miércoles, 4 de marzo de 2026

Libro y álbum

Tengo frente a mí los Pequeños tratados de Pascal Quignard, y por más que me interese su escritura, por más que haya disfrutado un par de libros suyos, hay una resistencia, algo que me repele. Leí el primer tratado, me pareció excelente, y después no pude continuar. Hojeé otros, leí el índice: me viene la sensación de estar perdiendo el tiempo, como si esos breves ensayos, en realidad, dieran lo mismo, y no por una falta de calidad o penetración, sino por su naturaleza misma, su organización contingente. Me pasa algo similar –mea culpa– con Montaigne: leí el primer libro y ahora vivo con el temor de ese momento futuro en que el superyó me derrote y decida arrastrarme por el segundo tomo. También con otras colecciones de ensayos que revisé en las semanas pasadas, Luis Ignacio Helguera, José Israel Carranza, escrituras con las que siento afinidad y ya que las tengo en las manos me da por leer otra cosa.

Tal vez estas sensaciones se explican a través de la diferencia que Roland Barthes remarcaba entre el libro y el álbum. El segundo, aunque pueda imprimirse y distribuirse en el formato de libro, consiste en un vago ensamble de textos, sin una unidad verdadera. Un álbum es, por ejemplo, la reunión de las columnas de un escritor. No es un proyecto ideado de principio a fin, con una arquitectura y un movimiento específicos. Ahora bien, como está relacionado directamente con el fragmento, el álbum puede parecer una figura más radical y contemporánea, se asume como inesencial, está abierto al mundo, es la escritura de alguien que está demasiado concentrado en vivir y a lo mucho acompaña esa experiencia con notas, con textos sueltos, pero no quiere perder tiempo ni energía en los rigores de una obra. Es a partir de la forma cerrada del libro que surge lo opuesto: la religión del arte, la autonomía burguesa, el sacrificio de la vida del artista en el altar de su obra y todo lo demás.

Hasta ahí bien, en concepto se podría afirmar que el álbum es más fresco, más adecuado a esta época veloz, desconectada, incomprensible, sólo el fragmento puede dar cuenta de nuestra realidad, etc. Pero ¿y si se pierden las ganas de leer? Porque puede que el álbum, por su naturaleza porosa al mundo, se disuelva en él, y entonces leer, lavar ropa, ver televisión, comer una hamburguesa, sea todo parte del mismo flujo. Pero la forma libro corta el flujo, y de allí viene su diferencia y lo que hace especial la lectura. Por ello el recelo ante los llamados a nuevas escrituras, nuevas plataformas, conformarse con las redes, con Substack, con memes, etc., adoptar una escritura en formatos más fugaces, más dinámicos, celebrar la muerte del libro. En el origen de la lectoescritura está la búsqueda de la permanencia, de la duración, y el libro es el formato que mejor lo hace, es una cáscara que resiste el mundo y el paso del tiempo.

Quizás estoy exagerando porque no tengo ningún problema, de hecho, con un “álbum” de poemas, ni con leer un ensayo suelto como, digamos, “La Ilíada o el poema de la fuerza”, o justamente “El ensayo como forma”. Y ya esos textos en sí mismos demarcan una frontera, tienen un cuerpo, sus propias reglas, y desde allí ofrecen la resistencia de su consistencia frente al mundo y el tiempo. Incluso un pequeño aforismo lo hace. ¿Cuál sería el problema, entonces, de reunir en un álbum esas formas autónomas que se bastan en sí mismas?

¿Y si el problema no viene del álbum, ni de los textos por separado, sino del índice, de dar la impresión que, en vez de lidiar con algo específico, en vez de seguir una trayectoria o tener por lo menos una lógica, un hilo, la reunión de textos en cuestión trata de todo y nada, que leerla es caer de lleno en el azar? Me da mala espina cuando el primer ensayo trata sobre Dios, otro sobre los yoyos, y el siguiente sobre Zinedine Zidane. Pero todo está en todo, escribió Sergio Pitol. ¿No habría que encontrar el placer del azar y lo fugaz? ¿Por qué aferrarse a lo sólido y lo unitario?

Porque también existe otro tipo de pereza, la del libro cerrado inesencial. Barthes, cuando alguien le hacía llegar una nueva novela para reseñar o apoyar, leía la sinopsis y se preguntaba: ¿Por qué esta historia y no otra? ¿Por qué este libro y no otro? Lo mismo con las películas. Un hartazgo de las miles, infinitas anécdotas. Ir a la mesa de novedades y no entender qué es lo que nos haría elegir un libro entre los otros, qué lo diferencia, qué lo hace especial, por qué nos distraeríamos de vivir, de poner atención al mundo, para concentrarnos en esa obra que nos aparta de él. Parece más razonable leer un artículo corto, un post, un tuit, o francamente irnos a comer y tomar algo.

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