martes, 15 de septiembre de 2026

En busca de otra realidad

En Viaje al país de los tarahumaras (1945), Antonin Artaud dejó constancia de su encuentro con el jíkuri (peyote en lengua rarámuri) y con una concepción de la existencia radicalmente distinta de la europea. El escritor llegó a la Sierra Tarahumara en septiembre de 1936 buscando un nexo con el mundo capaz de devolver al arte su dimensión ritual, que para él se había perdido en la cultura occidental. 

Exactamente noventa años después de aquella travesía llega a salas Jíkuri. Viaje al país de los tarahumaras, que vuelve sobre la experiencia del surrealista francés para imaginar lo que ocurre cuando dos formas de comprender el mundo se encuentran. Dirigida por el cineasta mexicano Federico Cecchetti, la cinta utiliza el episodio histórico y las anotaciones de Artaud como detonantes de una ficción donde los espíritus y las almas perdidas transitan de los sueños a la realidad y viceversa. En charla con La Tempestad, el director define esta apuesta, filmada en la Sierra Tarahumara y con participación de la comunidad local, como “realismo de otra realidad”, pues explica que para la cultura rarámuri lo que se ve en pantalla es simplemente algo que sucede todos los días. 

Jíkuri

François Négret como Antonin Artaud en Jíkuri. Viaje al país de los tarahumaras (2025), de Federico Cecchetti

Después de El sueño del Mara’akame (2016), su primer largometraje de ficción, Cecchetti continúa explorando la intersección entre los pueblos originarios, los sueños y las posibilidades de un cine que se aparta de la representación convencional. En Jíkuri, el personaje que hace posible este encuentro es Rayénari, un joven interpretado por el corredor rarámuri José Cruz Apachoachi. En la película, Rayénari no funciona únicamente como acompañante de Artaud ni como intermediario entre el espectador y una cultura ajena. En palabras de Cecchetti, él es quien abre la puerta hacia el enigma que Artaud, encarnado por François Négret, buscaba en la sierra.

“Hay pasajes, túneles, grietas. Rayénari es quien conduce a Artaud hacia una de ellas. Y esa grieta termina llevando al propio interior del dramaturgo”: Federico Cecchetti 

Pero en la Tarahumara, dice el director, no existen propiamente puertas: “Hay pasajes, túneles, grietas. Rayénari es quien conduce a Artaud hacia una de ellas. Y esa grieta termina llevando al propio interior del dramaturgo”. La imagen podría fácilmente describir esta película, que se resiste a presentar el encuentro intercultural como un simple intercambio de conocimientos. Lo que Cecchetti propone es un tránsito: Artaud llega buscando algo fuera de sí y termina confrontado con una dimensión de su propia existencia que no puede comprender mediante las categorías con las que llegó.

La experiencia también modificó la perspectiva del propio director. Durante el proceso de investigación y rodaje en la Sierra Tarahumara, Cecchetti se acercó al mundo del jíkuri, sus rituales, protocolos, secretos y peligros. Como explica, este acercamiento lo obligó a cuestionar su propia mirada. Entre las personas que fueron decisivas para ese proceso estuvo el sipáame (raspador de jíkuri en el ritual rarámuri), cuya presencia lo obligó a enfrentar cosas que nunca había pensado que pudieran existir y preguntarse incluso por las razones de su propia estancia en la sierra.

“Quería explorar el cuerpo, la voz y otras formas de experiencia para encontrar una manera distinta de expresar aquello que las convenciones teatrales ya no podían contener”, dice Cecchetti sobre Artaud.

Es claro, así, que Cecchetti evita acercarse a la historia y a cualquiera de los personajes desde la exotización. Se trata de compartir el desconcierto para poner en crisis las categorías desde las que interpretamos lo que sucede. La reflexión sobre civilización, arte y locura se extiende también al lenguaje cinematográfico y conecta desde ahí con la propia búsqueda de Artaud, quien consideraba insuficientes los medios expresivos a su disposición. “Quería explorar el cuerpo, la voz y otras formas de experiencia para encontrar una manera distinta de expresar aquello que las convenciones teatrales ya no podían contener”, dice Cecchetti.

Jíkuri

José Cruz Apachoachi como Rayénari en Jíkuri. Viaje al país de los tarahumaras (2025), de Federico Cecchetti

Esta concepción ayuda a explicar la forma de la película. Jíkuri se mueve entre el realismo, lo fantástico y el terror sin atenerse a ningún molde. Para Cecchetti, el punto de partida es una idea más radical: aquello que para un espectador occidental puede parecer fantástico es, dentro de la cosmovisión rarámuri, parte de la realidad cotidiana. Sobre cualquier otra cosa, Jíkuri (producida por Machete) cuestiona la idea misma de que exista una sola realidad compartida y una única manera legítima de representarla.

El viaje de Artaud –que acompaña el diseño sonoro de Christian Giraud y la música de Emiliano Motta– adquiere, entonces, una dimensión contemporánea. Su búsqueda de un lenguaje capaz de devolver al arte una fuerza ritual encuentra en el cine de Cecchetti un territorio particularmente fértil en el que imágenes, sonidos, cuerpos, sueños y silencios pueden construir una experiencia que no necesita explicaciones.

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En busca de otra realidad

En Viaje al país de los tarahumaras (1945), Antonin Artaud dejó constancia de su encuentro con el jíkuri (peyote en lengua rarámuri) y con una concepción de la existencia radicalmente distinta de la europea. El escritor llegó a la Sierra Tarahumara en septiembre de 1936 buscando un nexo con el mundo capaz de devolver al arte su dimensión ritual, que para él se había perdido en la cultura occidental. 

Exactamente noventa años después de aquella travesía llega a salas Jíkuri. Viaje al país de los tarahumaras, que vuelve sobre la experiencia del surrealista francés para imaginar lo que ocurre cuando dos formas de comprender el mundo se encuentran. Dirigida por el cineasta mexicano Federico Cecchetti, la cinta utiliza el episodio histórico y las anotaciones de Artaud como detonantes de una ficción donde los espíritus y las almas perdidas transitan de los sueños a la realidad y viceversa. En charla con La Tempestad, el director define esta apuesta, filmada en la Sierra Tarahumara y con participación de la comunidad local, como “realismo de otra realidad”, pues explica que para la cultura rarámuri lo que se ve en pantalla es simplemente algo que sucede todos los días. 

Jíkuri

François Négret como Antonin Artaud en Jíkuri. Viaje al país de los tarahumaras (2025), de Federico Cecchetti

Después de El sueño del Mara’akame (2016), su primer largometraje de ficción, Cecchetti continúa explorando la intersección entre los pueblos originarios, los sueños y las posibilidades de un cine que se aparta de la representación convencional. En Jíkuri, el personaje que hace posible este encuentro es Rayénari, un joven interpretado por el corredor rarámuri José Cruz Apachoachi. En la película, Rayénari no funciona únicamente como acompañante de Artaud ni como intermediario entre el espectador y una cultura ajena. En palabras de Cecchetti, él es quien abre la puerta hacia el enigma que Artaud, encarnado por François Négret, buscaba en la sierra.

“Hay pasajes, túneles, grietas. Rayénari es quien conduce a Artaud hacia una de ellas. Y esa grieta termina llevando al propio interior del dramaturgo”: Federico Cecchetti 

Pero en la Tarahumara, dice el director, no existen propiamente puertas: “Hay pasajes, túneles, grietas. Rayénari es quien conduce a Artaud hacia una de ellas. Y esa grieta termina llevando al propio interior del dramaturgo”. La imagen podría fácilmente describir esta película, que se resiste a presentar el encuentro intercultural como un simple intercambio de conocimientos. Lo que Cecchetti propone es un tránsito: Artaud llega buscando algo fuera de sí y termina confrontado con una dimensión de su propia existencia que no puede comprender mediante las categorías con las que llegó.

La experiencia también modificó la perspectiva del propio director. Durante el proceso de investigación y rodaje en la Sierra Tarahumara, Cecchetti se acercó al mundo del jíkuri, sus rituales, protocolos, secretos y peligros. Como explica, este acercamiento lo obligó a cuestionar su propia mirada. Entre las personas que fueron decisivas para ese proceso estuvo el sipáame (raspador de jíkuri en el ritual rarámuri), cuya presencia lo obligó a enfrentar cosas que nunca había pensado que pudieran existir y preguntarse incluso por las razones de su propia estancia en la sierra.

“Quería explorar el cuerpo, la voz y otras formas de experiencia para encontrar una manera distinta de expresar aquello que las convenciones teatrales ya no podían contener”, dice Cecchetti sobre Artaud.

Es claro, así, que Cecchetti evita acercarse a la historia y a cualquiera de los personajes desde la exotización. Se trata de compartir el desconcierto para poner en crisis las categorías desde las que interpretamos lo que sucede. La reflexión sobre civilización, arte y locura se extiende también al lenguaje cinematográfico y conecta desde ahí con la propia búsqueda de Artaud, quien consideraba insuficientes los medios expresivos a su disposición. “Quería explorar el cuerpo, la voz y otras formas de experiencia para encontrar una manera distinta de expresar aquello que las convenciones teatrales ya no podían contener”, dice Cecchetti.

Jíkuri

José Cruz Apachoachi como Rayénari en Jíkuri. Viaje al país de los tarahumaras (2025), de Federico Cecchetti

Esta concepción ayuda a explicar la forma de la película. Jíkuri se mueve entre el realismo, lo fantástico y el terror sin atenerse a ningún molde. Para Cecchetti, el punto de partida es una idea más radical: aquello que para un espectador occidental puede parecer fantástico es, dentro de la cosmovisión rarámuri, parte de la realidad cotidiana. Sobre cualquier otra cosa, Jíkuri (producida por Machete) cuestiona la idea misma de que exista una sola realidad compartida y una única manera legítima de representarla.

El viaje de Artaud –que acompaña el diseño sonoro de Christian Giraud y la música de Emiliano Motta– adquiere, entonces, una dimensión contemporánea. Su búsqueda de un lenguaje capaz de devolver al arte una fuerza ritual encuentra en el cine de Cecchetti un territorio particularmente fértil en el que imágenes, sonidos, cuerpos, sueños y silencios pueden construir una experiencia que no necesita explicaciones.

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viernes, 11 de septiembre de 2026

Los colores

La siguiente lista es una selección de subrayados del extraordinario Cuaderno gris de Josep Pla –el diario de seiscientas páginas que escribió entre los veintiún y los veintidós años (1918-1919)–, traducido del catalán por Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros.

 

Llevaba, para estar por casa, un pañuelo de seda blanca al cuello –de una blancura perfecta.

A medida que va cayendo la tarde, el cielo, de gris, se vuelve de un blanco de gasa –lívido, irreal.

En un pinar oscuro, que quedaba cerca del camino, se veía un fuego de leña verde que despedía un humo espeso y blanco.

Estas apariciones, sobre todo ahora en verano, en la luz blanca, deslumbrante, frenética del verano, producen una sorpresa que molesta.

Ver los rayos tan próximos, fosforescentes, morados, violáceos, sulfurados de amarillo, acarminados, detrás de la densa cortina blanca, fantasmal, del granizo, es un espectáculo que nunca ningún escenario podría vagamente imitar.

La luz blanca, furiosa, del verano, ha sido impresionante.

La luz es de una blancura gaseosa, efervescente, deslumbrante.

El cielo está borroso y de una opacidad blanca.

Entramos en el comedor cuando aparecen las judías dentro de una humareda blanca llena de confort y de augurios excelentes.

La luz eléctrica hace un efecto delicioso: es blanca y tibia.

¡El mundo está perdido…! –dice, ensanchando el blanco de clara de huevo de sus ojos vaporosos y tristes.

Los blancos de las casas dan una impresión de puerilidad y la cal parece cándida.

La tierra está blanca por la helada y nos precede el humo blanco de la respiración.

La luna pone sobre las paredes de los huertos una blancura espesa y suave.

Blancos puros, palpitantes, de una densidad de blanco oriental.

La violenta detonación –seguida de una irisada espiral de humo blanco– del arma de un cazador.

La luz que entraba por el rosetón irisaba el roquete de los monaguillos y las casullas de los clérigos.

Día opaco, pálido, de color de leche aguada.

Las manchas de sol bailaban en las paredes blancas. En las rendijas de las puertas, la luz explosiva se irisaba.

Era un vejete blanco-rosado, con el cabello fino de color de paja.

El chaleco blanco con botones de nácar de una coloración rosada.

El trigo está en el momento de paso del verde a la espuma blanca y rubia de la madurez.

El mar tiene un color entre amarillo y blanco, de perla.

Vista desde el exterior, Barcelona es una ciudad blanca. Desde el interior, es de un gris ligeramente tocado de amarillo –de color de tierra ácida.

El aire parece un cojín de plumas de canario; unas nubes blancas amueblan la monotonía del azul del cielo.

Fabricaban el blandón, blanco y pálido, para los funerales; el hachón para las procesiones, que goteaba lo mínimo; el cirio para los altares, que era vagamente amarillento, muy bien logrado sobre la ornamentación barroca, y la vela rizada.

La rebanada de pan tiene un color suntuoso; parece un trozo de casulla de cardenal teñida por un sol moribundo.

Cuando los músicos no tocaban, había en el entoldado un rumor espeso. A veces, entre aquel hormigueo en forma de argolla, de color de chocolate a la española con el rosado incierto de las caras, se disparaba el chillido de alguna chica, como si se le hubiese escapado un muelle. Los críos jugaban al escondite entre las piernas de los bailarines y, a veces, rodaban tres o cuatro, como bolas, por el suelo. Siempre había sentada en las sillas alguna madre que daba el pecho al hijo. El color deshecho, afinado, trabajado, lleno de filigranas de estas madres, en aquella luz, me hacía pensar, no sé por qué, en la pintura de Sisley.

Ante la luz amarillenta de los cirios, hacía entrar un sueño manso y dulce.

El viento ha secado el país. En pocos momentos hemos pasado de los verdes tiernos y suaves a los amarillos brillantes y resecos.

En la higuera se posa, a veces, una oropéndola de un amarillo desesperado.

Es una tierra pobre, de trigo y con alguna viña, que en verano se vuelve de un amarillo sin amenidad, monótono y polvoriento.

Parece una luz pasada por un vidrio amarillo y espeso.

Al levantarme, veo que sobre el mundo desciende la luz de un sol de color de paja amarillenta –vagamente rojiza.

La calle, iluminada por una luz blanca magnífica, estaba llena de gente que subía y bajaba ruidosamente. El amarillo de los tranvías era rutilante.

Solamente hay una cosa que no me gusta en este paisaje próspero y enternecedor: el amarillo de los tranvías. El amarillo es el color de los locos.

Las luces de Sant Pere son, como en los años pasados, las más melancólicas y amarillas –de un amarillo oleoso y rancio– de la ciudad. Es una luz que parece inseparable de las viejas piedras.

Las bombillas eléctricas ardían moribundas, con una amarillez fabulosamente anémica.

La tortilla era de un amarillo magnífico: parecía un canario.

El cielo de poniente tiene un color de naranja muy tenue –como el sonido del violín.

Había un cielo que ponía la carne de gallina: barnizado, de color mandarina.

Cubierto de flores rojas, acarminadas, de pistilos amarillentos, era una maravilla…

Por la noche la linterna se encendía y daba una luz roja, débil, como envuelta en telarañas.

Las mejores cerezas no son las tempranas, esto es, las blanquillas, sino las duras, rojas cerezas de carne prieta que llaman de corazón de palomo.

Las viñas rojas, de un rojo maduro, oleoso, empastado.

Los noctámbulos han visto la linterna roja del bergantín ahondarse mar adentro despidiendo, de vez en cuando, un resplandor que fue amorteciéndose en la lejanía nebulosa.

El Cap Roig es de colores calientes –como su nombre indica–, de un rojo suntuoso y concentrado.

Es el tiempo en que se doran las naranjas y los almendros afloran los primeros rosados de coral.

A través de la opacidad del aire, las piedras blancas de la catedral tienen un tono verde claro ligeramente tocado de carmín.

De los huertos, salía un vaho azulado y titilaba la primera estrella…

Desde la sombra se ve el mar blanco, enjabonado, perezoso. El horizonte es azul y fresco.

Mirando, desde el pupitre, el granado sobre el cielo azul lejano.

El aire quedaba limpio, la tierra perdía aspereza, los cielos incandescentes del verano se volvían de un azul tierno.

La pálida vaciedad azulada del cielo parece cobrar una crispación lumínica.

El cielo es de un azul perdido, casi blanco.

Llovizna. Sobre los campos hay una gasa de vapor de agua muy tenue. Las lejanías flotan en una blandura azulada. Se ve salir un humo perezoso por las chimeneas de las casas de payés. El paisaje parece adormecido en la tibieza del silencio.

Entre las brumas errantes aparecen las manchas –azul tierno y fresco– del cielo.

El mar, en la tarde que declina, parece un vidrio transparente tocado de una postrera luz interna: es de un azul tenue, un azul moribundo de una gracia alada, huidiza, sensible.

El otoño tiene cada día más encanto. El tiempo es lluvioso y no se cansa de caer un agua menuda y fina que difumina las montañas en una neblina azulada ligeramente tocada de malva.

Sobre la bahía de Palamós, el mar tiene un azul que parece artificial, un azul goloso, con aguas más pálidas… (no encuentro el adjetivo). Es un azul de contraluz, de anunciación, un azul… –imposible encontrar el adjetivo. Es un azul desazonante, fisiológico, extramarino, un azul que solo se puede ver a través de las aguas de un verde… (fracaso total).

Levantando la cabeza de la almohada, veo el cielo y el mar. Delante de la ventana hay unos mástiles de barca, tensos. El cielo es de un azul aclarado, brillante, esmerilado.

El cielo del norte, tan limpio, toma una coloración vítrea, de zafiro, y tiene una calidad de ojo de pez.

En el horizonte a poniente, entre humos, se veía el cabo de Tossa, de un color de vinagre y, dentro de la bahía, la playa de Aro, que era como una pincelada color de azafrán sobre el verde espeso y húmedo de los pinos, un peñascal en el cual hervía la espuma y la torre Valentina, antigua torre de señales.

Por la noche, pensaba en el ruido grave y solitario que hacía el viento en las altas ramas, veía la luz estática, dulce, que flotaba bajo el verde dorado de los árboles.

Unas matas de glicinas, de un color verde áspero.

A aquella hora regaba sus flores con una regadera de color verde menta que, al mojarse, parecía un verde recién pintado.

Las hileras de pinos ahora vuelven a su verde auténtico. Bajo las ramas flota un verde ligero, claro, aéreo.

La luz de la luna, en el verde profundo de los pinares, toma un color de miel rubia.

Veo el mar de lejos: erizado, verde, lívido.

Hacía una noche oscura pero llena de quietud. El mar no se oía. Se veía, a lo lejos, una luz verde inmóvil: era el fanal del vapor que había quedado encendido por no sé qué determinación del azar. Aquella luz abandonada era una tentación. La gente espiaba el resplandor con la alegría en los ojos.

Las hojitas de acacia de los árboles tienen una inmovilidad completa –un verde pálido y tibio.

Las viñas son el elemento que da color al paisaje –una canción cambiante y diversa. Ahora son de un gris dorado elegantísimo.

Crepúsculo de masas de nubes oscuras, sobre el blanco oxidado del arco del cielo, con un poco de rosa y pinceladas moradas a poniente.

La luz eléctrica alcanza las ristras de ajos y cebollas colgados del techo e irisa sus pieles.

Había un cielo de nieve, color de plata –un cielo estático y glacial.

Llovió casi dos horas. Después, la masa de nubes se rasgó, el viento se llevó las nubes ribeteadas de amarillo y de violeta, salió una media luna fina y clara y unas estrellas limpias y afiladas. El resplandor estelar se irisó en las cornisas de las casas empapadas; puso, en los charcos de las calles, unos mortecinos colores de estaño fundido.

Un sombrero que el paso del tiempo y el polvo habían vuelto de un negro incierto, marchito.

Vestía de negro, de un negro definitivamente respetable, de gasa funeraria.

Llegaba a la carretera real cuando se encendían las luces de Barcelona. Se encendían, primero, poco a poco, pero a veces se encendían en cascada –una línea larga. Las pequeñas luces del puerto, de colores moribundos, me tenían enamorado. En muchas partes de la ciudad, más que puntos de luz había un aire luminoso, con una borrosidad lumínica, que producía el efecto de venir de la dispersión de una lluvia invisible. Había luces crispadas, luces mórbidas, luces muy tristes, luces que se veía que tenían una alegría ficticia… y muchas clases de luces que flotan inciertas y fundidas por mi memoria de aquellos días muertos.

Nuestra apariencia tiene demasiada gravedad, es excesivamente monótona. Vestimos demasiado de negro y no utilizamos nunca los colores para hacernos más agradables a la vista. Los americanos, en este aspecto, tienen más amenidad, son más divertidos. Utilizan el color constantemente y, a veces, con una gracia prodigiosa.

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Los colores

La siguiente lista es una selección de subrayados del extraordinario Cuaderno gris de Josep Pla –el diario de seiscientas páginas que escribió entre los veintiún y los veintidós años (1918-1919)–, traducido del catalán por Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros.

 

Llevaba, para estar por casa, un pañuelo de seda blanca al cuello –de una blancura perfecta.

A medida que va cayendo la tarde, el cielo, de gris, se vuelve de un blanco de gasa –lívido, irreal.

En un pinar oscuro, que quedaba cerca del camino, se veía un fuego de leña verde que despedía un humo espeso y blanco.

Estas apariciones, sobre todo ahora en verano, en la luz blanca, deslumbrante, frenética del verano, producen una sorpresa que molesta.

Ver los rayos tan próximos, fosforescentes, morados, violáceos, sulfurados de amarillo, acarminados, detrás de la densa cortina blanca, fantasmal, del granizo, es un espectáculo que nunca ningún escenario podría vagamente imitar.

La luz blanca, furiosa, del verano, ha sido impresionante.

La luz es de una blancura gaseosa, efervescente, deslumbrante.

El cielo está borroso y de una opacidad blanca.

Entramos en el comedor cuando aparecen las judías dentro de una humareda blanca llena de confort y de augurios excelentes.

La luz eléctrica hace un efecto delicioso: es blanca y tibia.

¡El mundo está perdido…! –dice, ensanchando el blanco de clara de huevo de sus ojos vaporosos y tristes.

Los blancos de las casas dan una impresión de puerilidad y la cal parece cándida.

La tierra está blanca por la helada y nos precede el humo blanco de la respiración.

La luna pone sobre las paredes de los huertos una blancura espesa y suave.

Blancos puros, palpitantes, de una densidad de blanco oriental.

La violenta detonación –seguida de una irisada espiral de humo blanco– del arma de un cazador.

La luz que entraba por el rosetón irisaba el roquete de los monaguillos y las casullas de los clérigos.

Día opaco, pálido, de color de leche aguada.

Las manchas de sol bailaban en las paredes blancas. En las rendijas de las puertas, la luz explosiva se irisaba.

Era un vejete blanco-rosado, con el cabello fino de color de paja.

El chaleco blanco con botones de nácar de una coloración rosada.

El trigo está en el momento de paso del verde a la espuma blanca y rubia de la madurez.

El mar tiene un color entre amarillo y blanco, de perla.

Vista desde el exterior, Barcelona es una ciudad blanca. Desde el interior, es de un gris ligeramente tocado de amarillo –de color de tierra ácida.

El aire parece un cojín de plumas de canario; unas nubes blancas amueblan la monotonía del azul del cielo.

Fabricaban el blandón, blanco y pálido, para los funerales; el hachón para las procesiones, que goteaba lo mínimo; el cirio para los altares, que era vagamente amarillento, muy bien logrado sobre la ornamentación barroca, y la vela rizada.

La rebanada de pan tiene un color suntuoso; parece un trozo de casulla de cardenal teñida por un sol moribundo.

Cuando los músicos no tocaban, había en el entoldado un rumor espeso. A veces, entre aquel hormigueo en forma de argolla, de color de chocolate a la española con el rosado incierto de las caras, se disparaba el chillido de alguna chica, como si se le hubiese escapado un muelle. Los críos jugaban al escondite entre las piernas de los bailarines y, a veces, rodaban tres o cuatro, como bolas, por el suelo. Siempre había sentada en las sillas alguna madre que daba el pecho al hijo. El color deshecho, afinado, trabajado, lleno de filigranas de estas madres, en aquella luz, me hacía pensar, no sé por qué, en la pintura de Sisley.

Ante la luz amarillenta de los cirios, hacía entrar un sueño manso y dulce.

El viento ha secado el país. En pocos momentos hemos pasado de los verdes tiernos y suaves a los amarillos brillantes y resecos.

En la higuera se posa, a veces, una oropéndola de un amarillo desesperado.

Es una tierra pobre, de trigo y con alguna viña, que en verano se vuelve de un amarillo sin amenidad, monótono y polvoriento.

Parece una luz pasada por un vidrio amarillo y espeso.

Al levantarme, veo que sobre el mundo desciende la luz de un sol de color de paja amarillenta –vagamente rojiza.

La calle, iluminada por una luz blanca magnífica, estaba llena de gente que subía y bajaba ruidosamente. El amarillo de los tranvías era rutilante.

Solamente hay una cosa que no me gusta en este paisaje próspero y enternecedor: el amarillo de los tranvías. El amarillo es el color de los locos.

Las luces de Sant Pere son, como en los años pasados, las más melancólicas y amarillas –de un amarillo oleoso y rancio– de la ciudad. Es una luz que parece inseparable de las viejas piedras.

Las bombillas eléctricas ardían moribundas, con una amarillez fabulosamente anémica.

La tortilla era de un amarillo magnífico: parecía un canario.

El cielo de poniente tiene un color de naranja muy tenue –como el sonido del violín.

Había un cielo que ponía la carne de gallina: barnizado, de color mandarina.

Cubierto de flores rojas, acarminadas, de pistilos amarillentos, era una maravilla…

Por la noche la linterna se encendía y daba una luz roja, débil, como envuelta en telarañas.

Las mejores cerezas no son las tempranas, esto es, las blanquillas, sino las duras, rojas cerezas de carne prieta que llaman de corazón de palomo.

Las viñas rojas, de un rojo maduro, oleoso, empastado.

Los noctámbulos han visto la linterna roja del bergantín ahondarse mar adentro despidiendo, de vez en cuando, un resplandor que fue amorteciéndose en la lejanía nebulosa.

El Cap Roig es de colores calientes –como su nombre indica–, de un rojo suntuoso y concentrado.

Es el tiempo en que se doran las naranjas y los almendros afloran los primeros rosados de coral.

A través de la opacidad del aire, las piedras blancas de la catedral tienen un tono verde claro ligeramente tocado de carmín.

De los huertos, salía un vaho azulado y titilaba la primera estrella…

Desde la sombra se ve el mar blanco, enjabonado, perezoso. El horizonte es azul y fresco.

Mirando, desde el pupitre, el granado sobre el cielo azul lejano.

El aire quedaba limpio, la tierra perdía aspereza, los cielos incandescentes del verano se volvían de un azul tierno.

La pálida vaciedad azulada del cielo parece cobrar una crispación lumínica.

El cielo es de un azul perdido, casi blanco.

Llovizna. Sobre los campos hay una gasa de vapor de agua muy tenue. Las lejanías flotan en una blandura azulada. Se ve salir un humo perezoso por las chimeneas de las casas de payés. El paisaje parece adormecido en la tibieza del silencio.

Entre las brumas errantes aparecen las manchas –azul tierno y fresco– del cielo.

El mar, en la tarde que declina, parece un vidrio transparente tocado de una postrera luz interna: es de un azul tenue, un azul moribundo de una gracia alada, huidiza, sensible.

El otoño tiene cada día más encanto. El tiempo es lluvioso y no se cansa de caer un agua menuda y fina que difumina las montañas en una neblina azulada ligeramente tocada de malva.

Sobre la bahía de Palamós, el mar tiene un azul que parece artificial, un azul goloso, con aguas más pálidas… (no encuentro el adjetivo). Es un azul de contraluz, de anunciación, un azul… –imposible encontrar el adjetivo. Es un azul desazonante, fisiológico, extramarino, un azul que solo se puede ver a través de las aguas de un verde… (fracaso total).

Levantando la cabeza de la almohada, veo el cielo y el mar. Delante de la ventana hay unos mástiles de barca, tensos. El cielo es de un azul aclarado, brillante, esmerilado.

El cielo del norte, tan limpio, toma una coloración vítrea, de zafiro, y tiene una calidad de ojo de pez.

En el horizonte a poniente, entre humos, se veía el cabo de Tossa, de un color de vinagre y, dentro de la bahía, la playa de Aro, que era como una pincelada color de azafrán sobre el verde espeso y húmedo de los pinos, un peñascal en el cual hervía la espuma y la torre Valentina, antigua torre de señales.

Por la noche, pensaba en el ruido grave y solitario que hacía el viento en las altas ramas, veía la luz estática, dulce, que flotaba bajo el verde dorado de los árboles.

Unas matas de glicinas, de un color verde áspero.

A aquella hora regaba sus flores con una regadera de color verde menta que, al mojarse, parecía un verde recién pintado.

Las hileras de pinos ahora vuelven a su verde auténtico. Bajo las ramas flota un verde ligero, claro, aéreo.

La luz de la luna, en el verde profundo de los pinares, toma un color de miel rubia.

Veo el mar de lejos: erizado, verde, lívido.

Hacía una noche oscura pero llena de quietud. El mar no se oía. Se veía, a lo lejos, una luz verde inmóvil: era el fanal del vapor que había quedado encendido por no sé qué determinación del azar. Aquella luz abandonada era una tentación. La gente espiaba el resplandor con la alegría en los ojos.

Las hojitas de acacia de los árboles tienen una inmovilidad completa –un verde pálido y tibio.

Las viñas son el elemento que da color al paisaje –una canción cambiante y diversa. Ahora son de un gris dorado elegantísimo.

Crepúsculo de masas de nubes oscuras, sobre el blanco oxidado del arco del cielo, con un poco de rosa y pinceladas moradas a poniente.

La luz eléctrica alcanza las ristras de ajos y cebollas colgados del techo e irisa sus pieles.

Había un cielo de nieve, color de plata –un cielo estático y glacial.

Llovió casi dos horas. Después, la masa de nubes se rasgó, el viento se llevó las nubes ribeteadas de amarillo y de violeta, salió una media luna fina y clara y unas estrellas limpias y afiladas. El resplandor estelar se irisó en las cornisas de las casas empapadas; puso, en los charcos de las calles, unos mortecinos colores de estaño fundido.

Un sombrero que el paso del tiempo y el polvo habían vuelto de un negro incierto, marchito.

Vestía de negro, de un negro definitivamente respetable, de gasa funeraria.

Llegaba a la carretera real cuando se encendían las luces de Barcelona. Se encendían, primero, poco a poco, pero a veces se encendían en cascada –una línea larga. Las pequeñas luces del puerto, de colores moribundos, me tenían enamorado. En muchas partes de la ciudad, más que puntos de luz había un aire luminoso, con una borrosidad lumínica, que producía el efecto de venir de la dispersión de una lluvia invisible. Había luces crispadas, luces mórbidas, luces muy tristes, luces que se veía que tenían una alegría ficticia… y muchas clases de luces que flotan inciertas y fundidas por mi memoria de aquellos días muertos.

Nuestra apariencia tiene demasiada gravedad, es excesivamente monótona. Vestimos demasiado de negro y no utilizamos nunca los colores para hacernos más agradables a la vista. Los americanos, en este aspecto, tienen más amenidad, son más divertidos. Utilizan el color constantemente y, a veces, con una gracia prodigiosa.

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Grietas en el cielo

Recuerdo de una constelación (2024) es un singular díptico de Hugo Lugo que presenta a un personaje masculino acostado, viendo el firmamento donde destaca un astro que brilla intensamente. La obra se caracteriza por contar con las superficies monocromáticas distintivas de su producción. El hombre parece, así, flotar en un espacio infinito, de un azul profundo. Las estrellas se concentran en una de las dos partes del díptico, ubicada en la parte superior y que conforma una pintura de paisaje nocturno. Recuerdo de una constelación es, también, la primera pieza (en cuanto a fecha de producción) que forma parte de la exposición La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo, en el Museo Espacio de Aguascalientes, un proyecto relacionado con la memoria y los recuerdos, como una construcción articulada a partir de un conjunto de fragmentos en la que los objetos participan y los hechos se recuentan metafóricamente o de manera imaginativa. En un texto que escribió para esta muestra, Lugo especifica:

En 1986 el cometa Halley orbitó cerca de la Tierra y fue visible por aproximadamente una semana. Una de esas noches, en aquel contexto rural en el que crecí, mi padre y yo tratamos de huir del calor sofocante después de una lluvia de verano, tras habernos quedado sin electricidad. Subimos al techo de la casa para intentar dormir sobre esa losa inclinada, improvisamos una cama con almohadas y sábanas, y nos tendimos esperando que alguna ráfaga de viento nos refrescara el sueño. Fue bajo aquel inmenso manto estrellado, observado desde ese lugar tan inusual y acompañado de mi padre, que se configuró algo de mi visión del mundo.

Hugo Lugo

Hugo Lugo, Recuerdo de una constelación (2024). Cortesía del artista

La casa en cuestión encuentra forma en La idea recurrente de quedarse (2026), una pintura compuesta de tres elementos que, en sí, construyen una vivienda con una forma simplificada, como en los dibujos prototípicos de la infancia. Dentro de esta morada se encuentra un personaje masculino acostado, siendo abrazado por otro, que resulta inusual en la producción de Lugo por su falta de definición. Este personaje, que se representa como una sombra, como un recuerdo que no alcanza a definir un rostro reconocible, aparece en varias de las obras que componen La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo, imprimiendo una extrañeza singular al conjunto. Su presencia es distintiva y comparte protagonismo con el otro tipo de personajes que son habituales y emblemáticos de la producción del artista.

Desde hace años la pintura de Hugo Lugo se ha caracterizado por contar con la presencia de un personaje masculino que aparece en escenas inusuales, debido a los juegos de escala y al uso particular de la perspectiva y los planos cromáticos, entre otras cuestiones formales. Esta clase de personajes y las escenas en las que se encuentran envueltos traen a la mente el trabajo de algunos pintores mexicanos activos entre los años setenta y noventa, que también representaban a hombres en escenarios singulares, como en los casos de Enrique Guzmán o Julio Galán. En Niño con navajas (1975) y El destino secreto (1976), de Guzmán, figuran personajes masculinos dentro de ambientes metafísicos, con arquitecturas ambiguas o fantásticas, donde se ha perdido la noción de escala y cierta coherencia espaciotemporal. El propio encuentro (1975), por su parte, presenta una solución de apariencia abstracta conseguida a partir de la repetición de círculos y un énfasis en lo retiniano. No obstante, la presencia de un hombre diminuto levantando los brazos descubre una profundidad en la composición concéntrica, como si se tratara de un remolino que arrastra al personaje en espiral hacia el fondo. A su manera, Luego ha empleado una solución similar y ha creado pinturas abstractas, de campos de colores sólidos y bien delimitados, para articular un espacio en los que aparecen y desaparecen sus personajes. Esta solución, que muchas veces contiene un juego de ocultar y revelar, se aprecia en su pintura de 2021 Meditaciones sobre el espacio a partir del vacío (gris mineral).   

Hugo Lugo

Hugo Lugo, La idea recurrente de quedarse (2026). Cortesía del artista

El artista recurre a este tipo de estrategia en un tríptico que forma parte de La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo, en el que aparecen tres personajes en el límite espacial entre dos colores, cada uno portando y revelando un objeto distinto. Lectura de un pasado: una carta. Lectura del futuro: una granada. Lectura del presente: un ramo de flores. Estos objetos simbólicos son protagónicos en este tríptico y reaparecen, de manera individual, en otras obras que forman parte del proyecto, a la manera de naturalezas muertas. En estas pinturas de pequeño formato, Lugo despliega su maestría técnica y el gusto por una precisión que logre capturar la atención del espectador o confundir su percepción.

El ramo de flores Sin título (ensayo crítico sobre la belleza) es, a su vez, parte de un díptico junto a la representación de las flores de un cardo santo, una planta endémica de la región de Sinaloa de donde es originario el artista. Los recuerdos, como esta pintura apunta, no se inscriben sólo dentro una casa, sino que contemplan todo un territorio, el campo, con sus especies animales y vegetales, todo un sistema biocultural. Los elementos son propensos a relacionarse de distintas maneras o a ser entendidos metafóricamente. La pintura del ramo de flores y la imagen del cardo santo, así, podrían relacionarse con el género de la naturaleza muerta o la ilustración científica, o también pueden traer a la mente el contraste entre un ambiente doméstico y otro agreste, como territorios de lo femenino y lo masculino, respectivamente.

La representación de la fauna característica de la región donde Hugo Lugo pasó su infancia también participa de estas imágenes, que tienen que ver con recuerdos e historia personal, como águilas, caballos, venados. Muchos de ellos aparecen interactuando con los personajes masculinos en superficies circulares, un formato que busca desprenderse de las coordenadas o referentes espaciales que se pueden situar, con mayor facilidad, en formatos cuadrangulares. En varias de estas pinturas reaparece el personaje con un rostro que carece de definición, como un recuerdo que no se logra concretar, donde se han perdido o se han preferido olvidar detalles. Las situaciones en las que se encuentran estas figuras masculinas suman su extrañeza al aparecer, en distintos casos, levitando o desnudo parado sobre un caballo que pasta plácidamente. En Concilio de la sombra uno de estos personajes-sombra aparece en contacto y unión con un venado, tocando sus cabezas en una pose de tensión, como si estuvieran a punto de iniciar una confrontación o un baile. Este animal típico de la región, conectado con la cultura mayo (yoreme), puede ser entendido, dentro del proyecto de Lugo, como una figura simbólica, paternal, de acuerdo a la narrativa que propone en este proyecto.

Hugo Lugo

Hugo Lugo, Concilio de la sombra (2024-25). Cortesía del artista

Además de este grupo de pinturas, La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo presenta varias piezas tridimensionales y un video. Hay un par de piezas que utilizan recipientes de cerámica, también vinculados a la cultura mayo. El díptico Forma de correspondencia (ad infinitum) está conformado de una pieza de barro y una pintura, mientras que la instalación El espacio interior (agua de lluvia) consta de varios recipientes y el audio de un goteo. En cada uno de estos objetos, Lugo ha pintado en su interior un fragmento del cielo nocturno, de un azul profundo y poblado de estrellas, que el espectador descubre al acercarse, intrigado por el sonido. Otra pieza tridimensional que forma parte de este proyecto es Iluminar lo olvidado (2011), que recurre a una canoa de remos de madera que ha sido calcinada y dispuesta sobre una pila de carbón, como si hubiera encallado. De este interior obscuro irradia una luz neón que crea una presencia fuertemente sensorial. La embarcación es similar a la que el artista utilizaba de manera regular con su familia para cruzar el Río Fuerte cuando era niño, mientras que la presencia del carbón se puede relacionar con el palo fierro como otro elemento natural que es distintivo del paisaje local.

Alegoría de diván, por otro lado, representa el tipo de catres que su familia utilizaba, durante su infancia, para dormir a la intemperie en las noches más calurosas. Cubierto de hoja de oro, cuenta con un brillo particular. El objeto y el título se refieren a dos rutas para acercarse a la memoria y al pasado, a través de los sueños y el psicoanálisis. Esta pieza puede resumir, de manera más concreta, la intención más contundente de esta exposición de Hugo Lugo (Los Mochis, 1974): subrayar el ejercicio de recordar como un rasgo constitutivo de los seres humanos, expresado a través de una experiencia personal. Acostado sobre ese diván-catre, el individuo –cualquiera– recuerda o sueña un conjunto de imágenes metafóricas y simbólicas, como las pinturas y esculturas que dan forma a este proyecto.   

Hugo Lugo

Vista de la exposición La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo, de Hugo Lugo, en el Museo Espacio, Aguascalientes, 2026. Cortesía del artista

Tras su paso por el Museo de Arte Contemporáneo Querétaro (del 13 de marzo al 17 de mayo), La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo puede visitarse en el Museo Espacio de Aguascalientes hasta el 20 de septiembre

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Grietas en el cielo

Recuerdo de una constelación (2024) es un singular díptico de Hugo Lugo que presenta a un personaje masculino acostado, viendo el firmamento donde destaca un astro que brilla intensamente. La obra se caracteriza por contar con las superficies monocromáticas distintivas de su producción. El hombre parece, así, flotar en un espacio infinito, de un azul profundo. Las estrellas se concentran en una de las dos partes del díptico, ubicada en la parte superior y que conforma una pintura de paisaje nocturno. Recuerdo de una constelación es, también, la primera pieza (en cuanto a fecha de producción) que forma parte de la exposición La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo, en el Museo Espacio de Aguascalientes, un proyecto relacionado con la memoria y los recuerdos, como una construcción articulada a partir de un conjunto de fragmentos en la que los objetos participan y los hechos se recuentan metafóricamente o de manera imaginativa. En un texto que escribió para esta muestra, Lugo especifica:

En 1986 el cometa Halley orbitó cerca de la Tierra y fue visible por aproximadamente una semana. Una de esas noches, en aquel contexto rural en el que crecí, mi padre y yo tratamos de huir del calor sofocante después de una lluvia de verano, tras habernos quedado sin electricidad. Subimos al techo de la casa para intentar dormir sobre esa losa inclinada, improvisamos una cama con almohadas y sábanas, y nos tendimos esperando que alguna ráfaga de viento nos refrescara el sueño. Fue bajo aquel inmenso manto estrellado, observado desde ese lugar tan inusual y acompañado de mi padre, que se configuró algo de mi visión del mundo.

Hugo Lugo

Hugo Lugo, Recuerdo de una constelación (2024). Cortesía del artista

La casa en cuestión encuentra forma en La idea recurrente de quedarse (2026), una pintura compuesta de tres elementos que, en sí, construyen una vivienda con una forma simplificada, como en los dibujos prototípicos de la infancia. Dentro de esta morada se encuentra un personaje masculino acostado, siendo abrazado por otro, que resulta inusual en la producción de Lugo por su falta de definición. Este personaje, que se representa como una sombra, como un recuerdo que no alcanza a definir un rostro reconocible, aparece en varias de las obras que componen La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo, imprimiendo una extrañeza singular al conjunto. Su presencia es distintiva y comparte protagonismo con el otro tipo de personajes que son habituales y emblemáticos de la producción del artista.

Desde hace años la pintura de Hugo Lugo se ha caracterizado por contar con la presencia de un personaje masculino que aparece en escenas inusuales, debido a los juegos de escala y al uso particular de la perspectiva y los planos cromáticos, entre otras cuestiones formales. Esta clase de personajes y las escenas en las que se encuentran envueltos traen a la mente el trabajo de algunos pintores mexicanos activos entre los años setenta y noventa, que también representaban a hombres en escenarios singulares, como en los casos de Enrique Guzmán o Julio Galán. En Niño con navajas (1975) y El destino secreto (1976), de Guzmán, figuran personajes masculinos dentro de ambientes metafísicos, con arquitecturas ambiguas o fantásticas, donde se ha perdido la noción de escala y cierta coherencia espaciotemporal. El propio encuentro (1975), por su parte, presenta una solución de apariencia abstracta conseguida a partir de la repetición de círculos y un énfasis en lo retiniano. No obstante, la presencia de un hombre diminuto levantando los brazos descubre una profundidad en la composición concéntrica, como si se tratara de un remolino que arrastra al personaje en espiral hacia el fondo. A su manera, Luego ha empleado una solución similar y ha creado pinturas abstractas, de campos de colores sólidos y bien delimitados, para articular un espacio en los que aparecen y desaparecen sus personajes. Esta solución, que muchas veces contiene un juego de ocultar y revelar, se aprecia en su pintura de 2021 Meditaciones sobre el espacio a partir del vacío (gris mineral).   

Hugo Lugo

Hugo Lugo, La idea recurrente de quedarse (2026). Cortesía del artista

El artista recurre a este tipo de estrategia en un tríptico que forma parte de La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo, en el que aparecen tres personajes en el límite espacial entre dos colores, cada uno portando y revelando un objeto distinto. Lectura de un pasado: una carta. Lectura del futuro: una granada. Lectura del presente: un ramo de flores. Estos objetos simbólicos son protagónicos en este tríptico y reaparecen, de manera individual, en otras obras que forman parte del proyecto, a la manera de naturalezas muertas. En estas pinturas de pequeño formato, Lugo despliega su maestría técnica y el gusto por una precisión que logre capturar la atención del espectador o confundir su percepción.

El ramo de flores Sin título (ensayo crítico sobre la belleza) es, a su vez, parte de un díptico junto a la representación de las flores de un cardo santo, una planta endémica de la región de Sinaloa de donde es originario el artista. Los recuerdos, como esta pintura apunta, no se inscriben sólo dentro una casa, sino que contemplan todo un territorio, el campo, con sus especies animales y vegetales, todo un sistema biocultural. Los elementos son propensos a relacionarse de distintas maneras o a ser entendidos metafóricamente. La pintura del ramo de flores y la imagen del cardo santo, así, podrían relacionarse con el género de la naturaleza muerta o la ilustración científica, o también pueden traer a la mente el contraste entre un ambiente doméstico y otro agreste, como territorios de lo femenino y lo masculino, respectivamente.

La representación de la fauna característica de la región donde Hugo Lugo pasó su infancia también participa de estas imágenes, que tienen que ver con recuerdos e historia personal, como águilas, caballos, venados. Muchos de ellos aparecen interactuando con los personajes masculinos en superficies circulares, un formato que busca desprenderse de las coordenadas o referentes espaciales que se pueden situar, con mayor facilidad, en formatos cuadrangulares. En varias de estas pinturas reaparece el personaje con un rostro que carece de definición, como un recuerdo que no se logra concretar, donde se han perdido o se han preferido olvidar detalles. Las situaciones en las que se encuentran estas figuras masculinas suman su extrañeza al aparecer, en distintos casos, levitando o desnudo parado sobre un caballo que pasta plácidamente. En Concilio de la sombra uno de estos personajes-sombra aparece en contacto y unión con un venado, tocando sus cabezas en una pose de tensión, como si estuvieran a punto de iniciar una confrontación o un baile. Este animal típico de la región, conectado con la cultura mayo (yoreme), puede ser entendido, dentro del proyecto de Lugo, como una figura simbólica, paternal, de acuerdo a la narrativa que propone en este proyecto.

Hugo Lugo

Hugo Lugo, Concilio de la sombra (2024-25). Cortesía del artista

Además de este grupo de pinturas, La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo presenta varias piezas tridimensionales y un video. Hay un par de piezas que utilizan recipientes de cerámica, también vinculados a la cultura mayo. El díptico Forma de correspondencia (ad infinitum) está conformado de una pieza de barro y una pintura, mientras que la instalación El espacio interior (agua de lluvia) consta de varios recipientes y el audio de un goteo. En cada uno de estos objetos, Lugo ha pintado en su interior un fragmento del cielo nocturno, de un azul profundo y poblado de estrellas, que el espectador descubre al acercarse, intrigado por el sonido. Otra pieza tridimensional que forma parte de este proyecto es Iluminar lo olvidado (2011), que recurre a una canoa de remos de madera que ha sido calcinada y dispuesta sobre una pila de carbón, como si hubiera encallado. De este interior obscuro irradia una luz neón que crea una presencia fuertemente sensorial. La embarcación es similar a la que el artista utilizaba de manera regular con su familia para cruzar el Río Fuerte cuando era niño, mientras que la presencia del carbón se puede relacionar con el palo fierro como otro elemento natural que es distintivo del paisaje local.

Alegoría de diván, por otro lado, representa el tipo de catres que su familia utilizaba, durante su infancia, para dormir a la intemperie en las noches más calurosas. Cubierto de hoja de oro, cuenta con un brillo particular. El objeto y el título se refieren a dos rutas para acercarse a la memoria y al pasado, a través de los sueños y el psicoanálisis. Esta pieza puede resumir, de manera más concreta, la intención más contundente de esta exposición de Hugo Lugo (Los Mochis, 1974): subrayar el ejercicio de recordar como un rasgo constitutivo de los seres humanos, expresado a través de una experiencia personal. Acostado sobre ese diván-catre, el individuo –cualquiera– recuerda o sueña un conjunto de imágenes metafóricas y simbólicas, como las pinturas y esculturas que dan forma a este proyecto.   

Hugo Lugo

Vista de la exposición La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo, de Hugo Lugo, en el Museo Espacio, Aguascalientes, 2026. Cortesía del artista

Tras su paso por el Museo de Arte Contemporáneo Querétaro (del 13 de marzo al 17 de mayo), La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo puede visitarse en el Museo Espacio de Aguascalientes hasta el 20 de septiembre

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