George R.R. Martin, creador del famoso universo de Juego de tronos, es quizá víctima de haber escrito un mundo demasiado real para sus numerosos seguidores. En uno de los ensayos reunidos en Juego de tronos. Un libro afilado como el acero valyrio (“¡Ponte a escribir, George R.R. Martin!”), publicado por la editorial española Errata Naturae en 2012, la periodista Laura Miller describe la obsesión de los fans con los libros y el fenómeno cultural generado por la saga, que se mantiene varios años después de la publicación del título más reciente, en 2011, y el final de la serie producida por HBO en 2019.
La creación de Martin ha provocado, como afirma Miller, que muchos fans sean más expertos en Juego de tronos que el autor mismo. Es tal la cantidad de genealogías, símbolos, mensajes encriptados, teorías de la conspiración, polémicas, conocimiento canónico y misterios irresolubles, que George R.R. Martin probablemente dejará inconclusa la saga por dos razones: la imposibilidad de añadir algo más a una creación que lo rebasa en términos de imaginación y memoria y, por supuesto, la tarea de satisfacer a los seguidores de un universo que se ha convertido para ellos en una suerte de religión.
Debido a la sequía creativa de Martin, HBO se ha dedicado a escarbar en los volúmenes de Juego de tronos y en historias publicadas al margen de las narraciones más famosas. Los fans, por su parte, han creado una galería de imágenes y secuencias de video para ilustrar episodios que aparecen en algunos libros o son mencionados de forma indirecta en algún pasaje. Esta imaginería visual es usada en los análisis de especialistas en YouTube, que estrenan sus transmisiones una vez que acaba el capítulo semanal de cualquier serie basada en su universo favorito. Para explotar comercialmente el fenómeno mediático, a Juego de tronos siguió La casa del dragón –precuela con personajes diferentes, estrenada en 2022– y, este año, la primera temporada de El caballero de los Siete Reinos (cocreada por Martin e Ira Parker), historia basada en tres novelas cortas publicadas por el autor entre 1998 y 2010, antes de que la fama de la serie llegara a su vida y se convirtiera en referente global.
Dexter Sol Ansell y Peter Claffey en El caballero de los Siete Reinos (2026). Fotografía: Steffan Hill / HBO
No sólo es interesante la trama de El caballero de los Siete Reinos (las aventuras de un caballero errante y un escudero cuya identidad secreta se revela a las primeras de cambio) sino el hecho de que se estrene en medio de una fuerte crítica de la desigualdad y del poder. Si Juego de tronos y La casa del dragón se concentran en las élites de un mundo de fantasía –aunque termina siendo una copia del Medievo, como gran parte de la fantasía épica–, la nueva serie de HBO tiene como personaje principal a Duncan el Alto, un joven sin abolengo que representa, al menos en esta primera temporada, a la gente de a pie que tiene que sobrevivir a una realidad dictada desde el trono.
El contexto es interesante también, pues la historia retrata el declive de una dinastía –los Targaryen– que ha perdido a los dragones, su arma principal. Inmersa en luchas internas, la élite que oprime la tierra ficticia de Westeros tiene que hacer uso de la tradición, la fuerza militar que aún le es fiel y, sobre todo, la capacidad de imponer respeto en los llamados Siete Reinos. El temor, por supuesto, es otro ingrediente para mantener un equilibrio social cada vez más precario. Tiempo después, cuando la dinastía está casi extinta, una de sus descendientes, Daenerys Targaryen, recupera a los dragones y destruye King’s Landing –la capital de Westeros– en el capítulo 5 de la octava temporada de Juego de tronos, cuyas imágenes recuerdan las de un bombardeo nuclear. El final de la serie remite a un determinismo que molestó a muchos espectadores, pues la rebelión que promete libertad a los oprimidos degenera en una orgía de sangre y en el germen de una dictadura con reminiscencias del fascismo del siglo XX.
Imagen de la serie El caballero de los Siete Reinos (2026), creada por Ira Parker y George R. R. Martin. Fotografía: Steffan Hill / HBO
En medio de la épica trágica de Juego de tronos, la figura de un caballero errante como Duncan el Alto (Peter Claffey) es una reivindicación de los antiguos ideales de la caballería. No sólo eso: el escudero del protagonista es un noble de escasos 8 o 9 años. Aegon “Egg” Targaryen (Dexter Sol Ansell) es un niño que intenta alejarse del poder para no corromperse y encuentra en el caballero un modelo a seguir. La serie, al menos en su primera temporada, apenas recurre a elementos sobrenaturales, pues la intención es mostrar el enfrentamiento entre el idealismo de Duncan el Alto y una sociedad que se ha acostumbrado al sometimiento y es gobernada por tiranos cada vez más alejados de la realidad.
El héroe que inicia su camino desde abajo y enfrenta al poder es un paradigma que se retrata en innumerables narraciones a lo largo del tiempo. En esta nueva aproximación, el contraste entre un caballero que duerme bajo un árbol y una nobleza que ha perdido casi toda su legitimidad encaja muy bien con nuestra época. En el capítulo 5 de la serie, “In the Name of the Mother”, Duncan el Alto se enfrenta a un juicio por combate a causa de su defensa de una mujer agredida por Aerion Targaryen, uno de los herederos al trono y hermano de su escudero. Forzado a obtener un último combatiente para su causa, Duncan el Alto se dirige a la tribuna llena de nobles de distintos rangos y les reclama, mientras algunos guardan silencio y otros se burlan, la falta de honor y la pérdida de principios. Ese reclamo resuena con fuerza en el siglo XXI.
Más allá de lo que suceda con Duncan el Alto, El caballero de los Siete Reinos ofrece una mirada diferente a la idealización de la fantasía épica inspirada en el imaginario asociado a la Edad Media. No es un secreto que la ultraderecha global ha usado la nostalgia por los reinos medievales e, incluso, el Imperio romano para vender la idea de una sociedad patriarcal y jerárquica como remedio al caos de nuestra época. Los grandes emperadores, el determinismo histórico, la jerarquía obtenida por nacimiento y, sobre todo, la idea de una sociedad pura que representa el bien y la civilización enfrentada a una amenaza externa, han sido explotados desde hace mucho tiempo en series y películas. En medio de las grandes historias existen personajes como Duncan el Alto, que rechazan los grandes honores y que van a contracorriente en un mundo en crisis.
Si los grandes reyes del universo de Juego de tronos pueden mandar al matadero a su ejército o ejecutar a alguien por capricho, Duncan el Alto decide perdonar a un rival caído en un duelo y ser amable con los animales, algo que una parte de la sociedad actual no dudaría en calificar de woke, pues va en contra de la política de la crueldad y la deshumanización que se difunde desde diferentes trincheras. La historia de El caballero de los Siete Reinos no es, en absoluto, revolucionaria; sin embargo, muestra que la épica también puede ocurrir en las historias minúsculas –al menos en sus inicios– que contrastan con las leyendas de los grandes hombres. Quizá los fans de George R.R. Martin puedan apreciar este tipo de historias, que ocurren al margen de las grandes batallas.
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