miércoles, 20 de mayo de 2026

Contra la dimensión

He visto demasiada televisión. Vi El Oso, Pluribus, algunos episodios de Scarpetta: médico forense y The Lowdown (que me gustó). Vi Industry, que es como Euphoria con algo de Succession. Intenté ver Girls. Vi episodios de Der Pass porque ya no quería volver a ver True Detective. Pero no comenté nada de esto, lo vi de la peor manera posible: echando la baba, el sempiterno espectador pasivo. La experiencia episódica, a veces conmovedora, de ver The Pitt o El caballero de los Siete Reinos termina siendo aplanada por una experiencia mayor, la del volumen de tiempo malgastado frente a la pantalla (y sólo estoy señalando, caritativo, la de la televisión). Creo que vi algo nuevo de Taylor Sheridan pero sus telenovelas con aire neowestern, a veces neonoir, ya se me confunden. ¡Son demasiadas!

Estoy… ¿deprimido? Vi algo que disfruté, en la tele. Un par de episodios de Widow’s Bay, desarrollada por Katie Dippold. Está en Apple y el par de episodios es dirigido por Hiro Murai (el de Atlanta). Se la recomendé a un amigo. Le dije: “Es como Tiburón. El alcalde de un pueblo costero intenta atraer turismo, pero en lugar de que aceche un escualo… el tema es que hay elementos sobrenaturales”. “Ah, ya”, me dijo, “como Sheinbaum atrayendo gente al Mundial en la Ciudad de México, pero resulta que la ciudad está embrugada”. ¡Ya no dejan disfrutar nada!

¿Qué está pasando en el mundo, más allá de la tele? Guerra, claro, un Mundial que se avecina, precariedad y economía de la atención. La semana pasada, en The Guardian, leí un artículo de Stephanie O’Connell sobre cómo más mujeres solteras han comprado casas, obteniendo cierta estabilidad económica, sólo para descubrir que esto les dificulta relacionarse con hombres, pues invariablemente –de acuerdo con algunos testimonios, libros y estudios– estos responden competitivamente (por no decir agresivamente, al sentirse disminuidos). Era como algo sacado de Houellebecq, que tiene un artículo titulado “¿Para qué sirven los hombres?”.

Pues para ver la tele.

Así que me acuesto una vez más sobre el árido suelo de la cultura popular, coloco mi oído atento contra él. Y espero. ¿Qué es eso que se distingue a la distancia? Son las pisadas de una burda metáfora: la de la dimensión. Primero en los lugares obvios, como esas series sobre gente dedicada a negocios que sólo pueden medirse en números; todos emanaciones del maligno Valle del Silicón. Pero también resulta que acá tenemos una escena del quinto capítulo de la tercera y grotesca temporada de Euphoria. Cassie finalmente tiene éxito como “creadora de contenido” para OnlyFans y su cuerpo empieza a crecer. Son secuencias que hemos visto en las transformaciones de Hulk, en Alicia en el país de las maravillas y, por supuesto, en El ataque de la mujer de 50 pies.

Más tarde intento ver Una esposa en miniatura, pero sólo consigo tolerar un episodio. Es una comedia pero me deprime, porque básicamente es una mezcla de La guerra de los Rose con algo de Querida, encogí a los niños. Me recuerda demasiado al artículo de O’Connell. Pero leo el relato en el que se basó la serie, “The Miniature Wife”, de Manuel Gonzales. Vale la pena, aunque le deba tanto a Richard Matheson, a su cuento “Presa”, pero también a su famosa novela El hombre menguante (se publicó en 1956, al año siguiente se estrenó su adaptación al cine y al siguiente, como si fuera su espejo siniestro, El ataque de la mujer de 50 pies). Hay una nueva adaptación al cine de la novela de Matheson, pero no he podido verla, es francesa. Entiendo que, aunque vuelve a la aventura en el sótano, la araña, etcétera, se concentra más en el aspecto emocional del hombre que comienza a disminuir… Acabo de recordar que el año pasado vi la pésima película Amores materialistas (ya está en HBO Max). El personaje de Dakota Johnson deja al personaje de Pedro Pascal en el momento en que se entera de que, como es rico, pudo, quirúrgicamente, dejar de ser chaparro.

Había algo interesante en el episodio de Una esposa en miniatura que vi. Cada vez que pasaban escenas de transición, que explicaban los cambios de escenario, la cámara mostraba un bonito paisaje, pero los planos de enfoque creaban efectos diorama –como en la escena de la carrera de remo de La red social. Cuando vi esa película me chocó un poco el uso del efecto, pero luego entendí que era la manera de mostrar cómo la competencia de remo en la que participan los gemelos Winklevoss era apenas un juego, un escenario de juguete, en contraste con lo que estaba en riesgo (no sólo una idea billonaria sino, me temo, el futuro). Como ven, la venganza de los nerds, pasando por la transformación de Zuckerberg en otro cretino de la machósfera, sigue desarrollándose.

En fin, levanto la cabeza, dejo de escuchar las pisaditas de la burda metáfora, suspiro y recuerdo que hay otras maneras de experimentar el mundo que no tienen que ver con números ni dimensiones. Mejor aún: la dimensión misma no se reduce a la asignación de un mero valor de consumo. Como anotó Dante Saucedo en “Breve elogio de la miniatura”: “Como una naranja partida a la que se da vuelta para mostrar sus gajos, el alma de lo pequeño, su pulpa, está en la superficie. El secreto de su magia es que en su centro no hay otra cosa que el deseo de quien las hace y de quien las mira. Mucho más que una versión reducida de lo real, son la forma concentrada de lo posible”. Estoy de acuerdo. Pero por lo que veo creo que debemos tener cuidado con –y cuidar lo que– deseamos.

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