martes, 3 de febrero de 2026

El arte de repetirse

Sergio Pitol decía que un escritor debe tratar de que sus libros sean diferentes entre sí, pero que todo lo que no puede evitar repetir, o lo que ni siquiera es consciente de estar repitiendo, se convierte en su estilo personal. Siempre me pareció deseable el caso de Flaubert, que daba con algo único en cada uno de sus libros –y quizá por ello le era tan tortuoso escribirlos. Cuando el público esperaba una segunda Madame Bovary, les aventó una épica antigua, y después una novela sobre nada a la Seinfeld, y después una historia de santos. Es la marca de un artista arriesgado, que se transforma en cada obra.

En las últimas semanas, sin embargo, algunas obras me hicieron considerar la ventaja de repetirse. Por ejemplo, la reciente película de Kelly Reichardt, Mente maestra (2025), que en un sentido es una nueva versión de Radicales (2013). Se trata de dos estudios sobre la ineptitud, de un ladrón de obras de arte en la primera y de un activista ambiental en la segunda. Ambos protagonistas comparten la arrogancia, la ambición y, como Reichardt misma lo ha dicho, un acendrado individualismo, una impaciencia o una incapacidad por las soluciones colectivas a largo plazo, una preferencia por la acción rápida y solitaria que los lleva al desastre y el ridículo.

Con las primeras dos cintas de Joanna Hogg ocurre algo similar, y quizá de forma más patente:  Unrelated (2007) y Archipiélago (2010) parecen calcadas, películas de drama familiar en vacaciones, en hermosas casas de campo rentadas, protagonizadas por Tom Hiddlestone. Lo que quiero decir es que hay algo válido en estas repeticiones, en hacer la misma pieza dos veces, tres veces, en perfeccionar una sola obra durante toda la vida. Justamente por ser más abiertamente política, Radicales es por momentos demasiado directa, obvia; Mente maestra resulta más elegante y ambigua. Del mismo modo, hay vértigo y belleza en Unrelated, pero se siente también algo tosca. Archipiélago está más amarrada, contiene encanto y ternura en sus escenas en apariencia más nimias.

En el último año empecé el bastante ñoño proyecto de leer una obra de Shakespeare al mes, en orden cronológico, y me entró la idea de que no es el caso, en realidad, que haya escrito 39 obras de teatro distintas; quizás escribió unas cinco o seis en varias versiones. Conforme avanza la lectura brincan sus personajes y sus dispositivos favoritos: la obra dentro de la obra, la locura que produce un discurso “rompido” pero profético, la mujer loca de duelo, el tirano que sube y cae, el amante que muda de objeto, etc. Incluso versos e imágenes se repiten, como si los hubiera ido afinando de obra en obra. Quizá lo que explica la época de madurez de Macbeth, Hamlet y compañía, esas obras que parecen hechas con una perfección sobrehumana, es que son en realidad la versión final de una misma obra en la que Shakespeare trabajó durante años.

Tal vez incluso sea mala idea tratar de no repetirse y terminar como un artista sin identidad, sin un proyecto claro, con entregas mediocres, como le sucede últimamente a Alejandro G. Iñárritu, o a la banda King Gizzard and the Lizard Wizard, que tiene un álbum para cada género que existe y esto es atractivo como concepto, pero a la hora de la hora quizás es mejor escuchar bandas especializadas. Otro peligro es equivocarse en qué es precisamente lo que vale la pena repetir: después del éxito de En Brujas (2008), Martin McDonagh intentó hacer otra vez la película cool de crimen sin demasiada suerte, y sería hasta Los espíritus de la isla (2022) donde volvería el elemento clave: no la película de mafiosos sino la dinámica entre Colin Farrell y Brendan Gleeson en una atmósfera lúgubre, el cuento de hadas.

Sucede con ciertos poetas, como Juan Gelman o Eduardo Milán, que sus últimos libros son la reiteración de un mismo estilo conseguido décadas atrás –aunque quizá sea la impresión de una lectura inatenta. Cuando tenía veinte años esto me molestaba un poco, aunque fueran poetas que adoraba. Una amiga escritora me corregía: si ese era el vínculo que habían establecido con la creación, si eso era lo que necesitaban para seguir escribiendo, todo estaba bien. Y bien mirado, recuerdo abrir esos últimos libros en una página aleatoria y encontrar joyitas, un estilo sintético y limpio, pequeñas obras perfectas de viejos maestros.

Tal vez sea más exacto ver las cosas como Pitol. Y además las repeticiones pueden ser engañosas: más allá de sus similitudes, Mente maestra y Radicales, como Unrelated y Archipiélago, son en realidad películas muy diferentes entre sí, casi opuestas, en tono, en la paleta de colores, en velocidad, al punto que podrían ser de directoras distintas. Aunque compartan a Farrell y Gleeson, habrá quien haya disfrutado mucho de En Brujas y Los espíritus de la isla le resulte demasiado bucólica. Y desde luego, cada libro de Flaubert es único, pero en otro sentido repiten lo mismo una y otra vez: la burla, el escepticismo, la grieta, la crueldad, el coqueteo perpetuo con la nada.

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El arte de repetirse

Sergio Pitol decía que un escritor debe tratar de que sus libros sean diferentes entre sí, pero que todo lo que no puede evitar repetir, o lo que ni siquiera es consciente de estar repitiendo, se convierte en su estilo personal. Siempre me pareció deseable el caso de Flaubert, que daba con algo único en cada uno de sus libros –y quizá por ello le era tan tortuoso escribirlos. Cuando el público esperaba una segunda Madame Bovary, les aventó una épica antigua, y después una novela sobre nada a la Seinfeld, y después una historia de santos. Es la marca de un artista arriesgado, que se transforma en cada obra.

En las últimas semanas, sin embargo, algunas obras me hicieron considerar la ventaja de repetirse. Por ejemplo, la reciente película de Kelly Reichardt, Mente maestra (2025), que en un sentido es una nueva versión de Radicales (2013). Se trata de dos estudios sobre la ineptitud, de un ladrón de obras de arte en la primera y de un activista ambiental en la segunda. Ambos protagonistas comparten la arrogancia, la ambición y, como Reichardt misma lo ha dicho, un acendrado individualismo, una impaciencia o una incapacidad por las soluciones colectivas a largo plazo, una preferencia por la acción rápida y solitaria que los lleva al desastre y el ridículo.

Con las primeras dos cintas de Joanna Hogg ocurre algo similar, y quizá de forma más patente:  Unrelated (2007) y Archipiélago (2010) parecen calcadas, películas de drama familiar en vacaciones, en hermosas casas de campo rentadas, protagonizadas por Tom Hiddlestone. Lo que quiero decir es que hay algo válido en estas repeticiones, en hacer la misma pieza dos veces, tres veces, en perfeccionar una sola obra durante toda la vida. Justamente por ser más abiertamente política, Radicales es por momentos demasiado directa, obvia; Mente maestra resulta más elegante y ambigua. Del mismo modo, hay vértigo y belleza en Unrelated, pero se siente también algo tosca. Archipiélago está más amarrada, contiene encanto y ternura en sus escenas en apariencia más nimias.

En el último año empecé el bastante ñoño proyecto de leer una obra de Shakespeare al mes, en orden cronológico, y me entró la idea de que no es el caso, en realidad, que haya escrito 39 obras de teatro distintas; quizás escribió unas cinco o seis en varias versiones. Conforme avanza la lectura brincan sus personajes y sus dispositivos favoritos: la obra dentro de la obra, la locura que produce un discurso “rompido” pero profético, la mujer loca de duelo, el tirano que sube y cae, el amante que muda de objeto, etc. Incluso versos e imágenes se repiten, como si los hubiera ido afinando de obra en obra. Quizá lo que explica la época de madurez de Macbeth, Hamlet y compañía, esas obras que parecen hechas con una perfección sobrehumana, es que son en realidad la versión final de una misma obra en la que Shakespeare trabajó durante años.

Tal vez incluso sea mala idea tratar de no repetirse y terminar como un artista sin identidad, sin un proyecto claro, con entregas mediocres, como le sucede últimamente a Alejandro G. Iñárritu, o a la banda King Gizzard and the Lizard Wizard, que tiene un álbum para cada género que existe y esto es atractivo como concepto, pero a la hora de la hora quizás es mejor escuchar bandas especializadas. Otro peligro es equivocarse en qué es precisamente lo que vale la pena repetir: después del éxito de En Brujas (2008), Martin McDonagh intentó hacer otra vez la película cool de crimen sin demasiada suerte, y sería hasta Los espíritus de la isla (2022) donde volvería el elemento clave: no la película de mafiosos sino la dinámica entre Colin Farrell y Brendan Gleeson en una atmósfera lúgubre, el cuento de hadas.

Sucede con ciertos poetas, como Juan Gelman o Eduardo Milán, que sus últimos libros son la reiteración de un mismo estilo conseguido décadas atrás –aunque quizá sea la impresión de una lectura inatenta. Cuando tenía veinte años esto me molestaba un poco, aunque fueran poetas que adoraba. Una amiga escritora me corregía: si ese era el vínculo que habían establecido con la creación, si eso era lo que necesitaban para seguir escribiendo, todo estaba bien. Y bien mirado, recuerdo abrir esos últimos libros en una página aleatoria y encontrar joyitas, un estilo sintético y limpio, pequeñas obras perfectas de viejos maestros.

Tal vez sea más exacto ver las cosas como Pitol. Y además las repeticiones pueden ser engañosas: más allá de sus similitudes, Mente maestra y Radicales, como Unrelated y Archipiélago, son en realidad películas muy diferentes entre sí, casi opuestas, en tono, en la paleta de colores, en velocidad, al punto que podrían ser de directoras distintas. Aunque compartan a Farrell y Gleeson, habrá quien haya disfrutado mucho de En Brujas y Los espíritus de la isla le resulte demasiado bucólica. Y desde luego, cada libro de Flaubert es único, pero en otro sentido repiten lo mismo una y otra vez: la burla, el escepticismo, la grieta, la crueldad, el coqueteo perpetuo con la nada.

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sábado, 31 de enero de 2026

Vitruvio recuperado

Un hallazgo arqueológico, anunciado públicamente en enero de 2026, está teniendo un impacto trascendente en la historia de la arquitectura: en Fano, ciudad italiana de la región de Las Marcas, fueron descubiertos los restos de una basílica romana identificada como la única obra construida por Marco Vitruvio Polión. El descubrimiento, resultado de excavaciones realizadas bajo la actual Plaza Andrea Costa, confirma materialmente la actividad constructiva del autor de De architectura, el tratado que durante siglos ha sido una referencia central para arquitectos e ingenieros de Occidente.

Vitruvio, activo en el siglo I a. C., es conocido sobre todo como teórico. Sus reflexiones sobre proporción, simetría y armonía influyeron decisivamente en el Renacimiento y encontraron una de sus expresiones más célebres en el Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci. Sin embargo, hasta ahora no se contaba con un edificio cuya autoría pudiera atribuirse con certeza al arquitecto romano. La basílica de Fano, mencionada por el propio Vitruvio en su tratado, llena ese vacío histórico largamente señalado por la historiografía.

Vitruvio

La Basílica de Fano, de Vitruvio, dibujada por Claude Perrault en 1663

Los restos corresponden a un gran edificio público de época augustea, destinado a funciones judiciales, administrativas y comerciales. La traza general, la disposición de los muros, las bases de columnas monumentales y, sobre todo, las proporciones del conjunto coinciden con la descripción que Vitruvio dejó por escrito. Esta concordancia entre texto y vestigio material ha permitido a los arqueólogos sostener la identificación con un alto grado de certeza. El edificio habría ocupado un lugar central en la antigua Fanum Fortunae, nombre romano de la ciudad, y funcionado como uno de sus principales espacios cívicos.

Más allá de su relevancia arqueológica, el hallazgo posee una fuerte dimensión simbólica y cultural. Los principios vitruvianos –firmitas, utilitas y venustas– pueden analizarse al fin no sólo como formulaciones teóricas sino como decisiones concretas inscritas en la arquitectura. La basílica de Fano establece un puente directo entre la teoría clásica y su materialización, ofreciendo una oportunidad excepcional para repensar la relación entre pensamiento técnico y forma construida en los orígenes de la arquitectura occidental. Francesco Acquaroli, presidente de la región de Las Marcas, declaró que “se hará todo lo necesario para recuperar y promover este hallazgo excepcional”.

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Vitruvio recuperado

Un hallazgo arqueológico, anunciado públicamente en enero de 2026, está teniendo un impacto trascendente en la historia de la arquitectura: en Fano, ciudad italiana de la región de Las Marcas, fueron descubiertos los restos de una basílica romana identificada como la única obra construida por Marco Vitruvio Polión. El descubrimiento, resultado de excavaciones realizadas bajo la actual Plaza Andrea Costa, confirma materialmente la actividad constructiva del autor de De architectura, el tratado que durante siglos ha sido una referencia central para arquitectos e ingenieros de Occidente.

Vitruvio, activo en el siglo I a. C., es conocido sobre todo como teórico. Sus reflexiones sobre proporción, simetría y armonía influyeron decisivamente en el Renacimiento y encontraron una de sus expresiones más célebres en el Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci. Sin embargo, hasta ahora no se contaba con un edificio cuya autoría pudiera atribuirse con certeza al arquitecto romano. La basílica de Fano, mencionada por el propio Vitruvio en su tratado, llena ese vacío histórico largamente señalado por la historiografía.

Vitruvio

La Basílica de Fano, de Vitruvio, dibujada por Claude Perrault en 1663

Los restos corresponden a un gran edificio público de época augustea, destinado a funciones judiciales, administrativas y comerciales. La traza general, la disposición de los muros, las bases de columnas monumentales y, sobre todo, las proporciones del conjunto coinciden con la descripción que Vitruvio dejó por escrito. Esta concordancia entre texto y vestigio material ha permitido a los arqueólogos sostener la identificación con un alto grado de certeza. El edificio habría ocupado un lugar central en la antigua Fanum Fortunae, nombre romano de la ciudad, y funcionado como uno de sus principales espacios cívicos.

Más allá de su relevancia arqueológica, el hallazgo posee una fuerte dimensión simbólica y cultural. Los principios vitruvianos –firmitas, utilitas y venustas– pueden analizarse al fin no sólo como formulaciones teóricas sino como decisiones concretas inscritas en la arquitectura. La basílica de Fano establece un puente directo entre la teoría clásica y su materialización, ofreciendo una oportunidad excepcional para repensar la relación entre pensamiento técnico y forma construida en los orígenes de la arquitectura occidental. Francesco Acquaroli, presidente de la región de Las Marcas, declaró que “se hará todo lo necesario para recuperar y promover este hallazgo excepcional”.

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jueves, 29 de enero de 2026

Renata Cassiano: sin respuesta

Lo que se puede mostrar, no se puede decir.

Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus

 

Las palabras no son la cosa. Las palabras pueden ser entendidas porque pertenecen a la razón: son abstractas, inventadas, hechas para estabilizar lo que de otro modo sería inestable. Explican después del suceso. Las cosas no. Una cosa resiste la explicación. No se agota con su nombre, ni con el proceso que la produjo. En un momento no hay nada, y al siguiente hay una cosa –presente, obstinada, irreducible. Ese paso no se puede traducir completamente al lenguaje.

Lo que Renata Cassiano (Ciudad de México, 1981) crea insiste en esta dificultad. Describir cómo se hace la obra no explicaría lo que ocurre. Solamente sustituiría el contacto con la explicación. La obra no pide ser comprendida sino ser encontrada. Su práctica establece un diálogo con los fenómenos: con el acto de crear en sí mismo, con la resistencia, con la aparición y la desaparición. No es un diálogo destinado a interpretar la realidad sino que permanece con ella. Incluso dentro de la obra, la comprensión es parcial, y esa opacidad no es un fracaso. También es una artista la que habla. Una que no busca comunicar un mensaje sino que produce expresión. La expresión aquí no es transmisión, es presencia.

Mientras que muchas prácticas cerámicas buscan la pieza lograda –refinamiento, resolución, perfección–, Renata Cassiano permite que la obra falle. No como provocación ni como rechazo de la habilidad sino como una manera de continuar.

En ciertos momentos la obra de Cassiano entra en claro diálogo con la tradición. Se puede reconocer un conocimiento técnico, decisiones formales, un entendimiento del lenguaje cerámico que proviene de la disciplina y la maestría. Pero lo decisivo no es lo que se hereda, sino lo que se deja atrás deliberadamente. Mientras que muchas prácticas cerámicas buscan la pieza lograda –refinamiento, resolución, perfección–, Renata Cassiano permite que la obra falle. No como provocación ni como rechazo de la habilidad sino como una manera de continuar. El fracaso aquí no es lo opuesto al conocimiento, es la condición que mantiene el conocimiento abierto. La obra se niega a establecerse en una forma final porque hacerlo significaría detenerse. Lo que importa no es la consecución de un objeto perfeccionado sino la insistencia en sus posibilidades. La única forma de conocer algo es no dejar nunca de insistir en ello. Cada objeto se convierte menos en una solución que en una pregunta sostenida en el tiempo.

Renata Cassiano

Renata Cassiano, Chicle de fresa (2024). Fotografía: Kes Efstathiou

En este sentido, su proceso puede entenderse como fenomenológico, no porque ilustre una filosofía sino porque opera mediante la atención, el contacto y la experiencia encarnada. El conocimiento no precede el acto de crear, surge a través de él. Las manos no ejecutan una idea, la descubren. El objeto no confirma la intención, la resiste. Hacer algo “inútil” o permitir que falle como objeto no es una negación de la función sino una forma de descubrir la cosa en sí misma. Desprendido de la utilidad y la expectativa, el objeto es liberado para aparecer como lo que es: una presencia moldeada por el tiempo, la presión, la repetición y la decisión. Lo que queda no es el propósito sino la esencia.

Desprendido de la utilidad y la expectativa, el objeto es liberado para aparecer como lo que es: una presencia moldeada por el tiempo, la presión, la repetición y la decisión. Lo que queda no es el propósito sino la esencia.

Ahí es donde radica la coherencia del trabajo de Cassiano. No en la unidad estilística ni en la pureza formal sino en un compromiso ético sostenido con la creación como modo de investigación. Los límites no se imponen de antemano, se descubren a través del contacto con el material. Lo que mantiene la obra unida no es el control sino la atención, la presencia. Aun así, la obra no desaparece en el silencio. Insiste en ser vista. La obra se sostiene a sí misma como estructura. El peso se soporta, las aberturas interrumpen la continuidad, los interiores permanecen expuestos. Las formas se comportan menos como objetos que como construcciones, articulando densidad y vacío. El color no se aplica, habita el cuerpo de la obra. La superficie parece armada más que acabada, recordándonos la lógica del mosaico: continuidad construida a partir de fragmentos, materia unida por la adyacencia.

Renata Cassiano

Renata Cassiano, Delirio (2025). Fotografía: Kes Efstathiou

A una escala más cercana, las formas se asemejan más a secciones que a imágenes: cortes transversales a través de algo orgánico –capas, membranas, espesores revelados. El objeto se percibe abierto, no compuesto. Se sugiere su uso, pero nunca se resuelve. Los arcos sostienen, los símbolos guían, las cavidades invitan, los bordes implican manipulación, pero la función permanece en suspenso. Lo que persiste es la presencia: densa, expuesta y silenciosamente exigente. Lo que queda no es una respuesta sino el objeto que insiste. Sujeta a la materia, expuesta al tiempo y sostenida por la atención de su creador.

Desde el martes 3 de febrero, y hasta el sábado 18 de abril, Renata Cassiano presenta en la galería Banda Municipal Sol nocturno, una instalación que explora las cualidades materiales y simbólicas de la obsidiana: un vidrio volcánico cuya superficie funge como portal hacia el  tiempo circular; un instrumento con el que, al mirarse en sus profundidades ahumadas, el espectador transita por partida doble como el observador  y el objeto, uniendo lo que ve y lo que es visto, lo que existe y lo que se intuye.

Renata Cassiano

La artista Renata Cassiano retratada por Forrest Frederick

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Renata Cassiano: sin respuesta

Lo que se puede mostrar, no se puede decir.

Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus

 

Las palabras no son la cosa. Las palabras pueden ser entendidas porque pertenecen a la razón: son abstractas, inventadas, hechas para estabilizar lo que de otro modo sería inestable. Explican después del suceso. Las cosas no. Una cosa resiste la explicación. No se agota con su nombre, ni con el proceso que la produjo. En un momento no hay nada, y al siguiente hay una cosa –presente, obstinada, irreducible. Ese paso no se puede traducir completamente al lenguaje.

Lo que Renata Cassiano (Ciudad de México, 1981) crea insiste en esta dificultad. Describir cómo se hace la obra no explicaría lo que ocurre. Solamente sustituiría el contacto con la explicación. La obra no pide ser comprendida sino ser encontrada. Su práctica establece un diálogo con los fenómenos: con el acto de crear en sí mismo, con la resistencia, con la aparición y la desaparición. No es un diálogo destinado a interpretar la realidad sino que permanece con ella. Incluso dentro de la obra, la comprensión es parcial, y esa opacidad no es un fracaso. También es una artista la que habla. Una que no busca comunicar un mensaje sino que produce expresión. La expresión aquí no es transmisión, es presencia.

Mientras que muchas prácticas cerámicas buscan la pieza lograda –refinamiento, resolución, perfección–, Renata Cassiano permite que la obra falle. No como provocación ni como rechazo de la habilidad sino como una manera de continuar.

En ciertos momentos la obra de Cassiano entra en claro diálogo con la tradición. Se puede reconocer un conocimiento técnico, decisiones formales, un entendimiento del lenguaje cerámico que proviene de la disciplina y la maestría. Pero lo decisivo no es lo que se hereda, sino lo que se deja atrás deliberadamente. Mientras que muchas prácticas cerámicas buscan la pieza lograda –refinamiento, resolución, perfección–, Renata Cassiano permite que la obra falle. No como provocación ni como rechazo de la habilidad sino como una manera de continuar. El fracaso aquí no es lo opuesto al conocimiento, es la condición que mantiene el conocimiento abierto. La obra se niega a establecerse en una forma final porque hacerlo significaría detenerse. Lo que importa no es la consecución de un objeto perfeccionado sino la insistencia en sus posibilidades. La única forma de conocer algo es no dejar nunca de insistir en ello. Cada objeto se convierte menos en una solución que en una pregunta sostenida en el tiempo.

Renata Cassiano

Renata Cassiano, Chicle de fresa (2024). Fotografía: Kes Efstathiou

En este sentido, su proceso puede entenderse como fenomenológico, no porque ilustre una filosofía sino porque opera mediante la atención, el contacto y la experiencia encarnada. El conocimiento no precede el acto de crear, surge a través de él. Las manos no ejecutan una idea, la descubren. El objeto no confirma la intención, la resiste. Hacer algo “inútil” o permitir que falle como objeto no es una negación de la función sino una forma de descubrir la cosa en sí misma. Desprendido de la utilidad y la expectativa, el objeto es liberado para aparecer como lo que es: una presencia moldeada por el tiempo, la presión, la repetición y la decisión. Lo que queda no es el propósito sino la esencia.

Desprendido de la utilidad y la expectativa, el objeto es liberado para aparecer como lo que es: una presencia moldeada por el tiempo, la presión, la repetición y la decisión. Lo que queda no es el propósito sino la esencia.

Ahí es donde radica la coherencia del trabajo de Cassiano. No en la unidad estilística ni en la pureza formal sino en un compromiso ético sostenido con la creación como modo de investigación. Los límites no se imponen de antemano, se descubren a través del contacto con el material. Lo que mantiene la obra unida no es el control sino la atención, la presencia. Aun así, la obra no desaparece en el silencio. Insiste en ser vista. La obra se sostiene a sí misma como estructura. El peso se soporta, las aberturas interrumpen la continuidad, los interiores permanecen expuestos. Las formas se comportan menos como objetos que como construcciones, articulando densidad y vacío. El color no se aplica, habita el cuerpo de la obra. La superficie parece armada más que acabada, recordándonos la lógica del mosaico: continuidad construida a partir de fragmentos, materia unida por la adyacencia.

Renata Cassiano

Renata Cassiano, Delirio (2025). Fotografía: Kes Efstathiou

A una escala más cercana, las formas se asemejan más a secciones que a imágenes: cortes transversales a través de algo orgánico –capas, membranas, espesores revelados. El objeto se percibe abierto, no compuesto. Se sugiere su uso, pero nunca se resuelve. Los arcos sostienen, los símbolos guían, las cavidades invitan, los bordes implican manipulación, pero la función permanece en suspenso. Lo que persiste es la presencia: densa, expuesta y silenciosamente exigente. Lo que queda no es una respuesta sino el objeto que insiste. Sujeta a la materia, expuesta al tiempo y sostenida por la atención de su creador.

Desde el martes 3 de febrero, y hasta el sábado 18 de abril, Renata Cassiano presenta en la galería Banda Municipal Sol nocturno, una instalación que explora las cualidades materiales y simbólicas de la obsidiana: un vidrio volcánico cuya superficie funge como portal hacia el  tiempo circular; un instrumento con el que, al mirarse en sus profundidades ahumadas, el espectador transita por partida doble como el observador  y el objeto, uniendo lo que ve y lo que es visto, lo que existe y lo que se intuye.

Renata Cassiano

La artista Renata Cassiano retratada por Forrest Frederick

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miércoles, 28 de enero de 2026

Impresión, circulación, comunidad 

Si hoy la imagen parece existir principalmente como flujo digital –consumida en pantallas y desplazada con rapidez–, la propuesta es directa: regresar a la experiencia material. Así lo plantea FotoRepública, la nueva plataforma dedicada a la difusión, la comercialización y la producción de fotografía impresa que busca ampliar los circuitos de circulación de la imagen contemporánea en México.

El proyecto está respaldado por un equipo multidisciplinario integrado por fotógrafos, cineastas, diseñadores y especialistas en impresión, cuyas trayectorias abarcan tanto el ámbito artístico como el audiovisual y editorial. La primera línea está formada por Amanda Byrde, Mariana Arriaga, Santiago Arriaga, Melvin Lara, Miguel Ángel Ortega y Mauricio Guerrero. Esta diversidad de perfiles se traduce en una visión que entiende la fotografía no solo como objeto estético, sino como herramienta cultural, económica y espacial.

Concebido como un proyecto colectivo, FotoRepública resarce una carencia estructural en el campo fotográfico nacional: la escasez de plataformas que conectan a los autores con públicos interesados en adquirir obra y construir una relación duradera con ella. Frente a este vacío, la iniciativa funciona como intermediaria, combinando criterios curatoriales con una vocación de apertura hacia nuevos coleccionistas.

FotoRepública

Vista de la muestra de lanzamiento del proyecto FotoRepública en Casa 3E, Ciudad de México

El catálogo reúne fotografías producidas por autores con trayectorias diversas, presentadas en distintos formatos y ediciones. La selección prioriza tanto la solidez conceptual de las imágenes como su calidad técnica, sin perder de vista la accesibilidad económica. Esta apuesta busca desmitificar el coleccionismo fotográfico y moverlo de los márgenes especializados hacia un público más amplio, interesado en integrar la imagen a su vida cotidiana.

Uno de los ejes centrales del proyecto es la reivindicación de la impresión como parte constitutiva de la obra. Aunque la plataforma opera en línea, su finalidad última es trasladar la fotografía del entorno digital al espacio físico. Las piezas se producen en colaboración con FOCO Lab, laboratorio especializado en impresión fine art, donde se cuidan los procesos, materiales y acabados de acuerdo con las necesidades específicas de cada imagen.

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