jueves, 18 de diciembre de 2025

Neuromancia sonora

A más de cuatro décadas de su aparición, Neuromante sigue agitando la imaginación futurista. La novela de William Gibson, cuyo impacto cultural puede situarse en la identificación de la encrucijada del sujeto posmoderno –la vida modulada por corporaciones cuyo poder se sostiene en el control de los flujos de información, escribí en otra parte–, ha inspirado todo tipo de productos culturales. Tras varios intentos fallidos de adaptación audiovisual –sólo queda fantasear con lo que habría sido la versión de Chris Cunningham musicalizada por Aphex Twin– se ha anunciado una serie de televisión de estreno próximo. Ya se verán los resultados, si bien Matrix es hasta el momento la mejor traducción al cine del imaginario desarrollado por Gibson.

“El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto”. De la célebre línea inicial de Neuromante procede el título del disco más reciente de Clipping, Dead Channel Sky. Se trata de un álbum conceptual que, en una operación típica de la ciencia ficción, absorbe lo que necesita de la obra de referencia para recrearlo con coordenadas propias, en este caso desde una mezcla singular de electrónica experimental y rap. En la senda abierta por Dälek o Death Grips, Clipping ha explorado desde hace tres lustros las posibilidades de un hip hop postindustrial, donde la música concreta convive con la invención de timbres y texturas para la creación de mundos sonoros. En el caso del trío angelino estas búsquedas están orientadas a la narrativa de género, que en el caso de la ciencia ficción les permite, además, articular un discurso político. El rapero Daveed Diggs y los productores William Hutson y Jonathan Snipes, fecundos lectores de narrativas futuristas, han explorado estas temáticas desde “Taking Off”, una de las piezas que conforman su primer álbum, CLPPNG (2014).

El vínculo de Clipping con el género se expandió en la ópera espacial Splendor & Misery (2016), lectura afrofuturista de 2001: Odisea del espacio, y tuvo continuidad en el sencillo The Deep (2019), ambos, por cierto, nominados a los premios Hugo. Si estas propuestas de narración musical buscaron la cohesión temática y sonora, Dead Channel Sky –que a unos meses de su lanzamiento ya cuenta con una versión reordenada y ampliada, Dead Channel Sky Plus– es una suerte de novela en cuentos (o mixtape narrativo), donde el marco general del relato se desarrolla a través de las partes, canciones que exploran el legado de subgéneros de los noventa como el jungle, el acid house o el tecno de Detroit. La palabra “yo” ha sido desterrada, y las visiones de una vida sumergida en el magma tecnológico, que encuentra en el hackeo una vía de emancipación, tienen en la voz de Diggs un vehículo adecuado. Se trata de un MC que, a falta de mayor paleta cromática, ha desarrollado un estilo de rapeo rápido sostenido en depurados staccati. Hutson y Snipes tejen un entramado sonoro cuyos antecedentes pueden estudiarse en Más brillante que el sol (1998), el libro donde Kodwo Eshun exploró el llamado Futurismo Atlántico Negro: de la música concreta de George Russell al trip hop de Tricky, pasando por la electrónica del cuarto mundo de Sun Ra o el funk psicodélico de Parliament-Funkadelic.

El matrimonio de hip hop e imaginario ciberpunk se consuma en la recurrencia del glitch en Dead Channel Sky, poblado de ruidos que se integraron al entorno sonoro a partir de los años en los que la vida comenzó a trasladarse a las pantallas. El álbum consigue, sin embargo, que su discurso en contra del poder (“Change the Channel” sustituye al “Fight the Power” de Public Enemy) circule en composiciones que oscilan entre la abstracción y los beats enérgicos. Una distopía que no pierde el pulso, en la que la ocasional alegría del jaqueo se traduce en hipnosis bailable y la ira de la rebelión produce ataques abrasivos. Las dos versiones de “Mirrorshades” no sólo aluden a la célebre antología de Bruce Sterling de la que nació el movimiento literario ciberpunk, sino que apelan a la coolness de las gafas de espejo donde ocultar la mirada es algo más que moda retro de programadores.

El más reciente Tiny Desk Concert (31 de octubre) de Clipping deja en los huesos algunas de sus canciones, lo que permite acercarse de formas inesperadas a una música habitualmente catalogada como “hip hop experimental”. Es una extraordinaria muestra de inventiva de Jonathan Snipes y William Hutson: al no poder recurrir a las pistas y los sampleos habituales, construyeron una orquesta de juguetería sónica, poblada de objetos y pequeñas máquinas que operan como auténticos intérpretes. Vasos, botellas y tazas cumplen funciones de sintetizadores. Una caja de cartón hace de bombo. Una cadena rebota en papel de aluminio para fungir de charles. El armonio, el piano y el bajo completan la instrumentación. Daveed Diggs no pierde la cadencia, y junto a los productores alcanza otra dimensión ciberpunk, que en palabras de Marcelo Cohen podría describirse como “compuestos de gente y aparato”.

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Neuromancia sonora

A más de cuatro décadas de su aparición, Neuromante sigue agitando la imaginación futurista. La novela de William Gibson, cuyo impacto cultural puede situarse en la identificación de la encrucijada del sujeto posmoderno –la vida modulada por corporaciones cuyo poder se sostiene en el control de los flujos de información, escribí en otra parte–, ha inspirado todo tipo de productos culturales. Tras varios intentos fallidos de adaptación audiovisual –sólo queda fantasear con lo que habría sido la versión de Chris Cunningham musicalizada por Aphex Twin– se ha anunciado una serie de televisión de estreno próximo. Ya se verán los resultados, si bien Matrix es hasta el momento la mejor traducción al cine del imaginario desarrollado por Gibson.

“El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto”. De la célebre línea inicial de Neuromante procede el título del disco más reciente de Clipping, Dead Channel Sky. Se trata de un álbum conceptual que, en una operación típica de la ciencia ficción, absorbe lo que necesita de la obra de referencia para recrearlo con coordenadas propias, en este caso desde una mezcla singular de electrónica experimental y rap. En la senda abierta por Dälek o Death Grips, Clipping ha explorado desde hace tres lustros las posibilidades de un hip hop postindustrial, donde la música concreta convive con la invención de timbres y texturas para la creación de mundos sonoros. En el caso del trío angelino estas búsquedas están orientadas a la narrativa de género, que en el caso de la ciencia ficción les permite, además, articular un discurso político. El rapero Daveed Diggs y los productores William Hutson y Jonathan Snipes, fecundos lectores de narrativas futuristas, han explorado estas temáticas desde “Taking Off”, una de las piezas que conforman su primer álbum, CLPPNG (2014).

El vínculo de Clipping con el género se expandió en la ópera espacial Splendor & Misery (2016), lectura afrofuturista de 2001: Odisea del espacio, y tuvo continuidad en el sencillo The Deep (2019), ambos, por cierto, nominados a los premios Hugo. Si estas propuestas de narración musical buscaron la cohesión temática y sonora, Dead Channel Sky –que a unos meses de su lanzamiento ya cuenta con una versión reordenada y ampliada, Dead Channel Sky Plus– es una suerte de novela en cuentos (o mixtape narrativo), donde el marco general del relato se desarrolla a través de las partes, canciones que exploran el legado de subgéneros de los noventa como el jungle, el acid house o el tecno de Detroit. La palabra “yo” ha sido desterrada, y las visiones de una vida sumergida en el magma tecnológico, que encuentra en el hackeo una vía de emancipación, tienen en la voz de Diggs un vehículo adecuado. Se trata de un MC que, a falta de mayor paleta cromática, ha desarrollado un estilo de rapeo rápido sostenido en depurados staccati. Hutson y Snipes tejen un entramado sonoro cuyos antecedentes pueden estudiarse en Más brillante que el sol (1998), el libro donde Kodwo Eshun exploró el llamado Futurismo Atlántico Negro: de la música concreta de George Russell al trip hop de Tricky, pasando por la electrónica del cuarto mundo de Sun Ra o el funk psicodélico de Parliament-Funkadelic.

El matrimonio de hip hop e imaginario ciberpunk se consuma en la recurrencia del glitch en Dead Channel Sky, poblado de ruidos que se integraron al entorno sonoro a partir de los años en los que la vida comenzó a trasladarse a las pantallas. El álbum consigue, sin embargo, que su discurso en contra del poder (“Change the Channel” sustituye al “Fight the Power” de Public Enemy) circule en composiciones que oscilan entre la abstracción y los beats enérgicos. Una distopía que no pierde el pulso, en la que la ocasional alegría del jaqueo se traduce en hipnosis bailable y la ira de la rebelión produce ataques abrasivos. Las dos versiones de “Mirrorshades” no sólo aluden a la célebre antología de Bruce Sterling de la que nació el movimiento literario ciberpunk, sino que apelan a la coolness de las gafas de espejo donde ocultar la mirada es algo más que moda retro de programadores.

El más reciente Tiny Desk Concert (31 de octubre) de Clipping deja en los huesos algunas de sus canciones, lo que permite acercarse de formas inesperadas a una música habitualmente catalogada como “hip hop experimental”. Es una extraordinaria muestra de inventiva de Jonathan Snipes y William Hutson: al no poder recurrir a las pistas y los sampleos habituales, construyeron una orquesta de juguetería sónica, poblada de objetos y pequeñas máquinas que operan como auténticos intérpretes. Vasos, botellas y tazas cumplen funciones de sintetizadores. Una caja de cartón hace de bombo. Una cadena rebota en papel de aluminio para fungir de charles. El armonio, el piano y el bajo completan la instrumentación. Daveed Diggs no pierde la cadencia, y junto a los productores alcanza otra dimensión ciberpunk, que en palabras de Marcelo Cohen podría describirse como “compuestos de gente y aparato”.

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lunes, 15 de diciembre de 2025

Los secretos de ‘La caza’

Si nunca han llorado ustedes y quieren llorar, tengan un hijo.

David Foster Wallace

 

La caza, de Daniel Avechuco Cabrera (Hermosillo, 1985), es una novela que carcome –como una polilla persistente– la aparente solidez con la que la realidad suele explicarse a sí misma. No sólo nos coloca ante un escenario duro y plenamente existencial; también insinúa la presencia de ese otro orden que a veces intuimos con el rabillo del ojo. Ese ámbito donde nacen los escalofríos y las pesadillas, donde se gestan los miedos sin nombre, la culpa primitiva, el deseo oscurecido. Avechuco se interna en esos detonadores que alteran la conciencia y revelan, con inquietante nitidez, los límites frágiles de la cordura.

El autor nos guía por la angustia de Fabio, un padre cuya vida se desmorona tras la desaparición de su hija Bruna. Con ella se derrumba no sólo la idea que tiene de sí mismo, sino la estructura entera del mundo que lo rodea. Con una prosa multisensorial y meticulosamente cuidada, Avechuco traza una narrativa donde cada acción y cada movimiento están conectados con una mitología íntima, con un mecanismo secreto que sostiene la lógica del relato. Ejemplo de ello es la teoría numérica con la que Fabio intenta explicar las minucias de la vida cotidiana, y que el autor convierte en revelaciones que iluminan –o ensombrecen– la experiencia del lector. En ese sentido, la novela es también una lúcida reflexión sobre la vulnerabilidad de los vínculos filiales, los traumas del pasado y las disociaciones que, a veces, nos apartan de nuestra propia identidad.

Daniel Avechuco

Cortesía del Fondo Editorial Universidad de Sonora

A la relación entre Fabio y Bruna se suma la perspectiva de Matías, hermano del protagonista y detective nato. Mientras Fabio se encierra en espacios estrechos –y aún más en su mente–, Matías se mueve a campo abierto: indaga, observa, interpreta. Se adentra en las grietas de las palabras ajenas para extraer pistas e indicios. Estos contrastes espaciales y narrativos oxigenan la obra y la convierten en una trama adictiva, de esas que no se pueden soltar. El lector entra en un universo íntimo y queda atrapado en él, avanzando junto con los personajes que van desprendiendo, capa por capa, su verdadero rostro.

Uno de los aspectos más fascinantes de La caza es su epicentro dramático. Para comprender el desbordamiento emocional de Fabio –que ocurre ante nuestros ojos– Avechuco nos conduce al pasado: a una tragedia situada en el monte, rodeada de rituales que sugieren un quiebre en la realidad y un descenso inquietante hacia zonas psíquicas profundas y oscuras. Ese pasado no sólo explica, sino que detona.

La literatura de Daniel Avechuco Cabrera –que en 2024 obtuvo un premio nacional de novela breve (ESAC), uno estatal (Concurso del Libro Sonorense) y uno internacional (Una Vuelta de Tuerca)– es una revelación. Un secreto, oculto durante años, que ahora queda expuesto. Ese doctor y maestro de literatura, de mirada siempre encendida y temperamento cauteloso, estuvo gestando silenciosamente una obra cuya potencia estalla hoy con fuerza. La caza no sólo confirma su talento: lo anuncia con la contundencia de lo inevitable.

Daniel Avechuco Cabrera, La caza, Fondo Editorial Universidad de Sonora, Hermosillo, 2025

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Los secretos de ‘La caza’

Si nunca han llorado ustedes y quieren llorar, tengan un hijo.

David Foster Wallace

 

La caza, de Daniel Avechuco Cabrera (Hermosillo, 1985), es una novela que carcome –como una polilla persistente– la aparente solidez con la que la realidad suele explicarse a sí misma. No sólo nos coloca ante un escenario duro y plenamente existencial; también insinúa la presencia de ese otro orden que a veces intuimos con el rabillo del ojo. Ese ámbito donde nacen los escalofríos y las pesadillas, donde se gestan los miedos sin nombre, la culpa primitiva, el deseo oscurecido. Avechuco se interna en esos detonadores que alteran la conciencia y revelan, con inquietante nitidez, los límites frágiles de la cordura.

El autor nos guía por la angustia de Fabio, un padre cuya vida se desmorona tras la desaparición de su hija Bruna. Con ella se derrumba no sólo la idea que tiene de sí mismo, sino la estructura entera del mundo que lo rodea. Con una prosa multisensorial y meticulosamente cuidada, Avechuco traza una narrativa donde cada acción y cada movimiento están conectados con una mitología íntima, con un mecanismo secreto que sostiene la lógica del relato. Ejemplo de ello es la teoría numérica con la que Fabio intenta explicar las minucias de la vida cotidiana, y que el autor convierte en revelaciones que iluminan –o ensombrecen– la experiencia del lector. En ese sentido, la novela es también una lúcida reflexión sobre la vulnerabilidad de los vínculos filiales, los traumas del pasado y las disociaciones que, a veces, nos apartan de nuestra propia identidad.

Daniel Avechuco

Cortesía del Fondo Editorial Universidad de Sonora

A la relación entre Fabio y Bruna se suma la perspectiva de Matías, hermano del protagonista y detective nato. Mientras Fabio se encierra en espacios estrechos –y aún más en su mente–, Matías se mueve a campo abierto: indaga, observa, interpreta. Se adentra en las grietas de las palabras ajenas para extraer pistas e indicios. Estos contrastes espaciales y narrativos oxigenan la obra y la convierten en una trama adictiva, de esas que no se pueden soltar. El lector entra en un universo íntimo y queda atrapado en él, avanzando junto con los personajes que van desprendiendo, capa por capa, su verdadero rostro.

Uno de los aspectos más fascinantes de La caza es su epicentro dramático. Para comprender el desbordamiento emocional de Fabio –que ocurre ante nuestros ojos– Avechuco nos conduce al pasado: a una tragedia situada en el monte, rodeada de rituales que sugieren un quiebre en la realidad y un descenso inquietante hacia zonas psíquicas profundas y oscuras. Ese pasado no sólo explica, sino que detona.

La literatura de Daniel Avechuco Cabrera –que en 2024 obtuvo un premio nacional de novela breve (ESAC), uno estatal (Concurso del Libro Sonorense) y uno internacional (Una Vuelta de Tuerca)– es una revelación. Un secreto, oculto durante años, que ahora queda expuesto. Ese doctor y maestro de literatura, de mirada siempre encendida y temperamento cauteloso, estuvo gestando silenciosamente una obra cuya potencia estalla hoy con fuerza. La caza no sólo confirma su talento: lo anuncia con la contundencia de lo inevitable.

Daniel Avechuco Cabrera, La caza, Fondo Editorial Universidad de Sonora, Hermosillo, 2025

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Rumores de la noche

El Museo Casa Diego Rivera de Guanajuato exhibe desde octubre Rumores de la noche, un proyecto comisionado por la Colección FEMSA que propone la inmersión en territorios oníricos. “Si los sueños pudieran reunirse y guardarse, trazarían un mapa secreto de la sensibilidad de nuestro tiempo. Es precisamente este impulso el que Elisa Malo recupera a través del gesto íntimo de escuchar y traducir sueños al papel”, escribe Isis Yépez, curadora de la exposición de la artista veracruzana, cuya anterior muestra individual fue Suave remanso (2023) en la Galería de Arte Contemporáneo de Xalapa.

El trabajo de Elisa Malo (Xalapa, 1989) se ha caracterizado por una exploración persistente de lo silencioso y lo casi imperceptible. En Rumores de la noche, inaugurada como parte de la edición 53 del Festival Internacional Cervantino, esa investigación se despliega en imágenes que parecen emerger lentamente, como si el ojo necesitara tiempo para adaptarse a la oscuridad. Mariposas nocturnas suspendidas alumbran el recorrido, donde el espectador es recibido por una cama recubierta de papel y dibujos en tinta, cuyas imágenes se prolongan en una segunda sala. Escenas que remiten tanto a estados emocionales como a paisajes interiores, mientras oímos voces surgidas de un “escuchatorio de sueños”.

Elisa Malo

Vista de la exposición Rumores de la noche, de Elisa Malo, Museo Casa Diego Rivera, Guanajuato, 2025. Fotografía: Michelle Lartigue. Cortesía de la Colección FEMSA

La exposición, suerte de archivo onírico contemporáneo, dialoga con la arquitectura del Museo Casa Diego Rivera, un lugar cargado de historia y memoria, abierto al público hace 50 años. La pieza de Malo se integra al ritmo del recinto, invita a una contemplación pausada. Más que ilustrar escenas, Rumores de la noche propone escuchar aquello que suele quedar fuera del campo de lo evidente. Los dibujos funcionan como superficies de registro donde se acumulan gestos, borraduras y capas de tiempo, revelando un proceso tan importante como la imagen final. La pieza propone atender los murmullos –visuales y sonoros– que se despliegan en el ambiente creado por la instalación.

Respecto a la casa de infancia de Diego Rivera, Isis Yépez reflexiona: “Qué más evocador que situar aquí la obra de Elisa, en un espacio que guarda memorias y que, en otro tiempo, dio cobijo a un artista que simpatizó con el surrealismo y que incluso pintó uno de sus propios sueños en Las tentaciones de San Antonio (1947)”. En Malo estas referencias operan por la vía de la resonancia, pues entiende lo onírico en un sentido cercano al de la potencia visionaria de los pueblos originarios. En Rumores de la noche el sueño es espacio de resistencia, extrañamiento e imaginación, donde se suspenden las demandas de la vida productiva.

Elisa Malo

Vista del acceso a la exposición Rumores de la noche, de Elisa Malo, Museo Casa Diego Rivera, Guanajuato, 2025. Fotografía: Michelle Lartigue. Cortesía de la Colección FEMSA

Elisa Malo hace referencia al psicofisiólogo Stephen LaBerge, pionero del estudio de los sueños lúcidos, en su entendimiento del fenómeno: “Él recomienda muchos ejercicios para poder tener en el sueño este momento de conciencia, en el que puedes darte cuenta de la diferencia entre estar soñando y no estar soñando, y entonces poder tomar control de tus sueños, que eso también es parte de lo que me ha interesado en este proceso de investigación, las posibilidades que nos brinda el sueño, a manera de autoconocimiento, de reparación de un montón de cosas, pero también como una fuente de creatividad”.

Con sus sutiles evocaciones en papel xuan con tinta india, que dan continuidad a las investigaciones iniciadas por Malo durante su posgrado en SOMA y su reciente participación en la Bienal de Nakanojo (Japón), la instalación escultórica Rumores de la noche puede visitarse en el Museo Casa Diego Rivera de Guanajuato hasta el 1 de marzo de 2026.

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Rumores de la noche

El Museo Casa Diego Rivera de Guanajuato exhibe desde octubre Rumores de la noche, un proyecto comisionado por la Colección FEMSA que propone la inmersión en territorios oníricos. “Si los sueños pudieran reunirse y guardarse, trazarían un mapa secreto de la sensibilidad de nuestro tiempo. Es precisamente este impulso el que Elisa Malo recupera a través del gesto íntimo de escuchar y traducir sueños al papel”, escribe Isis Yépez, curadora de la exposición de la artista veracruzana, cuya anterior muestra individual fue Suave remanso (2023) en la Galería de Arte Contemporáneo de Xalapa.

El trabajo de Elisa Malo (Xalapa, 1989) se ha caracterizado por una exploración persistente de lo silencioso y lo casi imperceptible. En Rumores de la noche, inaugurada como parte de la edición 53 del Festival Internacional Cervantino, esa investigación se despliega en imágenes que parecen emerger lentamente, como si el ojo necesitara tiempo para adaptarse a la oscuridad. Mariposas nocturnas suspendidas alumbran el recorrido, donde el espectador es recibido por una cama recubierta de papel y dibujos en tinta, cuyas imágenes se prolongan en una segunda sala. Escenas que remiten tanto a estados emocionales como a paisajes interiores, mientras oímos voces surgidas de un “escuchatorio de sueños”.

Elisa Malo

Vista de la exposición Rumores de la noche, de Elisa Malo, Museo Casa Diego Rivera, Guanajuato, 2025. Fotografía: Michelle Lartigue. Cortesía de la Colección FEMSA

La exposición, suerte de archivo onírico contemporáneo, dialoga con la arquitectura del Museo Casa Diego Rivera, un lugar cargado de historia y memoria, abierto al público hace 50 años. La pieza de Malo se integra al ritmo del recinto, invita a una contemplación pausada. Más que ilustrar escenas, Rumores de la noche propone escuchar aquello que suele quedar fuera del campo de lo evidente. Los dibujos funcionan como superficies de registro donde se acumulan gestos, borraduras y capas de tiempo, revelando un proceso tan importante como la imagen final. La pieza propone atender los murmullos –visuales y sonoros– que se despliegan en el ambiente creado por la instalación.

Respecto a la casa de infancia de Diego Rivera, Isis Yépez reflexiona: “Qué más evocador que situar aquí la obra de Elisa, en un espacio que guarda memorias y que, en otro tiempo, dio cobijo a un artista que simpatizó con el surrealismo y que incluso pintó uno de sus propios sueños en Las tentaciones de San Antonio (1947)”. En Malo estas referencias operan por la vía de la resonancia, pues entiende lo onírico en un sentido cercano al de la potencia visionaria de los pueblos originarios. En Rumores de la noche el sueño es espacio de resistencia, extrañamiento e imaginación, donde se suspenden las demandas de la vida productiva.

Elisa Malo

Vista del acceso a la exposición Rumores de la noche, de Elisa Malo, Museo Casa Diego Rivera, Guanajuato, 2025. Fotografía: Michelle Lartigue. Cortesía de la Colección FEMSA

Elisa Malo hace referencia al psicofisiólogo Stephen LaBerge, pionero del estudio de los sueños lúcidos, en su entendimiento del fenómeno: “Él recomienda muchos ejercicios para poder tener en el sueño este momento de conciencia, en el que puedes darte cuenta de la diferencia entre estar soñando y no estar soñando, y entonces poder tomar control de tus sueños, que eso también es parte de lo que me ha interesado en este proceso de investigación, las posibilidades que nos brinda el sueño, a manera de autoconocimiento, de reparación de un montón de cosas, pero también como una fuente de creatividad”.

Con sus sutiles evocaciones en papel xuan con tinta india, que dan continuidad a las investigaciones iniciadas por Malo durante su posgrado en SOMA y su reciente participación en la Bienal de Nakanojo (Japón), la instalación escultórica Rumores de la noche puede visitarse en el Museo Casa Diego Rivera de Guanajuato hasta el 1 de marzo de 2026.

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jueves, 11 de diciembre de 2025

‘América’: mirar y leer

En un ecosistema editorial dominado por categorías fijas, América aparece como un territorio fronterizo: una publicación independiente que agrupa textos de doce artistas visuales del Sur Global y que concibe la palabra como un espacio creativo autónomo. Editado por Regina De Con Cossío y publicado por Fomento Sybaris, el libro despliega relatos, poemas, manifiestos y crónicas que dialogan con imágenes, memorias y gestos sin someterse a ellos. “Más que unidad estilística, el libro propone una territorial. Un libro-lugar: un campo donde la palabra se deja atravesar por el arte, sin temor a la mezcla ni al extravío”, se lee en el prólogo.

El proyecto sostiene su fuerza en la diversidad. Textos en español, portugués e inglés se entrelazan para dar forma a un paisaje literario que rehúye la centralidad lingüística. Mantener cada pieza en su lengua original se vuelve, en palabras de De Con Cossío, un gesto de fidelidad a la experiencia multilingüe y un espejo de los huecos de nuestro conocimiento de la otredad. La multiplicidad también es geográfica: Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, México, Perú y Puerto Rico se encuentran aquí como fragmentos de un continente en tensión, atravesado por herencias de despojo y por imaginarios que resisten la homogeneidad.

América

Los autores convocados –entre ellos Carolina Fusilier, Omar Castillo Alfaro, Luis Enrique Zela-Koort, ASMA (Matías Armendaris / Hanya Belia), Marilyn Boror Bor, Distruktur (Melissa Dullius / Gustavo Jahn), Valentina Díaz y Vir Andres Hera– exploran zonas donde lo fantástico, lo documental y lo espiritual se entrecruzan. Aparecen figuras míticas, crónicas de hiperproductividad, correspondencias íntimas, exilios emocionales, plegarias indígenas y distopías subterráneas. La editora lo puntualiza mejor: “Las piezas funcionan como espejos diferidos de un estado de ánimo generacional: entre lo irónico y lo sincero, lo gestual y lo digital, altavoz del deseo”.

La publicación se inscribe en la línea experimental de Fomento Sybaris, iniciativa que desde 2020 busca impulsar prácticas artísticas del Sur Global y abrir rutas alternativas para pensar la imagen contemporánea. Tras De frente a lo que se oculta, aparecido a inicios de este año, América es su segundo ejercicio editorial y, quizá, su apuesta más arriesgada: un volumen que imagina la escritura no como descripción del mundo sino como su activación.

El libro se presenta el jueves 11 de diciembre de 2025, a las 19:30 hrs., en La Americana (Iztaccíhuatl 36A, Hipódromo, CDMX), con la participación de varios autores y de su editora. Una invitación a leer –y a mirar– desde otros espacios posibles.

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Safari humano

En noviembre de este año algunos medios difundieron la siguiente noticia: la Fiscalía de Milán investiga una denuncia que involucra a italianos fanáticos de las armas y de extrema derecha que dispararon a civiles desarmados durante el asedio a Sarajevo (1992-1995) por las tropas serbobosnias. El escritor y periodista Ezio Gavazzeni respaldó su denuncia con un documento de 17 páginas y se han sumado a la querella legal ex magistrados italianos y la ex alcaldesa de Sarajevo de 2021 a 2024, Benjamina Karić. Se estima, según una nota en El País, que 11 mil civiles habrían sido asesinados por francotiradores que pagaron entre 80 mil y 100 mil euros por la caza, aunque según la hipótesis se pagaba más por disparar a niños. La justicia serbia trató el asunto como “una leyenda urbana”, pero las pruebas apuntan a una realidad que se intentó ocultar por muchos años.

El ser humano cazado por otro ser humano, reducido a un trofeo, ha sido un tópico recurrente en las ficciones literarias y cinematográficas. Como suele suceder, parece que la realidad comienza a reflejar los inquietantes escenarios imaginados por escritores a lo largo de la historia. Mientras la ideología tecnoutopista alrededor de la llamada inteligencia artificial especula con una próxima humanización de los algoritmos y procesos que ocurren en Internet, los seres humanos de carne y hueso –aquellos considerados desechables o prescindibles– fueron usados como tiro al blanco a finales del siglo XX. La Guerra de Bosnia –producto de la desintegración de la URSS y la antigua Yugoslavia– sirvió como un Estado de excepción para que hombres de negocios ricos viajaran a la zona de conflicto para cazar por diversión a seres humanos. Ahora nos deberíamos preguntar por otros campos de tiro que aún no trascienden a la opinión pública. También convendría preguntar por los hombres y mujeres cazados por diversión en épocas anteriores y cuyas historias no llegaron a ningún tribunal porque eran víctimas de las potencias coloniales en regiones lejos de Europa.

En la novela American Psycho de Bret Easton Ellis, publicada en 1991, se retrata el vacío existencial de un yuppie de la época, Patrick Bateman, representante de los jóvenes acaudalados estadounidenses que prosperaban en el mundo unipolar y volcado a las finanzas después de la Guerra Fría. Como el dinero no es suficiente para darle sentido a su vida, recorre en las noches las calles de Nueva York para torturar y asesinar a quien pueda, pues su clase social le otorga impunidad. Easton Ellis retrata al personaje como un psicópata que disfruta su crueldad en las noches mientras mantiene su otra vida –banquero de inversiones– en los límites que demanda Wall Street. La política de la crueldad aún se mantenía en las cañerías del gobierno y de los corporativos estadounidenses. Cazar a otros seres humanos, torturar a alguien por placer, exterminar por deporte era algo que no podía pertenecer al statu quo de la época. Bill Clinton, presidente de Estados Unidos de aquellos años, ejemplificaba el optimismo del capitalismo neoliberal y no es recordado por pronunciar discursos violentos. Tras bambalinas, como se sabe, la Casa Blanca seguía con guerras de baja intensidad en varias partes del mundo, en particular en Medio Oriente.

El safari humano, la caza del hombre por el hombre, parece haber llegado a una nueva etapa. El primer ejemplo que viene a la mente, por supuesto, es el genocidio en Gaza y las numerosas evidencias de soldados israelíes asesinando a personas que sólo buscaban comida. El acto de terror y la deshumanización del otro ya existían desde hace mucho tiempo en la política de segregación y exterminio en Gaza, pero adquiere tintes macabros cuando los mismos agresores se filman divirtiéndose mientras disparan. La normalización de la crueldad siempre empieza por discursos antes inaceptables que comienzan a infiltrarse en la sociedad, discursos que convierten al otro no sólo en enemigo sino en algo no-humano y, por lo tanto, descartable. Si la Ilustración y la Revolución Francesa promovieron la idea de la igualdad universal –que no se llevó por completo a la realidad, como muestra la historia–, ahora regresamos a una suerte de canibalismo social en el cual el poderoso puede justificar sin mayor empacho la eliminación del más débil. En las novelas del Marqués de Sade los agresores justifican la violencia que ejercen, particularmente contra las mujeres, porque la naturaleza los ha hecho superiores. De la misma manera, los hombres que usaron las calles de Sarajevo como escenario de feria con blancos vivos pensaron que podían disponer de hombres, mujeres y niños porque tenían poder y dinero.

La normalización del safari humano no sólo implica la deshumanización de la víctima sino también la del agresor, pues ha abandonado cualquier rasgo de empatía. Las señales se multiplican todos los días: propagandistas de la ultraderecha que promueven la idea de que los migrantes deber ser sujetos a medidas cada vez más crueles; columnistas neoliberales que proponen eliminar o disminuir las pensiones porque los jubilados ya no aportan nada al país; hombres jóvenes aislados y deprimidos difundiendo mensajes misóginos en las redes sociales y foros clandestinos en Internet; votantes en varios países del mundo respaldando políticos reaccionarios que demonizan a los pobres y resucitan ideas propias del fascismo que se creían superadas. La deshumanización, en esta nueva etapa, recurre a lógicas que convierten a la población descartable en mercancía. Ya en 1729 Jonathan Swift proponía en su brillante ensayo repleto de humor negro, Una modesta proposición, que los pobres de Irlanda vendieran a sus hijos a granjas para después ser comidos por los terratenientes ricos. Antes motivo de vergüenza, la ideología deshumanizante se vuelve cada vez más popular en una sociedad global enfrentada a múltiples riesgos vitales y sin respuestas.

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Safari humano

En noviembre de este año algunos medios difundieron la siguiente noticia: la Fiscalía de Milán investiga una denuncia que involucra a italianos fanáticos de las armas y de extrema derecha que dispararon a civiles desarmados durante el asedio a Sarajevo (1992-1995) por las tropas serbobosnias. El escritor y periodista Ezio Gavazzeni respaldó su denuncia con un documento de 17 páginas y se han sumado a la querella legal ex magistrados italianos y la ex alcaldesa de Sarajevo de 2021 a 2024, Benjamina Karić. Se estima, según una nota en El País, que 11 mil civiles habrían sido asesinados por francotiradores que pagaron entre 80 mil y 100 mil euros por la caza, aunque según la hipótesis se pagaba más por disparar a niños. La justicia serbia trató el asunto como “una leyenda urbana”, pero las pruebas apuntan a una realidad que se intentó ocultar por muchos años.

El ser humano cazado por otro ser humano, reducido a un trofeo, ha sido un tópico recurrente en las ficciones literarias y cinematográficas. Como suele suceder, parece que la realidad comienza a reflejar los inquietantes escenarios imaginados por escritores a lo largo de la historia. Mientras la ideología tecnoutopista alrededor de la llamada inteligencia artificial especula con una próxima humanización de los algoritmos y procesos que ocurren en Internet, los seres humanos de carne y hueso –aquellos considerados desechables o prescindibles– fueron usados como tiro al blanco a finales del siglo XX. La Guerra de Bosnia –producto de la desintegración de la URSS y la antigua Yugoslavia– sirvió como un Estado de excepción para que hombres de negocios ricos viajaran a la zona de conflicto para cazar por diversión a seres humanos. Ahora nos deberíamos preguntar por otros campos de tiro que aún no trascienden a la opinión pública. También convendría preguntar por los hombres y mujeres cazados por diversión en épocas anteriores y cuyas historias no llegaron a ningún tribunal porque eran víctimas de las potencias coloniales en regiones lejos de Europa.

En la novela American Psycho de Bret Easton Ellis, publicada en 1991, se retrata el vacío existencial de un yuppie de la época, Patrick Bateman, representante de los jóvenes acaudalados estadounidenses que prosperaban en el mundo unipolar y volcado a las finanzas después de la Guerra Fría. Como el dinero no es suficiente para darle sentido a su vida, recorre en las noches las calles de Nueva York para torturar y asesinar a quien pueda, pues su clase social le otorga impunidad. Easton Ellis retrata al personaje como un psicópata que disfruta su crueldad en las noches mientras mantiene su otra vida –banquero de inversiones– en los límites que demanda Wall Street. La política de la crueldad aún se mantenía en las cañerías del gobierno y de los corporativos estadounidenses. Cazar a otros seres humanos, torturar a alguien por placer, exterminar por deporte era algo que no podía pertenecer al statu quo de la época. Bill Clinton, presidente de Estados Unidos de aquellos años, ejemplificaba el optimismo del capitalismo neoliberal y no es recordado por pronunciar discursos violentos. Tras bambalinas, como se sabe, la Casa Blanca seguía con guerras de baja intensidad en varias partes del mundo, en particular en Medio Oriente.

El safari humano, la caza del hombre por el hombre, parece haber llegado a una nueva etapa. El primer ejemplo que viene a la mente, por supuesto, es el genocidio en Gaza y las numerosas evidencias de soldados israelíes asesinando a personas que sólo buscaban comida. El acto de terror y la deshumanización del otro ya existían desde hace mucho tiempo en la política de segregación y exterminio en Gaza, pero adquiere tintes macabros cuando los mismos agresores se filman divirtiéndose mientras disparan. La normalización de la crueldad siempre empieza por discursos antes inaceptables que comienzan a infiltrarse en la sociedad, discursos que convierten al otro no sólo en enemigo sino en algo no-humano y, por lo tanto, descartable. Si la Ilustración y la Revolución Francesa promovieron la idea de la igualdad universal –que no se llevó por completo a la realidad, como muestra la historia–, ahora regresamos a una suerte de canibalismo social en el cual el poderoso puede justificar sin mayor empacho la eliminación del más débil. En las novelas del Marqués de Sade los agresores justifican la violencia que ejercen, particularmente contra las mujeres, porque la naturaleza los ha hecho superiores. De la misma manera, los hombres que usaron las calles de Sarajevo como escenario de feria con blancos vivos pensaron que podían disponer de hombres, mujeres y niños porque tenían poder y dinero.

La normalización del safari humano no sólo implica la deshumanización de la víctima sino también la del agresor, pues ha abandonado cualquier rasgo de empatía. Las señales se multiplican todos los días: propagandistas de la ultraderecha que promueven la idea de que los migrantes deber ser sujetos a medidas cada vez más crueles; columnistas neoliberales que proponen eliminar o disminuir las pensiones porque los jubilados ya no aportan nada al país; hombres jóvenes aislados y deprimidos difundiendo mensajes misóginos en las redes sociales y foros clandestinos en Internet; votantes en varios países del mundo respaldando políticos reaccionarios que demonizan a los pobres y resucitan ideas propias del fascismo que se creían superadas. La deshumanización, en esta nueva etapa, recurre a lógicas que convierten a la población descartable en mercancía. Ya en 1729 Jonathan Swift proponía en su brillante ensayo repleto de humor negro, Una modesta proposición, que los pobres de Irlanda vendieran a sus hijos a granjas para después ser comidos por los terratenientes ricos. Antes motivo de vergüenza, la ideología deshumanizante se vuelve cada vez más popular en una sociedad global enfrentada a múltiples riesgos vitales y sin respuestas.

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miércoles, 10 de diciembre de 2025

Gabriel de la Mora: el reverso de la página

En el catálogo recientemente publicado de La petite mort, Tobias Ostrander, curador de la muestra, explica que el término pequeña muerte “sirve de eufemismo para referirse a un orgasmo y a la sensación de abandono o pérdida que puede engendrar el clímax del placer físico. Su uso estratégico facilita una lectura erótica de la práctica de Gabriel de la Mora, al tiempo que aborda las numerosas ‘muertes’ que articulan sus obras”. Desde el 25 de septiembre el Museo Jumex de la Ciudad de México alberga la exposición de media carrera del artista mexicano, que permite recorrer más de dos décadas de búsquedas formales y atender los intereses que organizan las distintas líneas de trabajo.

El discurso curatorial, centrado la dimensión erótica de la producción de De la Mora (Ciudad de México, 1968), no imposibilita otras lecturas. La reflexión sobre el tiempo, por ejemplo, cruza La petite mort transversalmente. El tiempo no sólo es tematizado, sino que es convertido en el material mismo de algunas de las piezas. “Como buen disléxico”, comenta el artista en entrevista con La Tempestad, “me encanta ver ambas caras o dimensiones de la moneda, el tiempo puede transformar el pasado en futuro. Ese ir hacia adelante o hacia atrás me interesa muchísimo”.

“Como buen disléxico, me encanta ver ambas caras o dimensiones de la moneda, el tiempo puede transformar el pasado en futuro. Ese ir hacia adelante o hacia atrás me interesa muchísimo”: Gabriel de la Mora.

Formado como arquitecto, el artista encontró obras creadas por el paso del tiempo en los plafones de algunos edificios, que retiró, consolidó y convirtió en readymades pictóricos: “En 2006, dos años después de que dejé de pintar, empecé a ir a construcciones de finales del siglo XIX en la colonia Roma. En Tonalá 47 me di cuenta de que había una tela colgando, un cielo raso o manta de cielo, y pensé: Algo puede comenzar su proceso mucho tiempo antes del nacimiento del artista, y quizá seguir cambiando después de que muera. Esperé seis años y, en 2012, al ver que eran estables, empecé a ir a Altamirano 20 a trabajar con la idea de que la mejor forma de explorar o expandir la pintura era abandonándola”.

Gabriel de la Mora

Vista de la exposición Gabriel de la Mora: La petite mort, Museo Jumex, 2025. Fotografía: Ramiro Chaves

Para Gabriel de la Mora estas telas absorbieron la energía del espacio durante siglo y medio, lo que dejó una impronta en la superficie de la pintura: “Todo está hecho para cumplir una función, y cuando algo llega a su fin se transforma en el inicio de algo más”. La idea de obras creadas por el tiempo se extiende en el mural B-55 izq. / 55 der. (2016), compuesto por telas removidas de bocinas de estéreos, donde el sonido que vibró por años en las superficies creó, con ayuda del polvo, dibujos sin intervención humana. “La música, los anuncios, los noticieros y hasta la estática hacen que la caja acústica absorba y expulse aire, es como una respiración a través del sonido, y de a poco, en 30, 50 o 60 años, el polvo va quedando impregnado y hace visibles las bocinas o los buffers, generando círculos y rectángulos de diferentes tamaños e intensidades”, explica el artista.

La concepción no-lineal del tiempo incide no sólo en la organización de ‘La petite mort’, que prescinde de lo cronológico a favor de agrupaciones temáticas, sino en otra dimensión de la obra de Gabriel de la Mora: lo autobiográfico.

La concepción no-lineal del tiempo incide no sólo en la organización de La petite mort, que prescinde de lo cronológico a favor de agrupaciones temáticas –“Cuerpos”, “Borradura”, “Calor”, “El filo del deseo”, “Tacto” y “El placer del espectador”–, sino en otra dimensión de la obra de De la Mora: lo autobiográfico. Retroactivamente, el artista convierte una plana escolar de escritura, realizada a los cuatro años, en m-294 (1972), su primera pieza artística. Todo, de alguna manera, se inscribe ahí como marca de origen: disléxico, su profesora le pidió practicar la letra m en el sentido “correcto”, cosa que cumplió; posteriormente, volvió escribirla en sentido inverso en el reverso de la página.

Uno de los puntos más altos de la exposición, en el inicio del recorrido, cruza las dimensiones temporal y autobiográfica de forma contundente. La instalación Memoria I, 24.10.07 (2007) “integra por primera vez a mi padre, en el contexto de la familia, 14 años después de muerto, así como a mi hermana [fallecida al nacer]; une vivos y muertos a través del cráneo, de tomografías computarizadas que realizaron, en el caso de mi papá y mi hermana, a través de una exhumación. De ahí se hicieron impresiones tridimensionales de esos dos cráneos, para después convencer al resto de la familia a hacernos nuestras impresiones 3D”. Las diecisiete figuras borran las identidades y nos dejan ante un novísimo tzompantli que lleva al grado cero la novela familiar y el acontecimiento que nuclea la primera parte de la muestra: los secretos que se revelaron con la muerte del padre, en 1993, cuando Gabriel de la Mora tenía 25 años y aún no había abandonado la arquitectura para dedicarse a las artes visuales.

Gabriel de la Mora

Vista de la exposición Gabriel de la Mora: La petite mort, Museo Jumex, 2025. Fotografía: Ramiro Chaves

El conjunto de obra que compone La petite mort, a partir de 87 piezas seleccionadas por Tobias Ostrander –algunas de ellas nunca antes exhibidas–, deja ver otras dimensiones del trabajo de De la Mora. La búsqueda de nuevos materiales y de nuevos procedimientos, por ejemplo. También la obsesión con el número, que le lleva a desglosar a detalle lo que involucra cada trabajo. Piénsese, si no, en 467,685 (2020), cuyo título refiere la cantidad de fragmentos de cascarón de huevo requeridos para cubrir una superficie de 2 x 2 metros, en una producción que tomó dos años. O en la cantidad de fragmentos de alas de mariposa debidamente acreditados en las fichas técnicas de diversas obras.

La concepción no-lineal del tiempo incide no sólo en la organización de ‘La petite mort’, que prescinde de lo cronológico a favor de agrupaciones temáticas, sino en otra dimensión de la obra de Gabriel de la Mora: lo autobiográfico.

Como si reflexionara sobre lo anterior, Pablo Soler Frost escribe en el catálogo de la muestra sobre la fragmentación del universo: “origen de la existencia de todas las cosas y de todos los seres, visibles o invisibles, menos, en el caso de las cosmogo­nías, de la entidad creadora, menos, en el caso de ciertas teorías que proponen una serie de big bangs, de ciertos residuos en nuestro uni­verso de un universo ante­rior o la posibilidad de cien­tos o de miles de universos espejo o universos paralelos, esta fragmentación primigenia y primordial es la explicación tanto de nuestras diferencias (el yo y el tú y lo otro) como de nuestras similaridades (tanto a nivel molecular como el hierro de nuestra sangre, formado en el principio mismo del universo, pero presente en todos y cada uno de los seres humanos, como en el inconsciente colectivo que todo lo une en su abismo)”.

Como puede observarse en el recorrido por la exposición, para Gabriel de la Mora el arte –como antes la arquitectura– es un medio de pensamiento. Cada pieza es la respuesta a una pregunta, y a su vez abre nuevas interrogantes, desde las más elementales –¿cuánto tiempo tomó realizar esta pieza?– hasta las más íntimas –sobre la muerte, la identidad o la forma en que nuestra memoria se imprime en los objetos. Son preguntas-respuesta ejecutadas con extraordinario rigor por el artista y sus asistentes, donde la búsqueda de nuevas resoluciones va siempre de la mano con el surgimiento de nuevas inquietudes.

Gabriel de la Mora

Vista de la exposición Gabriel de la Mora: La petite mort, Museo Jumex, 2025. Fotografía: Ramiro Chaves

Gabriel de la Mora: La petite mort puede visitarse en la Galería 3 del Museo Jumex hasta el 8 de febrero de 2026. Posteriormente, este conjunto de objetos a veces exquisitos, a veces enigmáticos, recalará en el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO). Es indudable que, como declara Ostrander, “la exposición celebra la sensualidad formal y la sofisticación conceptual” de la obra del artista. El espectador que la visita, sin embargo, es también confrontado: detrás del rigor y la precisión de las piezas se abre el vacío de la pérdida, pero también la extraña felicidad de quien, al reverso de la página, sigue la dirección contraria.

Con información de Nicolás Cabral

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