En su libro Sobre la historia natural de la destrucción (1999), W.G. Sebald recupera una historia que, durante mucho tiempo, fue un tabú: los crímenes de guerra de los aliados contra la población alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Destaca, en particular, dos hechos: los bombardeos de las fuerzas aliadas sobre ciudades –Dresde y Hamburgo son las más famosas– y las violaciones de mujeres a manos de los soldados que entraron en Alemania mientras el régimen de Hitler colapsaba en 1945. Años antes se había acuñado el concepto de “guerra total”, que consideraba a los civiles blancos legítimos –en particular de los bombardeos aéreos–, pues la población completa de un país era calificada como corresponsable de las decisiones de su gobierno. Masacres anteriores contra los civiles –como el bombardeo de Guernica el 26 de abril de 1937– se volvieron símbolos de la barbarie instrumentada por la tecnología que mataba de forma masiva y cada vez más eficiente.
En los testimonios de la última etapa del Tercer Reich destacan, por supuesto, los que escribieron miembros de la élite nazi y textos de soldados que estuvieron en el frente de batalla, pero poco se sabe de los civiles que sufrieron y murieron en esos años. Los civiles alemanes –en particular las mujeres– tuvieron, como argumenta Sebald, el estigma de pertenecer al país perdedor y el villano de la historia. Por esta razón, sus testimonios no tuvieron la fuerza y la difusión de otras víctimas. Pasó mucho tiempo para que salieran a la luz los crímenes de guerra de los aliados. A pesar de eso, en pleno siglo XXI sigue predominando una sola historia que ha moldeado una eficaz propaganda transmitida por generaciones: los soldados aliados que liberaron Europa gracias a sus heroicos sacrificios. No es que muchos hechos –convertidos después en películas y documentales– no hayan sucedido, sólo que la realidad de aquellos años fue mucho más compleja y hay eventos que conviene mantener ocultos para que la narrativa oficial no tenga fisuras.
Un documento importante de esa época es el diario de una mujer berlinesa –de poco más de 30 años–, escrito del 20 de abril al 22 de junio de 1945. Tiempo después, el periodista y crítico literario alemán C.W. Ceram –seudónimo de Kurt Wilhelm Marek– rescató el texto gracias a que conocía a la autora, pues eran vecinos. Después de leer su diario le propuso publicarlo. Ella le puso como condición que no apareciera con su nombre. Por deseos de la autora, sólo se podría reimprimir en Alemania –después de una breve circulación en los años sesenta– una vez que muriera, lo que ocurrió en 2001. A partir de ese momento, y gracias al interés del escritor Hans Magnus Enzensberger, el diario pudo tener nueva vida.

La escritora del diario –como indica en el epílogo C.W. Ceram– era una mujer perteneciente a la burguesía berlinesa, bien educada. Por su testimonio se infiere que trabajó en la industria editorial y viajó extensamente por Europa gracias a sus recursos y su educación. No pudo salir de Berlín cuando los aliados se acercaron a la ciudad y, desde su casa (o lo que quedó de ella), comenzó a escribir lo que veía, escuchaba y experimentaba en carne propia. Uno de los aspectos más interesantes es la capacidad, en medio del desastre, para narrar las actitudes de sus vecinos y las estrategias de supervivencia cuando las bombas comenzaron a llegar a Berlín. Sin dejar de lamentarse por su infortunio y su soledad –ya que su novio había sido reclutado por el ejército–, tuvo la lucidez suficiente para analizar lo que pasaba frente a sus ojos.
A menudo se piensa –gracias a la cultura popular– que la llegada de los aliados al corazón del régimen nazi acabó con la violencia y, partir de entonces, Alemania se reconstruyó hasta volverse el motor económico de Europa en las últimas décadas del siglo XX. Sin embargo, como muestra la historia, la llegada del ejército victorioso provocó saqueos, ejecuciones y violaciones. Por otro lado, el regreso a la normalidad y la vuelta a casa de soldados y exiliados fue un proceso largo y muy duro, como muestra el testimonio de autores como Primo Levi en La tregua o Curzio Malaparte en La piel.
En las primeras entradas de la mujer berlinesa encontramos las muertes de vecinos y la destrucción de las casas por las bombas. En medio del caos, los entierros se hacen como pueden. El 23 de abril escribe: “Hacia mediodía hubo un entierro en nuestra calle. Lo supe de oídas, la viuda del boticario estuvo presente. Una chica de 17 años, la metralla de una granada le arrancó la pierna, murió desangrada. Los padres enterraron a la chica en el jardín de su casa, detrás de unos groselleros silvestres. Como ataúd utilizaron el armario escobero”. Poco después la situación se agrava, pues llegan los primeros soldados del Ejército Rojo. Cuando no hay resistencia militar, entran a las casas y cobran venganza. Se ceban, sobre todo, con las mujeres, quienes tienen que pagar por ser alemanas. La escritora del diario relata los primeros encuentros, el pánico de las familias y sus intentos por esconder a sus hijas, hasta que le toca a ella ser violada. Sin ningún rastro de culpa, narra su sobrevivencia gracias a que uno de sus violadores es un oficial de cierta importancia en la zona. A partir de entonces, los escasos habitantes de las casas vecinas –y la autora misma– conviven con sus captores mientras intentan sobrevivir.
Hay un poco de todo en los soldados, campesinos enrolados a la fuerza y hombres educados que usan a la escritora como traductora por sus conocimientos del ruso. Algunos, incluso, tienen intenciones románticas con las mujeres abandonadas. Poco tiempo después, cuando los bombardeos cesan y el régimen nazi termina de colapsar, los soviéticos se reparten Berlín con los aliados. Sin embargo, la normalidad no llega para la mujer alemana y sus vecinas, pues deben trabajar lavando ropa para el ejército invasor. En el diario podemos encontrar apuntes certeros sobre la personalidad de capataces, sargentos y otros miembros de la milicia que, de vez en cuando, se apiadan de ellas y les dan un poco de comida.
Una vez que acaba la ocupación, Berlín no se recupera. La gente busca trabajo y a veces no hay suficiente comida para surtir la tarjeta de racionamiento. La mujer alemana es expulsada de la casa que comparte con una viuda, ya que para entonces cada quien se preocupa por su familia y se abandona la solidaridad que surgió cuando caían las bombas sobre la ciudad. En las últimas entradas, la diarista se pregunta por su futuro, aunque celebra que aún esté viva. Cuando llega su pareja, Gerd, ella le enseña su diario: “‘¿Qué significa esto, por ejemplo?’, preguntó señalando la abreviatura ‘Vlcn’. No pude evitar reírme: ‘¿Qué va a ser? Pues violación’. Me miró como si estuviera loca, y no dijo ya nada más”. La reacción de Gerd es, de muchas maneras, la razón por la cual Una mujer en Berlín incomodó a un país como Alemania que aún no estaba –y, en ciertos aspectos, aún sigue– dispuesto a lidiar con su pasado, pues las mujeres tuvieron que entregarse para sobrevivir y los hombres de los vecindarios no pudieron o no quisieron defenderlas, entre otras historias incómodas de 1945. Gerd se despide de la escritora en busca de su familia y ella termina sus anotaciones preguntándose si él seguirá pensando en ella y si habrá un futuro reencuentro.
Anónima, Una mujer en Berlín. Anotaciones de diario escritas entre el 20 de abril y el 22 de junio de 1945, introducción de Hans Magnus Enzenberger, epílogo de Kurt W. Marek, traducción del alemán de Jorge Seca, Anagrama, Barcelona, 2026
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