lunes, 19 de octubre de 2026

Meredith Monk: una arqueología de la voz

En ese formidable periódico brasileño que fue Nicolau, dirigido nada menos que por el escritor Wilson Bueno (autor, entre otras cosas, de Mar paraguayo, su inesperada narración experimental –mezcla de portugués, español y guaraní– que editó Bonobos en México), apareció, como apertura del número 49 (julio-agosto de 1993), la siguiente entrevista del poeta Rodrigo Garcia Lopes con la artista Meredith Monk (Nueva York, 1942), que hoy no necesita mayor preámbulo y que el pasado 11 de octubre se presentó (acompañada de Katie Geissinger y Allison Sniffin) por primera vez en México dentro de las actividades del Festival CulturaUNAM. Como desenlace de aquellas páginas, la edición incluyó una nota de Janete El Haouli (conocida entre nosotros por su ensayo sobre Demetrio Stratos, que dio pie a las investigaciones de Augusto de Campos en torno a aquella voz stratosférica y que publicó Conaculta en 2006), la cual nos ha parecido pertinente conservar en la traducción, pues atraviesa velozmente y con lucidez esa “garganta en formación” de la artista norteamericana.

A lo largo de la entrevista, Monk abordará algunas de sus líneas principales: la voz como evocación y excavación, el impulso a la vez único y múltiple de lo creativo, su distancia de cierto vanguardismo, su gusto por texturas más que por textos, el cambio de perspectiva que experimentó en torno a la función del artista, su estado de alerta, en fin, ante ese virus de la palabra dada –como lo llamaba Burroughs– en tanto instrumento de control o de captura que se copia y se propaga, etcétera. Era de esperarse que, en una artista que “sospecha” de las palabras y confía en el lenguaje mismo de la voz, sobreviniera un extrañamiento de todo rótulo para su trabajo y una invitación a descubrir articulaciones que describan “lo que cada uno hace”. Como se podrá ver, la exposición de Monk, que parece venir en espirales, continúa arrojando visiones y tensiones para nuestro presente, más allá de que algunos conceptos o denominaciones hayan entrado en desuso o discusión etnomusicológica.

–Nota introductoria y traducción del portugués de Iván García

Meredith Monk

Meredith Monk en la Sala Nezahualcóyotl, Festival CulturaUNAM, 11 de octubre de 2026. Fotografía: Rodrigo Vázquez, Archivo CulturaUNAM

Eres cantante, compositora, directora de teatro, coreógrafa, actriz y cineasta. ¿Cómo definirías tu trabajo? 

Hubo un tiempo en que me resultaba curioso ver cómo la gente intentaba definirlo. Hoy, yo lo llamaría simplemente performance art, una mezcla de todas esas cosas. Prefiero imaginarme como una compositora de sonidos, imágenes y movimientos que crea una forma híbrida de música. Creo que eso viene de mi formación: desde niña me interesé por diversas cosas. En la universidad, estudié teatro, música, literatura y danza, principalmente. Pero el factor que organiza la mayoría de mis trabajos es la música y el espacio. Por ello, incluso cuando estoy trabajando con imágenes, aún pienso en el trabajo como una especie de música visual.

En casi todas las culturas no-occidentales, música, danza, teatro, imágenes y el arte de contar historias vienen siempre juntos. En la africana, por ejemplo, no se ve esa separación. Todo es una sola cosa. No hay esa separación entre voz y cuerpo. Suelo decir que nuestros cuerpos cantan y nuestras voces danzan. Una cosa alimenta a la otra. Esa tendencia a separar las artes sólo revela la extrema fragmentación de una sociedad (como la norteamericana). En mi arte, me interesa hacer vínculos, mostrar cómo todo ello tiene como base un mismo impulso creativo. 

¿Qué es para ti la música?

Diría que es mi corazón. Algo pasa de los oídos directo al alma y del alma a los oídos. Creo que la música tiene el poder de curar a las personas, de darles energía y expresión, de llegar a ellas de un modo más directo. La música y la búsqueda a través de la voz están en el centro de lo que hago. Todo lo demás surge de allí. 

¿Qué te llevó a enfocarte en la voz, entre todas tus actividades?

En parte, vino como consecuencia natural de mi formación. Nací en una familia de músicos: mi abuelo tenía un conservatorio de música en Nueva York y mi mamá era cantante profesional. Ella decía que aprendí a leer música antes que palabras. Cuando fui a la escuela, encontré un medio para combinar voz, danza y teatro. Percibí que mi voz podía tener la flexibilidad de mi cuerpo, que yo podía articular un vocabulario para mi voz, tal como había encontrado un vocabulario para mi cuerpo. La voz, además de ser el primer instrumento humano, posee un lenguaje en sí mismo. Y uno de los más elocuentes que existen, ya que ofrece una conexión directa con la emoción. Para mí, la voz es un instrumento espiritual, pues permite acceder a regiones del sentimiento y a estados de espíritu para los que no se tiene descripción o traducción en palabras.

“Cuando se explora la voz como instrumento en sí mismo, como en mi caso, es posible expresarse de una forma más directa que con palabras. Demasiadas palabras acaban entorpeciendo el lenguaje de la voz, que es más elocuente”: Meredith Monk

Algo que intriga en tu obra musical es que trabajas más con la sonoridad de las palabras que con el sentido de éstas. Es como si quisieras mostrar que las palabras, de tan repetidas y tan “sucias de historia”, acabaron perdiendo el sentido. ¿Sospechas algo en ellas?

Rara vez uso textos, porque creo que la voz en sí ya es un lenguaje muy rico y poderoso. Pareciera que la música, en tanto no depende necesariamente de un texto, alcanza en directo a las personas. El efecto es siempre inmediato. Cuando se explora la voz como instrumento en sí mismo, como en mi caso, es posible expresarse de una forma más directa que con palabras. Demasiadas palabras acaban entorpeciendo el lenguaje de la voz, que es más elocuente. Confieso que tengo cierta sospecha de las palabras. Casi siempre vienen como una especie de engrudo, suelen apresar al espectador en alguna narrativa. No me gusta que alguien vaya al teatro sólo para oír un texto, cuando están involucradas también otras facultades. La ventaja es que puedo ir a cualquier lugar del mundo con mi música y el público puede reaccionar de modo más inmediato, pues no existe la barrera de la lengua.

La voz trasciende culturas. Tiene el poder de redescubrir, de recuperar memorias, sensaciones y experiencias para las que no tenemos más palabras que logren traducirlas, o que fueron olvidadas o están reprimidas. Lo que hago en mi música es una especie de arqueología de la voz; disfruto explorar sus texturas, sus energías. Eso fue lo que intenté hacer en Recent Ruins: descubrir, excavar y recuperar sonidos que siempre existieron. Es fascinante la idea de que, bajo una capa de civilización, existen infinitamente otras. La voz tiene esa capacidad de evocar o excavar otros niveles de experiencia, la magia del lenguaje vocal. Cuando uno trabaja con la voz es como si se lidiara con toda la arqueología del ser humano. Hay efectos vocales que se encuentran en casi todas las culturas: el ataque glótico, que es una técnica que uso, existe en la música balcánica, africana, asiática. La voz es un lenguaje universal.

¿Qué tipo de música escuchas?

Procuro ser muy ecléctica. Me gusta la música clásica, jazz, rock, folk, étnica, rap… Siempre me gustó mucho la música medieval y el canto gregoriano. Amo a Bach, pero también la música contemporánea. Me fascina la música preBach. Uno de mis favoritos es Perotinus.

¿Qué conoces de la música de Brasil?

Un músico fantástico y muy amigo mío es Naná Vasconcelos. Queremos hacer un trabajo juntos algún día. Uno de los mayores cantantes de todos los tiempos, en mi opinión, es Caetano Veloso. A veces, cuando estoy medio deprimida, suelo poner un cassette suyo y me quedo oyendo. Me gustaría encontrármelo, darle un beso en la boca y decirle cuánto placer y consuelo me ha dado en todos estos años. 

En general, la gente asocia tu trabajo con el minimalismo y con la obra de músicos que exploran ese terreno, como Philipp Glass, Laurie Anderson y Steve Reich. ¿Qué opinas de todo ello? 

Ponerle un rótulo al arte de alguien nunca ha servido de gran cosa. Creo que es mucho más interesante encontrar palabras que describan lo que cada cual hace. Cuando empecé a internarme en la música vocal, no sabía lo que Glass y Reich estaban haciendo. Sólo más tarde supe de ellos, y empezó a gustarme. Pero mi trabajo, creo, tiene un comienzo distinto, porque nunca pensé en la voz como un instrumento repetitivo. Si recurro a la repetición, va más en el sentido de lo que sucede en la música folk. Mi música siempre evitó reducirse a un tipo de experiencia cerebral: es más “corazón” que “cabeza”. Allá por los años cincuenta y sesenta, por vanguardismo se entendía crear un arte obligatoriamente incómodo, difícil de oír. Hubo una época en que la música, en particular, iba en una dirección donde no había mucho margen para el cuerpo, era sólo “cabeza”. Pero hoy hay mucha más gente en busca de un trabajo artístico que afirme esa interrelación, la sincronicidad entre cuerpo y cabeza. Eso es lo que estoy intentando hacer.

Meredith Monk

Meredith Monk en la Sala Nezahualcóyotl, Festival CulturaUNAM, 11 de octubre de 2026. Fotografía: Rodrigo Vázquez, Archivo CulturaUNAM

Cuando escuchamos Dolmen Music o Book of Days tenemos la impresión de estar ante cierta fusión de tiempos y espacios. Trabajas mucho con el tiempo, con la sincronicidad de épocas diferentes y que pueden recuperarse a través de la voz. Habla un poco sobre eso.

Sí, yo tengo una visión cíclica del tiempo. Si hay una constante en mi trabajo, son las reiteradas referencias al paso del tiempo. Siempre me fascinó esa multidimensionalidad, por eso siempre voy y vuelvo a periodos históricos diferentes. En Book of Days, por ejemplo, yuxtapongo la Edad Media con la época contemporánea e intento ligar las similitudes entre ambas, aunque esto no se revele de forma lineal. En el cine, quise deslizar la idea de que hoy, por muchos motivos, estamos viviendo la Edad de las Tinieblas. La plaga y el sida serían apenas uno de esos puntos en común. Hoy hay una ganancia deliberada, una ignorancia enorme, un individualismo exacerbado.

“El aspecto tecnológico de nuestra sociedad se está apoderando de la emoción humana, de ciertos niveles de sentimientos y de ciertas sensaciones, que vienen siendo gradualmente eliminados. Los individuos se sienten impotentes en relación con el mundo”: Meredith Monk

El aspecto tecnológico de nuestra sociedad se está apoderando de la emoción humana, de ciertos niveles de sentimientos y de ciertas sensaciones, que vienen siendo gradualmente eliminados. Los individuos se sienten impotentes en relación con el mundo, a diferencia del Renacimiento, donde la gente estaba descubriendo sus potenciales. Nos sentimos como machucados por las fuerzas tremendas que gobiernan el mundo. Hoy, la velocidad a la que todo corre, el resentimiento y la violencia presentan una emoción parecida a la medieval. Por ello, creo que la voz es uno de los instrumentos que pueden ayudarnos a descubrir sentimientos que, en un país como los Estados Unidos –donde todo está fragmentado y donde la TV y los medios entorpecen nuestras sensaciones–, acabaron siendo olvidados.

¿Estudias la música o la producción de alguna cultura primitiva como fuente de inspiración?

No, nunca estudié más seriamente la música primigenia, pero siento que lo que estoy intentando hacer con la voz es bastante remoto, primitivo como tal, en el sentido de que busco rescatar aquella que es la forma más esencial de enunciación humana, y que viene de antes de las palabras. Al comienzo de mi carrera, cuando terminaba una presentación la gente decía que lo mío evocaba a la música balcánica, o yoddeling. Después me di cuenta de que esos sonidos están diseminados por el mundo y de que son inevitables cuando se trabaja con la voz. 

¿Conoces el trabajo de Ima Sumak? ¿Qué otras influencias hay en tu manejo vocal?

Sí, desde luego, lo conozco. Crecí oyendo sus discos. En mis inicios con la voz, la experiencia de oír a Janis Joplin también fue muy importante.

Meredith Monk

Meredith Monk en la Sala Nezahualcóyotl, Festival CulturaUNAM, 11 de octubre de 2026. Fotografía: Rodrigo Vázquez, Archivo CulturaUNAM

Un tema recurrente en tu obra es el rito de paso de la niña a la adulta. En obras como Book of Days y Education of Girlchild abordas temas femeninos, de género. ¿Tu trabajo cuestiona el modo en que habitualmente las mujeres son representadas en la cultura norteamericana?

Lo interesante en nuestra cultura es que rara vez podemos ver un grupo de mujeres fuertes, con personalidad, del tipo heroínas, como puede verse, por ejemplo, en las películas de Kurosawa o, en la cultura europea, en Los Caballeros de la Mesa Redonda. En Education of a Girlchild hay seis mujeres, cada una con una experiencia o proveniente de una cultura distinta, pero todas seres humanos increíbles. El primer acto es sobre la peculiaridad de sus experiencias y aventuras. En el segundo, presento a una vieja transformándose en niña. Creo que es muy lindo mostrar la belleza de mujeres con personalidad, sin que sean –dicho de un modo militante– cursis. En Book of Days, la niña que aparece en la película es una vidente que acaba siendo perseguida, como si estuviera loca, por tener esa capacidad, ese poder. Creo que me interesa romper algunos de esos modos de representar a la mujer, porque, cuando abarcamos el escopo de visión del alma femenina, también abarcamos el escopo de toda la raza humana. En nuestra cultura, estamos acostumbrados sólo a mitos masculinos.

¿Cómo es tu proceso creativo? ¿Cómo surge la idea de un nuevo trabajo?

Es un proceso muy espontáneo. El disco Dolmen Music se inspiró en los dólmenes que vi en Gran Bretaña. Cuando vi aquellas piedras, me quedé imaginando si estas habrían sido colocadas allí por pueblos antiguos o por seres de otro planeta. Creo que es ese el feeling del disco. Ya con Turtle Dreams fue diferente: quería crear una música que reflejara el ambiente de las calles de Nueva York, con toda esa disonancia. Mientras tanto, Songs from the Hill se inspiró en una visita que hice al desierto de Nuevo México.

“Pasé varios años meditando sobre cuál es la función del artista en la sociedad y llegué a la conclusión de que lo único que puedo ofrecer, en cuanto artista, es un tipo de afirmación sobre lo que significa ser humano hoy día”: Meredith Monk

En una sociedad cada vez más dominada por la mentalidad consumista y tecnológica, ¿qué puede hacer el artista, en tu opinión, en términos de resistencia cultural?

Pasé varios años meditando sobre cuál es la función del artista en la sociedad y llegué a la conclusión de que lo único que puedo ofrecer, en cuanto artista, es un tipo de afirmación sobre lo que significa ser humano hoy día. Los artistas fungen como antenas, una especie de consciencia de una sociedad. A medida que esta se ve más fragmentada, más bombardeada de imágenes, más indiferente y superficial con respecto a los sentimientos, más obsesiva e impaciente, lo que el artista puede ofrecer se vuelve cada vez más vital para la salud de la comunidad.

Hace unos diez años, me parecía importante que mi trabajo de alguna manera reflejara los problemas de la sociedad. Hoy, intento trabajar más como una poeta. En aquel tiempo, mi trabajo tenía un tono apocalíptico, sentía que era importante señalar los problemas y discutir lo que podía hacerse para cambiar la situación. Pero esa es sólo una de las estrategias. En los últimos años, comencé a percibir que ese tal vez no sea el mejor camino para mí. Creo que, para hacer arte hoy, es todavía más importante que el artista se imagine como una especie de chamán, de héroe o heroína. Por eso, intento sugerir formas alternativas de experimentar sensaciones que son naturales al ser humano, considerarlo en todo su potencial, su ternura, su capacidad de hacer cosas buenas. 

¿Como si el arte fuese una especie de última reserva ecológica?

Sí, de cierta manera, aunque es aburrido pensar en el arte como algo en peligro de extinción. Prefiero pensar que no es la última sino la primera frontera, y que está ahí para quedarse. 

Tú, que viajas tanto por el mundo, ¿has sentido que la Edad Media en que pareciera que vivimos hoy es un fenómeno global o más norteamericano?

Creo que es, sobre todo, norteamericano. La TV explora y banaliza la riqueza de la experiencia humana, hace que las personas sean insensibles a las emociones y las desconecta de un sentido de todo, de unidad. Por lo demás, parece que el arte hoy se ve más como mercancía que como modo de vida. Está pensado en términos de diversión, no como alimento esencial. Es más fácil quedarse en casa, oír música, ver televisión, leer una revista. Al dar una satisfacción instantánea, los medios saldan la impaciencia y el deseo acumulado por la velocidad, el agotamiento y la fragmentación de los días actuales. La TV, por ejemplo, ofrece a las personas más una imagen de la experiencia que la base de una experiencia. El arte ofrece algo más: profundidad, involucramiento, una nueva manera de ver el mundo en que vivimos, una oportunidad de experimentar la libertad de la imaginación.

Lo que realmente me gustaría, a través de mi arte, es poder ofrecer un tipo de experiencia que las personas en general no tienen en sus vidas, o que tienen, pero no logran percibir. Me gustaría que un día las personas despertaran y comenzaran a ver sus vidas de un modo diferente, más rico, más intenso. Como artista, creo que mi función básica es hacer que las personas miren hacia sus propias vidas con mayor atención, que salgan a las calles y miren y escuchen las cosas de una manera más rica, más sensible. Si en el espacio de dos horas que dura una performance logro contribuir a que esto suceda, habré cumplido mi papel. 

Meredith Monk

Meredith Monk y Vocal Ensemble (Katie Geissinger y Allison Sniffin) en la Sala Nezahualcóyotl, Festival CulturaUNAM, 11 de octubre de 2026. Fotografía: Rodrigo Vázquez, Archivo CulturaUNAM

Salvaje, dulce, natural

Janete El Haouli

 

Os, oris, orificio oriforme, boca: entrada de alimento, producción de sonidos, origen y abertura hacia el mundo. Entrada y salida del soplo, soplo vital sin el que ninguna voz existe y que remite al tiempo de la eterna creación de la vida.

Meredith Jane Monk hace de la voz un receptáculo de emociones humanas, emociones que el hombre contemporáneo ha perdido. Su cantar suena como una garganta todavía en formación, anterior a la pronunciación y al lenguaje verbal. Lo que escuchamos en su canto es el antes, lo pre: la voz del niño, salvaje, dulce, natural.

Como “arqueóloga” de la voz, busca elementos técnicos y espirituales en las producciones étnicas para manifestar su comprensión del mundo y de la vida. Su vocalidad es la deconstrucción de un orden preestablecido.

Monk opera un proceso de recuperación de lo “olvidado”, poniendo a discusión la “polifonía de la voz” y la inquietud anárquica a la que esta conduce. Su voz quiere cantar el “retorno” a la polifonía infinita, que la codificación realizada por la historia redujo y castró violentamente.

Si por un lado Monk nomadizó la vocalidad occidental, apartándola de los clichés y los límites bien portados del bel-canto, por otro, trabaja dialogando con esas multiplicidades paradojales: el rock, el jazz, las músicas étnicas, la Edad Media (canto gregoriano y polifonía gótica).

Su procedimiento composicional-interpretativo se da de manera no-causal, no-lineal, en obediencia a un principio estructural circular, de inspiración modal, remitiéndonos a una experiencia de comunión, de interacción ritualística. La repetición en su música sugiere algo hipnótico, propicio al trance. Solicita una escucha participativa, despojada y de donación. 

Meredith Monk no sólo libera la voz en pleno siglo XX, también revela lo que puede ser una liberación del cuerpo. La voz habla del cuerpo, atañe al fluir y al deseo, no sólo a los significados. La voz de Monk emerge como “esencia” del cuerpo.

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Meredith Monk: una arqueología de la voz

En ese formidable periódico brasileño que fue Nicolau, dirigido nada menos que por el escritor Wilson Bueno (autor, entre otras cosas, de Mar paraguayo, su inesperada narración experimental –mezcla de portugués, español y guaraní– que editó Bonobos en México), apareció, como apertura del número 49 (julio-agosto de 1993), la siguiente entrevista del poeta Rodrigo Garcia Lopes con la artista Meredith Monk (Nueva York, 1942), que hoy no necesita mayor preámbulo y que el pasado 11 de octubre se presentó (acompañada de Katie Geissinger y Allison Sniffin) por primera vez en México dentro de las actividades del Festival CulturaUNAM. Como desenlace de aquellas páginas, la edición incluyó una nota de Janete El Haouli (conocida entre nosotros por su ensayo sobre Demetrio Stratos, que dio pie a las investigaciones de Augusto de Campos en torno a aquella voz stratosférica y que publicó Conaculta en 2006), la cual nos ha parecido pertinente conservar en la traducción, pues atraviesa velozmente y con lucidez esa “garganta en formación” de la artista norteamericana.

A lo largo de la entrevista, Monk abordará algunas de sus líneas principales: la voz como evocación y excavación, el impulso a la vez único y múltiple de lo creativo, su distancia de cierto vanguardismo, su gusto por texturas más que por textos, el cambio de perspectiva que experimentó en torno a la función del artista, su estado de alerta, en fin, ante ese virus de la palabra dada –como lo llamaba Burroughs– en tanto instrumento de control o de captura que se copia y se propaga, etcétera. Era de esperarse que, en una artista que “sospecha” de las palabras y confía en el lenguaje mismo de la voz, sobreviniera un extrañamiento de todo rótulo para su trabajo y una invitación a descubrir articulaciones que describan “lo que cada uno hace”. Como se podrá ver, la exposición de Monk, que parece venir en espirales, continúa arrojando visiones y tensiones para nuestro presente, más allá de que algunos conceptos o denominaciones hayan entrado en desuso o discusión etnomusicológica.

–Nota introductoria y traducción del portugués de Iván García

Meredith Monk

Meredith Monk en la Sala Nezahualcóyotl, Festival CulturaUNAM, 11 de octubre de 2026. Fotografía: Rodrigo Vázquez, Archivo CulturaUNAM

Eres cantante, compositora, directora de teatro, coreógrafa, actriz y cineasta. ¿Cómo definirías tu trabajo? 

Hubo un tiempo en que me resultaba curioso ver cómo la gente intentaba definirlo. Hoy, yo lo llamaría simplemente performance art, una mezcla de todas esas cosas. Prefiero imaginarme como una compositora de sonidos, imágenes y movimientos que crea una forma híbrida de música. Creo que eso viene de mi formación: desde niña me interesé por diversas cosas. En la universidad, estudié teatro, música, literatura y danza, principalmente. Pero el factor que organiza la mayoría de mis trabajos es la música y el espacio. Por ello, incluso cuando estoy trabajando con imágenes, aún pienso en el trabajo como una especie de música visual.

En casi todas las culturas no-occidentales, música, danza, teatro, imágenes y el arte de contar historias vienen siempre juntos. En la africana, por ejemplo, no se ve esa separación. Todo es una sola cosa. No hay esa separación entre voz y cuerpo. Suelo decir que nuestros cuerpos cantan y nuestras voces danzan. Una cosa alimenta a la otra. Esa tendencia a separar las artes sólo revela la extrema fragmentación de una sociedad (como la norteamericana). En mi arte, me interesa hacer vínculos, mostrar cómo todo ello tiene como base un mismo impulso creativo. 

¿Qué es para ti la música?

Diría que es mi corazón. Algo pasa de los oídos directo al alma y del alma a los oídos. Creo que la música tiene el poder de curar a las personas, de darles energía y expresión, de llegar a ellas de un modo más directo. La música y la búsqueda a través de la voz están en el centro de lo que hago. Todo lo demás surge de allí. 

¿Qué te llevó a enfocarte en la voz, entre todas tus actividades?

En parte, vino como consecuencia natural de mi formación. Nací en una familia de músicos: mi abuelo tenía un conservatorio de música en Nueva York y mi mamá era cantante profesional. Ella decía que aprendí a leer música antes que palabras. Cuando fui a la escuela, encontré un medio para combinar voz, danza y teatro. Percibí que mi voz podía tener la flexibilidad de mi cuerpo, que yo podía articular un vocabulario para mi voz, tal como había encontrado un vocabulario para mi cuerpo. La voz, además de ser el primer instrumento humano, posee un lenguaje en sí mismo. Y uno de los más elocuentes que existen, ya que ofrece una conexión directa con la emoción. Para mí, la voz es un instrumento espiritual, pues permite acceder a regiones del sentimiento y a estados de espíritu para los que no se tiene descripción o traducción en palabras.

“Cuando se explora la voz como instrumento en sí mismo, como en mi caso, es posible expresarse de una forma más directa que con palabras. Demasiadas palabras acaban entorpeciendo el lenguaje de la voz, que es más elocuente”: Meredith Monk

Algo que intriga en tu obra musical es que trabajas más con la sonoridad de las palabras que con el sentido de éstas. Es como si quisieras mostrar que las palabras, de tan repetidas y tan “sucias de historia”, acabaron perdiendo el sentido. ¿Sospechas algo en ellas?

Rara vez uso textos, porque creo que la voz en sí ya es un lenguaje muy rico y poderoso. Pareciera que la música, en tanto no depende necesariamente de un texto, alcanza en directo a las personas. El efecto es siempre inmediato. Cuando se explora la voz como instrumento en sí mismo, como en mi caso, es posible expresarse de una forma más directa que con palabras. Demasiadas palabras acaban entorpeciendo el lenguaje de la voz, que es más elocuente. Confieso que tengo cierta sospecha de las palabras. Casi siempre vienen como una especie de engrudo, suelen apresar al espectador en alguna narrativa. No me gusta que alguien vaya al teatro sólo para oír un texto, cuando están involucradas también otras facultades. La ventaja es que puedo ir a cualquier lugar del mundo con mi música y el público puede reaccionar de modo más inmediato, pues no existe la barrera de la lengua.

La voz trasciende culturas. Tiene el poder de redescubrir, de recuperar memorias, sensaciones y experiencias para las que no tenemos más palabras que logren traducirlas, o que fueron olvidadas o están reprimidas. Lo que hago en mi música es una especie de arqueología de la voz; disfruto explorar sus texturas, sus energías. Eso fue lo que intenté hacer en Recent Ruins: descubrir, excavar y recuperar sonidos que siempre existieron. Es fascinante la idea de que, bajo una capa de civilización, existen infinitamente otras. La voz tiene esa capacidad de evocar o excavar otros niveles de experiencia, la magia del lenguaje vocal. Cuando uno trabaja con la voz es como si se lidiara con toda la arqueología del ser humano. Hay efectos vocales que se encuentran en casi todas las culturas: el ataque glótico, que es una técnica que uso, existe en la música balcánica, africana, asiática. La voz es un lenguaje universal.

¿Qué tipo de música escuchas?

Procuro ser muy ecléctica. Me gusta la música clásica, jazz, rock, folk, étnica, rap… Siempre me gustó mucho la música medieval y el canto gregoriano. Amo a Bach, pero también la música contemporánea. Me fascina la música preBach. Uno de mis favoritos es Perotinus.

¿Qué conoces de la música de Brasil?

Un músico fantástico y muy amigo mío es Naná Vasconcelos. Queremos hacer un trabajo juntos algún día. Uno de los mayores cantantes de todos los tiempos, en mi opinión, es Caetano Veloso. A veces, cuando estoy medio deprimida, suelo poner un cassette suyo y me quedo oyendo. Me gustaría encontrármelo, darle un beso en la boca y decirle cuánto placer y consuelo me ha dado en todos estos años. 

En general, la gente asocia tu trabajo con el minimalismo y con la obra de músicos que exploran ese terreno, como Philipp Glass, Laurie Anderson y Steve Reich. ¿Qué opinas de todo ello? 

Ponerle un rótulo al arte de alguien nunca ha servido de gran cosa. Creo que es mucho más interesante encontrar palabras que describan lo que cada cual hace. Cuando empecé a internarme en la música vocal, no sabía lo que Glass y Reich estaban haciendo. Sólo más tarde supe de ellos, y empezó a gustarme. Pero mi trabajo, creo, tiene un comienzo distinto, porque nunca pensé en la voz como un instrumento repetitivo. Si recurro a la repetición, va más en el sentido de lo que sucede en la música folk. Mi música siempre evitó reducirse a un tipo de experiencia cerebral: es más “corazón” que “cabeza”. Allá por los años cincuenta y sesenta, por vanguardismo se entendía crear un arte obligatoriamente incómodo, difícil de oír. Hubo una época en que la música, en particular, iba en una dirección donde no había mucho margen para el cuerpo, era sólo “cabeza”. Pero hoy hay mucha más gente en busca de un trabajo artístico que afirme esa interrelación, la sincronicidad entre cuerpo y cabeza. Eso es lo que estoy intentando hacer.

Meredith Monk

Meredith Monk en la Sala Nezahualcóyotl, Festival CulturaUNAM, 11 de octubre de 2026. Fotografía: Rodrigo Vázquez, Archivo CulturaUNAM

Cuando escuchamos Dolmen Music o Book of Days tenemos la impresión de estar ante cierta fusión de tiempos y espacios. Trabajas mucho con el tiempo, con la sincronicidad de épocas diferentes y que pueden recuperarse a través de la voz. Habla un poco sobre eso.

Sí, yo tengo una visión cíclica del tiempo. Si hay una constante en mi trabajo, son las reiteradas referencias al paso del tiempo. Siempre me fascinó esa multidimensionalidad, por eso siempre voy y vuelvo a periodos históricos diferentes. En Book of Days, por ejemplo, yuxtapongo la Edad Media con la época contemporánea e intento ligar las similitudes entre ambas, aunque esto no se revele de forma lineal. En el cine, quise deslizar la idea de que hoy, por muchos motivos, estamos viviendo la Edad de las Tinieblas. La plaga y el sida serían apenas uno de esos puntos en común. Hoy hay una ganancia deliberada, una ignorancia enorme, un individualismo exacerbado.

“El aspecto tecnológico de nuestra sociedad se está apoderando de la emoción humana, de ciertos niveles de sentimientos y de ciertas sensaciones, que vienen siendo gradualmente eliminados. Los individuos se sienten impotentes en relación con el mundo”: Meredith Monk

El aspecto tecnológico de nuestra sociedad se está apoderando de la emoción humana, de ciertos niveles de sentimientos y de ciertas sensaciones, que vienen siendo gradualmente eliminados. Los individuos se sienten impotentes en relación con el mundo, a diferencia del Renacimiento, donde la gente estaba descubriendo sus potenciales. Nos sentimos como machucados por las fuerzas tremendas que gobiernan el mundo. Hoy, la velocidad a la que todo corre, el resentimiento y la violencia presentan una emoción parecida a la medieval. Por ello, creo que la voz es uno de los instrumentos que pueden ayudarnos a descubrir sentimientos que, en un país como los Estados Unidos –donde todo está fragmentado y donde la TV y los medios entorpecen nuestras sensaciones–, acabaron siendo olvidados.

¿Estudias la música o la producción de alguna cultura primitiva como fuente de inspiración?

No, nunca estudié más seriamente la música primigenia, pero siento que lo que estoy intentando hacer con la voz es bastante remoto, primitivo como tal, en el sentido de que busco rescatar aquella que es la forma más esencial de enunciación humana, y que viene de antes de las palabras. Al comienzo de mi carrera, cuando terminaba una presentación la gente decía que lo mío evocaba a la música balcánica, o yoddeling. Después me di cuenta de que esos sonidos están diseminados por el mundo y de que son inevitables cuando se trabaja con la voz. 

¿Conoces el trabajo de Ima Sumak? ¿Qué otras influencias hay en tu manejo vocal?

Sí, desde luego, lo conozco. Crecí oyendo sus discos. En mis inicios con la voz, la experiencia de oír a Janis Joplin también fue muy importante.

Meredith Monk

Meredith Monk en la Sala Nezahualcóyotl, Festival CulturaUNAM, 11 de octubre de 2026. Fotografía: Rodrigo Vázquez, Archivo CulturaUNAM

Un tema recurrente en tu obra es el rito de paso de la niña a la adulta. En obras como Book of Days y Education of Girlchild abordas temas femeninos, de género. ¿Tu trabajo cuestiona el modo en que habitualmente las mujeres son representadas en la cultura norteamericana?

Lo interesante en nuestra cultura es que rara vez podemos ver un grupo de mujeres fuertes, con personalidad, del tipo heroínas, como puede verse, por ejemplo, en las películas de Kurosawa o, en la cultura europea, en Los Caballeros de la Mesa Redonda. En Education of a Girlchild hay seis mujeres, cada una con una experiencia o proveniente de una cultura distinta, pero todas seres humanos increíbles. El primer acto es sobre la peculiaridad de sus experiencias y aventuras. En el segundo, presento a una vieja transformándose en niña. Creo que es muy lindo mostrar la belleza de mujeres con personalidad, sin que sean –dicho de un modo militante– cursis. En Book of Days, la niña que aparece en la película es una vidente que acaba siendo perseguida, como si estuviera loca, por tener esa capacidad, ese poder. Creo que me interesa romper algunos de esos modos de representar a la mujer, porque, cuando abarcamos el escopo de visión del alma femenina, también abarcamos el escopo de toda la raza humana. En nuestra cultura, estamos acostumbrados sólo a mitos masculinos.

¿Cómo es tu proceso creativo? ¿Cómo surge la idea de un nuevo trabajo?

Es un proceso muy espontáneo. El disco Dolmen Music se inspiró en los dólmenes que vi en Gran Bretaña. Cuando vi aquellas piedras, me quedé imaginando si estas habrían sido colocadas allí por pueblos antiguos o por seres de otro planeta. Creo que es ese el feeling del disco. Ya con Turtle Dreams fue diferente: quería crear una música que reflejara el ambiente de las calles de Nueva York, con toda esa disonancia. Mientras tanto, Songs from the Hill se inspiró en una visita que hice al desierto de Nuevo México.

“Pasé varios años meditando sobre cuál es la función del artista en la sociedad y llegué a la conclusión de que lo único que puedo ofrecer, en cuanto artista, es un tipo de afirmación sobre lo que significa ser humano hoy día”: Meredith Monk

En una sociedad cada vez más dominada por la mentalidad consumista y tecnológica, ¿qué puede hacer el artista, en tu opinión, en términos de resistencia cultural?

Pasé varios años meditando sobre cuál es la función del artista en la sociedad y llegué a la conclusión de que lo único que puedo ofrecer, en cuanto artista, es un tipo de afirmación sobre lo que significa ser humano hoy día. Los artistas fungen como antenas, una especie de consciencia de una sociedad. A medida que esta se ve más fragmentada, más bombardeada de imágenes, más indiferente y superficial con respecto a los sentimientos, más obsesiva e impaciente, lo que el artista puede ofrecer se vuelve cada vez más vital para la salud de la comunidad.

Hace unos diez años, me parecía importante que mi trabajo de alguna manera reflejara los problemas de la sociedad. Hoy, intento trabajar más como una poeta. En aquel tiempo, mi trabajo tenía un tono apocalíptico, sentía que era importante señalar los problemas y discutir lo que podía hacerse para cambiar la situación. Pero esa es sólo una de las estrategias. En los últimos años, comencé a percibir que ese tal vez no sea el mejor camino para mí. Creo que, para hacer arte hoy, es todavía más importante que el artista se imagine como una especie de chamán, de héroe o heroína. Por eso, intento sugerir formas alternativas de experimentar sensaciones que son naturales al ser humano, considerarlo en todo su potencial, su ternura, su capacidad de hacer cosas buenas. 

¿Como si el arte fuese una especie de última reserva ecológica?

Sí, de cierta manera, aunque es aburrido pensar en el arte como algo en peligro de extinción. Prefiero pensar que no es la última sino la primera frontera, y que está ahí para quedarse. 

Tú, que viajas tanto por el mundo, ¿has sentido que la Edad Media en que pareciera que vivimos hoy es un fenómeno global o más norteamericano?

Creo que es, sobre todo, norteamericano. La TV explora y banaliza la riqueza de la experiencia humana, hace que las personas sean insensibles a las emociones y las desconecta de un sentido de todo, de unidad. Por lo demás, parece que el arte hoy se ve más como mercancía que como modo de vida. Está pensado en términos de diversión, no como alimento esencial. Es más fácil quedarse en casa, oír música, ver televisión, leer una revista. Al dar una satisfacción instantánea, los medios saldan la impaciencia y el deseo acumulado por la velocidad, el agotamiento y la fragmentación de los días actuales. La TV, por ejemplo, ofrece a las personas más una imagen de la experiencia que la base de una experiencia. El arte ofrece algo más: profundidad, involucramiento, una nueva manera de ver el mundo en que vivimos, una oportunidad de experimentar la libertad de la imaginación.

Lo que realmente me gustaría, a través de mi arte, es poder ofrecer un tipo de experiencia que las personas en general no tienen en sus vidas, o que tienen, pero no logran percibir. Me gustaría que un día las personas despertaran y comenzaran a ver sus vidas de un modo diferente, más rico, más intenso. Como artista, creo que mi función básica es hacer que las personas miren hacia sus propias vidas con mayor atención, que salgan a las calles y miren y escuchen las cosas de una manera más rica, más sensible. Si en el espacio de dos horas que dura una performance logro contribuir a que esto suceda, habré cumplido mi papel. 

Meredith Monk

Meredith Monk y Vocal Ensemble (Katie Geissinger y Allison Sniffin) en la Sala Nezahualcóyotl, Festival CulturaUNAM, 11 de octubre de 2026. Fotografía: Rodrigo Vázquez, Archivo CulturaUNAM

Salvaje, dulce, natural

Janete El Haouli

 

Os, oris, orificio oriforme, boca: entrada de alimento, producción de sonidos, origen y abertura hacia el mundo. Entrada y salida del soplo, soplo vital sin el que ninguna voz existe y que remite al tiempo de la eterna creación de la vida.

Meredith Jane Monk hace de la voz un receptáculo de emociones humanas, emociones que el hombre contemporáneo ha perdido. Su cantar suena como una garganta todavía en formación, anterior a la pronunciación y al lenguaje verbal. Lo que escuchamos en su canto es el antes, lo pre: la voz del niño, salvaje, dulce, natural.

Como “arqueóloga” de la voz, busca elementos técnicos y espirituales en las producciones étnicas para manifestar su comprensión del mundo y de la vida. Su vocalidad es la deconstrucción de un orden preestablecido.

Monk opera un proceso de recuperación de lo “olvidado”, poniendo a discusión la “polifonía de la voz” y la inquietud anárquica a la que esta conduce. Su voz quiere cantar el “retorno” a la polifonía infinita, que la codificación realizada por la historia redujo y castró violentamente.

Si por un lado Monk nomadizó la vocalidad occidental, apartándola de los clichés y los límites bien portados del bel-canto, por otro, trabaja dialogando con esas multiplicidades paradojales: el rock, el jazz, las músicas étnicas, la Edad Media (canto gregoriano y polifonía gótica).

Su procedimiento composicional-interpretativo se da de manera no-causal, no-lineal, en obediencia a un principio estructural circular, de inspiración modal, remitiéndonos a una experiencia de comunión, de interacción ritualística. La repetición en su música sugiere algo hipnótico, propicio al trance. Solicita una escucha participativa, despojada y de donación. 

Meredith Monk no sólo libera la voz en pleno siglo XX, también revela lo que puede ser una liberación del cuerpo. La voz habla del cuerpo, atañe al fluir y al deseo, no sólo a los significados. La voz de Monk emerge como “esencia” del cuerpo.

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viernes, 16 de octubre de 2026

En el jardín de Helen

El espectro de una ruina, la de la Casa Cueva que Juan O’Gorman erigió en Jardines del Pedregal entre 1948 y 1952, hace una inesperada aparición en la Galería 1 del Museo Jumex. En esa obra ya desaparecida, mezcla de pasión orgánica, reivindicación del mundo prehispánico y, sobre todo, fantasía, Helen Fowler realizó las acuarelas que compondrían el libro Plantas y flores de México (1961). Creó también un jardín entre piedras volcánicas, que persiste sin que podamos verlo, poblado de especies que seleccionó a partir de su conocimiento profundo de la vegetación del Altiplano.

Abierta al público desde el 16 de octubre, Helen (con la ene invertida) es la instalación con la que Álvaro Urbano regresa a México para evocar fantasmas insignes. En 2023 imaginó un encuentro en La Alhambra entre Federico García Lorca y Luis Barragán, Granada Granada, presentada en la galería Travesía Cuatro en Guadalajara y la Ciudad de México. Un fragmento de ese proyecto, Yo, sueño que no sueño (Amanecer), pudo verse en Obras de la Colección Jumex a inicios de este año; ahora es posible visitar un ambiente íntegro del artista español, una colección de fragmentos pétreos, vegetales y arquitectónicos que crean una experiencia espectral de la relación de O’Gorman y Fowler, así como de la clausura de un sueño compartido y la demolición de la Casa Cueva a manos de Helen Escobedo (de ahí la ene invertida del título).

“Intento crear heterotopías donde el tiempo y el lugar se expanden de alguna manera”, me comenta en la conversación que tenemos en la sala del museo, junto a Rosela del Bosque, curadora de la exposición. Michel Foucault habló, precisamente, de “especies de utopías efectivamente realizadas”, “lugares que, estando fuera de todos los lugares son, sin embargo, efectivamente localizables” (“Espacios otros”, 1967). Helen es uno de esos contraemplazamientos, habitado de fantasmas que incluso proyectan sus sombras mientras permanecemos dentro de la galería.

Álvaro Urbano

Vista de la instalación Helen, de Álvaro Urbano, Museo Jumex, Ciudad de México, 2026. Fotografía: Ramiro Chaves

Trabajando en Granada Granada, Urbano conoció la historia de la Casa Cueva. “Yo siempre parto de rumores, de historias que la gente me cuenta. Me fascinaba la figura de Juan O’Gorman, porque me interesan las relaciones entre arquitectura y arte, pero al conocer más sobre la Casa Cueva me topé con el libro de Helen Fowler, una figura de la que no se sabe tanto”. Plantas y flores de México es una de las esculturas que habitan la instalación, un libro de madera, metal y pintura que descansa sobre una pila de pisos de piedra.

Las obras de Álvaro Urbano son hauntológicas, en el sentido que Jacques Derrida dio al término y que Mark Fisher popularizó después: un presente embrujado por el pasado y por futuros que no llegaron a realizarse. En palabras del artista, “lo latente”.

Las obras de Álvaro Urbano son hauntológicas, en el sentido que Jacques Derrida dio al término y que Mark Fisher popularizó después: un presente embrujado por el pasado y por futuros que no llegaron a realizarse. En palabras del artista, “lo latente”. Esa espectralidad, con fuertes elementos narrativos, se construye a través de técnicas procedentes del cine, el teatro, la arquitectura y, por supuesto, la escultura. Los elementos de Helen, cuenta el artista, proceden de un aspecto concreto: “Juan y Helen viajaban juntos por México. Juan buscaba minerales de colores para hacer los petromurales; Helen buscaba flores y plantas. Me parece muy bonito que de alguna manera hayan visto los colores de la geografía de manera distinta”.

Las acuarelas de Helen Fowler partieron de especies vegetales concretas, pero es evidente la expresividad y la libertad de las láminas: sin referencia de escala, con variaciones de color respecto a las especies reales, a veces se acercan a una mirada surrealista, también presente en la Casa Cueva. Helen es, así, una suerte de arqueología de un espacio ensoñado, donde las deslumbrantes flores metálicas se suspenden sobre baldosas de piedra entre las que se asoma, hundido en el piso, un petromural, trasladado simbólicamente a esta heterotopía. “Aquí el jardín existe de una manera onírica, de ensoñación, como trabaja Álvaro Urbano”, plantea Rosela del Bosque; “el jardín y la arquitectura no eran cosas separadas en la Casa Cueva, estaban el diálogo. Es muy importante rescatar la figura de Helen Fowler, que también diseñó y habitó ese lugar, fue cómplice. No fue sólo obra de O’Gorman, sino un proyecto de la pareja”.

Álvaro Urbano

El proceso de creación de Helen, de Álvaro Urbano, en el estudio del artista en Berlín, 2026. Fotografía: Agustín Farías. Cortesía del artista

A la vez arquitectura y escultura, la casa es, entonces, un personaje que se suma al reparto que habita Helen. “Existen diversos personajes en distintos materiales. Está Helen Fowler con las plantas suspendidas. Está Juan O’Gorman con el petromural. Y en la disposición de estas baldosas, por ejemplo, hay un guiño a las formas helicoidales de la obra de Helen Escobedo”, amplía Álvaro Urbano. Todo se sucede, simultáneamente, en capas: un cielo de flores, un suelo de piedra y, debajo, el hallazgo de una memoria construida. “Me basé en imágenes de los petromurales que aún existen en la entrada y dentro de la casa. En la instalación no sabes si las baldosas están tapando los petromurales o los están develando. Es un tiempo que puede ser futuro o puede ser pasado. Es una locura, pero el museo me permitió quitar una parte del suelo”.

“Me basé en imágenes de los petromurales que aún existen en la entrada y dentro de la casa. En la instalación no sabes si las baldosas están tapando los petromurales o los están develando. Es un tiempo que puede ser futuro o puede ser pasado”: Álvaro Urbano.

A Urbano le llamó la atención el tipo de vegetación que interesaba a Helen Fowler: “Las plantas rastreras, las que de alguna manera te encuentras en el camino. Es algo muy poético”. “Ella era artista”, precisa la curadora: “su acercamiento a las plantas no era el de la ilustración botánica sino desde un lugar emotivo. En sus textos habla de la relación de estas plantas con los usos y costumbres del mundo prehispánico; fueron su manera de sentirse inmersa en la cultura de México y en el mundo de Juan. Álvaro reanima esos fantasmas de la historia para reivindicarlos y reposicionar sus narrativas”.

Helen es una instalación cambiante. Durante el tiempo que el espectador permanece dentro de ella ocurren amaneceres y atardeceres que producen una visión fantasmagórica de la Casa Cueva y su vegetación circundante. La Galería 1 del Museo Jumex ha sido convertida en una caja de luz, a través de un sistema lumínico programado por el artista desde su estudio en Berlín, donde también se produjeron las esculturas florales. El espacio tiene, así, una temporalidad propia, que se siente en el cuerpo. Se superpone el momento histórico en el que vivieron los protagonistas del proyecto con el tiempo profundo de la geología –la piedra volcánica que dio forma al suelo del Pedregal, tras la erupción del Xitle– y la dimensión biográfica, la subjetividad desde la que se vivió un proyecto común. Helen Fowler parece haberlo expresado en su amor por las plantas y las flores, y Álvaro Urbano ha recreado tridimensionalmente 29 de ellas: “Cada escultura es un pequeño monumento a la visión de Helen”. Las flores, de distintos tamaños, han sido creadas con precisión de joyero, y su aspecto es de un realismo sorprendente.

Álvaro Urbano

Vista de la instalación Helen, de Álvaro Urbano, Museo Jumex, Ciudad de México, 2026. Fotografía: Ramiro Chaves

Si pensamos en estratos y en resonancias, la forma del Museo Jumex, con sus claraboyas fabriles en la cubierta, rima con con la casa-estudio de Diego Rivera en San Ángel. Helen Fowler llegó a México en los años treinta para estudiar con el artista mexicano, maestro y amigo de Juan O’Gorman. En Helen, Álvaro Urbano (Madrid, 1983) logra crear una cápsula de tiempo en la que los espectros de la Casa Cueva se agitan suavemente. Los cuerpos ya no están presentes, pero sí las formas con la que dejaron un testimonio de su existencia.

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En el jardín de Helen

El espectro de una ruina, la de la Casa Cueva que Juan O’Gorman erigió en Jardines del Pedregal entre 1948 y 1952, hace una inesperada aparición en la Galería 1 del Museo Jumex. En esa obra ya desaparecida, mezcla de pasión orgánica, reivindicación del mundo prehispánico y, sobre todo, fantasía, Helen Fowler realizó las acuarelas que compondrían el libro Plantas y flores de México (1961). Creó también un jardín entre piedras volcánicas, que persiste sin que podamos verlo, poblado de especies que seleccionó a partir de su conocimiento profundo de la vegetación del Altiplano.

Abierta al público desde el 16 de octubre, Helen (con la ene invertida) es la instalación con la que Álvaro Urbano regresa a México para evocar fantasmas insignes. En 2023 imaginó un encuentro en La Alhambra entre Federico García Lorca y Luis Barragán, Granada Granada, presentada en la galería Travesía Cuatro en Guadalajara y la Ciudad de México. Un fragmento de ese proyecto, Yo, sueño que no sueño (Amanecer), pudo verse en Obras de la Colección Jumex a inicios de este año; ahora es posible visitar un ambiente íntegro del artista español, una colección de fragmentos pétreos, vegetales y arquitectónicos que crean una experiencia espectral de la relación de O’Gorman y Fowler, así como de la clausura de un sueño compartido y la demolición de la Casa Cueva a manos de Helen Escobedo (de ahí la ene invertida del título).

“Intento crear heterotopías donde el tiempo y el lugar se expanden de alguna manera”, me comenta en la conversación que tenemos en la sala del museo, junto a Rosela del Bosque, curadora de la exposición. Michel Foucault habló, precisamente, de “especies de utopías efectivamente realizadas”, “lugares que, estando fuera de todos los lugares son, sin embargo, efectivamente localizables” (“Espacios otros”, 1967). Helen es uno de esos contraemplazamientos, habitado de fantasmas que incluso proyectan sus sombras mientras permanecemos dentro de la galería.

Álvaro Urbano

Vista de la instalación Helen, de Álvaro Urbano, Museo Jumex, Ciudad de México, 2026. Fotografía: Ramiro Chaves

Trabajando en Granada Granada, Urbano conoció la historia de la Casa Cueva. “Yo siempre parto de rumores, de historias que la gente me cuenta. Me fascinaba la figura de Juan O’Gorman, porque me interesan las relaciones entre arquitectura y arte, pero al conocer más sobre la Casa Cueva me topé con el libro de Helen Fowler, una figura de la que no se sabe tanto”. Plantas y flores de México es una de las esculturas que habitan la instalación, un libro de madera, metal y pintura que descansa sobre una pila de pisos de piedra.

Las obras de Álvaro Urbano son hauntológicas, en el sentido que Jacques Derrida dio al término y que Mark Fisher popularizó después: un presente embrujado por el pasado y por futuros que no llegaron a realizarse. En palabras del artista, “lo latente”.

Las obras de Álvaro Urbano son hauntológicas, en el sentido que Jacques Derrida dio al término y que Mark Fisher popularizó después: un presente embrujado por el pasado y por futuros que no llegaron a realizarse. En palabras del artista, “lo latente”. Esa espectralidad, con fuertes elementos narrativos, se construye a través de técnicas procedentes del cine, el teatro, la arquitectura y, por supuesto, la escultura. Los elementos de Helen, cuenta el artista, proceden de un aspecto concreto: “Juan y Helen viajaban juntos por México. Juan buscaba minerales de colores para hacer los petromurales; Helen buscaba flores y plantas. Me parece muy bonito que de alguna manera hayan visto los colores de la geografía de manera distinta”.

Las acuarelas de Helen Fowler partieron de especies vegetales concretas, pero es evidente la expresividad y la libertad de las láminas: sin referencia de escala, con variaciones de color respecto a las especies reales, a veces se acercan a una mirada surrealista, también presente en la Casa Cueva. Helen es, así, una suerte de arqueología de un espacio ensoñado, donde las deslumbrantes flores metálicas se suspenden sobre baldosas de piedra entre las que se asoma, hundido en el piso, un petromural, trasladado simbólicamente a esta heterotopía. “Aquí el jardín existe de una manera onírica, de ensoñación, como trabaja Álvaro Urbano”, plantea Rosela del Bosque; “el jardín y la arquitectura no eran cosas separadas en la Casa Cueva, estaban el diálogo. Es muy importante rescatar la figura de Helen Fowler, que también diseñó y habitó ese lugar, fue cómplice. No fue sólo obra de O’Gorman, sino un proyecto de la pareja”.

Álvaro Urbano

El proceso de creación de Helen, de Álvaro Urbano, en el estudio del artista en Berlín, 2026. Fotografía: Agustín Farías. Cortesía del artista

A la vez arquitectura y escultura, la casa es, entonces, un personaje que se suma al reparto que habita Helen. “Existen diversos personajes en distintos materiales. Está Helen Fowler con las plantas suspendidas. Está Juan O’Gorman con el petromural. Y en la disposición de estas baldosas, por ejemplo, hay un guiño a las formas helicoidales de la obra de Helen Escobedo”, amplía Álvaro Urbano. Todo se sucede, simultáneamente, en capas: un cielo de flores, un suelo de piedra y, debajo, el hallazgo de una memoria construida. “Me basé en imágenes de los petromurales que aún existen en la entrada y dentro de la casa. En la instalación no sabes si las baldosas están tapando los petromurales o los están develando. Es un tiempo que puede ser futuro o puede ser pasado. Es una locura, pero el museo me permitió quitar una parte del suelo”.

“Me basé en imágenes de los petromurales que aún existen en la entrada y dentro de la casa. En la instalación no sabes si las baldosas están tapando los petromurales o los están develando. Es un tiempo que puede ser futuro o puede ser pasado”: Álvaro Urbano.

A Urbano le llamó la atención el tipo de vegetación que interesaba a Helen Fowler: “Las plantas rastreras, las que de alguna manera te encuentras en el camino. Es algo muy poético”. “Ella era artista”, precisa la curadora: “su acercamiento a las plantas no era el de la ilustración botánica sino desde un lugar emotivo. En sus textos habla de la relación de estas plantas con los usos y costumbres del mundo prehispánico; fueron su manera de sentirse inmersa en la cultura de México y en el mundo de Juan. Álvaro reanima esos fantasmas de la historia para reivindicarlos y reposicionar sus narrativas”.

Helen es una instalación cambiante. Durante el tiempo que el espectador permanece dentro de ella ocurren amaneceres y atardeceres que producen una visión fantasmagórica de la Casa Cueva y su vegetación circundante. La Galería 1 del Museo Jumex ha sido convertida en una caja de luz, a través de un sistema lumínico programado por el artista desde su estudio en Berlín, donde también se produjeron las esculturas florales. El espacio tiene, así, una temporalidad propia, que se siente en el cuerpo. Se superpone el momento histórico en el que vivieron los protagonistas del proyecto con el tiempo profundo de la geología –la piedra volcánica que dio forma al suelo del Pedregal, tras la erupción del Xitle– y la dimensión biográfica, la subjetividad desde la que se vivió un proyecto común. Helen Fowler parece haberlo expresado en su amor por las plantas y las flores, y Álvaro Urbano ha recreado tridimensionalmente 29 de ellas: “Cada escultura es un pequeño monumento a la visión de Helen”. Las flores, de distintos tamaños, han sido creadas con precisión de joyero, y su aspecto es de un realismo sorprendente.

Álvaro Urbano

Vista de la instalación Helen, de Álvaro Urbano, Museo Jumex, Ciudad de México, 2026. Fotografía: Ramiro Chaves

Si pensamos en estratos y en resonancias, la forma del Museo Jumex, con sus claraboyas fabriles en la cubierta, rima con con la casa-estudio de Diego Rivera en San Ángel. Helen Fowler llegó a México en los años treinta para estudiar con el artista mexicano, maestro y amigo de Juan O’Gorman. En Helen, Álvaro Urbano (Madrid, 1983) logra crear una cápsula de tiempo en la que los espectros de la Casa Cueva se agitan suavemente. Los cuerpos ya no están presentes, pero sí las formas con la que dejaron un testimonio de su existencia.

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José Mercé en la Bienal de Flamenco

José Mercé (Jerez de la Frontera, 1955) no estuvo solo en la vuelta a los escenarios de la Bienal de Flamenco de Sevilla. A sus acompañantes habituales –un grupo de cinco en los coros y palmas– se unieron tres guitarristas que son el presente y futuro del flamenco: David de Arahal, guitarrista sevillano nacido en 2000, con unas referencias impresionantes de grandes figuras y ya con un sitio entre los grandes; José del Tomate, nacido en Almería en 1998 y proveniente de una dinastía de guitarristas ampliamente reconocida, digno sucesor de su padre, Tomatito, y fan incondicional de su tío Niño Miguel; y Manuel Cerpa, guitarrista chipionero nacido en 2003, habitual en las giras de Mercé y con una progresión y madurez admirable.

Hace diez años, en el concierto de clausura de la Bienal de Flamenco, José Mercé contó con la colaboración de tres grandes maestros de la guitarra: Tomatito, Pepe Habichuela y Alfredo Lagos, referentes indiscutibles del flamenco. Este año quiso repertirlo. Su espectáculo –presentado el 20 de septiembre en el Teatro de la Maestranza– lleva el significativo título de Toquen a arrebato, en parte homenaje a Juanito Mojama y su soleá; y en parte un repique de campanas que avisa del peligro de la desaparición del cante más puro del flamenco.

Un Mercé reivindicativo se dirigió al público para defender, sin concesiones, ese flamenco de antaño, ese cante jondo que debe transmitirse de generación en generación como se hacía en el pasado. Al mismo tiempo, el cantaor jerezano agradecía al público sevillano por saber escuchar el flamenco. Porque para Mercé “es más difícil saber escuchar bien el flamenco que cantarlo”. Toquen a arrebato supuso un recorrido por los principales palos del flamenco, desde la soleá y la seguiriya –según Mercé, la madre y el padre del flamenco–, en compañía de David de Arahal, pasando por la malagueña y la soleá por bulería en compañía de Manuel Cerpa y la percusión y coros, hasta los tientos y tarantos a los que acompañó José del Tomate.

En un momento del concierto, José Mercé se puso en pie y cantó sin micrófono. Un silencio sepulcral. Y después, la fuerza del cante jondo de Mercé recorrió todo el teatro. En su cante estaba su bisabuelo, Paco de la Luz, su tío, Manuel Soto “Sordera”, patriarca del flamenco de Jerez. José Mercé, desde el flamenco barrio de Santiago, en Jerez, hasta la Bienal de Sevilla. Flamenco en estado puro.

José Mercé

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José Mercé en la Bienal de Flamenco

José Mercé (Jerez de la Frontera, 1955) no estuvo solo en la vuelta a los escenarios de la Bienal de Flamenco de Sevilla. A sus acompañantes habituales –un grupo de cinco en los coros y palmas– se unieron tres guitarristas que son el presente y futuro del flamenco: David de Arahal, guitarrista sevillano nacido en 2000, con unas referencias impresionantes de grandes figuras y ya con un sitio entre los grandes; José del Tomate, nacido en Almería en 1998 y proveniente de una dinastía de guitarristas ampliamente reconocida, digno sucesor de su padre, Tomatito, y fan incondicional de su tío Niño Miguel; y Manuel Cerpa, guitarrista chipionero nacido en 2003, habitual en las giras de Mercé y con una progresión y madurez admirable.

Hace diez años, en el concierto de clausura de la Bienal de Flamenco, José Mercé contó con la colaboración de tres grandes maestros de la guitarra: Tomatito, Pepe Habichuela y Alfredo Lagos, referentes indiscutibles del flamenco. Este año quiso repertirlo. Su espectáculo –presentado el 20 de septiembre en el Teatro de la Maestranza– lleva el significativo título de Toquen a arrebato, en parte homenaje a Juanito Mojama y su soleá; y en parte un repique de campanas que avisa del peligro de la desaparición del cante más puro del flamenco.

Un Mercé reivindicativo se dirigió al público para defender, sin concesiones, ese flamenco de antaño, ese cante jondo que debe transmitirse de generación en generación como se hacía en el pasado. Al mismo tiempo, el cantaor jerezano agradecía al público sevillano por saber escuchar el flamenco. Porque para Mercé “es más difícil saber escuchar bien el flamenco que cantarlo”. Toquen a arrebato supuso un recorrido por los principales palos del flamenco, desde la soleá y la seguiriya –según Mercé, la madre y el padre del flamenco–, en compañía de David de Arahal, pasando por la malagueña y la soleá por bulería en compañía de Manuel Cerpa y la percusión y coros, hasta los tientos y tarantos a los que acompañó José del Tomate.

En un momento del concierto, José Mercé se puso en pie y cantó sin micrófono. Un silencio sepulcral. Y después, la fuerza del cante jondo de Mercé recorrió todo el teatro. En su cante estaba su bisabuelo, Paco de la Luz, su tío, Manuel Soto “Sordera”, patriarca del flamenco de Jerez. José Mercé, desde el flamenco barrio de Santiago, en Jerez, hasta la Bienal de Sevilla. Flamenco en estado puro.

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jueves, 15 de octubre de 2026

Narrar una isla

El germen de Ceniza en la boca fue una noticia que leyó la escritora Brenda Navarro sobre un chico que se arrojó de la azotea de un edificio en un barrio popular en Madrid. “El evento me habló directamente. En ese momento me di cuenta de que el chico era una isla, sentí que tenía que narrar esa isla”. Y en tanto que isla se podía esbozar a partir de sus orillas y ese fue el camino que eligió: contar la tragedia a partir del eco que deja un grito sobre el vacío.

Cuando decidimos adaptar esta novela al cine, la primera de muchas dificultades que encontramos tuvo que ver con la forma. La literatura de Navarro opera en una mezcla entre roza, tumba y quema y precisión quirúrgica. Su primera persona traza con sutil fiereza la formación compleja de ese cúmulo de ficciones y síntomas que llamamos “yo”. ¿Cómo sustituir esa voz que tiene acceso a la memoria y el deseo por un lenguaje que exige la acción para construir el sentido del tiempo? El segundo acertijo se presentó a través de la estructura. La novela está construida en un ir y venir temporal que teje una historia multigeneracional a partir de un presente que avanza poco y en el que la historia se construye a partir del oleaje de capas que nos van brindando los acercamientos al pasado.

Ambas preguntas abrieron un espacio de digresión que en sentido estricto no ha terminado. En buena medida porque en el corazón de la historia yace una pregunta más que una certeza: ¿quién tiene derecho a desear en este mundo? Desde ahí apareció Lucila, la protagonista de esta historia. Una mujer que bien podría ser la descrita por la poeta estadounidense Adrienne Rich en estos versos (la traducción es mía):

Soy una mujer en plenitud, con ciertos poderes

poderes severamente limitados

Por autoridades cuyos rostros apenas veo

Ceniza en la boca

Anna Díaz como Lucila en Ceniza en la boca (2026), de Diego Luna. Cortesía de La Corriente del Golfo

Las respuestas a los dos enigmas originales (el tono y la estructura temporal) aparecieron sobre la marcha. La profundidad y la amplitud de la primera persona en la novela fue recogida en la actuación de Anna Díaz, cuya interpretación orbita alrededor de una imagen de Juan Gelman: Anna es diáfana como el fuego y, a través de su inquietante capacidad para evocar la vida interior de su personaje, colmó de verdad la película y ancló su registro emocional. La apuesta del director por trazar una rendija a través de la cual pudiéramos asomarnos a esta historia, por evitar cualquier afán sentencioso sobre los “grandes temas” alrededor de la historia (migración, maternidad, salud mental), nos permitió resolver también el galimatías de la estructura: para contar esta historia, íntima más que épica, debíamos utilizar una temporalidad lineal que, si bien realiza elipsis en momentos medulares de la historia, conserva la sensación de asomarnos a un período de tiempo compacto y esencial durante el cual la protagonista atraviesa la ordalía de ver cómo sus ideas del mundo, sus certezas afectivas, son dinamitadas.

Ser testigo de la gestación de una película y acompañarla hasta que completa su sentido y significado en el interior de una sala de cine es una experiencia fascinante. Un puñado de certezas, mucha intuición y una sensibilidad a un tiempo estricta y acogedora nos permitieron transitar por las distintas capas de escritura por las que atraviesa una película. El guion pasó por múltiples manos y etapas. En última instancia lo que queda en el papel es esencialmente una cartografía de intenciones que termina por decantar su ruta durante el rodaje. En el set la historia adquirió pies, voz y personalidad. En la edición se apuntaló el tono minimalista e íntimo. En la posproducción se redobló la apuesta por establecer un marco de representación sutil donde se privilegia la construcción de una atmósfera antes que el acompañamiento de una acción. La construcción de sentido continúa incluso con la película terminada, a través de la manera en la que se perfila la conversación. En el caso de Ceniza en la boca, por ejemplo, aparecieron dimensiones no previstas durante la realización: la maternidad o la migración vista por quien recibe, por ejemplo.

Ceniza en la boca

Fotograma de Ceniza en la boca (2026), de Diego Luna. Cortesía de La Corriente del Golfo

Cuatro años después de aquellas conversaciones iniciales, la película se proyectó en festivales internacionales y en salas de cine en Cannes, Toronto, San Sebastián, París, Sarajevo, Roma, varias ciudades de España y próximamente en México. Durante cada una de las proyecciones que he presenciado han ocurrido testimonios emocionantes: en Toronto una mujer llegó en bata de hospital y nos contó con lágrimas en los ojos que pidió permiso para salir de su internamiento porque la historia de Lucila le recordaba la suya; unos adultos mayores de San Sebastián detuvieron en la calle a Diego Luna para darle las gracias por echar luz sobre la grieta de la discriminación en su país; una joven cubana que emigró a España dijo emocionada que la relación entre Lucila y Carlota le recordó la red de solidaridades misteriosas que se teje entre quienes migran; una mujer en México agradeció que echáramos luz sobre las familias castrenses y una más profundizó sobre la catarsis que le permitió la película tras sufrir el suicidio de su hermano unos años antes.

Más allá de los gustos personales de quien se asome a verla, aspiramos a que las intenciones que transpire la película sean un antídoto para la indiferencia, tan habitual en los tiempos actuales. Si logramos un territorio para pensar, sentir y discutir, las fatigas y los desvelos, las preocupaciones y la exigencias, la desnuda entrega de quienes hicieron esto posible habrán valido la pena.

La versión cinematográfica de Ceniza en la boca conserva la vocación por narrar una isla, sólo que en este caso el territorio insular es una mujer que se rebela contra el camino de sumisión y dolor que el destino tenía dispuesto para ella. La expectativa es que el camino de Lucila sirva como espejo de nuestra propia hondura, potencias y dolores, ya que, como dice Anaïs Nin, nunca vemos el mundo como es, vemos el mundo como somos.

Ceniza en la boca

Adriana Paz como Isabel en Ceniza en la boca (2026), de Diego Luna. Cortesía de La Corriente del Golfo

El guion de Ceniza en la boca, adaptación de la novela homónima de Brenda Navarro, fue escrito por Abia Castillo, Diego Rabasa y Diego Luna.

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