Alias ha puesto a circular Entrevista de salida, que en su mayor parte está compuesta por una larga conversación entre los críticos e historiadores Hal Foster (Seattle, 1955) y Benjamin Buchloh (Colonia, 1941), dividida en tres partes. Es una traducción, a cargo de Gabriel Kuri, del libro que No Place Press publicó en 2024 (el diseño de Alias es fiel al original). Hacia el inicio, cuando abundan más notas personales sobre la formación de Buchloh, Foster le pregunta sobre su relación con el consumo de ácido: “Hablar sobre haber consumido drogas es complicado. Un amigo mío muy entrañable no regresó de un viaje de ácido; se volvió esquizofrénico. Todos leíamos a R.D. Laing y dijimos: ‘Es responsabilidad nuestra salvarlo, ayudarlo, protegerlo. No lo llevaremos al hospital’. Así que nos quedamos con él y fue el pandemonio. Acababa de terminar su tesis doctoral sobre Francis Picabia. Una tesis brillante y un hombre brillante. Al fin y al cabo volvió en sí, pero después de muchos años”.
Hace poco leí, precisamente, Pandemonio, la novela de Francis Picabia, que no fue publicada hasta 1971 aunque fue escrita durante la época en que el artista estuvo involucrado en el dadaísmo (Malpaso dio un buen paso en 2015 y publicó una versión en español). Y debo decir que gran parte de Entrevista de salida, especialmente cuando Benjamin Buchloh se permite algunas discretas incursiones en su relato personal, se lee como esa novela. Debe ser especialmente difícil para un crítico serio ceder a los impulsos autobiográficos (Buchloh agradece a Foster que en la edición final se hayan refrenado “las dérives narcisistas”), pero sí hay algo de autobiografía intelectual que permite percibir el aroma de una época a través de la formación de un testigo competente e implicado (así como en la novela de Picabia –en la que aparecen por aquí y por allá figuras como Breton, Duchamp, Aragon– se da cuenta del espíritu europeo de entreguerras, a través de un narrador que todo el tiempo aspira a ser un desapegado).
Acá siento el peso de mis propias limitaciones, pues Entrevista de salida, para un lector como yo (me interesa el arte pero no soy un crítico ni un historiador del mismo), se lee como una serie de tareas pendientes: aún debo leer, con más de dos décadas de retraso, Formalismo e historicidad, por decir algo. Pero también tiene, para quienes aspiramos a ser críticos con nuestra época, un tono agridulce, de clausura, pero sin amargura. La conversación está acompañada de un estimulante ensayo titulado “De viva voz: el fin de los críticos”, que se lee como una coda del artículo que Buchloh publicó hace unos años en Artforum, “Farewell to An Identity”. Lo más interesante al respecto es cómo afirmar y clausurar una época de la crítica sin que suene como un lamento. Benjamin Buchloh posee un tono de maestro sabio que cede su plaza o entrega la estafeta a nuevas lecturas e interpretaciones (específicamente a aquellas que buscan llamar la atención sobre lo que la historia contada por algunos decidió pasar por alto). Naturalmente, es una posición que posee puntos ciegos (como, creo, se ve en la amistosa relación que Buchloh desarrolló con artistas no europeos ni estadounidenses –como Gabriel Orozco, a quien conoció en los noventa; pero al respecto no puedo comentar demasiado, por falta de elementos).

Cortesía de Alias
Inicia Buchloh ese ensayo de esta manera: “El relato de Gustave Courbert sobre un crítico del que era amigo, famoso por despertarse a medianoche, pararse en la cama y gritar a voz en cuello: ‘¡Es que tengo que criticar!’ se ha quedado conmigo como una advertencia de no tomarme la identidad profesional demasiado en serio, o al menos cuestionar sus motivaciones”. Yo también creo, por lo que se lee después, que como crítico uno debe atender los impulsos agresivos, las actitudes fanfarronas o arrogantes, de quienes se atreven a mirar dos veces, con las herramientas que tengan a mano. Creo que todos conocemos los diagnósticos asfixiantes sobre lo que ocurre con la producción artística bajo el régimen en el que vivimos. El triunfo del mercado, la especulación financiera, la experiencia estética reducida a consumo y espectáculo, y la fascinación por quienes le dan la palabra a la propaganda, el retorno de los nacionalismos… dejan muy pocos caminos abiertos: mientras escribo esto en un procesador de texto, en una ventana de un chat, simultáneamente, algunos amigos están comentando la noticia de que Dua Lipa fundó una biblioteca en Oporto “dedicada a los libros que desafían el poder” y no sé cuánta cosa; pero nadie olvida que cuando la pusieron a hablar en la ceremonia del Booker, la cantante y lectora citó a… ¡Guadalupe Nettel!
Es difícil no volverse un cínico, un cascarrabias, cuando al mismo tiempo se aspira a ser exigente e incluso severo. ¿O son esas virtudes de otra época? El ascenso de los comentadores en redes sociales, a caballo entre consumidores y cómplices propagandísticos, me hace pensar que la crítica (o lo que pasa por ella) también podría vivir un proceso que le exija programáticamente prescindir de una serie de destrezas para poder hablar de su tiempo (deskilling, le llaman a este proceso en inglés), como ocurre en las artes visuales. Pero también suena como sacar al niño con la bañera. ¿Qué necesidad, de darse ese lujo, tendría el recomendar o leer un libro como Entrevista de salida?
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