miércoles, 10 de diciembre de 2025

Gabriel de la Mora: el reverso de la página

En el catálogo recientemente publicado de La petite mort, Tobias Ostrander, curador de la muestra, explica que el término pequeña muerte “sirve de eufemismo para referirse a un orgasmo y a la sensación de abandono o pérdida que puede engendrar el clímax del placer físico. Su uso estratégico facilita una lectura erótica de la práctica de Gabriel de la Mora, al tiempo que aborda las numerosas ‘muertes’ que articulan sus obras”. Desde el 25 de septiembre el Museo Jumex de la Ciudad de México alberga la exposición de media carrera del artista mexicano, que permite recorrer más de dos décadas de búsquedas formales y atender los intereses que organizan las distintas líneas de trabajo.

El discurso curatorial, centrado la dimensión erótica de la producción de De la Mora (Ciudad de México, 1968), no imposibilita otras lecturas. La reflexión sobre el tiempo, por ejemplo, cruza La petite mort transversalmente. El tiempo no sólo es tematizado, sino que es convertido en el material mismo de algunas de las piezas. “Como buen disléxico”, comenta el artista en entrevista con La Tempestad, “me encanta ver ambas caras o dimensiones de la moneda, el tiempo puede transformar el pasado en futuro. Ese ir hacia adelante o hacia atrás me interesa muchísimo”.

“Como buen disléxico, me encanta ver ambas caras o dimensiones de la moneda, el tiempo puede transformar el pasado en futuro. Ese ir hacia adelante o hacia atrás me interesa muchísimo”: Gabriel de la Mora.

Formado como arquitecto, el artista encontró obras creadas por el paso del tiempo en los plafones de algunos edificios, que retiró, consolidó y convirtió en readymades pictóricos: “En 2006, dos años después de que dejé de pintar, empecé a ir a construcciones de finales del siglo XIX en la colonia Roma. En Tonalá 47 me di cuenta de que había una tela colgando, un cielo raso o manta de cielo, y pensé: Algo puede comenzar su proceso mucho tiempo antes del nacimiento del artista, y quizá seguir cambiando después de que muera. Esperé seis años y, en 2012, al ver que eran estables, empecé a ir a Altamirano 20 a trabajar con la idea de que la mejor forma de explorar o expandir la pintura era abandonándola”.

Gabriel de la Mora

Vista de la exposición Gabriel de la Mora: La petite mort, Museo Jumex, 2025. Fotografía: Ramiro Chaves

Para Gabriel de la Mora estas telas absorbieron la energía del espacio durante siglo y medio, lo que dejó una impronta en la superficie de la pintura: “Todo está hecho para cumplir una función, y cuando algo llega a su fin se transforma en el inicio de algo más”. La idea de obras creadas por el tiempo se extiende en el mural B-55 izq. / 55 der. (2016), compuesto por telas removidas de bocinas de estéreos, donde el sonido que vibró por años en las superficies creó, con ayuda del polvo, dibujos sin intervención humana. “La música, los anuncios, los noticieros y hasta la estática hacen que la caja acústica absorba y expulse aire, es como una respiración a través del sonido, y de a poco, en 30, 50 o 60 años, el polvo va quedando impregnado y hace visibles las bocinas o los buffers, generando círculos y rectángulos de diferentes tamaños e intensidades”, explica el artista.

La concepción no-lineal del tiempo incide no sólo en la organización de ‘La petite mort’, que prescinde de lo cronológico a favor de agrupaciones temáticas, sino en otra dimensión de la obra de Gabriel de la Mora: lo autobiográfico.

La concepción no-lineal del tiempo incide no sólo en la organización de La petite mort, que prescinde de lo cronológico a favor de agrupaciones temáticas –“Cuerpos”, “Borradura”, “Calor”, “El filo del deseo”, “Tacto” y “El placer del espectador”–, sino en otra dimensión de la obra de De la Mora: lo autobiográfico. Retroactivamente, el artista convierte una plana escolar de escritura, realizada a los cuatro años, en m-294 (1972), su primera pieza artística. Todo, de alguna manera, se inscribe ahí como marca de origen: disléxico, su profesora le pidió practicar la letra m en el sentido “correcto”, cosa que cumplió; posteriormente, volvió escribirla en sentido inverso en el reverso de la página.

Uno de los puntos más altos de la exposición, en el inicio del recorrido, cruza las dimensiones temporal y autobiográfica de forma contundente. La instalación Memoria I, 24.10.07 (2007) “integra por primera vez a mi padre, en el contexto de la familia, 14 años después de muerto, así como a mi hermana [fallecida al nacer]; une vivos y muertos a través del cráneo, de tomografías computarizadas que realizaron, en el caso de mi papá y mi hermana, a través de una exhumación. De ahí se hicieron impresiones tridimensionales de esos dos cráneos, para después convencer al resto de la familia a hacernos nuestras impresiones 3D”. Las diecisiete figuras borran las identidades y nos dejan ante un novísimo tzompantli que lleva al grado cero la novela familiar y el acontecimiento que nuclea la primera parte de la muestra: los secretos que se revelaron con la muerte del padre, en 1993, cuando Gabriel de la Mora tenía 25 años y aún no había abandonado la arquitectura para dedicarse a las artes visuales.

Gabriel de la Mora

Vista de la exposición Gabriel de la Mora: La petite mort, Museo Jumex, 2025. Fotografía: Ramiro Chaves

El conjunto de obra que compone La petite mort, a partir de 87 piezas seleccionadas por Tobias Ostrander –algunas de ellas nunca antes exhibidas–, deja ver otras dimensiones del trabajo de De la Mora. La búsqueda de nuevos materiales y de nuevos procedimientos, por ejemplo. También la obsesión con el número, que le lleva a desglosar a detalle lo que involucra cada trabajo. Piénsese, si no, en 467,685 (2020), cuyo título refiere la cantidad de fragmentos de cascarón de huevo requeridos para cubrir una superficie de 2 x 2 metros, en una producción que tomó dos años. O en la cantidad de fragmentos de alas de mariposa debidamente acreditados en las fichas técnicas de diversas obras.

La concepción no-lineal del tiempo incide no sólo en la organización de ‘La petite mort’, que prescinde de lo cronológico a favor de agrupaciones temáticas, sino en otra dimensión de la obra de Gabriel de la Mora: lo autobiográfico.

Como si reflexionara sobre lo anterior, Pablo Soler Frost escribe en el catálogo de la muestra sobre la fragmentación del universo: “origen de la existencia de todas las cosas y de todos los seres, visibles o invisibles, menos, en el caso de las cosmogo­nías, de la entidad creadora, menos, en el caso de ciertas teorías que proponen una serie de big bangs, de ciertos residuos en nuestro uni­verso de un universo ante­rior o la posibilidad de cien­tos o de miles de universos espejo o universos paralelos, esta fragmentación primigenia y primordial es la explicación tanto de nuestras diferencias (el yo y el tú y lo otro) como de nuestras similaridades (tanto a nivel molecular como el hierro de nuestra sangre, formado en el principio mismo del universo, pero presente en todos y cada uno de los seres humanos, como en el inconsciente colectivo que todo lo une en su abismo)”.

Como puede observarse en el recorrido por la exposición, para Gabriel de la Mora el arte –como antes la arquitectura– es un medio de pensamiento. Cada pieza es la respuesta a una pregunta, y a su vez abre nuevas interrogantes, desde las más elementales –¿cuánto tiempo tomó realizar esta pieza?– hasta las más íntimas –sobre la muerte, la identidad o la forma en que nuestra memoria se imprime en los objetos. Son preguntas-respuesta ejecutadas con extraordinario rigor por el artista y sus asistentes, donde la búsqueda de nuevas resoluciones va siempre de la mano con el surgimiento de nuevas inquietudes.

Gabriel de la Mora

Vista de la exposición Gabriel de la Mora: La petite mort, Museo Jumex, 2025. Fotografía: Ramiro Chaves

Gabriel de la Mora: La petite mort puede visitarse en la Galería 3 del Museo Jumex hasta el 8 de febrero de 2026. Posteriormente, este conjunto de objetos a veces exquisitos, a veces enigmáticos, recalará en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO). Es indudable que, como declara Ostrander, “la exposición celebra la sensualidad formal y la sofisticación conceptual” de la obra del artista. El espectador que la visita, sin embargo, es también confrontado: detrás del rigor y la precisión de las piezas se abre el vacío de la pérdida, pero también la extraña felicidad de quien, al reverso de la página, sigue la dirección contraria.

Con información de Nicolás Cabral

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martes, 9 de diciembre de 2025

Frank Gehry (1929-2025)

Aunque a menudo se lo vinculó al llamado deconstructivismo –categoría en la que no le gustaba ser incluido–, el arquitecto canadiense-estadounidense Frank Gehry operó en un territorio híbrido, donde conviven la intuición plástica, la investigación material y el uso de nuevas tecnologías de diseño. Independientemente de la escala, sus obras mantuvieron una cualidad táctil y el interés en su uso cotidiano. Nacido en Toronto en 1929, convertido una de las figuras más influyentes de la arquitectura contemporánea, falleció el pasado 5 de diciembre en Los Ángeles, donde estudió y estableció su estudio décadas atrás.

Los edificios de Frank Gehry se distinguen por redefinir las relaciones entre edificio, ciudad y usuario, desde la exploración constante de formas y materiales, con una vocación escultórica que lo distinguió entre sus colegas, al grado de volverse una figura popular a partir de los años noventa del siglo pasado (fue el primer arquitecto que apareció en un episodio de Los Simpson, donde su Sala de Conciertos Walt Disney se convierte en el auditorio de Springfield). La construcción del Museo Guggenheim Bilbao en 1997 refrendó su estatura creativa y abrió un debate sobre la pertinencia de que piezas arquitectónicas espectaculares sirvan como punta de lanza para la revitalización del tejido urbano y la activación del turismo. Las cinco obras que siguen ejemplifican algunos aspectos de su singularísima trayectoria.

 

Casa Gehry

Santa Mónica, 1978

Su propia casa, convertida en laboratorio y manifiesto, donde exploró los procedimientos formales que terminarían caracterizando su obra. Al envolver la vivienda original –de estilo colonial holandés– con elementos fragmentados, Gehry produjo un objeto que oscila entre lo doméstico y lo inhóspito, cuestionando la noción misma de fachada, así como las ideas sobre lo terminado u ordenado.

Frank Gehry

Fotografía: IK’s World Trip

Museo de Diseño Vitra

Weil am Rhein, Alemania, 1989

Primera obra de Gehry en Europa y uno de los edificios que consolidaron su lenguaje personal. Entrelazados de manera casi coreográfica, sus volúmenes blancos muestran la tendencia del arquitecto hacia la escultura habitable. El museo hace de la forma un planteamiento crítico: fragmentación, torsión y dinamismo en los estertores del siglo XX.

Frank Gehry

Cortesía de Vitra International AG

Casa Danzante

Praga, 1996

En una esquina que estaba vacante frente al río Moldava, el edificio, apodado Ginger & Fred y diseñado junto a Vlado Milunić, ilustra la idea de que la arquitectura es música congelada. La estructura dual –una torre estable y otra en aparente movimiento– funciona como metáfora del dinamismo contemporáneo en medio de un contexto marcado por construcciones barrocas, góticas y art nouveau.

Frank Gehry

Fotografía: © Bigstock / Kaprikfoto

Museo Guggenheim Bilbao

Bilbao, 1997

La obra que redefinió la arquitectura museística a escala global: el revestimiento de titanio y piedra caliza, así como las formas curvas, cuasi navales, que se entrelazan en un recorrido continuo demostraron que un edificio puede operar simultáneamente como experiencia estética y agente urbano. Infraestructura cultural convertida en caso de estudio, un hito de la arquitectura contemporánea.

Frank Gehry

Cortesía del Museo Guggengeim Bilbao

Fundación Louis Vuitton

París, 2014

En medio de un bosque urbano, un conjunto de velas se despliegan con extraña gracia: Gehry alcanzó, aquí, la madurez técnica plena. La interacción entre vidrio, acero y luz genera una percepción cambiante del edificio, lo que habla de la arquitectura como fenómeno temporal. Compleja y tortuosa como sus antecedentes, esta construcción logra, sin embargo, una ligereza inusitada.

Frank Gehry

Fotografía: Louis-Marie Dauzat. © Fondation Louis Vuitton

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Frank Gehry (1929-2025)

Aunque a menudo se lo vinculó al llamado deconstructivismo –categoría en la que no le gustaba ser incluido–, el arquitecto canadiense-estadounidense Frank Gehry operó en un territorio híbrido, donde conviven la intuición plástica, la investigación material y el uso de nuevas tecnologías de diseño. Independientemente de la escala, sus obras mantuvieron una cualidad táctil y el interés en su uso cotidiano. Nacido en Toronto en 1929, convertido una de las figuras más influyentes de la arquitectura contemporánea, falleció el pasado 5 de diciembre en Los Ángeles, donde estudió y estableció su estudio décadas atrás.

Los edificios de Frank Gehry se distinguen por redefinir las relaciones entre edificio, ciudad y usuario, desde la exploración constante de formas y materiales, con una vocación escultórica que lo distinguió entre sus colegas, al grado de volverse una figura popular a partir de los años noventa del siglo pasado (fue el primer arquitecto que apareció en un episodio de Los Simpson, donde su Sala de Conciertos Walt Disney se convierte en el auditorio de Springfield). La construcción del Museo Guggenheim Bilbao en 1997 refrendó su estatura creativa y abrió un debate sobre la pertinencia de que piezas arquitectónicas espectaculares sirvan como punta de lanza para la revitalización del tejido urbano y la activación del turismo. Las cinco obras que siguen ejemplifican algunos aspectos de su singularísima trayectoria.

 

Casa Gehry

Santa Mónica, 1978

Su propia casa, convertida en laboratorio y manifiesto, donde exploró los procedimientos formales que terminarían caracterizando su obra. Al envolver la vivienda original –de estilo colonial holandés– con elementos fragmentados, Gehry produjo un objeto que oscila entre lo doméstico y lo inhóspito, cuestionando la noción misma de fachada, así como las ideas sobre lo terminado u ordenado.

Frank Gehry

Fotografía: IK’s World Trip

Museo de Diseño Vitra

Weil am Rhein, Alemania, 1989

Primera obra de Gehry en Europa y uno de los edificios que consolidaron su lenguaje personal. Entrelazados de manera casi coreográfica, sus volúmenes blancos muestran la tendencia del arquitecto hacia la escultura habitable. El museo hace de la forma un planteamiento crítico: fragmentación, torsión y dinamismo en los estertores del siglo XX.

Frank Gehry

Cortesía de Vitra International AG

Casa Danzante

Praga, 1996

En una esquina que estaba vacante frente al río Moldava, el edificio, apodado Ginger & Fred y diseñado junto a Vlado Milunić, ilustra la idea de que la arquitectura es música congelada. La estructura dual –una torre estable y otra en aparente movimiento– funciona como metáfora del dinamismo contemporáneo en medio de un contexto marcado por construcciones barrocas, góticas y art nouveau.

Frank Gehry

Fotografía: © Bigstock / Kaprikfoto

Museo Guggenheim Bilbao

Bilbao, 1997

La obra que redefinió la arquitectura museística a escala global: el revestimiento de titanio y piedra caliza, así como las formas curvas, cuasi navales, que se entrelazan en un recorrido continuo demostraron que un edificio puede operar simultáneamente como experiencia estética y agente urbano. Infraestructura cultural convertida en caso de estudio, un hito de la arquitectura contemporánea.

Frank Gehry

Cortesía del Museo Guggengeim Bilbao

Fundación Louis Vuitton

París, 2014

En medio de un bosque urbano, un conjunto de velas se despliegan con extraña gracia: Gehry alcanzó, aquí, la madurez técnica plena. La interacción entre vidrio, acero y luz genera una percepción cambiante del edificio, lo que habla de la arquitectura como fenómeno temporal. Compleja y tortuosa como sus antecedentes, esta construcción logra, sin embargo, una ligereza inusitada.

Frank Gehry

Fotografía: Louis-Marie Dauzat. © Fondation Louis Vuitton

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viernes, 5 de diciembre de 2025

CAMP_iN: cita en Mérida

Con trece emisiones previas en Jalisco, San Luis Potosí y Yucatán, el encuentro escénico CAMP_iN ha construido una red regional e internacional de colaboración entre creadores, agentes culturales, estudiantes y profesionales de distintas áreas. Su metodología –basada en convivencia intensiva, laboratorios de movimiento y procesos colectivos– ha inspirado iniciativas similares en países como Italia, Costa Rica y Colombia, además de ser reconocida en Europa por su contribución a la profesionalización artística y a la construcción de comunidades creativas sostenibles.

La ciudad de Mérida será la sede de una nueva edición de CAMP_iN del 8 al 13 de diciembre próximos. Consolidado como uno de los referentes latinoamericanos en formación, creación y vinculación profesional en artes escénicas, el encuentro es organizado por la compañía Moving Borders bajo la dirección del coreógrafo y facilitador Jaciel Neri: “Me interesa que lo que hago, siempre, tenga un impacto social evidente. No solamente en el foro, sino repensar la escena desde los territorios y las personas que los habitan”.

CAMP_iN ha demostrado efectos tangibles en las trayectorias de sus participantes: en 2024, por ejemplo, alrededor de un 26% recibió ofertas laborales, mientras que más de 80 personas consolidaron redes profesionales con compañías, festivales y proyectos sociales dentro y fuera de México. El evento también genera beneficios económicos para las regiones sede, dinamizando sectores como hospedaje, alimentación y servicios culturales.

CAMP_iN

CAMP_iN cuenta con plataformas de creación, pedagogía, profesionalización, reflexión, promoción e intercambio

La Plataforma Pedagógica de este año reunirá a 17 facilitadores de México, Colombia y Costa Rica, quienes impartirán 22 prácticas corporales centradas en movimiento consciente, improvisación, composición instantánea, escucha somática y presencia escénica. Destacan tres colaboraciones: Juliana Faesler (México) con Retratos hablados, taller autobiográfico que explora cuerpo, memoria e identidad; Andrea Catania (Costa Rica) con El camino de los huesos (tiempo y silencio), investigación sobre temporalidad y pulso interno; y Abraham Sapién (México), doctor en filosofía, que coordinará la Plataforma de Reflexión mediante la metodología Procura, enfocada en el pensamiento crítico y el cuidado colectivo.

Más allá de su programación, con plataformas de creación, pedagogía, profesionalización, reflexión, promoción e intercambio, CAMP_iN busca sostener un ecosistema artístico diverso, cooperativo y sensible a los contextos sociales, entendiendo la creación escénica no solo como técnica o estética, sino como una práctica situada y colectiva.

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CAMP_iN: cita en Mérida

Con trece emisiones previas en Jalisco, San Luis Potosí y Yucatán, el encuentro escénico CAMP_iN ha construido una red regional e internacional de colaboración entre creadores, agentes culturales, estudiantes y profesionales de distintas áreas. Su metodología –basada en convivencia intensiva, laboratorios de movimiento y procesos colectivos– ha inspirado iniciativas similares en países como Italia, Costa Rica y Colombia, además de ser reconocida en Europa por su contribución a la profesionalización artística y a la construcción de comunidades creativas sostenibles.

La ciudad de Mérida será la sede de una nueva edición de CAMP_iN del 8 al 13 de diciembre próximos. Consolidado como uno de los referentes latinoamericanos en formación, creación y vinculación profesional en artes escénicas, el encuentro es organizado por la compañía Moving Borders bajo la dirección del coreógrafo y facilitador Jaciel Neri: “Me interesa que lo que hago, siempre, tenga un impacto social evidente. No solamente en el foro, sino repensar la escena desde los territorios y las personas que los habitan”.

CAMP_iN ha demostrado efectos tangibles en las trayectorias de sus participantes: en 2024, por ejemplo, alrededor de un 26% recibió ofertas laborales, mientras que más de 80 personas consolidaron redes profesionales con compañías, festivales y proyectos sociales dentro y fuera de México. El evento también genera beneficios económicos para las regiones sede, dinamizando sectores como hospedaje, alimentación y servicios culturales.

CAMP_iN

CAMP_iN cuenta con plataformas de creación, pedagogía, profesionalización, reflexión, promoción e intercambio

La Plataforma Pedagógica de este año reunirá a 17 facilitadores de México, Colombia y Costa Rica, quienes impartirán 22 prácticas corporales centradas en movimiento consciente, improvisación, composición instantánea, escucha somática y presencia escénica. Destacan tres colaboraciones: Juliana Faesler (México) con Retratos hablados, taller autobiográfico que explora cuerpo, memoria e identidad; Andrea Catania (Costa Rica) con El camino de los huesos (tiempo y silencio), investigación sobre temporalidad y pulso interno; y Abraham Sapién (México), doctor en filosofía, que coordinará la Plataforma de Reflexión mediante la metodología Procura, enfocada en el pensamiento crítico y el cuidado colectivo.

Más allá de su programación, con plataformas de creación, pedagogía, profesionalización, reflexión, promoción e intercambio, CAMP_iN busca sostener un ecosistema artístico diverso, cooperativo y sensible a los contextos sociales, entendiendo la creación escénica no solo como técnica o estética, sino como una práctica situada y colectiva.

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jueves, 4 de diciembre de 2025

Hacer el Mussolini

La figura de Benito Mussolini ha fascinado a un amplio espectro de creadores, lo mismo en su campo político que en el opuesto, acaso por el inquietante detalle de que el fundador del fascismo italiano comenzó su trayectoria pública como socialista. Terminó colgado de los pies en la Plaza Loreto de Milán el 29 de abril de 1945, tras ser fusilado junto a su amante Clara Petacci y otros connotados criminales. Desde su ejecución, tras haber encaminado a Italia al desastre, el Duce se ha convertido en un fantasma incómodo, cada vez menos espectral, al punto de ser reconocible en la gestualidad cretina de políticos contemporáneos que prometen el regreso de supuestas grandezas pasadas. En una escena de Mussolini: hijo del siglo, el actor Luca Marinelli mira a la cámara y escupe, en inglés, Make Italy Great Again. De MIGA a MAGA, un suspiro.

Como la de los cineastas británicos más interesantes de las últimas décadas, la filmografía de Joe Wright –que nació ya madura, con Orgullo y prejuicio, hace dos décadas– ha profundizado su tendencia a la teatralidad. De los emocionantes movimientos de cámara que animan sus primeros trabajos –con el plano secuencia de Expiación (2007), esos cinco minutos deslumbrantes en la playa de Dunkerque, como momento cumbre– ha llegado a un formalismo marcadamente antirrealista a partir de su Anna Karenina (2012). En la miniserie Mussolini: hijo del siglo (2025), Wright ha elevado la puesta, radicalizando la teatralidad hasta el paroxismo operístico, haciendo de su retrato de los inicios del Duce una suerte de musical secreto, como lo fue La naranja mecánica (1971) para Kubrick.

Los ocho capítulos de la serie, disponibles en MUBI, se centran en un período específico de la vida de Mussolini, de 1919 a 1925, es decir, de la fundación de los Fasces Italianos de Combate al discurso al Parlamento con el que inició la dictadura que duraría dos décadas, pasando por el asesinato del diputado socialista Giacomo Matteotti a mediados de 1924. Con un gran Marinelli a cargo del personaje, Joe Wright ensambla escenas que, paralelamente, revelan el olfato político del Duce y desmenuzan el frangollo ideológico fascista, donde conviven el nacionalismo vitalista de D’Annunzio, la fuga hacia adelante futurista y la más pura sed de dominio a través de un corporativismo sin fisuras, todo ello unido con el pegamento de la violencia. La cuestión, entonces, es la pertinencia de un relato semejante, a un siglo de los acontecimientos históricos. Uno podría recurrir a Pasolini para pensar el fascismo inherente a la homogeneización de la sociedad de consumo, pero la intervención de Wright apunta en otras direcciones.

Mussolini

Fotograma de Mussolini: hijo del siglo (2025), de Joe Wright

Mussolini: hijo del siglo es fundamentalmente una obra de cámara. Las ciudades italianas adquieren rasgos fantasmales, son el fondo del decorado, mientras que la mayor parte de la trama ocurre en interiores, con el Duce dirigiéndose al espectador permanentemente. Esta ruptura de la cuarta pared –que en el arte serial tiene un antecedente claro en la primera temporada de House of Cards (Beau Willimon, 2013)– es engañosa. Mussolini no busca interlocución, su discurso no tiene más destinatario que él mismo, morador de una cámara de eco donde resuenan el oportunismo, el resentimiento y el delirio. Aquí el megafilme, con una mezcla de recursos que van de la dramaturgia clásica al montaje frenético de las vanguardias, termina componiendo un retrato que permite identificar el vínculo indisoluble entre narcisismo y fascismo. La grandeza a la que aspira Mussolini está siempre más allá, en un destino inalcanzable, pero ese objeto de deseo brinda el combustible que mantendrá viva la maquinaria fascista, hasta que –en un fuera de campo que es la Historia propiamente dicha– el cuerpo fofo de Benito encuentre su verdadera medida en el paredón. Lo que el ambivalente Malaparte llamó “técnica de la divinidad artificial” topó un límite infranqueable en la realidad, una vez que llegó a Italia la noticia de que Hitler estaba a horas de sucumbir ante el Ejército Rojo.

Producida por, entre otros, Paolo Sorrentino y Pablo Larraín, Mussolini: hijo del siglo adapta la primera entrega de la biografía en tres partes –se han publicado dos– escrita por Antonio Scurati, uno de los guionistas de la miniserie. Como Steven Soderbergh con Cliff Martinez (The Knick, 2014), Joe Wright hace mancuerna con Tom Rowlands (The Chemical Brothers) para tensar las imágenes con un anacronismo musical: los años veinte del siglo pasado son organizados rítmicamente con electrónica contemporánea, produciendo una efectiva disonancia entre lo que vemos y lo que oímos. La banda sonora de Rowlands aporta algunas de las aristas más siniestras al retrato mussoliniano, y ofrece texturas adecuadas a los oídos entrenados por “Do the Mussolini (Headkick)”, de Cabaret Voltaire, o “Der Mussolini”, de D.A.F. (especialmente el remix de Giorgio Moroder y Denis Naidanow). “March on Rome” es un notable aporte a la insospechada tradición de hacer bailable al Duce.

Tras su potente retrato de Churchill en Las horas más oscuras (2017), Wright vuelve a posar su mirada en la materia histórica. Mussolini: hijo del siglo es uno de los mayores aportes recientes al serial televisivo, una obra de autor que, por si fuera poco, permite pensar el presente político en su descarnada frivolidad. El Gran Imbécil, con su corte de mediocres aduladores, pregunta al espejo, como la reina de Blancanieves. Y obtiene una respuesta: el capital odia a todo el mundo.

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Hacer el Mussolini

La figura de Benito Mussolini ha fascinado a un amplio espectro de creadores, lo mismo en su campo político que en el opuesto, acaso por el inquietante detalle de que el fundador del fascismo italiano comenzó su trayectoria pública como socialista. Terminó colgado de los pies en la Plaza Loreto de Milán el 29 de abril de 1945, tras ser fusilado junto a su amante Clara Petacci y otros connotados criminales. Desde su ejecución, tras haber encaminado a Italia al desastre, el Duce se ha convertido en un fantasma incómodo, cada vez menos espectral, al punto de ser reconocible en la gestualidad cretina de políticos contemporáneos que prometen el regreso de supuestas grandezas pasadas. En una escena de Mussolini: hijo del siglo, el actor Luca Marinelli mira a la cámara y escupe, en inglés, Make Italy Great Again. De MIGA a MAGA, un suspiro.

Como la de los cineastas británicos más interesantes de las últimas décadas, la filmografía de Joe Wright –que nació ya madura, con Orgullo y prejuicio, hace dos décadas– ha profundizado su tendencia a la teatralidad. De los emocionantes movimientos de cámara que animan sus primeros trabajos –con el plano secuencia de Expiación (2007), esos cinco minutos deslumbrantes en la playa de Dunkerque, como momento cumbre– ha llegado a un formalismo marcadamente antirrealista a partir de su Anna Karenina (2012). En la miniserie Mussolini: hijo del siglo (2025), Wright ha elevado la puesta, radicalizando la teatralidad hasta el paroxismo operístico, haciendo de su retrato de los inicios del Duce una suerte de musical secreto, como lo fue La naranja mecánica (1971) para Kubrick.

Los ocho capítulos de la serie, disponibles en MUBI, se centran en un período específico de la vida de Mussolini, de 1919 a 1925, es decir, de la fundación de los Fasces Italianos de Combate al discurso al Parlamento con el que inició la dictadura que duraría dos décadas, pasando por el asesinato del diputado socialista Giacomo Matteotti a mediados de 1924. Con un gran Marinelli a cargo del personaje, Joe Wright ensambla escenas que, paralelamente, revelan el olfato político del Duce y desmenuzan el frangollo ideológico fascista, donde conviven el nacionalismo vitalista de D’Annunzio, la fuga hacia adelante futurista y la más pura sed de dominio a través de un corporativismo sin fisuras, todo ello unido con el pegamento de la violencia. La cuestión, entonces, es la pertinencia de un relato semejante, a un siglo de los acontecimientos históricos. Uno podría recurrir a Pasolini para pensar el fascismo inherente a la homogeneización de la sociedad de consumo, pero la intervención de Wright apunta en otras direcciones.

Mussolini

Fotograma de Mussolini: hijo del siglo (2025), de Joe Wright

Mussolini: hijo del siglo es fundamentalmente una obra de cámara. Las ciudades italianas adquieren rasgos fantasmales, son el fondo del decorado, mientras que la mayor parte de la trama ocurre en interiores, con el Duce dirigiéndose al espectador permanentemente. Esta ruptura de la cuarta pared –que en el arte serial tiene un antecedente claro en la primera temporada de House of Cards (Beau Willimon, 2013)– es engañosa. Mussolini no busca interlocución, su discurso no tiene más destinatario que él mismo, morador de una cámara de eco donde resuenan el oportunismo, el resentimiento y el delirio. Aquí el megafilme, con una mezcla de recursos que van de la dramaturgia clásica al montaje frenético de las vanguardias, termina componiendo un retrato que permite identificar el vínculo indisoluble entre narcisismo y fascismo. La grandeza a la que aspira Mussolini está siempre más allá, en un destino inalcanzable, pero ese objeto de deseo brinda el combustible que mantendrá viva la maquinaria fascista, hasta que –en un fuera de campo que es la Historia propiamente dicha– el cuerpo fofo de Benito encuentre su verdadera medida en el paredón. Lo que el ambivalente Malaparte llamó “técnica de la divinidad artificial” topó un límite infranqueable en la realidad, una vez que llegó a Italia la noticia de que Hitler estaba a horas de sucumbir ante el Ejército Rojo.

Producida por, entre otros, Paolo Sorrentino y Pablo Larraín, Mussolini: hijo del siglo adapta la primera entrega de la biografía en tres partes –se han publicado dos– escrita por Antonio Scurati, uno de los guionistas de la miniserie. Como Steven Soderbergh con Cliff Martinez (The Knick, 2014), Joe Wright hace mancuerna con Tom Rowlands (The Chemical Brothers) para tensar las imágenes con un anacronismo musical: los años veinte del siglo pasado son organizados rítmicamente con electrónica contemporánea, produciendo una efectiva disonancia entre lo que vemos y lo que oímos. La banda sonora de Rowlands aporta algunas de las aristas más siniestras al retrato mussoliniano, y ofrece texturas adecuadas a los oídos entrenados por “Do the Mussolini (Headkick)”, de Cabaret Voltaire, o “Der Mussolini”, de D.A.F. (especialmente el remix de Giorgio Moroder y Denis Naidanow). “March on Rome” es un notable aporte a la insospechada tradición de hacer bailable al Duce.

Tras su potente retrato de Churchill en Las horas más oscuras (2017), Wright vuelve a posar su mirada en la materia histórica. Mussolini: hijo del siglo es uno de los mayores aportes recientes al serial televisivo, una obra de autor que, por si fuera poco, permite pensar el presente político en su descarnada frivolidad. El Gran Imbécil, con su corte de mediocres aduladores, pregunta al espejo, como la reina de Blancanieves. Y obtiene una respuesta: el capital odia a todo el mundo.

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