Es hasta cruel. Incluso para la pista de baile más cargada de estupefacientes. Es, incluso, desconsiderado. Como una confirmación de que los límites naturales de la música electrónica y la experiencia colectiva que le corresponde vienen marcados por la resistencia física de quienes la escuchan. Es, por sus propias dimensiones, un mito que cuesta derribar sirviéndose tan sólo de la siempre discutible, escasa experiencia personal.
Porque haber visto en vivo a un artista como Ricardo Villalobos supone necedad e insensatez, administradas como una jeringa fría bajo la vena. En su absurdo –sets de doce, catorce, veinte horas, incluso tres días, cuenta el mito–, el chileno parece haber alcanzado la final form de lo que un DJ se supone que es: infatigable, saturado por una intensidad que lo desborda por todos lados y lo sagrado de un cuerpo que se ha puesto al servicio de la música que lo atraviesa. “The music’s coming through me”, dice el baterista George Marsh en una entrevista que sampleó DJ Shadow al comienzo de Endtroducing…..
Casi todos los sets de Ricardo Villalobos poseen una belleza particular. Es la belleza de un loco, cuya búsqueda hace tiempo dejó de ser un camino que cualquier otro, con el mínimo de cordura, pudiese transitar. En los videos que circulan sobre sus míticas actuaciones aparece muchas veces como un ser humano agotado, como sostenido por hilo y sin embargo deslumbrante. Una figura que se contrapone con la imagen estilizada y casi perfecta de los cientos, ¿miles?, de DJs/influencers que engalanan sus redes con fotografías y videos frente a la consola, pero cuyo oído –y con él su música– nunca fue más allá de un timorato buscapiés.
Ver a Villalobos significa constatar que la profesión del DJ es una de las más agotadoras y exigentes de la música en vivo. Pueden llegar a vivir con jet lag permanente, instalado en el cuerpo, como una rémora; ejecutar de forma continua sets de seis y diez horas y experimentar un agotamiento psicológico que sólo puede paliarse con el uso de drogas. Simon Reynolds sugirió que el verdadero DJ está más cerca de un obrero que de un artista. Desde luego, no es verdad; pero, en cuanto a la exigencia física, la mención no deja de ser tentadora. Bruce Tantum apunta en sus crónicas la idea de un DJ que siempre está más agotado que su público. Y es entendible aquel mito sobre cómo su calidad puede medirse por el tamaño de las ojeras, por lo hueco de sus ojos. “My angel’s on angel dust”, decía Kendrick Lamar.
Bajo un ángulo así, Ricardo Villalobos –cuya ética artística, a razón de quién sabe qué espiritualidad, ha llegado varias veces a lugares insostenibles– representa como pocos esa mística. Heredero, por supuesto, de los fantasmas de una época donde el rave apuntaba hacia una metamorfosis que jamás llegó a cumplirse. En cambio obtuvimos la consciencia mutilada de una revolución que no fue: una música electrónica reducida en casi todo aspecto a la construcción de momentum, al atroz devenir de lo vistoso y a la forma más trivial de su expresividad: la construcción de un solo instante “memorable” (palabra de márketing), ese drop definitivo en el track, en el set, en la experiencia. Sí, como la pirotecnia de Disney cuando el parque tiene que cerrarse.
Villalobos apuesta, con todo lo que tiene, a otra cosa: el momento, en la electrónica, incluso cuando llega a ser perfectamente construido, no es ni puede ser sustituto de un verdadero estado de éxtasis. Hoy un pensamiento bastante radical, cuya ejecución, donde el DJ prescinde de todo clímax y crea sets y piezas donde no pasa nada, raya en lo extremo. Como en el cine de Béla Tarr o James Benning, esperar algo constituye la verdadera insensatez. Como en Thomas Bernhard, nada tiene que resolverse, la obra espiraliza hasta el colapso, que es, también, uno de los modos más puros de revelación.
En sus álbumes pasa algo similar, y no son pocos los reproches a Alcachofa (2003) o a las versiones de ECM que Villalobos mezcló, erigidos sobre el argumento de falta de sucesos. Lo cierto es que esas lecturas tienen más que ver con una manera de escuchar que con la obra y el pensamiento del chileno-alemán. Maneras que han sido moldeadas por la oscilación del algoritmo, que nos arrojaron de lleno a un sesgo cognitivo donde repelemos todo lo que parezca inconcluso o sin momento culminante. La ausencia de sentido o, peor de aún, de propósito –palabra de márketing, van dos– nos parece aterradora.
El proyecto de Ricardo Villalobos resulta pertinente y su figura importante, pues constituye una de las afrentas más contundentes a esa lógica de consumo. Es el maestro de los sets larguísimos porque alcanza lo que bien podríamos llamar el after total. Cuando la voluntad ya está completamente rota y lo único que sostiene a quien escucha es la plenitud de entender que el fantasma no es del todo alucinación. Permite un escape casi milagroso de cualquier narrativa social, rechaza una funcionalidad específica, nos hace atravesar la ruina del evento. El algoritmo, por supuesto, no puede producir after, sólo su derivado monstruoso: la resaca. Cuando Villalobos se deshace de los picos nos está proponiendo habitar un sitio donde, si se presta atención suficiente, puede escucharse la nada. Salir de ahí implica unos cuantos minutos, horas, tal vez días, de descompresión. Pero hay que verlo. Matarse, de tanto en tanto.
Ricardo Villalobos se presentará el 12 de febrero en Frontón Bucareli (Ciudad de México) y el 15 de febrero en el festival Bahidorá (Las Estacas, Morelos)
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