lunes, 7 de septiembre de 2026

Vladímir Sorokin, de nuevo

Debo agradecer a Antonio Ortuño haberme acercado a autores que, sospecho, de otra manera habría tardado demasiado en conocer. Hace algunos años me habló del venezolano José Antonio Ramos Sucre (recuerdo que tardé algunos años en conseguir libros de él); me compartió digitalmente libros de la argentina Angélica Gorodischer; y gracias a él me enteré del ruso Vladímir Sorokin (Bykovo, 1955), pues en el lejano 2012, para esta revista, escribió “Noticia de un insolente”. Se trataba de un perfil del autor en el que se ocupaba de Manteca de cerdo azul (1999), El hielo (2002) y El día del oprichnik (2006) –estos dos últimos títulos han vuelto a ser reeditados en español desde entonces (en 2022, por Alfaguara), pero por una u otra a mí se me perdieron en las inestables arenas del tiempo postpandémico y las veloces mesas de novedades.

Lo traigo ahora a cuento porque afortunadamente aún se encuentra en librerías mexicanas una traducción al español de su novela El Kremlin de azúcar (2008; la versión de Jorge Ferrer apareció en Acantilado en septiembre del año pasado). Para quienes busquen asomarse al extraño, delirante y violento mundo sorokiniano, pero encuentran su trilogía de El hielo como un proyecto de lectura abrumador, este libro (breve, ameno, inquietante) es una buena puerta de entrada. He dicho que es una novela pero está conformada por quince relatos episódicos, guiados por la estructura de cuentos como “La mulata de Córdoba y la historia de un peso” de José Bernardo Couto, en la que se sigue el punto de vista de una moneda de plata que pasa de mano en mano; o de la novela breve Una belleza vulgar, de Damián Tabarovsky, que relata, siguiendo la caída de una hoja de árbol, las vidas y ambiciones de los inquilinos de un edificio. Acá, gracias a una figurilla de azúcar que representa, obvio, al Kremlin –un regalo que desciende del cielo al concluir una festividad nacionalista que honra al Soberano– podemos visitar las distintas realidades que habitan en esta Rusia imaginada, una mezcla, apuntó Ortuño, de “zarismo y futurismo totalitario”.

A propósito de las arenas del tiempo: El día del oprichnik imaginaba una Rusia de 2027, número que ya está a unos meses de nuestra esquina. Se la describía en ese libro como una potencia aislada del mundo por una Gran Muralla –“a imagen y semejanza de la china”, escribió Ortuño, sin imaginar que unos años después, en la frontera norte de México, se proyectaría la loca, loca fantasía de construir una parecida. Pero en todo caso la Gran Muralla de Sorokin desciende de “La construcción de la Muralla China”, de Kafka: “¿Contra quién debería proteger esa muralla?”, se pregunta el narrador de ese relato,

Contra los pueblos del Norte. Yo provengo del sudeste de China. Ningún pueblo nórdico nos puede amenazar allí. Leemos en los libros de nuestros antepasados acerca de las crueldades que cometen conforme a su naturaleza, y suspiramos inquietos en nuestros apacibles cenadores; en los cuadros de los artistas, tan fieles a la realidad, vemos los rostros de la condenación, las fauces abiertas, las mandíbulas provistas de colmillos puntiagudos, los ojos perversos, como mirando de soslayo a la presa que van a destrozar con sus hocicos. Si los niños se portan mal, les enseñamos esas imágenes y corren llorando a abrazarse a nuestros cuellos.

En el capítulo “El júbilo de Marfusha”, que ocurre en la Navidad de 2028, de El Kremlin de azúcar, la niña Marfusha (que como todos los niños rusos bien portados fabrica ladrillos de arcilla para la muralla) “sabe que no hay manera de acabar la construcción de la Gran Muralla, que entorpecen tantos los enemigos externos como los internos. Que todavía hay que fabricar muchos ladrillitos antes de conseguir que arribe la felicidad general. Crece y crece la Gran Muralla, protege a Rusia del enemigo exterior. Y a los enemigos internos los oprichniks del Soberano los hacen trizas”.

Vladímir Sorokin

En el mismo párrafo se puede leer este delicioso catálogo sobre los enemigos de Rusia que, se supone, la Gran Muralla mantiene a raya:

los malditos ciberpunks que roban nuestro gas ilegalmente, los hipócritas católicos, los desvergonzados protestantes, los delirantes budistas, los rabiosos musulmanes y hasta los podridos ateos y los satánicos que se contonean en las plazas al ritmo de su maldita música, los drogatas pasmados, los insaciables sodomitas, que se soban los culos en la oscuridad, los monstruosos transformistas, que cambian su apariencia, la que Dios les dio, los plutócratas egoístas, los malignos clones, los implacables tecnohombres, y los sadistas, los fascistas y los megaonanistas.

Es muy fácil engolosinarse con los distintos personajes y voces presentados por Vladímir Sorokin: terribles agentes de seguridad –torturadores y asesinos–; prostitutas que tienen a los burócratas a sus pies; comediantes de la corte; trabajadores de fábricas; opresores y víctimas que nadan en las mismas aguas de la locura. Podría transcribir más y más párrafos que de alguna manera resuenen con nuestro tiempo –como los de “La carta”, en los que una mujer de sensibilidad conservadora le escribe, con una envidia que se expresa en el deseo de censurar, a su hermana que logró escapar a China para vivir con un hombre acaudalado. Lo interesante es que la carta ha sido escrita con apoyo de una “máquina inteligente”, y muy pronto las repeticiones y “alucinaciones” se abren camino. Pero dejo esas sorpresas al lector.

Desde hace años descansa en mi librero una densa antología de ciencia ficción y fantasía rusa preparada por Alexander Levitsky, emigrante checo que desde 1975 ha dado clases de estudios eslavos en la Universidad Brown. El libro se titula Worlds Apart (2007; no se ha traducido al español). Revisé si ya se mencionaba en él a Sorokin. Al final, en un epílogo preparado por Sofya Khagi (de la Universidad de Míchigan), titulado “Sobre fantasía y ciencia ficción rusa contemporánea”, se menta a Sorokin de pasada, como una anomalía de escritura “posmoderna”, autor de Manteca de cerdo azul, que Khagi describe como “provocadora” aunque “de mal gusto”. Es la misma novela por la que “los chicos de Nashi”, como escribió Ortuño, “llegaron a organizar en el año 2002 una destrucción pública” de sus ejemplares, que arrojaron “a una pira en forma de retrete frente al Teatro Bolshói y acusando al autor de ‘pornográfico’”. Es cierto que Putin se sentía incómodo con las sátiras de Sorokin, pero también que Sorokin (como también anotó Ortuño) se ha mostrado incómodo con la idea de considerarse –como quisiera tanta prensa liberal– como un autor disidente que está en el exilio.

A propósito, vale la pena retomar esta nota de buen humor, de una entrevista que Sorokin dio el año pasado a la Paris Review:

No sé lo que hoy se considere un escritor ruso. La respuesta más sencilla sería alguien que escribe en ruso. En la tumba de Nabokov en Montreaux sencillamente se anotó écrivain. Me siento muy afín a ese sentimiento. En Occidente, sin embargo, hay muchos clichés sobre los escritores rusos –espiritualmente, las metafísicas sobre los espacios rusos y su naturaleza, el sufrimiento, el amor mortal por una femme fatale, los horrores del Gulag, el totalitarismo, etcétera. No estoy en contra de esos temas, pero sí contra el cliché. Las circunstancias conspiraron para que terminara en Berlín. Pero lo último que me gustaría es considerarme un emigrante, como lo hizo Nabokov. A diferencia suya, puedo regresar a Moscú en cualquier momento, no hay una Cortina de Hierro. Sencillamente no quiero ir a la Moscú de Putin ahora mismo. La situación de Nabokov fue mucho más dura. Estaba huyendo de la muerte. Mientras que yo sencillamente me mudé a Berlín. Pero incluso antes de eso, mi esposa y yo vivíamos entre Moscú y Berlín. Y yo espero regresar a Moscú cuando cambie la situación y termine la guerra en Ucrania.

Pasadas las décadas uno ve con algo de angustia cómo sube y baja la marea de los nacionalismos, los ritmos de las guerras, culturales o no; determinando grotescamente los índices de popularidad de los autores que se acercan o alejan del poder, con disfraz de intelectuales. Es agradable volver a escuchar las voces que mantienen un ritmo propio.

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