martes, 6 de enero de 2026

Sobre ‘Dinámicos atrevidos’

En un mundo (poético y comunicativo en general) que parece avanzar bajo la consigna “figuración, comunicación o muerte”, Inti García Santamaría (Ciudad Nezahualcóyotl, 1983) ha apostado desde el inicio por otras banderas. De ahí que haya que celebrar que a un poeta como él –que se ha mantenido al margen de los reflectores del mundo literario– le sea dedicada una antología en otro país. Dinámicos atrevidos (El Pasto Verde Records, Arequipa, 2025) recopila material construido durante más de dos décadas.

El volumen comprueba que desde su primer libro, Corazoncito (2004), la voz poética de García Santamaría ya poseía una madurez notable. En poemas como “Estival” su voz y su fraseo son enteramente propios. En la figura del “niño autista” el poemario articula un ángulo particular desde el cual explora la brecha entre el mundo y el lenguaje: El niño autista canta / con harapos en la garganta”. Para su segundo libro, Hasta aquí nada pudo separarme del cielo (2010), el solipsismo de Corazoncito da paso a un diálogo con un tú, lo que abrirá una nueva dimensión en su poética. Su extenso “Las estrellas brillaban hasta abajo” es uno de los mejores poemas de ese período:

La carretera cruza

la arena donde un calendario astral

se extiende por kilómetros

en figuras gigantes

donde brillan porque no brillan la ballena,

el mono, el cóndor, el colibrí,

la iguana, donde brillan porque no brillan,

la araña.

La carretera

cruza el geoglifo gigante de la iguana

y es la carretera un geoglifo gigante

cruzando todo nuestro continente.

García Santamaría

El mundo entra al poema con un lenguaje llano y directo, como espoleado por el deseo de registrar una realidad inmediata. Ahora la interlocución (implícita) es posible gracias a ese con el cual la voz poética buscará vincularse una y otra vez:

Te debo,

porque lo jugamos a la suerte,

una cantidad más

y más

y más grande

de poemas

y más.

Le estoy apostando a viajar contigo.

Le estoy apostando a dibujar para ti.

En 2018 aparece Évelyn, libro que quizá marca el mayor reacomodo en la obra de Inti García Santamaría. Es como si un malestar que no se había formulado del todo lograra finalmente articularse; ese reacomodo, me parece, posee un carácter ético y una dimensión política. A partir de Évelyn la poética de García Santamaría insiste en la autonomía del poema respecto al inmediatismo literario: “Un poema que renuncie, en primera instancia, a la visibilidad. Un poema que no responda al juicio de las redes”. Un deslinde de un estado de cosas y un posicionamiento que en algunos momentos se lee como un arte poética: “Ante la velocidad a la que corre la información, el poema debe oponer su propio ritmo”.

Ante la pregunta ¿cómo estar cerca de la poesía?, parece responder introduciendo distancia: “Mi proyecto de escritura consiste en pasar gran parte del tiempo en el trayecto para llegar a”. ¿Distancia de qué? De la visibilidad de los premios, de las redes, del poema como medio y no como fin: “Me interesa el poema que, más que buscar sumarse a lo ya dicho, apuesta por decir lo por decirse, lo que no se puede decir”. Y en otro momento leemos: “Con frecuencia pienso en escribir un poema que hable de Ciudad Neza”. De alguna manera, Inti García Santamaría ya escribió ese poema, un libro entero que se llama, precisamente, Évelyn.

Me interesa identificar los mecanismos que hacen que una persona se sienta avergonzada de decir que vive en una zona marginal. Me interesa reconocer los discursos que influyeron para que tardara 34 años antes de escribir Ciudad Nezahualcóyotl en mi ficha biobibliográfica.

En Azúcar impalpable (2022) continúa interrogándose sobre los límites de su práctica poética: “el poema / ¿qué ignora, con qué /es omiso?”. Ante la curaduría de la realidad, la poesía sobrevive justamente en aquello que la mirada contemporánea prefiere ignorar: “ciudades sobrepobladas, / casinos, / un llano lleno / de basura”. No se trata de un gesto menor; es un posicionamiento que retoma la máxima socrática para reescribirla: una poesía sin examinar no vale la pena ser escrita.

El deseo de explorar lo omitido abre nuevos territorios, en este caso la historia, como en “Sad sierreño del corrector de estilo”, uno de sus mejores poemas:

Quise escribir sobre el asalto bancario

que ocho jóvenes guerrilleros

realizaron el 30 de octubre de 1970,

pero tuve que corregir

una serie de notas sobre el programa de puntos

de la tarjeta de lealtad de una aerolínea.

Quise escribir sobre los disfraces,

las pelucas, la ropa de colores,

que usaron los militantes del Frente Urbano Zapatista

durante su incursión en el banco de avenida Coyoacán,

pero tuve que corregir una serie de notas

sobre créditos para empresas.

La prensa condenó la participación de mujeres.

El grupo fue detenido quince meses después.

Quise escribir sobre un operativo insurgente,

pero tuve que corregir contenido institucional.

Entre las demandas del subempleo y el deseo de dialogar con nuevos materiales –la historia de las guerrillas urbanas–, García Santamaría captura y expone las tensiones con una gran fluidez, mientras deja en el aire lo que parecen ser posibles rutas para sus próximos libros.

Si el Bildungsroman tuviera hoy una poética, esa sería en gran parte la de Inti García Santamaría. Hay algo en sus poemas que deriva su particular fuerza de los años formativos; quizá porque en ellos conviven el descubrimiento, la desilusión y la maravilla. El lenguaje se manifiesta como el Gran Desconocido, a la par de los grandes Otros: la persona amada y las palabras, los animales y el infinito cielo estrellado, los cangrejos malaquitas y las líneas de Nazca.

En una entrevista, el novelista Juan José Saer señalaba que ahí donde se encuentre un escritor, ése es el centro de la vida literaria. “Se puede estar en la ciudad o en el campo, presentar un libro o negarse a todo tipo de presentación y seguir estando en el centro de la vida literaria”. Desde un rincón, desde fuera del país o ajeno a los reflectores, se puede hacer una literatura que importa. La obra de García Santamaría muestra justamente que es posible –y necesario– trabajar a partir de la distancia, el silencio y la reflexión.

Conozco a Inti desde hace unos veinticinco años (cuando coincidimos por primera vez en un taller impartido por el poeta Raúl Renán) y desde entonces me he preguntado de dónde vino su poesía, tan madura desde el inicio, acompañada siempre por su reticencia a decir. Pero de lo que estoy seguro es que con Dinámicos atrevidos. Selección de poemas, 2001-2025 se comprueba un punto, para mí, fundamental: su poesía no tiene antecedentes en México.

The post Sobre ‘Dinámicos atrevidos’ first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/ArkfZ0X
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

Sobre ‘Dinámicos atrevidos’

En un mundo (poético y comunicativo en general) que parece avanzar bajo la consigna “figuración, comunicación o muerte”, Inti García Santamaría (Ciudad Nezahualcóyotl, 1983) ha apostado desde el inicio por otras banderas. De ahí que haya que celebrar que a un poeta como él –que se ha mantenido al margen de los reflectores del mundo literario– le sea dedicada una antología en otro país. Dinámicos atrevidos (El Pasto Verde Records, Arequipa, 2025) recopila material construido durante más de dos décadas.

El volumen comprueba que desde su primer libro, Corazoncito (2004), la voz poética de García Santamaría ya poseía una madurez notable. En poemas como “Estival” su voz y su fraseo son enteramente propios. En la figura del “niño autista” el poemario articula un ángulo particular desde el cual explora la brecha entre el mundo y el lenguaje: El niño autista canta / con harapos en la garganta”. Para su segundo libro, Hasta aquí nada pudo separarme del cielo (2010), el solipsismo de Corazoncito da paso a un diálogo con un tú, lo que abrirá una nueva dimensión en su poética. Su extenso “Las estrellas brillaban hasta abajo” es uno de los mejores poemas de ese período:

La carretera cruza

la arena donde un calendario astral

se extiende por kilómetros

en figuras gigantes

donde brillan porque no brillan la ballena,

el mono, el cóndor, el colibrí,

la iguana, donde brillan porque no brillan,

la araña.

La carretera

cruza el geoglifo gigante de la iguana

y es la carretera un geoglifo gigante

cruzando todo nuestro continente.

García Santamaría

El mundo entra al poema con un lenguaje llano y directo, como espoleado por el deseo de registrar una realidad inmediata. Ahora la interlocución (implícita) es posible gracias a ese con el cual la voz poética buscará vincularse una y otra vez:

Te debo,

porque lo jugamos a la suerte,

una cantidad más

y más

y más grande

de poemas

y más.

Le estoy apostando a viajar contigo.

Le estoy apostando a dibujar para ti.

En 2018 aparece Évelyn, libro que quizá marca el mayor reacomodo en la obra de Inti García Santamaría. Es como si un malestar que no se había formulado del todo lograra finalmente articularse; ese reacomodo, me parece, posee un carácter ético y una dimensión política. A partir de Évelyn la poética de García Santamaría insiste en la autonomía del poema respecto al inmediatismo literario: “Un poema que renuncie, en primera instancia, a la visibilidad. Un poema que no responda al juicio de las redes”. Un deslinde de un estado de cosas y un posicionamiento que en algunos momentos se lee como un arte poética: “Ante la velocidad a la que corre la información, el poema debe oponer su propio ritmo”.

Ante la pregunta ¿cómo estar cerca de la poesía?, parece responder introduciendo distancia: “Mi proyecto de escritura consiste en pasar gran parte del tiempo en el trayecto para llegar a”. ¿Distancia de qué? De la visibilidad de los premios, de las redes, del poema como medio y no como fin: “Me interesa el poema que, más que buscar sumarse a lo ya dicho, apuesta por decir lo por decirse, lo que no se puede decir”. Y en otro momento leemos: “Con frecuencia pienso en escribir un poema que hable de Ciudad Neza”. De alguna manera, Inti García Santamaría ya escribió ese poema, un libro entero que se llama, precisamente, Évelyn.

Me interesa identificar los mecanismos que hacen que una persona se sienta avergonzada de decir que vive en una zona marginal. Me interesa reconocer los discursos que influyeron para que tardara 34 años antes de escribir Ciudad Nezahualcóyotl en mi ficha biobibliográfica.

En Azúcar impalpable (2022) continúa interrogándose sobre los límites de su práctica poética: “el poema / ¿qué ignora, con qué /es omiso?”. Ante la curaduría de la realidad, la poesía sobrevive justamente en aquello que la mirada contemporánea prefiere ignorar: “ciudades sobrepobladas, / casinos, / un llano lleno / de basura”. No se trata de un gesto menor; es un posicionamiento que retoma la máxima socrática para reescribirla: una poesía sin examinar no vale la pena ser escrita.

El deseo de explorar lo omitido abre nuevos territorios, en este caso la historia, como en “Sad sierreño del corrector de estilo”, uno de sus mejores poemas:

Quise escribir sobre el asalto bancario

que ocho jóvenes guerrilleros

realizaron el 30 de octubre de 1970,

pero tuve que corregir

una serie de notas sobre el programa de puntos

de la tarjeta de lealtad de una aerolínea.

Quise escribir sobre los disfraces,

las pelucas, la ropa de colores,

que usaron los militantes del Frente Urbano Zapatista

durante su incursión en el banco de avenida Coyoacán,

pero tuve que corregir una serie de notas

sobre créditos para empresas.

La prensa condenó la participación de mujeres.

El grupo fue detenido quince meses después.

Quise escribir sobre un operativo insurgente,

pero tuve que corregir contenido institucional.

Entre las demandas del subempleo y el deseo de dialogar con nuevos materiales –la historia de las guerrillas urbanas–, García Santamaría captura y expone las tensiones con una gran fluidez, mientras deja en el aire lo que parecen ser posibles rutas para sus próximos libros.

Si el Bildungsroman tuviera hoy una poética, esa sería en gran parte la de Inti García Santamaría. Hay algo en sus poemas que deriva su particular fuerza de los años formativos; quizá porque en ellos conviven el descubrimiento, la desilusión y la maravilla. El lenguaje se manifiesta como el Gran Desconocido, a la par de los grandes Otros: la persona amada y las palabras, los animales y el infinito cielo estrellado, los cangrejos malaquitas y las líneas de Nazca.

En una entrevista, el novelista Juan José Saer señalaba que ahí donde se encuentre un escritor, ése es el centro de la vida literaria. “Se puede estar en la ciudad o en el campo, presentar un libro o negarse a todo tipo de presentación y seguir estando en el centro de la vida literaria”. Desde un rincón, desde fuera del país o ajeno a los reflectores, se puede hacer una literatura que importa. La obra de García Santamaría muestra justamente que es posible –y necesario– trabajar a partir de la distancia, el silencio y la reflexión.

Conozco a Inti desde hace unos veinticinco años (cuando coincidimos por primera vez en un taller impartido por el poeta Raúl Renán) y desde entonces me he preguntado de dónde vino su poesía, tan madura desde el inicio, acompañada siempre por su reticencia a decir. Pero de lo que estoy seguro es que con Dinámicos atrevidos. Selección de poemas, 2001-2025 se comprueba un punto, para mí, fundamental: su poesía no tiene antecedentes en México.

The post Sobre ‘Dinámicos atrevidos’ first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/ArkfZ0X
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

lunes, 5 de enero de 2026

La polémica Hart y la metafísica del pan

El inglés Richard Hart, dueño una panadería en la Ciudad de México, afirmó en un pódcast que el país no tiene cultura del pan. Según el británico, el bolillo es inferior a los panes europeos, y el pan dulce es más bien pastel. Hart se disculpó posteriormente por los comentarios, pero sus opiniones y el clamor desatado exigen una reflexión sobre la metafísica del pan.

El pan de trigo no existía en América antes de la Conquista. En contraposición, en Europa no sólo era el alimento básico sino Dios mismo. En los primeros relatos de los Evangelios, Cristo ofrece su cuerpo en forma de pan. En la Edad Media la Iglesia abrazó plenamente la teología eucarística: en 1215 el IV Concilio de Letrán declaró oficialmente la doctrina de que el pan de la misa se transubstancia en el cuerpo del Señor. Esta enseñanza provocó dudas y ansiedad, que los católicos expresaron a través de campañas de asesinato racializado.

Inmediatamente después del IV Concilio de Letrán, la violencia étnica se intensificó en Europa. En una serie de pánicos morales recurrentes, los católicos acusaban a los judíos y los musulmanes de robar la hostia y torturarla. Esos señalamientos de profanación de la Eucaristía fueron el pretexto de masacres y expulsiones. En 1290, en París, un banquero judío supuestamente robó la hostia; la cocinó en el fuego y el pan milagrosamente sangró. La sangre se desbordó para alertar a los cristianos. Incidentes similares ocurrieron en casi todos los países de Europa.

Cuando los europeos colonizaron y cristianizaron otras regiones surgió un dilema a la vez culinario y teológico. No todos los terrenos son adecuados para el cultivo de trigo y de uva. En su Suma teológica, Santo Tomás de Aquino insistió en que el pan y el vino son los únicos alimentos correctos para la misa, y que debían ser importados en países que carecieran de trigo y uva.

El desarrollo de la cultura del pan en México, entonces, no es un problema meramente culinario, sino parte de la imposición de la cultura occidental. Según la historiadora Virginia García Acosta, los españoles introdujeron el cultivo del trigo el mismo año en que se consumó la Conquista, cuando Cortés ordenó a un esclavo negro sembrar trigo en Coyoacán. Durante el período colonial el racismo caracterizó la producción y el consumo de pan.

Tradicionalmente las tortillas se hacían en casa, pero el pan siempre se producía en panaderías comerciales, todas ellas propiedad de blancos con trabajadores indígenas. La jerarquía racial también dividió la calidad del pan. Los españoles, típicamente, comían pan de harina de alta calidad, mientras que los mexicanos se acostumbraron a comer el pambazo (literalmente “pan bajo”, o sea de baja calidad). Esta historia de racismo y colonización podría explicar la estética del pan en México, y lo que lo hace al pan mexicano filosóficamente distinto del pan europeo.

El pan europeo aspira a la trascendencia (como el “pan de cada día” que está “en la tierra como en el cielo”). Es blanco, como la visión tomista-escolástica de Dios. Y es puro, como el deseo medieval de expulsar y borrar las diferencias religiosas y étnicas. El pan, en el contexto occidental, es el ídolo de una cosmovisión del individualismo y el puritanismo. Esta metafísica del pan tiene continuidad en los Estados Unidos, donde la expresión white bread es una metáfora común de las clases medias blancas: sus gustos insípidos, su racismo, su represión sexual.

La fuerza del pan en México proviene del sincretismo. El pan mexicano es un símbolo vivo de la aceptación de la diferencia a través de la mezcla, incluso del mestizaje. El ojo de buey no es solo pan blanco, sino la unión de lo crujiente y lo suave. La estimada concha es a la vez pan y galleta. Ambos encarnan la comunión en la diferencia. La concha es pagana: no el Dios del cielo sino una criatura marina, una Diosa del Mar.

La panadería mexicana es un panteón de deidades animales, no un Cuerpo monoteísta. Es de una diversidad infinita: orejas, cuernos, elotes. ¿Mi favorito? El besito. El bolillo es signo de solidaridad en días de sismo, y no se come solo sino mojado en salsa o frito como pambazo. Y, sobre todo, hay algo inasimilable a la cultura occidental y su puritanismo: el gusto por el pan de muerto.

The post La polémica Hart y la metafísica del pan first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/IlsVmnt
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

La polémica Hart y la metafísica del pan

El inglés Richard Hart, dueño una panadería en la Ciudad de México, afirmó en un pódcast que el país no tiene cultura del pan. Según el británico, el bolillo es inferior a los panes europeos, y el pan dulce es más bien pastel. Hart se disculpó posteriormente por los comentarios, pero sus opiniones y el clamor desatado exigen una reflexión sobre la metafísica del pan.

El pan de trigo no existía en América antes de la Conquista. En contraposición, en Europa no sólo era el alimento básico sino Dios mismo. En los primeros relatos de los Evangelios, Cristo ofrece su cuerpo en forma de pan. En la Edad Media la Iglesia abrazó plenamente la teología eucarística: en 1215 el IV Concilio de Letrán declaró oficialmente la doctrina de que el pan de la misa se transubstancia en el cuerpo del Señor. Esta enseñanza provocó dudas y ansiedad, que los católicos expresaron a través de campañas de asesinato racializado.

Inmediatamente después del IV Concilio de Letrán, la violencia étnica se intensificó en Europa. En una serie de pánicos morales recurrentes, los católicos acusaban a los judíos y los musulmanes de robar la hostia y torturarla. Esos señalamientos de profanación de la Eucaristía fueron el pretexto de masacres y expulsiones. En 1290, en París, un banquero judío supuestamente robó la hostia; la cocinó en el fuego y el pan milagrosamente sangró. La sangre se desbordó para alertar a los cristianos. Incidentes similares ocurrieron en casi todos los países de Europa.

Cuando los europeos colonizaron y cristianizaron otras regiones surgió un dilema a la vez culinario y teológico. No todos los terrenos son adecuados para el cultivo de trigo y de uva. En su Suma teológica, Santo Tomás de Aquino insistió en que el pan y el vino son los únicos alimentos correctos para la misa, y que debían ser importados en países que carecieran de trigo y uva.

El desarrollo de la cultura del pan en México, entonces, no es un problema meramente culinario, sino parte de la imposición de la cultura occidental. Según la historiadora Virginia García Acosta, los españoles introdujeron el cultivo del trigo el mismo año en que se consumó la Conquista, cuando Cortés ordenó a un esclavo negro sembrar trigo en Coyoacán. Durante el período colonial el racismo caracterizó la producción y el consumo de pan.

Tradicionalmente las tortillas se hacían en casa, pero el pan siempre se producía en panaderías comerciales, todas ellas propiedad de blancos con trabajadores indígenas. La jerarquía racial también dividió la calidad del pan. Los españoles, típicamente, comían pan de harina de alta calidad, mientras que los mexicanos se acostumbraron a comer el pambazo (literalmente “pan bajo”, o sea de baja calidad). Esta historia de racismo y colonización podría explicar la estética del pan en México, y lo que lo hace al pan mexicano filosóficamente distinto del pan europeo.

El pan europeo aspira a la trascendencia (como el “pan de cada día” que está “en la tierra como en el cielo”). Es blanco, como la visión tomista-escolástica de Dios. Y es puro, como el deseo medieval de expulsar y borrar las diferencias religiosas y étnicas. El pan, en el contexto occidental, es el ídolo de una cosmovisión del individualismo y el puritanismo. Esta metafísica del pan tiene continuidad en los Estados Unidos, donde la expresión white bread es una metáfora común de las clases medias blancas: sus gustos insípidos, su racismo, su represión sexual.

La fuerza del pan en México proviene del sincretismo. El pan mexicano es un símbolo vivo de la aceptación de la diferencia a través de la mezcla, incluso del mestizaje. El ojo de buey no es solo pan blanco, sino la unión de lo crujiente y lo suave. La estimada concha es a la vez pan y galleta. Ambos encarnan la comunión en la diferencia. La concha es pagana: no el Dios del cielo sino una criatura marina, una Diosa del Mar.

La panadería mexicana es un panteón de deidades animales, no un Cuerpo monoteísta. Es de una diversidad infinita: orejas, cuernos, elotes. ¿Mi favorito? El besito. El bolillo es signo de solidaridad en días de sismo, y no se come solo sino mojado en salsa o frito como pambazo. Y, sobre todo, hay algo inasimilable a la cultura occidental y su puritanismo: el gusto por el pan de muerto.

The post La polémica Hart y la metafísica del pan first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/IlsVmnt
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

La facilidad de lo fragmentario

Hace unos días un amigo y yo comentábamos Peregrino transparente (2023), de Juan Cárdenas. Mi amigo me decía que las interrupciones del yo ensayístico, esa voz que se podría tomar por la de Cárdenas y que relata estar leyendo Peregrinación de Alpha (1853) de Manuel Ancízar y rumiar un relato en torno a ello, que nos explica tantas cosas sobre ese viaje verdadero e incluso nos cuenta quién era su pintor favorito en la expedición, es decir, el backstage de la ficción, había arruinado lo que, de haberse limitado a una narración directa, habría sido una muy buena novela histórica y de aventuras. 

A mí, por el contrario, esas interrupciones me habían invitado a entrar al relato. Para empezar me remitían a cierta tradición fuerte en la literatura de América Latina. César Aira, por dar un solo ejemplo, ocupa esa técnica a menudo: La costurera y el viento (1994) comienza con el narrador en un café, con ganas de escribir algo pero sin saber bien qué, sólo con la certeza del título, y poco a poco la ficción se desamarra y se viene el vendaval. De hecho me es cada vez más difícil leer una novela donde algo no se rompe, donde la estructura no se quiebra, donde se pretende mantener el semblante de totalidad cerrada a como dé lugar. Es como si me fuera necesaria una declaración de culpabilidad, manchar la inocencia de la forma-novela, para que pueda entrar al pacto de leer algo que se le parezca.

Estamos de lleno en la oposición entre la obra cerrada u orgánica y la obra fragmentaria o inorgánica –las vanguardias del siglo XX están bien muertas pero seguimos atascados en sus mismas discusiones. Como lo explicaba Peter Bürger, la obra fragmentaria es uno de los fundamentos de la revolución artística de principios del siglo XX, y funcionaba en tándem con el otro pilar vanguardista, el ataque a la institución-arte. La obra fragmentaria va hacia el mundo, lo señala, lo deja entrar en sí misma, y por ello se volvió la herramienta favorita de una tendencia que buscaba transformar la vida. 

Lo que está en juego en la obra cerrada, para Theodor Adorno, es la idea de la reconciliación. Las grandes obras orgánicas dan la impresión de haber sido hechas por la naturaleza, parece que en ellas el Todo está bien, los contrarios se equilibran, las piezas encuentran su sitio, el conflicto entre lo general y lo particular cesa. Esa es la experiencia en Beethoven, como explica Adorno, el canto burgués, la exposición de una lucha y luego su resolución armónica. El poder de las obras orgánicas, y la melancolía que podemos sentir por ellas ahora, reside en que allí encontramos, al menos por unos momentos, paz y redención. La obra fragmentaria, por el contrario, es siempre la irresolución, la aporía, lo inacabado, pero también el campo abierto. 

La obra orgánica logra su imitación de la vida al cerrarse en sí misma, para poder posar como un mundo tiene que ignorar que hay un mundo real otro y más verdadero afuera de ella. Es un modelo a escala, una réplica sorda. La obra fragmentaria, en cambio, degrada su propia consistencia para poder incluir esa otra realidad que no es ella. Se podría decir, en cierto sentido, que la obra fragmentaria es siempre ensayística: el ensayo es el género transitorio por excelencia, asume su dependencia de otra entidad más grande y más esencial, es el género-accidente, el medio que va más rápido hacia la vida.

Mi amigo me respondió que a final de cuentas las interrupciones del yo ensayístico son un truco barato y que es más difícil mantener cerrado el semblante de la novela. En algo tiene razón, y quizá tiene que ver con los problemas de la vanguardia académica, como lo lamenta Damián Tabarovsky, las obras que siguen una receta, añaden un poquito de metaliteratura, un poquito de autoficción, un poquito de teoría cuir, otro poquito de crítica anticapitalista, etc., y el resultado es una obra en apariencia inteligente y en realidad formularia y banal. Una manera de resolverlo sería decir que lo fragmentario es una forma más, una opción entre otras, y que ahora, como decía John Cage, estamos en el océano y todas las formas nos pertenecen. Habrá buenas y malas obras fragmentarias, y buenas y malas obras cerradas. Pero este liberalismo estético, como todo centrismo, resulta sospechoso. 

Quizá la dificultad o facilidad en estas opciones no resida tanto en el talento individual sino en establecer una relación auténtica con el momento en la cultura y la historia. Así como Theodor Adorno afirmaba que se ha vuelto cada vez más difícil el verso, que la poesía es cada vez más ardua, pero que la prosa es siempre el intento de llegar al canto otra vez en un día futuro, tal vez ocurra lo mismo con la obra cerrada: es complicado escribir hoy una obra orgánica que no resulte inocente o sosa, pero lo fragmentario es en el fondo el intento de llegar a lo orgánico otra vez, construir, o por lo menos anhelar, las condiciones en que algo así sea de nuevo posible: la reconciliación. En tiempos de catástrofe, sin embargo, lo más sencillo y natural es señalar que esa paz, que esa armonía orgánica, es por ahora una mentira. 

The post La facilidad de lo fragmentario first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/W0X2vrh
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

La facilidad de lo fragmentario

Hace unos días un amigo y yo comentábamos Peregrino transparente (2023), de Juan Cárdenas. Mi amigo me decía que las interrupciones del yo ensayístico, esa voz que se podría tomar por la de Cárdenas y que relata estar leyendo Peregrinación de Alpha (1853) de Manuel Ancízar y rumiar un relato en torno a ello, que nos explica tantas cosas sobre ese viaje verdadero e incluso nos cuenta quién era su pintor favorito en la expedición, es decir, el backstage de la ficción, había arruinado lo que, de haberse limitado a una narración directa, habría sido una muy buena novela histórica y de aventuras. 

A mí, por el contrario, esas interrupciones me habían invitado a entrar al relato. Para empezar me remitían a cierta tradición fuerte en la literatura de América Latina. César Aira, por dar un solo ejemplo, ocupa esa técnica a menudo: La costurera y el viento (1994) comienza con el narrador en un café, con ganas de escribir algo pero sin saber bien qué, sólo con la certeza del título, y poco a poco la ficción se desamarra y se viene el vendaval. De hecho me es cada vez más difícil leer una novela donde algo no se rompe, donde la estructura no se quiebra, donde se pretende mantener el semblante de totalidad cerrada a como dé lugar. Es como si me fuera necesaria una declaración de culpabilidad, manchar la inocencia de la forma-novela, para que pueda entrar al pacto de leer algo que se le parezca.

Estamos de lleno en la oposición entre la obra cerrada u orgánica y la obra fragmentaria o inorgánica –las vanguardias del siglo XX están bien muertas pero seguimos atascados en sus mismas discusiones. Como lo explicaba Peter Bürger, la obra fragmentaria es uno de los fundamentos de la revolución artística de principios del siglo XX, y funcionaba en tándem con el otro pilar vanguardista, el ataque a la institución-arte. La obra fragmentaria va hacia el mundo, lo señala, lo deja entrar en sí misma, y por ello se volvió la herramienta favorita de una tendencia que buscaba transformar la vida. 

Lo que está en juego en la obra cerrada, para Theodor Adorno, es la idea de la reconciliación. Las grandes obras orgánicas dan la impresión de haber sido hechas por la naturaleza, parece que en ellas el Todo está bien, los contrarios se equilibran, las piezas encuentran su sitio, el conflicto entre lo general y lo particular cesa. Esa es la experiencia en Beethoven, como explica Adorno, el canto burgués, la exposición de una lucha y luego su resolución armónica. El poder de las obras orgánicas, y la melancolía que podemos sentir por ellas ahora, reside en que allí encontramos, al menos por unos momentos, paz y redención. La obra fragmentaria, por el contrario, es siempre la irresolución, la aporía, lo inacabado, pero también el campo abierto. 

La obra orgánica logra su imitación de la vida al cerrarse en sí misma, para poder posar como un mundo tiene que ignorar que hay un mundo real otro y más verdadero afuera de ella. Es un modelo a escala, una réplica sorda. La obra fragmentaria, en cambio, degrada su propia consistencia para poder incluir esa otra realidad que no es ella. Se podría decir, en cierto sentido, que la obra fragmentaria es siempre ensayística: el ensayo es el género transitorio por excelencia, asume su dependencia de otra entidad más grande y más esencial, es el género-accidente, el medio que va más rápido hacia la vida.

Mi amigo me respondió que a final de cuentas las interrupciones del yo ensayístico son un truco barato y que es más difícil mantener cerrado el semblante de la novela. En algo tiene razón, y quizá tiene que ver con los problemas de la vanguardia académica, como lo lamenta Damián Tabarovsky, las obras que siguen una receta, añaden un poquito de metaliteratura, un poquito de autoficción, un poquito de teoría cuir, otro poquito de crítica anticapitalista, etc., y el resultado es una obra en apariencia inteligente y en realidad formularia y banal. Una manera de resolverlo sería decir que lo fragmentario es una forma más, una opción entre otras, y que ahora, como decía John Cage, estamos en el océano y todas las formas nos pertenecen. Habrá buenas y malas obras fragmentarias, y buenas y malas obras cerradas. Pero este liberalismo estético, como todo centrismo, resulta sospechoso. 

Quizá la dificultad o facilidad en estas opciones no resida tanto en el talento individual sino en establecer una relación auténtica con el momento en la cultura y la historia. Así como Theodor Adorno afirmaba que se ha vuelto cada vez más difícil el verso, que la poesía es cada vez más ardua, pero que la prosa es siempre el intento de llegar al canto otra vez en un día futuro, tal vez ocurra lo mismo con la obra cerrada: es complicado escribir hoy una obra orgánica que no resulte inocente o sosa, pero lo fragmentario es en el fondo el intento de llegar a lo orgánico otra vez, construir, o por lo menos anhelar, las condiciones en que algo así sea de nuevo posible: la reconciliación. En tiempos de catástrofe, sin embargo, lo más sencillo y natural es señalar que esa paz, que esa armonía orgánica, es por ahora una mentira. 

The post La facilidad de lo fragmentario first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/W0X2vrh
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad

jueves, 18 de diciembre de 2025

Neuromancia sonora

A más de cuatro décadas de su aparición, Neuromante sigue agitando la imaginación futurista. La novela de William Gibson, cuyo impacto cultural puede situarse en la identificación de la encrucijada del sujeto posmoderno –la vida modulada por corporaciones cuyo poder se sostiene en el control de los flujos de información, escribí en otra parte–, ha inspirado todo tipo de productos culturales. Tras varios intentos fallidos de adaptación audiovisual –sólo queda fantasear con lo que habría sido la versión de Chris Cunningham musicalizada por Aphex Twin– se ha anunciado una serie de televisión de estreno próximo. Ya se verán los resultados, si bien Matrix es hasta el momento la mejor traducción al cine del imaginario desarrollado por Gibson.

“El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto”. De la célebre línea inicial de Neuromante procede el título del disco más reciente de Clipping, Dead Channel Sky. Se trata de un álbum conceptual que, en una operación típica de la ciencia ficción, absorbe lo que necesita de la obra de referencia para recrearlo con coordenadas propias, en este caso desde una mezcla singular de electrónica experimental y rap. En la senda abierta por Dälek o Death Grips, Clipping ha explorado desde hace tres lustros las posibilidades de un hip hop postindustrial, donde la música concreta convive con la invención de timbres y texturas para la creación de mundos sonoros. En el caso del trío angelino estas búsquedas están orientadas a la narrativa de género, que en el caso de la ciencia ficción les permite, además, articular un discurso político. El rapero Daveed Diggs y los productores William Hutson y Jonathan Snipes, fecundos lectores de narrativas futuristas, han explorado estas temáticas desde “Taking Off”, una de las piezas que conforman su primer álbum, CLPPNG (2014).

El vínculo de Clipping con el género se expandió en la ópera espacial Splendor & Misery (2016), lectura afrofuturista de 2001: Odisea del espacio, y tuvo continuidad en el sencillo The Deep (2019), ambos, por cierto, nominados a los premios Hugo. Si estas propuestas de narración musical buscaron la cohesión temática y sonora, Dead Channel Sky –que a unos meses de su lanzamiento ya cuenta con una versión reordenada y ampliada, Dead Channel Sky Plus– es una suerte de novela en cuentos (o mixtape narrativo), donde el marco general del relato se desarrolla a través de las partes, canciones que exploran el legado de subgéneros de los noventa como el jungle, el acid house o el tecno de Detroit. La palabra “yo” ha sido desterrada, y las visiones de una vida sumergida en el magma tecnológico, que encuentra en el hackeo una vía de emancipación, tienen en la voz de Diggs un vehículo adecuado. Se trata de un MC que, a falta de mayor paleta cromática, ha desarrollado un estilo de rapeo rápido sostenido en depurados staccati. Hutson y Snipes tejen un entramado sonoro cuyos antecedentes pueden estudiarse en Más brillante que el sol (1998), el libro donde Kodwo Eshun exploró el llamado Futurismo Atlántico Negro: de la música concreta de George Russell al trip hop de Tricky, pasando por la electrónica del cuarto mundo de Sun Ra o el funk psicodélico de Parliament-Funkadelic.

El matrimonio de hip hop e imaginario ciberpunk se consuma en la recurrencia del glitch en Dead Channel Sky, poblado de ruidos que se integraron al entorno sonoro a partir de los años en los que la vida comenzó a trasladarse a las pantallas. El álbum consigue, sin embargo, que su discurso en contra del poder (“Change the Channel” sustituye al “Fight the Power” de Public Enemy) circule en composiciones que oscilan entre la abstracción y los beats enérgicos. Una distopía que no pierde el pulso, en la que la ocasional alegría del jaqueo se traduce en hipnosis bailable y la ira de la rebelión produce ataques abrasivos. Las dos versiones de “Mirrorshades” no sólo aluden a la célebre antología de Bruce Sterling de la que nació el movimiento literario ciberpunk, sino que apelan a la coolness de las gafas de espejo donde ocultar la mirada es algo más que moda retro de programadores.

El más reciente Tiny Desk Concert (31 de octubre) de Clipping deja en los huesos algunas de sus canciones, lo que permite acercarse de formas inesperadas a una música habitualmente catalogada como “hip hop experimental”. Es una extraordinaria muestra de inventiva de Jonathan Snipes y William Hutson: al no poder recurrir a las pistas y los sampleos habituales, construyeron una orquesta de juguetería sónica, poblada de objetos y pequeñas máquinas que operan como auténticos intérpretes. Vasos, botellas y tazas cumplen funciones de sintetizadores. Una caja de cartón hace de bombo. Una cadena rebota en papel de aluminio para fungir de charles. El armonio, el piano y el bajo completan la instrumentación. Daveed Diggs no pierde la cadencia, y junto a los productores alcanza otra dimensión ciberpunk, que en palabras de Marcelo Cohen podría describirse como “compuestos de gente y aparato”.

The post Neuromancia sonora first appeared on La Tempestad.



from La Tempestad https://ift.tt/MdswVno
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad