jueves, 23 de abril de 2026

La ampliación del LACMA, completada

A dos décadas de que iniciara el proceso de diseño, la ampliación del LACMA (Museo de Arte del Condado de Los Ángeles) se ha materializado a través de un edificio que participa de la redefinición de este acervo enciclopédico. Las Galerías David Geffen, proyectadas por Peter Zumthor en colaboración con Skidmore, Owings & Merrill (SOM), abrieron sus puertas en abril de 2026 como culminación de un proceso largo, costoso y no exento de controversia. Lejos de la lógica tradicional de esta tipología, el diseño prescinde de una entrada principal y recorridos jerárquicos. En su lugar, propone una circulación abierta, casi una errancia, donde el visitante construye su propio itinerario.

Desplegada sobre el emblemático Wilshire Boulevard, la estructura de 274 metros de largo se incorpora al paisaje angelino con cierta ambigüedad formal: entre infraestructura y pabellón, entre topografía y espacio cultural. Su materialidad –losas de concreto atravesadas por franjas de vidrio– enfatiza el carácter monolítico de un volumen que, sin embargo, busca diluir sus límites a través de luz natural y continuidad visual. Dentro, la colección del LACMA –alrededor de tres mil piezas– se despliega sin orden cronológico ni geográfico, favoreciendo cruces entre épocas y culturas, respondiendo a afinidades sensibles antes que a categorías académicas.

Peter Zumthor

Fachada de las Galerías David Geffen del LACMA, en Los Ángeles, diseñadas por Peter Zumthor en colaboración con SOM. Fotografía: Iwan Baan

El replanteamiento curatorial del director Michael Govan tiene eco en la arquitectura del Pritzker 2009: un único nivel elevado funciona como plataforma continua y libera el espacio público al nivel del suelo, como en los viejos buenos tiempos de la modernidad. Peter Zumthor hace del edificio una extensión de la ciudad, a la que aporta una suerte de plaza sombreada con vegetación tropical. Modulada por cortinas metálicas y aperturas controladas, la iluminación articula la experiencia interior con el sentido atmosférico que ha hecho célebre al arquitecto suizo. No se trata sólo de exhibir arte, sino de construir condiciones para su recepción: la luz, las sombras y las vistas hacia el exterior operan como dispositivos de contemplación que nunca pierden de vista el contexto.

Con esta ampliación, el LACMA acepta la imposibilidad de ordenar el mundo. Su apuesta asemeja, en palabras del propio Govan, un archipiélago donde las obras conviven en un campo de relaciones abiertas, atravesadas por flujos –oceánicos, migratorios, culturales– que diluyen las fronteras. Con una inversión cercana a los 724 millones de dólares y tras múltiples ajustes y retrasos, el proyecto es una de las operaciones museísticas más ambiciosas de las últimas décadas. Queda por ver si esta propuesta arquitectónica-curatorial tiene un impacto en la idea global del museo contemporáneo.

Peter Zumthor

Vista aérea de las Galerías David Geffen del LACMA, en Los Ángeles, diseñadas por Peter Zumthor en colaboración con SOM. Fotografía: Iwan Baan

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La ampliación del LACMA, completada

A dos décadas de que iniciara el proceso de diseño, la ampliación del LACMA (Museo de Arte del Condado de Los Ángeles) se ha materializado a través de un edificio que participa de la redefinición de este acervo enciclopédico. Las Galerías David Geffen, proyectadas por Peter Zumthor en colaboración con Skidmore, Owings & Merrill (SOM), abrieron sus puertas en abril de 2026 como culminación de un proceso largo, costoso y no exento de controversia. Lejos de la lógica tradicional de esta tipología, el diseño prescinde de una entrada principal y recorridos jerárquicos. En su lugar, propone una circulación abierta, casi una errancia, donde el visitante construye su propio itinerario.

Suspendida sobre el Wilshire Boulevard, la estructura de 274 metros de largo se incorpora al paisaje angelino con cierta ambigüedad formal: entre infraestructura y pabellón, entre topografía y espacio cultural. Su materialidad –losas de concreto atravesadas por franjas de vidrio– enfatiza el carácter monolítico de un volumen que, sin embargo, busca diluir sus límites a través de luz natural y continuidad visual. Dentro, la colección del LACMA –alrededor de tres mil piezas– se despliega sin orden cronológico ni geográfico, favoreciendo cruces entre épocas y culturas, respondiendo a afinidades sensibles antes que a categorías académicas.

Peter Zumthor

Fachada de las Galerías David Geffen del LACMA, en Los Ángeles, diseñadas por Peter Zumthor en colaboración con SOM. Fotografía: Iwan Baan

El replanteamiento curatorial del director Michael Govan tiene eco en la arquitectura del Pritzker 2009: un único nivel elevado funciona como plataforma continua y libera el espacio público al nivel del suelo, como en los viejos buenos tiempos de la modernidad. Peter Zumthor hace del edificio una extensión de la ciudad, a la que aporta una suerte de plaza sombreada con vegetación tropical. Modulada por cortinas metálicas y aperturas controladas, la iluminación articula la experiencia interior con el sentido atmosférico que ha hecho célebre al arquitecto suizo. No se trata sólo de exhibir arte, sino de construir condiciones para su recepción: la luz, las sombras y las vistas hacia el exterior operan como dispositivos de contemplación que nunca pierden de vista el contexto.

Con esta ampliación, el LACMA acepta la imposibilidad de ordenar el mundo. Su apuesta asemeja, en palabras del propio Govan, un archipiélago donde las obras conviven en un campo de relaciones abiertas, atravesadas por flujos –oceánicos, migratorios, culturales– que diluyen las fronteras. Con una inversión cercana a los 724 millones de dólares y tras múltiples ajustes y retrasos, el proyecto es una de las operaciones museísticas más ambiciosas de las últimas décadas. Queda por ver si esta propuesta arquitectónica-curatorial tiene un impacto en la idea global del museo contemporáneo.

Peter Zumthor

Vista aérea de las Galerías David Geffen del LACMA, en Los Ángeles, diseñadas por Peter Zumthor en colaboración con SOM. Fotografía: Iwan Baan

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33 kilómetros

Hace unos meses pocos analistas hablaban del ahora famoso estrecho de Ormuz. Ubicado entre el Golfo de Omán y el Golfo Pérsico, ha desatado no sólo una guerra de desinformación sino todo tipo de fantasías en las redes sociales. El estrecho tiene 33 kilómetros de ancho y, como es de dominio público, por ahí se transportaba hasta hace poco una cantidad significativa de los recursos energéticos –aproximadamente el 20% del petróleo y el gas natural que se consume mundialmente– y otros insumos de la sociedad de consumo.

Conforme se agrava el conflicto en Medio Oriente provocado por Estados Unidos e Israel, muchos han descubierto, por ejemplo, que los fertilizantes que permiten alimentar a una parte significativa del mundo utilizan derivados del petróleo, o que los países de la zona en guerra producen helio, gas fundamental para la producción de microchips. El consumidor global rara vez se interesa en el funcionamiento el sistema que lleva la comida a su mesa, fabrica las mercancías que compra cotidianamente o lo transporta a sus actividades diarias.

Más allá de los datos técnicos o del análisis geopolítico inmediato, conviene analizar el estrecho de Ormuz como una metáfora del capitalismo actual y sus innumerables contradicciones. Sus escasos 33 kilómetros han bastado para encender las alarmas de la cadena de suministro global, un inmenso aparato cuyo funcionamiento enfrentó una primera interrupción durante la pandemia del covid-19. Como escribió Paul Virilio, el progreso técnico acarrea sus propios accidentes. El descubrimiento de la energía nuclear en el siglo XX engendró a su gemelo malvado: los desastres radioactivos como los de Chernóbil y Fukushima o el uso de armas nucleares para el exterminio humano y de la naturaleza, como sucedió en Hiroshima-Nagasaki.

La cadena global de suministros, basada en energía barata de depósitos fósiles, ha construido un tipo de sociedad donde la técnica está al servicio de una acumulación de recursos cada vez más agresiva. Este mecanismo inmenso y complejo es propenso al colapso, pues su fecha de caducidad se acerca conforme los recursos se agotan. Así como una pieza diminuta de un avión puede desatar una reacción en cadena que culmina en tragedia, los conductos por los que circula el flujo global de mercancías –la sangre vital de la economía– pueden fallar y poner en marcha una cuenta regresiva. Si en el pasado remoto el daño producido por los conflictos –incluso por las pestes– no escalaba rápidamente, la actual velocidad de los intercambios provoca que la máquina de extracción, fabricación, consumo y desecho sea poco flexible. La dimensión enorme del comercio, los flujos financieros y la especialización de las manufacturas forman, a pesar de su imagen omnipotente, un circuito cada vez más frágil.  

Los 33 kilómetros del estrecho de Ormuz también han acelerado un fenómeno de nuestros tiempos: la hechicería. La racionalidad ha sido erosionada por el regreso al pensamiento mágico. Irónicamente, como ha sido descrito por muchos intelectuales, el exceso de información ha creado una ola mundial de ignorancia. Este vacío no sólo es llenado por discursos de odio sino por la idea de que la emocionalidad de un mensaje –su apariencia de sortilegio– transmitido por un personaje al que se atribuye gran poder, como Donald Trump, crea una realidad alternativa. Los fieles al culto MAGA (Make America Great Again) creen que cuando el presidente de Estados Unidos afirma que “el estrecho está libre” eso sucede más allá de cualquier confirmación o evidencia.

Esto va más allá, como se puede suponer. Los comentaristas de la cadena Fox News afirman todos los días que las cosas suceden al revés de lo que indican los hechos. Para que la realidad se transforme, lo que importa es la fe. Igual sucede con procesos absolutamente irracionales, que mueven los deseos de los oligarcas tecnológicos. El mejor ejemplo es la burbuja que ha inflado las esperanzas en la inteligencia artificial. Se ha invertido una cantidad ingente de recursos y, sobre todo, se ha construido una deuda enorme con la esperanza –para la mayor parte de especialistas totalmente irrealizable– de que la IA multiplique el capital invertido en ella. Los mercados financieros –verdaderos oráculos que no reflejan la materialidad del mundo– también forman parte del universo mágico que gana espacios todos los días.

En una época en la que gozamos y sufrimos dosis continuas de hiperrealidad, el estrecho de Ormuz “real” apenas se muestra en las pantallas globales. Esa área geográfica permanece oculta más allá de las imágenes satelitales. La interrupción del flujo de energía fósil en una zona desértica que, en siglos anteriores, no habría despertado la codicia de las grandes potencias, es un síntoma más de la guerra en desarrollo, que recuerda poco las escenas que leímos en libros de historia o que vimos en las películas de Hollywood. La guerra actual es un estado de descomposición gradual, en la cual el sistema que se creía infalible tiene cada vez más grietas que son aprovechadas por el enemigo.

La sociedad interconectada se dirige a lo que investigadores como Nate Hagens, director ejecutivo del Instituto para el Estudio de la Energía y Nuestro Futuro (ISEOF), llaman “la gran simplificación”, es decir, el colapso de un ecosistema hipercomplejo y el regreso a una forma de vida más eficiente, flexible y racional en el uso de los recursos. Lo inquietante es la forma de llegar a ese destino y la proximidad a ese futuro. 

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33 kilómetros

Hace unos meses pocos analistas hablaban del ahora famoso estrecho de Ormuz. Ubicado entre el Golfo de Omán y el Golfo Pérsico, ha desatado no sólo una guerra de desinformación sino todo tipo de fantasías en las redes sociales. El estrecho tiene 33 kilómetros de ancho y, como es de dominio público, por ahí se transportaba hasta hace poco una cantidad significativa de los recursos energéticos –aproximadamente el 20% del petróleo y el gas natural que se consume mundialmente– y otros insumos de la sociedad de consumo.

Conforme se agrava el conflicto en Medio Oriente provocado por Estados Unidos e Israel, muchos han descubierto, por ejemplo, que los fertilizantes que permiten alimentar a una parte significativa del mundo utilizan derivados del petróleo, o que los países de la zona en guerra producen helio, gas fundamental para la producción de microchips. El consumidor global rara vez se interesa en el funcionamiento el sistema que lleva la comida a su mesa, fabrica las mercancías que compra cotidianamente o lo transporta a sus actividades diarias.

Más allá de los datos técnicos o del análisis geopolítico inmediato, conviene analizar el estrecho de Ormuz como una metáfora del capitalismo actual y sus innumerables contradicciones. Sus escasos 33 kilómetros han bastado para encender las alarmas de la cadena de suministro global, un inmenso aparato cuyo funcionamiento enfrentó una primera interrupción durante la pandemia del covid-19. Como escribió Paul Virilio, el progreso técnico acarrea sus propios accidentes. El descubrimiento de la energía nuclear en el siglo XX engendró a su gemelo malvado: los desastres radioactivos como los de Chernóbil y Fukushima o el uso de armas nucleares para el exterminio humano y de la naturaleza, como sucedió en Hiroshima-Nagasaki.

La cadena global de suministros, basada en energía barata de depósitos fósiles, ha construido un tipo de sociedad donde la técnica está al servicio de una acumulación de recursos cada vez más agresiva. Este mecanismo inmenso y complejo es propenso al colapso, pues su fecha de caducidad se acerca conforme los recursos se agotan. Así como una pieza diminuta de un avión puede desatar una reacción en cadena que culmina en tragedia, los conductos por los que circula el flujo global de mercancías –la sangre vital de la economía– pueden fallar y poner en marcha una cuenta regresiva. Si en el pasado remoto el daño producido por los conflictos –incluso por las pestes– no escalaba rápidamente, la actual velocidad de los intercambios provoca que la máquina de extracción, fabricación, consumo y desecho sea poco flexible. La dimensión enorme del comercio, los flujos financieros y la especialización de las manufacturas forman, a pesar de su imagen omnipotente, un circuito cada vez más frágil.  

Los 33 kilómetros del estrecho de Ormuz también han acelerado un fenómeno de nuestros tiempos: la hechicería. La racionalidad ha sido erosionada por el regreso al pensamiento mágico. Irónicamente, como ha sido descrito por muchos intelectuales, el exceso de información ha creado una ola mundial de ignorancia. Este vacío no sólo es llenado por discursos de odio sino por la idea de que la emocionalidad de un mensaje –su apariencia de sortilegio– transmitido por un personaje al que se atribuye gran poder, como Donald Trump, crea una realidad alternativa. Los fieles al culto MAGA (Make America Great Again) creen que cuando el presidente de Estados Unidos afirma que “el estrecho está libre” eso sucede más allá de cualquier confirmación o evidencia.

Esto va más allá, como se puede suponer. Los comentaristas de la cadena Fox News afirman todos los días que las cosas suceden al revés de lo que indican los hechos. Para que la realidad se transforme, lo que importa es la fe. Igual sucede con procesos absolutamente irracionales, que mueven los deseos de los oligarcas tecnológicos. El mejor ejemplo es la burbuja que ha inflado las esperanzas en la inteligencia artificial. Se ha invertido una cantidad ingente de recursos y, sobre todo, se ha construido una deuda enorme con la esperanza –para la mayor parte de especialistas totalmente irrealizable– de que la IA multiplique el capital invertido en ella. Los mercados financieros –verdaderos oráculos que no reflejan la materialidad del mundo– también forman parte del universo mágico que gana espacios todos los días.

En una época en la que gozamos y sufrimos dosis continuas de hiperrealidad, el estrecho de Ormuz “real” apenas se muestra en las pantallas globales. Esa área geográfica permanece oculta más allá de las imágenes satelitales. La interrupción del flujo de energía fósil en una zona desértica que, en siglos anteriores, no habría despertado la codicia de las grandes potencias, es un síntoma más de la guerra en desarrollo, que recuerda poco las escenas que leímos en libros de historia o que vimos en las películas de Hollywood. La guerra actual es un estado de descomposición gradual, en la cual el sistema que se creía infalible tiene cada vez más grietas que son aprovechadas por el enemigo.

La sociedad interconectada se dirige a lo que investigadores como Nate Hagens, director ejecutivo del Instituto para el Estudio de la Energía y Nuestro Futuro (ISEOF), llaman “la gran simplificación”, es decir, el colapso de un ecosistema hipercomplejo y el regreso a una forma de vida más eficiente, flexible y racional en el uso de los recursos. Lo inquietante es la forma de llegar a ese destino y la proximidad a ese futuro. 

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miércoles, 22 de abril de 2026

Raúl Zurita: las tumbas del lenguaje

La siguiente conversación fue extraída del libro Raúl Zurita: Ni pena ni miedo. Poesia civile, canzone e performance, publicado en 2020 por la editorial Agencia X, en Milán. El traductor agradece a Sebastiano Gatto y al profesor Marco Fazzini, de la Universidad de Venecia, así como al editor Alessandro Scarsella, por la amable autorización para traducir y publicar esta entrevista.

 

El poeta chileno Raúl Zurita se enfrenta a una ardua tarea. Se encuentra traduciendo la Divina comedia, una obra que su abuela Josefina Pessolo (a quien la familia llamaba Veli) le recitaba de memoria cuando era niño y que a lo largo de los años le ha señalado los temas fundamentales de su producción literaria: redención, transición espiritual y sufrimiento humano. La obra de Zurita (nacido en Santiago de Chile en 1950, de madre italiana) está fuertemente marcada por la dictadura militar instaurada tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Militante comunista, fue arrestado, torturado y encarcelado durante largo tiempo. Cuando en 1979 emergió el Colectivo Acciones de Arte, que ideaba estrategias para producir arte y al mismo tiempo burlarse de la censura y los mecanismos de la represión, Zurita fue inmediatamente uno de los exponentes más radicales del grupo. Puso en práctica varios performances en los que, torturándose a sí mismo, metaforizaba los destinos de quienes sufrían las injusticias de aquel poder; de este modo, el amoníaco o el hierro hirviendo que empleaba sobre su cuerpo no eran sino los ecos fúnebres de las torturas sufridas por muchos bajo la dictadura de Pinochet.

Entre 1979 y 1994 escribió la trilogía del Purgatorio, conformada por los títulos Purgatorio (1979), Anteparaíso (1982) y La vida nueva (1994), donde hizo un recorrido por los paisajes más diversos: montañas, playas, ríos, desiertos, pero también en la obra de Dante y la Ilíada. Sus performances poético-visuales siguen siendo memorables: el de un poema conformado por quince frases en español trazadas a lo largo de ocho kilómetros en el cielo de Nueva York gracias a cinco avionetas que las escribieron en humo para concientizar a los espectadores sobre las minorías del mundo; o, en 1993, la acción de trazar el verso “Ni pena ni miedo” en el desierto chileno, para que pudiera leerse desde el cielo.

Premiado en múltiples ocasiones, y luego de Poemas militantes (2000), Sobre el amor, el sufrimiento y el nuevo milenio (2000), Los poemas muertos (2006) y Las ciudades de agua (2007), en 2008 Raúl Zurita comenzó a publicar fragmentos de una obra extensa con la que cerró, en 2011, el ciclo de Purgatorio. Su poema Canto a su amor desaparecido (1985) acompaña actualmente el Memorial de los Detenidos Desaparecidos, en Montevideo. “Como artista”, dice, “no puedes empezar a establecer límites. Ya estarán otros para instaurarlos y verás con qué entusiasmo lo harán. Nadie escribe poesía solo; se escribe con la totalidad de la historia, y si la escritura de un poema es un acto íntimo, es porque no hay nada más colectivo que la intimidad. Ahí se reúne todo: los sueños de la noche anterior, los recuerdos, las lecturas, las discusiones, las derrotas, los exilios, las esperanzas”.

Raúl Zurita

¿Podría intentar narrar qué significó vivir bajo una de las dictaduras más despiadadas del siglo XX?

Vivo en un país que no ha devuelto los cadáveres; nadie ha devuelto a la esposa el cuerpo de su marido, al pequeño niño el cuerpo de su padre, al anciano el cadáver de su hijo, y fue la gran poesía chilena –heredera de Pablo Neruda, de Pablo de Rokha, de Gabriela Mistral, de Vicente Huidobro, de Violeta Parra, de Víctor Jara– la que, atravesando aquellos años terribles, debió descender a las asperezas de la tierra, al desierto, a las bocas de los volcanes, a las espumas del mar que recibió aquellos restos, para actuar en nombre de un pueblo que no pudo llevar a cabo los funerales de los ausentes, castigando sus vidas y enterrando en las tumbas del lenguaje lo que los vivos debieron sepultar en las tumbas de los muertos.

“No hay límites para el horror humano, no existen palabras para describir el horror absoluto, para hacer comprender el instante exacto en el que un cuerpo es torturado hasta el momento previo en el que se convierte en un desaparecido”: Raúl Zurita

No hay límites para el horror humano, no existen palabras para describir el horror absoluto, para hacer comprender el instante exacto en el que un cuerpo es torturado hasta el momento previo en el que se convierte en un desaparecido; no tenemos conceptos para imaginar qué preguntas, qué recuerdos son los que asaltan a un hombre en ese extremo monstruoso en el que está muriendo. No existen esas palabras, ni existirán jamás y, por esa misma razón, por el hecho de que no existen, nuestro deber es gritarlas todavía con mayor fuerza. Porque la realidad es que no se mata a un ser humano una sola vez, se le mata innumerables veces, se le sigue matando miles y miles de ocasiones más en todos los lugares de la Tierra. Esto es lo que implica formar parte de la humanidad. Cada asesinato es un genocidio, y si podemos hablar de derechos humanos es porque uno de los hechos más claros de estar vivo consiste en que las consecuencias de las acciones individuales nunca escapan a su dimensión colectiva y que las acciones colectivas siempre tienen una solución individual.

Un  elemento notable del impacto emocional provocado por sus versos procede de los cambios imprevistos en los registros: se pasa del salmo al insulto, de lo sublime a la mimesis del discurso, hasta su grado más grave…

Trabajo con mi vida, y no porque crea que tiene algo de especial, al contrario, sino porque creo que si somos capaces de llegar al fondo de nosotros mismos sin autocompasión, ni falsa solidaridad, es posible que estemos tocando el fondo de la humanidad entera. Creo que todo lo que pude hacer permanece ahí, en esos intentos. Escribo desde un cuerpo que se dobla, que se tensa por los efectos del Parkinson, que tiembla, que avanza y cae, y encuentro hermosa mi enfermedad, siento que es hermoso mi temblor, que es hermosa mi dificultad para sostener estos papeles que ahora leo. En la otra cara herida de este mundo escribo acerca de este cuerpo, sobre los dolores que causo a otros y que me inflijo a mí mismo; grabo mis poemas sobre la piel.

Sólo los enfermos, los débiles y los heridos son capaces de crear obras maestras. Siento que escribo desde una cierta desesperación irremediable y, al mismo tiempo, desde una alegría incontenible. Una alegría extraña, porque es como si naciera de la dificultad de ser feliz. Del encuentro con estos fantasmas nace mi escritura. Escribir es como las cenizas que quedan de un cuerpo quemado. Para escribir hay que quemarse completamente, consumirse hasta que no quede el fragmento de un músculo, ni de un hueso, ni de la carne. Es un sacrificio absoluto y, al mismo tiempo, la interrupción de la muerte. Es algo concreto; cuando escribes suspendes la vida, por tanto, también suspendes la muerte. Escribo porque es mi ejercicio privado de resurrección.

Uno tiene la sensación, ante tus versos, de asistir a un continuo cortocircuito entre la desesperación y la resistencia: por un lado está lo irremediablemente perdido, por otro la presencia de algo que se obstina en vivir. ¿Considera que la acción de colocar la palabra sobre el papel puede ser una forma de resistencia?

“En el corazón de la feroz noche chilena, imaginé libros interminables que se borraban al amanecer, escribí en mi mente poemas alucinantes donde el Pacífico flotaba suspendido sobre las cumbres de los Andes y el desierto de Atacama se elevaba como un pájaro sobre el horizonte”: Raúl Zurita

Eso es lo que buscado hacer con todo mi miedo y con todo mi amor. En el corazón de la feroz noche chilena, imaginé libros interminables que se borraban al amanecer, escribí en mi mente poemas alucinantes donde el Pacífico flotaba suspendido sobre las cumbres de los Andes y el desierto de Atacama se elevaba como un pájaro sobre el horizonte. Imaginar poemas escritos en el cielo o dibujados en el desierto era mi forma íntima de resistir, de no enloquecer, de no resignarme. Sentí que, frente al dolor y el daño, era necesario responder con un arte y una poesía más fuertes que el dolor y el daño que nos estaban causando. No se trataba de lanzar ráfagas de pequeños poemas de combate, sino de algo mucho más agudo, más luminoso, más sordo y violento, y para esto habría que aprender a hablar de nuevo, iniciar desde cada letra, porque ninguno de los lenguajes que hubo en el pasado bastaban para reconstruir la enormidad de lo que había ocurrido y seguía ocurriendo. Siento que la nitidez de aquellos años está ahí, en esos intentos, y que, dictados por un deseo que nos sobrepasa, los poemas no son más que los sueños que sueña la Tierra, los sueños con los que intenta lavarse del sufrimiento humano, y que uno no puede hacer nada frente a ello salvo dejar pequeñas huellas, diminutos retazos que tal vez sobrevivan al despertar.

Usted ha leído y trabajado sobre Dante toda su vida. ¿Podría resumir su relación con la obra de Alighieri?

Mi abuela, una emigrante italiana que murió derrotada por la nostalgia de un país al que nunca pudo volver a ver, me leía fragmentos de la Divina Comedia mucho antes de que yo pudiera entenderla. Pero seamos claros, sólo soy una bestia sentimental sudamericana y no voy a pretender enseñar la Divina Comedia a los italianos. Para mí, siempre será el más grande, sublime y lacerante poema de la soledad. Lo que me conmueve es que alguien inventara la mayor de las travesías –nada menos que una travesía por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso– para escuchar decirle a su amada las cosas que en vida nunca le dijo y escucharlas decir como si él mismo no las dijera. Dante se enamoró de Beatrice. De alguien con quien sólo había cruzado miradas. Cuando ella muere, él pudo comprender –en alguna parte de sí mismo– que el amor muere. Todo ser humano experimenta lo más cercano a su propia muerte cuando desaparece un ser al que adoraba. Este cruce de miradas es la base de la Divina Comedia; el resto es especulación, malentendido, crítica literaria. Todos planteamos algo parecido al poema dantesco cuando nos miramos el uno al otro. Todos atravesamos el Infierno y el Purgatorio cuando el otro muere. Todos regresamos al Paraíso cuando imaginamos que ese otro ha vuelto para hablarnos, para decirnos lo que siempre quisimos oír y nunca nos dijo.

Traducción del italiano de Roberto Bernal

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Raúl Zurita: las tumbas del lenguaje

La siguiente conversación fue extraída del libro Raúl Zurita: Ni pena ni miedo. Poesia civile, canzone e performance, publicado en 2020 por la editorial Agencia X, en Milán. El traductor agradece a Sebastiano Gatto y al profesor Marco Fazzini, de la Universidad de Venecia, así como al editor Alessandro Scarsella, por la amable autorización para traducir y publicar esta entrevista.

 

El poeta chileno Raúl Zurita se enfrenta a una ardua tarea. Se encuentra traduciendo la Divina comedia, una obra que su abuela Josefina Pessolo (a quien la familia llamaba Veli) le recitaba de memoria cuando era niño y que a lo largo de los años le ha señalado los temas fundamentales de su producción literaria: redención, transición espiritual y sufrimiento humano. La obra de Zurita (nacido en Santiago de Chile en 1950, de madre italiana) está fuertemente marcada por la dictadura militar instaurada tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Militante comunista, fue arrestado, torturado y encarcelado durante largo tiempo. Cuando en 1979 emergió el Colectivo Acciones de Arte, que ideaba estrategias para producir arte y al mismo tiempo burlarse de la censura y los mecanismos de la represión, Zurita fue inmediatamente uno de los exponentes más radicales del grupo. Puso en práctica varios performances en los que, torturándose a sí mismo, metaforizaba los destinos de quienes sufrían las injusticias de aquel poder; de este modo, el amoníaco o el hierro hirviendo que empleaba sobre su cuerpo no eran sino los ecos fúnebres de las torturas sufridas por muchos bajo la dictadura de Pinochet.

Entre 1979 y 1994 escribió la trilogía del Purgatorio, conformada por los títulos Purgatorio (1979), Anteparaíso (1982) y La vida nueva (1994), donde hizo un recorrido por los paisajes más diversos: montañas, playas, ríos, desiertos, pero también en la obra de Dante y la Ilíada. Sus performances poético-visuales siguen siendo memorables: el de un poema conformado por quince frases en español trazadas a lo largo de ocho kilómetros en el cielo de Nueva York gracias a cinco avionetas que las escribieron en humo para concientizar a los espectadores sobre las minorías del mundo; o, en 1993, la acción de trazar el verso “Ni pena ni miedo” en el desierto chileno, para que pudiera leerse desde el cielo.

Premiado en múltiples ocasiones, y luego de Poemas militantes (2000), Sobre el amor, el sufrimiento y el nuevo milenio (2000), Los poemas muertos (2006) y Las ciudades de agua (2007), en 2008 Raúl Zurita comenzó a publicar fragmentos de una obra extensa con la que cerró, en 2011, el ciclo de Purgatorio. Su poema Canto a su amor desaparecido (1985) acompaña actualmente el Memorial de los Detenidos Desaparecidos, en Montevideo. “Como artista”, dice, “no puedes empezar a establecer límites. Ya estarán otros para instaurarlos y verás con qué entusiasmo lo harán. Nadie escribe poesía solo; se escribe con la totalidad de la historia, y si la escritura de un poema es un acto íntimo, es porque no hay nada más colectivo que la intimidad. Ahí se reúne todo: los sueños de la noche anterior, los recuerdos, las lecturas, las discusiones, las derrotas, los exilios, las esperanzas”.

Raúl Zurita

¿Podría intentar narrar qué significó vivir bajo una de las dictaduras más despiadadas del siglo XX?

Vivo en un país que no ha devuelto los cadáveres; nadie ha devuelto a la esposa el cuerpo de su marido, al pequeño niño el cuerpo de su padre, al anciano el cadáver de su hijo, y fue la gran poesía chilena –heredera de Pablo Neruda, de Pablo de Rokha, de Gabriela Mistral, de Vicente Huidobro, de Violeta Parra, de Víctor Jara– la que, atravesando aquellos años terribles, debió descender a las asperezas de la tierra, al desierto, a las bocas de los volcanes, a las espumas del mar que recibió aquellos restos, para actuar en nombre de un pueblo que no pudo llevar a cabo los funerales de los ausentes, castigando sus vidas y enterrando en las tumbas del lenguaje lo que los vivos debieron sepultar en las tumbas de los muertos.

“No hay límites para el horror humano, no existen palabras para describir el horror absoluto, para hacer comprender el instante exacto en el que un cuerpo es torturado hasta el momento previo en el que se convierte en un desaparecido”: Raúl Zurita

No hay límites para el horror humano, no existen palabras para describir el horror absoluto, para hacer comprender el instante exacto en el que un cuerpo es torturado hasta el momento previo en el que se convierte en un desaparecido; no tenemos conceptos para imaginar qué preguntas, qué recuerdos son los que asaltan a un hombre en ese extremo monstruoso en el que está muriendo. No existen esas palabras, ni existirán jamás y, por esa misma razón, por el hecho de que no existen, nuestro deber es gritarlas todavía con mayor fuerza. Porque la realidad es que no se mata a un ser humano una sola vez, se le mata innumerables veces, se le sigue matando miles y miles de ocasiones más en todos los lugares de la Tierra. Esto es lo que implica formar parte de la humanidad. Cada asesinato es un genocidio, y si podemos hablar de derechos humanos es porque uno de los hechos más claros de estar vivo consiste en que las consecuencias de las acciones individuales nunca escapan a su dimensión colectiva y que las acciones colectivas siempre tienen una solución individual.

Un  elemento notable del impacto emocional provocado por sus versos procede de los cambios imprevistos en los registros: se pasa del salmo al insulto, de lo sublime a la mimesis del discurso, hasta su grado más grave…

Trabajo con mi vida, y no porque crea que tiene algo de especial, al contrario, sino porque creo que si somos capaces de llegar al fondo de nosotros mismos sin autocompasión, ni falsa solidaridad, es posible que estemos tocando el fondo de la humanidad entera. Creo que todo lo que pude hacer permanece ahí, en esos intentos. Escribo desde un cuerpo que se dobla, que se tensa por los efectos del Parkinson, que tiembla, que avanza y cae, y encuentro hermosa mi enfermedad, siento que es hermoso mi temblor, que es hermosa mi dificultad para sostener estos papeles que ahora leo. En la otra cara herida de este mundo escribo acerca de este cuerpo, sobre los dolores que causo a otros y que me inflijo a mí mismo; grabo mis poemas sobre la piel.

Sólo los enfermos, los débiles y los heridos son capaces de crear obras maestras. Siento que escribo desde una cierta desesperación irremediable y, al mismo tiempo, desde una alegría incontenible. Una alegría extraña, porque es como si naciera de la dificultad de ser feliz. Del encuentro con estos fantasmas nace mi escritura. Escribir es como las cenizas que quedan de un cuerpo quemado. Para escribir hay que quemarse completamente, consumirse hasta que no quede el fragmento de un músculo, ni de un hueso, ni de la carne. Es un sacrificio absoluto y, al mismo tiempo, la interrupción de la muerte. Es algo concreto; cuando escribes suspendes la vida, por tanto, también suspendes la muerte. Escribo porque es mi ejercicio privado de resurrección.

Uno tiene la sensación, ante tus versos, de asistir a un continuo cortocircuito entre la desesperación y la resistencia: por un lado está lo irremediablemente perdido, por otro la presencia de algo que se obstina en vivir. ¿Considera que la acción de colocar la palabra sobre el papel puede ser una forma de resistencia?

“En el corazón de la feroz noche chilena, imaginé libros interminables que se borraban al amanecer, escribí en mi mente poemas alucinantes donde el Pacífico flotaba suspendido sobre las cumbres de los Andes y el desierto de Atacama se elevaba como un pájaro sobre el horizonte”: Raúl Zurita

Eso es lo que buscado hacer con todo mi miedo y con todo mi amor. En el corazón de la feroz noche chilena, imaginé libros interminables que se borraban al amanecer, escribí en mi mente poemas alucinantes donde el Pacífico flotaba suspendido sobre las cumbres de los Andes y el desierto de Atacama se elevaba como un pájaro sobre el horizonte. Imaginar poemas escritos en el cielo o dibujados en el desierto era mi forma íntima de resistir, de no enloquecer, de no resignarme. Sentí que, frente al dolor y el daño, era necesario responder con un arte y una poesía más fuertes que el dolor y el daño que nos estaban causando. No se trataba de lanzar ráfagas de pequeños poemas de combate, sino de algo mucho más agudo, más luminoso, más sordo y violento, y para esto habría que aprender a hablar de nuevo, iniciar desde cada letra, porque ninguno de los lenguajes que hubo en el pasado bastaban para reconstruir la enormidad de lo que había ocurrido y seguía ocurriendo. Siento que la nitidez de aquellos años está ahí, en esos intentos, y que, dictados por un deseo que nos sobrepasa, los poemas no son más que los sueños que sueña la Tierra, los sueños con los que intenta lavarse del sufrimiento humano, y que uno no puede hacer nada frente a ello salvo dejar pequeñas huellas, diminutos retazos que tal vez sobrevivan al despertar.

Usted ha leído y trabajado sobre Dante toda su vida. ¿Podría resumir su relación con la obra de Alighieri?

Mi abuela, una emigrante italiana que murió derrotada por la nostalgia de un país al que nunca pudo volver a ver, me leía fragmentos de la Divina Comedia mucho antes de que yo pudiera entenderla. Pero seamos claros, sólo soy una bestia sentimental sudamericana y no voy a pretender enseñar la Divina Comedia a los italianos. Para mí, siempre será el más grande, sublime y lacerante poema de la soledad. Lo que me conmueve es que alguien inventara la mayor de las travesías –nada menos que una travesía por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso– para escuchar decirle a su amada las cosas que en vida nunca le dijo y escucharlas decir como si él mismo no las dijera. Dante se enamoró de Beatrice. De alguien con quien sólo había cruzado miradas. Cuando ella muere, él pudo comprender –en alguna parte de sí mismo– que el amor muere. Todo ser humano experimenta lo más cercano a su propia muerte cuando desaparece un ser al que adoraba. Este cruce de miradas es la base de la Divina Comedia; el resto es especulación, malentendido, crítica literaria. Todos planteamos algo parecido al poema dantesco cuando nos miramos el uno al otro. Todos atravesamos el Infierno y el Purgatorio cuando el otro muere. Todos regresamos al Paraíso cuando imaginamos que ese otro ha vuelto para hablarnos, para decirnos lo que siempre quisimos oír y nunca nos dijo.

Traducción del italiano de Roberto Bernal

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martes, 21 de abril de 2026

Desdoblar y hacer espacio

Vengo a toda velocidad, entro por esa curva larga en semicírculo detrás de distintos museos, giro y llego a la Sala de Arte Público Siqueiros (SAPS) de la Ciudad de México. Ahí encuentro a Esteban King, curador de la exposición Fusiones, que establece diálogos entre piezas de artistas contemporáneos: Valentina Díaz, Daniel Monroy Cuevas, Fabiola Torres-Alzaga, Fabiola Menchelli e Ismael Sentíes, junto a la obra y el archivo de David Alfaro Siqueiros.

Archivo como vereda

En la fachada se encuentra el archivo amplificado, mostrando una gráfica de Josep Renau realizada para Retrato de la burguesía (1939-1940). Estos trazos, que semejan una partitura, muestran la estructura geométrica y coreográfica del mural.

Bajando la mirada, en la ventana se encuentra un video en colores noventeros. Me acerco y el boceto reaparece dentro de una secuencia de imágenes, ahora a una escala menor. Es el material en crudo del documental Planeta Siqueiros (José Ramón Mikelajáuregui, 1995). En él aparecen filmaciones de los murales y las obras de Siqueiros desde la visión de un espectador dinámico y en movimiento que nota sus detalles, estableciendo una relación entre mirada, pintura, caminata y percepción.

Desdoblar el archivo y pasarlo por la experiencia permite acuerparlo, y desde ahí enlazarlo con el trabajo de artistas contemporáneos cuyas preguntas, imaginarios y metodologías entran a dialogar en voz alta con el muralista mexicano.

Sala de Arte Público Siqueiros

Valentina Díaz, Hablar también es moverse (2025), Sala de Arte Público Siqueiros, Ciudad de México. Fotografía: David Zamorano

Códigos y lenguajes

En la primera sala se encuentra Hablar también es moverse (2025), de Valentina Díaz, una escultura performática en forma de boca de la cual sale una lengua larga, acompañada por dos ojos que giran de manera aleatoria, mirando al interior y al exterior con un ritmo motorizado. Los colores de la escultura entran en diálogo con los murales de Siqueiros, rescatando la voluntad de integración plástica que fusiona escultura, pintura y arquitectura.

De los labios metálicos surge un juego donde, como escribe la artista, “La boca es el límite y la frontera. La lengua es un territorio integrado por vocales: AA EE II OO UU OO II EE AA”. Su longitud cambia conforme el juego avanza. La idea es robar lengua hasta que el otro no tenga. Para esto, los equipos se colocan en posición de combate y, sobre ella, lanzan palabras. Si un grupo pierde al repetir un vocablo, equivocarse de vocal, quedarse sin palabras o decir una de más, su lengua se acorta y el contrario elige si le quita una vocal creciendo el tamaño de su habla. Hay dos formas de ganar: 1) atravesar el territorio de la lengua, luego de recorrer las letras hasta llegar al límite de la boca; 2) quedarse con toda la lengua desplazando al contrincante.

¿Qué significa perder la lengua? ¿Cómo se siente no tener palabras? ¿De qué manera se inscribe lo anterior en el cuerpo y en las relaciones que nos rodean? Nuestra participación en comunidades, en conexión con nuestra posición en el planeta a nivel afectivo, pero también geopolítico, es afectada por el lenguaje como un poder tangible. La performatividad en esta obra nos permite entrar al cuerpo con el cuerpo, hablando y ampliando las posibilidades de reflexión a través de lo sensible.

Sala de Arte Público Siqueiros

Visitantes interactúan con Tres porta-infinitos (2004), de Fabiola Torres-Alzaga, en la Sala de Arte Público Siqueiros, Ciudad de México. Fotografía: Daniela Fenton

Poco tiempo para el cosmos

Tres porta-infinitos (2004), de Fabiola Torres-Alzaga, invita al visitante a colocarse en los hombros un dispositivo óptico en forma de portafolios de oficinista, que se abre y permite habitar distintas perspectivas del espacio-tiempo por medio de espejos que distorsionan, expanden y multiplican la realidad. Los porta-infinitos están instalados en una parte de la sala donde se encuentran varios montajes fotográficos sobre los murales de Siqueiros, lo que permite cambiar sus formas desde la ilusión óptica, a través del cuerpo, la geometría y la fotografía.

Hace veinte años la obra fue instalada en este mismo espacio, lo que hace preguntarse al curador: ¿qué pasa si remontas una pieza que estuvo en el mismo sitio dos décadas atrás? El estereotipo del oficinista habla de rutinas establecidas, horarios fijos, una especie de alienación, lo que permite preguntarse cómo se ha transformado esa figura. El nuevo oficinista trabaja en modalidad de home office, con sus promesas fallidas de libertad, navegando entre horarios y tareas extendidas.

El maletín actualmente ha sido reemplazado por la mochila, donde se guardan las pertenencias y el cansancio de la rutina del mundo online. En este panorama, ¿cómo mira e imagina este trabajador lo que hay dentro? ¿Qué ocurre cuando se mira en el espejo multiplicado, distorsionado frente a su deber, su compromiso, su cansancio? Al abrirlo encuentra una ilusión, un descanso, una fantasía o un escape de la realidad. Dentro del maletín, un cosmos.

Sala de Arte Público Siqueiros

Daniel Monroy Cuevas, Cronofobias (2025), Sala de Arte Público Siqueiros, Ciudad de México. Fotografía: David Zamorano

Fósiles tecnológicos

La videoinstalación de Daniel Monroy Cuevas se despliega en una estructura triangular que entrelaza: 1) el Bosque de la Primavera en Jalisco, erosionado y en constante transformación, donde aparece la cámara como un tecnofósil de presencia antropomórfica; 2) el sueño de la cámara mientras duerme; 3) cajas de luz donde encontramos la huella de esa presencia tecnofósil, que toma forma entre película de celulosa, cuerpos vegetales y rastros de fuego. La pieza remite al movimiento de los párpados: una mirada interior cuando se cierran y exterior cuando se abren. El sistema ocular está operando.

El Bosque de la Primavera en Jalisco es filmado en un tiempo que se extiende, de manera observacional, sensorial e inmersiva, casi documental. Aparece en continua erosión y regeneración, entrando y saliendo de sus ciclos de vida. En las paredes de las cañadas se descubren sus muros geológicos, que todo el tiempo se caen a pedazos. La cámara filma y, de pronto, aparece en reposo, como un fósil tecnológico en desuso o extinción. Tiene una respiración casi humana en la forma en que se prende y se apaga. Al inhalar se enciende su sistema y al exhalar se va apagando, mostrando su tiempo de vida.

El cuerpo tecnológico en desuso genera nostalgia. Entrando a su mundo inconsciente, al cerrar los ojos, sueña con un cuerpo de reflectores luminosos, infinitos, monstruosos que despiertan en el espectador cierto temor y ternura. Un sonido constante y maquínico llena el espacio. Cronofobias (2025) se encuentra en correspondencia con una fotografía del archivo, en la cual aparecen una serie de lámparas iluminando los murales de Siqueiros; así como en contrapunto con una pintura en una caja de luz de lava verde y roja –realizada también por el muralista– como un volcán que enuncia su pronta erupción. En ese momento, la cámara se apaga.

Sala de Arte Público Siqueiros

Fabiola Menchelli, de la serie Parallax Helio (2024), Sala de Arte Público Siqueiros, Ciudad de México. Fotografía: David Zamorano

Lo fotográfico, más allá de la cámara

Las piezas de Fabiola Menchelli trazan relaciones entre el uso de técnicas antiguas y el presente. Imágenes abstractas remiten a lo estelar, a los astros, dejando la huella de lo estuvo antes ahí: objetos y luces que generan formas misteriosas. Composiciones de un cuerpo atento a la experimentación sobre la amplificadora fotográfica que capta, más allá de la cámara, el instante de momentos donde las formas se revelan entre la oscuridad, el metal y la retina. La huella en los heliograbados de Menchelli deja sombras, luces, apariciones de objetos y figuras entre lo abstracto y lo geométrico.

Más adelante, encontramos el archivo de Siqueiros entre fotografías en movimiento, manifiestos de cine y documentos que revelan la fuerte conexión del muralista con el cine y la literatura. Por ejemplo, en una libreta de contactos miniatura, con su puño y letra, el teléfono de Luis Buñuel. También fotografías que utilizó para sus murales e imágenes de volcanes, lava y fuego.

Frente a estos documentos encontramos las impresiones de los heliograbados de Menchelli sobre papel, de nuevo, cósmicas y abstractas, pero ahora entrando en un diálogo directo con el archivo del muralista, como guiño a la idea de montaje entre gestos, geometrías y abstracciones.

Sala de Arte Público Siqueiros

Ismael Sentíes, de la serie Parallax Helio (2024), Sala de Arte Público Siqueiros, Ciudad de México. Fotografía: Daniela Fenton

Óptica y erupción

Continuando la experimentación con el montaje fotográfico, encontramos bocetos de Siqueiros en diálogo con las piezas de Ismael Sentíes, que muestran una serie de volcanes en momentos clave: antes, durante y después de la erupción. El carboncillo revela la combustión de diferentes materiales acercándose a la representación, como si fuera trazada por su propio cuerpo volcánico.

Ahí mismo encontramos dibujos con colores estridentes, entre fuego y destellos que entran en una danza que los hace visibles. Más cercanos a la luz que al color, en tornasol, burbujeantes, en alta temperatura. Las imágenes de Sentíes son atravesadas por una frecuencia tecnológica, como una distorsión o error en la señal de transmisión que plantea preguntas sobre el proceso. A un costado encontramos las experimentaciones matéricas de Siqueiros representando y encarnando lava, fuego.

Caminar el archivo

En Fusiones, el archivo de Siqueiros se desdobla para convertirse en espacio y vereda. Esta apertura permite un viaje al interior de ese cuerpo, de esa conciencia y esas preguntas, que se ponen en relación con el presente por medio de las voces de Valentina Díaz, Daniel Monroy Cuevas, Fabiola Torres-Alzaga, Fabiola Menchelli e Ismael Sentíes. La escucha es recíproca, para sumergirse en distintos tiempos y situarse en el presente.

Al terminar la exposición, salgo de la sala y camino en línea recta atravesando los parques. Mientras escucho sonidos de automóviles y de pájaros, recuerdo que el archivo se abre y se activa. Rescato, así, las sensaciones que sacuden esa apertura. A través de esas obras y de su articulación pude transitar el espacio y el archivo de una manera que no conocía: desde el cuerpo.

Curada por Esteban King, la exposición Fusiones pudo visitarse en la Sala de Arte Público Siqueiros de la Ciudad de México del 25 de octubre de 2025 al 12 de abril de 2026

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