jueves, 16 de julio de 2026

Letreros y memoria

A veces, cuando caminamos por una calle conocida de nuestra ciudad, notamos algo diferente. Después de inspeccionar un poco, nos damos cuenta de que una tienda ya no está o ha cambiado de giro. Con el descubrimiento viene una sensación de pérdida y, por supuesto, nostalgia. El panorama urbano en el que nos movemos todos los días se convierte en un segundo hogar. De hecho, el capitalismo del siglo XXI ha provocado que gran parte de la población viva, de facto, en las calles. En ocasiones, la serie de espacios por los que nos movemos se convierten en lugares invisibles, los no-lugares de los cuales habla el antropólogo Marc Augé. Esta invisibilidad tiene mucho que ver con la uniformidad de las ciudades, dominadas por una escenografía conformada por logotipos de un puñado de corporaciones. En el cortometraje animado francés Logorama (François Alaux, Hervé de Crecy y Ludovic Houplai, 2009) se muestra –por medio de la parodia– la ubicuidad visual de las marcas globales. Ellas mismas pueden adquirir vida propia y reemplazarnos, pues son las embajadoras de la sociedad de consumo que nació en el siglo XX.

La homogeneización visual de las ciudades forma parte de una estrategia más amplia que tiene que ver con la gentrificación y la pérdida de diversidad cultural propia del neoliberalismo. Las calles y plazas públicas han adoptado la organización y la estética del centro comercial estadounidense. A este embate se han sumado políticas públicas encabezadas por gobernantes de derecha que, con el pretexto de orden y limpieza, intentan exterminar las expresiones populares en barrios y colonias. No existe la misma preocupación por la contaminación visual de miles de los llamados “espectaculares” que son colocados en lo alto de los edificios de muchas ciudades en México. Las grandes marcas tienen legitimidad ante el gobierno y, sobre todo, vía libre para hacer de la experiencia urbana un bombardeo visual en el que pocos espacios quedan libres.

En días recientes el canal de cocina en YouTube del New York Times estrenó el reportaje The Noble Art of NYC Restaurant Signs, dirigido por Amanda Choy. En el video se muestra el trabajo del estudio de diseño y taller Noble Signs que restaura, colecciona y crea letreros para diversos tipos de comercios en Nueva York. Al inicio del reportaje, uno de los miembros del negocio refiere la sensación de tristeza cuando desaparece una pieza del paisaje urbano que valoraba y que se había vuelto familiar. Para preservar la memoria, Noble Signs apuesta por letreros artesanales –hechos con neón, fibra de vidrio y otro tipo de materiales– y por establecer una relación con sus clientes y la historia del barrio. Cada pequeño negocio, restaurante o panadería depende de su integración visual con la calle y el contacto con el cliente que se acerca por primera vez. Los comercios que han resistido la gentrificación y no han cedido sus locales a alguna cadena global transmiten una sensación de autenticidad en un mundo en el que el diseño por algoritmos y la “instagramización” nos ofrecen la misma experiencia. No sólo eso: tras sus puertas hay historias moldeadas por la gente y una memoria colectiva que se construye año tras año. Los letreros únicos que realiza Noble Signs forman parte de la resistencia y luchan contra la erosión de la cultura.

La ciudad creada por el neoliberalismo –en particular las grandes urbes– pueden considerarse territorios que mutan constantemente. El dogma de la nueva sociedad de consumo es la “venta de experiencias” como si dispusiéramos, en nuestra vida cotidiana, de una interminable variedad de opciones para comprar y relacionarnos con los demás. La experiencia única que ofrece, por ejemplo, el modelo de cafetería tipo Starbucks –replicado en infinidad de cafeterías en todo el mundo– contribuye a invisibilizar a las personas que habitan estos lugares. El mundo actual evapora las cosas una vez que obtiene la máxima ganancia. Incluso, la construcción de nuevas tiendas, centros comerciales o conjuntos de edificios obedece a criterios especulativos, aunque de inmediato estos espacios muertos desde un inicio. La imaginación visual, la creatividad, la memoria y el humor de los letreros callejeros y de los negocios familiares luchan contra la deshumanización que vivimos en muchos frentes.

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lunes, 13 de julio de 2026

La arquitectura editorial en ‘Discípulo del fuego’

Mucho se discute sobre la experiencia diaria en el ciclo del libro, sobre todo desde que Tomás Granados Salinas propuso acercar a los agentes del gremio –editores, traductores, libreros– herramientas para comprender que hacer libros es, en esencia, un arte. Toda comunicación humana es un mensaje articulado donde el autor, en el centro, propone una mirada inédita para romper moldes; sin embargo, esa creatividad se despliega dentro de un sistema mediado. El medio de transmisión actúa como un lente ideológico que filtra el significado incluso antes de ser decodificado por el lector. Visto así, un mensaje es, en rigor, una estructura técnica condicionada por su soporte.

El dilema surge cuando un texto migra de formato: ¿es posible que el salto de la revista –sujeta a la inmediatez y a la lectura gregaria del número– al libro –con su relativa autonomía– altere nuestra experiencia de recepción? Éste es el núcleo de Discípulo del fuego, el libro que Gris Tormenta construyó a partir del perfil y ensayo que Aatish Taseer (Londres, 1980) escribió sobre V.S. Naipaul para Granta (2025). El texto original retrata la compleja relación de mentoría entre ambos, una dinámica marcada por la exigencia intelectual extrema y el riesgo de anulación creativa. Lo que comenzó en 2007 como una búsqueda de validación por parte de Taseer, degeneró en una lucha existencial contra la influencia avasalladora de Naipaul, hasta que el discípulo comprendió que el único camino hacia la autenticidad era aprender de sus propios errores, no someterse a la sombra del maestro.

Aatish Taseer

La migración de la revista al libro no es una simple traslación, sino una iteración expansiva donde el prólogo de Carlos Manuel Álvarez actúa como el eje de transformación. Álvarez abandona el tono de la crónica para adoptar uno filosófico; al anteponer su texto, la obra deja de ser una anécdota sobre el dolor para erigirse en una tesis sobre el oficio literario. A partir de la teoría del anclaje de Barthes, funciona como un marco que, más que una lectura parásita, opera como escudo intelectual. Álvarez organiza la experiencia personal de Taseer y la “naturaliza” como una lección histórica sobre la soberanía creativa. Al institucionalizar la ruptura y desmitificar la figura de Naipaul como un mentor depredador, esta intervención otorga al discípulo la autoridad literaria que el formato original no alcanzaba a consolidar por sí mismo. El lector ya no busca el morbo de una relación de mentoría, sino que contempla una batalla arquetípica.

Aquí la labor editorial se revela como una “curaduría del sentido”. Al emparejar la crónica vulnerable de Aatish Taseer con la disección analítica de Carlos Manuel Álvarez, Gris Tormenta cumple su promesa de hacer visible el trabajo invisible: nos muestra cómo se construye un escritor y cómo se negocia la voz propia. El ejercicio de edición rescata al autor de su propia confusión. La búsqueda de la voz deja de ser un misterio abstracto para convertirse en un trabajo de taller y un manual de resistencia ética. El libro se convierte en un punto de encuentro donde dos voces –la que sufre y la que analiza– construyen, en tiempo real, un conocimiento nuevo. Es, en esencia, la prueba de que editar es completar el pensamiento del autor y fabricar, en el proceso, un artefacto mucho más robusto que la suma de sus partes.

En última instancia, Discípulo del fuego es la prueba de que un buen editor es, ante todo, un arquitecto de la recepción.

Aatish Taseer, Discípulo del fuego, prólogo de Carlos Manuel Álvarez, trad. del inglés de Inma Pérez Parra, Gris Tormenta, Querétaro, 2026

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La arquitectura editorial en ‘Discípulo del fuego’

Mucho se discute sobre la experiencia diaria en el ciclo del libro, sobre todo desde que Tomás Granados Salinas propuso acercar a los agentes del gremio –editores, traductores, libreros– herramientas para comprender que hacer libros es, en esencia, un arte. Toda comunicación humana es un mensaje articulado donde el autor, en el centro, propone una mirada inédita para romper moldes; sin embargo, esa creatividad se despliega dentro de un sistema mediado. El medio de transmisión actúa como un lente ideológico que filtra el significado incluso antes de ser decodificado por el lector. Visto así, un mensaje es, en rigor, una estructura técnica condicionada por su soporte.

El dilema surge cuando un texto migra de formato: ¿es posible que el salto de la revista –sujeta a la inmediatez y a la lectura gregaria del número– al libro –con su relativa autonomía– altere nuestra experiencia de recepción? Éste es el núcleo de Discípulo del fuego, el libro que Gris Tormenta construyó a partir del perfil y ensayo que Aatish Taseer (Londres, 1980) escribió sobre V.S. Naipaul para Granta (2025). El texto original retrata la compleja relación de mentoría entre ambos, una dinámica marcada por la exigencia intelectual extrema y el riesgo de anulación creativa. Lo que comenzó en 2007 como una búsqueda de validación por parte de Taseer, degeneró en una lucha existencial contra la influencia avasalladora de Naipaul, hasta que el discípulo comprendió que el único camino hacia la autenticidad era aprender de sus propios errores, no someterse a la sombra del maestro.

Aatish Taseer

La migración de la revista al libro no es una simple traslación, sino una iteración expansiva donde el prólogo de Carlos Manuel Álvarez actúa como el eje de transformación. Álvarez abandona el tono de la crónica para adoptar uno filosófico; al anteponer su texto, la obra deja de ser una anécdota sobre el dolor para erigirse en una tesis sobre el oficio literario. A partir de la teoría del anclaje de Barthes, funciona como un marco que, más que una lectura parásita, opera como escudo intelectual. Álvarez organiza la experiencia personal de Taseer y la “naturaliza” como una lección histórica sobre la soberanía creativa. Al institucionalizar la ruptura y desmitificar la figura de Naipaul como un mentor depredador, esta intervención otorga al discípulo la autoridad literaria que el formato original no alcanzaba a consolidar por sí mismo. El lector ya no busca el morbo de una relación de mentoría, sino que contempla una batalla arquetípica.

Aquí la labor editorial se revela como una “curaduría del sentido”. Al emparejar la crónica vulnerable de Aatish Taseer con la disección analítica de Carlos Manuel Álvarez, Gris Tormenta cumple su promesa de hacer visible el trabajo invisible: nos muestra cómo se construye un escritor y cómo se negocia la voz propia. El ejercicio de edición rescata al autor de su propia confusión. La búsqueda de la voz deja de ser un misterio abstracto para convertirse en un trabajo de taller y un manual de resistencia ética. El libro se convierte en un punto de encuentro donde dos voces –la que sufre y la que analiza– construyen, en tiempo real, un conocimiento nuevo. Es, en esencia, la prueba de que editar es completar el pensamiento del autor y fabricar, en el proceso, un artefacto mucho más robusto que la suma de sus partes.

En última instancia, Discípulo del fuego es la prueba de que un buen editor es, ante todo, un arquitecto de la recepción.

Aatish Taseer, Discípulo del fuego, prólogo de Carlos Manuel Álvarez, trad. del inglés de Inma Pérez Parra, Gris Tormenta, Querétaro, 2026

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jueves, 9 de julio de 2026

Próximas exposiciones del Museo Jumex

Con Fútbol y arte: esa misma emoción (hasta el 26 de julio), Objetos de leyenda: momentos históricos en la historia del fútbol (hasta el 30 de agosto) y Colección Jumex: visiones difusas (hasta el 30 de agosto) aún en salas, el Museo Jumex de la Ciudad de México anunció su programa expostivo otoño-invierno. Las propuestas dadas a conocer vuelven a poner de relieve una de las constantes de su propuesta curatorial: articular grandes revisiones de artistas fundamentales del arte contemporáneo con proyectos inéditos concebidos para el museo y exposiciones que amplían la presencia de creadores latinoamericanos en el circuito institucional. Entre septiembre de 2026 y febrero de 2027, el recinto reunirá una retrospectiva de Richard Prince, una instalación inmersiva de Álvaro Urbano y la primera exposición individual en México de Raúl Silva.

 

Cuéntamelo todo

Richard Prince

Del 26 de septiembre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Richard Prince, Untitled (2013). © Richard Prince. Cortesía de Richard Prince Studio

La primera gran retrospectiva de Richard Prince (Zona del Canal de Panamá, 1949) en América Latina, Cuéntamelo todo, fue preparada por el artista estadounidense en colaboración con Kit Hammonds, curador en jefe del Museo Jumex. La muestra reunirá más de 130 obras realizadas desde la década de 1970 hasta la actualidad. El recorrido revisa algunas de las series más emblemáticas de Prince –Cowboys, Girlfriends, Jokes y Cartoons– junto a sus tempranas apropiaciones de imágenes publicitarias y de moda, las pinturas de las series Nurses, de Koonings y High Times, así como esculturas y piezas pertenecientes a Hoods. La exposición permite seguir la evolución de una práctica que ha convertido la apropiación de imágenes y el cuestionamiento de la autoría en algunos de los debates centrales del arte contemporáneo.

 

Helen

Álvaro Urbano

Del 16 de octubre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Puerta de acceso a la demolida Casa Cueva, de Juan O’Gorman, en Jardines del Pedregal, Ciudad de México. Fotografía: ProtoplasmaKid, 2025

En Helen, instalación inmersiva creada específicamente para la Galería 1 del Museo Jumex, el artista radicado en Berlín Álvaro Urbano (Madrid, 1983) toma como punto de partida la Casa Cueva construida por Juan O’Gorman entre 1948 y 1952. Para evocar las distintas capas de memoria que han definido ese lugar –ya inexistente–, la pieza entrelaza las historias del arquitecto y artista mexicano, la ilustradora botánica Helen Fowler (esposa de O’Gorman) y la escultora y arquitecta Helen Escobedo (responsable de su demolición), quienes habitaron el inmueble en distintos momentos. A través de una propuesta espacial, Urbano explora las transformaciones arquitectónicas y botánicas del sitio, insistiendo en la manera en que los espacios conservan huellas de quienes los ocuparon.

Gateway

Raúl Silva

Del 16 de octubre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Raúl Silva, La aceleración del tiempo (2026)

Gateway, primera exposición individual de Raúl Silva (Lima, 1991) en México, profundiza en la investigación del artista sobre los medios de comunicación y la tecnología para analizar los cambios económicos y estéticos que acompañaron la expansión de las telecomunicaciones durante la década de los noventa. La exposición reúne una videoinstalación de nueva producción, materiales de archivo, pinturas y esculturas que toman a Cancún como escenario privilegiado para examinar la relación entre turismo, infraestructura tecnológica e imaginarios del pasado prehispánico. Curada por Rosela del Bosque, la muestra propone una lectura crítica de un territorio donde convergen las promesas de la modernidad y las tensiones derivadas de la globalización.

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Próximas exposiciones del Museo Jumex

Con Fútbol y arte: esa misma emoción (hasta el 26 de julio), Objetos de leyenda: momentos históricos en la historia del fútbol (hasta el 30 de agosto) y Colección Jumex: visiones difusas (hasta el 30 de agosto) aún en salas, el Museo Jumex de la Ciudad de México anunció su programa expostivo otoño-invierno. Las propuestas dadas a conocer vuelven a poner de relieve una de las constantes de su propuesta curatorial: articular grandes revisiones de artistas fundamentales del arte contemporáneo con proyectos inéditos concebidos para el museo y exposiciones que amplían la presencia de creadores latinoamericanos en el circuito institucional. Entre septiembre de 2026 y febrero de 2027, el recinto reunirá una retrospectiva de Richard Prince, una instalación inmersiva de Álvaro Urbano y la primera exposición individual en México de Raúl Silva.

 

Cuéntamelo todo

Richard Prince

Del 26 de septiembre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Richard Prince, Untitled (2013). © Richard Prince. Cortesía de Richard Prince Studio

La primera gran retrospectiva de Richard Prince (Zona del Canal de Panamá, 1949) en América Latina, Cuéntamelo todo, fue preparada por el artista estadounidense en colaboración con Kit Hammonds, curador en jefe del Museo Jumex. La muestra reunirá más de 130 obras realizadas desde la década de 1970 hasta la actualidad. El recorrido revisa algunas de las series más emblemáticas de Prince –Cowboys, Girlfriends, Jokes y Cartoons– junto a sus tempranas apropiaciones de imágenes publicitarias y de moda, las pinturas de las series Nurses, de Koonings y High Times, así como esculturas y piezas pertenecientes a Hoods. La exposición permite seguir la evolución de una práctica que ha convertido la apropiación de imágenes y el cuestionamiento de la autoría en algunos de los debates centrales del arte contemporáneo.

 

Helen

Álvaro Urbano

Del 16 de octubre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Puerta de acceso a la demolida Casa Cueva, de Juan O’Gorman, en Jardines del Pedregal, Ciudad de México. Fotografía: ProtoplasmaKid, 2025

En Helen, instalación inmersiva creada específicamente para la Galería 1 del Museo Jumex, el artista radicado en Berlín Álvaro Urbano (Madrid, 1983) toma como punto de partida la Casa Cueva construida por Juan O’Gorman entre 1948 y 1952. Para evocar las distintas capas de memoria que han definido ese lugar –ya inexistente–, la pieza entrelaza las historias del arquitecto y artista mexicano, la ilustradora botánica Helen Fowler (esposa de O’Gorman) y la escultora y arquitecta Helen Escobedo (responsable de su demolición), quienes habitaron el inmueble en distintos momentos. A través de una propuesta espacial, Urbano explora las transformaciones arquitectónicas y botánicas del sitio, insistiendo en la manera en que los espacios conservan huellas de quienes los ocuparon.

Gateway

Raúl Silva

Del 16 de octubre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Raúl Silva, La aceleración del tiempo (2026)

Gateway, primera exposición individual de Raúl Silva (Lima, 1991) en México, profundiza en la investigación del artista sobre los medios de comunicación y la tecnología para analizar los cambios económicos y estéticos que acompañaron la expansión de las telecomunicaciones durante la década de los noventa. La exposición reúne una videoinstalación de nueva producción, materiales de archivo, pinturas y esculturas que toman a Cancún como escenario privilegiado para examinar la relación entre turismo, infraestructura tecnológica e imaginarios del pasado prehispánico. Curada por Rosela del Bosque, la muestra propone una lectura crítica de un territorio donde convergen las promesas de la modernidad y las tensiones derivadas de la globalización.

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jueves, 2 de julio de 2026

Lucrecia Martel a partir de Lucrecia Martel

¿Cómo se mira el reciente documental de Lucrecia Martel, Nuestra tierra (2026), desde las ideas que ella misma ha expresado acerca del cine? Uno de las enunciados más constantes en Un destino común (2025), el libro que reúne varias de sus intervenciones públicas, es que la función política o social de las artes reside en la alteración de nuestra percepción. El pensamiento conservador, los medios de comunicación y las instituciones difunden y replican una visión cerrada de la realidad, su mensaje perpetuo advierte que no hay otra opción, que nuestra manera de vivir es la única posible. Más que proponer un plan detallado de contraataque, la labor de las artes sería por lo menos hacer un espacio, crear una distancia, introducir un lapso en el que la realidad se vuelve desconocida, extraña, ¿dúctil?, en el que nos damos cuenta de que no es tan sólida como se nos dice, que si estiramos los dedos algo podría ocurrirle.

Martel explica que los artistas deberían tener la mirada limpia de un extraterrestre que llega a la Tierra y observa todo sin entender nada. Por ejemplo, por qué hay personas que comen en un restaurante comida fresca y otras que prefieren los desperdicios en la basura de afuera, ¿por qué no van ellas también a sentarse a la mesa con las demás? En la capacidad del pasmo, y en la capacidad de compartirlo, se juega la posibilidad de que el arte nos enseñe a percibir de manera diferente: “El cine quizás nos permita sacudir esa arbitrariedad normalizada de la realidad y nos ayude a ver la posibilidad de un cambio. El cine puede generar un contexto para que suceda una falla de la percepción, algo que provoque una pequeña revelación”.

En Zama (2017) podemos encontrar varios momentos en que este desajuste entre lo real y la percepción normalizada se introduce, en que no reconocemos las formas manidas de presentación de la realidad, en que no entendemos bien a bien qué sucede. Por ejemplo, cuando Zama regresa a su despacho y afuera de él hay un hombre, con casaca y sombrero pero con las piernas desnudas y descalzo, que lo observa seriamente. Durante unos segundos no sabemos quién es, qué hace allí y por qué está vestido de esa forma. Es un efecto de extrañeza total, los dos se miran en silencio, nosotros miramos en silencio también, todo está suspendido, hasta que aquél hombre le pregunta si es Zama y le informa que tiene una carta para él: es un mensajero, los roles ordinarios se retoman.

Más adelante, cuando el grupo incursiona en la selva, aparecen unos indios pintados de rojo. Lo que en una película hollywoodense empezaría inmediatamente como una batalla emocionante, en la elección de Martel es al inicio una incomprensión. Surgen de la nada estos seres espectaculares y no sabemos si son una alucinación colectiva, si son fantasmas, si Zama está soñando, y no sabemos tampoco si los indios están sólo observándolos pacíficamente y luego continuarán su camino, nada nos da la pista del antagonismo –que en una cinta comercial sería sugerido por música trepidante. Pero incluso cuando comienza la lucha también se desarrolla en términos extraños, tapados por los altos pastizales no conocemos realmente la cifra.

Lucrecia Martel

Cortesía de Caja Negra

Lucrecia Martel tiene un olfato particular para crear estas disrupciones: en una de las charlas confiesa que ella quería que las gallinas en Zama tuvieran pelucas… de gallina. Durante estos eventos el espectador tiene que poner atención y está solo, sin ningún apoyo. En el cine hegemónico, por el contrario, se recurre a fórmulas que transmiten inmediatamente la información, que dan a la audiencia todas las claves: es una familia y están cenando; él es el héroe; él es el malo; ella es la guapa, etc. Como lo pone Martel: “¿Cuánto demoramos en saber que Julia Roberts y Richard Gere van a terminar juntos en Mujer bonita? Nada, porque ya vimos el afiche…”.

Ahora, la verdad es que no sé si en Nuestra tierra, el documental de Martel sobre el asesinato de Javier Chocobar, hay una sola secuencia, una sola imagen, en que una “falla de la percepción” suceda. En esa cinta todo, mal que bien, es comprensible. Muy pronto en la película entendemos la situación, reconocemos a los Roberts y Gere del caso, qué rol va a cumplir cada quién, qué postura va a tener el filme, y cada cuadro es funcional a ese esquema. Salvo por los primeros segundos del pietaje del crimen, cuando el asesino camina junto a las personas de la comunidad sin una confrontación aparente, el resto del tiempo estamos tan en control, tan avisados, que podríamos ponernos a pensar en otras cosas y nunca perder el hilo del asunto.

Un punto clave en las conversaciones de Martel, que funciona en relación al primero, a la alteración de la percepción, es la importancia que da al sonido. La imagen transmite información con velocidad y por ello tiende al cliché, a la fórmula. El sonido necesita tiempo, una duración, obliga a nuestra percepción a ser más atenta. El sonido además nos invade; la vista tiene una relación con la dominación del mundo, es la luz del pensamiento ilustrado, pero el sonido viene hacia nosotros, nos captura, nos atraviesa y no podemos hacer nada para resguardarnos: nos hace saber que formamos parte de todo, que no estamos separados.

Es muy célebre la secuencia inicial de La ciénaga (2001) en que se arrastran las tumbonas contra el piso de piedra, el sonido de los vasos y los hielos. Pero también en Zama, en las escenas nocturnas, el sonido manda: en la jungla, cuando podemos ver muy poco y no entendemos quiénes son los ciegos, y después, cuando su compañero de expedición le hace a Zama esa confesión terrible, todo aquéllo ocurre en un campo de visibilidad disminuido, entre susurros, nuestras orejas están en punta como las de un perro. También entre susurros se pasa La niña santa (2004), en una atmósfera de sospecha y malentendidos.

Así como con las imágenes, no creo que en Nuestra tierra haya algún momento en que el sonido tenga esa cualidad. Martel misma ha llamado la atención a su uso en las entrevistas a los miembros de la comunidad Chuschagasta: mientras vemos las fotografías viejas que aquéllos muestran escuchamos cosas que estarían fuera del cuadro, fuera de la habitación en que ocurre la entrevista. Pero ¿es realmente interesante o extraño escuchar ruidos de pajaritos en el jardín al exterior o tañidos de guitarras para la foto de una fiesta?

Un concepto que se despliega de manera más o menos efectiva en el documental es el tiempo cúbico. Martel critica en sus charlas la convención de contar una historia de manera lineal, asegura que el único tiempo que nuestro cuerpo puede percibir es el presente, y que el pasado y el futuro se hallan contenidos en él. En vez de entender el tiempo como una flecha prefiere concebirlo como un cubo, uno que funciona a la manera de una alberca –de aire, el medio en el que se transmite el sonido, que nos trae siempre todo como presente. Y es verdad que en Nuestra tierra el tiempo se vuelve ese cubo que contiene los eventos pasados y los que vendrán, el juicio, el asesinato, la historia personal de las personas, vamos y venimos entre los años… hasta que llega el momento de la victoria, la historia se cierra, el nudo se ata y vemos la flecha reaparecer.

Para la directora argentina, el pensamiento occidental nos ha educado a ver todo en la vida como un conflicto, y en Un destino común nos conmina a plantear la narración desde otra lógica, mostrar que no siempre la realidad es un enfrentamiento. Este es otro de los consejos que ella misma no toma: en Nuestra tierra es precisamente un enfrentamiento lo que se narra, además con una clara y obvia preferencia por uno de los bandos –lo cual se entiende, sin duda. No se trataría de minimizar ni mucho menos justificar el crimen cometido, pero ¿no era esta, en las manos de Lucrecia Martel, una oportunidad enorme para presentar esa historia desde otro paradigma? Desde luego que la neutralidad banalizante era un peligro, pero aquí había un desafío a la altura de una cineasta como Martel: ¿cómo narrar un crimen, un crimen histórico como la Conquista, escapando del orden “buenos contra malos”, “ellos contra nosotros”? Como en otras decisiones de su documental, Martel tomó aquí el camino más transitado.

Nuestra tierra es un parteaguas en la filmografía de Martel por varias razones, entre ellas que parece un abandono –o una pausa– de sus propios principios cinematográficos. Quizá la explicación se halle en las conferencias más recientes, cuando confiesa que en este momento de su carrera ha decidido ser útil. ¡Concepto tabú en las artes! Aunque suene a pragmatismo anglosajón, la utilidad puede entenderse también como un arrojo vanguardista, la gran rebeldía de las vanguardias de inicios del siglo XX fue tratar de traspasar la esfera de autonomía (es decir, de inocuidad) que le imponían las instituciones burguesas, zafarse de la condena de ser solamente arte (es decir, inutilidad)

Si se quiere ser útil se entra en tensión con la creación artística; incluso una teoría tan politizada como la de Martel contiene por lo menos dos problemas para la acción eficaz. El primero es que las obras que proponen otra manera de mirar, escuchar, entender, son difíciles, justamente porque proponen una sensibilidad distinta y toma tiempo y esfuerzo adaptarse a ellas. Suelen ser recibidas por un público minoritario, elitista, acomodado, y no por los sectores que sufren más a lo real-conservador, y que de hecho prefieren obras con un marco de percepción estandarizado, esto es, más digerible, obras que no implican un empeño –al cuerpo agotado por la violencia económica no le vamos a exigir más trabajo en su breve tiempo de descanso.

El segundo problema es que el fallo de la percepción no representa un verdadero programa político, en un sentido es una negación del programa, un momento anterior y vacío. No equivale realmente a un mensaje, es de hecho el esfuerzo de suspender el mensaje ‒como discurso elaborado a priori, como esquematización y explicación del mundo y la vida‒, y es aquí donde el arte del fallo, para la política en un sentido práctico, para la propuesta, para la coyuntura, para tener efectos previsibles y deliberados, no nos sirve. Creo que esto lo sabía Martel, y en su imperante deseo de colaborar, en su urgencia, no exploró lo político en el arte, sino que dio un salto: salió del arte para entrar a la política, y quizás ella misma nos lo anunciaba así, cuando en Un destino común nos pedía llegar a una forma audiovisual que no fuera cine –la cuestión es que tal vez no sea Nuestra tierra una forma nueva, sino sencillamente periodismo. Quizá para Martel valdría la misma advertencia de Adorno sobre Brecht, sobre que este último se volvió un peor artista cuando asumió el rol de un “amigo de la humanidad”.

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Lucrecia Martel a partir de Lucrecia Martel

¿Cómo se mira el reciente documental de Lucrecia Martel, Nuestra tierra (2026), desde las ideas que ella misma ha expresado acerca del cine? Uno de las enunciados más constantes en Un destino común (2025), el libro que reúne varias de sus intervenciones públicas, es que la función política o social de las artes reside en la alteración de nuestra percepción. El pensamiento conservador, los medios de comunicación y las instituciones difunden y replican una visión cerrada de la realidad, su mensaje perpetuo advierte que no hay otra opción, que nuestra manera de vivir es la única posible. Más que proponer un plan detallado de contraataque, la labor de las artes sería por lo menos hacer un espacio, crear una distancia, introducir un lapso en el que la realidad se vuelve desconocida, extraña, ¿dúctil?, en el que nos damos cuenta de que no es tan sólida como se nos dice, que si estiramos los dedos algo podría ocurrirle.

Martel explica que los artistas deberían tener la mirada limpia de un extraterrestre que llega a la Tierra y observa todo sin entender nada. Por ejemplo, por qué hay personas que comen en un restaurante comida fresca y otras que prefieren los desperdicios en la basura de afuera, ¿por qué no van ellas también a sentarse a la mesa con las demás? En la capacidad del pasmo, y en la capacidad de compartirlo, se juega la posibilidad de que el arte nos enseñe a percibir de manera diferente: “El cine quizás nos permita sacudir esa arbitrariedad normalizada de la realidad y nos ayude a ver la posibilidad de un cambio. El cine puede generar un contexto para que suceda una falla de la percepción, algo que provoque una pequeña revelación”.

En Zama (2017) podemos encontrar varios momentos en que este desajuste entre lo real y la percepción normalizada se introduce, en que no reconocemos las formas manidas de presentación de la realidad, en que no entendemos bien a bien qué sucede. Por ejemplo, cuando Zama regresa a su despacho y afuera de él hay un hombre, con casaca y sombrero pero con las piernas desnudas y descalzo, que lo observa seriamente. Durante unos segundos no sabemos quién es, qué hace allí y por qué está vestido de esa forma. Es un efecto de extrañeza total, los dos se miran en silencio, nosotros miramos en silencio también, todo está suspendido, hasta que aquél hombre le pregunta si es Zama y le informa que tiene una carta para él: es un mensajero, los roles ordinarios se retoman.

Más adelante, cuando el grupo incursiona en la selva, aparecen unos indios pintados de rojo. Lo que en una película hollywoodense empezaría inmediatamente como una batalla emocionante, en la elección de Martel es al inicio una incomprensión. Surgen de la nada estos seres espectaculares y no sabemos si son una alucinación colectiva, si son fantasmas, si Zama está soñando, y no sabemos tampoco si los indios están sólo observándolos pacíficamente y luego continuarán su camino, nada nos da la pista del antagonismo –que en una cinta comercial sería sugerido por música trepidante. Pero incluso cuando comienza la lucha también se desarrolla en términos extraños, tapados por los altos pastizales no conocemos realmente la cifra.

Lucrecia Martel

Cortesía de Caja Negra

Lucrecia Martel tiene un olfato particular para crear estas disrupciones: en una de las charlas confiesa que ella quería que las gallinas en Zama tuvieran pelucas… de gallina. Durante estos eventos el espectador tiene que poner atención y está solo, sin ningún apoyo. En el cine hegemónico, por el contrario, se recurre a fórmulas que transmiten inmediatamente la información, que dan a la audiencia todas las claves: es una familia y están cenando; él es el héroe; él es el malo; ella es la guapa, etc. Como lo pone Martel: “¿Cuánto demoramos en saber que Julia Roberts y Richard Gere van a terminar juntos en Mujer bonita? Nada, porque ya vimos el afiche…”.

Ahora, la verdad es que no sé si en Nuestra tierra, el documental de Martel sobre el asesinato de Javier Chocobar, hay una sola secuencia, una sola imagen, en que una “falla de la percepción” suceda. En esa cinta todo, mal que bien, es comprensible. Muy pronto en la película entendemos la situación, reconocemos a los Roberts y Gere del caso, qué rol va a cumplir cada quién, qué postura va a tener el filme, y cada cuadro es funcional a ese esquema. Salvo por los primeros segundos del pietaje del crimen, cuando el asesino camina junto a las personas de la comunidad sin una confrontación aparente, el resto del tiempo estamos tan en control, tan avisados, que podríamos ponernos a pensar en otras cosas y nunca perder el hilo del asunto.

Un punto clave en las conversaciones de Martel, que funciona en relación al primero, a la alteración de la percepción, es la importancia que da al sonido. La imagen transmite información con velocidad y por ello tiende al cliché, a la fórmula. El sonido necesita tiempo, una duración, obliga a nuestra percepción a ser más atenta. El sonido además nos invade; la vista tiene una relación con la dominación del mundo, es la luz del pensamiento ilustrado, pero el sonido viene hacia nosotros, nos captura, nos atraviesa y no podemos hacer nada para resguardarnos: nos hace saber que formamos parte de todo, que no estamos separados.

Es muy célebre la secuencia inicial de La ciénaga (2001) en que se arrastran las tumbonas contra el piso de piedra, el sonido de los vasos y los hielos. Pero también en Zama, en las escenas nocturnas, el sonido manda: en la jungla, cuando podemos ver muy poco y no entendemos quiénes son los ciegos, y después, cuando su compañero de expedición le hace a Zama esa confesión terrible, todo aquéllo ocurre en un campo de visibilidad disminuido, entre susurros, nuestras orejas están en punta como las de un perro. También entre susurros se pasa La niña santa (2004), en una atmósfera de sospecha y malentendidos.

Así como con las imágenes, no creo que en Nuestra tierra haya algún momento en que el sonido tenga esa cualidad. Martel misma ha llamado la atención a su uso en las entrevistas a los miembros de la comunidad Chuschagasta: mientras vemos las fotografías viejas que aquéllos muestran escuchamos cosas que estarían fuera del cuadro, fuera de la habitación en que ocurre la entrevista. Pero ¿es realmente interesante o extraño escuchar ruidos de pajaritos en el jardín al exterior o tañidos de guitarras para la foto de una fiesta?

Un concepto que se despliega de manera más o menos efectiva en el documental es el tiempo cúbico. Martel critica en sus charlas la convención de contar una historia de manera lineal, asegura que el único tiempo que nuestro cuerpo puede percibir es el presente, y que el pasado y el futuro se hallan contenidos en él. En vez de entender el tiempo como una flecha prefiere concebirlo como un cubo, uno que funciona a la manera de una alberca –de aire, el medio en el que se transmite el sonido, que nos trae siempre todo como presente. Y es verdad que en Nuestra tierra el tiempo se vuelve ese cubo que contiene los eventos pasados y los que vendrán, el juicio, el asesinato, la historia personal de las personas, vamos y venimos entre los años… hasta que llega el momento de la victoria, la historia se cierra, el nudo se ata y vemos la flecha reaparecer.

Para la directora argentina, el pensamiento occidental nos ha educado a ver todo en la vida como un conflicto, y en Un destino común nos conmina a plantear la narración desde otra lógica, mostrar que no siempre la realidad es un enfrentamiento. Este es otro de los consejos que ella misma no toma: en Nuestra tierra es precisamente un enfrentamiento lo que se narra, además con una clara y obvia preferencia por uno de los bandos –lo cual se entiende, sin duda. No se trataría de minimizar ni mucho menos justificar el crimen cometido, pero ¿no era esta, en las manos de Lucrecia Martel, una oportunidad enorme para presentar esa historia desde otro paradigma? Desde luego que la neutralidad banalizante era un peligro, pero aquí había un desafío a la altura de una cineasta como Martel: ¿cómo narrar un crimen, un crimen histórico como la Conquista, escapando del orden “buenos contra malos”, “ellos contra nosotros”? Como en otras decisiones de su documental, Martel tomó aquí el camino más transitado.

Nuestra tierra es un parteaguas en la filmografía de Martel por varias razones, entre ellas que parece un abandono –o una pausa– de sus propios principios cinematográficos. Quizá la explicación se halle en las conferencias más recientes, cuando confiesa que en este momento de su carrera ha decidido ser útil. ¡Concepto tabú en las artes! Aunque suene a pragmatismo anglosajón, la utilidad puede entenderse también como un arrojo vanguardista, la gran rebeldía de las vanguardias de inicios del siglo XX fue tratar de traspasar la esfera de autonomía (es decir, de inocuidad) que le imponían las instituciones burguesas, zafarse de la condena de ser solamente arte (es decir, inutilidad)

Si se quiere ser útil se entra en tensión con la creación artística; incluso una teoría tan politizada como la de Martel contiene por lo menos dos problemas para la acción eficaz. El primero es que las obras que proponen otra manera de mirar, escuchar, entender, son difíciles, justamente porque proponen una sensibilidad distinta y toma tiempo y esfuerzo adaptarse a ellas. Suelen ser recibidas por un público minoritario, elitista, acomodado, y no por los sectores que sufren más a lo real-conservador, y que de hecho prefieren obras con un marco de percepción estandarizado, esto es, más digerible, obras que no implican un empeño –al cuerpo agotado por la violencia económica no le vamos a exigir más trabajo en su breve tiempo de descanso.

El segundo problema es que el fallo de la percepción no representa un verdadero programa político, en un sentido es una negación del programa, un momento anterior y vacío. No equivale realmente a un mensaje, es de hecho el esfuerzo de suspender el mensaje ‒como discurso elaborado a priori, como esquematización y explicación del mundo y la vida‒, y es aquí donde el arte del fallo, para la política en un sentido práctico, para la propuesta, para la coyuntura, para tener efectos previsibles y deliberados, no nos sirve. Creo que esto lo sabía Martel, y en su imperante deseo de colaborar, en su urgencia, no exploró lo político en el arte, sino que dio un salto: salió del arte para entrar a la política, y quizás ella misma nos lo anunciaba así, cuando en Un destino común nos pedía llegar a una forma audiovisual que no fuera cine –la cuestión es que tal vez no sea Nuestra tierra una forma nueva, sino sencillamente periodismo. Quizá para Martel valdría la misma advertencia de Adorno sobre Brecht, sobre que este último se volvió un peor artista cuando asumió el rol de un “amigo de la humanidad”.

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