La siguiente lista es una selección de subrayados del extraordinario Cuaderno gris de Josep Pla –el diario de seiscientas páginas que escribió entre los veintiún y los veintidós años (1918-1919)–, traducido del catalán por Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros.
Llevaba, para estar por casa, un pañuelo de seda blanca al cuello –de una blancura perfecta.
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A medida que va cayendo la tarde, el cielo, de gris, se vuelve de un blanco de gasa –lívido, irreal.
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En un pinar oscuro, que quedaba cerca del camino, se veía un fuego de leña verde que despedía un humo espeso y blanco.
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Estas apariciones, sobre todo ahora en verano, en la luz blanca, deslumbrante, frenética del verano, producen una sorpresa que molesta.
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Ver los rayos tan próximos, fosforescentes, morados, violáceos, sulfurados de amarillo, acarminados, detrás de la densa cortina blanca, fantasmal, del granizo, es un espectáculo que nunca ningún escenario podría vagamente imitar.
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La luz blanca, furiosa, del verano, ha sido impresionante.
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La luz es de una blancura gaseosa, efervescente, deslumbrante.
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El cielo está borroso y de una opacidad blanca.
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Entramos en el comedor cuando aparecen las judías dentro de una humareda blanca llena de confort y de augurios excelentes.
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La luz eléctrica hace un efecto delicioso: es blanca y tibia.
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¡El mundo está perdido…! –dice, ensanchando el blanco de clara de huevo de sus ojos vaporosos y tristes.
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Los blancos de las casas dan una impresión de puerilidad y la cal parece cándida.
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La tierra está blanca por la helada y nos precede el humo blanco de la respiración.
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La luna pone sobre las paredes de los huertos una blancura espesa y suave.
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Blancos puros, palpitantes, de una densidad de blanco oriental.
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La violenta detonación –seguida de una irisada espiral de humo blanco– del arma de un cazador.
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La luz que entraba por el rosetón irisaba el roquete de los monaguillos y las casullas de los clérigos.
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Día opaco, pálido, de color de leche aguada.
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Las manchas de sol bailaban en las paredes blancas. En las rendijas de las puertas, la luz explosiva se irisaba.
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Era un vejete blanco-rosado, con el cabello fino de color de paja.
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El chaleco blanco con botones de nácar de una coloración rosada.
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El trigo está en el momento de paso del verde a la espuma blanca y rubia de la madurez.
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El mar tiene un color entre amarillo y blanco, de perla.
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Vista desde el exterior, Barcelona es una ciudad blanca. Desde el interior, es de un gris ligeramente tocado de amarillo –de color de tierra ácida.
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El aire parece un cojín de plumas de canario; unas nubes blancas amueblan la monotonía del azul del cielo.
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Fabricaban el blandón, blanco y pálido, para los funerales; el hachón para las procesiones, que goteaba lo mínimo; el cirio para los altares, que era vagamente amarillento, muy bien logrado sobre la ornamentación barroca, y la vela rizada.
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La rebanada de pan tiene un color suntuoso; parece un trozo de casulla de cardenal teñida por un sol moribundo.
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Cuando los músicos no tocaban, había en el entoldado un rumor espeso. A veces, entre aquel hormigueo en forma de argolla, de color de chocolate a la española con el rosado incierto de las caras, se disparaba el chillido de alguna chica, como si se le hubiese escapado un muelle. Los críos jugaban al escondite entre las piernas de los bailarines y, a veces, rodaban tres o cuatro, como bolas, por el suelo. Siempre había sentada en las sillas alguna madre que daba el pecho al hijo. El color deshecho, afinado, trabajado, lleno de filigranas de estas madres, en aquella luz, me hacía pensar, no sé por qué, en la pintura de Sisley.
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Ante la luz amarillenta de los cirios, hacía entrar un sueño manso y dulce.
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El viento ha secado el país. En pocos momentos hemos pasado de los verdes tiernos y suaves a los amarillos brillantes y resecos.
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En la higuera se posa, a veces, una oropéndola de un amarillo desesperado.
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Es una tierra pobre, de trigo y con alguna viña, que en verano se vuelve de un amarillo sin amenidad, monótono y polvoriento.
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Parece una luz pasada por un vidrio amarillo y espeso.
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Al levantarme, veo que sobre el mundo desciende la luz de un sol de color de paja amarillenta –vagamente rojiza.
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La calle, iluminada por una luz blanca magnífica, estaba llena de gente que subía y bajaba ruidosamente. El amarillo de los tranvías era rutilante.
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Solamente hay una cosa que no me gusta en este paisaje próspero y enternecedor: el amarillo de los tranvías. El amarillo es el color de los locos.
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Las luces de Sant Pere son, como en los años pasados, las más melancólicas y amarillas –de un amarillo oleoso y rancio– de la ciudad. Es una luz que parece inseparable de las viejas piedras.
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Las bombillas eléctricas ardían moribundas, con una amarillez fabulosamente anémica.
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La tortilla era de un amarillo magnífico: parecía un canario.
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El cielo de poniente tiene un color de naranja muy tenue –como el sonido del violín.
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Había un cielo que ponía la carne de gallina: barnizado, de color mandarina.
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Cubierto de flores rojas, acarminadas, de pistilos amarillentos, era una maravilla…
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Por la noche la linterna se encendía y daba una luz roja, débil, como envuelta en telarañas.
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Las mejores cerezas no son las tempranas, esto es, las blanquillas, sino las duras, rojas cerezas de carne prieta que llaman de corazón de palomo.
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Las viñas rojas, de un rojo maduro, oleoso, empastado.
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Los noctámbulos han visto la linterna roja del bergantín ahondarse mar adentro despidiendo, de vez en cuando, un resplandor que fue amorteciéndose en la lejanía nebulosa.
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El Cap Roig es de colores calientes –como su nombre indica–, de un rojo suntuoso y concentrado.
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Es el tiempo en que se doran las naranjas y los almendros afloran los primeros rosados de coral.
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A través de la opacidad del aire, las piedras blancas de la catedral tienen un tono verde claro ligeramente tocado de carmín.
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De los huertos, salía un vaho azulado y titilaba la primera estrella…
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Desde la sombra se ve el mar blanco, enjabonado, perezoso. El horizonte es azul y fresco.
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Mirando, desde el pupitre, el granado sobre el cielo azul lejano.
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El aire quedaba limpio, la tierra perdía aspereza, los cielos incandescentes del verano se volvían de un azul tierno.
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La pálida vaciedad azulada del cielo parece cobrar una crispación lumínica.
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El cielo es de un azul perdido, casi blanco.
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Llovizna. Sobre los campos hay una gasa de vapor de agua muy tenue. Las lejanías flotan en una blandura azulada. Se ve salir un humo perezoso por las chimeneas de las casas de payés. El paisaje parece adormecido en la tibieza del silencio.
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Entre las brumas errantes aparecen las manchas –azul tierno y fresco– del cielo.
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El mar, en la tarde que declina, parece un vidrio transparente tocado de una postrera luz interna: es de un azul tenue, un azul moribundo de una gracia alada, huidiza, sensible.
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El otoño tiene cada día más encanto. El tiempo es lluvioso y no se cansa de caer un agua menuda y fina que difumina las montañas en una neblina azulada ligeramente tocada de malva.
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Sobre la bahía de Palamós, el mar tiene un azul que parece artificial, un azul goloso, con aguas más pálidas… (no encuentro el adjetivo). Es un azul de contraluz, de anunciación, un azul… –imposible encontrar el adjetivo. Es un azul desazonante, fisiológico, extramarino, un azul que solo se puede ver a través de las aguas de un verde… (fracaso total).
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Levantando la cabeza de la almohada, veo el cielo y el mar. Delante de la ventana hay unos mástiles de barca, tensos. El cielo es de un azul aclarado, brillante, esmerilado.
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El cielo del norte, tan limpio, toma una coloración vítrea, de zafiro, y tiene una calidad de ojo de pez.
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En el horizonte a poniente, entre humos, se veía el cabo de Tossa, de un color de vinagre y, dentro de la bahía, la playa de Aro, que era como una pincelada color de azafrán sobre el verde espeso y húmedo de los pinos, un peñascal en el cual hervía la espuma y la torre Valentina, antigua torre de señales.
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Por la noche, pensaba en el ruido grave y solitario que hacía el viento en las altas ramas, veía la luz estática, dulce, que flotaba bajo el verde dorado de los árboles.
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Unas matas de glicinas, de un color verde áspero.
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A aquella hora regaba sus flores con una regadera de color verde menta que, al mojarse, parecía un verde recién pintado.
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Las hileras de pinos ahora vuelven a su verde auténtico. Bajo las ramas flota un verde ligero, claro, aéreo.
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La luz de la luna, en el verde profundo de los pinares, toma un color de miel rubia.
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Veo el mar de lejos: erizado, verde, lívido.
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Hacía una noche oscura pero llena de quietud. El mar no se oía. Se veía, a lo lejos, una luz verde inmóvil: era el fanal del vapor que había quedado encendido por no sé qué determinación del azar. Aquella luz abandonada era una tentación. La gente espiaba el resplandor con la alegría en los ojos.
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Las hojitas de acacia de los árboles tienen una inmovilidad completa –un verde pálido y tibio.
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Las viñas son el elemento que da color al paisaje –una canción cambiante y diversa. Ahora son de un gris dorado elegantísimo.
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Crepúsculo de masas de nubes oscuras, sobre el blanco oxidado del arco del cielo, con un poco de rosa y pinceladas moradas a poniente.
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La luz eléctrica alcanza las ristras de ajos y cebollas colgados del techo e irisa sus pieles.
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Había un cielo de nieve, color de plata –un cielo estático y glacial.
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Llovió casi dos horas. Después, la masa de nubes se rasgó, el viento se llevó las nubes ribeteadas de amarillo y de violeta, salió una media luna fina y clara y unas estrellas limpias y afiladas. El resplandor estelar se irisó en las cornisas de las casas empapadas; puso, en los charcos de las calles, unos mortecinos colores de estaño fundido.
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Un sombrero que el paso del tiempo y el polvo habían vuelto de un negro incierto, marchito.
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Vestía de negro, de un negro definitivamente respetable, de gasa funeraria.
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Llegaba a la carretera real cuando se encendían las luces de Barcelona. Se encendían, primero, poco a poco, pero a veces se encendían en cascada –una línea larga. Las pequeñas luces del puerto, de colores moribundos, me tenían enamorado. En muchas partes de la ciudad, más que puntos de luz había un aire luminoso, con una borrosidad lumínica, que producía el efecto de venir de la dispersión de una lluvia invisible. Había luces crispadas, luces mórbidas, luces muy tristes, luces que se veía que tenían una alegría ficticia… y muchas clases de luces que flotan inciertas y fundidas por mi memoria de aquellos días muertos.
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Nuestra apariencia tiene demasiada gravedad, es excesivamente monótona. Vestimos demasiado de negro y no utilizamos nunca los colores para hacernos más agradables a la vista. Los americanos, en este aspecto, tienen más amenidad, son más divertidos. Utilizan el color constantemente y, a veces, con una gracia prodigiosa.
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