viernes, 11 de septiembre de 2026

Los colores

La siguiente lista es una selección de subrayados del extraordinario Cuaderno gris de Josep Pla –el diario de seiscientas páginas que escribió entre los veintiún y los veintidós años (1918-1919)–, traducido del catalán por Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros.

 

Llevaba, para estar por casa, un pañuelo de seda blanca al cuello –de una blancura perfecta.

A medida que va cayendo la tarde, el cielo, de gris, se vuelve de un blanco de gasa –lívido, irreal.

En un pinar oscuro, que quedaba cerca del camino, se veía un fuego de leña verde que despedía un humo espeso y blanco.

Estas apariciones, sobre todo ahora en verano, en la luz blanca, deslumbrante, frenética del verano, producen una sorpresa que molesta.

Ver los rayos tan próximos, fosforescentes, morados, violáceos, sulfurados de amarillo, acarminados, detrás de la densa cortina blanca, fantasmal, del granizo, es un espectáculo que nunca ningún escenario podría vagamente imitar.

La luz blanca, furiosa, del verano, ha sido impresionante.

La luz es de una blancura gaseosa, efervescente, deslumbrante.

El cielo está borroso y de una opacidad blanca.

Entramos en el comedor cuando aparecen las judías dentro de una humareda blanca llena de confort y de augurios excelentes.

La luz eléctrica hace un efecto delicioso: es blanca y tibia.

¡El mundo está perdido…! –dice, ensanchando el blanco de clara de huevo de sus ojos vaporosos y tristes.

Los blancos de las casas dan una impresión de puerilidad y la cal parece cándida.

La tierra está blanca por la helada y nos precede el humo blanco de la respiración.

La luna pone sobre las paredes de los huertos una blancura espesa y suave.

Blancos puros, palpitantes, de una densidad de blanco oriental.

La violenta detonación –seguida de una irisada espiral de humo blanco– del arma de un cazador.

La luz que entraba por el rosetón irisaba el roquete de los monaguillos y las casullas de los clérigos.

Día opaco, pálido, de color de leche aguada.

Las manchas de sol bailaban en las paredes blancas. En las rendijas de las puertas, la luz explosiva se irisaba.

Era un vejete blanco-rosado, con el cabello fino de color de paja.

El chaleco blanco con botones de nácar de una coloración rosada.

El trigo está en el momento de paso del verde a la espuma blanca y rubia de la madurez.

El mar tiene un color entre amarillo y blanco, de perla.

Vista desde el exterior, Barcelona es una ciudad blanca. Desde el interior, es de un gris ligeramente tocado de amarillo –de color de tierra ácida.

El aire parece un cojín de plumas de canario; unas nubes blancas amueblan la monotonía del azul del cielo.

Fabricaban el blandón, blanco y pálido, para los funerales; el hachón para las procesiones, que goteaba lo mínimo; el cirio para los altares, que era vagamente amarillento, muy bien logrado sobre la ornamentación barroca, y la vela rizada.

La rebanada de pan tiene un color suntuoso; parece un trozo de casulla de cardenal teñida por un sol moribundo.

Cuando los músicos no tocaban, había en el entoldado un rumor espeso. A veces, entre aquel hormigueo en forma de argolla, de color de chocolate a la española con el rosado incierto de las caras, se disparaba el chillido de alguna chica, como si se le hubiese escapado un muelle. Los críos jugaban al escondite entre las piernas de los bailarines y, a veces, rodaban tres o cuatro, como bolas, por el suelo. Siempre había sentada en las sillas alguna madre que daba el pecho al hijo. El color deshecho, afinado, trabajado, lleno de filigranas de estas madres, en aquella luz, me hacía pensar, no sé por qué, en la pintura de Sisley.

Ante la luz amarillenta de los cirios, hacía entrar un sueño manso y dulce.

El viento ha secado el país. En pocos momentos hemos pasado de los verdes tiernos y suaves a los amarillos brillantes y resecos.

En la higuera se posa, a veces, una oropéndola de un amarillo desesperado.

Es una tierra pobre, de trigo y con alguna viña, que en verano se vuelve de un amarillo sin amenidad, monótono y polvoriento.

Parece una luz pasada por un vidrio amarillo y espeso.

Al levantarme, veo que sobre el mundo desciende la luz de un sol de color de paja amarillenta –vagamente rojiza.

La calle, iluminada por una luz blanca magnífica, estaba llena de gente que subía y bajaba ruidosamente. El amarillo de los tranvías era rutilante.

Solamente hay una cosa que no me gusta en este paisaje próspero y enternecedor: el amarillo de los tranvías. El amarillo es el color de los locos.

Las luces de Sant Pere son, como en los años pasados, las más melancólicas y amarillas –de un amarillo oleoso y rancio– de la ciudad. Es una luz que parece inseparable de las viejas piedras.

Las bombillas eléctricas ardían moribundas, con una amarillez fabulosamente anémica.

La tortilla era de un amarillo magnífico: parecía un canario.

El cielo de poniente tiene un color de naranja muy tenue –como el sonido del violín.

Había un cielo que ponía la carne de gallina: barnizado, de color mandarina.

Cubierto de flores rojas, acarminadas, de pistilos amarillentos, era una maravilla…

Por la noche la linterna se encendía y daba una luz roja, débil, como envuelta en telarañas.

Las mejores cerezas no son las tempranas, esto es, las blanquillas, sino las duras, rojas cerezas de carne prieta que llaman de corazón de palomo.

Las viñas rojas, de un rojo maduro, oleoso, empastado.

Los noctámbulos han visto la linterna roja del bergantín ahondarse mar adentro despidiendo, de vez en cuando, un resplandor que fue amorteciéndose en la lejanía nebulosa.

El Cap Roig es de colores calientes –como su nombre indica–, de un rojo suntuoso y concentrado.

Es el tiempo en que se doran las naranjas y los almendros afloran los primeros rosados de coral.

A través de la opacidad del aire, las piedras blancas de la catedral tienen un tono verde claro ligeramente tocado de carmín.

De los huertos, salía un vaho azulado y titilaba la primera estrella…

Desde la sombra se ve el mar blanco, enjabonado, perezoso. El horizonte es azul y fresco.

Mirando, desde el pupitre, el granado sobre el cielo azul lejano.

El aire quedaba limpio, la tierra perdía aspereza, los cielos incandescentes del verano se volvían de un azul tierno.

La pálida vaciedad azulada del cielo parece cobrar una crispación lumínica.

El cielo es de un azul perdido, casi blanco.

Llovizna. Sobre los campos hay una gasa de vapor de agua muy tenue. Las lejanías flotan en una blandura azulada. Se ve salir un humo perezoso por las chimeneas de las casas de payés. El paisaje parece adormecido en la tibieza del silencio.

Entre las brumas errantes aparecen las manchas –azul tierno y fresco– del cielo.

El mar, en la tarde que declina, parece un vidrio transparente tocado de una postrera luz interna: es de un azul tenue, un azul moribundo de una gracia alada, huidiza, sensible.

El otoño tiene cada día más encanto. El tiempo es lluvioso y no se cansa de caer un agua menuda y fina que difumina las montañas en una neblina azulada ligeramente tocada de malva.

Sobre la bahía de Palamós, el mar tiene un azul que parece artificial, un azul goloso, con aguas más pálidas… (no encuentro el adjetivo). Es un azul de contraluz, de anunciación, un azul… –imposible encontrar el adjetivo. Es un azul desazonante, fisiológico, extramarino, un azul que solo se puede ver a través de las aguas de un verde… (fracaso total).

Levantando la cabeza de la almohada, veo el cielo y el mar. Delante de la ventana hay unos mástiles de barca, tensos. El cielo es de un azul aclarado, brillante, esmerilado.

El cielo del norte, tan limpio, toma una coloración vítrea, de zafiro, y tiene una calidad de ojo de pez.

En el horizonte a poniente, entre humos, se veía el cabo de Tossa, de un color de vinagre y, dentro de la bahía, la playa de Aro, que era como una pincelada color de azafrán sobre el verde espeso y húmedo de los pinos, un peñascal en el cual hervía la espuma y la torre Valentina, antigua torre de señales.

Por la noche, pensaba en el ruido grave y solitario que hacía el viento en las altas ramas, veía la luz estática, dulce, que flotaba bajo el verde dorado de los árboles.

Unas matas de glicinas, de un color verde áspero.

A aquella hora regaba sus flores con una regadera de color verde menta que, al mojarse, parecía un verde recién pintado.

Las hileras de pinos ahora vuelven a su verde auténtico. Bajo las ramas flota un verde ligero, claro, aéreo.

La luz de la luna, en el verde profundo de los pinares, toma un color de miel rubia.

Veo el mar de lejos: erizado, verde, lívido.

Hacía una noche oscura pero llena de quietud. El mar no se oía. Se veía, a lo lejos, una luz verde inmóvil: era el fanal del vapor que había quedado encendido por no sé qué determinación del azar. Aquella luz abandonada era una tentación. La gente espiaba el resplandor con la alegría en los ojos.

Las hojitas de acacia de los árboles tienen una inmovilidad completa –un verde pálido y tibio.

Las viñas son el elemento que da color al paisaje –una canción cambiante y diversa. Ahora son de un gris dorado elegantísimo.

Crepúsculo de masas de nubes oscuras, sobre el blanco oxidado del arco del cielo, con un poco de rosa y pinceladas moradas a poniente.

La luz eléctrica alcanza las ristras de ajos y cebollas colgados del techo e irisa sus pieles.

Había un cielo de nieve, color de plata –un cielo estático y glacial.

Llovió casi dos horas. Después, la masa de nubes se rasgó, el viento se llevó las nubes ribeteadas de amarillo y de violeta, salió una media luna fina y clara y unas estrellas limpias y afiladas. El resplandor estelar se irisó en las cornisas de las casas empapadas; puso, en los charcos de las calles, unos mortecinos colores de estaño fundido.

Un sombrero que el paso del tiempo y el polvo habían vuelto de un negro incierto, marchito.

Vestía de negro, de un negro definitivamente respetable, de gasa funeraria.

Llegaba a la carretera real cuando se encendían las luces de Barcelona. Se encendían, primero, poco a poco, pero a veces se encendían en cascada –una línea larga. Las pequeñas luces del puerto, de colores moribundos, me tenían enamorado. En muchas partes de la ciudad, más que puntos de luz había un aire luminoso, con una borrosidad lumínica, que producía el efecto de venir de la dispersión de una lluvia invisible. Había luces crispadas, luces mórbidas, luces muy tristes, luces que se veía que tenían una alegría ficticia… y muchas clases de luces que flotan inciertas y fundidas por mi memoria de aquellos días muertos.

Nuestra apariencia tiene demasiada gravedad, es excesivamente monótona. Vestimos demasiado de negro y no utilizamos nunca los colores para hacernos más agradables a la vista. Los americanos, en este aspecto, tienen más amenidad, son más divertidos. Utilizan el color constantemente y, a veces, con una gracia prodigiosa.

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Los colores

La siguiente lista es una selección de subrayados del extraordinario Cuaderno gris de Josep Pla –el diario de seiscientas páginas que escribió entre los veintiún y los veintidós años (1918-1919)–, traducido del catalán por Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros.

 

Llevaba, para estar por casa, un pañuelo de seda blanca al cuello –de una blancura perfecta.

A medida que va cayendo la tarde, el cielo, de gris, se vuelve de un blanco de gasa –lívido, irreal.

En un pinar oscuro, que quedaba cerca del camino, se veía un fuego de leña verde que despedía un humo espeso y blanco.

Estas apariciones, sobre todo ahora en verano, en la luz blanca, deslumbrante, frenética del verano, producen una sorpresa que molesta.

Ver los rayos tan próximos, fosforescentes, morados, violáceos, sulfurados de amarillo, acarminados, detrás de la densa cortina blanca, fantasmal, del granizo, es un espectáculo que nunca ningún escenario podría vagamente imitar.

La luz blanca, furiosa, del verano, ha sido impresionante.

La luz es de una blancura gaseosa, efervescente, deslumbrante.

El cielo está borroso y de una opacidad blanca.

Entramos en el comedor cuando aparecen las judías dentro de una humareda blanca llena de confort y de augurios excelentes.

La luz eléctrica hace un efecto delicioso: es blanca y tibia.

¡El mundo está perdido…! –dice, ensanchando el blanco de clara de huevo de sus ojos vaporosos y tristes.

Los blancos de las casas dan una impresión de puerilidad y la cal parece cándida.

La tierra está blanca por la helada y nos precede el humo blanco de la respiración.

La luna pone sobre las paredes de los huertos una blancura espesa y suave.

Blancos puros, palpitantes, de una densidad de blanco oriental.

La violenta detonación –seguida de una irisada espiral de humo blanco– del arma de un cazador.

La luz que entraba por el rosetón irisaba el roquete de los monaguillos y las casullas de los clérigos.

Día opaco, pálido, de color de leche aguada.

Las manchas de sol bailaban en las paredes blancas. En las rendijas de las puertas, la luz explosiva se irisaba.

Era un vejete blanco-rosado, con el cabello fino de color de paja.

El chaleco blanco con botones de nácar de una coloración rosada.

El trigo está en el momento de paso del verde a la espuma blanca y rubia de la madurez.

El mar tiene un color entre amarillo y blanco, de perla.

Vista desde el exterior, Barcelona es una ciudad blanca. Desde el interior, es de un gris ligeramente tocado de amarillo –de color de tierra ácida.

El aire parece un cojín de plumas de canario; unas nubes blancas amueblan la monotonía del azul del cielo.

Fabricaban el blandón, blanco y pálido, para los funerales; el hachón para las procesiones, que goteaba lo mínimo; el cirio para los altares, que era vagamente amarillento, muy bien logrado sobre la ornamentación barroca, y la vela rizada.

La rebanada de pan tiene un color suntuoso; parece un trozo de casulla de cardenal teñida por un sol moribundo.

Cuando los músicos no tocaban, había en el entoldado un rumor espeso. A veces, entre aquel hormigueo en forma de argolla, de color de chocolate a la española con el rosado incierto de las caras, se disparaba el chillido de alguna chica, como si se le hubiese escapado un muelle. Los críos jugaban al escondite entre las piernas de los bailarines y, a veces, rodaban tres o cuatro, como bolas, por el suelo. Siempre había sentada en las sillas alguna madre que daba el pecho al hijo. El color deshecho, afinado, trabajado, lleno de filigranas de estas madres, en aquella luz, me hacía pensar, no sé por qué, en la pintura de Sisley.

Ante la luz amarillenta de los cirios, hacía entrar un sueño manso y dulce.

El viento ha secado el país. En pocos momentos hemos pasado de los verdes tiernos y suaves a los amarillos brillantes y resecos.

En la higuera se posa, a veces, una oropéndola de un amarillo desesperado.

Es una tierra pobre, de trigo y con alguna viña, que en verano se vuelve de un amarillo sin amenidad, monótono y polvoriento.

Parece una luz pasada por un vidrio amarillo y espeso.

Al levantarme, veo que sobre el mundo desciende la luz de un sol de color de paja amarillenta –vagamente rojiza.

La calle, iluminada por una luz blanca magnífica, estaba llena de gente que subía y bajaba ruidosamente. El amarillo de los tranvías era rutilante.

Solamente hay una cosa que no me gusta en este paisaje próspero y enternecedor: el amarillo de los tranvías. El amarillo es el color de los locos.

Las luces de Sant Pere son, como en los años pasados, las más melancólicas y amarillas –de un amarillo oleoso y rancio– de la ciudad. Es una luz que parece inseparable de las viejas piedras.

Las bombillas eléctricas ardían moribundas, con una amarillez fabulosamente anémica.

La tortilla era de un amarillo magnífico: parecía un canario.

El cielo de poniente tiene un color de naranja muy tenue –como el sonido del violín.

Había un cielo que ponía la carne de gallina: barnizado, de color mandarina.

Cubierto de flores rojas, acarminadas, de pistilos amarillentos, era una maravilla…

Por la noche la linterna se encendía y daba una luz roja, débil, como envuelta en telarañas.

Las mejores cerezas no son las tempranas, esto es, las blanquillas, sino las duras, rojas cerezas de carne prieta que llaman de corazón de palomo.

Las viñas rojas, de un rojo maduro, oleoso, empastado.

Los noctámbulos han visto la linterna roja del bergantín ahondarse mar adentro despidiendo, de vez en cuando, un resplandor que fue amorteciéndose en la lejanía nebulosa.

El Cap Roig es de colores calientes –como su nombre indica–, de un rojo suntuoso y concentrado.

Es el tiempo en que se doran las naranjas y los almendros afloran los primeros rosados de coral.

A través de la opacidad del aire, las piedras blancas de la catedral tienen un tono verde claro ligeramente tocado de carmín.

De los huertos, salía un vaho azulado y titilaba la primera estrella…

Desde la sombra se ve el mar blanco, enjabonado, perezoso. El horizonte es azul y fresco.

Mirando, desde el pupitre, el granado sobre el cielo azul lejano.

El aire quedaba limpio, la tierra perdía aspereza, los cielos incandescentes del verano se volvían de un azul tierno.

La pálida vaciedad azulada del cielo parece cobrar una crispación lumínica.

El cielo es de un azul perdido, casi blanco.

Llovizna. Sobre los campos hay una gasa de vapor de agua muy tenue. Las lejanías flotan en una blandura azulada. Se ve salir un humo perezoso por las chimeneas de las casas de payés. El paisaje parece adormecido en la tibieza del silencio.

Entre las brumas errantes aparecen las manchas –azul tierno y fresco– del cielo.

El mar, en la tarde que declina, parece un vidrio transparente tocado de una postrera luz interna: es de un azul tenue, un azul moribundo de una gracia alada, huidiza, sensible.

El otoño tiene cada día más encanto. El tiempo es lluvioso y no se cansa de caer un agua menuda y fina que difumina las montañas en una neblina azulada ligeramente tocada de malva.

Sobre la bahía de Palamós, el mar tiene un azul que parece artificial, un azul goloso, con aguas más pálidas… (no encuentro el adjetivo). Es un azul de contraluz, de anunciación, un azul… –imposible encontrar el adjetivo. Es un azul desazonante, fisiológico, extramarino, un azul que solo se puede ver a través de las aguas de un verde… (fracaso total).

Levantando la cabeza de la almohada, veo el cielo y el mar. Delante de la ventana hay unos mástiles de barca, tensos. El cielo es de un azul aclarado, brillante, esmerilado.

El cielo del norte, tan limpio, toma una coloración vítrea, de zafiro, y tiene una calidad de ojo de pez.

En el horizonte a poniente, entre humos, se veía el cabo de Tossa, de un color de vinagre y, dentro de la bahía, la playa de Aro, que era como una pincelada color de azafrán sobre el verde espeso y húmedo de los pinos, un peñascal en el cual hervía la espuma y la torre Valentina, antigua torre de señales.

Por la noche, pensaba en el ruido grave y solitario que hacía el viento en las altas ramas, veía la luz estática, dulce, que flotaba bajo el verde dorado de los árboles.

Unas matas de glicinas, de un color verde áspero.

A aquella hora regaba sus flores con una regadera de color verde menta que, al mojarse, parecía un verde recién pintado.

Las hileras de pinos ahora vuelven a su verde auténtico. Bajo las ramas flota un verde ligero, claro, aéreo.

La luz de la luna, en el verde profundo de los pinares, toma un color de miel rubia.

Veo el mar de lejos: erizado, verde, lívido.

Hacía una noche oscura pero llena de quietud. El mar no se oía. Se veía, a lo lejos, una luz verde inmóvil: era el fanal del vapor que había quedado encendido por no sé qué determinación del azar. Aquella luz abandonada era una tentación. La gente espiaba el resplandor con la alegría en los ojos.

Las hojitas de acacia de los árboles tienen una inmovilidad completa –un verde pálido y tibio.

Las viñas son el elemento que da color al paisaje –una canción cambiante y diversa. Ahora son de un gris dorado elegantísimo.

Crepúsculo de masas de nubes oscuras, sobre el blanco oxidado del arco del cielo, con un poco de rosa y pinceladas moradas a poniente.

La luz eléctrica alcanza las ristras de ajos y cebollas colgados del techo e irisa sus pieles.

Había un cielo de nieve, color de plata –un cielo estático y glacial.

Llovió casi dos horas. Después, la masa de nubes se rasgó, el viento se llevó las nubes ribeteadas de amarillo y de violeta, salió una media luna fina y clara y unas estrellas limpias y afiladas. El resplandor estelar se irisó en las cornisas de las casas empapadas; puso, en los charcos de las calles, unos mortecinos colores de estaño fundido.

Un sombrero que el paso del tiempo y el polvo habían vuelto de un negro incierto, marchito.

Vestía de negro, de un negro definitivamente respetable, de gasa funeraria.

Llegaba a la carretera real cuando se encendían las luces de Barcelona. Se encendían, primero, poco a poco, pero a veces se encendían en cascada –una línea larga. Las pequeñas luces del puerto, de colores moribundos, me tenían enamorado. En muchas partes de la ciudad, más que puntos de luz había un aire luminoso, con una borrosidad lumínica, que producía el efecto de venir de la dispersión de una lluvia invisible. Había luces crispadas, luces mórbidas, luces muy tristes, luces que se veía que tenían una alegría ficticia… y muchas clases de luces que flotan inciertas y fundidas por mi memoria de aquellos días muertos.

Nuestra apariencia tiene demasiada gravedad, es excesivamente monótona. Vestimos demasiado de negro y no utilizamos nunca los colores para hacernos más agradables a la vista. Los americanos, en este aspecto, tienen más amenidad, son más divertidos. Utilizan el color constantemente y, a veces, con una gracia prodigiosa.

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Grietas en el cielo

Recuerdo de una constelación (2024) es un singular díptico de Hugo Lugo que presenta a un personaje masculino acostado, viendo el firmamento donde destaca un astro que brilla intensamente. La obra se caracteriza por contar con las superficies monocromáticas distintivas de su producción. El hombre parece, así, flotar en un espacio infinito, de un azul profundo. Las estrellas se concentran en una de las dos partes del díptico, ubicada en la parte superior y que conforma una pintura de paisaje nocturno. Recuerdo de una constelación es, también, la primera pieza (en cuanto a fecha de producción) que forma parte de la exposición La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo, en el Museo Espacio de Aguascalientes, un proyecto relacionado con la memoria y los recuerdos, como una construcción articulada a partir de un conjunto de fragmentos en la que los objetos participan y los hechos se recuentan metafóricamente o de manera imaginativa. En un texto que escribió para esta muestra, Lugo especifica:

En 1986 el cometa Halley orbitó cerca de la Tierra y fue visible por aproximadamente una semana. Una de esas noches, en aquel contexto rural en el que crecí, mi padre y yo tratamos de huir del calor sofocante después de una lluvia de verano, tras habernos quedado sin electricidad. Subimos al techo de la casa para intentar dormir sobre esa losa inclinada, improvisamos una cama con almohadas y sábanas, y nos tendimos esperando que alguna ráfaga de viento nos refrescara el sueño. Fue bajo aquel inmenso manto estrellado, observado desde ese lugar tan inusual y acompañado de mi padre, que se configuró algo de mi visión del mundo.

Hugo Lugo

Hugo Lugo, Recuerdo de una constelación (2024). Cortesía del artista

La casa en cuestión encuentra forma en La idea recurrente de quedarse (2026), una pintura compuesta de tres elementos que, en sí, construyen una vivienda con una forma simplificada, como en los dibujos prototípicos de la infancia. Dentro de esta morada se encuentra un personaje masculino acostado, siendo abrazado por otro, que resulta inusual en la producción de Lugo por su falta de definición. Este personaje, que se representa como una sombra, como un recuerdo que no alcanza a definir un rostro reconocible, aparece en varias de las obras que componen La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo, imprimiendo una extrañeza singular al conjunto. Su presencia es distintiva y comparte protagonismo con el otro tipo de personajes que son habituales y emblemáticos de la producción del artista.

Desde hace años la pintura de Hugo Lugo se ha caracterizado por contar con la presencia de un personaje masculino que aparece en escenas inusuales, debido a los juegos de escala y al uso particular de la perspectiva y los planos cromáticos, entre otras cuestiones formales. Esta clase de personajes y las escenas en las que se encuentran envueltos traen a la mente el trabajo de algunos pintores mexicanos activos entre los años setenta y noventa, que también representaban a hombres en escenarios singulares, como en los casos de Enrique Guzmán o Julio Galán. En Niño con navajas (1975) y El destino secreto (1976), de Guzmán, figuran personajes masculinos dentro de ambientes metafísicos, con arquitecturas ambiguas o fantásticas, donde se ha perdido la noción de escala y cierta coherencia espaciotemporal. El propio encuentro (1975), por su parte, presenta una solución de apariencia abstracta conseguida a partir de la repetición de círculos y un énfasis en lo retiniano. No obstante, la presencia de un hombre diminuto levantando los brazos descubre una profundidad en la composición concéntrica, como si se tratara de un remolino que arrastra al personaje en espiral hacia el fondo. A su manera, Luego ha empleado una solución similar y ha creado pinturas abstractas, de campos de colores sólidos y bien delimitados, para articular un espacio en los que aparecen y desaparecen sus personajes. Esta solución, que muchas veces contiene un juego de ocultar y revelar, se aprecia en su pintura de 2021 Meditaciones sobre el espacio a partir del vacío (gris mineral).   

Hugo Lugo

Hugo Lugo, La idea recurrente de quedarse (2026). Cortesía del artista

El artista recurre a este tipo de estrategia en un tríptico que forma parte de La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo, en el que aparecen tres personajes en el límite espacial entre dos colores, cada uno portando y revelando un objeto distinto. Lectura de un pasado: una carta. Lectura del futuro: una granada. Lectura del presente: un ramo de flores. Estos objetos simbólicos son protagónicos en este tríptico y reaparecen, de manera individual, en otras obras que forman parte del proyecto, a la manera de naturalezas muertas. En estas pinturas de pequeño formato, Lugo despliega su maestría técnica y el gusto por una precisión que logre capturar la atención del espectador o confundir su percepción.

El ramo de flores Sin título (ensayo crítico sobre la belleza) es, a su vez, parte de un díptico junto a la representación de las flores de un cardo santo, una planta endémica de la región de Sinaloa de donde es originario el artista. Los recuerdos, como esta pintura apunta, no se inscriben sólo dentro una casa, sino que contemplan todo un territorio, el campo, con sus especies animales y vegetales, todo un sistema biocultural. Los elementos son propensos a relacionarse de distintas maneras o a ser entendidos metafóricamente. La pintura del ramo de flores y la imagen del cardo santo, así, podrían relacionarse con el género de la naturaleza muerta o la ilustración científica, o también pueden traer a la mente el contraste entre un ambiente doméstico y otro agreste, como territorios de lo femenino y lo masculino, respectivamente.

La representación de la fauna característica de la región donde Hugo Lugo pasó su infancia también participa de estas imágenes, que tienen que ver con recuerdos e historia personal, como águilas, caballos, venados. Muchos de ellos aparecen interactuando con los personajes masculinos en superficies circulares, un formato que busca desprenderse de las coordenadas o referentes espaciales que se pueden situar, con mayor facilidad, en formatos cuadrangulares. En varias de estas pinturas reaparece el personaje con un rostro que carece de definición, como un recuerdo que no se logra concretar, donde se han perdido o se han preferido olvidar detalles. Las situaciones en las que se encuentran estas figuras masculinas suman su extrañeza al aparecer, en distintos casos, levitando o desnudo parado sobre un caballo que pasta plácidamente. En Concilio de la sombra uno de estos personajes-sombra aparece en contacto y unión con un venado, tocando sus cabezas en una pose de tensión, como si estuvieran a punto de iniciar una confrontación o un baile. Este animal típico de la región, conectado con la cultura mayo (yoreme), puede ser entendido, dentro del proyecto de Lugo, como una figura simbólica, paternal, de acuerdo a la narrativa que propone en este proyecto.

Hugo Lugo

Hugo Lugo, Concilio de la sombra (2024-25). Cortesía del artista

Además de este grupo de pinturas, La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo presenta varias piezas tridimensionales y un video. Hay un par de piezas que utilizan recipientes de cerámica, también vinculados a la cultura mayo. El díptico Forma de correspondencia (ad infinitum) está conformado de una pieza de barro y una pintura, mientras que la instalación El espacio interior (agua de lluvia) consta de varios recipientes y el audio de un goteo. En cada uno de estos objetos, Lugo ha pintado en su interior un fragmento del cielo nocturno, de un azul profundo y poblado de estrellas, que el espectador descubre al acercarse, intrigado por el sonido. Otra pieza tridimensional que forma parte de este proyecto es Iluminar lo olvidado (2011), que recurre a una canoa de remos de madera que ha sido calcinada y dispuesta sobre una pila de carbón, como si hubiera encallado. De este interior obscuro irradia una luz neón que crea una presencia fuertemente sensorial. La embarcación es similar a la que el artista utilizaba de manera regular con su familia para cruzar el Río Fuerte cuando era niño, mientras que la presencia del carbón se puede relacionar con el palo fierro como otro elemento natural que es distintivo del paisaje local.

Alegoría de diván, por otro lado, representa el tipo de catres que su familia utilizaba, durante su infancia, para dormir a la intemperie en las noches más calurosas. Cubierto de hoja de oro, cuenta con un brillo particular. El objeto y el título se refieren a dos rutas para acercarse a la memoria y al pasado, a través de los sueños y el psicoanálisis. Esta pieza puede resumir, de manera más concreta, la intención más contundente de esta exposición de Hugo Lugo (Los Mochis, 1974): subrayar el ejercicio de recordar como un rasgo constitutivo de los seres humanos, expresado a través de una experiencia personal. Acostado sobre ese diván-catre, el individuo –cualquiera– recuerda o sueña un conjunto de imágenes metafóricas y simbólicas, como las pinturas y esculturas que dan forma a este proyecto.   

Hugo Lugo

Vista de la exposición La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo, de Hugo Lugo, en el Museo Espacio, Aguascalientes, 2026. Cortesía del artista

Tras su paso por el Museo de Arte Contemporáneo Querétaro (del 13 de marzo al 17 de mayo), La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo puede visitarse en el Museo Espacio de Aguascalientes hasta el 20 de septiembre

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Grietas en el cielo

Recuerdo de una constelación (2024) es un singular díptico de Hugo Lugo que presenta a un personaje masculino acostado, viendo el firmamento donde destaca un astro que brilla intensamente. La obra se caracteriza por contar con las superficies monocromáticas distintivas de su producción. El hombre parece, así, flotar en un espacio infinito, de un azul profundo. Las estrellas se concentran en una de las dos partes del díptico, ubicada en la parte superior y que conforma una pintura de paisaje nocturno. Recuerdo de una constelación es, también, la primera pieza (en cuanto a fecha de producción) que forma parte de la exposición La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo, en el Museo Espacio de Aguascalientes, un proyecto relacionado con la memoria y los recuerdos, como una construcción articulada a partir de un conjunto de fragmentos en la que los objetos participan y los hechos se recuentan metafóricamente o de manera imaginativa. En un texto que escribió para esta muestra, Lugo especifica:

En 1986 el cometa Halley orbitó cerca de la Tierra y fue visible por aproximadamente una semana. Una de esas noches, en aquel contexto rural en el que crecí, mi padre y yo tratamos de huir del calor sofocante después de una lluvia de verano, tras habernos quedado sin electricidad. Subimos al techo de la casa para intentar dormir sobre esa losa inclinada, improvisamos una cama con almohadas y sábanas, y nos tendimos esperando que alguna ráfaga de viento nos refrescara el sueño. Fue bajo aquel inmenso manto estrellado, observado desde ese lugar tan inusual y acompañado de mi padre, que se configuró algo de mi visión del mundo.

Hugo Lugo

Hugo Lugo, Recuerdo de una constelación (2024). Cortesía del artista

La casa en cuestión encuentra forma en La idea recurrente de quedarse (2026), una pintura compuesta de tres elementos que, en sí, construyen una vivienda con una forma simplificada, como en los dibujos prototípicos de la infancia. Dentro de esta morada se encuentra un personaje masculino acostado, siendo abrazado por otro, que resulta inusual en la producción de Lugo por su falta de definición. Este personaje, que se representa como una sombra, como un recuerdo que no alcanza a definir un rostro reconocible, aparece en varias de las obras que componen La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo, imprimiendo una extrañeza singular al conjunto. Su presencia es distintiva y comparte protagonismo con el otro tipo de personajes que son habituales y emblemáticos de la producción del artista.

Desde hace años la pintura de Hugo Lugo se ha caracterizado por contar con la presencia de un personaje masculino que aparece en escenas inusuales, debido a los juegos de escala y al uso particular de la perspectiva y los planos cromáticos, entre otras cuestiones formales. Esta clase de personajes y las escenas en las que se encuentran envueltos traen a la mente el trabajo de algunos pintores mexicanos activos entre los años setenta y noventa, que también representaban a hombres en escenarios singulares, como en los casos de Enrique Guzmán o Julio Galán. En Niño con navajas (1975) y El destino secreto (1976), de Guzmán, figuran personajes masculinos dentro de ambientes metafísicos, con arquitecturas ambiguas o fantásticas, donde se ha perdido la noción de escala y cierta coherencia espaciotemporal. El propio encuentro (1975), por su parte, presenta una solución de apariencia abstracta conseguida a partir de la repetición de círculos y un énfasis en lo retiniano. No obstante, la presencia de un hombre diminuto levantando los brazos descubre una profundidad en la composición concéntrica, como si se tratara de un remolino que arrastra al personaje en espiral hacia el fondo. A su manera, Luego ha empleado una solución similar y ha creado pinturas abstractas, de campos de colores sólidos y bien delimitados, para articular un espacio en los que aparecen y desaparecen sus personajes. Esta solución, que muchas veces contiene un juego de ocultar y revelar, se aprecia en su pintura de 2021 Meditaciones sobre el espacio a partir del vacío (gris mineral).   

Hugo Lugo

Hugo Lugo, La idea recurrente de quedarse (2026). Cortesía del artista

El artista recurre a este tipo de estrategia en un tríptico que forma parte de La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo, en el que aparecen tres personajes en el límite espacial entre dos colores, cada uno portando y revelando un objeto distinto. Lectura de un pasado: una carta. Lectura del futuro: una granada. Lectura del presente: un ramo de flores. Estos objetos simbólicos son protagónicos en este tríptico y reaparecen, de manera individual, en otras obras que forman parte del proyecto, a la manera de naturalezas muertas. En estas pinturas de pequeño formato, Lugo despliega su maestría técnica y el gusto por una precisión que logre capturar la atención del espectador o confundir su percepción.

El ramo de flores Sin título (ensayo crítico sobre la belleza) es, a su vez, parte de un díptico junto a la representación de las flores de un cardo santo, una planta endémica de la región de Sinaloa de donde es originario el artista. Los recuerdos, como esta pintura apunta, no se inscriben sólo dentro una casa, sino que contemplan todo un territorio, el campo, con sus especies animales y vegetales, todo un sistema biocultural. Los elementos son propensos a relacionarse de distintas maneras o a ser entendidos metafóricamente. La pintura del ramo de flores y la imagen del cardo santo, así, podrían relacionarse con el género de la naturaleza muerta o la ilustración científica, o también pueden traer a la mente el contraste entre un ambiente doméstico y otro agreste, como territorios de lo femenino y lo masculino, respectivamente.

La representación de la fauna característica de la región donde Hugo Lugo pasó su infancia también participa de estas imágenes, que tienen que ver con recuerdos e historia personal, como águilas, caballos, venados. Muchos de ellos aparecen interactuando con los personajes masculinos en superficies circulares, un formato que busca desprenderse de las coordenadas o referentes espaciales que se pueden situar, con mayor facilidad, en formatos cuadrangulares. En varias de estas pinturas reaparece el personaje con un rostro que carece de definición, como un recuerdo que no se logra concretar, donde se han perdido o se han preferido olvidar detalles. Las situaciones en las que se encuentran estas figuras masculinas suman su extrañeza al aparecer, en distintos casos, levitando o desnudo parado sobre un caballo que pasta plácidamente. En Concilio de la sombra uno de estos personajes-sombra aparece en contacto y unión con un venado, tocando sus cabezas en una pose de tensión, como si estuvieran a punto de iniciar una confrontación o un baile. Este animal típico de la región, conectado con la cultura mayo (yoreme), puede ser entendido, dentro del proyecto de Lugo, como una figura simbólica, paternal, de acuerdo a la narrativa que propone en este proyecto.

Hugo Lugo

Hugo Lugo, Concilio de la sombra (2024-25). Cortesía del artista

Además de este grupo de pinturas, La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo presenta varias piezas tridimensionales y un video. Hay un par de piezas que utilizan recipientes de cerámica, también vinculados a la cultura mayo. El díptico Forma de correspondencia (ad infinitum) está conformado de una pieza de barro y una pintura, mientras que la instalación El espacio interior (agua de lluvia) consta de varios recipientes y el audio de un goteo. En cada uno de estos objetos, Lugo ha pintado en su interior un fragmento del cielo nocturno, de un azul profundo y poblado de estrellas, que el espectador descubre al acercarse, intrigado por el sonido. Otra pieza tridimensional que forma parte de este proyecto es Iluminar lo olvidado (2011), que recurre a una canoa de remos de madera que ha sido calcinada y dispuesta sobre una pila de carbón, como si hubiera encallado. De este interior obscuro irradia una luz neón que crea una presencia fuertemente sensorial. La embarcación es similar a la que el artista utilizaba de manera regular con su familia para cruzar el Río Fuerte cuando era niño, mientras que la presencia del carbón se puede relacionar con el palo fierro como otro elemento natural que es distintivo del paisaje local.

Alegoría de diván, por otro lado, representa el tipo de catres que su familia utilizaba, durante su infancia, para dormir a la intemperie en las noches más calurosas. Cubierto de hoja de oro, cuenta con un brillo particular. El objeto y el título se refieren a dos rutas para acercarse a la memoria y al pasado, a través de los sueños y el psicoanálisis. Esta pieza puede resumir, de manera más concreta, la intención más contundente de esta exposición de Hugo Lugo (Los Mochis, 1974): subrayar el ejercicio de recordar como un rasgo constitutivo de los seres humanos, expresado a través de una experiencia personal. Acostado sobre ese diván-catre, el individuo –cualquiera– recuerda o sueña un conjunto de imágenes metafóricas y simbólicas, como las pinturas y esculturas que dan forma a este proyecto.   

Hugo Lugo

Vista de la exposición La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo, de Hugo Lugo, en el Museo Espacio, Aguascalientes, 2026. Cortesía del artista

Tras su paso por el Museo de Arte Contemporáneo Querétaro (del 13 de marzo al 17 de mayo), La lluvia se escapa por una grieta hacia el cielo puede visitarse en el Museo Espacio de Aguascalientes hasta el 20 de septiembre

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jueves, 10 de septiembre de 2026

El nuevo voyerismo

El canal de YouTube The Chateau Diaries fue creado por Stephanie Jarvis; su primera transmisión ocurrió en septiembre de 2018. El propósito del canal es documentar la remodelación del Castillo de Lalande, construcción del siglo XVI localizada en la región Centro-Valle del Loira, Francia. Jarvis adquirió el castillo con una amiga, con la esperanza de que funcionara como hotel para así recuperar la inversión. En Internet es común encontrar historias de turistas que compran residencias o castillos abandonados a un precio de remate.

El negocio de Jarvis parecía llegar a su fin con la pandemia del covid en 2020, pues el confinamiento terminó con los viajes y el turismo. Sin embargo, comenzó a documentar su vida en Lalande en su canal de YouTube. Las suscripciones aumentaron exponencialmente hasta llegar, en la actualidad, a 299 mil. El éxito de The Chateau Diaries salvó las finanzas de Jarvis, pues no había considerado los gastos que implica mantener y remodelar un castillo. Además, la convirtió en una estrella de Internet, una influencer o “creadora de contenido” cuya cuenta bancaria tiene ingresos gracias a los miles de visitantes, suscriptores, patrocinadores y fans que siguen, día a día, la vida de Jarvis y sus amigos.

The Chateau Diaries no es, por supuesto, el único canal en YouTube que documenta la remodelación de un inmueble y las experiencias de sus habitantes. Siguiendo la fórmula para monetizar la vida privada –explotada poco antes por los llamados reality shows– hay cientos de videos en los que vemos remodelaciones, viajes, restauraciones, recetas de cocina, entre muchas otras actividades. Antes de la pandemia, en 2017, la creadora de contenido china Li Ziqi cobró fama gracias a un canal en el que muestra el proceso de creación de platillos tradicionales de su país. El entorno exuberante del bosque, además del cuidadoso trabajo de edición, música y fotografía, transforman cada video –de poco más de 10 minutos– en una experiencia estética que idealiza las regiones rurales chinas. Los millones de espectadores que se deleitan con las imágenes de Li Ziqi le permitieron ganar mucho dinero con la plataforma y, después, echar a andar una marca de alimentos, además de ser reconocida por el gobierno de su país.

En 2019 el chef Amiraslan Ramikhanov, oriundo de Azerbaiyán, creó el canal de YouTube Country Life Vlog, en el que su madre, Aziza, realiza diferentes platillos de su región –Qusar– mientras se muestra la paradisiaca naturaleza del lugar y la vida rural en el que podemos ver vacas, gallinas, gatos y diferentes tipos de aves. Sobra decir que el trabajo de edición y la estética que transmite es similar al de la creadora de contenido china. Hasta el momento, el canal de Ramikhanov tiene más de ocho millones de suscriptores.

El fenómeno de los canales de YouTube como los que menciono es, por supuesto, un síntoma de nuestros tiempos. El auge de la hiperrealidad no sólo ocurre con la exhibición sin filtros de la violencia en internet. Existe una necesidad de mirar escenas que nos tranquilicen y transmitan sensaciones imposibles de experimentar en las grandes urbes. Encerrados durante la pandemia, las imágenes idílicas del campo en distintas regiones del mundo sirvieron como un placebo, la posibilidad de un modo diferente, casi al alcance de la mano. Sin embargo, la realidad que muestran –en algunos casos retrabajada con infinidad de filtros y ediciones hasta hacerla parecer creada por inteligencia artificial generativa– es una coreografía para los sentidos y, sus creadores, un ejército de personas que luchan por visibilidad en el algoritmo y tratan de adelantarse a cualquier cambio en sus tendencias. Para no perder seguidores tienen que cumplir su principal promesa: ofrecer un espacio en el que el espectador pueda refugiarse. Da lo mismo si es un carpintero remodelando un mueble, una granjera cuidando a unas gallinas o una anfitriona remodelando un castillo y recibiendo huéspedes que, además del pago por pasar la noche en el lugar que vieron innumerables veces en YouTube, se volverán parte del show.

La principal paradoja de la realidad que ofrecen estos canales es la lucha constante por evitarla. La principal intromisión es, por supuesto, cualquier mención a algún hecho que aparezca en los titulares de los medios tradicionales. En algunos canales –los más cercanos a la atmósfera relajante de la música new age y el andamiaje onírico que proponen– la imagen suple cualquier palabra y apenas algunos subtítulos ofrecen contexto. En otros, como The Chateau Diaries, los videos se concentran en las trivialidades de la remodelación del castillo y las excursiones a lugares cercanos, casi siempre turísticos. La idea es mostrar como producto una suerte de microcosmos, un limbo en el que el mundo exterior no se entromete. Stephanie Jarvis, en muchos de sus videos, ofrece una fiesta perpetua con sus huéspedes. En un capítulo documentó una convención de creadores de contenido premiados por YouTube gracias a sus millones de suscriptores.

La experiencia con otros influencers fue la culminación de la dinámica de exhibición de nuestra época: personas grabando a otras personas que también las graban para sus respectivos canales porque se tiene que generar contenido constantemente. En ocasiones un personaje secundario de un canal protagoniza su propia exhibición privada para tratar de alcanzar el éxito mediático. La regla es mantener a raya cualquier cosa que incomode al voyerista que busca confort. A veces la realidad se entromete y sólo queda disimular para mantener el negocio. Los incendios recientes en Francia, además de las olas de calor que han roto récords en el país, cobraron protagonismo en un viaje de Stephanie Jarvis que tuvo que mencionar la situación para sus seguidores. De igual forma, fue imposible disimular el calor –que en algunas regiones de Francia llegó a los 40 grados centígrados– en un castillo que no fue construido para un clima como el que espera esa parte de Europa gracias a la crisis climática. Sin embargo, como la famosa orquesta del Titanic, los músicos deben seguir tocando para la audiencia.

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El nuevo voyerismo

El canal de YouTube The Chateau Diaries fue creado por Stephanie Jarvis; su primera transmisión ocurrió en septiembre de 2018. El propósito del canal es documentar la remodelación del Castillo de Lalande, construcción del siglo XVI localizada en la región Centro-Valle del Loira, Francia. Jarvis adquirió el castillo con una amiga, con la esperanza de que funcionara como hotel para así recuperar la inversión. En Internet es común encontrar historias de turistas que compran residencias o castillos abandonados a un precio de remate.

El negocio de Jarvis parecía llegar a su fin con la pandemia del covid en 2020, pues el confinamiento terminó con los viajes y el turismo. Sin embargo, comenzó a documentar su vida en Lalande en su canal de YouTube. Las suscripciones aumentaron exponencialmente hasta llegar, en la actualidad, a 299 mil. El éxito de The Chateau Diaries salvó las finanzas de Jarvis, pues no había considerado los gastos que implica mantener y remodelar un castillo. Además, la convirtió en una estrella de Internet, una influencer o “creadora de contenido” cuya cuenta bancaria tiene ingresos gracias a los miles de visitantes, suscriptores, patrocinadores y fans que siguen, día a día, la vida de Jarvis y sus amigos.

The Chateau Diaries no es, por supuesto, el único canal en YouTube que documenta la remodelación de un inmueble y las experiencias de sus habitantes. Siguiendo la fórmula para monetizar la vida privada –explotada poco antes por los llamados reality shows– hay cientos de videos en los que vemos remodelaciones, viajes, restauraciones, recetas de cocina, entre muchas otras actividades. Antes de la pandemia, en 2017, la creadora de contenido china Li Ziqi cobró fama gracias a un canal en el que muestra el proceso de creación de platillos tradicionales de su país. El entorno exuberante del bosque, además del cuidadoso trabajo de edición, música y fotografía, transforman cada video –de poco más de 10 minutos– en una experiencia estética que idealiza las regiones rurales chinas. Los millones de espectadores que se deleitan con las imágenes de Li Ziqi le permitieron ganar mucho dinero con la plataforma y, después, echar a andar una marca de alimentos, además de ser reconocida por el gobierno de su país.

En 2019 el chef Amiraslan Ramikhanov, oriundo de Azerbaiyán, creó el canal de YouTube Country Life Vlog, en el que su madre, Aziza, realiza diferentes platillos de su región –Qusar– mientras se muestra la paradisiaca naturaleza del lugar y la vida rural en el que podemos ver vacas, gallinas, gatos y diferentes tipos de aves. Sobra decir que el trabajo de edición y la estética que transmite es similar al de la creadora de contenido china. Hasta el momento, el canal de Ramikhanov tiene más de ocho millones de suscriptores.

El fenómeno de los canales de YouTube como los que menciono es, por supuesto, un síntoma de nuestros tiempos. El auge de la hiperrealidad no sólo ocurre con la exhibición sin filtros de la violencia en internet. Existe una necesidad de mirar escenas que nos tranquilicen y transmitan sensaciones imposibles de experimentar en las grandes urbes. Encerrados durante la pandemia, las imágenes idílicas del campo en distintas regiones del mundo sirvieron como un placebo, la posibilidad de un modo diferente, casi al alcance de la mano. Sin embargo, la realidad que muestran –en algunos casos retrabajada con infinidad de filtros y ediciones hasta hacerla parecer creada por inteligencia artificial generativa– es una coreografía para los sentidos y, sus creadores, un ejército de personas que luchan por visibilidad en el algoritmo y tratan de adelantarse a cualquier cambio en sus tendencias. Para no perder seguidores tienen que cumplir su principal promesa: ofrecer un espacio en el que el espectador pueda refugiarse. Da lo mismo si es un carpintero remodelando un mueble, una granjera cuidando a unas gallinas o una anfitriona remodelando un castillo y recibiendo huéspedes que, además del pago por pasar la noche en el lugar que vieron innumerables veces en YouTube, se volverán parte del show.

La principal paradoja de la realidad que ofrecen estos canales es la lucha constante por evitarla. La principal intromisión es, por supuesto, cualquier mención a algún hecho que aparezca en los titulares de los medios tradicionales. En algunos canales –los más cercanos a la atmósfera relajante de la música new age y el andamiaje onírico que proponen– la imagen suple cualquier palabra y apenas algunos subtítulos ofrecen contexto. En otros, como The Chateau Diaries, los videos se concentran en las trivialidades de la remodelación del castillo y las excursiones a lugares cercanos, casi siempre turísticos. La idea es mostrar como producto una suerte de microcosmos, un limbo en el que el mundo exterior no se entromete. Stephanie Jarvis, en muchos de sus videos, ofrece una fiesta perpetua con sus huéspedes. En un capítulo documentó una convención de creadores de contenido premiados por YouTube gracias a sus millones de suscriptores.

La experiencia con otros influencers fue la culminación de la dinámica de exhibición de nuestra época: personas grabando a otras personas que también las graban para sus respectivos canales porque se tiene que generar contenido constantemente. En ocasiones un personaje secundario de un canal protagoniza su propia exhibición privada para tratar de alcanzar el éxito mediático. La regla es mantener a raya cualquier cosa que incomode al voyerista que busca confort. A veces la realidad se entromete y sólo queda disimular para mantener el negocio. Los incendios recientes en Francia, además de las olas de calor que han roto récords en el país, cobraron protagonismo en un viaje de Stephanie Jarvis que tuvo que mencionar la situación para sus seguidores. De igual forma, fue imposible disimular el calor –que en algunas regiones de Francia llegó a los 40 grados centígrados– en un castillo que no fue construido para un clima como el que espera esa parte de Europa gracias a la crisis climática. Sin embargo, como la famosa orquesta del Titanic, los músicos deben seguir tocando para la audiencia.

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miércoles, 9 de septiembre de 2026

Sobre (y de) ‘Tragazona’

“A cierta distancia / la luz no puede / alcanzarnos”

Matías Ruiz

 

1.

Nobody wants any more poems / about foreign cities”. Tomo el epígrafe de Charles Tomlinson que abre el libro como una advertencia y, al mismo tiempo, como una clave de lectura. Tragazona (Álbum del Universo Bakterial, 2026) no es un libro sobre una ciudad extranjera. Si bien los textos que lo componen giran en torno a una serie de referentes espaciales (la Tróade de Misia, el monte Ida, el Gárgaro, el río Esepo, etc.), quien abra sus páginas buscando fijar un escenario, una voz, el relato de un viaje, fracasará. Me gustaría, en su lugar, introducir la idea de que lo que guía la propuesta de Rodrigo Vera Cubas (Lima, 1987) es un cuestionamiento de la mirada a partir de múltiples cambios de escala y posiciones de observación.

La mirada resulta un problema central desde el primer poema. “dónde mirarnos”, se dice en el verso inicial. Esta primera escena nos sitúa ante una percepción dislocada para la cual los referentes espaciales, el “contexto”, han sido desdibujados. ¿“dónde mirarnos” si se ha “abandonado el contexto” y los puntos de referencia se han vuelto inestables, si lo que vemos es, desde un inicio, un paisaje estallado, reducido a un cúmulo de detalles y superficies flotantes? ¿Dónde ubicar la mirada?

2.

La colocación a distancia es una de las formas bajo las cuales se organiza la visión del sujeto de los textos. Allí se mide la tensión entre aquello que resulta visible y aquello que no. En La invención de lo cotidiano, Michel de Certeau plantea una distinción entre la mirada a distancia, de quien se ubica en una posición alejada para ver, en un afán totalizador, la ciudad como conjunto, y la mirada trashumante, la del sujeto perdido entre la multitud e inmerso en la experiencia de una espacialidad que se le muestra opaca. Pero la poética de Vera trabaja las escalas espaciales más allá de ese sentido jerárquico. Lejos de proporcionar una visión de conjunto, nítida, en que la ciudad aparece como un texto perfectamente legible, aquí la toma de distancia se presenta más bien como índice de pérdida:

 

a cierta distancia

la luz no puede alcanzarnos

y no hay forma de medir

lo que allí ocurre existe

 

O como contradicción:

 

vi la ciudad a lo lejos

             no

                 la vi

 

En otros casos, esta mirada a distancia se configura a partir de un movimiento de zoom out con el que el hablante de los textos nombra los distintos elementos de la escena que lo rodea:

 

hola glande, hola techo, hola cielo millonario, hola humedad presión

temperatura laxitud del universo roca ácida en lugar de asteroide que no

huele peponcito de sopa primigenia

 

Hay, entonces, una consciencia del paralaje, es decir, de que distintos ángulos de visión producen realidades igualmente distintas. La crítica a la perspectiva se centra, así, en desarticular las formas de percepción habituales, en hacerlas estallar, por ejemplo, a través de la paradoja: “el Diplodocus será siempre gigante / incluso a la distancia / no importa dónde estén tus ojos / ni dónde esté su cara”.

3.

La existencia o no-existencia de aquello que es perdido para la visión aparece como uno de los tópicos centrales del libro. La repetición de la palabra “existe” al final de cada uno de los poemas que conforman la segunda sección puede leerse no sólo como un guiño a la poesía enumerativa de Inger Christiensen, sino también como la insistencia por nombrar una realidad que se escapa a la mirada. De ahí que se aluda a una serie de interlocutores antagónicos que metonímicamente refieren al cálculo, a la técnica y a las formas institucionalizadas de medición del espacio: el cartógrafo, el topógrafo, el espeléologo, etc. De esta forma, la presencia de una mirada dislocada y lacunar frente a otra de afán totalizador es lo que rige la experiencia perceptiva del poemario: “yo la verdad me habría quedado feliz / apreciando mi descomposición / pero vinieron / los señores con sus reglas / a querer forjarme / un estilo sideral un estilo en base”.

En Tragazona los referentes geográficos aparecen dentro de un juego de tensiones entre lo visible y lo invisible, entre lo legible y lo ilegible. El monte Ida es, por ejemplo, un escenario recurrente, pero un escenario enrarecido e inestable. A lo largo del libro, sea por los constantes juegos de perspectiva o por la experimentación sonora, los referentes espaciales quedan disueltos, o prácticamente irreconocibles. Y esto ocurre precisamente allí donde lenguaje y mirada entran en conflicto: “el name distorsiona las escalas y ensombrece los accesos”. La tensión entre ver y nombrar tiene como efecto la distorsión y, en algunos casos, el borramiento de estos referentes.

Creo que hacia allí apunta la descomposición tipográfica que el libro hace de las coordenadas que titula cada una de las secciones del libro. Es decir, es en ese gesto de contracción y superposición de los caracteres que conforman estas coordenadas donde se llama la atención sobre la imposibilidad de leer una ciudad ajena, y es en ese extrañamiento donde el sujeto poético se vuelve Otro en el acto de enunciación: “Soy el travesti de mi novia favorita”.

Hay un extrañamiento del “yo” producido en el habla del sujeto poético que puede rastrearse a partir de la introducción de la figura del doble. En algunos casos, el sujeto aparece como un elemento más del espacio observado, es decir, se mira en tercera persona: (“alguien con mi cara / intenta hacer música / frente al banco Pichincha”). Se produce así una enajenación que opera como un proceso de desconocimiento de la propia imagen. Las posiciones paradójicas (que recuerdan al Vallejo de Trilce, el de “esas posaderas sentadas para arriba”) desplazan en el cuerpo mismo del hablante la posibilidad de su reconocimiento como un todo (“no soy el lugar en el que estás / estás / en el lugar en el que soy”). Esto ocurre también, desde luego, en el recurso a los juegos de combinatorias. En algunos casos, las posiciones de los elementos convocados en el texto se alternan hasta el punto de desdibujar cualquier imagen reconocible de un cuerpo o escena: “la intercambiabilidad de las flores tiene un costo”, dice uno de los poemas.

4.

Quisiera terminar aludiendo al tópico del viaje y llamando la atención acerca de que la deriva que emprende esta poética, su desplazamiento interno, tiene que ver, más que con una dimensión geográfica, con el trabajo constante sobre la sonoridad del signo. El juego de paronomasias, homofonías, aliteraciones y calambures abre la lectura a un desencuentro entre sonido y sentido, a una deriva significante plegada sobre sí misma. Pongo solo un ejemplo: “Ama mantra mez quita lamano otomano mustio sin faquir echado”. El exceso de sonido aparece entonces como un agente deformante en que el habla enajenada del sujeto, en un gesto logofágico (y allí una posible resonancia con el “tragar” del título del libro), cancela la posibilidad de reconstrucción de un relato, de una memoria de viaje.

En ciertos casos, los textos llevan a cabo una deconstrucción sonora de formulaciones iniciales, como en el poema “[baba i ajos]”, donde la frase “el trabajo está en su sitio” es sometida a procedimientos de permutación y fragmentación (el mismo título del poema es un ejemplo de ello). Con todo, no se trata de una poética que ha renunciado a “la exactitud del nombre”. De hecho, uno de los logros de Tragazona consiste en proponer un balance entre formulaciones proliferantes, diseñadas por el oído, y otras más bien contenidas, que se articulan a través del registro sensorial, del relato de la percepción. Sonido y sentido, así, se mueven en una tensión que a lo largo del libro no alcanza a resolverse. O como dice uno de los poemas: “cuídame de los sonidos que del sentido me cuido yo”.

 

Tragazona (selección)

Rodrigo Vera Cubas

 

Champa de recuerdo amoratado, brama afuera

 

Bajo drones, casi raqueteo un pie cappadoxio en las aldeas. Chola algarabía aerostática cunde lejos y en una sola garganta te diría

 

hola glande, hola techo, hola cielo millonario, hola humedad presión temperatura laxitud del universo roca ácida en lugar de asteroide que no huele peponcito de sopa primigenia, hola alambres satélites merluzas melaza carne sajiro palos nubarrones kilometrajes forrados en Tul y almácigos impuestos peluches médulas juncos bolsas leyes vidrios murciélagos de nariz tubular sanguijuelas eucaliptos musarañas queso petróleo eneldos algas miel de abejas y elefantes vuelvan a juntarse vida imbécil!

 

los adoro a todos los adoro

sin topógrafos que exclamen

 

tu ojo es sádico, pero zonificado

las carcasas del orden lo demuestran

 

perdón, amor

así te diría

                así está la cosa últimamente

así de pulcra

                              hoy   

 

[hijo ido]

 

nadar en la repercusión del agua

es una imagen demasiado mental

 

                                                                    ella dijo

 

no hay sumersión posible

en el efecto

 

las aguas bajan y en la vejiga te pienso mientras

rebota la orina en un vértice formidable

de mí mismo aún para él

desconoc

ido

tal es la liquidez que está ocurriendo

                                              casi de golpe

                                             

 ijo

 

 

[lugares]

 

soy el travesti de mi novia favorita

soy egoísta así que elijo mi ropa

             para vestirme de ella

 

me alcanzo una ciudad

recojo las costumbres

resiento en todos los besos la lengua

del imperio

 

antes de bañarla

anoto cada uno de sus pliegues

siento al colorete facial dibujar

bucles sobre mi espejo

                                            empañado

 

parto en dos la idiosincrasia

de su aliento

inhalo

la clase social la exhalo

y despido mi aroma íntimo

para sudarme de ella

 

luego me ovillo

en su regazo mojado

y registro la espera

cuando la ropa de paso al cuerpo

 

no soy el lugar en el que estás

estás

en el lugar en el que soy

 

dijo el travesti de mi novia favorita

cuyo nombre lejano

termina adentro

como el esperma de ese otro monstruo

celado

que ahora soy

                 sin dejar sernos

 

 

[parece aceite]

 

descansar y mirar las rejas de las tiendas cerradas de golpe a la vez que cierran las fronteras y se abren los puertos de containers, como un entendimiento en el mar negro

el berlón, el cuco y el golondro son signos en la noche distante

la foca monje ha huido del mediterráneo y el paiche aquí no tiene nombre

parece aceite el mar de noche, había leído sobre una carretilla vieja parchada de stickers luminosos

parece aceite refractado en el ojo, lo que busco, meditaba escaldado, mientras nombraba a los peces

miraba rejas

miraba el brillo de las mercancías filtrándose entre cajas

miraba el acueducto disiparse en las fronteras

la cadena de suministros interrumpida por moluscos y corales

me miraba en el espejo de la circulación

sin logística

sin nada

rodeado de enfrentamiento puro me miraba

en el mar de la tranquilidad

hasta alcanzar un reflejo de proporciones inhumanas

me miraba en la violencia de las máquinas frotando

el último bien social utilitario

miraba azulejos, moscas y alicates trenzando

la fuerza ideológica la síntesis falsa

la línea divisoria entre lo instrumental

y lo sentimental

me miraba resueltamente

incompatible con la contemplación

en una posición impensable desde entonces las rejas

se cerraban

la lotería del mar universal mezclaba todas las bolas

minutos antes del relam

                                            pago

 

 

[´´]

 

el agua guagua

deslizando

pue              de

remover

el concolón de

mi cabeza

aledaña

 

          fuera la paila

una conciencia amplia

 

la observación de

una mosca retenida

adentro

que

el aire ama en mi casa

 

y en mi cabeza besa

 

       la muchedumbre

con su ollón al hombro

imaginado

 

habría un montón

de agua en esa espalda

sinagua y habría vidadá

 

si hubiese

una respuesta

lejos de mi hambre

pero es lejos dentro

 

por eso raspa el agua

en el cilin

drogado el aire

 

y ama el óxido parido

en un ollón ajeno

allí la sien

allí la sien

to agua

 

y el aire ama a ledaña

en mi conciencia

 

y en el mismo lecho

raspa el concolón

de mi cabeza

pero no el

 

agua

        gua

gua

 

de mi madre

                en costra líquida

no

ajena

 

 

[para alejo]

 

parece un juego

escupir dentro de un balde rojo

hasta llenarlo de espuma

y hundir tu mano en él

como si nada

 

buscar una sortija blanca

debajo de las aguas que adormecen

al dinosaurio que amas – y

que ha dejado

de funcionar

 

la cucaracha expulsa

un líquido blanco cuando la pisan

pero yo te hablo de una ley

que ahora ignoras

aunque luego te enteres sin saber cómo

 

la ley de la perspectiva parece un juego:

mi cara es más grande cuando me miras de cerca

y más chica cuando te alejas

 

haz la prueba ahora con el dinosaurio:

no funciona

 

el Diplodocus será siempre gigante

incluso a la distancia

no importa dónde estén tus ojos

ni dónde esté su cara

 

pero

 

todo crece

todo crece

en tu cuerpo

mediano

y

mi cara no es un juego

 

aléjate e inténtalo de nuevo,

Alejandro.

 

la sortija blanca es lo único

que permanece al fondo

 

ella nos espera

cuando estemos dentro

y el balde rojo no exista

 

The post Sobre (y de) ‘Tragazona’ first appeared on La Tempestad.



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