martes, 8 de septiembre de 2026

Chapterhouse llega a México

En la historia de la música alternativa –narrada por Simon Reynolds en el reciente Still In A Dream: Shoegaze, Slackers and the Reinvention of Rock, 1984–1994– cada capítulo parece ser tan importante como el anterior. Sin embargo, la excitación proviene de ser producto de un momento, un lugar y un contexto que parecen irrepetibles. La escena británica de inicios de los noventa es un claro ejemplo. Como escribió Irvine Welsh en Trainspotting (1993), la música, el público, la fiesta y hasta las drogas estaban cambiando.

Chapterhouse nació en ese universo. Originaria de Reading, la banda formada en 1987 es reconocida entre los pilares del shoegaze, que englobó propuestas como las de Slowdive, My Bloody Valentine, Lush o Ride, de la llamada Scene That Celebrates Itself por su espíritu de camaradería. Chapterhouse, sin embargo, se desmarcó de los otros grupos por su capacidad para conectar lo etéreo con la euforia de la cultura rave y el fenómeno Madchester. Se distinguieron por inyectar dinamismo y pulso bailable a las paredes impenetrables de distorsión y reverberación típicas del subgénero.

El experimento sonoro, que fusionó patrones breakbeat, bajos marcados con ráfagas de guitarras cargadas de chorus y delay y una voz flotante pero definida y melódica, desembocó en Whirlpool, su álbum debut, en 1991: rápidamente se hizo un lugar lo mismo en la radio que en las pistas de baile. Sus atmósferas ruidosas distaban de ser estáticas o melancólicas, abriendo la puerta a los registros electrónicos dentro del shoegaze. El himno de este disco, “Pearl”, contó con coros de Rachel Goswell de Slowdive, y se convirtió en la canción que mostraba que en el movimiento la euforia tenía cabida.

El 24 de septiembre Chapterhouse se presentará por primera vez en México, como parte de la gira que celebra el distintivo disco Whirlpool a 35 años de su lanzamiento. La alineación constará de los fundadores Andrew Sherriff (guitarra, voz) y Stephen Patman (guitarra, voz) junto a Joe Light (guitarra), Greg Moore (bajo) y Ashley Bates (batería). La cita será en el multiforo urbano Bajo Circuito de la Ciudad de México. Aunque su discografía es breve (su otro álbum es Blood Music, de 1993), la banda británica redefinió el alcance de los pedales demostrando que, además de mirarse los zapatos, eran capaces de romper la pista.

Chapterhouse

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Chapterhouse llega a México

En la historia de la música alternativa –narrada por Simon Reynolds en el reciente Still In A Dream: Shoegaze, Slackers and the Reinvention of Rock, 1984–1994– cada capítulo parece ser tan importante como el anterior. Sin embargo, la excitación proviene de ser producto de un momento, un lugar y un contexto que parecen irrepetibles. La escena británica de inicios de los noventa es un claro ejemplo. Como escribió Irvine Welsh en Trainspotting (1993), la música, el público, la fiesta y hasta las drogas estaban cambiando.

Chapterhouse nació en ese universo. Originaria de Reading, la banda formada en 1987 es reconocida entre los pilares del shoegaze, que englobó propuestas como las de Slowdive, My Bloody Valentine, Lush o Ride, de la llamada Scene That Celebrates Itself por su espíritu de camaradería. Chapterhouse, sin embargo, se desmarcó de los otros grupos por su capacidad para conectar lo etéreo con la euforia de la cultura rave y el fenómeno Madchester. Se distinguieron por inyectar dinamismo y pulso bailable a las paredes impenetrables de distorsión y reverberación típicas del subgénero.

El experimento sonoro, que fusionó patrones breakbeat, bajos marcados con ráfagas de guitarras cargadas de chorus y delay y una voz flotante pero definida y melódica, desembocó en Whirlpool, su álbum debut, en 1991: rápidamente se hizo un lugar lo mismo en la radio que en las pistas de baile. Sus atmósferas ruidosas distaban de ser estáticas o melancólicas, abriendo la puerta a los registros electrónicos dentro del shoegaze. El himno de este disco, “Pearl”, contó con coros de Rachel Goswell de Slowdive, y se convirtió en la canción que mostraba que en el movimiento la euforia tenía cabida.

El 24 de septiembre Chapterhouse se presentará por primera vez en México, como parte de la gira que celebra el distintivo disco Whirlpool a 35 años de su lanzamiento. La alineación constará de los fundadores Andrew Sherriff (guitarra, voz) y Stephen Patman (guitarra, voz) junto a Joe Light (guitarra), Greg Moore (bajo) y Ashley Bates (batería). La cita será en el multiforo urbano Bajo Circuito de la Ciudad de México. Aunque su discografía es breve (su otro álbum es Blood Music, de 1993), la banda británica redefinió el alcance de los pedales demostrando que, además de mirarse los zapatos, eran capaces de romper la pista.

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Daniel Buren, huésped en Casa Gilardi

La Casa Gilardi, última obra construida por Luis Barragán, es hasta el 26 de septiembre un espacio para el diálogo de formas. Buren, Barragán, presentada por Saenger Galería y Galería Hilario Galguera, reúne seis obras de Daniel Buren pertenecientes a la serie Las Cajas, trabajos situados (2022). Curada por Manuel Tuda, la muestra anima preguntas sobre lo que sucede cuando piezas de arte entran en relación con una arquitectura de fuerte identidad visual y espacial, como la vivienda construida en 1976 en la Ciudad de México. Lejos de operar como objetos autónomos, Las Cajas de Buren modifican la percepción del lugar y, al mismo tiempo, son modificadas por él.

Daniel Buren (Boulogne-Billancourt, 1938) tiene una relación añeja con México. En los años cincuenta, cuando todavía era estudiante, el artista francés visitó el país y entró en contacto con el muralismo. La posibilidad de sacar el arte de las salas y llevarlo a los espacios públicos lo influyó de forma decisiva. Décadas después, su trabajo ha vuelto a encontrarse con la arquitectura mexicana: en 2014 intervino el Museo Cabañas, en Guadalajara, y en 2019 realizó Afuera de salas: Daniel Buren en El Eco, extendiendo sus franjas características desde el museo experimental hacia distintos puntos de la Ciudad de México. El ejercicio en Casa Gilardi, realizado a partir de un diálogo a distancia con el curador y los galeristas, es un notable regreso a los espacios mexicanos.

Buren Barragán

Vista de la exposición Buren, Barragán en Casa Gilardi, Ciudad de México. Cortesía de Saenger Galería

En Las Cajas Buren desplaza su vocabulario hacia volúmenes geométricos, color, superficies reflejantes y estructuras modulares. El antecedente inmediato de las seis piezas que ahora llegan al edificio diseñado por Barragán fue la exposición de 2022 en Galería Hilario Galguera, donde 25 obras situadas transformaban la experiencia del espacio mediante la circulación y el movimiento del visitante. La propuesta partía de una reducción de la pintura a sus componentes esenciales –color y soporte– y de la idea de que obra, lugar y espectador son inseparables. En Casa Gilardi esa reducción encuentra un interlocutor preciso, el Barragán maduro que destiló su poética en operaciones elementales: muros, planos, volúmenes, aperturas, luz y color.

Buren, Barragán es, así, una interlocución en el sentido amplio. El pasillo amarillo, el contraste entre azul y rojo que define la alberca del comedor, los cambios de escala y los recorridos encuentran en las piezas de Buren todo tipo de resonancias. Los espejos y las superficies de Las Cajas devuelven la arquitectura y su propio reflejo al espectador, multiplicando las posibilidades de lectura. Buren toma prestada la Casa Gilardi e instala obras que operan como huéspedes durante algunas semanas, alterando las condiciones del edificio sin dejar de reconocer su autonomía. Frente al habitual cubo blanco de museos y galerías, esta exposición permite imaginar otras formas de diálogo entre los objetos y los espacios.

Buren Barragán

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Daniel Buren, huésped en Casa Gilardi

La Casa Gilardi, última obra construida por Luis Barragán, es hasta el 26 de septiembre un espacio para el diálogo de formas. Buren, Barragán, presentada por Saenger Galería y Galería Hilario Galguera, reúne seis obras de Daniel Buren pertenecientes a la serie Las Cajas, trabajos situados (2022). Curada por Manuel Tuda, la muestra anima preguntas sobre lo que sucede cuando piezas de arte entran en relación con una arquitectura de fuerte identidad visual y espacial, como la vivienda construida en 1976 en la Ciudad de México. Lejos de operar como objetos autónomos, Las Cajas de Buren modifican la percepción del lugar y, al mismo tiempo, son modificadas por él.

Daniel Buren (Boulogne-Billancourt, 1938) tiene una relación añeja con México. En los años cincuenta, cuando todavía era estudiante, el artista francés visitó el país y entró en contacto con el muralismo. La posibilidad de sacar el arte de las salas y llevarlo a los espacios públicos lo influyó de forma decisiva. Décadas después, su trabajo ha vuelto a encontrarse con la arquitectura mexicana: en 2014 intervino el Museo Cabañas, en Guadalajara, y en 2019 realizó Afuera de salas: Daniel Buren en El Eco, extendiendo sus franjas características desde el museo experimental hacia distintos puntos de la Ciudad de México. El ejercicio en Casa Gilardi, realizado a partir de un diálogo a distancia con el curador y los galeristas, es un notable regreso a los espacios mexicanos.

Buren Barragán

Vista de la exposición Buren, Barragán en Casa Gilardi, Ciudad de México. Cortesía de Saenger Galería

En Las Cajas Buren desplaza su vocabulario hacia volúmenes geométricos, color, superficies reflejantes y estructuras modulares. El antecedente inmediato de las seis piezas que ahora llegan al edificio diseñado por Barragán fue la exposición de 2022 en Galería Hilario Galguera, donde 25 obras situadas transformaban la experiencia del espacio mediante la circulación y el movimiento del visitante. La propuesta partía de una reducción de la pintura a sus componentes esenciales –color y soporte– y de la idea de que obra, lugar y espectador son inseparables. En Casa Gilardi esa reducción encuentra un interlocutor preciso, el Barragán maduro que destiló su poética en operaciones elementales: muros, planos, volúmenes, aperturas, luz y color.

Buren, Barragán es, así, una interlocución en el sentido amplio. El pasillo amarillo, el contraste entre azul y rojo que define la alberca del comedor, los cambios de escala y los recorridos encuentran en las piezas de Buren todo tipo de resonancias. Los espejos y las superficies de Las Cajas devuelven la arquitectura y su propio reflejo al espectador, multiplicando las posibilidades de lectura. Buren toma prestada la Casa Gilardi e instala obras que operan como huéspedes durante algunas semanas, alterando las condiciones del edificio sin dejar de reconocer su autonomía. Frente al habitual cubo blanco de museos y galerías, esta exposición permite imaginar otras formas de diálogo entre los objetos y los espacios.

Buren Barragán

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lunes, 7 de septiembre de 2026

Vladímir Sorokin, de nuevo

Debo agradecer a Antonio Ortuño haberme acercado a autores que, sospecho, de otra manera habría tardado demasiado en conocer. Hace algunos años me habló del venezolano José Antonio Ramos Sucre (recuerdo que tardé algunos años en conseguir libros de él); me compartió digitalmente libros de la argentina Angélica Gorodischer; y gracias a él me enteré del ruso Vladímir Sorokin (Bykovo, 1955), pues en el lejano 2012, para esta revista, escribió “Noticia de un insolente”. Se trataba de un perfil del autor en el que se ocupaba de Manteca de cerdo azul (1999), El hielo (2002) y El día del oprichnik (2006) –estos dos últimos títulos han vuelto a ser reeditados en español desde entonces (en 2022, por Alfaguara), pero por una u otra a mí se me perdieron en las inestables arenas del tiempo postpandémico y las veloces mesas de novedades.

Lo traigo ahora a cuento porque afortunadamente aún se encuentra en librerías mexicanas una traducción al español de su novela El Kremlin de azúcar (2008; la versión de Jorge Ferrer apareció en Acantilado en septiembre del año pasado). Para quienes busquen asomarse al extraño, delirante y violento mundo sorokiniano, pero encuentran su trilogía de El hielo como un proyecto de lectura abrumador, este libro (breve, ameno, inquietante) es una buena puerta de entrada. He dicho que es una novela pero está conformada por quince relatos episódicos, guiados por la estructura de cuentos como “La mulata de Córdoba y la historia de un peso” de José Bernardo Couto, en la que se sigue el punto de vista de una moneda de plata que pasa de mano en mano; o de la novela breve Una belleza vulgar, de Damián Tabarovsky, que relata, siguiendo la caída de una hoja de árbol, las vidas y ambiciones de los inquilinos de un edificio. Acá, gracias a una figurilla de azúcar que representa, obvio, al Kremlin –un regalo que desciende del cielo al concluir una festividad nacionalista que honra al Soberano– podemos visitar las distintas realidades que habitan en esta Rusia imaginada, una mezcla, apuntó Ortuño, de “zarismo y futurismo totalitario”.

A propósito de las arenas del tiempo: El día del oprichnik imaginaba una Rusia de 2027, número que ya está a unos meses de nuestra esquina. Se la describía en ese libro como una potencia aislada del mundo por una Gran Muralla –“a imagen y semejanza de la china”, escribió Ortuño, sin imaginar que unos años después, en la frontera norte de México, se proyectaría la loca, loca fantasía de construir una parecida. Pero en todo caso la Gran Muralla de Sorokin desciende de “La construcción de la Muralla China”, de Kafka: “¿Contra quién debería proteger esa muralla?”, se pregunta el narrador de ese relato,

Contra los pueblos del Norte. Yo provengo del sudeste de China. Ningún pueblo nórdico nos puede amenazar allí. Leemos en los libros de nuestros antepasados acerca de las crueldades que cometen conforme a su naturaleza, y suspiramos inquietos en nuestros apacibles cenadores; en los cuadros de los artistas, tan fieles a la realidad, vemos los rostros de la condenación, las fauces abiertas, las mandíbulas provistas de colmillos puntiagudos, los ojos perversos, como mirando de soslayo a la presa que van a destrozar con sus hocicos. Si los niños se portan mal, les enseñamos esas imágenes y corren llorando a abrazarse a nuestros cuellos.

En el capítulo “El júbilo de Marfusha”, que ocurre en la Navidad de 2028, de El Kremlin de azúcar, la niña Marfusha (que como todos los niños rusos bien portados fabrica ladrillos de arcilla para la muralla) “sabe que no hay manera de acabar la construcción de la Gran Muralla, que entorpecen tantos los enemigos externos como los internos. Que todavía hay que fabricar muchos ladrillitos antes de conseguir que arribe la felicidad general. Crece y crece la Gran Muralla, protege a Rusia del enemigo exterior. Y a los enemigos internos los oprichniks del Soberano los hacen trizas”.

Vladímir Sorokin

En el mismo párrafo se puede leer este delicioso catálogo sobre los enemigos de Rusia que, se supone, la Gran Muralla mantiene a raya:

los malditos ciberpunks que roban nuestro gas ilegalmente, los hipócritas católicos, los desvergonzados protestantes, los delirantes budistas, los rabiosos musulmanes y hasta los podridos ateos y los satánicos que se contonean en las plazas al ritmo de su maldita música, los drogatas pasmados, los insaciables sodomitas, que se soban los culos en la oscuridad, los monstruosos transformistas, que cambian su apariencia, la que Dios les dio, los plutócratas egoístas, los malignos clones, los implacables tecnohombres, y los sadistas, los fascistas y los megaonanistas.

Es muy fácil engolosinarse con los distintos personajes y voces presentados por Vladímir Sorokin: terribles agentes de seguridad –torturadores y asesinos–; prostitutas que tienen a los burócratas a sus pies; comediantes de la corte; trabajadores de fábricas; opresores y víctimas que nadan en las mismas aguas de la locura. Podría transcribir más y más párrafos que de alguna manera resuenen con nuestro tiempo –como los de “La carta”, en los que una mujer de sensibilidad conservadora le escribe, con una envidia que se expresa en el deseo de censurar, a su hermana que logró escapar a China para vivir con un hombre acaudalado. Lo interesante es que la carta ha sido escrita con apoyo de una “máquina inteligente”, y muy pronto las repeticiones y “alucinaciones” se abren camino. Pero dejo esas sorpresas al lector.

Desde hace años descansa en mi librero una densa antología de ciencia ficción y fantasía rusa preparada por Alexander Levitsky, emigrante checo que desde 1975 ha dado clases de estudios eslavos en la Universidad Brown. El libro se titula Worlds Apart (2007; no se ha traducido al español). Revisé si ya se mencionaba en él a Sorokin. Al final, en un epílogo preparado por Sofya Khagi (de la Universidad de Míchigan), titulado “Sobre fantasía y ciencia ficción rusa contemporánea”, se menta a Sorokin de pasada, como una anomalía de escritura “posmoderna”, autor de Manteca de cerdo azul, que Khagi describe como “provocadora” aunque “de mal gusto”. Es la misma novela por la que “los chicos de Nashi”, como escribió Ortuño, “llegaron a organizar en el año 2002 una destrucción pública” de sus ejemplares, que arrojaron “a una pira en forma de retrete frente al Teatro Bolshói y acusando al autor de ‘pornográfico’”. Es cierto que Putin se sentía incómodo con las sátiras de Sorokin, pero también que Sorokin (como también anotó Ortuño) se ha mostrado incómodo con la idea de considerarse –como quisiera tanta prensa liberal– como un autor disidente que está en el exilio.

A propósito, vale la pena retomar esta nota de buen humor, de una entrevista que Sorokin dio el año pasado a la Paris Review:

No sé lo que hoy se considere un escritor ruso. La respuesta más sencilla sería alguien que escribe en ruso. En la tumba de Nabokov en Montreaux sencillamente se anotó écrivain. Me siento muy afín a ese sentimiento. En Occidente, sin embargo, hay muchos clichés sobre los escritores rusos –espiritualmente, las metafísicas sobre los espacios rusos y su naturaleza, el sufrimiento, el amor mortal por una femme fatale, los horrores del Gulag, el totalitarismo, etcétera. No estoy en contra de esos temas, pero sí contra el cliché. Las circunstancias conspiraron para que terminara en Berlín. Pero lo último que me gustaría es considerarme un emigrante, como lo hizo Nabokov. A diferencia suya, puedo regresar a Moscú en cualquier momento, no hay una Cortina de Hierro. Sencillamente no quiero ir a la Moscú de Putin ahora mismo. La situación de Nabokov fue mucho más dura. Estaba huyendo de la muerte. Mientras que yo sencillamente me mudé a Berlín. Pero incluso antes de eso, mi esposa y yo vivíamos entre Moscú y Berlín. Y yo espero regresar a Moscú cuando cambie la situación y termine la guerra en Ucrania.

Pasadas las décadas uno ve con algo de angustia cómo sube y baja la marea de los nacionalismos, los ritmos de las guerras, culturales o no; determinando grotescamente los índices de popularidad de los autores que se acercan o alejan del poder, con disfraz de intelectuales. Es agradable volver a escuchar las voces que mantienen un ritmo propio.

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Vladímir Sorokin, de nuevo

Debo agradecer a Antonio Ortuño haberme acercado a autores que, sospecho, de otra manera habría tardado demasiado en conocer. Hace algunos años me habló del venezolano José Antonio Ramos Sucre (recuerdo que tardé algunos años en conseguir libros de él); me compartió digitalmente libros de la argentina Angélica Gorodischer; y gracias a él me enteré del ruso Vladímir Sorokin (Bykovo, 1955), pues en el lejano 2012, para esta revista, escribió “Noticia de un insolente”. Se trataba de un perfil del autor en el que se ocupaba de Manteca de cerdo azul (1999), El hielo (2002) y El día del oprichnik (2006) –estos dos últimos títulos han vuelto a ser reeditados en español desde entonces (en 2022, por Alfaguara), pero por una u otra a mí se me perdieron en las inestables arenas del tiempo postpandémico y las veloces mesas de novedades.

Lo traigo ahora a cuento porque afortunadamente aún se encuentra en librerías mexicanas una traducción al español de su novela El Kremlin de azúcar (2008; la versión de Jorge Ferrer apareció en Acantilado en septiembre del año pasado). Para quienes busquen asomarse al extraño, delirante y violento mundo sorokiniano, pero encuentran su trilogía de El hielo como un proyecto de lectura abrumador, este libro (breve, ameno, inquietante) es una buena puerta de entrada. He dicho que es una novela pero está conformada por quince relatos episódicos, guiados por la estructura de cuentos como “La mulata de Córdoba y la historia de un peso” de José Bernardo Couto, en la que se sigue el punto de vista de una moneda de plata que pasa de mano en mano; o de la novela breve Una belleza vulgar, de Damián Tabarovsky, que relata, siguiendo la caída de una hoja de árbol, las vidas y ambiciones de los inquilinos de un edificio. Acá, gracias a una figurilla de azúcar que representa, obvio, al Kremlin –un regalo que desciende del cielo al concluir una festividad nacionalista que honra al Soberano– podemos visitar las distintas realidades que habitan en esta Rusia imaginada, una mezcla, apuntó Ortuño, de “zarismo y futurismo totalitario”.

A propósito de las arenas del tiempo: El día del oprichnik imaginaba una Rusia de 2027, número que ya está a unos meses de nuestra esquina. Se la describía en ese libro como una potencia aislada del mundo por una Gran Muralla –“a imagen y semejanza de la china”, escribió Ortuño, sin imaginar que unos años después, en la frontera norte de México, se proyectaría la loca, loca fantasía de construir una parecida. Pero en todo caso la Gran Muralla de Sorokin desciende de “La construcción de la Muralla China”, de Kafka: “¿Contra quién debería proteger esa muralla?”, se pregunta el narrador de ese relato,

Contra los pueblos del Norte. Yo provengo del sudeste de China. Ningún pueblo nórdico nos puede amenazar allí. Leemos en los libros de nuestros antepasados acerca de las crueldades que cometen conforme a su naturaleza, y suspiramos inquietos en nuestros apacibles cenadores; en los cuadros de los artistas, tan fieles a la realidad, vemos los rostros de la condenación, las fauces abiertas, las mandíbulas provistas de colmillos puntiagudos, los ojos perversos, como mirando de soslayo a la presa que van a destrozar con sus hocicos. Si los niños se portan mal, les enseñamos esas imágenes y corren llorando a abrazarse a nuestros cuellos.

En el capítulo “El júbilo de Marfusha”, que ocurre en la Navidad de 2028, de El Kremlin de azúcar, la niña Marfusha (que como todos los niños rusos bien portados fabrica ladrillos de arcilla para la muralla) “sabe que no hay manera de acabar la construcción de la Gran Muralla, que entorpecen tantos los enemigos externos como los internos. Que todavía hay que fabricar muchos ladrillitos antes de conseguir que arribe la felicidad general. Crece y crece la Gran Muralla, protege a Rusia del enemigo exterior. Y a los enemigos internos los oprichniks del Soberano los hacen trizas”.

Vladímir Sorokin

En el mismo párrafo se puede leer este delicioso catálogo sobre los enemigos de Rusia que, se supone, la Gran Muralla mantiene a raya:

los malditos ciberpunks que roban nuestro gas ilegalmente, los hipócritas católicos, los desvergonzados protestantes, los delirantes budistas, los rabiosos musulmanes y hasta los podridos ateos y los satánicos que se contonean en las plazas al ritmo de su maldita música, los drogatas pasmados, los insaciables sodomitas, que se soban los culos en la oscuridad, los monstruosos transformistas, que cambian su apariencia, la que Dios les dio, los plutócratas egoístas, los malignos clones, los implacables tecnohombres, y los sadistas, los fascistas y los megaonanistas.

Es muy fácil engolosinarse con los distintos personajes y voces presentados por Vladímir Sorokin: terribles agentes de seguridad –torturadores y asesinos–; prostitutas que tienen a los burócratas a sus pies; comediantes de la corte; trabajadores de fábricas; opresores y víctimas que nadan en las mismas aguas de la locura. Podría transcribir más y más párrafos que de alguna manera resuenen con nuestro tiempo –como los de “La carta”, en los que una mujer de sensibilidad conservadora le escribe, con una envidia que se expresa en el deseo de censurar, a su hermana que logró escapar a China para vivir con un hombre acaudalado. Lo interesante es que la carta ha sido escrita con apoyo de una “máquina inteligente”, y muy pronto las repeticiones y “alucinaciones” se abren camino. Pero dejo esas sorpresas al lector.

Desde hace años descansa en mi librero una densa antología de ciencia ficción y fantasía rusa preparada por Alexander Levitsky, emigrante checo que desde 1975 ha dado clases de estudios eslavos en la Universidad Brown. El libro se titula Worlds Apart (2007; no se ha traducido al español). Revisé si ya se mencionaba en él a Sorokin. Al final, en un epílogo preparado por Sofya Khagi (de la Universidad de Míchigan), titulado “Sobre fantasía y ciencia ficción rusa contemporánea”, se menta a Sorokin de pasada, como una anomalía de escritura “posmoderna”, autor de Manteca de cerdo azul, que Khagi describe como “provocadora” aunque “de mal gusto”. Es la misma novela por la que “los chicos de Nashi”, como escribió Ortuño, “llegaron a organizar en el año 2002 una destrucción pública” de sus ejemplares, que arrojaron “a una pira en forma de retrete frente al Teatro Bolshói y acusando al autor de ‘pornográfico’”. Es cierto que Putin se sentía incómodo con las sátiras de Sorokin, pero también que Sorokin (como también anotó Ortuño) se ha mostrado incómodo con la idea de considerarse –como quisiera tanta prensa liberal– como un autor disidente que está en el exilio.

A propósito, vale la pena retomar esta nota de buen humor, de una entrevista que Sorokin dio el año pasado a la Paris Review:

No sé lo que hoy se considere un escritor ruso. La respuesta más sencilla sería alguien que escribe en ruso. En la tumba de Nabokov en Montreaux sencillamente se anotó écrivain. Me siento muy afín a ese sentimiento. En Occidente, sin embargo, hay muchos clichés sobre los escritores rusos –espiritualmente, las metafísicas sobre los espacios rusos y su naturaleza, el sufrimiento, el amor mortal por una femme fatale, los horrores del Gulag, el totalitarismo, etcétera. No estoy en contra de esos temas, pero sí contra el cliché. Las circunstancias conspiraron para que terminara en Berlín. Pero lo último que me gustaría es considerarme un emigrante, como lo hizo Nabokov. A diferencia suya, puedo regresar a Moscú en cualquier momento, no hay una Cortina de Hierro. Sencillamente no quiero ir a la Moscú de Putin ahora mismo. La situación de Nabokov fue mucho más dura. Estaba huyendo de la muerte. Mientras que yo sencillamente me mudé a Berlín. Pero incluso antes de eso, mi esposa y yo vivíamos entre Moscú y Berlín. Y yo espero regresar a Moscú cuando cambie la situación y termine la guerra en Ucrania.

Pasadas las décadas uno ve con algo de angustia cómo sube y baja la marea de los nacionalismos, los ritmos de las guerras, culturales o no; determinando grotescamente los índices de popularidad de los autores que se acercan o alejan del poder, con disfraz de intelectuales. Es agradable volver a escuchar las voces que mantienen un ritmo propio.

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jueves, 3 de septiembre de 2026

Mercado y escritura

De entre los múltiples factores que llevaron a la Revolución francesa, concede Roger Chartier, se hallaba el hecho de que en las décadas anteriores, y por primera vez en la historia, hubiese escritores que se ganaban la vida con la pluma, que dejaban circular sus libros como productos en el mercado para ser adquiridos por los miembros de las nuevas clases urbanas. En la situación anterior, en la normalidad del Antiguo Régimen, para sostener una vida dedicada a la escritura se tenía que ser rico, o contar con mecenas, o de plano ser un miembro de la nobleza. Los nuevos escritores, se supondría, por su propio interés de clase, por su independencia de la Corte, tendían a ser incendiarios, colaboradores radicales en la formación de la nueva mentalidad revolucionaria.

Voltaire, sin embargo, se quejaba: quienes escriben para vivir no son libres, sólo las personas con el sustento asegurado cuentan con las condiciones para hacerlo con entera independencia. Es un argumento que recuerda al de la democracia antigua, en que la ciudadanía era el privilegio de los hombres con propiedades porque solamente ellos, se aducía, podían participar en la política con virtud, esto es, sin el objetivo de enriquecerse. De cualquier modo, ahora que depender del mercado no representa ninguna fortuna, podemos entender a qué se refería Voltaire, la ventaja con la que Flaubert y Proust, por ejemplo, construyeron su obra, el hecho envidiable de que no tuvieron que trabajar ni un solo día de sus vidas, que su escritura surgía del superávit, del excedente, libre y loca.

La situación opuesta se describe en Dinero y escritura (Sexto Piso, 2024), de Olivia Teroba, libro de ensayos personales donde se narran las dificultades, la precariedad y el agotamiento propios de una vida dedicada a la literatura en el México del siglo XXI. Más allá de que alguien podría sugerirle(nos) que quizás un trabajo de oficina, y leer y escribir por las noches, podría ser un yugo más ligero que pretender vivir por completo de la escritura, lo que extrañé realmente en el texto fueron más incursiones en lo político –ya que el dinero es una relación social–, un análisis de la situación compartida. En los límites del tono confesional, sin una solidaridad más explícita con el resto de las personas que atraviesan la misma penuria o una peor, y sin una investigación de sus causas, parecería que su mensaje principal es: “Como soy escritora, debería vivir bien”, es decir, otra vez el arribismo clasemediero que Álvaro Enrigue identificó como la esencia de la literatura hispanoamericana. Rubén Darío lo tenía muy claro: lo que más deseaba, aún más que la gloria, era “contar con una buena posición social”.    

En su reseña del libro de Teroba, Christopher Domínguez Michael menciona de paso que Schumpeter y Von Mises –encantadora dupla– se preguntaban por la razón de la constante mentalidad anticapitalista de los literatos (en el Norte global). Aunque, como sospecha, esto puede tener algo de herencia cristiana –ya a las aristocracias de la Grecia clásica y de Roma les parecía indigno lo mercantil y el genial anticristiano Maquiavelo pensaba que los mercaderes, el arte della lana, eran el principal peligro para la república–, puede ser sencillamente consciencia de sí, autoconservación. Puede venir de la intuición de que el mundo que ha construido la modernidad capitalista apenas les ha dejado un lugar precario, donde a la primera de cambio podrían quedar fuera.

Desde el pensamiento conservador se replicará que la alfabetización creció a pasos agigantados con el capitalismo, que le debemos museos, instituciones, universidades, pero quizá sería más justo separar sus propios méritos de aquellas otras conquistas que se hicieron a pesar de él o en su contra. Es impreciso, por lo menos, considerar al Estado de bienestar como un triunfo del capitalismo y no de los movimientos que lo resistieron y forzaron esa concesión –debida, también, al terror a la opción más radical del comunismo. En el interior de un sistema que prioriza el valor de cambio sobre el valor de uso, en el que la exigencia de la ganancia actúa como un parásito sobre la verdadera finalidad de los objetos y las actividades, cualquier beneficio para la humanidad que venga de su propia lógica suele ser un accidente afortunado.

Teroba se pregunta: “¿Cómo podríamos dejar de pensar la vida como una competencia donde hay que correr para adelantar a otros? Para empezar, habría que construir un entorno que no se perciba siempre en estado de emergencia y carencia. Ya no hablo solo de mi casa, sino de asuntos de política: la salud pública, el derecho a la vivienda; la posibilidad de sostener materialmente nuestras vidas, pero también anímicamente, es decir, disfrutar de tiempo libre”. Es raro ese “para empezar”, la situación descrita no es el primer paso sino una enorme conquista, pero al menos estamos en la dirección correcta. El arribismo es sólo ridículo cuando es individual, cuando la demanda es colectiva se llama lucha de clases.

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