lunes, 4 de mayo de 2026

El perfil medio

Hace algunos años Lucrecia Martel causó una pequeña controversia cuando se atrevió a ir en contra de las series. Hay que señalar que no atacaba los realities, los programas mañaneros o los resúmenes deportivos, sino a HBO: el lugar de la televisión que se supone de mayor calidad. De modo similar, lo que Damián Tabarovsky insiste en criticar no son los best-sellers de fantasía o romance, sino los libros de W.G. Sebald o Paul Auster, el tipo de libro “encantador, inteligente, bien escrito, razonable, argumentado, seductor, lúcido, documentado, elegante, es decir, absolutamente hueco”. Martel y Tabarovsky dirigen sus dardos hacia el mismo lugar, están hablando de la misma zona de la cultura, no realmente lo “bajo”, no la “chatarra”, sino otra cosa, algo que está en medio.

Es como si nos alertaran de la presencia de un impostor. Todo estaría bien si las series y los libros amenos se pusieran la etiqueta del entretenimiento barato; lo que les molesta realmente es que pretendan ocupar la posición de lo valioso, de lo delicado, de lo arriesgado. Nos hallamos en el territorio del middlebrow o perfil medio: ya Virginia Woolf se quejaba de ese sector intermedio de la cultura, que tiene toda la pretensión de las bellas artes o del arte de vanguardia pero nada de su exigencia, así como la indulgencia del pop pero nada de su candidez. Para Woolf ambos extremos de la producción artística cuentan con un encanto y una razón de ser, lo sospechoso es lo que se encuentra a la mitad.

Algo en la misma dirección se puede encontrar en el argumento de Neil Postman de que, de hecho, la televisión es menos tóxica cuando nos presenta basura evidente y no cuando incursiona en territorios como la política, la ciencia, la historia, etc., cuando invade la plaza de discursos complejos y críticos, los suplanta, los invisibiliza y, en esa zona que se anunciaba como “educativa”, inocula el virus del consumo y la trivialidad. Al menos con la comida chatarra sabemos lo que estamos comiendo, es peor el engaño de una ensalada raquítica con un aderezo de azúcar.

Más allá de la pedantería, la cuestión es que el middlebrow ofrece una respuesta falsa a una necesidad real. Una de las contradicciones fundamentales del arte de vanguardia, como señalaban Adorno y Horkheimer, consiste en pretender la liberación de lo humano pero requerir cada vez mayor esfuerzo para poder ser descifrado, cuando el arte se suponía precisamente el espacio para que la humanidad se aliviara del trabajo, de las tareas tortuosas y las labores de subsistencia. Ha sido siempre abismal la distancia entre las grandes aspiraciones del arte de vanguardia, los enormes efectos que espera tener –la transformación de la vida y la sociedad, en breve– y la poca atención, incluso a veces la hostilidad que recibe del público al que quería liberar.

Para quienes no se conforman con el dictum de Adorno, donde el arte de vanguardia y el arte popular son dos mitades de una misma libertad que nunca se reúnen, más allá de las soluciones institucionales y educativas –ampliar el acceso a las artes, que en un contexto de precariedad y violencia económica suena siempre a poner el carro delante de los bueyes–, y también del eclecticismo individual, poder pasar de un registro a otro, existe siempre la tentación de que el arte mismo, con sus propios medios, en su propia configuración, pueda resolver esa fractura.

El valor del middlebrow es que lo intenta, y su deficiencia es que toma lo malo de cada polo: la pretensión y la búsqueda de estatus del arte elitista (la distinción de Bourdieu), la banalidad y lo repetitivo del pop. Y quizá por ello en muchos casos el perfil medio no resulta tanto un puente entre el “gran arte” y  el arte de masas sino, sobre todo, una variante del arte de las élites, su embrutecimiento. Schönberg advirtió que sólo el camino de en medio no lleva a Roma, pero la mezcla es una estrategia de supervivencia: se trataría de encontrar un en medio que no sea ni mediocre ni conformista sino su propio extremo, una tercera punta.

De cualquier modo, intentos de ese tipo han tenido en el pasado resultados modestos o de plano decepcionantes, modificaciones al interior de un campo autónomo y no la transformación de lo social. Otra pregunta que valdría la pena hacer es si las clases populares necesitan realmente el arte de vanguardia, si acaso mejoraría su vida en lo más mínimo, o si no es algo destinado a los ociosos afortunados –que se pueden dar el lujo de un arte que implica trabajo– y si el intento de expandir sus públicos tiene más que ver con mala conciencia (como un fumador que ofrece cigarros al que se le acerca) que con la identificación de un verdadero problema.

Es desde luego ridícula, en El realismo socialista (Raúl Ruiz, 1973; Valentina Sarmiento, 2023), la obcecación de los intelectuales del Partido Socialista chileno con organizar una enorme campaña de talleres de poesía, cuando al mismo tiempo, en la película, los obreros deciden y sostienen la toma de una fábrica, y cuando sabemos lo que vendrá dentro de poco: el golpe del 11 de septiembre. Aun así, por cursi y absurdo que sea, podemos entender qué había en ese sueño, la verdad que contenía, el síntoma de una humanidad liberada: “cuando cada uno de los habitantes de nuestro país escriba poesía, creo que habremos cumplido con nuestros propósitos básicos”.

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El perfil medio

Hace algunos años Lucrecia Martel causó una pequeña controversia cuando se atrevió a ir en contra de las series. Hay que señalar que no atacaba los realities, los programas mañaneros o los resúmenes deportivos, sino a HBO: el lugar de la televisión que se supone de mayor calidad. De modo similar, lo que Damián Tabarovsky insiste en criticar no son los best-sellers de fantasía o romance, sino los libros de W.G. Sebald o Paul Auster, el tipo de libro “encantador, inteligente, bien escrito, razonable, argumentado, seductor, lúcido, documentado, elegante, es decir, absolutamente hueco”. Martel y Tabarovsky dirigen sus dardos hacia el mismo lugar, están hablando de la misma zona de la cultura, no realmente lo “bajo”, no la “chatarra”, sino otra cosa, algo que está en medio.

Es como si nos alertaran de la presencia de un impostor. Todo estaría bien si las series y los libros amenos se pusieran la etiqueta del entretenimiento barato; lo que les molesta realmente es que pretendan ocupar la posición de lo valioso, de lo delicado, de lo arriesgado. Nos hallamos en el territorio del middlebrow o perfil medio: ya Virginia Woolf se quejaba de ese sector intermedio de la cultura, que tiene toda la pretensión de las bellas artes o del arte de vanguardia pero nada de su exigencia, así como la indulgencia del pop pero nada de su candidez. Para Woolf ambos extremos de la producción artística cuentan con un encanto y una razón de ser, lo sospechoso es lo que se encuentra a la mitad.

Algo en la misma dirección se puede encontrar en el argumento de Neil Postman de que, de hecho, la televisión es menos tóxica cuando nos presenta basura evidente y no cuando incursiona en territorios como la política, la ciencia, la historia, etc., cuando invade la plaza de discursos complejos y críticos, los suplanta, los invisibiliza y, en esa zona que se anunciaba como “educativa”, inocula el virus del consumo y la trivialidad. Al menos con la comida chatarra sabemos lo que estamos comiendo, es peor el engaño de una ensalada raquítica con un aderezo de azúcar.

Más allá de la pedantería, la cuestión es que el middlebrow ofrece una respuesta falsa a una necesidad real. Una de las contradicciones fundamentales del arte de vanguardia, como señalaban Adorno y Horkheimer, consiste en pretender la liberación de lo humano pero requerir cada vez mayor esfuerzo para poder ser descifrado, cuando el arte se suponía precisamente el espacio para que la humanidad se aliviara del trabajo, de las tareas tortuosas y las labores de subsistencia. Ha sido siempre abismal la distancia entre las grandes aspiraciones del arte de vanguardia, los enormes efectos que espera tener –la transformación de la vida y la sociedad, en breve– y la poca atención, incluso a veces la hostilidad que recibe del público al que quería liberar.

Para quienes no se conforman con el dictum de Adorno, donde el arte de vanguardia y el arte popular son dos mitades de una misma libertad que nunca se reúnen, más allá de las soluciones institucionales y educativas –ampliar el acceso a las artes, que en un contexto de precariedad y violencia económica suena siempre a poner el carro delante de los bueyes–, y también del eclecticismo individual, poder pasar de un registro a otro, existe siempre la tentación de que el arte mismo, con sus propios medios, en su propia configuración, pueda resolver esa fractura.

El valor del middlebrow es que lo intenta, y su deficiencia es que toma lo malo de cada polo: la pretensión y la búsqueda de estatus del arte elitista (la distinción de Bourdieu), la banalidad y lo repetitivo del pop. Y quizá por ello en muchos casos el perfil medio no resulta tanto un puente entre el “gran arte” y  el arte de masas sino, sobre todo, una variante del arte de las élites, su embrutecimiento. Schönberg advirtió que sólo el camino de en medio no lleva a Roma, pero la mezcla es una estrategia de supervivencia: se trataría de encontrar un en medio que no sea ni mediocre ni conformista sino su propio extremo, una tercera punta.

De cualquier modo, intentos de ese tipo han tenido en el pasado resultados modestos o de plano decepcionantes, modificaciones al interior de un campo autónomo y no la transformación de lo social. Otra pregunta que valdría la pena hacer es si las clases populares necesitan realmente el arte de vanguardia, si acaso mejoraría su vida en lo más mínimo, o si no es algo destinado a los ociosos afortunados –que se pueden dar el lujo de un arte que implica trabajo– y si el intento de expandir sus públicos tiene más que ver con mala conciencia (como un fumador que ofrece cigarros al que se le acerca) que con la identificación de un verdadero problema.

Es desde luego ridícula, en El realismo socialista (Raúl Ruiz, 1973; Valentina Sarmiento, 2023), la obcecación de los intelectuales del Partido Socialista chileno con organizar una enorme campaña de talleres de poesía, cuando al mismo tiempo, en la película, los obreros deciden y sostienen la toma de una fábrica, y cuando sabemos lo que vendrá dentro de poco: el golpe del 11 de septiembre. Aun así, por cursi y absurdo que sea, podemos entender qué había en ese sueño, la verdad que contenía, el síntoma de una humanidad liberada: “cuando cada uno de los habitantes de nuestro país escriba poesía, creo que habremos cumplido con nuestros propósitos básicos”.

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jueves, 30 de abril de 2026

Los hilos tendidos

Las recientes discusiones sobre el destino de una colección privada con obras señeras de la pintura moderna mexicana –el affaire Gelman–, centradas inevitablemente en cuestiones patrimoniales e implicaciones legales, podrían servir para volver a pensar, desde aristas más interesantes, el asunto del coleccionismo. Tras recorrer Constelaciones y derivas. Arte de América Latina desde la Colección FEMSA, en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO), vino a mi encuentro una de las idiosincrásicas ideas de Walter Benjamin sobre el tema (“Voy a desembalar mi biblioteca”, 1931):

Los niños siempre disponen de la renovación de la existencia como de una práctica centuplicada, nunca entregada a la parálisis. Y de ahí el que para los niños el coleccionismo es solamente un proceso de renovación; otros son, por ejemplo, el pintar los objetos, recortar o calcar, incluyendo ahí toda la escala de los modos infantiles de apropiarse de algo, desde el agarrar hasta el nombrar. Y en efecto, renovar el mundo antiguo constituye el impulso más profundo en el deseo del coleccionista de adquirir cosas nuevas…

Benjamin tuvo poco que decir sobre los acervos institucionales, pero no es difícil asociar el sentido de renovación infantil del pasaje anterior a la actitud de un curador que se dispone a leer, con ojos frescos, una colección corporativa iniciada en 1977 y que no ha dejado de crecer y diversificarse. La Colección FEMSA comenzó siendo moderna pero hoy es también contemporánea, gracias a la intermediación de 15 bienales y la incesante adquisición de obras relevantes de artistas latinoamericanos, especialmente mexicanos. Lo deja claro el inicio de Constelaciones y derivas, que nos recibe con la pintura El maizal (Milpa seca) (1955) del Dr. Atl –la obra inaugural de la colección– para dar paso a la instalación Objetos de mi jardín (2024), de Miguel Fernández de Castro. Ambas hablan de territorio, pero con preocupaciones muy distintas: en una, el paisaje rural y su vínculo identitario con lo mexicano; en la otra, objetos encontrados en los alrededores del desierto de Sonora que hablan de calor, violencia, migración.

Colección FEMSA

Vista de la exposición Constelaciones y derivas. Arte de América Latina desde la Colección FEMSA, Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, 2026. Fotografía: Michelle Lartigue. Cortesía de la Colección FEMSA

“Algo muy importante de tener un acervo es establecer cómo difundirlo, cómo compartirlo, cómo hacerlo dialogar con lo que pasa fuera de él”, plantea Laura Pacheco, gerente de la colección. La curaduría de Paulina Bravo, Beto Díaz Suárez, Eugenia Braniff y Adriana Melchor esquiva los relatos hegemónicos del arte latinoamericano a través de los conceptos incluidos en el título de la exposición. La constelación, tan cara a Benjamin, rompe con la linealidad cronológica a través de la juxtaposición de piezas de distintas procedencias, en configuraciones que propician la aparición de nuevos significados. Los cinco ejes de la muestra –“Territorios”, “Estructuras coloniales”, “Debatiendo la abstracción: geometría y forma”, “Alquimia” e “Identidades”– constelan estéticas, imaginarios y ansiedades políticas, pero además plantean al espectador una deriva, con la que los situacionistas buscaban crear nuevas narrativas en la ciudad, entendida aquí como alegoría de la historia del arte, con sus inamovibles sendas, bordes, distritos, nodos e hitos.

A la vez precisa y sutil, la museografía de los arquitectos Mauricio Mesta y Max von Werz ensambla obras y espacios para permitir diálogos inéditos en las salas del MARCO. Así, José Clemente Orozco y Paloma Contreras entran en una extraña sintonía en “Estructuras coloniales”. Una comunicación enigmática se produce en el despliegue de formas de Lygia Clark, Manuel Felguérez, Gego o Vivian Suter en “Debatiendo la abstracción”. En “Territorios”, Néstor Jiménez y Damián Ortega contrastan sus visiones de la modernidad mexicana. Las pesadillas industriales de Juan O’Gorman son el reverso de las ensoñaciones de Remedios Varo en “Alquimia”. “Algo que nos entusiasma de esta nueva visión”, adelantó Beto Díaz Suárez, “es exaltar las historias que se quedaron al margen del gran relato de la historia del arte, como la experiencia cuir y de los pueblos originarios”; así, dentro del núcleo “Identidades”, el Club discreto (2022) de Alan Sierra se encuentra con las pinturas de Abraham Ángel y Remigio Valdés de Hoyos.

Constelaciones y derivas, que después de su estancia en el MARCO de Monterrey se trasladará al Museo Amparo de Puebla, coloca ante nuestros ojos obras singulares del arte latinoamericano. Piezas de la 15 Bienal FEMSA (2024) cohabitan las salas con obras adquiridas hace medio siglo. El renovado contexto de lectura ignora las distinciones entre lo moderno y lo contemporáneo y teje una red donde cada elemento confronta el presente. El espectador tiene la posibilidad de establecer relaciones entre poéticas, culturas y tiempos, de tender hilos y construir sus propias imágenes, como propuso Benjamin en Obra de los pasajes (1927-1940): “no es que lo pasado venga a volcar su luz en lo presente, o lo presente sobre lo pasado, sino que la imagen es aquella en la cual lo sido se une como un relámpago al ahora para formar una constelación”.

Colección FEMSA

Vista de la exposición Constelaciones y derivas. Arte de América Latina desde la Colección FEMSA, Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, 2026. Fotografía: Michelle Lartigue. Cortesía de la Colección FEMSA

Constelaciones y derivas. Arte de América Latina desde la Colección FEMSA se exhibe en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO) hasta el 9 de agosto de 2026

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Los hilos tendidos

Las recientes discusiones sobre el destino de una colección privada con obras señeras de la pintura moderna mexicana –el affaire Gelman–, centradas inevitablemente en cuestiones patrimoniales e implicaciones legales, podrían servir para volver a pensar, desde aristas más interesantes, el asunto del coleccionismo. Tras recorrer Constelaciones y derivas. Arte de América Latina desde la Colección FEMSA, en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO), vino a mi encuentro una de las idiosincrásicas ideas de Walter Benjamin sobre el tema (“Voy a desembalar mi biblioteca”, 1931):

Los niños siempre disponen de la renovación de la existencia como de una práctica centuplicada, nunca entregada a la parálisis. Y de ahí el que para los niños el coleccionismo es solamente un proceso de renovación; otros son, por ejemplo, el pintar los objetos, recortar o calcar, incluyendo ahí toda la escala de los modos infantiles de apropiarse de algo, desde el agarrar hasta el nombrar. Y en efecto, renovar el mundo antiguo constituye el impulso más profundo en el deseo del coleccionista de adquirir cosas nuevas…

Benjamin tuvo poco que decir sobre los acervos institucionales, pero no es difícil asociar el sentido de renovación infantil del pasaje anterior a la actitud de un curador que se dispone a leer, con ojos frescos, una colección corporativa iniciada en 1977 y que no ha dejado de crecer y diversificarse. La Colección FEMSA comenzó siendo moderna pero hoy es también contemporánea, gracias a la intermediación de 15 bienales y la incesante adquisición de obras relevantes de artistas latinoamericanos, especialmente mexicanos. Lo deja claro el inicio de Constelaciones y derivas, que nos recibe con la pintura El maizal (Milpa seca) (1955) del Dr. Atl –la obra inaugural de la colección– para dar paso a la instalación Objetos de mi jardín (2024), de Miguel Fernández de Castro. Ambas hablan de territorio, pero con preocupaciones muy distintas: en una, el paisaje rural y su vínculo identitario con lo mexicano; en la otra, objetos encontrados en los alrededores del desierto de Sonora que hablan de calor, violencia, migración.

Colección FEMSA

Vista de la exposición Constelaciones y derivas. Arte de América Latina desde la Colección FEMSA, Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, 2026. Fotografía: Michelle Lartigue. Cortesía de la Colección FEMSA

“Algo muy importante de tener un acervo es establecer cómo difundirlo, cómo compartirlo, cómo hacerlo dialogar con lo que pasa fuera de él”, plantea Laura Pacheco, gerente de la colección. La curaduría de Paulina Bravo, Beto Díaz Suárez, Eugenia Braniff y Adriana Melchor esquiva los relatos hegemónicos del arte latinoamericano a través de los conceptos incluidos en el título de la exposición. La constelación, tan cara a Benjamin, rompe con la linealidad cronológica a través de la juxtaposición de piezas de distintas procedencias, en configuraciones que propician la aparición de nuevos significados. Los cinco ejes de la muestra –“Territorios”, “Estructuras coloniales”, “Debatiendo la abstracción: geometría y forma”, “Alquimia” e “Identidades”– constelan estéticas, imaginarios y ansiedades políticas, pero además plantean al espectador una deriva, con la que los situacionistas buscaban crear nuevas narrativas en la ciudad, entendida aquí como alegoría de la historia del arte, con sus inamovibles sendas, bordes, distritos, nodos e hitos.

A la vez precisa y sutil, la museografía de los arquitectos Mauricio Mesta y Max von Werz ensambla obras y espacios para permitir diálogos inéditos en las salas del MARCO. Así, José Clemente Orozco y Paloma Contreras entran en una extraña sintonía en “Estructuras coloniales”. Una comunicación enigmática se produce en el despliegue de formas de Lygia Clark, Manuel Felguérez, Gego o Vivian Suter en “Debatiendo la abstracción”. En “Territorios”, Néstor Jiménez y Damián Ortega contrastan sus visiones de la modernidad mexicana. Las pesadillas industriales de Juan O’Gorman son el reverso de las ensoñaciones de Remedios Varo en “Alquimia”. “Algo que nos entusiasma de esta nueva visión”, adelantó Beto Díaz Suárez, “es exaltar las historias que se quedaron al margen del gran relato de la historia del arte, como la experiencia cuir y de los pueblos originarios”; así, dentro del núcleo “Identidades”, el Club discreto (2022) de Alan Sierra se encuentra con las pinturas de Abraham Ángel y Remigio Valdés de Hoyos.

Constelaciones y derivas, que después de su estancia en el MARCO de Monterrey se trasladará al Museo Amparo de Puebla, coloca ante nuestros ojos obras singulares del arte latinoamericano. Piezas de la 15 Bienal FEMSA (2024) cohabitan las salas con obras adquiridas hace medio siglo. El renovado contexto de lectura ignora las distinciones entre lo moderno y lo contemporáneo y teje una red donde cada elemento confronta el presente. El espectador tiene la posibilidad de establecer relaciones entre poéticas, culturas y tiempos, de tender hilos y construir sus propias imágenes, como propuso Benjamin en Obra de los pasajes (1927-1940): “no es que lo pasado venga a volcar su luz en lo presente, o lo presente sobre lo pasado, sino que la imagen es aquella en la cual lo sido se une como un relámpago al ahora para formar una constelación”.

Colección FEMSA

Vista de la exposición Constelaciones y derivas. Arte de América Latina desde la Colección FEMSA, Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey, 2026. Fotografía: Michelle Lartigue. Cortesía de la Colección FEMSA

Constelaciones y derivas. Arte de América Latina desde la Colección FEMSA se exhibe en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO) hasta el 9 de agosto de 2026

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miércoles, 29 de abril de 2026

‘Planeta complejo: Diversidad’, últimos días

En su tramo final, la exposición Planeta complejo: Diversidad hace del Centro de Cultura Digital de la Ciudad de México un espacio de resonancia. Curada por Pedro Castillo Lara y Manolo Cocho, organizada por MUSLAB bajo la noción de la escucha como herramienta crítica, la muestra reúne a más de 350 artistas de 56 países y propone una cartografía sensorial que cruza arte sonoro, fotografía, videoarte e instalación a través de la reflexión sobre la crisis climática. Desde su apertura el 20 de marzo el proyecto ha desplegado sistemas interactivos y piezas audiovisuales que invitan a pensar la relación entre el humano y su entorno.

En las últimas jornadas de Planeta complejo: Diversidad algunos de los participantes internacionales participan con discusiones sobre la memoria, el territorio o la invisibilidad cultural. Se trata de un tejido de voces que tensiona los límites entre investigación artística y activismo. El 30 de abril, de 18:00 a 20:00 horas, el pulso de la exposición se acelera con el Concierto Colectivo III MUSLAB, donde confluyen Freida Abtan, Juro Kim Feliz y Erick Ruiz, acompañados por la visualista Nadia López Andrade. La pieza, concebida como un ensamblaje de sonido, imagen y performance, resume la vocación transdisciplinaria del proyecto.

MUSLAB

Vista de la exposición Planeta complejo: Diversidad, Centro de Cultura Digital, Ciudad de México

El cierre de las actividades llegará el 8 de mayo de 18:00 a 20:00 horas, con un concierto que reúne a Ori Barel, Jorge Medina Martínez, Frida Vásquez de la Sota y Kathia Rudametkin. La clausura se perfila como un último nodo de intercambio: un recordatorio de que las preguntas que articula Planeta complejo: Diversidad sobre lo global, lo endémico y la crisis ambiental permanecen abiertas. El público podrá visitar la exposición hasta el día 10 y recorrer sus tres ejes: “Endémico / Global”, “Crisis endémico-global” y “Crisis GAIA”.

MUSLAB (Music Laboratory) se ha desarrollado durante más de una década para convertirse en una plataforma transdisciplinaria, a la vez festival, red internacional de artistas, espacio de formación especializada, laboratorio de investigación aplicada y sistema de producción editorial y documental. Sobre el primer registro discográfico de Planeta complejo, un disco triple editado por Cero Records en 2024, puede leerse aquí. Han aparecido además los volúmenes 4 (2024) y 5 (2025) en el mismo sello.

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‘Planeta complejo: Diversidad’, últimos días

En su tramo final, la exposición Planeta complejo: Diversidad hace del Centro de Cultura Digital de la Ciudad de México un espacio de resonancia. Curada por Pedro Castillo Lara y Manolo Cocho, organizada por MUSLAB bajo la noción de la escucha como herramienta crítica, la muestra reúne a más de 350 artistas de 56 países y propone una cartografía sensorial que cruza arte sonoro, fotografía, videoarte e instalación a través de la reflexión sobre la crisis climática. Desde su apertura el 20 de marzo el proyecto ha desplegado sistemas interactivos y piezas audiovisuales que invitan a pensar la relación entre el humano y su entorno.

En las últimas jornadas de Planeta complejo: Diversidad diversos participantes internacionales participan con discusiones sobre la memoria, el territorio o la invisibilidad cultural. Se trata de un tejido de voces que tensiona los límites entre investigación artística y activismo. El 30 de abril, de 18:00 a 20:00 horas, el pulso de la exposición se acelera con el Concierto Colectivo III MUSLAB, donde confluyen Freida Abtan, Juro Kim Feliz y Erick Ruiz, acompañados por la visualista Nadia López Andrade. La pieza, concebida como un ensamblaje de sonido, imagen y performance, resume la vocación transdisciplinaria del proyecto.

MUSLAB

Vista de la exposición Planeta complejo: Diversidad, Centro de Cultura Digital, Ciudad de México

El cierre de las actividades llegará el 8 de mayo de 18:00 a 20:00 horas, con un concierto que reúne a Ori Barel, Jorge Medina Martínez, Frida Vásquez de la Sota y Kathia Rudametkin. La clausura se perfila como un último nodo de intercambio: un recordatorio de que las preguntas que articula Planeta complejo: Diversidad sobre lo global, lo endémico y la crisis ambiental permanecen abiertas. El público podrá visitar la exposición hasta el día 10 y recorrer sus tres ejes: “Endémico / Global”, “Crisis endémico-global” y “Crisis GAIA”.

MUSLAB (Music Laboratory) se ha desarrollado durante más de una década para convertirse en una plataforma transdisciplinaria, a la vez festival, red internacional de artistas, espacio de formación especializada, laboratorio de investigación aplicada y sistema de producción editorial y documental. Sobre primer registro discográfico, un disco triple editado por Cero Records en 2024, puede leerse aquí.

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martes, 28 de abril de 2026

Micelio y resistencia en ‘Jardín nocturno’

La literatura contemporánea suele padecer miopía antropocéntrica; nos acostumbramos a leer el mundo como escenario pasivo de nuestras angustias. La antología Jardín nocturno, editada por un colectivo de sellos mexicanos para conmemorar el Día del Libro, dinamita esa jerarquía. No es una colección de textos sobre el paisaje sino un organismo vivo, un micelio editorial que utiliza el jardín como un espejo deformante en el que la civilización, finalmente, se reconoce como un accidente transitorio.

Durante las primeras sesenta páginas, antes de alcanzar su plenitud, el volumen se despliega de manera orgánica bajo la premisa de la naturaleza como espejo y memoria. Más que una estructura rígidamente planificada, la antología es el resultado de una feliz sincronicidad: Mauricio Sánchez y Jacobo Zanella de Gris Tormenta, junto a otras quince editoriales participantes, supieron articular propuestas dispersas bajo una sensibilidad común. Al permitir que el libro encontrara su propia forma, el ejercicio trasciende la simple recopilación y alcanza tres objetivos fundamentales: la construcción de una “atmósfera coherente”, la validación de la “hibridez genérica” y la cartografía de una “tradición de la mirada”.

Esta orgánica coedición se consolida como un manifiesto de la bibliodiversidad donde los participantes replantean la antología tradicional como una “edición enjambre”. A través de un ejercicio de sampleo y rescate, los editores participantes descontextualizan fragmentos de sus catálogos para hacerlos operar bajo una sola voluntad estética. Al extraer estos materiales de sus libros originales, el resultado es una curaduría disruptiva que integra desde tratados de ingeniería civil hasta sátiras de la cultura pop, probando que la colaboración es más potente que la competencia. Este enfoque infunde la visión contemplativa de la naturaleza con la crudeza de una memoria de los escombros y un espíritu de resistencia biopolítica. Una persona fantasiosa podría llamar a este resultado un edificio en movimiento.

En esta nueva configuración –donde los textos originales permanecen mayormente inalterados– las unidades (fragmentos de novela, cuento o ensayo) dejan de ser piezas aisladas. En “Cuando vino la plaga” Fernando Jiménez es un traductor de monstruos que entrega ciudades a cambio de un mensaje en una botella; en “Glosas del plano” Matute Remus ejecuta el desplazamiento de mil 700 toneladas de concreto en medio de un enjambre de telefonistas que reparten sonrisas desde las ventanas. Todos se despiden, todos parten, todos olvidan el motivo por el cual querían alcanzar la superficie.

La veteranía aparece de forma traviesa por todo el volumen: la maestría y la vanguardia dialogan aquí sin condescendencia. Pascal Quignard (Canta Mares) se instala inesperadamente en la sección de contemplación porque, a pesar de su solera de autor consagrado, su texto no llega para imponer una cátedra académica sino para defender lo animal y el silencio. Dondequiera que los lectores busquen un refugio bucólico, se les advierte que la nostalgia de Knut Hamsun (Aquelarre Ediciones) podría ser “sisada” por una crudeza existencial que entrelaza la belleza del entorno con la inevitable búsqueda de alivio en el fin de la vida. Las categorías se desdibujan deliciosamente: voces de la ecología profunda como Vandana Shiva se mezclan con veteranos de la alta literatura, y la emoción del catálogo combinado rebota por las páginas como el eco de un gruñido submarino que hace temblar la carrocería de lo establecido.

Este mecanismo opera bajo la premisa de que el jardín nocturno no es un espacio decorativo, sino una zona de operaciones mitológicas donde las leyes del día dejan de funcionar. Es el escenario de la transmutación: desde la Xilitla de Michael Sledge hasta el gran río Amur de Leta Semadeni, donde la noche en el claro del bosque se vuelve conexión con el cosmos. En la mirada de Melanie Pérez Ortiz, el jardín se desplaza al Estuario de San Juan para convertirse en el refugio político y carnal de los “migrantes” –esos cocodrilos que recuperan su territorio en la oscuridad de los mangles. Gran parte de esta mecánica surge de una oscilación ágil de la columna vertebral, una sensualidad técnica que suaviza la rigidez académica; aquí no hay sincronía mecánica sino una explosión individual donde cada autor es un solista que gira sobre su propio eje sin necesidad de unísono. La antología funciona, así, como una cámara de descompresión que permite la disolución del “yo” y el regreso a la Prakriti. Es el punto de fuga definitivo: el lugar hacia donde todos caminan cuando se cansan de ser humanos o, como diría la nota amarilla del abuelo, simplemente “la casa” a la que siempre vamos.

Físicamente, la lectura del tomo es un ejercicio de “humedad creciente”. El lector transita de la inmovilidad neoténica del ajolote al sudor de la selva huasteca. Predomina el ensayo, pero uno de naturaleza atlética y sensorial que obliga a bajar el ritmo para notar el “tiempo profundo” del planeta. El lenguaje aquí no es lineal: es reptante en Amaury Colmenares, técnico en Xitlalitl Rodríguez Mendoza y fisión pura en los textos científicos. El corazón del libro palpita en la “hora sin sombras”. Ahí los leitmotivs de la antología germinan: el “desmadre funcional” deja de ser una broma local para volverse una cosmogonía, y la urgencia de “comportarnos como si fuéramos inmortales” se transforma en un acto de resistencia política ante el colapso climático.

Jardín Nocturno no busca la complacencia ni el consuelo verde. Deja un nudo en la garganta –el de la pérdida irreparable del dramatis animalia– pero también una sonrisa rebelde. Es una apuesta por la belleza como herramienta de supervivencia. En un mundo que parece romperse bajo el peso de su propia soberbia, esta antología nos recuerda que el jardín sigue ahí, nocturno y precioso, esperando que dejemos de ser observadores para volver a ser animales. Una pieza de gestión editorial impecable que logra unir la autoridad del Nobel con el hambre de la periferia.

Jardín nocturno es un volumen coeditado por los sellos Alacraña, Almadía, Antílope, Aquelarre, Canta Mares, Dharma Books, Elefanta, Festina, Grano de Sal, Gris Tormenta, Impronta, La Cifra, Palíndroma, Perla, Polilla y U-Tópicas

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