesano Enrique Juncosa. En una propuesta que resiste impulsos cronológicos o taxonómicos, Juncosa revela el delicado hilo emocional que aparece y se retracta a cuenta gotas en las distintas series de Johns, un aspecto marginado desde la aparente impenetrabilidad de las operaciones artísticas conceptuales.

En oposición al geometrismo abstracto y a la esencialidad de la superficie plana de la pintura decretada por Clement Greenberg durante la primera mitad del siglo XX, la práctica de Jasper Johns puede abordarse como una suerte de enlace entre el dadaísmo y el arte pop y el arte conceptual y el minimalismo que, desde su carácter liminal, se empeñó en esquivar clasificaciones estilísticas.

Adentrarse en un recorrido en el que la bandera estadounidense se encuentra continuamente representada –la icónica serie que Johns comenzó entre 1954 y 1955– implica la desactivación de cualquier lectura geopolítica. Esta operación entra en conflicto con el escenario global actual y las transformaciones estructurales que para Benjamin H.D. Buchloh han terminado por cooptar el dominio universal del consumo espectacularizado del arte y que, en este caso, parecieran dirigir las interpretaciones automáticamente hacia la carga simbólica que la imagen condensa (y menos hacia una ruptura de la tendencia bidimensional que dominó la pintura estadounidense de posguerra o de un razonamiento sobre el acto y el lenguaje de la pintura en sí).

Jasper Johns

Jasper Johns, En memoria de mis sentimientos – Frank O’Hara (1961). Museum of Contemporary Art Chicago. Donación parcial de Apollo Plastics Corporation. Cortesía de Stefan T. Edlis y H. Gael Neeson. © Jasper Johns, VEGAP, Bilbao, 2026

Quizá todo comienza a tener más sentido al experimentar el trampantojo de su obra Flags (1965), en la que después de ver por noventa segundos el centro de la bandera superior –que tiene verde, naranja y negro– se produce un efecto óptico si se mira hacia el centro del recuadro inferior gris, donde se proyectan los colores inversos –rojo, azul y blanco–, que son los del estandarte de EEUU. Aquí Johns obliga al espectador a producir una imagen ausente que, más allá de una maniobra óptica, resulta en la manifestación del observador como último responsable del sentido de la pieza. Como escribió Adorno: “La verdadera relación con una obra de arte no es tanto que esta […] se adecue a una nueva situación, como que en la obra misma se descifre aquello a lo que históricamente se reacciona de manera distinta”.

La lectura afectiva planteada por Juncosa sobre la obra de Johns se hace particularmente visible en los monocromos gris oscuro –dispersos en todas las salas de la muestra–, como si la densidad de estas tonalidades escondiera la promesa de un dominio interior, de una profundidad espacial a la que no tenemos acceso. En el caso de Beckett (2005), Johns incluso añade bisagras en los extremos laterales del óleo y encáustica sobre tela, simulando la posibilidad de abrir o cerrar la pared de piedra; o en el ensamblaje Drawer (1961), un cajón cerrado despierta la necesidad de fisgonear en su interior. Además de Samuel Beckett –con quien publicó en 1976 el libro ilustrado Foirades/Fizzles–, el artista mantuvo un diálogo creativo con otros personajes literarios, como en la encáustica Tennyson (1958), en homenaje al poeta inglés Alfred Tennyson, o en el óleo sobre tela con objetos In Memory of My Feelings – Frank O’Hara (1961). En este último –réplica visual al poema del mismo nombre de su amigo cercano–, el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago encontró recientemente el pentimento de una calavera junto a las palabras “Dead Man”1.

Todavía en terrenos grises, indeterminados, aparece Night Driver (1960), la obra que da título a la muestra y que finalmente no fue prestada para la exhibición. En un juego esta vez accidental, más cercano a la ética que a la estética, nos vemos nuevamente obligados a pensar una imagen ausente. El monocromo de carboncillo, pastel y collage, evoca la memoria personal de Johns de manejar un automóvil de noche por primera vez (“es menester conocer la noche”, decía Camus en 1951), y alude, como en Drawer o Tennyson, al sistema emocional y compositivo de Mark Rothko. El insistente retorno de Johns hacia objetos suspendidos entre la cotidianidad y el primer plano suscita una sensación de extrañeza que convierte lo familiar en algo sigilosamente absurdo. En esa resistencia a entregarse por completo, la emoción deja de ser un contenido que la obra comunica para convertirse en la condición misma de su opacidad. Su intimidad no se revela: se sostiene precisamente en aquello que permanece inaccesible.

La ausencia de Night Driver obliga a pensar que ninguna exposición se compone únicamente de las obras que exhibe2. También la constituyen las piezas ausentes y las condiciones que regulan su circulación. Cuando esas condiciones adquieren más protagonismo que las propias obras, la experiencia estética comienza a desplazarse hacia otra economía: la del préstamo, la itinerancia, la gestión y el espectáculo. Es ahí donde la retrospectiva de Jasper Johns encuentra un interlocutor inesperado en la historia reciente de la Colección Gelman.

Frida Kahlo, Diego en mi pensamiento (1943). Colección Gelman Santander

Relatos modernos. Obras emblemáticas de la Colección Gelman Santander se inauguró en febrero de 2026 en el Museo de Arte Moderno (MAM) de la Ciudad de México. Originalmente prevista hasta el 17 de mayo, la exposición extendió su cierre al 19 de julio, último día de la Copa Mundial de Futbol, para el gusto de la afición. El título de la muestra adjuntó por primera vez el nombre “Santander” al de Jacques y Natasha Gelman, artífices de una de las colecciones privadas más importantes de arte mexicano que integra, entre otras obras, once pinturas de Frida Kahlo. La operación nominal anunciaba, por un lado, que la colección sería gestionada a partir de septiembre desde el Faro Santander –el nuevo complejo cultural de la región cantábrica, instalado por el banco español en un edificio de 1795 adaptado por el arquitecto británico David Chipperfield– y, por otro, omitía el apellido de su propietario desde 2023: el empresario regiomontano Marcelo Zambrano Alanís.

Esta maniobra, sumada a otras inconsistencias en la comunicación de las instituciones involucradas, reactivó las preguntas que diversos agentes culturales han planteado desde que el albacea Robert Roos Littman asumió la gestión de la colección tras la muerte de Natasha Gelman, en 1998. Entre ellas destaca una especialmente relevante: si el convenio con Faro Santander contraviene la protección del patrimonio cultural prevista en la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos.

A través de la Fundación Vergel, Littman mantuvo la colección en constante circulación. Recorrió Francia, Argentina, Brasil, España y Estados Unidos, hasta que en 2004 regresó a México con el primer proyecto para exhibirla de manera permanente en un museo privado –y, significativamente, fuera de la capital–: el Centro Cultural Muros, en Cuernavaca. En 2007, varias obras de la colección integraron la exposición Frida Kahlo, 1907-2007: homenaje nacional, organizada por el Museo del Palacio de Bellas Artes, que posteriormente viajó a Minneápolis, Filadelfia y San Francisco; paradójicamente, en México tuvo su estancia más breve. La muestra también dejó una imagen elocuente: mientras se celebraba una inauguración privada, un grupo de personas que no logró ingresar coreaba desde la explanada de avenida Juárez y eje Lázaro Cárdenas “¡Frida es del pueblo!”.

La estancia de la colección en Cuernavaca concluyó en 2008 a raíz de una serie de litigios que comprometieron su seguridad3. Dos años después comenzó una nueva etapa de itinerancia internacional: entre 2010 y 2012 viajó a Turquía, Irlanda, Inglaterra y Suecia. A partir de 2014, la Fundación Vergel estableció una alianza con MondoMostre (MoMo), empresa italiana especializada en exposiciones blockbuster, responsable de mantener la colección en circulación hasta 2023 mediante once exhibiciones internacionales4.

Durante casi tres décadas, la Colección Gelman ha operado bajo un régimen de circulación que ha terminado por producir buena parte de su valor simbólico. Lo decisivo no ha sido únicamente dónde se exhiben las obras, sino qué instituciones administran y legitiman sus desplazamientos, bajo qué marcos legales circulan y qué relato acompaña cada itinerancia. La flexibilidad con la que se ha interpretado la ley ha permitido consolidar este régimen y hace previsible que los Zambrano busquen renovar el convenio con Faro Santander más allá de 2030, aun cuando hayan declarado que la intención es que las obras vuelvan múltiples veces a México (Reforma, 29 de marzo de 2026).

También conviene interrogar los efectos de la jerarquización que promueve la propia legislación. Toda declaratoria patrimonial selecciona y excluye: protege unas obras mientras deja otras fuera de ese marco de reconocimiento. Sin embargo, tampoco garantiza que aquellas declaradas patrimonio sean efectivamente accesibles al público. La ley regula su circulación, pero no asegura su visibilidad.

En este sentido, el caso de Frida Kahlo es ejemplar. Su enorme presencia en museos y exposiciones internacionales contrasta con las dificultades para acceder a buena parte de su obra en México. Esto muestra que la discusión necesita expandirse más allá de la permanencia física de las piezas dentro del territorio nacional: una obra puede estar en México y permanecer inaccesible; también puede viajar y seguir cumpliendo una función pública. Por otro lado, están los relatos que acompañan su imagen, en los que suele evitarse cualquier asociación con un posicionamiento político específico. Un ejemplo es Frida: The Making of an Icon, el blockbuster organizado por la Tate Modern de Londres. La exposición aborda la obra de Kahlo como un fenómeno de consumo cultural y sostiene que su circulación masiva y la devoción que despierta continúan arraigadas en una figura de resistencia e identidad. Sin embargo, esa construcción simbólica se logra dejando en segundo plano –cuando no suprimiendo por completo– su militancia comunista y las implicaciones políticas que atravesaron tanto su producción artística como su trayectoria personal.

La retórica nacionalista opera como un significante de gran plasticidad: su contenido se articula de manera distinta según la posición de enunciación y el interlocutor –la ley, las instituciones, el mercado, los consumidores o los activistas culturales–, sin perder por ello su eficacia política. Tal vez el problema no es si la Colección Gelman debía permanecer dentro o fuera del país. El problema es que, después de treinta años de itinerancia, ha terminado funcionando exactamente igual dentro que fuera: como un dispositivo de circulación cuyo valor depende menos de las obras que de la capacidad institucional para convertirlas, una vez más, en acontecimiento. Lejos de resolverse, este caso mantiene abiertas las preguntas sobre el sentido público del patrimonio y las condiciones bajo las cuales su circulación produce, administra y legitima su valor.

  1. En 1966, el también crítico y curador de cuarenta años Frank O’Hara, perdió la vida en un trágico accidente. La primera línea del poema de 1956 “In Memory of My Feelings”, versa: “The dead hunting and the alive, haunted”.
  2. De las 133 obras presentes en el catálogo de Jasper Johns: Night Driver, 44 pertenecen al artista, 41 a museos institucionales, 28 a colecciones particulares y 20 son ediciones de casas editoriales.
  3. Las variadas disputas legales que atraviesan a la historia de la Colección Gelman han sido extensamente documentadas por numerosos medios electrónicos; ver, por ejemplo, “La ruta del dinero detrás de la colección Gelman”.
  4. Aquí el listado completo, con excepción de las organizadas en el NSU Museum of Art, Fort Lauderdale, Florida, en 2015; Palacio Albergati, Bolonia, y The Heard Museum, Arizona, de 2016 a 2017; y en el Cobra Museum, Amstelveen, Países Bajos, en 2021): Palazzo Ducale, Génova (2014-2015); North Carolina Museum of Art, Raleigh, EEUU (2019-2020); Frist Art Museum, Nashville (2019); Denver Art Museum, Denver (2020-2021); Musée National des Beaux-Arts du Québec (2020); Albuquerque Museum (2021); Norton Museum of Art, West Palm Beach (2021-2022); The Portland Art Museum (2022); Philbrook Museum of Art, Tulsa (2022); Auckland Art Gallery, Auckland, Nueva Zelanda (2022-2023); Art Gallery of South Australia, Adelaide (2023).

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jueves, 23 de julio de 2026

Literatura en la sociedad del rendimiento

En La sociedad del cansancio (2010), Byung-Chul Han describe el cambio de la sociedad disciplinaria teorizada por Michel Foucault a la sociedad del rendimiento en la que, según él, nos encontramos. Para unos popular y superficial, para otros un preciso descriptor de nuestros tiempos, el filósofo plantea la extendida tesis según la cual el sujeto se autoexplota, como si hubiese interiorizado la disciplina y no necesitara ya de presión externa para rendir.

Al parecer el individuo contemporáneo tiene que satisfacer una demanda invisible, que define la vida exclusivamente en términos de trabajo. En consecuencia, las preguntas ¿quién soy? o ¿qué hago en este mundo? son reemplazadas por cuestionamientos en torno a las actividades productivas: ¿cuál es mi trabajo, mi función en este mundo? No hay más Yo que el Yo profesional. Las tareas autoimpuestas se multiplican y, dado que la producción no tiene límites, la autoexplotación tampoco. El sujeto se valida al producir, existe para producir. Importa menos lo que crea que el hecho de hacerlo; bajo esa premisa, vive para trabajar y edifica una identidad a partir de ello. Soy aquello en lo que trabajo. Soy mi trabajo.

Entender lo escrito por Byung-Chul Han y proyectarlo hacia los demás procede de haber participado yo misma de la autoexplotación. ¿Por qué lo permitimos? ¿Qué mecanismos operan dentro de nosotros? ¿Por qué no lo vemos? Abrir los ojos, o mantenerlos cerrados lo suficiente para cambiar nuestra perspectiva al abrirlos de nuevo, es un acto de autopreservación que procede del autoconocimiento. Resulta fascinante descubrir que las tres máximas más conocidas del Oráculo de Delfos resuenan en este conflicto: “Conócete a ti mismo” como punto de partida; “Nada en demasía” como el límite que hemos perdido; y, finalmente, “El compromiso trae la ruina” –ese pacto invisible con uno mismo y con el sistema (¿no es uno también el sistema?)–, la advertencia de que empeñar el propio ser como garantía siempre nos deja en ruinas.

La literatura también se ha visto afectada por la dinámica de producción perpetua, donde lo importante es la actividad constante. Los parámetros originalmente diseñados para ciertas industrias se han incorporado al medio literario, aunque no parece ser un problema nuevo. Hace más de un siglo José Carlos Mariátegui escribió en “El artista y la época” (1925): “El renombre se fabrica a base de publicidad”. Y agregó: “Se lanza a un artista más o menos por los mismos medios que un producto o un negocio cualquiera”.

Bajo esta lógica mercantil, aquel viejo reducto del “arte por el arte” se ha convertido en “producir por producir”. Libros, revistas, entrevistas, apariciones, publicaciones, menciones. A ello se suma el aparato mercadotécnico encargado de generar la demanda. El escritor se ve obligado a escribir más, a promocionarse más, a tener más contactos que puedan servir para el beneficio propio, a tener más seguidores en las redes sociales, más apariciones en los espacios públicos. Se trata de la “producción de atención”, como la llama Han en La sociedad de la transparencia (2012): “La comunicación alcanza su máxima velocidad allí donde lo igual responde a lo igual, cuando tiene lugar una ‘reacción en cadena de lo igual’”. Estos factores carecen de importancia literaria, pero distorsionan la recepción de las obras e impiden determinar su relevancia. En su tiempo “libre”, el escritor se dedica a crear el eco de su escritura, a anunciar los resultados de su rendimiento.

“La conquista del bienestar y de la fama resulta en verdad muy dura en estos tiempos”, escribió Mariátegui en “El artista y la época”. Cien años después, el anhelo es tan intenso que estimula al sujeto (y al escritor) a arrancar la maquinaria de la mercadotecnia para autopromoverse –una forma peculiar del Yo, que se trata a sí mismo como otro, como una mercancía. ¿Qué podría calmar esta agitación existencial? El éxito. Pero ¿quiénes somos ante esta entrega fiel al trabajo, a la fatiga y la búsqueda del éxito? La demanda invisible no deja de exigirnos. Nos mantenemos sofocados, al borde del colapso, pero produciendo, mostrando a los demás los nuevos proyectos. La frase más común de nuestro tiempo parece ser: “Tengo mucho trabajo”. Otra muy frecuente: “¿En qué estás trabajando?”. La vida ocurre entre un proyecto y otro, entre la adrenalina producida por éstos y el agotamiento posterior.

¿Por qué tenemos que proyectar una imagen de nosotros como seres laborales, que viven para el trabajo? ¿Acaso no hay otras maneras de existir? La internalización de los procesos de producción y mercadotecnia crea una manera muy específica de ver el mundo, una mirada que convence de su utilidad. Me pregunto cómo escapar de esas fuerzas invisibles para crear y existir desde otro lugar. La frase “No dejes de soñar” parece una broma: ¿acaso se puede soñar desde un estado de extenuación total? Y, sin embargo, funciona con la misma lógica de la salvación celestial: ofrece al sujeto desesperado una promesa de vida después de la fatiga, un más allá secularizado donde el sufrimiento de hoy se justifica por la gloria del mañana.

El esfuerzo es una categoría moral del buen ciudadano, que ejerce activamente su libertad y forma su futuro. Es amo de su presente y de su futuro. Pero al final, como dice Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio, “[e]l sujeto que está obligado a rendir se mata a base de autorrealizarse. Aquí coincide la autorrealización y la autodestrucción”. A mi parecer, el sujeto no se destruye solamente por el rendimiento excesivo –en algún punto encontrará que no puede hacer y no puede ser–, sino también por el desdoblamiento que abre una grieta insalvable: una guerra fría entre el Yo que sólo rinde y el Yo consciente que observa, impotente y culpable, su propia explotación.

Nos hallamos en una competencia perpetua, con nosotros mismos y con los demás. La colaboración no es posible porque contradice el espíritu competitivo, que pide demostrar que uno puede más que el otro. Mientras tanto, leemos en Escritos para desocupados (2019), de Vivian Abenshushan: “de pronto miramos el reloj y ya somos treinta años más viejos”. O como dice José García en El libro vacío (1958) de Josefina Vicens: “¿Cómo iba yo a saber que la acumulación de estos ‘mañana’ que ni siquiera distinguía, y que sin notarlo ya eran ‘hoy’ y ‘ayer’, harían pasar no sólo el tiempo, sino mi tiempo, el único mío?”.

Ante la constante pérdida de días y meses de existir, de estar, ¿qué esperamos, cada uno solo en su mundo hermético, cerrado hace tiempo? Habitamos nuestros planetas privados mientras esperamos reconocimiento y aceptación. Pero sólo encontramos más soledad, pues en realidad nadie escucha, mira o lee. Todos están mortalmente ocupados.

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Literatura en la sociedad del rendimiento

En La sociedad del cansancio (2010), Byung-Chul Han describe el cambio de la sociedad disciplinaria teorizada por Michel Foucault a la sociedad del rendimiento en la que, según él, nos encontramos. Para unos popular y superficial, para otros un preciso descriptor de nuestros tiempos, el filósofo plantea la extendida tesis según la cual el sujeto se autoexplota, como si hubiese interiorizado la disciplina y no necesitara ya de presión externa para rendir.

Al parecer el individuo contemporáneo tiene que satisfacer una demanda invisible, que define la vida exclusivamente en términos de trabajo. En consecuencia, las preguntas ¿quién soy? o ¿qué hago en este mundo? son reemplazadas por cuestionamientos en torno a las actividades productivas: ¿cuál es mi trabajo, mi función en este mundo? No hay más Yo que el Yo profesional. Las tareas autoimpuestas se multiplican y, dado que la producción no tiene límites, la autoexplotación tampoco. El sujeto se valida al producir, existe para producir. Importa menos lo que crea que el hecho de hacerlo; bajo esa premisa, vive para trabajar y edifica una identidad a partir de ello. Soy aquello en lo que trabajo. Soy mi trabajo.

Entender lo escrito por Byung-Chul Han y proyectarlo hacia los demás procede de haber participado yo misma de la autoexplotación. ¿Por qué lo permitimos? ¿Qué mecanismos operan dentro de nosotros? ¿Por qué no lo vemos? Abrir los ojos, o mantenerlos cerrados lo suficiente para cambiar nuestra perspectiva al abrirlos de nuevo, es un acto de autopreservación que procede del autoconocimiento. Resulta fascinante descubrir que las tres máximas más conocidas del Oráculo de Delfos resuenan en este conflicto: “Conócete a ti mismo” como punto de partida; “Nada en demasía” como el límite que hemos perdido; y, finalmente, “El compromiso trae la ruina” –ese pacto invisible con uno mismo y con el sistema (¿no es uno también el sistema?)–, la advertencia de que empeñar el propio ser como garantía siempre nos deja en ruinas.

La literatura también se ha visto afectada por la dinámica de producción perpetua, donde lo importante es la actividad constante. Los parámetros originalmente diseñados para ciertas industrias se han incorporado al medio literario, aunque no parece ser un problema nuevo. Hace más de un siglo José Carlos Mariátegui escribió en “El artista y la época” (1925): “El renombre se fabrica a base de publicidad”. Y agregó: “Se lanza a un artista más o menos por los mismos medios que un producto o un negocio cualquiera”.

Bajo esta lógica mercantil, aquel viejo reducto del “arte por el arte” se ha convertido en “producir por producir”. Libros, revistas, entrevistas, apariciones, publicaciones, menciones. A ello se suma el aparato mercadotécnico encargado de generar la demanda. El escritor se ve obligado a escribir más, a promocionarse más, a tener más contactos que puedan servir para el beneficio propio, a tener más seguidores en las redes sociales, más apariciones en los espacios públicos. Se trata de la “producción de atención”, como la llama Han en La sociedad de la transparencia (2012): “La comunicación alcanza su máxima velocidad allí donde lo igual responde a lo igual, cuando tiene lugar una ‘reacción en cadena de lo igual’”. Estos factores carecen de importancia literaria, pero distorsionan la recepción de las obras e impiden determinar su relevancia. En su tiempo “libre”, el escritor se dedica a crear el eco de su escritura, a anunciar los resultados de su rendimiento.

“La conquista del bienestar y de la fama resulta en verdad muy dura en estos tiempos”, escribió Mariátegui en “El artista y la época”. Cien años después, el anhelo es tan intenso que estimula al sujeto (y al escritor) a arrancar la maquinaria de la mercadotecnia para autopromoverse –una forma peculiar del Yo, que se trata a sí mismo como otro, como una mercancía. ¿Qué podría calmar esta agitación existencial? El éxito. Pero ¿quiénes somos ante esta entrega fiel al trabajo, a la fatiga y la búsqueda del éxito? La demanda invisible no deja de exigirnos. Nos mantenemos sofocados, al borde del colapso, pero produciendo, mostrando a los demás los nuevos proyectos. La frase más común de nuestro tiempo parece ser: “Tengo mucho trabajo”. Otra muy frecuente: “¿En qué estás trabajando?”. La vida ocurre entre un proyecto y otro, entre la adrenalina producida por éstos y el agotamiento posterior.

¿Por qué tenemos que proyectar una imagen de nosotros como seres laborales, que viven para el trabajo? ¿Acaso no hay otras maneras de existir? La internalización de los procesos de producción y mercadotecnia crea una manera muy específica de ver el mundo, una mirada que convence de su utilidad. Me pregunto cómo escapar de esas fuerzas invisibles para crear y existir desde otro lugar. La frase “No dejes de soñar” parece una broma: ¿acaso se puede soñar desde un estado de extenuación total? Y, sin embargo, funciona con la misma lógica de la salvación celestial: ofrece al sujeto desesperado una promesa de vida después de la fatiga, un más allá secularizado donde el sufrimiento de hoy se justifica por la gloria del mañana.

El esfuerzo es una categoría moral del buen ciudadano, que ejerce activamente su libertad y forma su futuro. Es amo de su presente y de su futuro. Pero al final, como dice Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio, “[e]l sujeto que está obligado a rendir se mata a base de autorrealizarse. Aquí coincide la autorrealización y la autodestrucción”. A mi parecer, el sujeto no se destruye solamente por el rendimiento excesivo –en algún punto encontrará que no puede hacer y no puede ser–, sino también por el desdoblamiento que abre una grieta insalvable: una guerra fría entre el Yo que sólo rinde y el Yo consciente que observa, impotente y culpable, su propia explotación.

Nos hallamos en una competencia perpetua, con nosotros mismos y con los demás. La colaboración no es posible porque contradice el espíritu competitivo, que pide demostrar que uno puede más que el otro. Mientras tanto, leemos en Escritos para desocupados (2019), de Vivian Abenshushan: “de pronto miramos el reloj y ya somos treinta años más viejos”. O como dice José García en El libro vacío (1958) de Josefina Vicens: “¿Cómo iba yo a saber que la acumulación de estos ‘mañana’ que ni siquiera distinguía, y que sin notarlo ya eran ‘hoy’ y ‘ayer’, harían pasar no sólo el tiempo, sino mi tiempo, el único mío?”.

Ante la constante pérdida de días y meses de existir, de estar, ¿qué esperamos, cada uno solo en su mundo hermético, cerrado hace tiempo? Habitamos nuestros planetas privados mientras esperamos reconocimiento y aceptación. Pero sólo encontramos más soledad, pues en realidad nadie escucha, mira o lee. Todos están mortalmente ocupados.

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martes, 21 de julio de 2026

Cristina Umaña Durán: espacio y respiración

En Los tiempos del aire, exposición en la galería Arte Abierto Pedregal, Cristina Umaña Durán (Bogotá, 1993) convierte la respiración en materia escultórica y en una forma de medir aquello que, por invisible y efímero, suele escapar a nuestra percepción. A través de grandes estructuras inflables que se expanden, se contraen y parecen respirar, la exposición explora la fragilidad del cuerpo, la tensión entre presencia y ausencia y la manera en que el tiempo puede hacerse perceptible a través de sus pausas. En esta conversación, la artista colombiana radicada en México habla sobre la experiencia de la apnea que detonó las piezas y de su interés por crear espacios ambiguos, donde lo familiar se vuelve extraño y cada visitante encuentra su propia relación con el aire, el cuerpo y el tiempo.

En Los tiempos del aire la respiración aparece no sólo como una función biológica, sino como una medida emocional y política del tiempo. ¿En qué momento entendiste que respirar podía convertirse en un lenguaje escultórico y poético dentro de tu práctica?

Hace varios años me dijeron que mi hermana iba a entrar en apnea. Apnea significa ausencia de respiración. El cuerpo empieza a apagar los sistemas no vitales para conservar energía, provocando pausas respiratorias cada vez más largas hasta que finalmente se detienen por completo. Durante tres, cuatro o cinco minutos mi hermana dejaba de respirar y después hacía un suspiro muy profundo. Esa experiencia me hizo ver el aire como un material. Si no había aire, había pausa; su vida estaba en pausa. Era una manera de alargar el tiempo, de seguir vivo pero suspendido. Lo que me impactó fue esa sensación de fragilidad, de hilo, de tensión constante. El tiempo se alarga por esa pausa, no sabes si va a exhalar y va a volver a inhalar o si esa va a ser su última exhalación. Esa fragilidad me puso a ver el tiempo.

“La experiencia de la apnea y la necesidad de ocupar ese espacio se unieron para hacer esculturas inflables que respiran, que están en el borde, que cambian de estado y generan tensión. Si no hay aire es un pedazo de tela”: Cristina Umaña Durán

Hice el primer inflable para una exposición en El Arenero, en Ciudad de México. Era un espacio que medía 33 metros de largo y tenía un techo de sólo dos metros de altura. Era el sótano de una construcción grande sobre Reforma y parecía que uno estuviera en las tripas del edificio. Quería llenar el espacio y pensé en hacer un cuerpo atrapado ahí dentro. Una manera de llenar el espacio era usando el aire como material. La experiencia de la apnea y la necesidad de ocupar ese espacio se unieron para hacer esculturas inflables que respiran, que están en el borde, que cambian de estado y generan tensión. Si no hay aire es un pedazo de tela. Me interesa que estos inflables produzcan una sensación difícil de nombrar, donde uno no termina de entender qué está ocurriendo, pero sí puede quedarse observando algo que normalmente parece imperceptible.

Cristina Umaña Durán

Vista exterior de la exposición Los tiempos del aire, de Cristina Umaña Durán, en Arte Abierto Pedregal, Ciudad de México. Fotografía: Guadalupe Salcedo

Hay algo profundamente contradictorio en tus piezas: son suaves, inflables y aparentemente lúdicas, pero al mismo tiempo evocan órganos, heridas, fragilidad e incluso ansiedad. ¿Qué te interesa de esa tensión entre lo íntimo y lo inquietante?

Me gusta que las piezas estén en el borde entre lo familiar y lo extraño. Que algo pueda sentirse cercano y al mismo tiempo producir incomodidad. Como el cuerpo mismo. Es extraño y frágil, pues es de uno pero también pero también es otro. Es una máquina dentro de uno que realmente no conocemos.

El título de la exposición en Arte Abierto Pedregal retoma una expresión popular colombiana, vinculada a un episodio histórico y sonoro de Bogotá. ¿Cómo dialoga tu muestra personal con esa memoria colectiva? ¿Qué significa para ti ese uso del sonido y del aire en el contexto de la Ciudad de México?

“Me interesa que las piezas estén siempre cerca del colapso, que exista una tensión constante. Que se hinchen hasta casi estallar y después puedan desinflarse también, hasta que se succione todo el aire. Hay algo muy frágil en depender del aire para sostenerse”: Cristina Umaña Durán

La expresión colombiana es “los tiempos del ruido” o “el año del ruido”, y se refiere a un ruido que se oyó en 1687, pero, más que eso, a un mito que ocurrió hace muchos años. Para mí, más allá de la frase, el título tiene que ver con una pregunta sobre cómo medir el aire. El aire es un material que se escapa. ¿Cuánto tiempo dura el aire como material? ¿Cuánto tiempo dura el aire dentro del cuerpo? Más allá de la física, ¿cómo se mide el aire? Hay algo intangible, efímero y volátil en eso, y es lo que realmente me interesa. Una vez hecha la instalación nos dimos cuenta de que el sonido de los motores parecía anunciar algo. Como si una tormenta se avecinara, como si anunciara la llegada del aire. Eso también empezó a tener sentido con el título de la exposición.

En vez de hablar del aire sólo físico, tus obras parecen evidenciar su dependencia y vulnerabilidad. ¿Te interesa pensar estas esculturas como organismos autónomos o como extensiones emocionales del cuerpo humano?

Me interesa que las piezas estén siempre cerca del colapso, que exista una tensión constante. Que se hinchen hasta casi estallar y después puedan desinflarse también, hasta que se succione todo el aire. Hay algo muy frágil en depender del aire para sostenerse. También me interesa que el espacio se modifique mientras eso ocurre. El tiempo empieza a percibirse a través de esos cambios: una pieza que crece ocupa más espacio, respira y después pierde fuerza.

Cristina Umaña Durán

Vista de la exposición Los tiempos del aire, de Cristina Umaña Durán, en Arte Abierto Pedregal, Ciudad de México. Fotografía: Guadalupe Salcedo

Tu trabajo parte muchas veces del dibujo y la escritura antes de convertirse en instalación o performance. ¿Qué ocurre en ese tránsito de lo íntimo y bidimensional a la experiencia espacial e inmersiva para el espectador?

Creo que es una mezcla de cosas. Para mí el dibujo es como un oráculo que me va diciendo hacia dónde ir. Muchas veces aparece antes que la obra y me permite encontrar imágenes o intuiciones que todavía no entiendo del todo. Después, cuando me invitan a un espacio, la obra termina de cobrar forma. Me parece muy importante que la pieza esté cómoda en un lugar, entender cómo se comporta ahí y qué relación establece con la arquitectura. En este caso, por ejemplo, es una obra enorme e hinchada dentro de un centro comercial, un lugar donde la gente va a comprar, a consumir y, de alguna manera, también a hincharse de marcas. Me interesa esa relación.

“Casi siempre trabajo con tela porque es un material que existe entre el dibujo y la escultura. Recibe la línea y la imagen, pero también puede ocupar un espacio y convertirse en cuerpo. Me gusta porque es bidimensional y tridimensional al mismo tiempo”: Cristina Umaña Durán

Casi siempre trabajo con tela porque es un material que existe entre el dibujo y la escultura. Recibe la línea y la imagen, pero también puede ocupar un espacio y convertirse en cuerpo. Me gusta porque es bidimensional y tridimensional al mismo tiempo.

Tus piezas parecen respirar juntas, casi como en una coreografía colectiva. ¿Cómo piensas la relación entre silencio y diferencia dentro de la instalación? ¿Te interesa que el público entre en ese ritmo corporal o prefieres que cada visitante encuentre su propia respiración dentro de la obra?

Me interesa que el público se sorprenda y que no haya una única lectura de las cosas. También me interesa que los cambios dentro del espacio sean casi imperceptibles. A veces las personas sólo se dan cuenta de que la pieza está respirando cuando el inflable las toca o las empuja ligeramente. Hay gente que piensa que es un juego, otras personas me han dicho que les da claustrofobia o miedo entrar, y otras se sorprenden por la monumentalidad de las formas.

No me interesa que el público entre en un ritmo específico ni que tenga una experiencia determinada. Me gusta que la obra no termine de explicarse y que cada persona construya una relación diferente con ella.

Cristina Umaña Durán

Vista exterior de la exposición Los tiempos del aire, de Cristina Umaña Durán, en Arte Abierto Pedregal, Ciudad de México. Fotografía: Guadalupe Salcedo

Los tiempos del aire, de Cristina Umaña Durán, puede visitarse en Arte Abierto Pedregal, Ciudad de México, hasta el 30 de agosto de 2026

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Cristina Umaña Durán: espacio y respiración

En Los tiempos del aire, exposición en la galería Arte Abierto Pedregal, Cristina Umaña Durán (Bogotá, 1993) convierte la respiración en materia escultórica y en una forma de medir aquello que, por invisible y efímero, suele escapar a nuestra percepción. A través de grandes estructuras inflables que se expanden, se contraen y parecen respirar, la exposición explora la fragilidad del cuerpo, la tensión entre presencia y ausencia y la manera en que el tiempo puede hacerse perceptible a través de sus pausas. En esta conversación, la artista colombiana radicada en México habla sobre la experiencia de la apnea que detonó las piezas y de su interés por crear espacios ambiguos, donde lo familiar se vuelve extraño y cada visitante encuentra su propia relación con el aire, el cuerpo y el tiempo.

En Los tiempos del aire la respiración aparece no sólo como una función biológica, sino como una medida emocional y política del tiempo. ¿En qué momento entendiste que respirar podía convertirse en un lenguaje escultórico y poético dentro de tu práctica?

Hace varios años me dijeron que mi hermana iba a entrar en apnea. Apnea significa ausencia de respiración. El cuerpo empieza a apagar los sistemas no vitales para conservar energía, provocando pausas respiratorias cada vez más largas hasta que finalmente se detienen por completo. Durante tres, cuatro o cinco minutos mi hermana dejaba de respirar y después hacía un suspiro muy profundo. Esa experiencia me hizo ver el aire como un material. Si no había aire, había pausa; su vida estaba en pausa. Era una manera de alargar el tiempo, de seguir vivo pero suspendido. Lo que me impactó fue esa sensación de fragilidad, de hilo, de tensión constante. El tiempo se alarga por esa pausa, no sabes si va a exhalar y va a volver a inhalar o si esa va a ser su última exhalación. Esa fragilidad me puso a ver el tiempo.

“La experiencia de la apnea y la necesidad de ocupar ese espacio se unieron para hacer esculturas inflables que respiran, que están en el borde, que cambian de estado y generan tensión. Si no hay aire es un pedazo de tela”: Cristina Umaña Durán

Hice el primer inflable para una exposición en El Arenero, en Ciudad de México. Era un espacio que medía 33 metros de largo y tenía un techo de sólo dos metros de altura. Era el sótano de una construcción grande sobre Reforma y parecía que uno estuviera en las tripas del edificio. Quería llenar el espacio y pensé en hacer un cuerpo atrapado ahí dentro. Una manera de llenar el espacio era usando el aire como material. La experiencia de la apnea y la necesidad de ocupar ese espacio se unieron para hacer esculturas inflables que respiran, que están en el borde, que cambian de estado y generan tensión. Si no hay aire es un pedazo de tela. Me interesa que estos inflables produzcan una sensación difícil de nombrar, donde uno no termina de entender qué está ocurriendo, pero sí puede quedarse observando algo que normalmente parece imperceptible.

Cristina Umaña Durán

Vista exterior de la exposición Los tiempos del aire, de Cristina Umaña Durán, en Arte Abierto Pedregal, Ciudad de México. Fotografía: Guadalupe Salcedo

Hay algo profundamente contradictorio en tus piezas: son suaves, inflables y aparentemente lúdicas, pero al mismo tiempo evocan órganos, heridas, fragilidad e incluso ansiedad. ¿Qué te interesa de esa tensión entre lo íntimo y lo inquietante?

Me gusta que las piezas estén en el borde entre lo familiar y lo extraño. Que algo pueda sentirse cercano y al mismo tiempo producir incomodidad. Como el cuerpo mismo. Es extraño y frágil, pues es de uno pero también pero también es otro. Es una máquina dentro de uno que realmente no conocemos.

El título de la exposición en Arte Abierto Pedregal retoma una expresión popular colombiana, vinculada a un episodio histórico y sonoro de Bogotá. ¿Cómo dialoga tu muestra personal con esa memoria colectiva? ¿Qué significa para ti ese uso del sonido y del aire en el contexto de la Ciudad de México?

“Me interesa que las piezas estén siempre cerca del colapso, que exista una tensión constante. Que se hinchen hasta casi estallar y después puedan desinflarse también, hasta que se succione todo el aire. Hay algo muy frágil en depender del aire para sostenerse”: Cristina Umaña Durán

La expresión colombiana es “los tiempos del ruido” o “el año del ruido”, y se refiere a un ruido que se oyó en 1687, pero, más que eso, a un mito que ocurrió hace muchos años. Para mí, más allá de la frase, el título tiene que ver con una pregunta sobre cómo medir el aire. El aire es un material que se escapa. ¿Cuánto tiempo dura el aire como material? ¿Cuánto tiempo dura el aire dentro del cuerpo? Más allá de la física, ¿cómo se mide el aire? Hay algo intangible, efímero y volátil en eso, y es lo que realmente me interesa. Una vez hecha la instalación nos dimos cuenta de que el sonido de los motores parecía anunciar algo. Como si una tormenta se avecinara, como si anunciara la llegada del aire. Eso también empezó a tener sentido con el título de la exposición.

En vez de hablar del aire sólo físico, tus obras parecen evidenciar su dependencia y vulnerabilidad. ¿Te interesa pensar estas esculturas como organismos autónomos o como extensiones emocionales del cuerpo humano?

Me interesa que las piezas estén siempre cerca del colapso, que exista una tensión constante. Que se hinchen hasta casi estallar y después puedan desinflarse también, hasta que se succione todo el aire. Hay algo muy frágil en depender del aire para sostenerse. También me interesa que el espacio se modifique mientras eso ocurre. El tiempo empieza a percibirse a través de esos cambios: una pieza que crece ocupa más espacio, respira y después pierde fuerza.

Cristina Umaña Durán

Vista de la exposición Los tiempos del aire, de Cristina Umaña Durán, en Arte Abierto Pedregal, Ciudad de México. Fotografía: Guadalupe Salcedo

Tu trabajo parte muchas veces del dibujo y la escritura antes de convertirse en instalación o performance. ¿Qué ocurre en ese tránsito de lo íntimo y bidimensional a la experiencia espacial e inmersiva para el espectador?

Creo que es una mezcla de cosas. Para mí el dibujo es como un oráculo que me va diciendo hacia dónde ir. Muchas veces aparece antes que la obra y me permite encontrar imágenes o intuiciones que todavía no entiendo del todo. Después, cuando me invitan a un espacio, la obra termina de cobrar forma. Me parece muy importante que la pieza esté cómoda en un lugar, entender cómo se comporta ahí y qué relación establece con la arquitectura. En este caso, por ejemplo, es una obra enorme e hinchada dentro de un centro comercial, un lugar donde la gente va a comprar, a consumir y, de alguna manera, también a hincharse de marcas. Me interesa esa relación.

“Casi siempre trabajo con tela porque es un material que existe entre el dibujo y la escultura. Recibe la línea y la imagen, pero también puede ocupar un espacio y convertirse en cuerpo. Me gusta porque es bidimensional y tridimensional al mismo tiempo”: Cristina Umaña Durán

Casi siempre trabajo con tela porque es un material que existe entre el dibujo y la escultura. Recibe la línea y la imagen, pero también puede ocupar un espacio y convertirse en cuerpo. Me gusta porque es bidimensional y tridimensional al mismo tiempo.

Tus piezas parecen respirar juntas, casi como en una coreografía colectiva. ¿Cómo piensas la relación entre silencio y diferencia dentro de la instalación? ¿Te interesa que el público entre en ese ritmo corporal o prefieres que cada visitante encuentre su propia respiración dentro de la obra?

Me interesa que el público se sorprenda y que no haya una única lectura de las cosas. También me interesa que los cambios dentro del espacio sean casi imperceptibles. A veces las personas sólo se dan cuenta de que la pieza está respirando cuando el inflable las toca o las empuja ligeramente. Hay gente que piensa que es un juego, otras personas me han dicho que les da claustrofobia o miedo entrar, y otras se sorprenden por la monumentalidad de las formas.

No me interesa que el público entre en un ritmo específico ni que tenga una experiencia determinada. Me gusta que la obra no termine de explicarse y que cada persona construya una relación diferente con ella.

Cristina Umaña Durán

Vista exterior de la exposición Los tiempos del aire, de Cristina Umaña Durán, en Arte Abierto Pedregal, Ciudad de México. Fotografía: Guadalupe Salcedo

Los tiempos del aire, de Cristina Umaña Durán, puede visitarse en Arte Abierto Pedregal, Ciudad de México, hasta el 30 de agosto de 2026

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lunes, 20 de julio de 2026

El teatro como trinchera

¿Puede una representación cambiar el mundo? Cuando la literatura cohabita con lo político es imposible no hacer la pregunta. Surge después de cada línea leída, junto a la rabia y la impotencia. Es el caso de Dos Nogales. Partitura dramática coral en una sola jornada, texto dramático de Hugo Salcedo (Ciudad Guzmán, 1964). Publicada por Ediciones Ibero en edición bilingüe, la obra aborda uno de los temas más relevantes de la actualidad: la migración. Salcedo nos desafía a responder la pregunta.

Inscritas en el teatro de frontera, las piezas del dramaturgo mexicano se caracterizan por conjuntar política y representación teatral. Ya lo hizo con Música de balas (UAM, 2012), obra que habla sobre el crimen organizado y sus consecuencias en todos los sectores socioeconómicos; en Nosotras que los queremos tanto (Ediciones Ibero, 2020), que aborda el tema de la violencia de género; en El príncipe de Atlacomulco (Ediciones Ibero, 2023), farsa política que desenmascara un país en descomposición. Valdría, entonces, decir que esto no es algo nuevo para Salcedo. Sus obras, una y otra vez, nos confrontan: ¿esto que lees, que ves, tiene el poder de cambiar algo? 

Hugo Salcedo comenzó a escribir Dos Nogales luego de su primera visita al Albergue Casa de la Misericordia y Todas las Naciones en Nogales. Es un texto dramático que transcurre en una sola jornada; a través de ocho actos, se materializa por medio de entrevistas a informantes en estado migratorio para la petición de asilo a Estados Unidos. La obra fue estrenada en inglés por la Compañía de Teatro Dignidad y la Coalición de Derechos Humanos el 9 de mayo de 2024, en Tucson, Arizona.

Con escenografía mínima, una sola luz en el escenario, un telar sin telón y cinco sillas, los lectores-espectadores entramos a una obra que parece haber comenzado. Desde el inicio somos conscientes de que estamos en una representación, que lo que estamos por atestiguar se encuentra atravesado por la bruma de la ficción y por el juego de la representación.

Hugo Salcedo

“Los orígenes” es la primera escena de la obra y, a modo de manifiesto, uno de los actores nos dice: “América no sólo es el país del norte […] América es un concierto de voces y de contradicciones, una cascada de colores y de imaginación. Una esperanza y una herida. Una voz de lucha y un desgarrado grito de protesta”. Inmediatamente agrega: “También América son miles de héroes anónimos y buscadores de justicia. Activistas asesinados. Periodistas acribillados. Hambruna. Terremoto. Inundación […] América mortal, manantial de sangre, faro de la miseria y el hambre”.

La enumeración, antitética y caótica, proclama una de las demandas más grandes que se le hace al país del norte: América es todo el continente, diverso y plural; violento y ensangrentado; esperanzado y herido. Pero además marca el tono de la obra, lleno de fe, pero también de ira y desilusión. De denuncia y esclarecimiento. Enseguida, en la siguiente escena, uno de los actores enuncia: “Estamos aquí para informar, compartir puntos de vista”. Salcedo nos recuerda que estamos dentro de una representación, que somos cómplices y testigos; retoma el carácter testimonial del texto dramático para mostrarnos los motivos de los migrantes para salir de sus respectivos países y, como menciona uno de sus personajes, utilizar el teatro en una de sus formas más enriquecedoras: como tribuna, foro de exposición y discusión.

¿Por qué se quisieron ir de Estados Unidos? ¿Por qué quieren estar en Estados Unidos? Estas son las preguntas que enmarcan la escena y algunos de los informantes responden, en parte para aliviar la carga y la pena: por falta de trabajo y oportunidades, por miedo, por la delincuencia, por discriminación, por errores que los hicieron huir, por el narco, por dirigentes corruptos, por violencia familiar impune. 

Otra vez podrá aparecer un cuerpo semidesnudo adentro de una fosa que vamos a reconocer por la cicatriz o el tatuaje […] A lo más, quizá, un cuerpo achicharrado por el sol que le ha caído como plomo durante quién sabe cuántos meses. Por eso nos vinimos […] ¿Es una buena razón para no quedarse?

La pregunta es retórica y tiene tintes de ira: ¿es una buena razón para no quedarse? Claro que el miedo, la violencia o la falta de posibilidades económicas son razones suficientes. Salcedo lo sabe y por eso nos cuestiona. La pregunta nos invita a reflexionar sobre la carga prejuiciosa que enmarca a las personas migrantes y nos dice que sus razones, sean las que sean, siempre serán suficientes.

La siguiente escena, “La travesía”, es una de las más crudas de la representación. Uno de los actores toma prestada la voz de Jesús, quien sale de Caracas para narrar a los muertos que ve, a los casi muertos, la corrupción y la desesperanza. Vienen de todos lados, nos cuenta: Venezuela, Colombia, Haití, Ecuador, India, Afganistán, todos hermanados por un objetivo común: encontrar una alternativa a la situación en la que se encuentran; de preferencia, una mejor. 

Sin embargo, la travesía es complicada y, en sus palabras, “la salvación es individual”. Por medio de una acotación que indica la proyección de imágenes de personas que avanzan entre los matorrales en medio de la selva y el río, se narra la violencia del Darién y Acandí. El leitmotiv “selva, selva, selva” acompaña las imágenes y por medio de una topografía detallada imaginamos las subidas y bajadas de las montañas, los animales, los campamentos. El río que se lleva a la gente cuando llueve y no la regresa. Las lanchas que cobran 40 dólares por persona para cruzar. Los agentes a los que les das tu nombre y deciden, con base en una lista que el gobierno les proporciona, si puedes seguir o no. 

El leitmotiv “selva, selva selva” es reemplazado por “plata, plata, plata”. Ahora la selva es de concreto; la complejidad física y emocional de la travesía es desplazada por la económica. Si tienes dinero sigues. Si no, no. Luego llegar a la Ciudad de México, subir al Norte, montarse a la Bestia, amarrarse y esperar lo mejor:

Selva, selva, selva. Lanchas. Balsas. Autobuses, aventones y autobuses. Traficantes, secuestradores, la policía que también extorsiona, de todo. Luego la selva de concreto, la selva de las ciudades con su amontonadero, sus largas distancias y sus ruidos. Sintiendo la mirada de las gentes que nos ven como si fuéramos unos delincuentes, como si nos fuéramos a meter a sus casas, como si fuéramos a quitarles sus empleos, como si fuéramos a arrebatarles el plan de la boca, como si fuéramos a pegarles alguna enfermedad.

Las siguientes tres escenas, “Dos Nogales”, “Las peticiones” y “Garífuna”, exploran la dualidad de las ciudades fronterizas, en este caso Heroica Nogales y Nogales, Arizona, contrapuestas, divididas y mutuamente excluyentes. También, las facilidades implementadas por el gobierno estadounidense para ayudar a los migrantes: la aplicación CPB One, que sólo podían usar si tenían el teléfono adecuado y los datos suficientes, y que aceptaba sólo 40 solicitudes al día para ayudarlos a pedir asilo de su lado –y que, por cierto, ya ha sido eliminada. Y la historia particular de Azucena –no es su nombre real debido al pacto de anonimato con los informantes–, una negra, garífuna, hondureña, siempre sonriente que denuncia el extractivismo y la marginación por parte de los empresarios hondureños y los extranjeros:

Todo lo que hacen blancos y ladinos mestizos, cuesta vidas humanas.

Ellos traen injusticia.

La explotación.

La condición subordinada.

[…]

Tenemos nuestras formas de organización y de funcionamiento.

Pero los ladinos mestizos y los blancos corrompen lo que tocan. 

Destruyen.

Finalmente, en las últimas dos escenas, “Yo tengo pesadillas” y “Dos Nogales”, los actores se preguntan el por qué de su representación, lo que nos lleva a la pregunta del inicio: “De verdad, ¿de verdad consideran que una representación va a cambiar el mundo? Una representación no cambia absolutamente nada, aunque así quisiéramos que fuera, ¿estás de acuerdo? Una obra de teatro no alcanza para mucho”. Esta parte, la más metateatral de la obra, nos invita a nosotros, lectores-espectadores, a reflexionar sobre aquello que leemos y su potencia. Y, si bien la respuesta no es certera, Salcedo expone sus argumentos:

—Una obra de teatro, no. Pero una persona que venga a la representación, por una sola que fuera, la cosa cambia.

[…]

—¿Qué tanto podemos ya cambiar? ¡Ya lo estamos haciendo! ¡Ya estamos cambiando! No estamos cruzados de brazos viendo la miseria y el dolor de la humanidad. Exponemos. Dialogamos. Discutimos. Ponemos la voz y también el cuerpo. Alguien llevará partes de este diálogo a la hora de la cena, en la clase o a la hora del recreo, en la reunión de la oficina, en el supermercado o en el transporte. Nuestra voz irá creciendo hasta pasar de una voz solitaria a un auténtico vocerío, un grito que obligue a mover, al menos un poco, el rumbo de las decisiones de los políticos del mundo. Será un vocerío que pueda levantar la mano. Un vocerío que pueda pronunciarse y elegir. ¡Entonces se verá el efecto de todo lo que hacemos y soñamos! ¡Porque cada uno de nuestros países es parte de esta América real!

Como ha sugerido el académico Eqbal A Alfarhan en su texto “La influencia de la literatura en la sociedad” (2024), “A través de sus historias, personajes y temas, la literatura ofrece una ventana a diferentes culturas, perspectivas y formas de pensar, lo que permite a los lectores ampliar su comprensión del mundo y desafiar sus propios prejuicios”. La obra de Salcedo, con un mínimo uso de la teatralidad –entendida como el decir a través de la materialidad–, nos obliga a concentrarnos en la potencia del lenguaje y la representación. La selva no está ahí, ni tampoco se recrea el albergue; la obra se construye gracias a cinco actores, cinco sillas y las imágenes proyectadas. Sin embargo, eso es suficiente para atestiguar, como lector-espectador, la esperanza y la tragedia de cada uno de los testimonios relatados; desafiar nuestros propios prejuicios. 

Al terminar de escribir este texto me vuelvo a preguntar si una representación puede cambiar el mundo. Peter Handke dice que la literatura es poner al descubierto los lugares todavía no ocupados por el sentido. Y, aunque no me consta que tenga el poder de transformar la realidad, sé que su lugar, en cada una de sus formas, es obligarnos a pensar de otra manera. Y eso Hugo Salcedo lo sabe bien.

Hugo Salcedo, Dos Nogales. Partitura dramática coral en una sola jornada, edición bilingüe, traducción al inglés de Iani del Rosario Moreno, Ediciones Ibero, México, 2026.

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El teatro como trinchera

¿Puede una representación cambiar el mundo? Cuando la literatura cohabita con lo político es imposible no hacer la pregunta. Surge después de cada línea leída, junto a la rabia y la impotencia. Es el caso de Dos Nogales. Partitura dramática coral en una sola jornada, texto dramático de Hugo Salcedo (Ciudad Guzmán, 1964). Publicada por Ediciones Ibero en edición bilingüe, la obra aborda uno de los temas más relevantes de la actualidad: la migración. Salcedo nos desafía a responder la pregunta.

Inscritas en el teatro de frontera, las piezas del dramaturgo mexicano se caracterizan por conjuntar política y representación teatral. Ya lo hizo con Música de balas (UAM, 2012), obra que habla sobre el crimen organizado y sus consecuencias en todos los sectores socioeconómicos; en Nosotras que los queremos tanto (Ediciones Ibero, 2020), que aborda el tema de la violencia de género; en El príncipe de Atlacomulco (Ediciones Ibero, 2023), farsa política que desenmascara un país en descomposición. Valdría, entonces, decir que esto no es algo nuevo para Salcedo. Sus obras, una y otra vez, nos confrontan: ¿esto que lees, que ves, tiene el poder de cambiar algo? 

Hugo Salcedo comenzó a escribir Dos Nogales luego de su primera visita al Albergue Casa de la Misericordia y Todas las Naciones en Nogales. Es un texto dramático que transcurre en una sola jornada; a través de ocho actos, se materializa por medio de entrevistas a informantes en estado migratorio para la petición de asilo a Estados Unidos. La obra fue estrenada en inglés por la Compañía de Teatro Dignidad y la Coalición de Derechos Humanos el 9 de mayo de 2024, en Tucson, Arizona.

Con escenografía mínima, una sola luz en el escenario, un telar sin telón y cinco sillas, los lectores-espectadores entramos a una obra que parece haber comenzado. Desde el inicio somos conscientes de que estamos en una representación, que lo que estamos por atestiguar se encuentra atravesado por la bruma de la ficción y por el juego de la representación.

Hugo Salcedo

“Los orígenes” es la primera escena de la obra y, a modo de manifiesto, uno de los actores nos dice: “América no sólo es el país del norte […] América es un concierto de voces y de contradicciones, una cascada de colores y de imaginación. Una esperanza y una herida. Una voz de lucha y un desgarrado grito de protesta”. Inmediatamente agrega: “También América son miles de héroes anónimos y buscadores de justicia. Activistas asesinados. Periodistas acribillados. Hambruna. Terremoto. Inundación […] América mortal, manantial de sangre, faro de la miseria y el hambre”.

La enumeración, antitética y caótica, proclama una de las demandas más grandes que se le hace al país del norte: América es todo el continente, diverso y plural; violento y ensangrentado; esperanzado y herido. Pero además marca el tono de la obra, lleno de fe, pero también de ira y desilusión. De denuncia y esclarecimiento. Enseguida, en la siguiente escena, uno de los actores enuncia: “Estamos aquí para informar, compartir puntos de vista”. Salcedo nos recuerda que estamos dentro de una representación, que somos cómplices y testigos; retoma el carácter testimonial del texto dramático para mostrarnos los motivos de los migrantes para salir de sus respectivos países y, como menciona uno de sus personajes, utilizar el teatro en una de sus formas más enriquecedoras: como tribuna, foro de exposición y discusión.

¿Por qué se quisieron ir de Estados Unidos? ¿Por qué quieren estar en Estados Unidos? Estas son las preguntas que enmarcan la escena y algunos de los informantes responden, en parte para aliviar la carga y la pena: por falta de trabajo y oportunidades, por miedo, por la delincuencia, por discriminación, por errores que los hicieron huir, por el narco, por dirigentes corruptos, por violencia familiar impune. 

Otra vez podrá aparecer un cuerpo semidesnudo adentro de una fosa que vamos a reconocer por la cicatriz o el tatuaje […] A lo más, quizá, un cuerpo achicharrado por el sol que le ha caído como plomo durante quién sabe cuántos meses. Por eso nos vinimos […] ¿Es una buena razón para no quedarse?

La pregunta es retórica y tiene tintes de ira: ¿es una buena razón para no quedarse? Claro que el miedo, la violencia o la falta de posibilidades económicas son razones suficientes. Salcedo lo sabe y por eso nos cuestiona. La pregunta nos invita a reflexionar sobre la carga prejuiciosa que enmarca a las personas migrantes y nos dice que sus razones, sean las que sean, siempre serán suficientes.

La siguiente escena, “La travesía”, es una de las más crudas de la representación. Uno de los actores toma prestada la voz de Jesús, quien sale de Caracas para narrar a los muertos que ve, a los casi muertos, la corrupción y la desesperanza. Vienen de todos lados, nos cuenta: Venezuela, Colombia, Haití, Ecuador, India, Afganistán, todos hermanados por un objetivo común: encontrar una alternativa a la situación en la que se encuentran; de preferencia, una mejor. 

Sin embargo, la travesía es complicada y, en sus palabras, “la salvación es individual”. Por medio de una acotación que indica la proyección de imágenes de personas que avanzan entre los matorrales en medio de la selva y el río, se narra la violencia del Darién y Acandí. El leitmotiv “selva, selva, selva” acompaña las imágenes y por medio de una topografía detallada imaginamos las subidas y bajadas de las montañas, los animales, los campamentos. El río que se lleva a la gente cuando llueve y no la regresa. Las lanchas que cobran 40 dólares por persona para cruzar. Los agentes a los que les das tu nombre y deciden, con base en una lista que el gobierno les proporciona, si puedes seguir o no. 

El leitmotiv “selva, selva selva” es reemplazado por “plata, plata, plata”. Ahora la selva es de concreto; la complejidad física y emocional de la travesía es desplazada por la económica. Si tienes dinero sigues. Si no, no. Luego llegar a la Ciudad de México, subir al Norte, montarse a la Bestia, amarrarse y esperar lo mejor:

Selva, selva, selva. Lanchas. Balsas. Autobuses, aventones y autobuses. Traficantes, secuestradores, la policía que también extorsiona, de todo. Luego la selva de concreto, la selva de las ciudades con su amontonadero, sus largas distancias y sus ruidos. Sintiendo la mirada de las gentes que nos ven como si fuéramos unos delincuentes, como si nos fuéramos a meter a sus casas, como si fuéramos a quitarles sus empleos, como si fuéramos a arrebatarles el plan de la boca, como si fuéramos a pegarles alguna enfermedad.

Las siguientes tres escenas, “Dos Nogales”, “Las peticiones” y “Garífuna”, exploran la dualidad de las ciudades fronterizas, en este caso Heroica Nogales y Nogales, Arizona, contrapuestas, divididas y mutuamente excluyentes. También, las facilidades implementadas por el gobierno estadounidense para ayudar a los migrantes: la aplicación CPB One, que sólo podían usar si tenían el teléfono adecuado y los datos suficientes, y que aceptaba sólo 40 solicitudes al día para ayudarlos a pedir asilo de su lado –y que, por cierto, ya ha sido eliminada. Y la historia particular de Azucena –no es su nombre real debido al pacto de anonimato con los informantes–, una negra, garífuna, hondureña, siempre sonriente que denuncia el extractivismo y la marginación por parte de los empresarios hondureños y los extranjeros:

Todo lo que hacen blancos y ladinos mestizos, cuesta vidas humanas.

Ellos traen injusticia.

La explotación.

La condición subordinada.

[…]

Tenemos nuestras formas de organización y de funcionamiento.

Pero los ladinos mestizos y los blancos corrompen lo que tocan. 

Destruyen.

Finalmente, en las últimas dos escenas, “Yo tengo pesadillas” y “Dos Nogales”, los actores se preguntan el por qué de su representación, lo que nos lleva a la pregunta del inicio: “De verdad, ¿de verdad consideran que una representación va a cambiar el mundo? Una representación no cambia absolutamente nada, aunque así quisiéramos que fuera, ¿estás de acuerdo? Una obra de teatro no alcanza para mucho”. Esta parte, la más metateatral de la obra, nos invita a nosotros, lectores-espectadores, a reflexionar sobre aquello que leemos y su potencia. Y, si bien la respuesta no es certera, Salcedo expone sus argumentos:

—Una obra de teatro, no. Pero una persona que venga a la representación, por una sola que fuera, la cosa cambia.

[…]

—¿Qué tanto podemos ya cambiar? ¡Ya lo estamos haciendo! ¡Ya estamos cambiando! No estamos cruzados de brazos viendo la miseria y el dolor de la humanidad. Exponemos. Dialogamos. Discutimos. Ponemos la voz y también el cuerpo. Alguien llevará partes de este diálogo a la hora de la cena, en la clase o a la hora del recreo, en la reunión de la oficina, en el supermercado o en el transporte. Nuestra voz irá creciendo hasta pasar de una voz solitaria a un auténtico vocerío, un grito que obligue a mover, al menos un poco, el rumbo de las decisiones de los políticos del mundo. Será un vocerío que pueda levantar la mano. Un vocerío que pueda pronunciarse y elegir. ¡Entonces se verá el efecto de todo lo que hacemos y soñamos! ¡Porque cada uno de nuestros países es parte de esta América real!

Como ha sugerido el académico Eqbal A Alfarhan en su texto “La influencia de la literatura en la sociedad” (2024), “A través de sus historias, personajes y temas, la literatura ofrece una ventana a diferentes culturas, perspectivas y formas de pensar, lo que permite a los lectores ampliar su comprensión del mundo y desafiar sus propios prejuicios”. La obra de Salcedo, con un mínimo uso de la teatralidad –entendida como el decir a través de la materialidad–, nos obliga a concentrarnos en la potencia del lenguaje y la representación. La selva no está ahí, ni tampoco se recrea el albergue; la obra se construye gracias a cinco actores, cinco sillas y las imágenes proyectadas. Sin embargo, eso es suficiente para atestiguar, como lector-espectador, la esperanza y la tragedia de cada uno de los testimonios relatados; desafiar nuestros propios prejuicios. 

Al terminar de escribir este texto me vuelvo a preguntar si una representación puede cambiar el mundo. Peter Handke dice que la literatura es poner al descubierto los lugares todavía no ocupados por el sentido. Y, aunque no me consta que tenga el poder de transformar la realidad, sé que su lugar, en cada una de sus formas, es obligarnos a pensar de otra manera. Y eso Hugo Salcedo lo sabe bien.

Hugo Salcedo, Dos Nogales. Partitura dramática coral en una sola jornada, edición bilingüe, traducción al inglés de Iani del Rosario Moreno, Ediciones Ibero, México, 2026.

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