viernes, 17 de julio de 2026

Piedras bien cerradas

Una pareja tiene mejores posibilidades de navegar con éxito las cálidas y turbias aguas del matrimonio si en él cabe el reconocimiento de la contradicción constitutiva de cada uno de sus miembros. Que cada uno de ellos esté abierto a la mera posibilidad de que el otro pueda manifestar sus aspectos más vergonzantes y condenables es, irónicamente, la única vía conducente hacia un matrimonio auténtico. Y para llegar a eso, parece decirnos El drama (Kristoffer Borgli, 2026), es requisito pinchar la burbuja de la fantasía de una unión sin bordes cortantes y descubrir, ya del otro lado, en el desierto de lo real, el trauma de la contradicción. Si eso suena sombrío, la situación es aún peor: también será requisito el escabroso y recíproco proceso de mediar entre lo reprobable y lo meritorio de cada uno para que la relación prospere. Será necesario cortar con la ambición de una relación sin desacuerdos, resistencia, enfrentamientos, erosión. Hay varias cosas admirables en El drama y una de ellas es la dramatización de esa idea.

Otra genialidad de la película: pareciera que alguien dentro de las altas esferas de la producción o dirección de la película dijo: “¿Ven qué hermoso es el cabello de Robert Pattinson? ¿Y ven estos lentes que traigo acá? ¿Qué tal si construimos su personaje, un curador de arte, blanco, heteronormado, clase media-alta, progresista, profundamente tibio y cobarde, alrededor de esas dos cosas? El tic de acomodarse el cabello constantemente y, sobre todo, el detalle de los lentes, podrían ser el punto de fuga para la idea central de la película, ¿cómo ven?”. Tanto da si esa intervención tuvo lugar o no, lo que importa es que, hacia el final de la película, el gimmick de los lentes tendrá relevancia diegética, justo cuando su ausencia subraye que la película estuvo felizmente cruzada por el desgajamiento de una idea sobre el matrimonio que hasta la última escena centrifugaba la historia de los novios.

Sorprende que la confesión perturbe tanto al novio y a los amigos, ya que no es más que una expresión cultural de altísima tradición a lo largo y ancho de los Estados Unidos: un ‘mass shooting’.

Pero antes de eso. La película empieza con la prueba de menú para la boda entre Charlie Thompson (Robert Pattinson) y Emma Harwood (Zendaya). Durante la prueba, Emma confiesa a Charlie y a un par de amigos (también progresistas de la costa este de los Estados Unidos) la irrealizada fantasía que tuvo de adolescente. Sorprende que la confesión perturbe tanto al novio y a los amigos, ya que no es más que una expresión cultural de altísima tradición a lo largo y ancho de los Estados Unidos: un mass shooting. Aun así, la sola confesión alcanza para desarmar la imagen que Charlie tenía de su prometida y también para inyectar de indignación a su amiga Rachel (Alana Haim). A Mike (Mamoudou Athie), pareja de Rachel, las confesiones de los amigos no lo perturbarán a ese grado porque él, como toda minoría representada en el imaginario biempensante gringo, es buenito y sin contradicciones. Y por eso no condena ni censura, porque está para mediar las posiciones encontradas de los asistentes a la cata del menú.

El drama

Zendaya y Robert Pattinson en El drama (2026), de Kristoffer Borgli. Cortesía de A24

La fantasía trae a Charlie un déficit emocional y psíquico que detonará durante toda la película, en los momentos menos inesperados: el doble sentido de una frase en una taza de café o el listado de las imágenes a tomar por parte de la fotógrafa de la boda. Y, para compensarlo, Charlie siempre tendrá una respuesta excesiva y, por eso mismo, cómica. De la superposición de esas dos circunstancias, el déficit y el exceso, brotará el humor en la película: su título es irónico. Charlie tendrá las ideas más predecibles, como su patético intento de amorío con una compañera de trabajo, y las más cómicas, como la confrontación con la prima de su amiga Rachel, víctima de un mass shooting en silla de ruedas. Esa escena es un gran ejemplo de cómo los mejores momentos de la película son aquellos en que tanto Charlie como Emma deben exagerar su reacción para compensar una carencia o falta. Cuando Charlie se encuentra con la prima, una persona con una falta evidente (está en una silla de ruedas), él reacciona de una manera que excede la situación: empieza a elogiar su chamarra.

Aunque la confesión resulta un trauma para Charlie (por más que lo intenta, no da con la manera de acomodarlo en el orden simbólico de su novia, su relación y su futuro) y tiene consecuencias funestas para la pareja y quienes los rodean, desde los amigos y la familia hasta los proveedores de servicios de la boda que se ven impedidos de realizar su trabajo con fluidez y normalidad, no hay drama. A partir de la confesión, la inminente boda y el matrimonio futuro quedan como en un impasse. O, mejor aún, profanados. Y lo que sucederá en la película serán los humorísticamente patéticos esfuerzos de Charlie por tratar de integrar a su realidad (simbolizar) el despropósito de la fantasía de su prometida.

Sólo después del fracaso de la boda, durante la cual no puede contenerse más la violencia, los fantasmas y los traumas, a Charlie (un Charlie ya sin lentes) y a Emma se les abrirá la posibilidad de un matrimonio verdadero.

Sobre el estéril afán masculino por mitigar las consecuencias de la fantasía femenina, a partir de la última película de Stanley Kubrick, Slavoj Žižek ya nos dijo que la fantasía de Alice (Nicole Kidman) se vuelve intolerable para su esposo Bill (Tom Cruise) porque sólo una mujer puede fantasear plenamente, mientras que un hombre está condenado a la inutilidad fatal de la “fantasía sobre la fantasía”. Sólo después del fracaso de la boda, durante la cual no puede contenerse más la violencia, los fantasmas y los traumas, a Charlie (un Charlie ya sin lentes) y a Emma se les abrirá la posibilidad de un matrimonio verdadero. La revelación les caerá al filo del amanecer, casi al inicio de un nuevo día, justo como a Alice y Bill Harford. El drama es Ojos bien cerrados (1999) en PG-13.

El draa

Robert Pattinson y Mamoudou Athie en El drama (2026), de Kristoffer Borgli. Cortesía de A24

Al igual que el doctor Harford, Charlie pasará la mayor parte de la película tratando de contrarrestar la fantasía de su pareja y fracasando en cada intento: se arrepiente de iniciar una infidelidad con su compañera de trabajo, no puede confrontar a su amiga Rachel, no puede despedir a la DJ de su boda. Y tampoco, por supuesto, puede compartir la desilusión de la novia perfecta con su prometida. Sin embargo, justo ahí, en esa posición, aparece la salida al desierto de lo real. El único lugar en el cual el amor que dicen tenerse puede acontecer.

También Žižek, en otro lado y respecto a otra cosa, dice eso de que ahora queremos cerveza sin alcohol, cigarros sin nicotina, amor sin peligro. El espíritu de la época nos baja línea con el imperativo de reprimir las contradicciones o directamente evitarlas. Un ejemplo de eso es la amiga Rachel, la más ofendida por la confesión de Emma. Se indigna por la subjetividad de la fantasía de Emma, no porque su planteamiento en sí mismo sea condenable. Su inconformidad no es política, es moral. Además Emma es negra, clase trabajadora. Si Rachel encierra a un niño con una discapacidad y lo pone en peligro es chistoso. Lo de Emma, sólo desde el plano de la idea, ya es terrible. Para Rachel la ideación de un mass shooting no es un temita estructural de su sociedad, el cual tiene que ver con la clase, la raza y el género: para ella es un tema personal. Quizá sólo podría concebir salvar focas bebés, por decir algo, si tuviera una de mascota.

Todos somos horribles, todos hemos hecho algo imperdonable y lo que es peor y verdadero, se lo hemos hecho a personas que decimos que amamos. Mostrar la peor versión de nosotros mismos y ser aceptados puede ser la dimensión más radical del amor.

De vuelta en la boda, cuando todas las variables reprimidas que podrían hacer estallar la ceremonia y la relación (el resentimiento de Rachel, la semi infidelidad con la compañera de trabajo, la cobardía de Charlie, la expectativa del padre de la novia y la culpa de Emma) suceden, todo el futuro y vida que habían planeado juntos se desinfla. El Charlie golpeado y solo en su departamento parece decirnos que sólo en la contradicción de aceptar la peor versión de quienes amamos puede haber una unión genuina. No es un tema menor que cuando Charlie entiende ese proceso deja de usar los lentes. Es lo contrario de They Live! (John Carpenter, 1988), donde hay que ponerse los lentes para ver la realidad, lo que hay detrás de lo ideológico. Cabe suponer que, para El drama, al quitarle los lentes a Charlie éste obtiene una mirada más directa sobre la experiencia, pero esa lectura sería equivocada. Más bien, al no tener lentes, Charlie puede mediar la realidad mejor sin esa prótesis que enmascara su posición respecto a su prometida. Todos somos horribles, todos hemos hecho algo imperdonable y lo que es peor y verdadero, se lo hemos hecho a personas que decimos que amamos. Mostrar la peor versión de nosotros mismos y ser aceptados puede ser la dimensión más radical del amor. Y sólo quienes, como Charlie y Emma, han estado ahí pueden dar fe de ello.

El drama

Robert Pattinson y Zendaya en El drama (2026), de Kristoffer Borgli. Cortesía de A24

Un matrimonio, nos dice la carita hecha mierda de Charlie (ya sin lentes) y el alma humillada de Emma (bajo el blanco vestido y una chamarra encima que, por supuesto, tiene la función de mediar esa posición), no es más que un par de piedras chocando entre sí una y otra vez, sin juntarse, sin fundirse la una en la otra, para sacar chispas que iluminen, enciendan algo. Y aún más, que la chispa no es eterna (o lo es sólo durante el instante en que estalla y se apaga), desaparece pero sólo para volver a buscarla, una y otra vez. A través de la única vía posible, la erosión de sí.

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jueves, 16 de julio de 2026

Letreros y memoria

A veces, cuando caminamos por una calle conocida de nuestra ciudad, notamos algo diferente. Después de inspeccionar un poco, nos damos cuenta de que una tienda ya no está o ha cambiado de giro. Con el descubrimiento viene una sensación de pérdida y, por supuesto, nostalgia. El panorama urbano en el que nos movemos todos los días se convierte en un segundo hogar. De hecho, el capitalismo del siglo XXI ha provocado que gran parte de la población viva, de facto, en las calles. En ocasiones, la serie de espacios por los que nos movemos se convierten en lugares invisibles, los no-lugares de los cuales habla el antropólogo Marc Augé. Esta invisibilidad tiene mucho que ver con la uniformidad de las ciudades, dominadas por una escenografía conformada por logotipos de un puñado de corporaciones. En el cortometraje animado francés Logorama (François Alaux, Hervé de Crecy y Ludovic Houplai, 2009) se muestra –por medio de la parodia– la ubicuidad visual de las marcas globales. Ellas mismas pueden adquirir vida propia y reemplazarnos, pues son las embajadoras de la sociedad de consumo que nació en el siglo XX.

La homogeneización visual de las ciudades forma parte de una estrategia más amplia que tiene que ver con la gentrificación y la pérdida de diversidad cultural propia del neoliberalismo. Las calles y plazas públicas han adoptado la organización y la estética del centro comercial estadounidense. A este embate se han sumado políticas públicas encabezadas por gobernantes de derecha que, con el pretexto de orden y limpieza, intentan exterminar las expresiones populares en barrios y colonias. No existe la misma preocupación por la contaminación visual de miles de los llamados “espectaculares” que son colocados en lo alto de los edificios de muchas ciudades en México. Las grandes marcas tienen legitimidad ante el gobierno y, sobre todo, vía libre para hacer de la experiencia urbana un bombardeo visual en el que pocos espacios quedan libres.

En días recientes el canal de cocina en YouTube del New York Times estrenó el reportaje The Noble Art of NYC Restaurant Signs, dirigido por Amanda Choy. En el video se muestra el trabajo del estudio de diseño y taller Noble Signs que restaura, colecciona y crea letreros para diversos tipos de comercios en Nueva York. Al inicio del reportaje, uno de los miembros del negocio refiere la sensación de tristeza cuando desaparece una pieza del paisaje urbano que valoraba y que se había vuelto familiar. Para preservar la memoria, Noble Signs apuesta por letreros artesanales –hechos con neón, fibra de vidrio y otro tipo de materiales– y por establecer una relación con sus clientes y la historia del barrio. Cada pequeño negocio, restaurante o panadería depende de su integración visual con la calle y el contacto con el cliente que se acerca por primera vez. Los comercios que han resistido la gentrificación y no han cedido sus locales a alguna cadena global transmiten una sensación de autenticidad en un mundo en el que el diseño por algoritmos y la “instagramización” nos ofrecen la misma experiencia. No sólo eso: tras sus puertas hay historias moldeadas por la gente y una memoria colectiva que se construye año tras año. Los letreros únicos que realiza Noble Signs forman parte de la resistencia y luchan contra la erosión de la cultura.

La ciudad creada por el neoliberalismo –en particular las grandes urbes– pueden considerarse territorios que mutan constantemente. El dogma de la nueva sociedad de consumo es la “venta de experiencias” como si dispusiéramos, en nuestra vida cotidiana, de una interminable variedad de opciones para comprar y relacionarnos con los demás. La experiencia única que ofrece, por ejemplo, el modelo de cafetería tipo Starbucks –replicado en infinidad de cafeterías en todo el mundo– contribuye a invisibilizar a las personas que habitan estos lugares. El mundo actual evapora las cosas una vez que obtiene la máxima ganancia. Incluso, la construcción de nuevas tiendas, centros comerciales o conjuntos de edificios obedece a criterios especulativos, aunque de inmediato estos espacios muertos desde un inicio. La imaginación visual, la creatividad, la memoria y el humor de los letreros callejeros y de los negocios familiares luchan contra la deshumanización que vivimos en muchos frentes.

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Letreros y memoria

A veces, cuando caminamos por una calle conocida de nuestra ciudad, notamos algo diferente. Después de inspeccionar un poco, nos damos cuenta de que una tienda ya no está o ha cambiado de giro. Con el descubrimiento viene una sensación de pérdida y, por supuesto, nostalgia. El panorama urbano en el que nos movemos todos los días se convierte en un segundo hogar. De hecho, el capitalismo del siglo XXI ha provocado que gran parte de la población viva, de facto, en las calles. En ocasiones, la serie de espacios por los que nos movemos se convierten en lugares invisibles, los no-lugares de los cuales habla el antropólogo Marc Augé. Esta invisibilidad tiene mucho que ver con la uniformidad de las ciudades, dominadas por una escenografía conformada por logotipos de un puñado de corporaciones. En el cortometraje animado francés Logorama (François Alaux, Hervé de Crecy y Ludovic Houplai, 2009) se muestra –por medio de la parodia– la ubicuidad visual de las marcas globales. Ellas mismas pueden adquirir vida propia y reemplazarnos, pues son las embajadoras de la sociedad de consumo que nació en el siglo XX.

La homogeneización visual de las ciudades forma parte de una estrategia más amplia que tiene que ver con la gentrificación y la pérdida de diversidad cultural propia del neoliberalismo. Las calles y plazas públicas han adoptado la organización y la estética del centro comercial estadounidense. A este embate se han sumado políticas públicas encabezadas por gobernantes de derecha que, con el pretexto de orden y limpieza, intentan exterminar las expresiones populares en barrios y colonias. No existe la misma preocupación por la contaminación visual de miles de los llamados “espectaculares” que son colocados en lo alto de los edificios de muchas ciudades en México. Las grandes marcas tienen legitimidad ante el gobierno y, sobre todo, vía libre para hacer de la experiencia urbana un bombardeo visual en el que pocos espacios quedan libres.

En días recientes el canal de cocina en YouTube del New York Times estrenó el reportaje The Noble Art of NYC Restaurant Signs, dirigido por Amanda Choy. En el video se muestra el trabajo del estudio de diseño y taller Noble Signs que restaura, colecciona y crea letreros para diversos tipos de comercios en Nueva York. Al inicio del reportaje, uno de los miembros del negocio refiere la sensación de tristeza cuando desaparece una pieza del paisaje urbano que valoraba y que se había vuelto familiar. Para preservar la memoria, Noble Signs apuesta por letreros artesanales –hechos con neón, fibra de vidrio y otro tipo de materiales– y por establecer una relación con sus clientes y la historia del barrio. Cada pequeño negocio, restaurante o panadería depende de su integración visual con la calle y el contacto con el cliente que se acerca por primera vez. Los comercios que han resistido la gentrificación y no han cedido sus locales a alguna cadena global transmiten una sensación de autenticidad en un mundo en el que el diseño por algoritmos y la “instagramización” nos ofrecen la misma experiencia. No sólo eso: tras sus puertas hay historias moldeadas por la gente y una memoria colectiva que se construye año tras año. Los letreros únicos que realiza Noble Signs forman parte de la resistencia y luchan contra la erosión de la cultura.

La ciudad creada por el neoliberalismo –en particular las grandes urbes– pueden considerarse territorios que mutan constantemente. El dogma de la nueva sociedad de consumo es la “venta de experiencias” como si dispusiéramos, en nuestra vida cotidiana, de una interminable variedad de opciones para comprar y relacionarnos con los demás. La experiencia única que ofrece, por ejemplo, el modelo de cafetería tipo Starbucks –replicado en infinidad de cafeterías en todo el mundo– contribuye a invisibilizar a las personas que habitan estos lugares. El mundo actual evapora las cosas una vez que obtiene la máxima ganancia. Incluso, la construcción de nuevas tiendas, centros comerciales o conjuntos de edificios obedece a criterios especulativos, aunque de inmediato estos espacios muertos desde un inicio. La imaginación visual, la creatividad, la memoria y el humor de los letreros callejeros y de los negocios familiares luchan contra la deshumanización que vivimos en muchos frentes.

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lunes, 13 de julio de 2026

La arquitectura editorial en ‘Discípulo del fuego’

Mucho se discute sobre la experiencia diaria en el ciclo del libro, sobre todo desde que Tomás Granados Salinas propuso acercar a los agentes del gremio –editores, traductores, libreros– herramientas para comprender que hacer libros es, en esencia, un arte. Toda comunicación humana es un mensaje articulado donde el autor, en el centro, propone una mirada inédita para romper moldes; sin embargo, esa creatividad se despliega dentro de un sistema mediado. El medio de transmisión actúa como un lente ideológico que filtra el significado incluso antes de ser decodificado por el lector. Visto así, un mensaje es, en rigor, una estructura técnica condicionada por su soporte.

El dilema surge cuando un texto migra de formato: ¿es posible que el salto de la revista –sujeta a la inmediatez y a la lectura gregaria del número– al libro –con su relativa autonomía– altere nuestra experiencia de recepción? Éste es el núcleo de Discípulo del fuego, el libro que Gris Tormenta construyó a partir del perfil y ensayo que Aatish Taseer (Londres, 1980) escribió sobre V.S. Naipaul para Granta (2025). El texto original retrata la compleja relación de mentoría entre ambos, una dinámica marcada por la exigencia intelectual extrema y el riesgo de anulación creativa. Lo que comenzó en 2007 como una búsqueda de validación por parte de Taseer, degeneró en una lucha existencial contra la influencia avasalladora de Naipaul, hasta que el discípulo comprendió que el único camino hacia la autenticidad era aprender de sus propios errores, no someterse a la sombra del maestro.

Aatish Taseer

La migración de la revista al libro no es una simple traslación, sino una iteración expansiva donde el prólogo de Carlos Manuel Álvarez actúa como el eje de transformación. Álvarez abandona el tono de la crónica para adoptar uno filosófico; al anteponer su texto, la obra deja de ser una anécdota sobre el dolor para erigirse en una tesis sobre el oficio literario. A partir de la teoría del anclaje de Barthes, funciona como un marco que, más que una lectura parásita, opera como escudo intelectual. Álvarez organiza la experiencia personal de Taseer y la “naturaliza” como una lección histórica sobre la soberanía creativa. Al institucionalizar la ruptura y desmitificar la figura de Naipaul como un mentor depredador, esta intervención otorga al discípulo la autoridad literaria que el formato original no alcanzaba a consolidar por sí mismo. El lector ya no busca el morbo de una relación de mentoría, sino que contempla una batalla arquetípica.

Aquí la labor editorial se revela como una “curaduría del sentido”. Al emparejar la crónica vulnerable de Aatish Taseer con la disección analítica de Carlos Manuel Álvarez, Gris Tormenta cumple su promesa de hacer visible el trabajo invisible: nos muestra cómo se construye un escritor y cómo se negocia la voz propia. El ejercicio de edición rescata al autor de su propia confusión. La búsqueda de la voz deja de ser un misterio abstracto para convertirse en un trabajo de taller y un manual de resistencia ética. El libro se convierte en un punto de encuentro donde dos voces –la que sufre y la que analiza– construyen, en tiempo real, un conocimiento nuevo. Es, en esencia, la prueba de que editar es completar el pensamiento del autor y fabricar, en el proceso, un artefacto mucho más robusto que la suma de sus partes.

En última instancia, Discípulo del fuego es la prueba de que un buen editor es, ante todo, un arquitecto de la recepción.

Aatish Taseer, Discípulo del fuego, prólogo de Carlos Manuel Álvarez, trad. del inglés de Inma Pérez Parra, Gris Tormenta, Querétaro, 2026

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La arquitectura editorial en ‘Discípulo del fuego’

Mucho se discute sobre la experiencia diaria en el ciclo del libro, sobre todo desde que Tomás Granados Salinas propuso acercar a los agentes del gremio –editores, traductores, libreros– herramientas para comprender que hacer libros es, en esencia, un arte. Toda comunicación humana es un mensaje articulado donde el autor, en el centro, propone una mirada inédita para romper moldes; sin embargo, esa creatividad se despliega dentro de un sistema mediado. El medio de transmisión actúa como un lente ideológico que filtra el significado incluso antes de ser decodificado por el lector. Visto así, un mensaje es, en rigor, una estructura técnica condicionada por su soporte.

El dilema surge cuando un texto migra de formato: ¿es posible que el salto de la revista –sujeta a la inmediatez y a la lectura gregaria del número– al libro –con su relativa autonomía– altere nuestra experiencia de recepción? Éste es el núcleo de Discípulo del fuego, el libro que Gris Tormenta construyó a partir del perfil y ensayo que Aatish Taseer (Londres, 1980) escribió sobre V.S. Naipaul para Granta (2025). El texto original retrata la compleja relación de mentoría entre ambos, una dinámica marcada por la exigencia intelectual extrema y el riesgo de anulación creativa. Lo que comenzó en 2007 como una búsqueda de validación por parte de Taseer, degeneró en una lucha existencial contra la influencia avasalladora de Naipaul, hasta que el discípulo comprendió que el único camino hacia la autenticidad era aprender de sus propios errores, no someterse a la sombra del maestro.

Aatish Taseer

La migración de la revista al libro no es una simple traslación, sino una iteración expansiva donde el prólogo de Carlos Manuel Álvarez actúa como el eje de transformación. Álvarez abandona el tono de la crónica para adoptar uno filosófico; al anteponer su texto, la obra deja de ser una anécdota sobre el dolor para erigirse en una tesis sobre el oficio literario. A partir de la teoría del anclaje de Barthes, funciona como un marco que, más que una lectura parásita, opera como escudo intelectual. Álvarez organiza la experiencia personal de Taseer y la “naturaliza” como una lección histórica sobre la soberanía creativa. Al institucionalizar la ruptura y desmitificar la figura de Naipaul como un mentor depredador, esta intervención otorga al discípulo la autoridad literaria que el formato original no alcanzaba a consolidar por sí mismo. El lector ya no busca el morbo de una relación de mentoría, sino que contempla una batalla arquetípica.

Aquí la labor editorial se revela como una “curaduría del sentido”. Al emparejar la crónica vulnerable de Aatish Taseer con la disección analítica de Carlos Manuel Álvarez, Gris Tormenta cumple su promesa de hacer visible el trabajo invisible: nos muestra cómo se construye un escritor y cómo se negocia la voz propia. El ejercicio de edición rescata al autor de su propia confusión. La búsqueda de la voz deja de ser un misterio abstracto para convertirse en un trabajo de taller y un manual de resistencia ética. El libro se convierte en un punto de encuentro donde dos voces –la que sufre y la que analiza– construyen, en tiempo real, un conocimiento nuevo. Es, en esencia, la prueba de que editar es completar el pensamiento del autor y fabricar, en el proceso, un artefacto mucho más robusto que la suma de sus partes.

En última instancia, Discípulo del fuego es la prueba de que un buen editor es, ante todo, un arquitecto de la recepción.

Aatish Taseer, Discípulo del fuego, prólogo de Carlos Manuel Álvarez, trad. del inglés de Inma Pérez Parra, Gris Tormenta, Querétaro, 2026

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jueves, 9 de julio de 2026

Próximas exposiciones del Museo Jumex

Con Fútbol y arte: esa misma emoción (hasta el 26 de julio), Objetos de leyenda: momentos históricos en la historia del fútbol (hasta el 30 de agosto) y Colección Jumex: visiones difusas (hasta el 30 de agosto) aún en salas, el Museo Jumex de la Ciudad de México anunció su programa expostivo otoño-invierno. Las propuestas dadas a conocer vuelven a poner de relieve una de las constantes de su propuesta curatorial: articular grandes revisiones de artistas fundamentales del arte contemporáneo con proyectos inéditos concebidos para el museo y exposiciones que amplían la presencia de creadores latinoamericanos en el circuito institucional. Entre septiembre de 2026 y febrero de 2027, el recinto reunirá una retrospectiva de Richard Prince, una instalación inmersiva de Álvaro Urbano y la primera exposición individual en México de Raúl Silva.

 

Cuéntamelo todo

Richard Prince

Del 26 de septiembre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Richard Prince, Untitled (2013). © Richard Prince. Cortesía de Richard Prince Studio

La primera gran retrospectiva de Richard Prince (Zona del Canal de Panamá, 1949) en América Latina, Cuéntamelo todo, fue preparada por el artista estadounidense en colaboración con Kit Hammonds, curador en jefe del Museo Jumex. La muestra reunirá más de 130 obras realizadas desde la década de 1970 hasta la actualidad. El recorrido revisa algunas de las series más emblemáticas de Prince –Cowboys, Girlfriends, Jokes y Cartoons– junto a sus tempranas apropiaciones de imágenes publicitarias y de moda, las pinturas de las series Nurses, de Koonings y High Times, así como esculturas y piezas pertenecientes a Hoods. La exposición permite seguir la evolución de una práctica que ha convertido la apropiación de imágenes y el cuestionamiento de la autoría en algunos de los debates centrales del arte contemporáneo.

 

Helen

Álvaro Urbano

Del 16 de octubre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Puerta de acceso a la demolida Casa Cueva, de Juan O’Gorman, en Jardines del Pedregal, Ciudad de México. Fotografía: ProtoplasmaKid, 2025

En Helen, instalación inmersiva creada específicamente para la Galería 1 del Museo Jumex, el artista radicado en Berlín Álvaro Urbano (Madrid, 1983) toma como punto de partida la Casa Cueva construida por Juan O’Gorman entre 1948 y 1952. Para evocar las distintas capas de memoria que han definido ese lugar –ya inexistente–, la pieza entrelaza las historias del arquitecto y artista mexicano, la ilustradora botánica Helen Fowler (esposa de O’Gorman) y la escultora y arquitecta Helen Escobedo (responsable de su demolición), quienes habitaron el inmueble en distintos momentos. A través de una propuesta espacial, Urbano explora las transformaciones arquitectónicas y botánicas del sitio, insistiendo en la manera en que los espacios conservan huellas de quienes los ocuparon.

Gateway

Raúl Silva

Del 16 de octubre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Raúl Silva, La aceleración del tiempo (2026)

Gateway, primera exposición individual de Raúl Silva (Lima, 1991) en México, profundiza en la investigación del artista sobre los medios de comunicación y la tecnología para analizar los cambios económicos y estéticos que acompañaron la expansión de las telecomunicaciones durante la década de los noventa. La exposición reúne una videoinstalación de nueva producción, materiales de archivo, pinturas y esculturas que toman a Cancún como escenario privilegiado para examinar la relación entre turismo, infraestructura tecnológica e imaginarios del pasado prehispánico. Curada por Rosela del Bosque, la muestra propone una lectura crítica de un territorio donde convergen las promesas de la modernidad y las tensiones derivadas de la globalización.

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Próximas exposiciones del Museo Jumex

Con Fútbol y arte: esa misma emoción (hasta el 26 de julio), Objetos de leyenda: momentos históricos en la historia del fútbol (hasta el 30 de agosto) y Colección Jumex: visiones difusas (hasta el 30 de agosto) aún en salas, el Museo Jumex de la Ciudad de México anunció su programa expostivo otoño-invierno. Las propuestas dadas a conocer vuelven a poner de relieve una de las constantes de su propuesta curatorial: articular grandes revisiones de artistas fundamentales del arte contemporáneo con proyectos inéditos concebidos para el museo y exposiciones que amplían la presencia de creadores latinoamericanos en el circuito institucional. Entre septiembre de 2026 y febrero de 2027, el recinto reunirá una retrospectiva de Richard Prince, una instalación inmersiva de Álvaro Urbano y la primera exposición individual en México de Raúl Silva.

 

Cuéntamelo todo

Richard Prince

Del 26 de septiembre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Richard Prince, Untitled (2013). © Richard Prince. Cortesía de Richard Prince Studio

La primera gran retrospectiva de Richard Prince (Zona del Canal de Panamá, 1949) en América Latina, Cuéntamelo todo, fue preparada por el artista estadounidense en colaboración con Kit Hammonds, curador en jefe del Museo Jumex. La muestra reunirá más de 130 obras realizadas desde la década de 1970 hasta la actualidad. El recorrido revisa algunas de las series más emblemáticas de Prince –Cowboys, Girlfriends, Jokes y Cartoons– junto a sus tempranas apropiaciones de imágenes publicitarias y de moda, las pinturas de las series Nurses, de Koonings y High Times, así como esculturas y piezas pertenecientes a Hoods. La exposición permite seguir la evolución de una práctica que ha convertido la apropiación de imágenes y el cuestionamiento de la autoría en algunos de los debates centrales del arte contemporáneo.

 

Helen

Álvaro Urbano

Del 16 de octubre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Puerta de acceso a la demolida Casa Cueva, de Juan O’Gorman, en Jardines del Pedregal, Ciudad de México. Fotografía: ProtoplasmaKid, 2025

En Helen, instalación inmersiva creada específicamente para la Galería 1 del Museo Jumex, el artista radicado en Berlín Álvaro Urbano (Madrid, 1983) toma como punto de partida la Casa Cueva construida por Juan O’Gorman entre 1948 y 1952. Para evocar las distintas capas de memoria que han definido ese lugar –ya inexistente–, la pieza entrelaza las historias del arquitecto y artista mexicano, la ilustradora botánica Helen Fowler (esposa de O’Gorman) y la escultora y arquitecta Helen Escobedo (responsable de su demolición), quienes habitaron el inmueble en distintos momentos. A través de una propuesta espacial, Urbano explora las transformaciones arquitectónicas y botánicas del sitio, insistiendo en la manera en que los espacios conservan huellas de quienes los ocuparon.

Gateway

Raúl Silva

Del 16 de octubre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Raúl Silva, La aceleración del tiempo (2026)

Gateway, primera exposición individual de Raúl Silva (Lima, 1991) en México, profundiza en la investigación del artista sobre los medios de comunicación y la tecnología para analizar los cambios económicos y estéticos que acompañaron la expansión de las telecomunicaciones durante la década de los noventa. La exposición reúne una videoinstalación de nueva producción, materiales de archivo, pinturas y esculturas que toman a Cancún como escenario privilegiado para examinar la relación entre turismo, infraestructura tecnológica e imaginarios del pasado prehispánico. Curada por Rosela del Bosque, la muestra propone una lectura crítica de un territorio donde convergen las promesas de la modernidad y las tensiones derivadas de la globalización.

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