jueves, 9 de julio de 2026

Próximas exposiciones del Museo Jumex

Con Fútbol y arte: esa misma emoción (hasta el 26 de julio), Objetos de leyenda: momentos históricos en la historia del fútbol (hasta el 30 de agosto) y Colección Jumex: visiones difusas (hasta el 30 de agosto) aún en salas, el Museo Jumex de la Ciudad de México anunció su programa expostivo otoño-invierno. Las propuestas dadas a conocer vuelven a poner de relieve una de las constantes de su propuesta curatorial: articular grandes revisiones de artistas fundamentales del arte contemporáneo con proyectos inéditos concebidos para el museo y exposiciones que amplían la presencia de creadores latinoamericanos en el circuito institucional. Entre septiembre de 2026 y febrero de 2027, el recinto reunirá una retrospectiva de Richard Prince, una instalación inmersiva de Álvaro Urbano y la primera exposición individual en México de Raúl Silva.

 

Cuéntamelo todo

Richard Prince

Del 26 de septiembre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Richard Prince, Untitled (2013). © Richard Prince. Cortesía de Richard Prince Studio

La primera gran retrospectiva de Richard Prince (Zona del Canal de Panamá, 1949) en América Latina, Cuéntamelo todo, fue preparada por el artista estadounidense en colaboración con Kit Hammonds, curador en jefe del Museo Jumex. La muestra reunirá más de 130 obras realizadas desde la década de 1970 hasta la actualidad. El recorrido revisa algunas de las series más emblemáticas de Prince –Cowboys, Girlfriends, Jokes y Cartoons– junto a sus tempranas apropiaciones de imágenes publicitarias y de moda, las pinturas de las series Nurses, de Koonings y High Times, así como esculturas y piezas pertenecientes a Hoods. La exposición permite seguir la evolución de una práctica que ha convertido la apropiación de imágenes y el cuestionamiento de la autoría en algunos de los debates centrales del arte contemporáneo.

 

Helen

Álvaro Urbano

Del 16 de octubre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Puerta de acceso a la demolida Casa Cueva, de Juan O’Gorman, en Jardines del Pedregal, Ciudad de México. Fotografía: ProtoplasmaKid, 2025

En Helen, instalación inmersiva creada específicamente para la Galería 1 del Museo Jumex, el artista radicado en Berlín Álvaro Urbano (Madrid, 1983) toma como punto de partida la Casa Cueva construida por Juan O’Gorman entre 1948 y 1952. Para evocar las distintas capas de memoria que han definido ese lugar –ya inexistente–, la pieza entrelaza las historias del arquitecto y artista mexicano, la ilustradora botánica Helen Fowler (esposa de O’Gorman) y la escultora y arquitecta Helen Escobedo (responsable de su demolición), quienes habitaron el inmueble en distintos momentos. A través de una propuesta espacial, Urbano explora las transformaciones arquitectónicas y botánicas del sitio, insistiendo en la manera en que los espacios conservan huellas de quienes los ocuparon.

Gateway

Raúl Silva

Del 16 de octubre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Raúl Silva, La aceleración del tiempo (2026)

Gateway, primera exposición individual de Raúl Silva (Lima, 1991) en México, profundiza en la investigación del artista sobre los medios de comunicación y la tecnología para analizar los cambios económicos y estéticos que acompañaron la expansión de las telecomunicaciones durante la década de los noventa. La exposición reúne una videoinstalación de nueva producción, materiales de archivo, pinturas y esculturas que toman a Cancún como escenario privilegiado para examinar la relación entre turismo, infraestructura tecnológica e imaginarios del pasado prehispánico. Curada por Rosela del Bosque, la muestra propone una lectura crítica de un territorio donde convergen las promesas de la modernidad y las tensiones derivadas de la globalización.

The post Próximas exposiciones del Museo Jumex first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/rEYv1DM
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

Próximas exposiciones del Museo Jumex

Con Fútbol y arte: esa misma emoción (hasta el 26 de julio), Objetos de leyenda: momentos históricos en la historia del fútbol (hasta el 30 de agosto) y Colección Jumex: visiones difusas (hasta el 30 de agosto) aún en salas, el Museo Jumex de la Ciudad de México anunció su programa expostivo otoño-invierno. Las propuestas dadas a conocer vuelven a poner de relieve una de las constantes de su propuesta curatorial: articular grandes revisiones de artistas fundamentales del arte contemporáneo con proyectos inéditos concebidos para el museo y exposiciones que amplían la presencia de creadores latinoamericanos en el circuito institucional. Entre septiembre de 2026 y febrero de 2027, el recinto reunirá una retrospectiva de Richard Prince, una instalación inmersiva de Álvaro Urbano y la primera exposición individual en México de Raúl Silva.

 

Cuéntamelo todo

Richard Prince

Del 26 de septiembre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Richard Prince, Untitled (2013). © Richard Prince. Cortesía de Richard Prince Studio

La primera gran retrospectiva de Richard Prince (Zona del Canal de Panamá, 1949) en América Latina, Cuéntamelo todo, fue preparada por el artista estadounidense en colaboración con Kit Hammonds, curador en jefe del Museo Jumex. La muestra reunirá más de 130 obras realizadas desde la década de 1970 hasta la actualidad. El recorrido revisa algunas de las series más emblemáticas de Prince –Cowboys, Girlfriends, Jokes y Cartoons– junto a sus tempranas apropiaciones de imágenes publicitarias y de moda, las pinturas de las series Nurses, de Koonings y High Times, así como esculturas y piezas pertenecientes a Hoods. La exposición permite seguir la evolución de una práctica que ha convertido la apropiación de imágenes y el cuestionamiento de la autoría en algunos de los debates centrales del arte contemporáneo.

 

Helen

Álvaro Urbano

Del 16 de octubre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Puerta de acceso a la demolida Casa Cueva, de Juan O’Gorman, en Jardines del Pedregal, Ciudad de México. Fotografía: ProtoplasmaKid, 2025

En Helen, instalación inmersiva creada específicamente para la Galería 1 del Museo Jumex, el artista radicado en Berlín Álvaro Urbano (Madrid, 1983) toma como punto de partida la Casa Cueva construida por Juan O’Gorman entre 1948 y 1952. Para evocar las distintas capas de memoria que han definido ese lugar –ya inexistente–, la pieza entrelaza las historias del arquitecto y artista mexicano, la ilustradora botánica Helen Fowler (esposa de O’Gorman) y la escultora y arquitecta Helen Escobedo (responsable de su demolición), quienes habitaron el inmueble en distintos momentos. A través de una propuesta espacial, Urbano explora las transformaciones arquitectónicas y botánicas del sitio, insistiendo en la manera en que los espacios conservan huellas de quienes los ocuparon.

Gateway

Raúl Silva

Del 16 de octubre de 2026 al 7 de febrero de 2027

Museo Jumex

Raúl Silva, La aceleración del tiempo (2026)

Gateway, primera exposición individual de Raúl Silva (Lima, 1991) en México, profundiza en la investigación del artista sobre los medios de comunicación y la tecnología para analizar los cambios económicos y estéticos que acompañaron la expansión de las telecomunicaciones durante la década de los noventa. La exposición reúne una videoinstalación de nueva producción, materiales de archivo, pinturas y esculturas que toman a Cancún como escenario privilegiado para examinar la relación entre turismo, infraestructura tecnológica e imaginarios del pasado prehispánico. Curada por Rosela del Bosque, la muestra propone una lectura crítica de un territorio donde convergen las promesas de la modernidad y las tensiones derivadas de la globalización.

The post Próximas exposiciones del Museo Jumex first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/rEYv1DM
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

jueves, 2 de julio de 2026

Lucrecia Martel a partir de Lucrecia Martel

¿Cómo se mira el reciente documental de Lucrecia Martel, Nuestra tierra (2026), desde las ideas que ella misma ha expresado acerca del cine? Uno de las enunciados más constantes en Un destino común (2025), el libro que reúne varias de sus intervenciones públicas, es que la función política o social de las artes reside en la alteración de nuestra percepción. El pensamiento conservador, los medios de comunicación y las instituciones difunden y replican una visión cerrada de la realidad, su mensaje perpetuo advierte que no hay otra opción, que nuestra manera de vivir es la única posible. Más que proponer un plan detallado de contraataque, la labor de las artes sería por lo menos hacer un espacio, crear una distancia, introducir un lapso en el que la realidad se vuelve desconocida, extraña, ¿dúctil?, en el que nos damos cuenta de que no es tan sólida como se nos dice, que si estiramos los dedos algo podría ocurrirle.

Martel explica que los artistas deberían tener la mirada limpia de un extraterrestre que llega a la Tierra y observa todo sin entender nada. Por ejemplo, por qué hay personas que comen en un restaurante comida fresca y otras que prefieren los desperdicios en la basura de afuera, ¿por qué no van ellas también a sentarse a la mesa con las demás? En la capacidad del pasmo, y en la capacidad de compartirlo, se juega la posibilidad de que el arte nos enseñe a percibir de manera diferente: “El cine quizás nos permita sacudir esa arbitrariedad normalizada de la realidad y nos ayude a ver la posibilidad de un cambio. El cine puede generar un contexto para que suceda una falla de la percepción, algo que provoque una pequeña revelación”.

En Zama (2017) podemos encontrar varios momentos en que este desajuste entre lo real y la percepción normalizada se introduce, en que no reconocemos las formas manidas de presentación de la realidad, en que no entendemos bien a bien qué sucede. Por ejemplo, cuando Zama regresa a su despacho y afuera de él hay un hombre, con casaca y sombrero pero con las piernas desnudas y descalzo, que lo observa seriamente. Durante unos segundos no sabemos quién es, qué hace allí y por qué está vestido de esa forma. Es un efecto de extrañeza total, los dos se miran en silencio, nosotros miramos en silencio también, todo está suspendido, hasta que aquél hombre le pregunta si es Zama y le informa que tiene una carta para él: es un mensajero, los roles ordinarios se retoman.

Más adelante, cuando el grupo incursiona en la selva, aparecen unos indios pintados de rojo. Lo que en una película hollywoodense empezaría inmediatamente como una batalla emocionante, en la elección de Martel es al inicio una incomprensión. Surgen de la nada estos seres espectaculares y no sabemos si son una alucinación colectiva, si son fantasmas, si Zama está soñando, y no sabemos tampoco si los indios están sólo observándolos pacíficamente y luego continuarán su camino, nada nos da la pista del antagonismo –que en una cinta comercial sería sugerido por música trepidante. Pero incluso cuando comienza la lucha también se desarrolla en términos extraños, tapados por los altos pastizales no conocemos realmente la cifra.

Lucrecia Martel

Cortesía de Caja Negra

Lucrecia Martel tiene un olfato particular para crear estas disrupciones: en una de las charlas confiesa que ella quería que las gallinas en Zama tuvieran pelucas… de gallina. Durante estos eventos el espectador tiene que poner atención y está solo, sin ningún apoyo. En el cine hegemónico, por el contrario, se recurre a fórmulas que transmiten inmediatamente la información, que dan a la audiencia todas las claves: es una familia y están cenando; él es el héroe; él es el malo; ella es la guapa, etc. Como lo pone Martel: “¿Cuánto demoramos en saber que Julia Roberts y Richard Gere van a terminar juntos en Mujer bonita? Nada, porque ya vimos el afiche…”.

Ahora, la verdad es que no sé si en Nuestra tierra, el documental de Martel sobre el asesinato de Javier Chocobar, hay una sola secuencia, una sola imagen, en que una “falla de la percepción” suceda. En esa cinta todo, mal que bien, es comprensible. Muy pronto en la película entendemos la situación, reconocemos a los Roberts y Gere del caso, qué rol va a cumplir cada quién, qué postura va a tener el filme, y cada cuadro es funcional a ese esquema. Salvo por los primeros segundos del pietaje del crimen, cuando el asesino camina junto a las personas de la comunidad sin una confrontación aparente, el resto del tiempo estamos tan en control, tan avisados, que podríamos ponernos a pensar en otras cosas y nunca perder el hilo del asunto.

Un punto clave en las conversaciones de Martel, que funciona en relación al primero, a la alteración de la percepción, es la importancia que da al sonido. La imagen transmite información con velocidad y por ello tiende al cliché, a la fórmula. El sonido necesita tiempo, una duración, obliga a nuestra percepción a ser más atenta. El sonido además nos invade; la vista tiene una relación con la dominación del mundo, es la luz del pensamiento ilustrado, pero el sonido viene hacia nosotros, nos captura, nos atraviesa y no podemos hacer nada para resguardarnos: nos hace saber que formamos parte de todo, que no estamos separados.

Es muy célebre la secuencia inicial de La ciénaga (2001) en que se arrastran las tumbonas contra el piso de piedra, el sonido de los vasos y los hielos. Pero también en Zama, en las escenas nocturnas, el sonido manda: en la jungla, cuando podemos ver muy poco y no entendemos quiénes son los ciegos, y después, cuando su compañero de expedición le hace a Zama esa confesión terrible, todo aquéllo ocurre en un campo de visibilidad disminuido, entre susurros, nuestras orejas están en punta como las de un perro. También entre susurros se pasa La niña santa (2004), en una atmósfera de sospecha y malentendidos.

Así como con las imágenes, no creo que en Nuestra tierra haya algún momento en que el sonido tenga esa cualidad. Martel misma ha llamado la atención a su uso en las entrevistas a los miembros de la comunidad Chuschagasta: mientras vemos las fotografías viejas que aquéllos muestran escuchamos cosas que estarían fuera del cuadro, fuera de la habitación en que ocurre la entrevista. Pero ¿es realmente interesante o extraño escuchar ruidos de pajaritos en el jardín al exterior o tañidos de guitarras para la foto de una fiesta?

Un concepto que se despliega de manera más o menos efectiva en el documental es el tiempo cúbico. Martel critica en sus charlas la convención de contar una historia de manera lineal, asegura que el único tiempo que nuestro cuerpo puede percibir es el presente, y que el pasado y el futuro se hallan contenidos en él. En vez de entender el tiempo como una flecha prefiere concebirlo como un cubo, uno que funciona a la manera de una alberca –de aire, el medio en el que se transmite el sonido, que nos trae siempre todo como presente. Y es verdad que en Nuestra tierra el tiempo se vuelve ese cubo que contiene los eventos pasados y los que vendrán, el juicio, el asesinato, la historia personal de las personas, vamos y venimos entre los años… hasta que llega el momento de la victoria, la historia se cierra, el nudo se ata y vemos la flecha reaparecer.

Para la directora argentina, el pensamiento occidental nos ha educado a ver todo en la vida como un conflicto, y en Un destino común nos conmina a plantear la narración desde otra lógica, mostrar que no siempre la realidad es un enfrentamiento. Este es otro de los consejos que ella misma no toma: en Nuestra tierra es precisamente un enfrentamiento lo que se narra, además con una clara y obvia preferencia por uno de los bandos –lo cual se entiende, sin duda. No se trataría de minimizar ni mucho menos justificar el crimen cometido, pero ¿no era esta, en las manos de Lucrecia Martel, una oportunidad enorme para presentar esa historia desde otro paradigma? Desde luego que la neutralidad banalizante era un peligro, pero aquí había un desafío a la altura de una cineasta como Martel: ¿cómo narrar un crimen, un crimen histórico como la Conquista, escapando del orden “buenos contra malos”, “ellos contra nosotros”? Como en otras decisiones de su documental, Martel tomó aquí el camino más transitado.

Nuestra tierra es un parteaguas en la filmografía de Martel por varias razones, entre ellas que parece un abandono –o una pausa– de sus propios principios cinematográficos. Quizá la explicación se halle en las conferencias más recientes, cuando confiesa que en este momento de su carrera ha decidido ser útil. ¡Concepto tabú en las artes! Aunque suene a pragmatismo anglosajón, la utilidad puede entenderse también como un arrojo vanguardista, la gran rebeldía de las vanguardias de inicios del siglo XX fue tratar de traspasar la esfera de autonomía (es decir, de inocuidad) que le imponían las instituciones burguesas, zafarse de la condena de ser solamente arte (es decir, inutilidad)

Si se quiere ser útil se entra en tensión con la creación artística; incluso una teoría tan politizada como la de Martel contiene por lo menos dos problemas para la acción eficaz. El primero es que las obras que proponen otra manera de mirar, escuchar, entender, son difíciles, justamente porque proponen una sensibilidad distinta y toma tiempo y esfuerzo adaptarse a ellas. Suelen ser recibidas por un público minoritario, elitista, acomodado, y no por los sectores que sufren más a lo real-conservador, y que de hecho prefieren obras con un marco de percepción estandarizado, esto es, más digerible, obras que no implican un empeño –al cuerpo agotado por la violencia económica no le vamos a exigir más trabajo en su breve tiempo de descanso.

El segundo problema es que el fallo de la percepción no representa un verdadero programa político, en un sentido es una negación del programa, un momento anterior y vacío. No equivale realmente a un mensaje, es de hecho el esfuerzo de suspender el mensaje ‒como discurso elaborado a priori, como esquematización y explicación del mundo y la vida‒, y es aquí donde el arte del fallo, para la política en un sentido práctico, para la propuesta, para la coyuntura, para tener efectos previsibles y deliberados, no nos sirve. Creo que esto lo sabía Martel, y en su imperante deseo de colaborar, en su urgencia, no exploró lo político en el arte, sino que dio un salto: salió del arte para entrar a la política, y quizás ella misma nos lo anunciaba así, cuando en Un destino común nos pedía llegar a una forma audiovisual que no fuera cine –la cuestión es que tal vez no sea Nuestra tierra una forma nueva, sino sencillamente periodismo. Quizá para Martel valdría la misma advertencia de Adorno sobre Brecht, sobre que este último se volvió un peor artista cuando asumió el rol de un “amigo de la humanidad”.

The post Lucrecia Martel a partir de Lucrecia Martel first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/H8x0n7a
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

Lucrecia Martel a partir de Lucrecia Martel

¿Cómo se mira el reciente documental de Lucrecia Martel, Nuestra tierra (2026), desde las ideas que ella misma ha expresado acerca del cine? Uno de las enunciados más constantes en Un destino común (2025), el libro que reúne varias de sus intervenciones públicas, es que la función política o social de las artes reside en la alteración de nuestra percepción. El pensamiento conservador, los medios de comunicación y las instituciones difunden y replican una visión cerrada de la realidad, su mensaje perpetuo advierte que no hay otra opción, que nuestra manera de vivir es la única posible. Más que proponer un plan detallado de contraataque, la labor de las artes sería por lo menos hacer un espacio, crear una distancia, introducir un lapso en el que la realidad se vuelve desconocida, extraña, ¿dúctil?, en el que nos damos cuenta de que no es tan sólida como se nos dice, que si estiramos los dedos algo podría ocurrirle.

Martel explica que los artistas deberían tener la mirada limpia de un extraterrestre que llega a la Tierra y observa todo sin entender nada. Por ejemplo, por qué hay personas que comen en un restaurante comida fresca y otras que prefieren los desperdicios en la basura de afuera, ¿por qué no van ellas también a sentarse a la mesa con las demás? En la capacidad del pasmo, y en la capacidad de compartirlo, se juega la posibilidad de que el arte nos enseñe a percibir de manera diferente: “El cine quizás nos permita sacudir esa arbitrariedad normalizada de la realidad y nos ayude a ver la posibilidad de un cambio. El cine puede generar un contexto para que suceda una falla de la percepción, algo que provoque una pequeña revelación”.

En Zama (2017) podemos encontrar varios momentos en que este desajuste entre lo real y la percepción normalizada se introduce, en que no reconocemos las formas manidas de presentación de la realidad, en que no entendemos bien a bien qué sucede. Por ejemplo, cuando Zama regresa a su despacho y afuera de él hay un hombre, con casaca y sombrero pero con las piernas desnudas y descalzo, que lo observa seriamente. Durante unos segundos no sabemos quién es, qué hace allí y por qué está vestido de esa forma. Es un efecto de extrañeza total, los dos se miran en silencio, nosotros miramos en silencio también, todo está suspendido, hasta que aquél hombre le pregunta si es Zama y le informa que tiene una carta para él: es un mensajero, los roles ordinarios se retoman.

Más adelante, cuando el grupo incursiona en la selva, aparecen unos indios pintados de rojo. Lo que en una película hollywoodense empezaría inmediatamente como una batalla emocionante, en la elección de Martel es al inicio una incomprensión. Surgen de la nada estos seres espectaculares y no sabemos si son una alucinación colectiva, si son fantasmas, si Zama está soñando, y no sabemos tampoco si los indios están sólo observándolos pacíficamente y luego continuarán su camino, nada nos da la pista del antagonismo –que en una cinta comercial sería sugerido por música trepidante. Pero incluso cuando comienza la lucha también se desarrolla en términos extraños, tapados por los altos pastizales no conocemos realmente la cifra.

Lucrecia Martel

Cortesía de Caja Negra

Lucrecia Martel tiene un olfato particular para crear estas disrupciones: en una de las charlas confiesa que ella quería que las gallinas en Zama tuvieran pelucas… de gallina. Durante estos eventos el espectador tiene que poner atención y está solo, sin ningún apoyo. En el cine hegemónico, por el contrario, se recurre a fórmulas que transmiten inmediatamente la información, que dan a la audiencia todas las claves: es una familia y están cenando; él es el héroe; él es el malo; ella es la guapa, etc. Como lo pone Martel: “¿Cuánto demoramos en saber que Julia Roberts y Richard Gere van a terminar juntos en Mujer bonita? Nada, porque ya vimos el afiche…”.

Ahora, la verdad es que no sé si en Nuestra tierra, el documental de Martel sobre el asesinato de Javier Chocobar, hay una sola secuencia, una sola imagen, en que una “falla de la percepción” suceda. En esa cinta todo, mal que bien, es comprensible. Muy pronto en la película entendemos la situación, reconocemos a los Roberts y Gere del caso, qué rol va a cumplir cada quién, qué postura va a tener el filme, y cada cuadro es funcional a ese esquema. Salvo por los primeros segundos del pietaje del crimen, cuando el asesino camina junto a las personas de la comunidad sin una confrontación aparente, el resto del tiempo estamos tan en control, tan avisados, que podríamos ponernos a pensar en otras cosas y nunca perder el hilo del asunto.

Un punto clave en las conversaciones de Martel, que funciona en relación al primero, a la alteración de la percepción, es la importancia que da al sonido. La imagen transmite información con velocidad y por ello tiende al cliché, a la fórmula. El sonido necesita tiempo, una duración, obliga a nuestra percepción a ser más atenta. El sonido además nos invade; la vista tiene una relación con la dominación del mundo, es la luz del pensamiento ilustrado, pero el sonido viene hacia nosotros, nos captura, nos atraviesa y no podemos hacer nada para resguardarnos: nos hace saber que formamos parte de todo, que no estamos separados.

Es muy célebre la secuencia inicial de La ciénaga (2001) en que se arrastran las tumbonas contra el piso de piedra, el sonido de los vasos y los hielos. Pero también en Zama, en las escenas nocturnas, el sonido manda: en la jungla, cuando podemos ver muy poco y no entendemos quiénes son los ciegos, y después, cuando su compañero de expedición le hace a Zama esa confesión terrible, todo aquéllo ocurre en un campo de visibilidad disminuido, entre susurros, nuestras orejas están en punta como las de un perro. También entre susurros se pasa La niña santa (2004), en una atmósfera de sospecha y malentendidos.

Así como con las imágenes, no creo que en Nuestra tierra haya algún momento en que el sonido tenga esa cualidad. Martel misma ha llamado la atención a su uso en las entrevistas a los miembros de la comunidad Chuschagasta: mientras vemos las fotografías viejas que aquéllos muestran escuchamos cosas que estarían fuera del cuadro, fuera de la habitación en que ocurre la entrevista. Pero ¿es realmente interesante o extraño escuchar ruidos de pajaritos en el jardín al exterior o tañidos de guitarras para la foto de una fiesta?

Un concepto que se despliega de manera más o menos efectiva en el documental es el tiempo cúbico. Martel critica en sus charlas la convención de contar una historia de manera lineal, asegura que el único tiempo que nuestro cuerpo puede percibir es el presente, y que el pasado y el futuro se hallan contenidos en él. En vez de entender el tiempo como una flecha prefiere concebirlo como un cubo, uno que funciona a la manera de una alberca –de aire, el medio en el que se transmite el sonido, que nos trae siempre todo como presente. Y es verdad que en Nuestra tierra el tiempo se vuelve ese cubo que contiene los eventos pasados y los que vendrán, el juicio, el asesinato, la historia personal de las personas, vamos y venimos entre los años… hasta que llega el momento de la victoria, la historia se cierra, el nudo se ata y vemos la flecha reaparecer.

Para la directora argentina, el pensamiento occidental nos ha educado a ver todo en la vida como un conflicto, y en Un destino común nos conmina a plantear la narración desde otra lógica, mostrar que no siempre la realidad es un enfrentamiento. Este es otro de los consejos que ella misma no toma: en Nuestra tierra es precisamente un enfrentamiento lo que se narra, además con una clara y obvia preferencia por uno de los bandos –lo cual se entiende, sin duda. No se trataría de minimizar ni mucho menos justificar el crimen cometido, pero ¿no era esta, en las manos de Lucrecia Martel, una oportunidad enorme para presentar esa historia desde otro paradigma? Desde luego que la neutralidad banalizante era un peligro, pero aquí había un desafío a la altura de una cineasta como Martel: ¿cómo narrar un crimen, un crimen histórico como la Conquista, escapando del orden “buenos contra malos”, “ellos contra nosotros”? Como en otras decisiones de su documental, Martel tomó aquí el camino más transitado.

Nuestra tierra es un parteaguas en la filmografía de Martel por varias razones, entre ellas que parece un abandono –o una pausa– de sus propios principios cinematográficos. Quizá la explicación se halle en las conferencias más recientes, cuando confiesa que en este momento de su carrera ha decidido ser útil. ¡Concepto tabú en las artes! Aunque suene a pragmatismo anglosajón, la utilidad puede entenderse también como un arrojo vanguardista, la gran rebeldía de las vanguardias de inicios del siglo XX fue tratar de traspasar la esfera de autonomía (es decir, de inocuidad) que le imponían las instituciones burguesas, zafarse de la condena de ser solamente arte (es decir, inutilidad)

Si se quiere ser útil se entra en tensión con la creación artística; incluso una teoría tan politizada como la de Martel contiene por lo menos dos problemas para la acción eficaz. El primero es que las obras que proponen otra manera de mirar, escuchar, entender, son difíciles, justamente porque proponen una sensibilidad distinta y toma tiempo y esfuerzo adaptarse a ellas. Suelen ser recibidas por un público minoritario, elitista, acomodado, y no por los sectores que sufren más a lo real-conservador, y que de hecho prefieren obras con un marco de percepción estandarizado, esto es, más digerible, obras que no implican un empeño –al cuerpo agotado por la violencia económica no le vamos a exigir más trabajo en su breve tiempo de descanso.

El segundo problema es que el fallo de la percepción no representa un verdadero programa político, en un sentido es una negación del programa, un momento anterior y vacío. No equivale realmente a un mensaje, es de hecho el esfuerzo de suspender el mensaje ‒como discurso elaborado a priori, como esquematización y explicación del mundo y la vida‒, y es aquí donde el arte del fallo, para la política en un sentido práctico, para la propuesta, para la coyuntura, para tener efectos previsibles y deliberados, no nos sirve. Creo que esto lo sabía Martel, y en su imperante deseo de colaborar, en su urgencia, no exploró lo político en el arte, sino que dio un salto: salió del arte para entrar a la política, y quizás ella misma nos lo anunciaba así, cuando en Un destino común nos pedía llegar a una forma audiovisual que no fuera cine –la cuestión es que tal vez no sea Nuestra tierra una forma nueva, sino sencillamente periodismo. Quizá para Martel valdría la misma advertencia de Adorno sobre Brecht, sobre que este último se volvió un peor artista cuando asumió el rol de un “amigo de la humanidad”.

The post Lucrecia Martel a partir de Lucrecia Martel first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/H8x0n7a
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

Un médico en Gaza

En diciembre de 2024 el médico palestino Hussam Abu Safiya fue secuestrado por el ejército israelí. La imagen del hombre, vestido con su bata blanca, caminando en una calle destruida y, al fondo, un tanque, dio la vuelta al mundo. A pesar de esto, Hussam Abu Safiya sigue detenido, sin cargos, al igual que muchos médicos y personal sanitario que trabajaba en Gaza. Sin cargos, torturados, sin la protección más elemental de cualquier derecho humano, médicos y enfermeras son señalados por la propaganda global sionista de colaborar con Hamás y usar hospitales como supuestos cuarteles terroristas. Por supuesto, una y otra vez se ha demostrado que el personal médico y los hospitales han sido víctimas de un exterminio sistemático. El genocidio sigue avanzando a pesar de los aparentes altos al fuego y de que salga del foco público desplazado por otras crisis globales.

Unos días antes del 7 de octubre del 2023, el doctor Ezzideen Shehab regresó a su hogar en Gaza después de formarse en la Universidad de Isfahán, en Irán. Poco después, el 11 de octubre, fueron asesinados 42 familiares suyos. El 28 de junio del 2024 comenzó a llevar un diario que termina el 24 de octubre del 2025. Su suerte es la misma que la población de la Franja de Gaza. En cualquier momento puede ser asesinado por una bomba o por fuego de los solados israelíes. También puede morir de inanición o por las condiciones insalubres que prevalecen en el área de exterminio.

El diario del doctor Ezzideen Shehab deberá sumarse a los grandes y descarnados testimonios de las víctimas de la guerra. Sus textos deberán pasar a la historia, al igual que el diario de Ana Frank, las historias recabadas por la escritora bielorrusa Svetlana Aleksiévich o la menos conocida, pero fundamental, Sofia Fedórchenko, que trabajó como enfermera durante la Primera Guerra Mundial. El día a día de Shehab muestra el aspecto menos visible de un genocidio: la depredación sistemática de todo aquello que hace posible la vida. Cuando las bombas dejan de caer, al menos por unos días, el victimario continúa su labor impidiendo la llegada de comida, medicinas y desplazando a las familias de sus hogares para que sucumban al frío, la lluvia o el calor.

El diario del doctor Shehab es, como se puede suponer, una lectura difícil, pues la lucidez de su mirada –incluso la capacidad de poner en palabras experiencias terribles– cuestiona su propia sobrevivencia. ¿Por qué sigue vivo un día más? ¿Por qué un compañero de trabajo no regresó a su casa y él sí? ¿Está actuando de forma correcta dando esperanzas a los pacientes de las clínicas y hospitales casi destruidos en los que la gente sucumbe de infecciones, hambre y heridas que sólo pueden ser atendidas con restos de comida y algún vendaje? ¿Cómo se puede continuar cuando los últimos sobrevivientes no pueden rescatar los cadáveres de sus familiares y sólo pueden hacer guardia en el lugar en los escombros de sus hogares? ¿Sale a buscar agua para su familia o atiende a un paciente en un hospital sin insumos y convertido en blanco para las bombas y misiles? ¿Cómo puede conservar cierta cordura –ser funcional– un médico cuando sólo puede ser testigo de muertes evitables y, sobre todo, absurdas?

Ezzideen Shehab

Diario de un joven médico (2025) es una exploración del infierno en el que se ha convertido la existencia para los sobrevivientes en Gaza. Si los genocidios del pasado ocurrieron a espaldas de la opinión pública global, esta nueva visita al exterminio humano sucede en una época en la que las comunicaciones son instantáneas. Sin embargo, lo que ocurre en Gaza permanece oculto bajo el velo de la desinformación y la imposibilidad de los sobrevivientes de contar su historia. Si los nombres y fotografías de las víctimas y rehenes de Hamás dan la vuelta al mundo para contar una historia maniquea, en la que los palestinos son deshumanizados y se evita cualquier contexto histórico, los pacientes sin futuro en las manos del doctor Ezzideen Shehab carecen de nombre para el resto del mundo. Por esta razón se obliga a escribir: se humaniza recordando a aquellas personas –muchas de ellas niños– cuyos nombres importaron para gente que ya no existe. De igual manera, por medio de las palabras ofrece un testimonio de los últimos esfuerzos por conservar la vida en medio del exterminio: familias comiendo de la basura, niños lamiendo la plataforma de un tráiler que había llevado harina, personas en busca de un poco de agua.

Hay una sensación que, quizás, algunos lectores experimenten al leer el diario de Ezzideen Shehab. En cada una de las entradas no hay un contacto directo con el ejército israelí que planifica y ejecuta el exterminio. Lo que existe es un genocidio hecho por medio de la máquina. No son pocos los días en los cuales el doctor menciona drones, bombas y avisos de un nuevo desplazamiento, aunque, como refiere, no hay un lugar adónde ir. Se tiene la idea de que la población de Gaza está siendo capturada por un agresor no humano, alguien que no muestra la cara y que sólo reconfigura el terreno para, después, colonizarlo. La deshumanización no ocurre en la población gazatí, por supuesto, sino del lado del ejército israelí y de toda la plataforma ideológica que ha convertido al sionismo en una variante del fascismo moderno. El aparente triunfador es la primera víctima, aunque no lo sepa, ya que se despoja de cualquier rastro humano. Para cualquier lector informado, el diario del doctor palestino no es, simplemente, una historia aislada de aniquilamiento. El contexto global que vivimos –acelerado por las crisis de desigualdad, climática y política– ha convertido a Gaza en un laboratorio de un futuro no tan lejano para poblaciones y países que se interpongan a las nuevas colonizaciones y exterminios de seres humanos considerados desechables.

Ezzideen Shehab, Diario de un joven médico. Notas sobre el genocidio en Gaza, traducción del inglés de Albert Fuentes, Seix Barral, México, 2026

The post Un médico en Gaza first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/K2u58FZ
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

Un médico en Gaza

En diciembre de 2024 el médico palestino Hussam Abu Safiya fue secuestrado por el ejército israelí. La imagen del hombre, vestido con su bata blanca, caminando en una calle destruida y, al fondo, un tanque, dio la vuelta al mundo. A pesar de esto, Hussam Abu Safiya sigue detenido, sin cargos, al igual que muchos médicos y personal sanitario que trabajaba en Gaza. Sin cargos, torturados, sin la protección más elemental de cualquier derecho humano, médicos y enfermeras son señalados por la propaganda global sionista de colaborar con Hamás y usar hospitales como supuestos cuarteles terroristas. Por supuesto, una y otra vez se ha demostrado que el personal médico y los hospitales han sido víctimas de un exterminio sistemático. El genocidio sigue avanzando a pesar de los aparentes altos al fuego y de que salga del foco público desplazado por otras crisis globales.

Unos días antes del 7 de octubre del 2023, el doctor Ezzideen Shehab regresó a su hogar en Gaza después de formarse en la Universidad de Isfahán, en Irán. Poco después, el 11 de octubre, fueron asesinados 42 familiares suyos. El 28 de junio del 2024 comenzó a llevar un diario que termina el 24 de octubre del 2025. Su suerte es la misma que la población de la Franja de Gaza. En cualquier momento puede ser asesinado por una bomba o por fuego de los solados israelíes. También puede morir de inanición o por las condiciones insalubres que prevalecen en el área de exterminio.

El diario del doctor Ezzideen Shehab deberá sumarse a los grandes y descarnados testimonios de las víctimas de la guerra. Sus textos deberán pasar a la historia, al igual que el diario de Ana Frank, las historias recabadas por la escritora bielorrusa Svetlana Aleksiévich o la menos conocida, pero fundamental, Sofia Fedórchenko, que trabajó como enfermera durante la Primera Guerra Mundial. El día a día de Shehab muestra el aspecto menos visible de un genocidio: la depredación sistemática de todo aquello que hace posible la vida. Cuando las bombas dejan de caer, al menos por unos días, el victimario continúa su labor impidiendo la llegada de comida, medicinas y desplazando a las familias de sus hogares para que sucumban al frío, la lluvia o el calor.

El diario del doctor Shehab es, como se puede suponer, una lectura difícil, pues la lucidez de su mirada –incluso la capacidad de poner en palabras experiencias terribles– cuestiona su propia sobrevivencia. ¿Por qué sigue vivo un día más? ¿Por qué un compañero de trabajo no regresó a su casa y él sí? ¿Está actuando de forma correcta dando esperanzas a los pacientes de las clínicas y hospitales casi destruidos en los que la gente sucumbe de infecciones, hambre y heridas que sólo pueden ser atendidas con restos de comida y algún vendaje? ¿Cómo se puede continuar cuando los últimos sobrevivientes no pueden rescatar los cadáveres de sus familiares y sólo pueden hacer guardia en el lugar en los escombros de sus hogares? ¿Sale a buscar agua para su familia o atiende a un paciente en un hospital sin insumos y convertido en blanco para las bombas y misiles? ¿Cómo puede conservar cierta cordura –ser funcional– un médico cuando sólo puede ser testigo de muertes evitables y, sobre todo, absurdas?

Ezzideen Shehab

Diario de un joven médico (2025) es una exploración del infierno en el que se ha convertido la existencia para los sobrevivientes en Gaza. Si los genocidios del pasado ocurrieron a espaldas de la opinión pública global, esta nueva visita al exterminio humano sucede en una época en la que las comunicaciones son instantáneas. Sin embargo, lo que ocurre en Gaza permanece oculto bajo el velo de la desinformación y la imposibilidad de los sobrevivientes de contar su historia. Si los nombres y fotografías de las víctimas y rehenes de Hamás dan la vuelta al mundo para contar una historia maniquea, en la que los palestinos son deshumanizados y se evita cualquier contexto histórico, los pacientes sin futuro en las manos del doctor Ezzideen Shehab carecen de nombre para el resto del mundo. Por esta razón se obliga a escribir: se humaniza recordando a aquellas personas –muchas de ellas niños– cuyos nombres importaron para gente que ya no existe. De igual manera, por medio de las palabras ofrece un testimonio de los últimos esfuerzos por conservar la vida en medio del exterminio: familias comiendo de la basura, niños lamiendo la plataforma de un tráiler que había llevado harina, personas en busca de un poco de agua.

Hay una sensación que, quizás, algunos lectores experimenten al leer el diario de Ezzideen Shehab. En cada una de las entradas no hay un contacto directo con el ejército israelí que planifica y ejecuta el exterminio. Lo que existe es un genocidio hecho por medio de la máquina. No son pocos los días en los cuales el doctor menciona drones, bombas y avisos de un nuevo desplazamiento, aunque, como refiere, no hay un lugar adónde ir. Se tiene la idea de que la población de Gaza está siendo capturada por un agresor no humano, alguien que no muestra la cara y que sólo reconfigura el terreno para, después, colonizarlo. La deshumanización no ocurre en la población gazatí, por supuesto, sino del lado del ejército israelí y de toda la plataforma ideológica que ha convertido al sionismo en una variante del fascismo moderno. El aparente triunfador es la primera víctima, aunque no lo sepa, ya que se despoja de cualquier rastro humano. Para cualquier lector informado, el diario del doctor palestino no es, simplemente, una historia aislada de aniquilamiento. El contexto global que vivimos –acelerado por las crisis de desigualdad, climática y política– ha convertido a Gaza en un laboratorio de un futuro no tan lejano para poblaciones y países que se interpongan a las nuevas colonizaciones y exterminios de seres humanos considerados desechables.

Ezzideen Shehab, Diario de un joven médico. Notas sobre el genocidio en Gaza, traducción del inglés de Albert Fuentes, Seix Barral, México, 2026

The post Un médico en Gaza first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/K2u58FZ
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

martes, 30 de junio de 2026

‘La Tempestad’: 28 años

28 años después, La Tempestad sigue llegando a las pantallas de aquellos interesados en las artes y el pensamiento, a través de motores de búsqueda, publicaciones en redes sociales y correos, además de lo que se comparte de chat en chat. Nuestras propuestas llegan indirectamente a decenas de miles de lectores de lenguas distintas al español, que utilizan ChatGPT o Claude para informarse o producir “contenido”: sabemos bien a qué se debe el tráfico procedente de Singapur o Prineville. Nadie tiene que pagar por ello, ni el público que busca ampliar su experiencia estética ni, desgraciadamente, las corporaciones tecnológicas que obtienen ganancias con nuestro trabajo y el de millones de personas.

El panorama es cuando menos paradójico. Somos uno de los pocos espacios dedicados profesional y exclusivamente a las artes en el mundo de habla hispana, de ahí que proyectos autogestivos, instituciones gubernamentales y organizaciones privadas busquen difundir sus propuestas entre los lectores de La Tempestad. La producción cultural, a veces se olvida, requiere cajas de resonancia no sólo para alcanzar públicos, sino para que quede un testimonio crítico de lo ocurrido. Ésa ha sido nuestra vocación desde 1998. Muy pocos, sin embargo, parecen entender lo que permite seguir existiendo a un medio como éste: los ingresos publicitarios. Hasta junio de 2026, tras dos décadas de presencia ininterrumpida, las instituciones del Estado mexicano, específicamente las del sector cultural, han dejado de anunciarse con nosotros.

Por ello nos parece importante reconocer a quienes han permitido la continuidad de una revista de artes independiente en un año de euforia mundialista. Agradecemos la confianza de la Fundación Jumex Arte Contemporáneo, la Colección FEMSA, la Universidad Iberoamericana, el Museo Universitario Arte Contemporáneo, MUBI, la galería Kurimanzutto y la fundación Arte Abierto. Agradecemos la solidaridad ininterrumpida de las familias Pardo Adame y Cabral Malanca y de Claudia Flores Yee. Agradecemos a los colaboradores, que –lo hemos dicho en otras ocasiones– comparten su inteligencia, sensibilidad y talento de forma generosa y comprometida. Y a los lectores, por supuesto: sostienen este sitio cada vez que dan clic.

28 años, inevitablemente tempestuosos. Y como todas las semanas, hay nuevas cosas para leer en La Tempestad.

– LOS EDITORES

The post ‘La Tempestad’: 28 años first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/0lAUy6V
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

‘La Tempestad’: 28 años

28 años después, La Tempestad sigue llegando a las pantallas de aquellos interesados en las artes y el pensamiento, a través de motores de búsqueda, publicaciones en redes sociales y correos, además de lo que se comparte de chat en chat. Nuestras propuestas llegan indirectamente a decenas de miles de lectores de lenguas distintas al español, que utilizan ChatGPT o Claude para informarse o producir “contenido”: sabemos bien a qué se debe el tráfico procedente de Singapur o Prineville. Nadie tiene que pagar por ello, ni el público que busca ampliar su experiencia estética ni, desgraciadamente, las corporaciones tecnológicas que obtienen ganancias con nuestro trabajo y el de millones de personas.

El panorama es cuando menos paradójico. Somos uno de los pocos espacios dedicados profesional y exclusivamente a las artes en el mundo de habla hispana, de ahí que proyectos autogestivos, instituciones gubernamentales y organizaciones privadas busquen difundir sus propuestas entre los lectores de La Tempestad. La producción cultural, a veces se olvida, requiere cajas de resonancia no sólo para alcanzar públicos, sino para que quede un testimonio crítico de lo ocurrido. Ésa ha sido nuestra vocación desde 1998. Muy pocos, sin embargo, parecen entender lo que permite seguir existiendo a un medio como éste: los ingresos publicitarios. Hasta junio de 2026, tras dos décadas de presencia ininterrumpida, las instituciones del Estado mexicano, específicamente las del sector cultural, han dejado de anunciarse con nosotros.

Por ello nos parece importante reconocer a quienes han permitido la continuidad de una revista de artes independiente en un año de euforia mundialista. Agradecemos la confianza de la Fundación Jumex Arte Contemporáneo, la Colección FEMSA, la Universidad Iberoamericana, el Museo Universitario Arte Contemporáneo, MUBI, la galería Kurimanzutto y la fundación Arte Abierto. Agradecemos la solidaridad ininterrumpida de las familias Pardo Adame y Cabral Malanca y de Claudia Flores Yee. Agradecemos a los colaboradores, que –lo hemos dicho en otras ocasiones– comparten su inteligencia, sensibilidad y talento de forma generosa y comprometida. Y a los lectores, por supuesto: sostienen este sitio cada vez que dan clic.

28 años, inevitablemente tempestuosos. Y como todas las semanas, hay nuevas cosas para leer en La Tempestad.

– LOS EDITORES

The post ‘La Tempestad’: 28 años first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/0lAUy6V
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

¡Tengo que criticar!

Alias ha puesto a circular Entrevista de salida, que en su mayor parte está compuesta por una larga conversación entre los críticos e historiadores Hal Foster (Seattle, 1955) y Benjamin Buchloh (Colonia, 1941), dividida en tres partes. Es una traducción, a cargo de Gabriel Kuri, del libro que No Place Press publicó en 2024 (el diseño de Alias es fiel al original). Hacia el inicio, cuando abundan más notas personales sobre la formación de Buchloh, Foster le pregunta sobre su relación con el consumo de ácido: “Hablar sobre haber consumido drogas es complicado. Un amigo mío muy entrañable no regresó de un viaje de ácido; se volvió esquizofrénico. Todos leíamos a R.D. Laing y dijimos: ‘Es responsabilidad nuestra salvarlo, ayudarlo, protegerlo. No lo llevaremos al hospital’. Así que nos quedamos con él y fue el pandemonio. Acababa de terminar su tesis doctoral sobre Francis Picabia. Una tesis brillante y un hombre brillante. Al fin y al cabo volvió en sí, pero después de muchos años”.

Hace poco leí, precisamente, Pandemonio, la novela de Francis Picabia, que no fue publicada hasta 1971 aunque fue escrita durante la época en que el artista estuvo involucrado en el dadaísmo (Malpaso dio un buen paso en 2015 y publicó una versión en español). Y debo decir que gran parte de Entrevista de salida, especialmente cuando Benjamin Buchloh se permite algunas discretas incursiones en su relato personal, se lee como esa novela. Debe ser especialmente difícil para un crítico serio ceder a los impulsos autobiográficos (Buchloh agradece a Foster que en la edición final se hayan refrenado “las dérives narcisistas”), pero sí hay algo de autobiografía intelectual que permite percibir el aroma de una época a través de la formación de un testigo competente e implicado (así como en la novela de Picabia –en la que aparecen por aquí y por allá figuras como Breton, Duchamp, Aragon– se da cuenta del espíritu europeo de entreguerras, a través de un narrador que todo el tiempo aspira a ser un desapegado).

Acá siento el peso de mis propias limitaciones, pues Entrevista de salida, para un lector como yo (me interesa el arte pero no soy un crítico ni un historiador del mismo), se lee como una serie de tareas pendientes: aún debo leer, con más de dos décadas de retraso, Formalismo e historicidad, por decir algo. Pero también tiene, para quienes aspiramos a ser críticos con nuestra época, un tono agridulce, de clausura, pero sin amargura. La conversación está acompañada de un estimulante ensayo titulado “De viva voz: el fin de los críticos”, que se lee como una coda del artículo que Buchloh publicó hace unos años en Artforum, “Farewell to An Identity”. Lo más interesante al respecto es cómo afirmar y clausurar una época de la crítica sin que suene como un lamento. Benjamin Buchloh posee un tono de maestro sabio que cede su plaza o entrega la estafeta a nuevas lecturas e interpretaciones (específicamente a aquellas que buscan llamar la atención sobre lo que la historia contada por algunos decidió pasar por alto). Naturalmente, es una posición que posee puntos ciegos (como, creo, se ve en la amistosa relación que Buchloh desarrolló con artistas no europeos ni estadounidenses –como Gabriel Orozco, a quien conoció en los noventa; pero al respecto no puedo comentar demasiado, por falta de elementos).

Benjamin Buchloh

Cortesía de Alias

Inicia Buchloh ese ensayo de esta manera: “El relato de Gustave Courbert sobre un crítico del que era amigo, famoso por despertarse a medianoche, pararse en la cama y gritar a voz en cuello: ‘¡Es que tengo que criticar!’ se ha quedado conmigo como una advertencia de no tomarme la identidad profesional demasiado en serio, o al menos cuestionar sus motivaciones”. Yo también creo, por lo que se lee después, que como crítico uno debe atender los impulsos agresivos, las actitudes fanfarronas o arrogantes, de quienes se atreven a mirar dos veces, con las herramientas que tengan a mano. Creo que todos conocemos los diagnósticos asfixiantes sobre lo que ocurre con la producción artística bajo el régimen en el que vivimos. El triunfo del mercado, la especulación financiera, la experiencia estética reducida a consumo y espectáculo, y la fascinación por quienes le dan la palabra a la propaganda, el retorno de los nacionalismos… dejan muy pocos caminos abiertos: mientras escribo esto en un procesador de texto, en una ventana de un chat, simultáneamente, algunos amigos están comentando la noticia de que Dua Lipa fundó una biblioteca en Oporto “dedicada a los libros que desafían el poder” y no sé cuánta cosa; pero nadie olvida que cuando la pusieron a hablar en la ceremonia del Booker, la cantante y lectora citó a… ¡Guadalupe Nettel!

Es difícil no volverse un cínico, un cascarrabias, cuando al mismo tiempo se aspira a ser exigente e incluso severo. ¿O son esas virtudes de otra época? El ascenso de los comentadores en redes sociales, a caballo entre consumidores y cómplices propagandísticos, me hace pensar que la crítica (o lo que pasa por ella) también podría vivir un proceso que le exija programáticamente prescindir de una serie de destrezas para poder hablar de su tiempo (deskilling, le llaman a este proceso en inglés), como ocurre en las artes visuales. Pero también suena como sacar al niño con la bañera. ¿Qué necesidad, de darse ese lujo, tendría el recomendar o leer un libro como Entrevista de salida?

The post ¡Tengo que criticar! first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/3NPcn21
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

¡Tengo que criticar!

Alias ha puesto a circular Entrevista de salida, que en su mayor parte está compuesta por una larga conversación entre los críticos e historiadores Hal Foster (Seattle, 1955) y Benjamin Buchloh (Colonia, 1941), dividida en tres partes. Es una traducción, a cargo de Gabriel Kuri, del libro que No Place Press publicó en 2024 (el diseño de Alias es fiel al original). Hacia el inicio, cuando abundan más notas personales sobre la formación de Buchloh, Foster le pregunta sobre su relación con el consumo de ácido: “Hablar sobre haber consumido drogas es complicado. Un amigo mío muy entrañable no regresó de un viaje de ácido; se volvió esquizofrénico. Todos leíamos a R.D. Laing y dijimos: ‘Es responsabilidad nuestra salvarlo, ayudarlo, protegerlo. No lo llevaremos al hospital’. Así que nos quedamos con él y fue el pandemonio. Acababa de terminar su tesis doctoral sobre Francis Picabia. Una tesis brillante y un hombre brillante. Al fin y al cabo volvió en sí, pero después de muchos años”.

Hace poco leí, precisamente, Pandemonio, la novela de Francis Picabia, que no fue publicada hasta 1971 aunque fue escrita durante la época en que el artista estuvo involucrado en el dadaísmo (Malpaso dio un buen paso en 2015 y publicó una versión en español). Y debo decir que gran parte de Entrevista de salida, especialmente cuando Benjamin Buchloh se permite algunas discretas incursiones en su relato personal, se lee como esa novela. Debe ser especialmente difícil para un crítico serio ceder a los impulsos autobiográficos (Buchloh agradece a Foster que en la edición final se hayan refrenado “las dérives narcisistas”), pero sí hay algo de autobiografía intelectual que permite percibir el aroma de una época a través de la formación de un testigo competente e implicado (así como en la novela de Picabia –en la que aparecen por aquí y por allá figuras como Breton, Duchamp, Aragon– se da cuenta del espíritu europeo de entreguerras, a través de un narrador que todo el tiempo aspira a ser un desapegado).

Acá siento el peso de mis propias limitaciones, pues Entrevista de salida, para un lector como yo (me interesa el arte pero no soy un crítico ni un historiador del mismo), se lee como una serie de tareas pendientes: aún debo leer, con más de dos décadas de retraso, Formalismo e historicidad, por decir algo. Pero también tiene, para quienes aspiramos a ser críticos con nuestra época, un tono agridulce, de clausura, pero sin amargura. La conversación está acompañada de un estimulante ensayo titulado “De viva voz: el fin de los críticos”, que se lee como una coda del artículo que Buchloh publicó hace unos años en Artforum, “Farewell to An Identity”. Lo más interesante al respecto es cómo afirmar y clausurar una época de la crítica sin que suene como un lamento. Benjamin Buchloh posee un tono de maestro sabio que cede su plaza o entrega la estafeta a nuevas lecturas e interpretaciones (específicamente a aquellas que buscan llamar la atención sobre lo que la historia contada por algunos decidió pasar por alto). Naturalmente, es una posición que posee puntos ciegos (como, creo, se ve en la amistosa relación que Buchloh desarrolló con artistas no europeos ni estadounidenses –como Gabriel Orozco, a quien conoció en los noventa; pero al respecto no puedo comentar demasiado, por falta de elementos).

Benjamin Buchloh

Cortesía de Alias

Inicia Buchloh ese ensayo de esta manera: “El relato de Gustave Courbert sobre un crítico del que era amigo, famoso por despertarse a medianoche, pararse en la cama y gritar a voz en cuello: ‘¡Es que tengo que criticar!’ se ha quedado conmigo como una advertencia de no tomarme la identidad profesional demasiado en serio, o al menos cuestionar sus motivaciones”. Yo también creo, por lo que se lee después, que como crítico uno debe atender los impulsos agresivos, las actitudes fanfarronas o arrogantes, de quienes se atreven a mirar dos veces, con las herramientas que tengan a mano. Creo que todos conocemos los diagnósticos asfixiantes sobre lo que ocurre con la producción artística bajo el régimen en el que vivimos. El triunfo del mercado, la especulación financiera, la experiencia estética reducida a consumo y espectáculo, y la fascinación por quienes le dan la palabra a la propaganda, el retorno de los nacionalismos… dejan muy pocos caminos abiertos: mientras escribo esto en un procesador de texto, en una ventana de un chat, simultáneamente, algunos amigos están comentando la noticia de que Dua Lipa fundó una biblioteca en Oporto “dedicada a los libros que desafían el poder” y no sé cuánta cosa; pero nadie olvida que cuando la pusieron a hablar en la ceremonia del Booker, la cantante y lectora citó a… ¡Guadalupe Nettel!

Es difícil no volverse un cínico, un cascarrabias, cuando al mismo tiempo se aspira a ser exigente e incluso severo. ¿O son esas virtudes de otra época? El ascenso de los comentadores en redes sociales, a caballo entre consumidores y cómplices propagandísticos, me hace pensar que la crítica (o lo que pasa por ella) también podría vivir un proceso que le exija programáticamente prescindir de una serie de destrezas para poder hablar de su tiempo (deskilling, le llaman a este proceso en inglés), como ocurre en las artes visuales. Pero también suena como sacar al niño con la bañera. ¿Qué necesidad, de darse ese lujo, tendría el recomendar o leer un libro como Entrevista de salida?

The post ¡Tengo que criticar! first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/3NPcn21
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

lunes, 29 de junio de 2026

La fábrica que sólo produce desecho

No existe una forma consensuada de traducir la expresión AI slop, con la que se alude (al menos, durante esta temporada; es casi seguro que veamos una sustitución del término antes de que termine el verano) a la proliferación de los productos basura arrojados por las herramientas de inteligencia artificial (IA). Se trata de una forma de desecho, rebaba o cascajo. También puede referirse a las aguas cloacales y la imagen, en ese caso, tendría algo de certero: la invasión parece filtrarse por todos los resquicios y llenar nuestras pantallas de algo difícil de caracterizar en conjunto, pero que huele (se ve y se escucha) como materia en putrefacción. En varios sentidos, el símil se queda corto: no hay aguas negras que sean tan destructivas ni se trata de subproductos indeseables de una actividad industrial, sino que este slop se encuentra en el centro mismo de la actividad y ganancias de gran parte de las empresas del sector digital actual. En vez de ser un efecto secundario de su actividad, este desecho es lo que la industria se dedica a producir. Como ha pasado con otros desarrollos técnicos, la música ha sido una de las áreas donde el desperdicio de la IA se manifestó de forma más temprana, y ha sido tal vez la primera disciplina artística en verse invadida por él, en cada uno de sus resquicios, de una forma acelerada.

Hace unos días, el sitio de escucha en línea Deezer reportó que alrededor de 75 mil de las canciones que se suben diariamente a la plataforma están generadas por programas de IA, lo que representa el 44% del total de lo que se agrega a esa plataforma. Recientemente, Deezer también fue el sitio cuya área de investigación determinó que el 97% de las personas no saben diferenciar una canción hecha con IA de una hecha por seres humanos. 

No es, ni remotamente, la única plataforma donde la presencia de la música sintética se ha disparado, ni es tampoco aquella en la que estas canciones (que no pueden llamarse obras, en todo derecho; acaso productos o contenido) arrojan las mayores ganancias para quienes detentan sus derechos de propiedad intelectual (a quienes tampoco puede llamarse creadores, propiamente), así como para las mismas plataformas que las ponen a disposición del público. Tomando en cuenta que el trabajo humano que requiere la existencia de estas “piezas musicales” es mucho menor al que habitualmente requiere la música en la que la presencia humana es central, varias compañías productoras han elegido esta vía. Mientras tanto, quienes se dedican a hacer música a través de algo más que instrucciones fragmentadas han visto caer sus ingresos por debajo de la línea previa a la proliferación del slop, que de por sí era considerada inaceptable para buena parte de les creadorxs. 

Que haya sonado esperanzador, para quienes se dedican a hacer música, el intento de toma de control por parte de megacorporaciones que se habían dedicado a explotarlos durante tantas décadas habla del deterioro alcanzado por su situación económica con la llegada del ‘slop’.

Hace poco más de un año, una fuerza parecía capaz de revertir esta tendencia, a pesar de que provenía de un frente que nunca se habría alineado a los intereses de las y los músicos. Varias compañías discográficas, entre las que se contaban las tres mayores del planeta y que hoy concentran el negocio de una forma desproporcionada (más de 70% del mercado global), lanzaron a lo largo de 2025 demandas millonarias contra empresas dedicadas al desarrollo de música con IA. La acusación central era que estaban violando masivamente las leyes de propiedad intelectual, al usar como base de datos, en parte, obras de las que las discográficas detentaban los derechos. Que haya sonado esperanzador, para quienes se dedican a hacer música, el intento de toma de control por parte de megacorporaciones que se habían dedicado a explotarlos durante tantas décadas habla del deterioro alcanzado por su situación económica con la llegada del slop

El enfrentamiento duró poco. A partir de octubre del año pasado empezó a anunciarse una recomposición empresarial en torno de los nuevos modos de producir esta variante de (lo que daba en llamarse) música. Udio, una compañía dedicada a esta forma de producción, llegó a un acuerdo con Universal Music Group (UMG), la mayor del sector discográfico, a la vez que se daban a conocer los planes para una colaboración entre ambas partes. En las palabras del comunicado de prensa: “las dos compañías crearán una experiencia innovadora de creación, consumo y escucha de música comercial”. Como parte del acuerdo, se anunció un marco de cesión de derechos para la explotación comercial del catálogo de UMG por parte de Udio (las grabaciones, pero también las composiciones y el material publicitario). 

Una demanda análoga, casi idéntica, había sido interpuesta por Sony Music (otro de los tres grandes sellos) en contra de Suno, compañía dedicada a perpetrar música sintética. La demanda fue retirada en noviembre, también de la misma forma, como parte de un acuerdo entre ambos lados, similar al anterior. La mayoría de la música generada con IA que se sube diariamente a Deezer proviene de Suno, una empresa que declara producir, actualmente, alrededor de siete millones de canciones cada día. Gran parte de la prensa y el entorno de las empresas tecnológicas la ponen en el primer lugar en el mercado de la música artificial. 

Poco después, a inicios de 2026, UMG anunció que se asociaría con Nvidia, el mayor fabricante de microprocesadores y otros componentes destinados al desarrollo de las diversas formas de lo que se conoce como IA. Nvidia es, no tan incidentalmente, la compañía con un valor total más elevado en el planeta, en cualquier ramo: hace no mucho representaba el 16% del PIB de Estados Unidos. El arreglo, a estas alturas parte típica de un entorno en reacomodos, destacaba sólo por su enorme tamaño y por el objetivo que manifestaban las partes. En sus palabras: “combatir el slop de IA”, con lo que parecería ser parte de la tendencia con la que el mercado de música hecha con IA busca legitimarse: transitar de un estadio en el que estas obras, aún tentativas, derivaron en una proliferación de basura hacia uno en el que, gracias a una reorientación de los esfuerzos de las empresas que integraban esta órbita, aliadas con las que habían dominado el mercado (siempre en la búsqueda de favorecer a su clientela, por supuesto), las canciones nacidas de los componentes de Nvidia y otros se erigían en verdadero arte.

La música, dicen en Bandcamp, no tiene una importancia abstracta ni únicamente económica, sino que está encarnada en las personas que la asumen como su quehacer. La música, en sus palabras, “es el resultado de un diálogo cultural más antiguo que la escritura”.

Bandcamp, el sitio destinado a la escucha y venta de música, predominantemente fuera de las grandes trasnacionales, fue por una vía distinta. En algo que parecía una toma de postura frente a estos arreglos, anunció en enero pasado que se prohibía de tajo la carga a su sitio de toda obra musical que (según se probara o se intuyera) hubiera sido generada, de forma total o parcial (aunque significativa) con IA. Según la explicación del sitio, la postura se funda en una forma de concebir a la música como más que mero contenido, una palabra que cada vez más, gracias al desperdicio sintético, muestra su vocación auténtica: ser un eufemismo de relleno. La música, dicen, no tiene una importancia abstracta ni únicamente económica, sino que está encarnada en las personas que la asumen como su quehacer. La música, en sus palabras, “es el resultado de un diálogo cultural más antiguo que la escritura”. 

En el comunicado que lanzó, Bandcamp reconoce que podrían existir exploraciones legítimas de las herramientas de IA en el terreno musical, y que formas de música con valor estético propio podrían surgir de estas exploraciones. Pero también argumentan que esta exclusión es necesaria si la intención es priorizar la parte humana implicada en el asunto. De todas formas, afirman, existen otras plataformas en las que la música generada por IA seguirá presente. Sobre todo, aquellas que se han olvidado por entero de los intereses de las y los artistas.

Entre los actores estatales, el gobierno de Gran Bretaña es tal vez el más prominente entre los que se han distanciado del apoyo al desarrollo del slop. En marzo pasado, tomó la resolución de no apoyar una ley que permitiría la explotación de la música protegida por las leyes de propiedad intelectual para entrenar sistemas de IA de compañías asentadas en su territorio. En el entorno latinoamericano, Brasil es el país que ha adoptado una legislación más completa para limitar a las compañías de IA, aunque sin ahondar demasiado en varias de las especificidades que requiere el área de la producción de obras musicales. 

Aunque estos contrapesos se han ganado el apoyo de varias organizaciones para la defensa de los derechos de las y los músicos, son pasos muy pequeños en comparación con el avance que mantiene la presencia del contenido musical sintético y su mercado. Tomando en cuenta los antecedentes, habría que verlo con cautela: desde el ascenso de las grandes corporaciones del sector digital, los gobiernos de distintos órdenes y los organismos internacionales se han visto incapaces de limitarlas, y estas empresas han mantenido un régimen inquebrantable de opacidad en cuanto a muchos de sus métodos y los datos de los que disponen. Fuera de eso, la experiencia reciente de las fusiones de las discográficas trasnacionales con las empresas dedicadas a crear música artificial son sólo un ejemplo más de que el mercado no será un factor que modifique el régimen de explotación que la producción de slop implica para las y los músicos. Algunas de las costuras, si acaso no se han roto, empiezan a verse amenazadas: a inicios de junio, un sindicato de músicos de sesión de Estados Unidos entabló una demanda contra los sellos UMG y Warner, a raíz de los acuerdos comerciales que establecieron con Suno y Udio, de los que, alegan, no han recibido la parte de ganancias que se establecía en los contratos.

‘The Atlantic’ presentó un instrumento para identificar cuáles canciones se han utilizado para generar música hecha por IA, de entre una base de millones de obras. Autorxs e intérpretes de alto perfil han compartido su indignación, a partir de que han buscado sus nombres y títulos utilizando este motor.

The Atlantic presentó días atrás un instrumento para identificar cuáles canciones se han utilizado para generar música hecha por IA, de entre una base de millones de obras. Autorxs e intérpretes de alto perfil han compartido su indignación, a partir de que han buscado sus nombres y títulos utilizando este motor. SZA compartió una publicación en Instagram en la que se queja especialmente de que las y los músicos afrodescendientes están representados más que cualquier otro grupo étnico, volviéndose, una vez más, sujetos explotados. Aunque sus creadores advierten que lo detectado por el instrumento no es un compendio exhaustivo, se trata de la muestra más visible y amplia hasta ahora de las personas cuya labor ha sido explotada y a quienes se ha despojado del capital que han generado y que queda, prácticamente íntegro, en las manos de dueños y accionistas de las empresas desarrolladoras de slop. Como cualquier otra reorganización del mercado de las últimas décadas, ésta ha funcionado como coartada para aumentar la extracción de ganancias y concentrarlas en menos carteras. En el entorno de las trasnacionales digitales puede verificarse, una y otra vez, este proceso, con mayor claridad que en cualquier otro, y las herramientas de IA que desarrollan estas compañías (es más que claro) son ante todo un instrumento para acelerarlo.

Hay otro lugar desde el que podríamos considerar el asunto. Para una persona observadora sin implicación directa en la producción musical, puede (o debería) resultar absurdo que se delegue el ejercicio de esta disciplina a máquinas, si se considera que no existe precisamente una escasez de canciones hechas por seres humanos. Aunque, ¿cómo podría determinarse la cantidad de música nueva que requiere la humanidad, en este momento de su historia? Al pensarlo en estos términos, la respuesta siempre sería arbitraria (los dueños de la industria son los mayores aficionados a blandir argumentos enrevesados ante cuestiones como ésta) y ahí es donde entra en juego la oferta desproporcionada de compañías que fabrican siete millones de canciones diariamente. Quienes nos encontramos del lado de la escucha tendríamos que preguntarnos qué desearíamos encontrar en un suministro inabarcable de canciones que, en su mayoría, son variaciones de las canciones más inofensivas ya existentes, aunque incluso más asépticas. De hecho, su existencia es tan innecesaria que la inmensa mayoría de ellas no llega a las plataformas de escucha, sin que eso sea una oportunidad perdida para el disfrute o el interés de alguien. Y de las que sí llegan, la parte más grande no tiene una sola reproducción en el contador. Millones de canciones hechas por nadie y escuchadas por nadie. 

Hace un siglo y cuarto, Henri Bergson desarrolló argumentos que cobran nueva vigencia para considerar la pregunta sobre la legitimidad de las obras musicales hechas con IA. Al inicio de su Historia de la idea del tiempo (que reúne varios de sus cursos en el Collège de France), plantea que la única forma de acceder al conocimiento absoluto de algo es desde su interior. Así, la única forma de conocer una experiencia de forma absoluta es ser el sujeto de esa experiencia, mientras que cualquier aproximación a ella que tenga un sujeto externo, por muy detallada que sea, a través del lenguaje o de otros medios, será siempre fragmentaria e incompleta, como lo es siempre el conocimiento relativo. Para Bergson el problema de la duración (el tiempo, en otras palabras) era el asunto central de la metafísica. El ser es el tiempo, decía, y cualquier reconstrucción externa del tiempo es siempre esquemática, como lo son los conceptos y los análisis. La única forma de conocer de forma absoluta el tiempo (el ser) es siendo el sujeto de la experiencia de ese tiempo o de esa existencia. La música es tiempo puro y en tanto tal, solamente puede conocerse su fuerza, el efecto que tiene, escuchándola. No es posible hacer una reconstrucción de ella que replique lo que provoca en quien la atestigua.

Los sistemas de IA generativa aplicada a la creación musical, como los que arrojan los siete millones de canciones diarias de Suno, en rigor jamás han escuchado una canción, sino que han reconocido los rasgos de incontables canciones en un marco estadístico, a partir del cual arrojan su interpretación de lo que puede ser una canción aún inexistente.

Los sistemas de IA generativa aplicada a la creación musical, como los que arrojan los siete millones de canciones diarias de Suno, en rigor jamás han escuchado una canción, sino que han reconocido los rasgos (mejor dicho, la representación de estos rasgos en la forma de datos) de incontables canciones en un marco estadístico, a partir del cual arrojan su interpretación de lo que puede ser una canción aún inexistente. Pero no tienen un conocimiento interior de ellas, como sí lo tenemos quienes las escuchamos y, especialmente, quienes se dedican a crearlas. La música es un encuentro entre quien la escucha y quien la crea; ahí reside el valor que podría tener. ¿Queremos entregar nuestra subjetividad a canciones que no hayan nacido de un sujeto, sino de algo que carece de vida? Esta pregunta debiera ser retórica, pero no necesariamente lo es, según se comprueba.

Pensando desde el entorno de la creación, la fabricación de música con IA ofrece la historia menos interesante posible del desarrollo de obras. Estas canciones están hechas con mecanismos diseñados para borrar la biografía (el dolor, la historia individual, la experimentación, los errores y las emociones) de quienes fueron su origen, en este caso de forma indirecta. Lo que se busca con ellas es deshacerse de las inconveniencias de que haya una persona detrás, no sólo en el aspecto laboral, sino en de la identificación que puede entablarse entre quienes escuchan y quienes crean. El artesano, de Richard Sennett, es un libro que habla de cómo las obras materiales de las más diversas disciplinas son valiosas en tanto son representación del pensamiento y otros rasgos de la interioridad de quienes las desarrollan. Ese texto es un argumento bello, entre otras cosas, a favor de la importancia de crear una obra desde su origen, aprendiendo los rudimentos de cada arte y cada oficio, de forma que en cada uno de sus rasgos se deposite la historia de quienes la llevaron al mundo.

La modernidad fue (¿es?) característica por su desprecio del recorrido y la concentración en el resultado. Aunque este esquema había sido aplicado, sobre todo, a la producción en el contexto industrial y el arte había quedado en cierta medida a salvo durante buena parte del siglo XX (aunque sólo en apariencia), durante las últimas décadas la creación musical se ha sometido a la presión de abreviar los procesos y fabricar en masa. El volumen de música que arrojan las herramientas de IA parece la forma extrema a la que ha llegado esta reversión. Y una de las formas en que logran avasallar nuestra resistencia hacia ella podría ser la perplejidad. Desde el punto de vista de quienes crean la música, tanto como desde la perspectiva de quienes escuchamos, acaso antes que la indignación, la primera respuesta ante el slop musical podría ser el extrañamiento ante su misma existencia. ¿No se supone que la música es algo que se hace por gusto?

The post La fábrica que sólo produce desecho first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/GnFKleC
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad