miércoles, 9 de septiembre de 2026

Sobre (y de) ‘Tragazona’

“A cierta distancia / la luz no puede / alcanzarnos”

Matías Ruiz

 

1.

Nobody wants any more poems / about foreign cities”. Tomo el epígrafe de Charles Tomlinson que abre el libro como una advertencia y, al mismo tiempo, como una clave de lectura. Tragazona (Álbum del Universo Bakterial, 2026) no es un libro sobre una ciudad extranjera. Si bien los textos que lo componen giran en torno a una serie de referentes espaciales (la Tróade de Misia, el monte Ida, el Gárgaro, el río Esepo, etc.), quien abra sus páginas buscando fijar un escenario, una voz, el relato de un viaje, fracasará. Me gustaría, en su lugar, introducir la idea de que lo que guía la propuesta de Rodrigo Vera Cubas (Lima, 1987) es un cuestionamiento de la mirada a partir de múltiples cambios de escala y posiciones de observación.

La mirada resulta un problema central desde el primer poema. “dónde mirarnos”, se dice en el verso inicial. Esta primera escena nos sitúa ante una percepción dislocada para la cual los referentes espaciales, el “contexto”, han sido desdibujados. ¿“dónde mirarnos” si se ha “abandonado el contexto” y los puntos de referencia se han vuelto inestables, si lo que vemos es, desde un inicio, un paisaje estallado, reducido a un cúmulo de detalles y superficies flotantes? ¿Dónde ubicar la mirada?

2.

La colocación a distancia es una de las formas bajo las cuales se organiza la visión del sujeto de los textos. Allí se mide la tensión entre aquello que resulta visible y aquello que no. En La invención de lo cotidiano, Michel de Certeau plantea una distinción entre la mirada a distancia, de quien se ubica en una posición alejada para ver, en un afán totalizador, la ciudad como conjunto, y la mirada trashumante, la del sujeto perdido entre la multitud e inmerso en la experiencia de una espacialidad que se le muestra opaca. Pero la poética de Vera trabaja las escalas espaciales más allá de ese sentido jerárquico. Lejos de proporcionar una visión de conjunto, nítida, en que la ciudad aparece como un texto perfectamente legible, aquí la toma de distancia se presenta más bien como índice de pérdida:

 

a cierta distancia

la luz no puede alcanzarnos

y no hay forma de medir

lo que allí ocurre existe

 

O como contradicción:

 

vi la ciudad a lo lejos

             no

                 la vi

 

En otros casos, esta mirada a distancia se configura a partir de un movimiento de zoom out con el que el hablante de los textos nombra los distintos elementos de la escena que lo rodea:

 

hola glande, hola techo, hola cielo millonario, hola humedad presión

temperatura laxitud del universo roca ácida en lugar de asteroide que no

huele peponcito de sopa primigenia

 

Hay, entonces, una consciencia del paralaje, es decir, de que distintos ángulos de visión producen realidades igualmente distintas. La crítica a la perspectiva se centra, así, en desarticular las formas de percepción habituales, en hacerlas estallar, por ejemplo, a través de la paradoja: “el Diplodocus será siempre gigante / incluso a la distancia / no importa dónde estén tus ojos / ni dónde esté su cara”.

3.

La existencia o no-existencia de aquello que es perdido para la visión aparece como uno de los tópicos centrales del libro. La repetición de la palabra “existe” al final de cada uno de los poemas que conforman la segunda sección puede leerse no sólo como un guiño a la poesía enumerativa de Inger Christiensen, sino también como la insistencia por nombrar una realidad que se escapa a la mirada. De ahí que se aluda a una serie de interlocutores antagónicos que metonímicamente refieren al cálculo, a la técnica y a las formas institucionalizadas de medición del espacio: el cartógrafo, el topógrafo, el espeléologo, etc. De esta forma, la presencia de una mirada dislocada y lacunar frente a otra de afán totalizador es lo que rige la experiencia perceptiva del poemario: “yo la verdad me habría quedado feliz / apreciando mi descomposición / pero vinieron / los señores con sus reglas / a querer forjarme / un estilo sideral un estilo en base”.

En Tragazona los referentes geográficos aparecen dentro de un juego de tensiones entre lo visible y lo invisible, entre lo legible y lo ilegible. El monte Ida es, por ejemplo, un escenario recurrente, pero un escenario enrarecido e inestable. A lo largo del libro, sea por los constantes juegos de perspectiva o por la experimentación sonora, los referentes espaciales quedan disueltos, o prácticamente irreconocibles. Y esto ocurre precisamente allí donde lenguaje y mirada entran en conflicto: “el name distorsiona las escalas y ensombrece los accesos”. La tensión entre ver y nombrar tiene como efecto la distorsión y, en algunos casos, el borramiento de estos referentes.

Creo que hacia allí apunta la descomposición tipográfica que el libro hace de las coordenadas que titula cada una de las secciones del libro. Es decir, es en ese gesto de contracción y superposición de los caracteres que conforman estas coordenadas donde se llama la atención sobre la imposibilidad de leer una ciudad ajena, y es en ese extrañamiento donde el sujeto poético se vuelve Otro en el acto de enunciación: “Soy el travesti de mi novia favorita”.

Hay un extrañamiento del “yo” producido en el habla del sujeto poético que puede rastrearse a partir de la introducción de la figura del doble. En algunos casos, el sujeto aparece como un elemento más del espacio observado, es decir, se mira en tercera persona: (“alguien con mi cara / intenta hacer música / frente al banco Pichincha”). Se produce así una enajenación que opera como un proceso de desconocimiento de la propia imagen. Las posiciones paradójicas (que recuerdan al Vallejo de Trilce, el de “esas posaderas sentadas para arriba”) desplazan en el cuerpo mismo del hablante la posibilidad de su reconocimiento como un todo (“no soy el lugar en el que estás / estás / en el lugar en el que soy”). Esto ocurre también, desde luego, en el recurso a los juegos de combinatorias. En algunos casos, las posiciones de los elementos convocados en el texto se alternan hasta el punto de desdibujar cualquier imagen reconocible de un cuerpo o escena: “la intercambiabilidad de las flores tiene un costo”, dice uno de los poemas.

4.

Quisiera terminar aludiendo al tópico del viaje y llamando la atención acerca de que la deriva que emprende esta poética, su desplazamiento interno, tiene que ver, más que con una dimensión geográfica, con el trabajo constante sobre la sonoridad del signo. El juego de paronomasias, homofonías, aliteraciones y calambures abre la lectura a un desencuentro entre sonido y sentido, a una deriva significante plegada sobre sí misma. Pongo solo un ejemplo: “Ama mantra mez quita lamano otomano mustio sin faquir echado”. El exceso de sonido aparece entonces como un agente deformante en que el habla enajenada del sujeto, en un gesto logofágico (y allí una posible resonancia con el “tragar” del título del libro), cancela la posibilidad de reconstrucción de un relato, de una memoria de viaje.

En ciertos casos, los textos llevan a cabo una deconstrucción sonora de formulaciones iniciales, como en el poema “[baba i ajos]”, donde la frase “el trabajo está en su sitio” es sometida a procedimientos de permutación y fragmentación (el mismo título del poema es un ejemplo de ello). Con todo, no se trata de una poética que ha renunciado a “la exactitud del nombre”. De hecho, uno de los logros de Tragazona consiste en proponer un balance entre formulaciones proliferantes, diseñadas por el oído, y otras más bien contenidas, que se articulan a través del registro sensorial, del relato de la percepción. Sonido y sentido, así, se mueven en una tensión que a lo largo del libro no alcanza a resolverse. O como dice uno de los poemas: “cuídame de los sonidos que del sentido me cuido yo”.

 

Tragazona (selección)

Rodrigo Vera Cubas

 

Champa de recuerdo amoratado, brama afuera

 

Bajo drones, casi raqueteo un pie cappadoxio en las aldeas. Chola algarabía aerostática cunde lejos y en una sola garganta te diría

 

hola glande, hola techo, hola cielo millonario, hola humedad presión temperatura laxitud del universo roca ácida en lugar de asteroide que no huele peponcito de sopa primigenia, hola alambres satélites merluzas melaza carne sajiro palos nubarrones kilometrajes forrados en Tul y almácigos impuestos peluches médulas juncos bolsas leyes vidrios murciélagos de nariz tubular sanguijuelas eucaliptos musarañas queso petróleo eneldos algas miel de abejas y elefantes vuelvan a juntarse vida imbécil!

 

los adoro a todos los adoro

sin topógrafos que exclamen

 

tu ojo es sádico, pero zonificado

las carcasas del orden lo demuestran

 

perdón, amor

así te diría

                así está la cosa últimamente

así de pulcra

                              hoy   

 

[hijo ido]

 

nadar en la repercusión del agua

es una imagen demasiado mental

 

                                                                    ella dijo

 

no hay sumersión posible

en el efecto

 

las aguas bajan y en la vejiga te pienso mientras

rebota la orina en un vértice formidable

de mí mismo aún para él

desconoc

ido

tal es la liquidez que está ocurriendo

                                              casi de golpe

                                             

 ijo

 

 

[lugares]

 

soy el travesti de mi novia favorita

soy egoísta así que elijo mi ropa

             para vestirme de ella

 

me alcanzo una ciudad

recojo las costumbres

resiento en todos los besos la lengua

del imperio

 

antes de bañarla

anoto cada uno de sus pliegues

siento al colorete facial dibujar

bucles sobre mi espejo

                                            empañado

 

parto en dos la idiosincrasia

de su aliento

inhalo

la clase social la exhalo

y despido mi aroma íntimo

para sudarme de ella

 

luego me ovillo

en su regazo mojado

y registro la espera

cuando la ropa de paso al cuerpo

 

no soy el lugar en el que estás

estás

en el lugar en el que soy

 

dijo el travesti de mi novia favorita

cuyo nombre lejano

termina adentro

como el esperma de ese otro monstruo

celado

que ahora soy

                 sin dejar sernos

 

 

[parece aceite]

 

descansar y mirar las rejas de las tiendas cerradas de golpe a la vez que cierran las fronteras y se abren los puertos de containers, como un entendimiento en el mar negro

el berlón, el cuco y el golondro son signos en la noche distante

la foca monje ha huido del mediterráneo y el paiche aquí no tiene nombre

parece aceite el mar de noche, había leído sobre una carretilla vieja parchada de stickers luminosos

parece aceite refractado en el ojo, lo que busco, meditaba escaldado, mientras nombraba a los peces

miraba rejas

miraba el brillo de las mercancías filtrándose entre cajas

miraba el acueducto disiparse en las fronteras

la cadena de suministros interrumpida por moluscos y corales

me miraba en el espejo de la circulación

sin logística

sin nada

rodeado de enfrentamiento puro me miraba

en el mar de la tranquilidad

hasta alcanzar un reflejo de proporciones inhumanas

me miraba en la violencia de las máquinas frotando

el último bien social utilitario

miraba azulejos, moscas y alicates trenzando

la fuerza ideológica la síntesis falsa

la línea divisoria entre lo instrumental

y lo sentimental

me miraba resueltamente

incompatible con la contemplación

en una posición impensable desde entonces las rejas

se cerraban

la lotería del mar universal mezclaba todas las bolas

minutos antes del relam

                                            pago

 

 

[´´]

 

el agua guagua

deslizando

pue              de

remover

el concolón de

mi cabeza

aledaña

 

          fuera la paila

una conciencia amplia

 

la observación de

una mosca retenida

adentro

que

el aire ama en mi casa

 

y en mi cabeza besa

 

       la muchedumbre

con su ollón al hombro

imaginado

 

habría un montón

de agua en esa espalda

sinagua y habría vidadá

 

si hubiese

una respuesta

lejos de mi hambre

pero es lejos dentro

 

por eso raspa el agua

en el cilin

drogado el aire

 

y ama el óxido parido

en un ollón ajeno

allí la sien

allí la sien

to agua

 

y el aire ama a ledaña

en mi conciencia

 

y en el mismo lecho

raspa el concolón

de mi cabeza

pero no el

 

agua

        gua

gua

 

de mi madre

                en costra líquida

no

ajena

 

 

[para alejo]

 

parece un juego

escupir dentro de un balde rojo

hasta llenarlo de espuma

y hundir tu mano en él

como si nada

 

buscar una sortija blanca

debajo de las aguas que adormecen

al dinosaurio que amas – y

que ha dejado

de funcionar

 

la cucaracha expulsa

un líquido blanco cuando la pisan

pero yo te hablo de una ley

que ahora ignoras

aunque luego te enteres sin saber cómo

 

la ley de la perspectiva parece un juego:

mi cara es más grande cuando me miras de cerca

y más chica cuando te alejas

 

haz la prueba ahora con el dinosaurio:

no funciona

 

el Diplodocus será siempre gigante

incluso a la distancia

no importa dónde estén tus ojos

ni dónde esté su cara

 

pero

 

todo crece

todo crece

en tu cuerpo

mediano

y

mi cara no es un juego

 

aléjate e inténtalo de nuevo,

Alejandro.

 

la sortija blanca es lo único

que permanece al fondo

 

ella nos espera

cuando estemos dentro

y el balde rojo no exista

 

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martes, 8 de septiembre de 2026

Chapterhouse llega a México

En la historia de la música alternativa –narrada por Simon Reynolds en el reciente Still In A Dream: Shoegaze, Slackers and the Reinvention of Rock, 1984–1994– cada capítulo parece ser tan importante como el anterior. Sin embargo, la excitación proviene de ser producto de un momento, un lugar y un contexto que parecen irrepetibles. La escena británica de inicios de los noventa es un claro ejemplo. Como escribió Irvine Welsh en Trainspotting (1993), la música, el público, la fiesta y hasta las drogas estaban cambiando.

Chapterhouse nació en ese universo. Originaria de Reading, la banda formada en 1987 es reconocida entre los pilares del shoegaze, que englobó propuestas como las de Slowdive, My Bloody Valentine, Lush o Ride, de la llamada Scene That Celebrates Itself por su espíritu de camaradería. Chapterhouse, sin embargo, se desmarcó de los otros grupos por su capacidad para conectar lo etéreo con la euforia de la cultura rave y el fenómeno Madchester. Se distinguieron por inyectar dinamismo y pulso bailable a las paredes impenetrables de distorsión y reverberación típicas del subgénero.

El experimento sonoro, que fusionó patrones breakbeat, bajos marcados con ráfagas de guitarras cargadas de chorus y delay y una voz flotante pero definida y melódica, desembocó en Whirlpool, su álbum debut, en 1991: rápidamente se hizo un lugar lo mismo en la radio que en las pistas de baile. Sus atmósferas ruidosas distaban de ser estáticas o melancólicas, abriendo la puerta a los registros electrónicos dentro del shoegaze. El himno de este disco, “Pearl”, contó con coros de Rachel Goswell de Slowdive, y se convirtió en la canción que mostraba que en el movimiento la euforia tenía cabida.

El 24 de septiembre Chapterhouse se presentará por primera vez en México, como parte de la gira que celebra el distintivo disco Whirlpool a 35 años de su lanzamiento. La alineación constará de los fundadores Andrew Sherriff (guitarra, voz) y Stephen Patman (guitarra, voz) junto a Joe Light (guitarra), Greg Moore (bajo) y Ashley Bates (batería). La cita será en el multiforo urbano Bajo Circuito de la Ciudad de México. Aunque su discografía es breve (su otro álbum es Blood Music, de 1993), la banda británica redefinió el alcance de los pedales demostrando que, además de mirarse los zapatos, eran capaces de romper la pista.

Chapterhouse

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Chapterhouse llega a México

En la historia de la música alternativa –narrada por Simon Reynolds en el reciente Still In A Dream: Shoegaze, Slackers and the Reinvention of Rock, 1984–1994– cada capítulo parece ser tan importante como el anterior. Sin embargo, la excitación proviene de ser producto de un momento, un lugar y un contexto que parecen irrepetibles. La escena británica de inicios de los noventa es un claro ejemplo. Como escribió Irvine Welsh en Trainspotting (1993), la música, el público, la fiesta y hasta las drogas estaban cambiando.

Chapterhouse nació en ese universo. Originaria de Reading, la banda formada en 1987 es reconocida entre los pilares del shoegaze, que englobó propuestas como las de Slowdive, My Bloody Valentine, Lush o Ride, de la llamada Scene That Celebrates Itself por su espíritu de camaradería. Chapterhouse, sin embargo, se desmarcó de los otros grupos por su capacidad para conectar lo etéreo con la euforia de la cultura rave y el fenómeno Madchester. Se distinguieron por inyectar dinamismo y pulso bailable a las paredes impenetrables de distorsión y reverberación típicas del subgénero.

El experimento sonoro, que fusionó patrones breakbeat, bajos marcados con ráfagas de guitarras cargadas de chorus y delay y una voz flotante pero definida y melódica, desembocó en Whirlpool, su álbum debut, en 1991: rápidamente se hizo un lugar lo mismo en la radio que en las pistas de baile. Sus atmósferas ruidosas distaban de ser estáticas o melancólicas, abriendo la puerta a los registros electrónicos dentro del shoegaze. El himno de este disco, “Pearl”, contó con coros de Rachel Goswell de Slowdive, y se convirtió en la canción que mostraba que en el movimiento la euforia tenía cabida.

El 24 de septiembre Chapterhouse se presentará por primera vez en México, como parte de la gira que celebra el distintivo disco Whirlpool a 35 años de su lanzamiento. La alineación constará de los fundadores Andrew Sherriff (guitarra, voz) y Stephen Patman (guitarra, voz) junto a Joe Light (guitarra), Greg Moore (bajo) y Ashley Bates (batería). La cita será en el multiforo urbano Bajo Circuito de la Ciudad de México. Aunque su discografía es breve (su otro álbum es Blood Music, de 1993), la banda británica redefinió el alcance de los pedales demostrando que, además de mirarse los zapatos, eran capaces de romper la pista.

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Daniel Buren, huésped en Casa Gilardi

La Casa Gilardi, última obra construida por Luis Barragán, es hasta el 26 de septiembre un espacio para el diálogo de formas. Buren, Barragán, presentada por Saenger Galería y Galería Hilario Galguera, reúne seis obras de Daniel Buren pertenecientes a la serie Las Cajas, trabajos situados (2022). Curada por Manuel Tuda, la muestra anima preguntas sobre lo que sucede cuando piezas de arte entran en relación con una arquitectura de fuerte identidad visual y espacial, como la vivienda construida en 1976 en la Ciudad de México. Lejos de operar como objetos autónomos, Las Cajas de Buren modifican la percepción del lugar y, al mismo tiempo, son modificadas por él.

Daniel Buren (Boulogne-Billancourt, 1938) tiene una relación añeja con México. En los años cincuenta, cuando todavía era estudiante, el artista francés visitó el país y entró en contacto con el muralismo. La posibilidad de sacar el arte de las salas y llevarlo a los espacios públicos lo influyó de forma decisiva. Décadas después, su trabajo ha vuelto a encontrarse con la arquitectura mexicana: en 2014 intervino el Museo Cabañas, en Guadalajara, y en 2019 realizó Afuera de salas: Daniel Buren en El Eco, extendiendo sus franjas características desde el museo experimental hacia distintos puntos de la Ciudad de México. El ejercicio en Casa Gilardi, realizado a partir de un diálogo a distancia con el curador y los galeristas, es un notable regreso a los espacios mexicanos.

Buren Barragán

Vista de la exposición Buren, Barragán en Casa Gilardi, Ciudad de México. Cortesía de Saenger Galería

En Las Cajas Buren desplaza su vocabulario hacia volúmenes geométricos, color, superficies reflejantes y estructuras modulares. El antecedente inmediato de las seis piezas que ahora llegan al edificio diseñado por Barragán fue la exposición de 2022 en Galería Hilario Galguera, donde 25 obras situadas transformaban la experiencia del espacio mediante la circulación y el movimiento del visitante. La propuesta partía de una reducción de la pintura a sus componentes esenciales –color y soporte– y de la idea de que obra, lugar y espectador son inseparables. En Casa Gilardi esa reducción encuentra un interlocutor preciso, el Barragán maduro que destiló su poética en operaciones elementales: muros, planos, volúmenes, aperturas, luz y color.

Buren, Barragán es, así, una interlocución en el sentido amplio. El pasillo amarillo, el contraste entre azul y rojo que define la alberca del comedor, los cambios de escala y los recorridos encuentran en las piezas de Buren todo tipo de resonancias. Los espejos y las superficies de Las Cajas devuelven la arquitectura y su propio reflejo al espectador, multiplicando las posibilidades de lectura. Buren toma prestada la Casa Gilardi e instala obras que operan como huéspedes durante algunas semanas, alterando las condiciones del edificio sin dejar de reconocer su autonomía. Frente al habitual cubo blanco de museos y galerías, esta exposición permite imaginar otras formas de diálogo entre los objetos y los espacios.

Buren Barragán

Vista de la exposición Buren, Barragán en Casa Gilardi, Ciudad de México. Cortesía de Saenger Galería

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Daniel Buren, huésped en Casa Gilardi

La Casa Gilardi, última obra construida por Luis Barragán, es hasta el 26 de septiembre un espacio para el diálogo de formas. Buren, Barragán, presentada por Saenger Galería y Galería Hilario Galguera, reúne seis obras de Daniel Buren pertenecientes a la serie Las Cajas, trabajos situados (2022). Curada por Manuel Tuda, la muestra anima preguntas sobre lo que sucede cuando piezas de arte entran en relación con una arquitectura de fuerte identidad visual y espacial, como la vivienda construida en 1976 en la Ciudad de México. Lejos de operar como objetos autónomos, Las Cajas de Buren modifican la percepción del lugar y, al mismo tiempo, son modificadas por él.

Daniel Buren (Boulogne-Billancourt, 1938) tiene una relación añeja con México. En los años cincuenta, cuando todavía era estudiante, el artista francés visitó el país y entró en contacto con el muralismo. La posibilidad de sacar el arte de las salas y llevarlo a los espacios públicos lo influyó de forma decisiva. Décadas después, su trabajo ha vuelto a encontrarse con la arquitectura mexicana: en 2014 intervino el Museo Cabañas, en Guadalajara, y en 2019 realizó Afuera de salas: Daniel Buren en El Eco, extendiendo sus franjas características desde el museo experimental hacia distintos puntos de la Ciudad de México. El ejercicio en Casa Gilardi, realizado a partir de un diálogo a distancia con el curador y los galeristas, es un notable regreso a los espacios mexicanos.

Buren Barragán

Vista de la exposición Buren, Barragán en Casa Gilardi, Ciudad de México. Cortesía de Saenger Galería

En Las Cajas Buren desplaza su vocabulario hacia volúmenes geométricos, color, superficies reflejantes y estructuras modulares. El antecedente inmediato de las seis piezas que ahora llegan al edificio diseñado por Barragán fue la exposición de 2022 en Galería Hilario Galguera, donde 25 obras situadas transformaban la experiencia del espacio mediante la circulación y el movimiento del visitante. La propuesta partía de una reducción de la pintura a sus componentes esenciales –color y soporte– y de la idea de que obra, lugar y espectador son inseparables. En Casa Gilardi esa reducción encuentra un interlocutor preciso, el Barragán maduro que destiló su poética en operaciones elementales: muros, planos, volúmenes, aperturas, luz y color.

Buren, Barragán es, así, una interlocución en el sentido amplio. El pasillo amarillo, el contraste entre azul y rojo que define la alberca del comedor, los cambios de escala y los recorridos encuentran en las piezas de Buren todo tipo de resonancias. Los espejos y las superficies de Las Cajas devuelven la arquitectura y su propio reflejo al espectador, multiplicando las posibilidades de lectura. Buren toma prestada la Casa Gilardi e instala obras que operan como huéspedes durante algunas semanas, alterando las condiciones del edificio sin dejar de reconocer su autonomía. Frente al habitual cubo blanco de museos y galerías, esta exposición permite imaginar otras formas de diálogo entre los objetos y los espacios.

Buren Barragán

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lunes, 7 de septiembre de 2026

Vladímir Sorokin, de nuevo

Debo agradecer a Antonio Ortuño haberme acercado a autores que, sospecho, de otra manera habría tardado demasiado en conocer. Hace algunos años me habló del venezolano José Antonio Ramos Sucre (recuerdo que tardé algunos años en conseguir libros de él); me compartió digitalmente libros de la argentina Angélica Gorodischer; y gracias a él me enteré del ruso Vladímir Sorokin (Bykovo, 1955), pues en el lejano 2012, para esta revista, escribió “Noticia de un insolente”. Se trataba de un perfil del autor en el que se ocupaba de Manteca de cerdo azul (1999), El hielo (2002) y El día del oprichnik (2006) –estos dos últimos títulos han vuelto a ser reeditados en español desde entonces (en 2022, por Alfaguara), pero por una u otra a mí se me perdieron en las inestables arenas del tiempo postpandémico y las veloces mesas de novedades.

Lo traigo ahora a cuento porque afortunadamente aún se encuentra en librerías mexicanas una traducción al español de su novela El Kremlin de azúcar (2008; la versión de Jorge Ferrer apareció en Acantilado en septiembre del año pasado). Para quienes busquen asomarse al extraño, delirante y violento mundo sorokiniano, pero encuentran su trilogía de El hielo como un proyecto de lectura abrumador, este libro (breve, ameno, inquietante) es una buena puerta de entrada. He dicho que es una novela pero está conformada por quince relatos episódicos, guiados por la estructura de cuentos como “La mulata de Córdoba y la historia de un peso” de José Bernardo Couto, en la que se sigue el punto de vista de una moneda de plata que pasa de mano en mano; o de la novela breve Una belleza vulgar, de Damián Tabarovsky, que relata, siguiendo la caída de una hoja de árbol, las vidas y ambiciones de los inquilinos de un edificio. Acá, gracias a una figurilla de azúcar que representa, obvio, al Kremlin –un regalo que desciende del cielo al concluir una festividad nacionalista que honra al Soberano– podemos visitar las distintas realidades que habitan en esta Rusia imaginada, una mezcla, apuntó Ortuño, de “zarismo y futurismo totalitario”.

A propósito de las arenas del tiempo: El día del oprichnik imaginaba una Rusia de 2027, número que ya está a unos meses de nuestra esquina. Se la describía en ese libro como una potencia aislada del mundo por una Gran Muralla –“a imagen y semejanza de la china”, escribió Ortuño, sin imaginar que unos años después, en la frontera norte de México, se proyectaría la loca, loca fantasía de construir una parecida. Pero en todo caso la Gran Muralla de Sorokin desciende de “La construcción de la Muralla China”, de Kafka: “¿Contra quién debería proteger esa muralla?”, se pregunta el narrador de ese relato,

Contra los pueblos del Norte. Yo provengo del sudeste de China. Ningún pueblo nórdico nos puede amenazar allí. Leemos en los libros de nuestros antepasados acerca de las crueldades que cometen conforme a su naturaleza, y suspiramos inquietos en nuestros apacibles cenadores; en los cuadros de los artistas, tan fieles a la realidad, vemos los rostros de la condenación, las fauces abiertas, las mandíbulas provistas de colmillos puntiagudos, los ojos perversos, como mirando de soslayo a la presa que van a destrozar con sus hocicos. Si los niños se portan mal, les enseñamos esas imágenes y corren llorando a abrazarse a nuestros cuellos.

En el capítulo “El júbilo de Marfusha”, que ocurre en la Navidad de 2028, de El Kremlin de azúcar, la niña Marfusha (que como todos los niños rusos bien portados fabrica ladrillos de arcilla para la muralla) “sabe que no hay manera de acabar la construcción de la Gran Muralla, que entorpecen tantos los enemigos externos como los internos. Que todavía hay que fabricar muchos ladrillitos antes de conseguir que arribe la felicidad general. Crece y crece la Gran Muralla, protege a Rusia del enemigo exterior. Y a los enemigos internos los oprichniks del Soberano los hacen trizas”.

Vladímir Sorokin

En el mismo párrafo se puede leer este delicioso catálogo sobre los enemigos de Rusia que, se supone, la Gran Muralla mantiene a raya:

los malditos ciberpunks que roban nuestro gas ilegalmente, los hipócritas católicos, los desvergonzados protestantes, los delirantes budistas, los rabiosos musulmanes y hasta los podridos ateos y los satánicos que se contonean en las plazas al ritmo de su maldita música, los drogatas pasmados, los insaciables sodomitas, que se soban los culos en la oscuridad, los monstruosos transformistas, que cambian su apariencia, la que Dios les dio, los plutócratas egoístas, los malignos clones, los implacables tecnohombres, y los sadistas, los fascistas y los megaonanistas.

Es muy fácil engolosinarse con los distintos personajes y voces presentados por Vladímir Sorokin: terribles agentes de seguridad –torturadores y asesinos–; prostitutas que tienen a los burócratas a sus pies; comediantes de la corte; trabajadores de fábricas; opresores y víctimas que nadan en las mismas aguas de la locura. Podría transcribir más y más párrafos que de alguna manera resuenen con nuestro tiempo –como los de “La carta”, en los que una mujer de sensibilidad conservadora le escribe, con una envidia que se expresa en el deseo de censurar, a su hermana que logró escapar a China para vivir con un hombre acaudalado. Lo interesante es que la carta ha sido escrita con apoyo de una “máquina inteligente”, y muy pronto las repeticiones y “alucinaciones” se abren camino. Pero dejo esas sorpresas al lector.

Desde hace años descansa en mi librero una densa antología de ciencia ficción y fantasía rusa preparada por Alexander Levitsky, emigrante checo que desde 1975 ha dado clases de estudios eslavos en la Universidad Brown. El libro se titula Worlds Apart (2007; no se ha traducido al español). Revisé si ya se mencionaba en él a Sorokin. Al final, en un epílogo preparado por Sofya Khagi (de la Universidad de Míchigan), titulado “Sobre fantasía y ciencia ficción rusa contemporánea”, se menta a Sorokin de pasada, como una anomalía de escritura “posmoderna”, autor de Manteca de cerdo azul, que Khagi describe como “provocadora” aunque “de mal gusto”. Es la misma novela por la que “los chicos de Nashi”, como escribió Ortuño, “llegaron a organizar en el año 2002 una destrucción pública” de sus ejemplares, que arrojaron “a una pira en forma de retrete frente al Teatro Bolshói y acusando al autor de ‘pornográfico’”. Es cierto que Putin se sentía incómodo con las sátiras de Sorokin, pero también que Sorokin (como también anotó Ortuño) se ha mostrado incómodo con la idea de considerarse –como quisiera tanta prensa liberal– como un autor disidente que está en el exilio.

A propósito, vale la pena retomar esta nota de buen humor, de una entrevista que Sorokin dio el año pasado a la Paris Review:

No sé lo que hoy se considere un escritor ruso. La respuesta más sencilla sería alguien que escribe en ruso. En la tumba de Nabokov en Montreaux sencillamente se anotó écrivain. Me siento muy afín a ese sentimiento. En Occidente, sin embargo, hay muchos clichés sobre los escritores rusos –espiritualmente, las metafísicas sobre los espacios rusos y su naturaleza, el sufrimiento, el amor mortal por una femme fatale, los horrores del Gulag, el totalitarismo, etcétera. No estoy en contra de esos temas, pero sí contra el cliché. Las circunstancias conspiraron para que terminara en Berlín. Pero lo último que me gustaría es considerarme un emigrante, como lo hizo Nabokov. A diferencia suya, puedo regresar a Moscú en cualquier momento, no hay una Cortina de Hierro. Sencillamente no quiero ir a la Moscú de Putin ahora mismo. La situación de Nabokov fue mucho más dura. Estaba huyendo de la muerte. Mientras que yo sencillamente me mudé a Berlín. Pero incluso antes de eso, mi esposa y yo vivíamos entre Moscú y Berlín. Y yo espero regresar a Moscú cuando cambie la situación y termine la guerra en Ucrania.

Pasadas las décadas uno ve con algo de angustia cómo sube y baja la marea de los nacionalismos, los ritmos de las guerras, culturales o no; determinando grotescamente los índices de popularidad de los autores que se acercan o alejan del poder, con disfraz de intelectuales. Es agradable volver a escuchar las voces que mantienen un ritmo propio.

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Vladímir Sorokin, de nuevo

Debo agradecer a Antonio Ortuño haberme acercado a autores que, sospecho, de otra manera habría tardado demasiado en conocer. Hace algunos años me habló del venezolano José Antonio Ramos Sucre (recuerdo que tardé algunos años en conseguir libros de él); me compartió digitalmente libros de la argentina Angélica Gorodischer; y gracias a él me enteré del ruso Vladímir Sorokin (Bykovo, 1955), pues en el lejano 2012, para esta revista, escribió “Noticia de un insolente”. Se trataba de un perfil del autor en el que se ocupaba de Manteca de cerdo azul (1999), El hielo (2002) y El día del oprichnik (2006) –estos dos últimos títulos han vuelto a ser reeditados en español desde entonces (en 2022, por Alfaguara), pero por una u otra a mí se me perdieron en las inestables arenas del tiempo postpandémico y las veloces mesas de novedades.

Lo traigo ahora a cuento porque afortunadamente aún se encuentra en librerías mexicanas una traducción al español de su novela El Kremlin de azúcar (2008; la versión de Jorge Ferrer apareció en Acantilado en septiembre del año pasado). Para quienes busquen asomarse al extraño, delirante y violento mundo sorokiniano, pero encuentran su trilogía de El hielo como un proyecto de lectura abrumador, este libro (breve, ameno, inquietante) es una buena puerta de entrada. He dicho que es una novela pero está conformada por quince relatos episódicos, guiados por la estructura de cuentos como “La mulata de Córdoba y la historia de un peso” de José Bernardo Couto, en la que se sigue el punto de vista de una moneda de plata que pasa de mano en mano; o de la novela breve Una belleza vulgar, de Damián Tabarovsky, que relata, siguiendo la caída de una hoja de árbol, las vidas y ambiciones de los inquilinos de un edificio. Acá, gracias a una figurilla de azúcar que representa, obvio, al Kremlin –un regalo que desciende del cielo al concluir una festividad nacionalista que honra al Soberano– podemos visitar las distintas realidades que habitan en esta Rusia imaginada, una mezcla, apuntó Ortuño, de “zarismo y futurismo totalitario”.

A propósito de las arenas del tiempo: El día del oprichnik imaginaba una Rusia de 2027, número que ya está a unos meses de nuestra esquina. Se la describía en ese libro como una potencia aislada del mundo por una Gran Muralla –“a imagen y semejanza de la china”, escribió Ortuño, sin imaginar que unos años después, en la frontera norte de México, se proyectaría la loca, loca fantasía de construir una parecida. Pero en todo caso la Gran Muralla de Sorokin desciende de “La construcción de la Muralla China”, de Kafka: “¿Contra quién debería proteger esa muralla?”, se pregunta el narrador de ese relato,

Contra los pueblos del Norte. Yo provengo del sudeste de China. Ningún pueblo nórdico nos puede amenazar allí. Leemos en los libros de nuestros antepasados acerca de las crueldades que cometen conforme a su naturaleza, y suspiramos inquietos en nuestros apacibles cenadores; en los cuadros de los artistas, tan fieles a la realidad, vemos los rostros de la condenación, las fauces abiertas, las mandíbulas provistas de colmillos puntiagudos, los ojos perversos, como mirando de soslayo a la presa que van a destrozar con sus hocicos. Si los niños se portan mal, les enseñamos esas imágenes y corren llorando a abrazarse a nuestros cuellos.

En el capítulo “El júbilo de Marfusha”, que ocurre en la Navidad de 2028, de El Kremlin de azúcar, la niña Marfusha (que como todos los niños rusos bien portados fabrica ladrillos de arcilla para la muralla) “sabe que no hay manera de acabar la construcción de la Gran Muralla, que entorpecen tantos los enemigos externos como los internos. Que todavía hay que fabricar muchos ladrillitos antes de conseguir que arribe la felicidad general. Crece y crece la Gran Muralla, protege a Rusia del enemigo exterior. Y a los enemigos internos los oprichniks del Soberano los hacen trizas”.

Vladímir Sorokin

En el mismo párrafo se puede leer este delicioso catálogo sobre los enemigos de Rusia que, se supone, la Gran Muralla mantiene a raya:

los malditos ciberpunks que roban nuestro gas ilegalmente, los hipócritas católicos, los desvergonzados protestantes, los delirantes budistas, los rabiosos musulmanes y hasta los podridos ateos y los satánicos que se contonean en las plazas al ritmo de su maldita música, los drogatas pasmados, los insaciables sodomitas, que se soban los culos en la oscuridad, los monstruosos transformistas, que cambian su apariencia, la que Dios les dio, los plutócratas egoístas, los malignos clones, los implacables tecnohombres, y los sadistas, los fascistas y los megaonanistas.

Es muy fácil engolosinarse con los distintos personajes y voces presentados por Vladímir Sorokin: terribles agentes de seguridad –torturadores y asesinos–; prostitutas que tienen a los burócratas a sus pies; comediantes de la corte; trabajadores de fábricas; opresores y víctimas que nadan en las mismas aguas de la locura. Podría transcribir más y más párrafos que de alguna manera resuenen con nuestro tiempo –como los de “La carta”, en los que una mujer de sensibilidad conservadora le escribe, con una envidia que se expresa en el deseo de censurar, a su hermana que logró escapar a China para vivir con un hombre acaudalado. Lo interesante es que la carta ha sido escrita con apoyo de una “máquina inteligente”, y muy pronto las repeticiones y “alucinaciones” se abren camino. Pero dejo esas sorpresas al lector.

Desde hace años descansa en mi librero una densa antología de ciencia ficción y fantasía rusa preparada por Alexander Levitsky, emigrante checo que desde 1975 ha dado clases de estudios eslavos en la Universidad Brown. El libro se titula Worlds Apart (2007; no se ha traducido al español). Revisé si ya se mencionaba en él a Sorokin. Al final, en un epílogo preparado por Sofya Khagi (de la Universidad de Míchigan), titulado “Sobre fantasía y ciencia ficción rusa contemporánea”, se menta a Sorokin de pasada, como una anomalía de escritura “posmoderna”, autor de Manteca de cerdo azul, que Khagi describe como “provocadora” aunque “de mal gusto”. Es la misma novela por la que “los chicos de Nashi”, como escribió Ortuño, “llegaron a organizar en el año 2002 una destrucción pública” de sus ejemplares, que arrojaron “a una pira en forma de retrete frente al Teatro Bolshói y acusando al autor de ‘pornográfico’”. Es cierto que Putin se sentía incómodo con las sátiras de Sorokin, pero también que Sorokin (como también anotó Ortuño) se ha mostrado incómodo con la idea de considerarse –como quisiera tanta prensa liberal– como un autor disidente que está en el exilio.

A propósito, vale la pena retomar esta nota de buen humor, de una entrevista que Sorokin dio el año pasado a la Paris Review:

No sé lo que hoy se considere un escritor ruso. La respuesta más sencilla sería alguien que escribe en ruso. En la tumba de Nabokov en Montreaux sencillamente se anotó écrivain. Me siento muy afín a ese sentimiento. En Occidente, sin embargo, hay muchos clichés sobre los escritores rusos –espiritualmente, las metafísicas sobre los espacios rusos y su naturaleza, el sufrimiento, el amor mortal por una femme fatale, los horrores del Gulag, el totalitarismo, etcétera. No estoy en contra de esos temas, pero sí contra el cliché. Las circunstancias conspiraron para que terminara en Berlín. Pero lo último que me gustaría es considerarme un emigrante, como lo hizo Nabokov. A diferencia suya, puedo regresar a Moscú en cualquier momento, no hay una Cortina de Hierro. Sencillamente no quiero ir a la Moscú de Putin ahora mismo. La situación de Nabokov fue mucho más dura. Estaba huyendo de la muerte. Mientras que yo sencillamente me mudé a Berlín. Pero incluso antes de eso, mi esposa y yo vivíamos entre Moscú y Berlín. Y yo espero regresar a Moscú cuando cambie la situación y termine la guerra en Ucrania.

Pasadas las décadas uno ve con algo de angustia cómo sube y baja la marea de los nacionalismos, los ritmos de las guerras, culturales o no; determinando grotescamente los índices de popularidad de los autores que se acercan o alejan del poder, con disfraz de intelectuales. Es agradable volver a escuchar las voces que mantienen un ritmo propio.

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