jueves, 4 de junio de 2026

Historia de una revuelta

Hace muchos años leí en un pequeño libro de leyendas poblanas una historia muy interesante. Durante el Sitio de Puebla (del 16 de marzo al 17 de mayo de 1863) por las tropas francesas, existía un puesto de comida en el centro de la ciudad que siempre tenía carne. En medio de la escasez, era casi un milagro que existiera ese lugar. La leyenda cuenta que la dueña del negocio se internaba en el campamento francés –ubicado en aquel entonces en el Convento del Carmen– acompañada por una muchacha y un muchacho robustos. Aprovechando la noche, esperaban a que un soldado se apartara del grupo, lo asesinaban y disponían de su carne para darle de comer a su numerosa clientela. La leyenda, como suele suceder, quizá tiene mucho de fantasía, pero representa los numerosos actos de rebeldía, resistencia y sobrevivencia que protagonizaron los habitantes de Puebla durante aquellos años. En el siglo XIX muchas ciudades mexicanas sufrieron invasiones en las que las clases populares siempre llevaron la peor parte.

La editorial Grano de Sal reeditó el año pasado (la primera edición, de 2003, fue de Era y el INAH) Sueñan las piedras. Alzamiento ocurrido en la Ciudad de México, 14, 15 y 16 de septiembre de 1847. La obra es la tesis del historiador Luis Fernando Granados (1968-2021) y mereció el premio Marcos y Celia Maus de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, así como el galardón Francisco Javier Clavijero del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Por medio de una cuidadosa cronología y una abundante documentación, Granados repasa los días posteriores a la victoria del ejército estadounidense durante la invasión de México.

La llegada de las tropas extranjeras es retratada por el artista Carl Nebel en una litografía titulada General Scott’s Entrance into Mexico. En la imagen destaca, en el extremo inferior izquierdo, la figura de un lépero que se dispone a arrojar una piedra a los elegantes jinetes estadounidenses. La exploración de Granados abarca los tres días en los que una revuelta popular se extendió por la Ciudad de México, al tiempo que las élites en conflicto negociaban un acuerdo que diera fin a la guerra. Una quinta parte de la población de la urbe, según investigaciones del autor, se sumó al levantamiento, mientras otros mexicanos –no es difícil suponer a qué estrato social pertenecían– “habrían desplegado banderas de los países de su admiración, en especial España, con la esperanza de librarse del saqueo estadounidense”.

Luis Fernando Granados

Sueñan las piedras sigue el camino de historiadores que han investigado las clases populares y obreras –usualmente condenadas al silencio– como E.P. Thompson, Eric Hobsbawm o Marcus Rediker, entre muchos otros. Ante la falta de testimonios directos de los sublevados el 14, 15 y 16 de septiembre, Granados recurre al trabajo de archivo y, sobre todo, a la exploración de los motivos que llevaron a la rebelión. ¿Defensa de la patria o revancha contra los poderosos que habían sometido al pueblo a medidas draconianas de austeridad por la guerra, mientras ellos seguían disfrutando de bailes, obras de teatro y grandes cenas? Quizá, como especula el autor, los saqueos a las mansiones, edificios públicos y otros lugares, evidencian un motivo de clase, aunque no se puede desechar el germen de un incipiente nacionalismo ante la llegada de los invasores. Las piedras, en este caso, jugaron un papel fundamental en la rebelión, pero también fusiles robados y cualquier arma a la mano. Por otro lado, el ejército estadounidense encontró que no era sencillo dominar una ciudad laberíntica, populosa y en conflicto no solamente con los extranjeros sino con la propia élite del país que había dejado su posición de poder mientras se llevaba a cabo el acuerdo para finalizar la guerra en la que México cedería un parte considerable del territorio nacional.

Hay muchas dudas y vacíos cuando se intenta explicar un levantamiento popular. Elias Canetti exploró, desde distintas disciplinas, el comportamiento de las masas en circunstancias de disciplinamiento, acoso y, por supuesto, cuando momentáneamente toman el poder o, al menos, lo disputan. Siempre existe el peligro latente de rebelión cuando los códigos y la intimidación del superior parecen resquebrajarse. Granados describe una escena: en octubre de 1847, cuando el invasor es dueño aparente de la ciudad, se castiga mediante azotes (25 cada lunes durante cuatro semanas) a un mexicano por intentar matar a un oficial del ejército estadounidense. Para demostrar su poder, el castigo se lleva a cabo en público, pero la guardia que acompaña al verdugo es muy pequeña y los espectadores –los llamados léperos– la emprenden a pedradas contra los soldados antes de ser reprimidos. De esta manera transcurren esas semanas y meses: una falsa tranquilidad y un dominio muchas veces escenográfico, pues en los callejones de la ciudad se estafa, agrede y desprecia a cualquier miembro de la fuerza de ocupación.

La historia de México y sus conmemoraciones oficiales está conformada por muchas derrotas. En el caso de la intervención estadounidense del siglo XIX, el hecho más famoso y grabado en oro en la historia nacional es la defensa del Castillo de Chapultepec por los cadetes del Colegio Militar. Algunos de ellos provenían de familias con prestigio, como Juan de la Barrera, y otros, como Agustín Melgar o Juan Escutia, quizás encontraron en la milicia un medio para ganarse la vida. El hecho heroico de Chapultepec –con la inmolación de los cadetes– se volvió parte fundamental de la iconografía nacionalista del siglo XX. En contraste, la revuelta difícil de analizar y convertir en arquetipo pertenece, cuando se encuentran sus huellas, a las curiosidades históricas porque interroga al poder. Sueñan las piedras es una buena metáfora de los sometidos y su capacidad de acción, que aparece cuando se enciende una chispa que echa a andar un efecto en cadena: el resto de piedras que se pueden arrojar y ponen en jaque a los que dominan.

Luis Fernando Granados, Sueñan las piedras. Alzamiento ocurrido en la Ciudad de México, 14, 15 y 16 de septiembre de 1847, Grano de Sal, México, 2025

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