La guerra ideológica y propagandística de la derecha –sus distintas versiones– en Latinoamérica tiene a tres supervillanos favoritos: Cuba, Nicaragua y Venezuela. Este “eje del mal” –para usar el término del asesor de George Bush, David Frum, con el que se demonizó a los enemigos de Estados Unidos en Medio Oriente después del 11-S– ha servido desde hace años para hacer una caricatura de la izquierda en la que se repiten los mismos tópicos: dictadura, derechos humanos, libertad de expresión, populismo, pobreza, narcotráfico, corrupción y demás.
Los regímenes mencionados una y mil veces para advertirnos de la llamada “deriva autoritaria” de gobiernos calificados como progresistas –como el mexicano– tienen, por supuesto, cuentas pendientes con muchas prácticas democráticas. Sin embargo, en esta geografía política dibujada por la derecha a menudo falta un país importante: El Salvador. Algunos críticos de la izquierda autoritaria elogian, incluso, el espectáculo carcelario que se vende como la única respuesta ante la criminalidad en la región.
Óscar Martínez, director del medio salvadoreño El Faro, publicó recientemente el libro Bukele, el rey desnudo (Anagrama). El texto se conforma de cinco crónicas y una antología de frases del presidente de El Salvador, desde el inicio de su carrera política hasta la consolidación de su poder en la presidencia. Las crónicas retratan el delirio de un líder que tiene bajo control a un país de poco más de seis millones de habitantes. Nayib Bukele, presidente desde 2019 y aún en el cargo gracias a una reelección anticonstitucional, se ha impuesto no sólo como modelo a seguir para otros políticos de la zona sino como un personaje muy popular en su país, a pesar de su talante autoritario y con un perfil muy parecido al de Donald Trump.
Si el presidente de Estados Unidos sufre en las encuestas, el salvadoreño logra índices de aceptación muy altos dentro y fuera de su país. En la crónica “Bukele internacional”, Martínez atestigua el efecto mediático del personaje: ciudadanos de a pie que ignoran dónde está El Salvador o piensan que Bukele es ecuatoriano, por ejemplo, lo consideran un referente por su política de mano dura contra el crimen. Las redes sociales han hecho lo propio para impulsar, aún más, su fama.
Las crónicas de Óscar Martínez describen aspectos poco conocidos de Bukele, en particular sus inicios como alcalde de Nuevo Cuscatlán y San Salvador, cuando pertenecía al Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, partido de izquierda al que después calificó “peor que basura” cuando adoptó posiciones que se mueven en el espectro de la derecha. Se podría decir que la llegada de Bukele es la culminación de una larga historia de dictaduras en Centroamérica, la mayor parte de ellas –si no todas– promovidas directa o indirectamente por Estados Unidos.
El Salvador podría definirse como un Estado que ha adoptado los rasgos de un ente corporativo y varias propuestas libertarias. En la crónica titulada “Bukele ridículo”, Martínez retrata la aventura del país centroamericano con el Bitcoin y la fallida Bitcoin City –una nueva Alejandría, según el dictador– que tendría aeropuerto, centros comerciales, bares, lugares de entretenimiento. La utopía impulsada por la criptomoneda sería energizada –no es broma– por un volcán. La historia, previsiblemente, terminó en un gran fracaso, con el gobierno eliminando el Bitcoin como moneda de curso legal.
En Bukele, el rey desnudo hay, por supuesto, crónicas que reflejan el mayor éxito mediático del político: la demagogia –o populismo– punitiva. Bukele, sin importar leyes internas o derechos humanos básicos, ha vendido una purga social como el control milagroso de la delincuencia y las bandas de pandilleros salvadoreños. No importa, tampoco, que la mayor parte de los detenidos estén en la cárcel sin ninguna prueba o que use el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot), inaugurado el 31 de enero de 2023, como un show para exhibir presos frente a las cámaras de los medios, influencers y políticos. El espectáculo de ver hombres tratados como animales, ofrecidos a un público sediento de imágenes amarillistas y venganza, ha sido aprovechado por el gobierno trumpista, que mandó a la secretaria de Seguridad Nacional, Kristy Noem, para que hiciera un tour en marzo del año pasado.
Un aspecto interesante de las crónicas de Martínez: la ironía y una buena dosis de humor negro. El régimen de Nayib Bukele es, en muchos sentidos, una farsa, un espectáculo repleto de delirio cuyo mayor peligro consiste en la seducción que ejerce sobre personas sometidas a una lucha cruel por la supervivencia y, por lo tanto, dispuestas a comprar cualquier cosa que reafirme sus prejuicios u ofrezca soluciones milagrosas. En El Salvador, como indica el periodista, hay un millón de ciudadanos al borde de la hambruna. Para ellos no importan la democracia o la historia pues sólo necesitan creer, ya que la fe es una de sus últimas tablas de salvación en un mundo en caos.
El autor selecciona pasajes en los que Bukele se asume como mediador entre Dios y una gran parte de su pueblo, convertido en una inmensa secta. La sonrisa que deja en el lector el humor involuntario de Bukele es amarga, aunque señala que el rey, en efecto, está desnudo. El problema, como se puede inferir, es que hay repartidos por el globo un puñado de emperadores que van desnudos y, sin embargo, se vuelven los nuevos modelos aspiracionales.
Slavoj Žižek refiere en una entrevista del año pasado, para el diario El País, que vivimos en una situación de emergencia y la derecha aprovecha esta coyuntura para emprender una suerte de revolución fundada en un autoritarismo cada vez más extremo. La izquierda intenta rescatar el viejo mundo que muere y todas sus promesas: desarrollismo, Estado de bienestar, energía limpia con crecimiento económico. La derecha ha echado el cerrojo y ofrece, en cambio, un montón de líderes carismáticos que, como Bukele, venden una gestión eficaz de la emergencia, aunque en realidad están acelerando la desigualdad y el caos para atrincherarse –con la élite a la que representan– en islas protegidas por un Estado policial. Bukele y sus compañeros de ruta no son una anomalía sino un futuro que debe inquietarnos.
Óscar Martínez, Bukele, el rey desnudo, Anagrama, Barcelona, 2026
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