Sergio Pitol decía que un escritor debe tratar de que sus libros sean diferentes entre sí, pero que todo lo que no puede evitar repetir, o lo que ni siquiera es consciente de estar repitiendo, se convierte en su estilo personal. Siempre me pareció deseable el caso de Flaubert, que daba con algo único en cada uno de sus libros –y quizá por ello le era tan tortuoso escribirlos. Cuando el público esperaba una segunda Madame Bovary, les aventó una épica antigua, y después una novela sobre nada a la Seinfeld, y después una historia de santos. Es la marca de un artista arriesgado, que se transforma en cada obra.
En las últimas semanas, sin embargo, algunas obras me hicieron considerar la ventaja de repetirse. Por ejemplo, la reciente película de Kelly Reichardt, Mente maestra (2025), que en un sentido es una nueva versión de Radicales (2013). Se trata de dos estudios sobre la ineptitud, de un ladrón de obras de arte en la primera y de un activista ambiental en la segunda. Ambos protagonistas comparten la arrogancia, la ambición y, como Reichardt misma lo ha dicho, un acendrado individualismo, una impaciencia o una incapacidad por las soluciones colectivas a largo plazo, una preferencia por la acción rápida y solitaria que los lleva al desastre y el ridículo.
Con las primeras dos cintas de Joanna Hogg ocurre algo similar, y quizá de forma más patente: Unrelated (2007) y Archipiélago (2010) parecen calcadas, películas de drama familiar en vacaciones, en hermosas casas de campo rentadas, protagonizadas por Tom Hiddlestone. Lo que quiero decir es que hay algo válido en estas repeticiones, en hacer la misma pieza dos veces, tres veces, en perfeccionar una sola obra durante toda la vida. Justamente por ser más abiertamente política, Radicales es por momentos demasiado directa, obvia; Mente maestra resulta más elegante y ambigua. Del mismo modo, hay vértigo y belleza en Unrelated, pero se siente también algo tosca. Archipiélago está más amarrada, contiene encanto y ternura en sus escenas en apariencia más nimias.
En el último año empecé el bastante ñoño proyecto de leer una obra de Shakespeare al mes, en orden cronológico, y me entró la idea de que no es el caso, en realidad, que haya escrito 39 obras de teatro distintas; quizás escribió unas cinco o seis en varias versiones. Conforme avanza la lectura brincan sus personajes y sus dispositivos favoritos: la obra dentro de la obra, la locura que produce un discurso “rompido” pero profético, la mujer loca de duelo, el tirano que sube y cae, el amante que muda de objeto, etc. Incluso versos e imágenes se repiten, como si los hubiera ido afinando de obra en obra. Quizá lo que explica la época de madurez de Macbeth, Hamlet y compañía, esas obras que parecen hechas con una perfección sobrehumana, es que son en realidad la versión final de una misma obra en la que Shakespeare trabajó durante años.
Tal vez incluso sea mala idea tratar de no repetirse y terminar como un artista sin identidad, sin un proyecto claro, con entregas mediocres, como le sucede últimamente a Alejandro G. Iñárritu, o a la banda King Gizzard and the Lizard Wizard, que tiene un álbum para cada género que existe y esto es atractivo como concepto, pero a la hora de la hora quizás es mejor escuchar bandas especializadas. Otro peligro es equivocarse en qué es precisamente lo que vale la pena repetir: después del éxito de En Brujas (2008), Martin McDonagh intentó hacer otra vez la película cool de crimen sin demasiada suerte, y sería hasta Los espíritus de la isla (2022) donde volvería el elemento clave: no la película de mafiosos sino la dinámica entre Colin Farrell y Brendan Gleeson en una atmósfera lúgubre, el cuento de hadas.
Sucede con ciertos poetas, como Juan Gelman o Eduardo Milán, que sus últimos libros son la reiteración de un mismo estilo conseguido décadas atrás –aunque quizá sea la impresión de una lectura inatenta. Cuando tenía veinte años esto me molestaba un poco, aunque fueran poetas que adoraba. Una amiga escritora me corregía: si ese era el vínculo que habían establecido con la creación, si eso era lo que necesitaban para seguir escribiendo, todo estaba bien. Y bien mirado, recuerdo abrir esos últimos libros en una página aleatoria y encontrar joyitas, un estilo sintético y limpio, pequeñas obras perfectas de viejos maestros.
Tal vez sea más exacto ver las cosas como Pitol. Y además las repeticiones pueden ser engañosas: más allá de sus similitudes, Mente maestra y Radicales, como Unrelated y Archipiélago, son en realidad películas muy diferentes entre sí, casi opuestas, en tono, en la paleta de colores, en velocidad, al punto que podrían ser de directoras distintas. Aunque compartan a Farrell y Gleeson, habrá quien haya disfrutado mucho de En Brujas y Los espíritus de la isla le resulte demasiado bucólica. Y desde luego, cada libro de Flaubert es único, pero en otro sentido repiten lo mismo una y otra vez: la burla, el escepticismo, la grieta, la crueldad, el coqueteo perpetuo con la nada.
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