viernes, 4 de abril de 2025

Wong Kar-wai, diseñador

“Cada escena de Deseando amar (2000) y 2046 (2004) parece transpirar impotencia, momentos perdidos, posibilidades que nunca se concretan. Los personajes son perseguidos por sus memorias, están condenados a la soledad. El fatalismo inyecta una atmósfera de nostalgia y tristeza devastadoras a un par de filmes de una asombrosa belleza”, ha escrito Naief Yehya sobre ese díptico cinematográfico de Wong Kar-wai, recientemente convertido en tríptico con la serie Blossoms Shanghai (2023). De la estética de estos trabajos audiovisuales se desprende el interiorismo del restaurante Mi Shang, en la mansión Rong Zhai de Shanghái, iniciativa de la marca italiana de moda Prada.

Definido como “un reflejo sin fisuras entre Italia y China, Shanghái y Milán”, el diseño de Wong es un trabajo historicista que apunta a construir un ambiente semejante al de sus películas, que evocan distintos momentos en la historia de ciudades como Hong Kong y la propia Shanghái, marcadas por sus relaciones con Occidente. El concepto de tête-bêche (cabeza contra cola: los pies de un elemento frente a la cabeza del otro), procedente de la filatelia, se expresa en la incorporación de elementos de espacios milaneses en un edificio chino de 1918, restaurado por Prada como espacio cultural.

El pasillo de acceso emula la secuencia de luces del hotel en la película Deseando amar y lleva a los invitados a la entrada del restaurante, una biblioteca con una colección de libros sobre artesanía china, artes decorativas y diseño italiano. Las piezas estilo Shanghái que penden de los muros de la sala fueron creadas por Wong en colaboración con Duo Yun Xuan Art Centre, utilizando técnicas tradicionales chinas de impresión en madera, y su estética proviene de la serie Blossoms Shanghai, que captura el espíritu de la ciudad en los años noventa.

La paleta de colores del comedor remite, nuevamente, a Deseando amar, mientras que la pastelería, a la izquierda de la biblioteca, recurre a madera de cerezo artesanal y mobiliario de latón para vincular el espacio a la primera tienda de Prada en Milán, abierta en la Galleria Vittorio Emanuele en 1913. De indudable calidez, con notables cualidades artesanales y un componente de ensueño (como si se habitara por un momento el imaginario de Wong Kar-wai), el espacio exuda nostalgia colonial, lo que da al restaurante Mi Shang un perturbador inconsciente político.

Wong Kar-wai

La sala del restaurante Mi Shang, en Shanghái. Cortesía de Prada

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Wong Kar-wai, diseñador

“Cada escena de Deseando amar (2000) y 2046 (2004) parece transpirar impotencia, momentos perdidos, posibilidades que nunca se concretan. Los personajes son perseguidos por sus memorias, están condenados a la soledad. El fatalismo inyecta una atmósfera de nostalgia y tristeza devastadoras a un par de filmes de una asombrosa belleza”, ha escrito Naief Yehya sobre ese díptico cinematográfico de Wong Kar-wai, recientemente convertido en tríptico con la serie Blossoms Shanghai (2023). De la estética de estos trabajos audiovisuales se desprende el interiorismo del restaurante Mi Shang, en la mansión Rong Zhai de Shanghái, iniciativa de la marca italiana de moda Prada.

Definido como “un reflejo sin fisuras entre Italia y China, Shanghái y Milán”, el diseño de Wong es un trabajo historicista que apunta a construir un ambiente semejante al de sus películas, que evocan distintos momentos en la historia de ciudades como Hong Kong y la propia Shanghái, marcadas por sus relaciones con Occidente. El concepto de tête-bêche (cabeza contra cola: los pies de un elemento frente a la cabeza del otro), procedente de la filatelia, se expresa en la incorporación de elementos de espacios milaneses en un edificio chino de 1918, restaurado por Prada como espacio cultural.

El pasillo de acceso emula la secuencia de luces del hotel en la película Deseando amar y lleva a los invitados a la entrada del restaurante, una biblioteca con una colección de libros sobre artesanía china, artes decorativas y diseño italiano. Las piezas estilo Shanghái que penden de los muros de la sala fueron creadas por Wong en colaboración con Duo Yun Xuan Art Centre, utilizando técnicas tradicionales chinas de impresión en madera, y su estética proviene de la serie Blossoms Shanghai, que captura el espíritu de la ciudad en los años noventa.

La paleta de colores del comedor remite, nuevamente, a Deseando amar, mientras que la pastelería, a la izquierda de la biblioteca, recurre a madera de cerezo artesanal y mobiliario de latón para vincular el espacio a la primera tienda de Prada en Milán, abierta en la Galleria Vittorio Emanuele en 1913. De indudable calidez, con notables cualidades artesanales y un componente de ensueño (como si se habitara por un momento el imaginario de Wong Kar-wai), el espacio exuda nostalgia colonial, lo que da al restaurante Mi Shang un perturbador inconsciente político.

Wong Kar-wai

La sala del restaurante Mi Shang, en Shanghái. Cortesía de Prada

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miércoles, 2 de abril de 2025

Facetas de Juan O’Gorman

La obra y la figura de Juan O’Gorman se han vuelto cada vez más centrales en los recuentos del arte y la arquitectura mexicanos. En el contexto del 120 aniversario de su natalicio, la Facultad de Arquitectura de la UNAM y la Fundación Espacio Nancarrow-O’Gorman inauguraron el pasado 8 de febrero la exposición Todo O’Gorman, Juan O’Gorman en el Museo Universitario de Ciencias y Arte (MUCA) de la Ciudad de México. El lugar es significativo: desde la entrada de la galería es posible ver la Biblioteca Central de la UNAM, uno de los edificios icónicos del homenajeado, que cubrió su fachada con un mural extraordinario.

Curada por Adriana Sandoval, directora de Espacio Nancarrow-O’Gorman, junto a Carlos Prieto, Carlos Ortega y Mayra Uribe, la muestra aborda distintas facetas del trabajo de O’Gorman, lo mismo como artista plástico –dibujos, pinturas, temples– que como arquitecto –planos, maquetas, fotografías–, pero también como objeto de inspiración: obras de diversos artistas dialogan con su poética de muy diversas maneras. Así, entre detalles de edificios, gráfica y documentos varios se siembran piezas de Fabien Capello, Flor Garduño, Gabriel Macotela, Maribel Portela y Pedro Reyes, entre otros.

Juan O’Gorman

Vista de la exposición Todo O’Gorman, Juan O’Gorman, Museo Universitario de Ciencias y Arte, UNAM. Cortesía de Fundación Espacio Nancarrow-O’Gorman

Aunque habría sido deseable un trabajo de museografía más cuidadoso, Todo O’Gorman, Juan O’Gorman es la oportunidad de ver no sólo obras originales del artista mexicano sino dibujos y maquetas que expresan la radicalidad de uno de los impulsores del funcionalismo en México. Tendencia a la que, por cierto, se opuso frontalmente con la desaparecida vivienda que construyó para sí en el Pedregal, la casa-gruta que hoy es considerada referencia de la arquitectura fantástica. Una detallada maqueta de Javier Senosiain reconstruye a escala ese edificio legendario.

La exposición podrá visitarse hasta el sábado 5 de abril, y ha sido acompañada por un nutrido programa. El día previo, a las 15:00 horas, Ricardo Pohlenz leerá el poema “Tilichero caleidoscópico malabar” en la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria. El día de la clausura, a las 12:00 horas, un festejo diseñado por el artista Demián Flores dará cierre a este recuerdo de Juan O’Gorman.

Juan O’Gorman

Vista de la exposición Todo O’Gorman, Juan O’Gorman, Museo Universitario de Ciencias y Arte, UNAM. Cortesía de Fundación Espacio Nancarrow-O’Gorman

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Facetas de Juan O’Gorman

La obra y la figura de Juan O’Gorman se han vuelto cada vez más centrales en los recuentos del arte y la arquitectura mexicanos. En el contexto del 120 aniversario de su natalicio, la Facultad de Arquitectura de la UNAM y la Fundación Espacio Nancarrow-O’Gorman inauguraron el pasado 8 de febrero la exposición Todo O’Gorman, Juan O’Gorman en el Museo Universitario de Ciencias y Arte (MUCA) de la Ciudad de México. El lugar es significativo: desde la entrada de la galería es posible ver la Biblioteca Central de la UNAM, uno de los edificios icónicos del homenajeado, que cubrió su fachada con un mural extraordinario.

Curada por Adriana Sandoval, directora de Espacio Nancarrow-O’Gorman, junto a Carlos Prieto, Carlos Ortega y Mayra Uribe, la muestra aborda distintas facetas del trabajo de O’Gorman, lo mismo como artista plástico –dibujos, pinturas, temples– que como arquitecto –planos, maquetas, fotografías–, pero también como objeto de inspiración: obras de diversos artistas dialogan con su poética de muy diversas maneras. Así, entre detalles de edificios, obras gráficas y documentos varios se siembran piezas de Fabien Capello, Flor Garduño, Gabriel Macotela, Maribel Portela y Pedro Reyes, entre otros.

Juan O’Gorman

Vista de la exposición Todo O’Gorman, Juan O’Gorman, Museo Universitario de Ciencias y Arte, UNAM. Cortesía de Fundación Espacio Nancarrow-O’Gorman

Aunque habría sido deseable un trabajo de museografía más cuidadoso, Todo O’Gorman, Juan O’Gorman es la oportunidad de ver no sólo obras originales del artista mexicano sino dibujos y maquetas que expresan la radicalidad de uno de los impulsores del funcionalismo en México. Tendencia a la que, por cierto, se opuso frontalmente con la desaparecida vivienda que construyó para sí en el Pedregal, la casa-gruta que hoy es considerada referencia de la arquitectura fantástica. Una detallada maqueta de Javier Senosiain reconstruye a escala ese edificio legendario.

La exposición podrá visitarse hasta el sábado 5 de abril, y ha sido acompañada por un nutrido programa. El día previo, a las 15:00 horas, Ricardo Pohlenz leerá el poema “Tilichero caleidoscópico malabar” en la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria. El día de la clausura, a las 12:00 horas, un festejo diseñado por el artista Demián Flores dará cierre a este recuerdo de Juan O’Gorman.

Juan O’Gorman

Vista de la exposición Todo O’Gorman, Juan O’Gorman, Museo Universitario de Ciencias y Arte, UNAM. Cortesía de Fundación Espacio Nancarrow-O’Gorman

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Lo individual y lo colectivo

Hace unas semanas escuché una discusión en la que al parecer la idea de la arquitectura como disciplina organizada en torno a la autoría individual está siendo rebasada por modalidades colectivas como la producción social del hábitat, en la que el arquitecto es una suerte de facilitador pero las decisiones son tomadas en asamblea por las personas que habitan el territorio en donde se va a construir. Me sorprendió que las coordenadas de ese debate puedan detectarse punto por punto en otras artes, parece que es una preocupación que las atraviesa a casi todas.

Hay artes que siempre han sido realizadas en equipo, y debe ser un residuo de la cultura burguesa que incluso para un medio tan colaborativo como el cine nos las sigamos arreglando para darle una luz propia y distinta al “autor”, al punto de que el equipo podría escribir su propia versión del poema de Brecht: “¿arrastraron los directores las cámaras? ¿no llevaban siquiera catering?”. Pero tal vez la demanda de lo colectivo es más desequilibrante, y por ello ejemplar, en una de las artes cuyas condiciones de producción y de recepción están, al menos en un primer grado, caracterizadas por la reclusión: la literatura.

Desde el siglo pasado el concepto de autor estaba bajo ataque, y parecía más razonable considerarlo tan sólo como el marcador de una zona, un cruce de influencias, un pisapapeles. Como lo ponía César Aira en el inicio de El congreso de literatura: ¿cuántas personas habrán leído tanto la Filosofía de la experiencia vital de Bogdánov como el Fausto de Estanislao del Campo? Y si a eso le agregamos La Poussière de soleils de Roussel (y quizá Condorito y la revista Caras), “un libro más, un cuarto libro, y ya puedo tener la seguridad de estar solo”. Ese coctel improbable de textos –además de experiencias y circunstancias–, esa conformación de un input determinado, es lo que podríamos seguir llamando un autor.

Pero incluso esta idea del escritor individual como una especie de memoria portátil con libros en PDF sigue siendo insuficiente para quienes quieren dar un paso más allá y llegar a escrituras comunales, anónimas, hechas en equipo, hechas de citas, en otros soportes distintos del libro, etc. Me parece significativo que estos experimentos terminen muchas veces por traspasar el umbral y llamarse a sí mismos, como propone Maria Fusco, art writing, escritura de arte”, artistas conceptuales que trabajan con textos. Aunque pueda ser difícil establecer la diferencia entre ambas escrituras, el hecho de que haya la necesidad de buscar un nuevo nombre (y uno que, en realidad, suena a definición mínima de la literatura), marca que algo sucede. Quizá la idea de lo literario es demasiado lenta o estrecha para incluir esas búsquedas.

Suele ocurrir que un concepto se carga de una connotación negativa o positiva y se vuelve fijo y opaco. Como venimos del desierto neoliberal nos interesa valorar lo colectivo y todo lo que lleve ese signo es bienvenido. Pero también se pueden encontrar casos de arte colaborativo despreciable: los equipos de guionistas para la televisión. Algo hay en esa escritura grupal que acaba privilegiando lo trillado, lo comprensible, lo fácil, lo que está de moda, y deja poco espacio para el riesgo. ¿Es sólo una coincidencia que los proyectos audiovisuales más propositivos suelan provenir (desde el guion, desde la concepción) de una o dos mentes? ¿O quizás uno de los peligros de la realización colectiva es que puede tender a la nivelación, a las comodidades del consenso?

La particularidad de la literatura reside en que, como se menciona mucho en estos años, trabaja con uno de los comunes más comunes: el lenguaje, público en esencia, y entonces pareciera que un autor tradicional es un privatizador, un extractivista. Pero el lenguaje es siempre un vaivén entre lo personal y lo comunitario. La sustancia literaria aparece en la tensión, en la lucha que hay entre el cúmulo de sensaciones de la vida interior y ese artefacto gregario y estandarizador al que tenemos que traducirlas. Como lo ponía Adorno, en la lengua excéntrica de un poeta se reivindica, contra la alienación, la posibilidad de una humanidad libre. Es la idea de la lengua privada, que se resiste al dominio corporativo e ideológico del lenguaje, donde parece brillar una subjetividad auténtica.

Si presionamos un concepto lo suficiente veremos cómo empieza a llamar a su contrario. Quizá la función más social de la literatura, su pulsión utópica incluso, consiste precisamente en su complicidad con el retiro, con la separación y los bordes, como lo entendía Anne Carson en Eros dulce y amargo. Un magnetismo entre polos: lo común del lenguaje y la soledad de quien lee o escribe, cuando la lengua pausa su estruendo y concede una conversación secreta e íntima. Por su estrecha relación con lo individual y lo privado la literatura parece ser torpe para transformarse y acoplarse al siglo XXI, manteniéndose encadenada a la cultura burguesa para desde allí ser funcional al mercado (los escritores estrella”, la obra maestra”), pero también por ello puede evadirse, en sus mejores momentos, de la lengua cosificada y cosificante. Su permanencia en el tiempo de las redes y los algoritmos, del tecnofeudalismo y la cultura rápida, es por un lado un anacronismo encorsetado pero por otro una resistencia del sujeto.

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Lo individual y lo colectivo

Hace unas semanas escuché una discusión en la que al parecer la idea de la arquitectura como disciplina organizada en torno a la autoría individual está siendo rebasada por modalidades colectivas como la producción social del hábitat, en la que el arquitecto es una suerte de facilitador pero las decisiones son tomadas en asamblea por las personas que habitan el territorio en donde se va a construir. Me sorprendió que las coordenadas de ese debate puedan detectarse punto por punto en otras artes, parece que es una preocupación que las atraviesa a casi todas.

Hay artes que siempre han sido realizadas en equipo, y debe ser un residuo de la cultura burguesa que incluso para un medio tan colaborativo como el cine nos las sigamos arreglando para darle una luz propia y distinta al “autor”, al punto de que el equipo podría escribir su propia versión del poema de Brecht: “¿arrastraron los directores las cámaras? ¿no llevaban siquiera catering?”. Pero tal vez la demanda de lo colectivo es más desequilibrante, y por ello ejemplar, en una de las artes cuyas condiciones de producción y de recepción están, al menos en un primer grado, caracterizadas por la reclusión: la literatura.

Desde el siglo pasado el concepto de autor estaba bajo ataque, y parecía más razonable considerarlo tan sólo como el marcador de una zona, un cruce de influencias, un pisapapeles. Como lo ponía César Aira en el inicio de El congreso de literatura: ¿cuántas personas habrán leído tanto la Filosofía de la experiencia vital de Bogdánov como el Fausto de Estanislao del Campo? Y si a eso le agregamos La Poussière de soleils de Roussel (y quizá Condorito y la revista Caras), “un libro más, un cuarto libro, y ya puedo tener la seguridad de estar solo”. Ese coctel improbable de textos –además de experiencias y circunstancias–, esa conformación de un input determinado, es lo que podríamos seguir llamando un autor.

Pero incluso esta idea del escritor individual como una especie de memoria portátil con libros en PDF sigue siendo insuficiente para quienes quieren dar un paso más allá y llegar a escrituras comunales, anónimas, hechas en equipo, hechas de citas, en otros soportes distintos del libro, etc. Me parece significativo que estos experimentos terminen muchas veces por traspasar el umbral y llamarse a sí mismos, como propone Maria Fusco, art writing, escritura de arte”, artistas conceptuales que trabajan con textos. Aunque pueda ser difícil establecer la diferencia entre ambas escrituras, el hecho de que haya la necesidad de buscar un nuevo nombre (y uno que, en realidad, suena a definición mínima de la literatura), marca que algo sucede. Quizá la idea de lo literario es demasiado lenta o estrecha para incluir esas búsquedas.

Suele ocurrir que un concepto se carga de una connotación negativa o positiva y se vuelve fijo y opaco. Como venimos del desierto neoliberal nos interesa valorar lo colectivo y todo lo que lleve ese signo es bienvenido. Pero también se pueden encontrar casos de arte colaborativo despreciable: los equipos de guionistas para la televisión. Algo hay en esa escritura grupal que acaba privilegiando lo trillado, lo comprensible, lo fácil, lo que está de moda, y deja poco espacio para el riesgo. ¿Es sólo una coincidencia que los proyectos audiovisuales más propositivos suelan provenir (desde el guion, desde la concepción) de una o dos mentes? ¿O quizás uno de los peligros de la realización colectiva es que puede tender a la nivelación, a las comodidades del consenso?

La particularidad de la literatura reside en que, como se menciona mucho en estos años, trabaja con uno de los comunes más comunes: el lenguaje, público en esencia, y entonces pareciera que un autor tradicional es un privatizador, un extractivista. Pero el lenguaje es siempre un vaivén entre lo personal y lo comunitario. La sustancia literaria aparece en la tensión, en la lucha que hay entre el cúmulo de sensaciones de la vida interior y ese artefacto gregario y estandarizador al que tenemos que traducirlas. Como lo ponía Adorno, en la lengua excéntrica de un poeta se reivindica, contra la alienación, la posibilidad de una humanidad libre. Es la idea de la lengua privada, que se resiste al dominio corporativo e ideológico del lenguaje, donde parece brillar una subjetividad auténtica.

Si presionamos un concepto lo suficiente veremos cómo empieza a llamar a su contrario. Quizá la función más social de la literatura, su pulsión utópica incluso, consiste precisamente en su complicidad con el retiro, con la separación y los bordes, como lo entendía Anne Carson en Eros dulce y amargo. Un magnetismo entre polos: lo común del lenguaje y la soledad de quien lee o escribe, cuando la lengua pausa su estruendo y concede una conversación secreta e íntima. Por su estrecha relación con lo individual y lo privado la literatura parece ser torpe para transformarse y acoplarse al siglo XXI, manteniéndose encadenada a la cultura burguesa para desde allí ser funcional al mercado (los escritores estrella”, la obra maestra”), pero también por ello puede evadirse, en sus mejores momentos, de la lengua cosificada y cosificante. Su permanencia en el tiempo de las redes y los algoritmos, del tecnofeudalismo y la cultura rápida, es por un lado un anacronismo encorsetado pero por otro una resistencia del sujeto.

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