Una pareja tiene mejores posibilidades de navegar con éxito las cálidas y turbias aguas del matrimonio si en él cabe el reconocimiento de la contradicción constitutiva de cada uno de sus miembros. Que cada uno de ellos esté abierto a la mera posibilidad de que el otro pueda manifestar sus aspectos más vergonzantes y condenables es, irónicamente, la única vía conducente hacia un matrimonio auténtico. Y para llegar a eso, parece decirnos El drama (Kristoffer Borgli, 2026), es requisito pinchar la burbuja de la fantasía de una unión sin bordes cortantes y descubrir, ya del otro lado, en el desierto de lo real, el trauma de la contradicción. Si eso suena sombrío, la situación es aún peor: también será requisito el escabroso y recíproco proceso de mediar entre lo reprobable y lo meritorio de cada uno para que la relación prospere. Será necesario cortar con la ambición de una relación sin desacuerdos, resistencia, enfrentamientos, erosión. Hay varias cosas admirables en El drama y una de ellas es la dramatización de esa idea.
Otra genialidad de la película: pareciera que alguien dentro de las altas esferas de la producción o dirección de la película dijo: “¿Ven qué hermoso es el cabello de Robert Pattinson? ¿Y ven estos lentes que traigo acá? ¿Qué tal si construimos su personaje, un curador de arte, blanco, heteronormado, clase media-alta, progresista, profundamente tibio y cobarde, alrededor de esas dos cosas? El tic de acomodarse el cabello constantemente y, sobre todo, el detalle de los lentes, podrían ser el punto de fuga para la idea central de la película, ¿cómo ven?”. Tanto da si esa intervención tuvo lugar o no, lo que importa es que, hacia el final de la película, el gimmick de los lentes tendrá relevancia diegética, justo cuando su ausencia subraye que la película estuvo felizmente cruzada por el desgajamiento de una idea sobre el matrimonio que hasta la última escena centrifugaba la historia de los novios.
Sorprende que la confesión perturbe tanto al novio y a los amigos, ya que no es más que una expresión cultural de altísima tradición a lo largo y ancho de los Estados Unidos: un ‘mass shooting’.
Pero antes de eso. La película empieza con la prueba de menú para la boda entre Charlie Thompson (Robert Pattinson) y Emma Harwood (Zendaya). Durante la prueba, Emma confiesa a Charlie y a un par de amigos (también progresistas de la costa este de los Estados Unidos) la irrealizada fantasía que tuvo de adolescente. Sorprende que la confesión perturbe tanto al novio y a los amigos, ya que no es más que una expresión cultural de altísima tradición a lo largo y ancho de los Estados Unidos: un mass shooting. Aun así, la sola confesión alcanza para desarmar la imagen que Charlie tenía de su prometida y también para inyectar de indignación a su amiga Rachel (Alana Haim). A Mike (Mamoudou Athie), pareja de Rachel, las confesiones de los amigos no lo perturbarán a ese grado porque él, como toda minoría representada en el imaginario biempensante gringo, es buenito y sin contradicciones. Y por eso no condena ni censura, porque está para mediar las posiciones encontradas de los asistentes a la cata del menú.

Zendaya y Robert Pattinson en El drama (2026), de Kristoffer Borgli. Cortesía de A24
La fantasía trae a Charlie un déficit emocional y psíquico que detonará durante toda la película, en los momentos menos inesperados: el doble sentido de una frase en una taza de café o el listado de las imágenes a tomar por parte de la fotógrafa de la boda. Y, para compensarlo, Charlie siempre tendrá una respuesta excesiva y, por eso mismo, cómica. De la superposición de esas dos circunstancias, el déficit y el exceso, brotará el humor en la película: su título es irónico. Charlie tendrá las ideas más predecibles, como su patético intento de amorío con una compañera de trabajo, y las más cómicas, como la confrontación con la prima de su amiga Rachel, víctima de un mass shooting en silla de ruedas. Esa escena es un gran ejemplo de cómo los mejores momentos de la película son aquellos en que tanto Charlie como Emma deben exagerar su reacción para compensar una carencia o falta. Cuando Charlie se encuentra con la prima, una persona con una falta evidente (está en una silla de ruedas), él reacciona de una manera que excede la situación: empieza a elogiar su chamarra.
Aunque la confesión resulta un trauma para Charlie (por más que lo intenta, no da con la manera de acomodarlo en el orden simbólico de su novia, su relación y su futuro) y tiene consecuencias funestas para la pareja y quienes los rodean, desde los amigos y la familia hasta los proveedores de servicios de la boda que se ven impedidos de realizar su trabajo con fluidez y normalidad, no hay drama. A partir de la confesión, la inminente boda y el matrimonio futuro quedan como en un impasse. O, mejor aún, profanados. Y lo que sucederá en la película serán los humorísticamente patéticos esfuerzos de Charlie por tratar de integrar a su realidad (simbolizar) el despropósito de la fantasía de su prometida.
Sólo después del fracaso de la boda, durante la cual no puede contenerse más la violencia, los fantasmas y los traumas, a Charlie (un Charlie ya sin lentes) y a Emma se les abrirá la posibilidad de un matrimonio verdadero.
Sobre el estéril afán masculino por mitigar las consecuencias de la fantasía femenina, a partir de la última película de Stanley Kubrick, Slavoj Žižek ya nos dijo que la fantasía de Alice (Nicole Kidman) se vuelve intolerable para su esposo Bill (Tom Cruise) porque sólo una mujer puede fantasear plenamente, mientras que un hombre está condenado a la inutilidad fatal de la “fantasía sobre la fantasía”. Sólo después del fracaso de la boda, durante la cual no puede contenerse más la violencia, los fantasmas y los traumas, a Charlie (un Charlie ya sin lentes) y a Emma se les abrirá la posibilidad de un matrimonio verdadero. La revelación les caerá al filo del amanecer, casi al inicio de un nuevo día, justo como a Alice y Bill Harford. El drama es Ojos bien cerrados (1999) en PG-13.

Robert Pattinson y Mamoudou Athie en El drama (2026), de Kristoffer Borgli. Cortesía de A24
Al igual que el doctor Harford, Charlie pasará la mayor parte de la película tratando de contrarrestar la fantasía de su pareja y fracasando en cada intento: se arrepiente de iniciar una infidelidad con su compañera de trabajo, no puede confrontar a su amiga Rachel, no puede despedir a la DJ de su boda. Y tampoco, por supuesto, puede compartir la desilusión de la novia perfecta con su prometida. Sin embargo, justo ahí, en esa posición, aparece la salida al desierto de lo real. El único lugar en el cual el amor que dicen tenerse puede acontecer.
También Žižek, en otro lado y respecto a otra cosa, dice eso de que ahora queremos cerveza sin alcohol, cigarros sin nicotina, amor sin peligro. El espíritu de la época nos baja línea con el imperativo de reprimir las contradicciones o directamente evitarlas. Un ejemplo de eso es la amiga Rachel, la más ofendida por la confesión de Emma. Se indigna por la subjetividad de la fantasía de Emma, no porque su planteamiento en sí mismo sea condenable. Su inconformidad no es política, es moral. Además Emma es negra, clase trabajadora. Si Rachel encierra a un niño con una discapacidad y lo pone en peligro es chistoso. Lo de Emma, sólo desde el plano de la idea, ya es terrible. Para Rachel la ideación de un mass shooting no es un temita estructural de su sociedad, el cual tiene que ver con la clase, la raza y el género: para ella es un tema personal. Quizá sólo podría concebir salvar focas bebés, por decir algo, si tuviera una de mascota.
Todos somos horribles, todos hemos hecho algo imperdonable y lo que es peor y verdadero, se lo hemos hecho a personas que decimos que amamos. Mostrar la peor versión de nosotros mismos y ser aceptados puede ser la dimensión más radical del amor.
De vuelta en la boda, cuando todas las variables reprimidas que podrían hacer estallar la ceremonia y la relación (el resentimiento de Rachel, la semi infidelidad con la compañera de trabajo, la cobardía de Charlie, la expectativa del padre de la novia y la culpa de Emma) suceden, todo el futuro y vida que habían planeado juntos se desinfla. El Charlie golpeado y solo en su departamento parece decirnos que sólo en la contradicción de aceptar la peor versión de quienes amamos puede haber una unión genuina. No es un tema menor que cuando Charlie entiende ese proceso deja de usar los lentes. Es lo contrario de They Live! (John Carpenter, 1988), donde hay que ponerse los lentes para ver la realidad, lo que hay detrás de lo ideológico. Cabe suponer que, para El drama, al quitarle los lentes a Charlie éste obtiene una mirada más directa sobre la experiencia, pero esa lectura sería equivocada. Más bien, al no tener lentes, Charlie puede mediar la realidad mejor sin esa prótesis que enmascara su posición respecto a su prometida. Todos somos horribles, todos hemos hecho algo imperdonable y lo que es peor y verdadero, se lo hemos hecho a personas que decimos que amamos. Mostrar la peor versión de nosotros mismos y ser aceptados puede ser la dimensión más radical del amor. Y sólo quienes, como Charlie y Emma, han estado ahí pueden dar fe de ello.

Robert Pattinson y Zendaya en El drama (2026), de Kristoffer Borgli. Cortesía de A24
Un matrimonio, nos dice la carita hecha mierda de Charlie (ya sin lentes) y el alma humillada de Emma (bajo el blanco vestido y una chamarra encima que, por supuesto, tiene la función de mediar esa posición), no es más que un par de piedras chocando entre sí una y otra vez, sin juntarse, sin fundirse la una en la otra, para sacar chispas que iluminen, enciendan algo. Y aún más, que la chispa no es eterna (o lo es sólo durante el instante en que estalla y se apaga), desaparece pero sólo para volver a buscarla, una y otra vez. A través de la única vía posible, la erosión de sí.
The post Piedras bien cerradas first appeared on La Tempestad.
from La Tempestad https://ift.tt/HcwYiW4
via IFTTT Fuente: Revista La Tempestad
No hay comentarios:
Publicar un comentario