martes, 29 de septiembre de 2026

Tres libros que quiero leer

Hace unos veinte años escuché decir a un prominente crítico mexicano, medio en broma, medio amargamente, que un problema de la crítica en nuestro país es que todo mundo se conoce. Creía él que ese problema no ocurría, digamos, en Londres. No estoy seguro de eso, especialmente ahora que tantos participamos de las redes sociales, pero el otro día estaba muy tranquilo tomando un trago con un par de amigos cuando resultó que conocían a un tipo al que yo, años atrás, le había dictaminado negativamente un libro. Digo tipo pero la verdad es que en persona fue bastante agradable, se quedó un rato a cotorrear con nosotros. Por supuesto, él nunca se enteró (hasta donde sé) de que dictaminé su libro. Fue un encarguito de una transnacional en la que un amigo trabajaba. Cada tanto me pasaban alguna chambita, ya fuera de dictaminación o de traducción. Debo decir que no era precisamente un escritor sino alguien interesado en que le publicaran un libro –algo serio, alejado del veloz, cruel y frívolo mundo de la publicidad, que era de donde sacaba dinero. Por la sonrisa, la ropa que llevaba, su manera desenvuelta, creo que sacaba bastante dinero. ¡Envidiable! Digo estas cosas con algo de amargura y algo de comicidad porque es real: el problema en México es que todo el mundo se conoce. Lo noté en el hecho de que aquella noche me autocensuré, no le pregunté por su novela.

La novela, pese a mi explícita petición (era uno de esos relatos semiserios, realistas, en el que un chilango se despierta crudo y descubre que su novia lo dejó), fue publicada. Todavía recuerdo la sensación de traición que sentí conmigo mismo cuando me permití participar en la farsa: mi amigo me explicó que tenía razón, que el dictamen era certero, pero a la editorial le interesaba publicar el manuscrito porque el tipo (ya es tipo de nuevo) tenía muchos seguidores en alguna red social. Esa noche, al regresar del bar, recuerdo que busqué el título y vi que, en efecto, había sido publicada en una editorial española, pero yo nunca lo vi en librerías ni leí reseñas ni nada. Así que todo dio un poco igual.

Cuento estas cosas no porque crea que la dictaminación editorial, la que se hace por encargo y en privado, sea exactamente el tipo de crítica pública a la que aquel crítico prominente se refería –su comentario iba por el lado de que la gente en nuestro país se guarda de escribir lo que realmente piensa sobre lo que lee, por andar de quedabién, y que eso impedía tener conversaciones serias sobre literatura. Al mismo tiempo hubiera sido de muy mal gusto, incluso sociopático, que me presentara con el tipo del bar como el dictaminador anónimo (¡pasados tantos años!), a pesar de lo cual se publicó su librito que ni fu ni fa. Pero lo recordé porque hace un par de días terminé de leer un par de libros interesantes que bordean estos temas. Momo en los infiernos (Gris Tormenta, 2023), de Guillermo Espinosa Estrada, y Bobi, de Roberto Calasso, original de 2021 y recientemente traducido al español por Edgardo Dobry.

Roberto Bazlen

No comentaré demasiado el libro de mi tocayo (¡porque lo conozco!) pero pueden leer la entrevista que vinculé arriba. Excepto por lo esencial: representa muy bien la batalla, cómica, del crítico amargado (con el que me identifico) y quienes no ven tan mal el asunto (los profesionales). En su libro, que se lee con estructura dramática, los profesionales son representados por las voces de tres Benévolas: una es una joven promesa, incumplida, de la literatura latinoamericana, que vive ciertas dificultades para encontrar editorial y empieza a considerar la autopublicación; otra es una académica interesada en la creación y en el estudio de lo que hoy algunos, horror, llaman “liternatura”; y la tercera es una promotora de lectura y gestora cultural, así como booktuber y tuitera; una editorial trasnacional ya le dio un adelanto para que escriba una novela. Pasados tres años desde que se publicó el libro de Espinosa, hoy sabemos que la tercera de las Benévolas es a quien mejor le va. Bueno, sí y no.

Sí, porque alguna gente así vive un gran momento. Y no, porque vive en el autoengaño o en el cinismo. Hace poco escuché decir a un artista prominente que, así como existían premios (como el Gorrita Azul), deberían existir castigos en el mundo del arte. Yo creo que algunos premios, como el Gorrita Azul, también son castigos; tanto como haber conseguido cierta celebridad en redes como comentador de libros o poder cobrar por hablar en público. Creo que todo eso implica su propia condena. Es algo que luego olvidamos, como los días en que despertamos deshidratados, nos están golpeando la puerta para cobrar la renta y descubrimos que nuestra novia nos ha dejado. Pero sinceramente lo creo. Y aquí viene a cuento Bobi (Anagrama), de Calasso, su homenaje a Roberto Bazlen (1902-1965).

Confieso que traía estas cosas en la cabeza y que tiempo atrás había leído ya los Informes de lectura de Bazlen que La Bestia Equilátera compiló en 2012 (así como su extraña novela de aventuras, El capitán de altura), así que pensé que Bobi sería un recuento del Bazlen lector, tal vez una reflexión iluminadora sobre el trabajo del editor o el placer de la lectura atenta. Cosas que, ahora detecto, tienen un aroma profesional. Hay algo de eso, por supuesto, pero los párrafos sobre Bazlen que escribió Calasso terminan siendo algo más. Hay un ajuste de cuentas importante con Montale, pero sobre todo se desprende que hubo un momento histórico esperanzador en el que uno podía estar realmente interesado en el arte sin necesidad de hacer algo con él –algo material o profesional. No se trata tanto de crear santos seculares, sino de reconocer el valor de ser exigente, auténtico, en paz de no estar tan al tanto. Por ahora el libro me deja un listado de libros que no me interesa reseñar, dictaminar ni nada, sólo me da curiosidad leer tres “nuevos” libros que no conocía. Hace tiempo que no sentía eso. Son Relatos de un peregrino ruso, Solitary Confinement (aún sin traducir al español), de Christopher Burney, y Padre e hijo, de Edmund Gosse.

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Tres libros que quiero leer

Hace unos veinte años escuché decir a un prominente crítico mexicano, medio en broma, medio amargamente, que un problema de la crítica en nuestro país es que todo mundo se conoce. Creía él que ese problema no ocurría, digamos, en Londres. No estoy seguro de eso, especialmente ahora que tantos participamos de las redes sociales, pero el otro día estaba muy tranquilo tomando un trago con un par de amigos cuando resultó que conocían a un tipo al que yo, años atrás, le había dictaminado negativamente un libro. Digo tipo pero la verdad es que en persona fue bastante agradable, se quedó un rato a cotorrear con nosotros. Por supuesto, él nunca se enteró (hasta donde sé) de que dictaminé su libro. Fue un encarguito de una transnacional en la que un amigo trabajaba. Cada tanto me pasaban alguna chambita, ya fuera de dictaminación o de traducción. Debo decir que no era precisamente un escritor sino alguien interesado en que le publicaran un libro –algo serio, alejado del veloz, cruel y frívolo mundo de la publicidad, que era de donde sacaba dinero. Por la sonrisa, la ropa que llevaba, su manera desenvuelta, creo que sacaba bastante dinero. ¡Envidiable! Digo estas cosas con algo de amargura y algo de comicidad porque es real: el problema en México es que todo el mundo se conoce. Lo noté en el hecho de que aquella noche me autocensuré, no le pregunté por su novela.

La novela, pese a mi explícita petición (era uno de esos relatos semiserios, realistas, en el que un chilango se despierta crudo y descubre que su novia lo dejó), fue publicada. Todavía recuerdo la sensación de traición que sentí conmigo mismo cuando me permití participar en la farsa: mi amigo me explicó que tenía razón, que el dictamen era certero, pero a la editorial le interesaba publicar el manuscrito porque el tipo (ya es tipo de nuevo) tenía muchos seguidores en alguna red social. Esa noche, al regresar del bar, recuerdo que busqué el título y vi que, en efecto, había sido publicada en una editorial española, pero yo nunca lo vi en librerías ni leí reseñas ni nada. Así que todo dio un poco igual.

Cuento estas cosas no porque crea que la dictaminación editorial, la que se hace por encargo y en privado, sea exactamente el tipo de crítica pública a la que aquel crítico prominente se refería –su comentario iba por el lado de que la gente en nuestro país se guarda de escribir lo que realmente piensa sobre lo que lee, por andar de quedabién, y que eso impedía tener conversaciones serias sobre literatura. Al mismo tiempo hubiera sido de muy mal gusto, incluso sociopático, que me presentara con el tipo del bar como el dictaminador anónimo (¡pasados tantos años!), a pesar de lo cual se publicó su librito que ni fu ni fa. Pero lo recordé porque hace un par de días terminé de leer un par de libros interesantes que bordean estos temas. Momo en los infiernos (Gris Tormenta, 2023), de Guillermo Espinosa Estrada, y Bobi, de Roberto Calasso, original de 2021 y recientemente traducido al español por Edgardo Dobry.

Roberto Bazlen

No comentaré demasiado el libro de mi tocayo (¡porque lo conozco!) pero pueden leer la entrevista que vinculé arriba. Excepto por lo esencial: representa muy bien la batalla, cómica, del crítico amargado (con el que me identifico) y quienes no ven tan mal el asunto (los profesionales). En su libro, que se lee con estructura dramática, los profesionales son representados por las voces de tres Benévolas: una es una joven promesa, incumplida, de la literatura latinoamericana, que vive ciertas dificultades para encontrar editorial y empieza a considerar la autopublicación; otra es una académica interesada en la creación y en el estudio de lo que hoy algunos, horror, llaman “liternatura”; y la tercera es una promotora de lectura y gestora cultural, así como booktuber y tuitera; una editorial trasnacional ya le dio un adelanto para que escriba una novela. Pasados tres años desde que se publicó el libro de Espinosa, hoy sabemos que la tercera de las Benévolas es a quien mejor le va. Bueno, sí y no.

Sí, porque alguna gente así vive un gran momento. Y no, porque vive en el autoengaño o en el cinismo. Hace poco escuché decir a un artista prominente que, así como existían premios (como el Gorrita Azul), deberían existir castigos en el mundo del arte. Yo creo que algunos premios, como el Gorrita Azul, también son castigos; tanto como haber conseguido cierta celebridad en redes como comentador de libros o poder cobrar por hablar en público. Creo que todo eso implica su propia condena. Es algo que luego olvidamos, como los días en que despertamos deshidratados, nos están golpeando la puerta para cobrar la renta y descubrimos que nuestra novia nos ha dejado. Pero sinceramente lo creo. Y aquí viene a cuento Bobi (Anagrama), de Calasso, su homenaje a Roberto Bazlen (1902-1965).

Confieso que traía estas cosas en la cabeza y que tiempo atrás había leído ya los Informes de lectura de Bazlen que La Bestia Equilátera compiló en 2012 (así como su extraña novela de aventuras, El capitán de altura), así que pensé que Bobi sería un recuento del Bazlen lector, tal vez una reflexión iluminadora sobre el trabajo del editor o el placer de la lectura atenta. Cosas que, ahora detecto, tienen un aroma profesional. Hay algo de eso, por supuesto, pero los párrafos sobre Bazlen que escribió Calasso terminan siendo algo más. Hay un ajuste de cuentas importante con Montale, pero sobre todo se desprende que hubo un momento histórico esperanzador en el que uno podía estar realmente interesado en el arte sin necesidad de hacer algo con él –algo material o profesional. No se trata tanto de crear santos seculares, sino de reconocer el valor de ser exigente, auténtico, en paz de no estar tan al tanto. Por ahora el libro me deja un listado de libros que no me interesa reseñar, dictaminar ni nada, sólo me da curiosidad leer tres “nuevos” libros que no conocía. Hace tiempo que no sentía eso. Son Relatos de un peregrino ruso, Solitary Confinement (aún sin traducir al español), de Christopher Burney, y Padre e hijo, de Edmund Gosse.

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lunes, 28 de septiembre de 2026

¿Y si la naturaleza fuera lo primero?

Para llegar a las ruinas de la Catedral de San Hallvard, construida a inicios del siglo XII, uno debe recorrer, en paralelo a las vías del tren, el barrio de Bjørvika, antigua zona portuaria que hoy muestra la cara más joven de Oslo. No muy lejos se alzan la Biblioteca Pública, la Ópera y el Museo Munch, emblemáticos ejemplos del plan de renovación urbana que ha transformado esta zona de la capital noruega durante el primer cuarto del siglo. La ciudad medieval, construida con piedra y madera, fue reducida a cenizas en 1624, y Oslo comenzó de nuevo cerca de la Fortaleza de Akershus. Hoy exhibe una heterogénea y rica mezcla de arquitecturas que miran al fiordo, con habitantes dispuestos a involucrarse activamente en las decisiones que cambian su fisonomía.

La Trienal de Arquitectura de Oslo se ha realizado en paralelo al impulso renovador de la ciudad nórdica, y desde su primera edición, en 2000, lo ha acompañado reflexivamente, proponiendo discusiones sobre las formas de habitar, la sustentabilidad, la pertenencia al lugar –es la tierra de Christian Norberg-Schulz– o, incluso, el decrecimiento económico. En una sociedad de fuerte tradición igualitaria, el evento se ha enfocado en los espacios que posibilitan la vida común y plantean una relación responsable con el entorno, antes que en la exhibición de edificios singulares. Así, la novena edición se rigió por un concepto en forma de pregunta: ¿Y si la naturaleza fuera lo primero?

La Trienal de Arquitectura de Oslo se ha realizado en paralelo al impulso renovador de la ciudad nórdica, y desde su primera edición, en 2000, lo ha acompañado reflexivamente, proponiendo discusiones sobre las formas de habitar, la sustentabilidad, la pertenencia al lugar o, incluso, el decrecimiento económico. 

El planteamiento no sólo apela a una arquitectura sustentable o “verde”, sino a establecer prioridades en un planeta cuyas dinámicas climáticas han sido alteradas por el calentamiento global. ¿Puede la arquitectura, disciplina sujeta como pocas a los designios del capital, anteponer las necesidades medioambientales a la ambición inmobiliaria? La directora de la Trienal, Line Ramstad, propone que al menos hagamos las preguntas pertinentes, lo mismo a través de una exposición con tres decenas de proyectos internacionales que de un ciclo de charlas y talleres en los que despachos de arquitectura e ingeniería exponen sus particulares respuestas, principalmente a través de la innovación en materiales y la recuperación de estructuras en desuso. El escenario es la iglesia de Sofienberg, un sobrio templo luterano del siglo XIX situado en el centro del parque del mismo nombre, en el animado barrio de Grünerløkka, que dejará de ofrecer servicios religiosos para convertirse en un centro comunitario. Un día antes de la apertura al público, los invitados de prensa pudimos ver los proyectos seleccionados, para luego tomar un trago en las oficinas de Snøhetta, célebre estudio que diseñó la mayor atracción contemporánea de la ciudad: la Ópera de Oslo.

Trienal de Arquitectura de Oslo

Parte de la exposición de la Trienal de Arquitectura de Oslo, en las oficinas de Snøhetta, 16 de septiembre de 2026. Fotografía: Julie Hrnčířová / Abrakadabra / Oslo Architecture Triennale 26

A unos pasos de ese edificio y del polémico Museo Munch –diseño de Estudio Herreros que los oslenses no han terminado de asimilar–, la primera actividad de la Trienal de Arquitectura tuvo lugar en los icónicos saunas del fiordo, donde Øystein Rø, de Transborder Studio, ofreció una charla sobre el proyecto de un jardín botánico acuático. Con el Oslo Badebotaniske se pretende impulsar un nuevo estándar de construcción en el entorno portuario, que incorpore acciones de restauración del ecosistema en las nuevas torres de departamentos y oficinas. Por ahora son más las preguntas que las respuestas, pues aunque los bañistas podrán ver vegetación al fondo del mar, el beneficio ecológico está por determinarse. Afuera de la iglesia de Sofienberg, por cierto, se instaló un sauna gratuito para los visitantes de la Trienal, cortesía de la Oslo Badstuforening. Es una pequeña cabaña de aspecto tradicional, a diferencia de los edificios flotantes de Sukkerbiten, pequeños ejercicios de arquitectura contemporánea donde Estudio Herreros dejó también su impronta.

Las charlas de la Trienal de Arquitectura de Oslo partieron de una premisa curatorial: la naturaleza no produce desechos. Nuestro modelo productivo, en cambio, no para de engendrar montañas de escombro y basura. 

Este año el Día de la Sobrecapacidad de la Tierra, es decir, la fecha en que nuestro consumo supera los recursos ecológicos que la Tierra puede regenerar en un año, llegó el 30 de julio. La industria de la construcción produce un tercio de los residuos del planeta y es una de las mayores responsables de las emisiones de carbono. La vida útil de un edificio es de entre 50 o 60 años; después de ese tiempo, será demolido o reemplazado. Las charlas de la Trienal de Arquitectura de Oslo partieron de una premisa curatorial: la naturaleza no produce desechos. Nuestro modelo productivo, en cambio, no para de engendrar montañas de escombro y basura. Tiene sentido, entonces, que la sede del evento sea la iglesia de Sofienberg: es una nueva demostración de que los edificios pueden tener segundas y terceras vidas, y de que la ciudad se construye también con la memoria. En un contexto de consumo exacerbado y producción desbocada, la arquitectura debe volver a pensar de qué está hecha, cómo se relaciona con el lugar, de qué forma puede ofrecer un máximo de beneficios con un mínimo de impacto ambiental.

Trienal de Arquitectura de Oslo

La Trienal de Arquitectura de Oslo de 2026 tuvo como sede la iglesia de Sofienberg. Fotografía: Julie Hrnčířová / Abrakadabra / Oslo Architecture Triennale 26

Tras la ola neoliberal de los starchitects, con los afectados por la crisis climática demandando respuestas, los diseñadores de espacios han llevado a los foros discusiones sobre distintas aristas de la sustentabilidad. Pero es momento, plantea la Trienal de Arquitectura de Oslo, de hablar de economía circular a través de cuatro ejes: materiales, estructuras, territorios y sistemas. Esto tiene implicaciones lo mismo para el proyecto que para los métodos constructivos, e involucra creatividad económica. El chivo en cristalería fue el tambaleante sistema socioeconómico, que los ponentes de la Trienal, se entiende, creen mejorable. Veremos si este nuevo intento de dar al capitalismo una mejor cara es capaz de trascender el greenwashing o si descubriremos, fatalmente, que el extractivismo le es consustancial. El reformismo es comprensible en el contexto del Estado de bienestar noruego; en otras latitudes, sin embargo, la emergencia orilla a buscar otras alternativas. “Todo tiene un valor intrínseco independientemente de su utilidad para los humanos”, planteó el filósofo noruego Arne Næss, citado en el texto curatorial de la Trienal. Hay ahí, si se lee bien, un germen radical: es necesario un cambio en las jerarquías de valor, que lo desplacen de la potencial ganancia de algunos al beneficio que da a un entorno cierta decisión constructiva.

“Todo tiene un valor intrínseco independientemente de su utilidad para los humanos”, planteó el filósofo noruego Arne Næss. Hay ahí, si se lee bien, un germen radical: es necesario un cambio en las jerarquías de valor, que lo desplacen de la potencial ganancia de algunos al beneficio que da a un entorno cierta decisión constructiva. 

La primera jornada, el 17 de septiembre, planteó el tema de esta edición: ¿Y si la naturaleza fuera lo primero? La charla comenzó con la incorporación de los principios de economía circular en la enseñanza de la arquitectura y derivó en la creación de nuevos materiales y procesos constructivos. Jonathan Grinham, de la Harvard Graduate School of Design, expuso cómo las investigaciones de su equipo sobre el uso de polímeros naturales podrían desembocar en la reactivación de industrias en declive. Sian Ricketts, de la firma Carmody Groarke, mostró el notable Museo del Diseño de Gante, para el que desarrolló un ladrillo fabricado con desechos con bajo contenido de carbono. Al día siguiente se propuso, no sin humor, una Nueva Edad de Piedra –el Museo Histórico de Oslo exhibe en paralelo, casualmente, Generation Stone Age. Fundamentalmente, se expusieron proyectos que vuelven al material con el que se construyó durante siglos, antes de que el concreto (con una huella de carbono diez veces mayor) lo suplantara. El protagonista de la tarde fue Petra Hights, el primer edificio en altura erigido con un exoesqueleto de piedra. El arquitecto Amin Taha (Groupwork) y el ingeniero Steve Webb (Webb Yates) hablaron de su trabajo en la torre de departamentos de diez pisos, situada en una congestionada calle de Londres.

Trienal de Arquitectura de Oslo

Line Ramstad, directora de la Trienal de Arquitectura de Oslo, en su discurso inaugural, 17 de septiembre de 2026. Fotografía: Julie Hrnčířová / Abrakadabra / Oslo Architecture Triennale 26

Con jornadas que ampliaron la escala de los problemas al reciclaje de estructuras y el entendimiento del paisaje dentro de proyectos urbanísticos, la Trienal de Arquitectura de Oslo reforzó la idea de una práctica que opera con la naturaleza, desde sus procesos, incorporándola a las soluciones. Es una invitación a pensar los proyectos desde otro punto de mira, donde el lugar está primero y, después, la necesidad que una nueva construcción pretende satisfacer en él. Con el 50% del capital global invertido en bienes raíces, transformar la práctica arquitectónica será una tarea titánica. Hace unos días, Anne Cecilie Haug de Snøhetta guió un recorrido por Vertikal Nydalen, torre de usos mixtos de bajo gasto energético, climatizada naturalmente, con piel de madera; fue una manera de mostrar que, pese a todo, es posible pensar primero en el medioambiente.

Bajar al fiordo desde el parque Sofienberg representa kilómetros de experiencias singulares. Sus calles y rincones encantadores se alternan con grúas y calles cerradas que niegan la posibilidad de que el paseante piense en una ciudad-museo. Oslo se está renovando, y eso despierta inquietudes. La pregunta de la Trienal, ¿Y si la naturaleza fuera lo primero?, adquiere entonces sentido. Pero no sólo en la capital de Noruega: hay que traerla a la megalópolis que lleva siglos luchando con sus cuerpos de agua. Porque, si lo queremos, otras ciudades son posibles.

Trienal de Arquitectura de Oslo

Coctel frente al fiordo, en el exterior de las oficinas de Snøhetta, durante la preinauguración de la Trienal de Arquitectura de Oslo, 16 de septiembre de 2026. Fotografía: Julie Hrnčířová / Abrakadabra / Oslo Architecture Triennale 26

La Trienal de Arquitectura de Oslo se realizó entre el 17 de septiembre y el 1 de octubre en la iglesia de Sofienberg. Agradecemos a la Embajada de Noruega en México la invitación a visitar Oslo en el contexto de este evento

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¿Y si la naturaleza fuera lo primero?

Para llegar a las ruinas de la Catedral de San Hallvard, construida a inicios del siglo XII, uno debe recorrer, en paralelo a las vías del tren, el barrio de Bjørvika, antigua zona portuaria que hoy muestra la cara más joven de Oslo. No muy lejos se alzan la Biblioteca Pública, la Ópera y el Museo Munch, emblemáticos ejemplos del plan de renovación urbana que ha transformado esta zona de la capital noruega durante el primer cuarto del siglo. La ciudad medieval, construida con piedra y madera, fue reducida a cenizas en 1624, y Oslo comenzó de nuevo cerca de la Fortaleza de Akershus. Hoy exhibe una heterogénea y rica mezcla de arquitecturas que miran al fiordo, con habitantes dispuestos a involucrarse activamente en las decisiones que cambian su fisonomía.

La Trienal de Arquitectura de Oslo se ha realizado en paralelo al impulso renovador de la ciudad nórdica, y desde su primera edición, en 2000, lo ha acompañado reflexivamente, proponiendo discusiones sobre las formas de habitar, la sustentabilidad, la pertenencia al lugar –es la tierra de Christian Norberg-Schulz– o, incluso, el decrecimiento económico. En una sociedad de fuerte tradición igualitaria, el evento se ha enfocado en los espacios que posibilitan la vida común y plantean una relación responsable con el entorno, antes que en la exhibición de edificios singulares. Así, la novena edición se rigió por un concepto en forma de pregunta: ¿Y si la naturaleza fuera lo primero?

La Trienal de Arquitectura de Oslo se ha realizado en paralelo al impulso renovador de la ciudad nórdica, y desde su primera edición, en 2000, lo ha acompañado reflexivamente, proponiendo discusiones sobre las formas de habitar, la sustentabilidad, la pertenencia al lugar o, incluso, el decrecimiento económico. 

El planteamiento no sólo apela a una arquitectura sustentable o “verde”, sino a establecer prioridades en un planeta cuyas dinámicas climáticas han sido alteradas por el calentamiento global. ¿Puede la arquitectura, disciplina sujeta como pocas a los designios del capital, anteponer las necesidades medioambientales a la ambición inmobiliaria? La directora de la Trienal, Line Ramstad, propone que al menos hagamos las preguntas pertinentes, lo mismo a través de una exposición con tres decenas de proyectos internacionales que de un ciclo de charlas y talleres en los que despachos de arquitectura e ingeniería exponen sus particulares respuestas, principalmente a través de la innovación en materiales y la recuperación de estructuras en desuso. El escenario es la iglesia de Sofienberg, un sobrio templo luterano del siglo XIX situado en el centro del parque del mismo nombre, en el animado barrio de Grünerløkka, que dejará de ofrecer servicios religiosos para convertirse en un centro comunitario. Un día antes de la apertura al público, los invitados de prensa pudimos ver los proyectos seleccionados, para luego tomar un trago en las oficinas de Snøhetta, célebre estudio que diseñó la mayor atracción contemporánea de la ciudad: la Ópera de Oslo.

Trienal de Arquitectura de Oslo

Parte de la exposición de la Trienal de Arquitectura de Oslo, en las oficinas de Snøhetta, 16 de septiembre de 2026. Fotografía: Julie Hrnčířová / Abrakadabra / Oslo Architecture Triennale 26

A unos pasos de ese edificio y del polémico Museo Munch –diseño de Estudio Herreros que los oslenses no han terminado de asimilar–, la primera actividad de la Trienal de Arquitectura tuvo lugar en los icónicos saunas del fiordo, donde Øystein Rø, de Transborder Studio, ofreció una charla sobre el proyecto de un jardín botánico acuático. Con el Oslo Badebotaniske se pretende impulsar un nuevo estándar de construcción en el entorno portuario, que incorpore acciones de restauración del ecosistema en las nuevas torres de departamentos y oficinas. Por ahora son más las preguntas que las respuestas, pues aunque los bañistas podrán ver vegetación al fondo del mar, el beneficio ecológico está por determinarse. Afuera de la iglesia de Sofienberg, por cierto, se instaló un sauna gratuito para los visitantes de la Trienal, cortesía de la Oslo Badstuforening. Es una pequeña cabaña de aspecto tradicional, a diferencia de los edificios flotantes de Sukkerbiten, pequeños ejercicios de arquitectura contemporánea donde Estudio Herreros dejó también su impronta.

Las charlas de la Trienal de Arquitectura de Oslo partieron de una premisa curatorial: la naturaleza no produce desechos. Nuestro modelo productivo, en cambio, no para de engendrar montañas de escombro y basura. 

Este año el Día de la Sobrecapacidad de la Tierra, es decir, la fecha en que nuestro consumo supera los recursos ecológicos que la Tierra puede regenerar en un año, llegó el 30 de julio. La industria de la construcción produce un tercio de los residuos del planeta y es una de las mayores responsables de las emisiones de carbono. La vida útil de un edificio es de entre 50 o 60 años; después de ese tiempo, será demolido o reemplazado. Las charlas de la Trienal de Arquitectura de Oslo partieron de una premisa curatorial: la naturaleza no produce desechos. Nuestro modelo productivo, en cambio, no para de engendrar montañas de escombro y basura. Tiene sentido, entonces, que la sede del evento sea la iglesia de Sofienberg: es una nueva demostración de que los edificios pueden tener segundas y terceras vidas, y de que la ciudad se construye también con la memoria. En un contexto de consumo exacerbado y producción desbocada, la arquitectura debe volver a pensar de qué está hecha, cómo se relaciona con el lugar, de qué forma puede ofrecer un máximo de beneficios con un mínimo de impacto ambiental.

Trienal de Arquitectura de Oslo

La Trienal de Arquitectura de Oslo de 2026 tuvo como sede la iglesia de Sofienberg. Fotografía: Julie Hrnčířová / Abrakadabra / Oslo Architecture Triennale 26

Tras la ola neoliberal de los starchitects, con los afectados por la crisis climática demandando respuestas, los diseñadores de espacios han llevado a los foros discusiones sobre distintas aristas de la sustentabilidad. Pero es momento, plantea la Trienal de Arquitectura de Oslo, de hablar de economía circular a través de cuatro ejes: materiales, estructuras, territorios y sistemas. Esto tiene implicaciones lo mismo para el proyecto que para los métodos constructivos, e involucra creatividad económica. El chivo en cristalería fue el tambaleante sistema socioeconómico, que los ponentes de la Trienal, se entiende, creen mejorable. Veremos si este nuevo intento de dar al capitalismo una mejor cara es capaz de trascender el greenwashing o si descubriremos, fatalmente, que el extractivismo le es consustancial. El reformismo es comprensible en el contexto del Estado de bienestar noruego; en otras latitudes, sin embargo, la emergencia orilla a buscar otras alternativas. “Todo tiene un valor intrínseco independientemente de su utilidad para los humanos”, planteó el filósofo noruego Arne Næss, citado en el texto curatorial de la Trienal. Hay ahí, si se lee bien, un germen radical: es necesario un cambio en las jerarquías de valor, que lo desplacen de la potencial ganancia de algunos al beneficio que da a un entorno cierta decisión constructiva.

“Todo tiene un valor intrínseco independientemente de su utilidad para los humanos”, planteó el filósofo noruego Arne Næss. Hay ahí, si se lee bien, un germen radical: es necesario un cambio en las jerarquías de valor, que lo desplacen de la potencial ganancia de algunos al beneficio que da a un entorno cierta decisión constructiva. 

La primera jornada, el 17 de septiembre, planteó el tema de esta edición: ¿Y si la naturaleza fuera lo primero? La charla comenzó con la incorporación de los principios de economía circular en la enseñanza de la arquitectura y derivó en la creación de nuevos materiales y procesos constructivos. Jonathan Grinham, de la Harvard Graduate School of Design, expuso cómo las investigaciones de su equipo sobre el uso de polímeros naturales podrían desembocar en la reactivación de industrias en declive. Sian Ricketts, de la firma Carmody Groarke, mostró el notable Museo del Diseño de Gante, para el que desarrolló un ladrillo fabricado con desechos con bajo contenido de carbono. Al día siguiente se propuso, no sin humor, una Nueva Edad de Piedra –el Museo Histórico de Oslo exhibe en paralelo, casualmente, Generation Stone Age. Fundamentalmente, se expusieron proyectos que vuelven al material con el que se construyó durante siglos, antes de que el concreto (con una huella de carbono diez veces mayor) lo suplantara. El protagonista de la tarde fue Petra Hights, el primer edificio en altura erigido con un exoesqueleto de piedra. El arquitecto Amin Taha (Groupwork) y el ingeniero Steve Webb (Webb Yates) hablaron de su trabajo en la torre de departamentos de diez pisos, situada en una congestionada calle de Londres.

Trienal de Arquitectura de Oslo

Line Ramstad, directora de la Trienal de Arquitectura de Oslo, en su discurso inaugural, 17 de septiembre de 2026. Fotografía: Julie Hrnčířová / Abrakadabra / Oslo Architecture Triennale 26

Con jornadas que ampliaron la escala de los problemas al reciclaje de estructuras y el entendimiento del paisaje dentro de proyectos urbanísticos, la Trienal de Arquitectura de Oslo reforzó la idea de una práctica que opera con la naturaleza, desde sus procesos, incorporándola a las soluciones. Es una invitación a pensar los proyectos desde otro punto de mira, donde el lugar está primero y, después, la necesidad que una nueva construcción pretende satisfacer en él. Con el 50% del capital global invertido en bienes raíces, transformar la práctica arquitectónica será una tarea titánica. Hace unos días, Anne Cecilie Haug de Snøhetta guió un recorrido por Vertikal Nydalen, torre de usos mixtos de bajo gasto energético, climatizada naturalmente, con piel de madera; fue una manera de mostrar que, pese a todo, es posible pensar primero en el medioambiente.

Bajar al fiordo desde el parque Sofienberg representa kilómetros de experiencias singulares. Sus calles y rincones encantadores se alternan con grúas y calles cerradas que niegan la posibilidad de que el paseante piense en una ciudad-museo. Oslo se está renovando, y eso despierta inquietudes. La pregunta de la Trienal, ¿Y si la naturaleza fuera lo primero?, adquiere entonces sentido. Pero no sólo en la capital de Noruega: hay que traerla a la megalópolis que lleva siglos luchando con sus cuerpos de agua. Porque, si lo queremos, otras ciudades son posibles.

Trienal de Arquitectura de Oslo

Coctel frente al fiordo, en el exterior de las oficinas de Snøhetta, durante la preinauguración de la Trienal de Arquitectura de Oslo, 16 de septiembre de 2026. Fotografía: Julie Hrnčířová / Abrakadabra / Oslo Architecture Triennale 26

La Trienal de Arquitectura de Oslo se realizó entre el 17 de septiembre y el 1 de octubre en la iglesia de Sofienberg. Agradecemos a la Embajada de Noruega en México la invitación a visitar Oslo en el contexto de este evento

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sábado, 26 de septiembre de 2026

El hogar que habito

A través de relecturas constantes de su acervo, la Colección FEMSA ha logrado acercar a públicos de distintas partes de México –y pronto de Hispanoamérica– una serie de obras modernas y contemporáneas que permiten pensar, desde nuevas aristas, el arte mexicano y latinoamericano. Si en Constelaciones y derivas (MARCO, Monterrey) el espectador trazaba su propio mapa al recorrer planteamientos sobre el territorio, las estructuras coloniales, la abstracción, la alquimia como metáfora o las identidades, en El hogar que habito (Museo Amparo, Puebla) la experiencia gira en torno a la cuestión del habitar, del cuerpo al mundo en sus distintas amplitudes.

Delineado por Eugenia Braniff, Paulina Bravo y Beto Díaz Suárez, el discurso curatorial de El hogar que habito se fundamenta en una de las principales obras de la filosofía contemporánea, la trilogía Esferas (1998-2004), de Peter Sloterdijk, que revisa la historia humana a través de una antropología del espacio, del modo en que creamos “esferas” para habitar el mundo, para convertirlo en un lugar propio. Así, obras de 60 artistas de distintas generaciones se organizan en cinco núcleos expositivos: “Desde y hacia el cuerpo”, “El territorio doméstico”, “Fragmentos y tensiones”, “Estructuras coloniales: sobre la invisibilización de las identidades” y “Habitar el mundo”.

Colección FEMSA

Vista de la exposición El hogar que habito. Obras de la Colección FEMSA, Museo Amparo, Puebla, 2026. Cortesía del Museo Amparo

Antes de entrar a las salas, recibe en el enorme vestíbulo del Museo Amparo la instalación Redasilú (Vendrá la memoria) (2024), de Ana Hernández: 68 bules de calabaza intervenidos con materiales como obsidiana, barro, cobre y pigmentos, además de audio, que pudieron verse en el contexto de la 15 Bienal FEMSA. El título introduce la lengua como un territorio que guarda y transmite experiencias. Es una entrada sugerente para una exposición que entiende el espacio como algo más que una extensión medible: lo construyen los nombres, los recuerdos y las relaciones que lo hacen legible.

Así, durante los núcleos del recorrido atestiguamos el gradual salto de escala en la cuestión del habitar. Coraza (2) (2018), de Magali Lara, plantea el cuerpo como una frontera ambigua entre interior y exterior. Mil novecientos cincuenta y cuatro (2005), de Mauricio Gattás, reconstruye una cocina regiomontana de los años cincuenta con recuerdos familiares y objetos de su abuela, en diálogo con otros trabajos que piensan la intimidad y la domesticidad. En un salto al territorio, Objetos de mi jardín (2024), de Miguel Fernández de Castro, reúne materiales encontrados en el desierto de Sonora para abordar la migración, la violencia y la frontera. En “Estructuras coloniales”, La Artesa que vino del mar (2024), de Aydeé Rodríguez López, recupera memorias de comunidades afromexicanas y pone en primer plano lo que el relato hegemónico ha dejado fuera. Finalmente nos encontramos con Andrómeda 7, 60 (2016), de Tomás Saraceno, parte de sus investigaciones sobre las geometrías de mundos posibles.

Colección FEMSA

Vista de la exposición El hogar que habito. Obras de la Colección FEMSA, Museo Amparo, Puebla, 2026. Cortesía del Museo Amparo

La amplitud de la Colección FEMSA permite que en El hogar que habito dialoguen obras de Leonora Carrington, Francisco Toledo o José Clemente Orozco con prácticas y preguntas de distintas generaciones, que incluyen piezas de Liliana Porter, Circe Irasema, Salvador Xharicata o Torolab. El desafío curatorial ha consistido en no ocultar los conflictos que las obras plantean –violencia fronteriza, jerarquías coloniales, desigualdades domésticas– para permitir que construyan un mosaico complejo y heterogéneo sobre el entendimiento del habitar.

El hogar que habito. Obras de la Colección FEMSA forma parte del proceso de reflexión emprendido de cara a los 50 años de la colección, que se cumplirán en 2027. El museo poblano exhibe en paralelo Una vuelta en espiral. 35 años Colección Museo Amparo, lo que permite al visitante observar dos formas de coleccionismo institucional que han colaborado en la conformación de una de las escenas artísticas más dinámicas del mundo.

Colección FEMSA

Vista de la exposición El hogar que habito. Obras de la Colección FEMSA, Museo Amparo, Puebla, 2026. Cortesía del Museo Amparo

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El hogar que habito

A través de relecturas constantes de su acervo, la Colección FEMSA ha logrado acercar a públicos de distintas partes de México –y pronto de Hispanoamérica– una serie de obras modernas y contemporáneas que permiten pensar, desde nuevas aristas, el arte mexicano y latinoamericano. Si en Constelaciones y derivas (MARCO, Monterrey) el espectador trazaba su propio mapa al recorrer planteamientos sobre el territorio, las estructuras coloniales, la abstracción, la alquimia como metáfora o las identidades, en El hogar que habito (Museo Amparo, Puebla) la experiencia gira en torno a la cuestión del habitar, del cuerpo al mundo en sus distintas amplitudes.

Delineado por Eugenia Braniff, Paulina Bravo y Beto Díaz Suárez, el discurso curatorial de El hogar que habito se fundamenta en una de las principales obras de la filosofía contemporánea, la trilogía Esferas (1998-2004), de Peter Sloterdijk, que revisa la historia humana a través de una antropología del espacio, del modo en que creamos “esferas” para habitar el mundo, para convertirlo en un lugar propio. Así, obras de 60 artistas de distintas generaciones se organizan en cinco núcleos expositivos: “Desde y hacia el cuerpo”, “El territorio doméstico”, “Fragmentos y tensiones”, “Estructuras coloniales: sobre la invisibilización de las identidades” y “Habitar el mundo”.

Colección FEMSA

Vista de la exposición El hogar que habito. Obras de la Colección FEMSA, Museo Amparo, Puebla, 2026. Cortesía del Museo Amparo

Antes de entrar a las salas, recibe en el enorme vestíbulo del Museo Amparo la instalación Redasilú (Vendrá la memoria) (2024), de Ana Hernández: 68 bules de calabaza intervenidos con materiales como obsidiana, barro, cobre y pigmentos, además de audio, que pudieron verse en el contexto de la 15 Bienal FEMSA. El título introduce la lengua como un territorio que guarda y transmite experiencias. Es una entrada sugerente para una exposición que entiende el espacio como algo más que una extensión medible: lo construyen los nombres, los recuerdos y las relaciones que lo hacen legible.

Así, durante los núcleos del recorrido atestiguamos el gradual salto de escala en la cuestión del habitar. Coraza (2) (2018), de Magali Lara, plantea el cuerpo como una frontera ambigua entre interior y exterior. Mil novecientos cincuenta y cuatro (2005), de Mauricio Gattás, reconstruye una cocina regiomontana de los años cincuenta con recuerdos familiares y objetos de su abuela, en diálogo con otros trabajos que piensan la intimidad y la domesticidad. En un salto al territorio, Objetos de mi jardín (2024), de Miguel Fernández de Castro, reúne materiales encontrados en el desierto de Sonora para abordar la migración, la violencia y la frontera. En “Estructuras coloniales”, La Artesa que vino del mar (2024), de Aydeé Rodríguez López, recupera memorias de comunidades afromexicanas y pone en primer plano lo que el relato hegemónico ha dejado fuera. Finalmente nos encontramos con Andrómeda 7, 60 (2016), de Tomás Saraceno, parte de sus investigaciones sobre las geometrías de mundos posibles.

Colección FEMSA

Vista de la exposición El hogar que habito. Obras de la Colección FEMSA, Museo Amparo, Puebla, 2026. Cortesía del Museo Amparo

La amplitud de la Colección FEMSA permite que en El hogar que habito dialoguen obras de Leonora Carrington, Francisco Toledo o José Clemente Orozco con prácticas y preguntas de distintas generaciones, que incluyen piezas de Liliana Porter, Circe Irasema, Salvador Xharicata o Torolab. El desafío curatorial ha consistido en no ocultar los conflictos que las obras plantean –violencia fronteriza, jerarquías coloniales, desigualdades domésticas– para permitir que construyan un mosaico complejo y heterogéneo sobre el entendimiento del habitar.

El hogar que habito. Obras de la Colección FEMSA forma parte del proceso de reflexión emprendido de cara a los 50 años de la colección, que se cumplirán en 2027. El museo poblano exhibe en paralelo Una vuelta en espiral. 35 años Colección Museo Amparo, lo que permite al visitante observar dos formas de coleccionismo institucional que han colaborado en la conformación de una de las escenas artísticas más dinámicas del mundo.

Colección FEMSA

Vista de la exposición El hogar que habito. Obras de la Colección FEMSA, Museo Amparo, Puebla, 2026. Cortesía del Museo Amparo

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jueves, 24 de septiembre de 2026

Universidad, genocidio y apartheid

El lunes 25 de noviembre del 2024 un grupo de artistas, académicos y personas relacionadas con el mundo de la cultura publicó un desplegado en el periódico Excélsior. El texto, firmado por Enrique Krauze, Claudio Lomnitz, Vicente Quirarte, Yael Weiss, José Woldenberg, David Medina Portillo, Rafael Pérez Gay, Arturo Ripstein, Hugo Hiriart, Malva Flores, Christopher Domínguez Michael y Ezra Shabot, entre muchos otros, rechazaba la decisión de El Colegio de México de suspender un convenio de colaboración con la Universidad Hebrea de Jerusalén. Para los firmantes, el boicot académico del Colmex era una medida “unilateral” que atentaba contra “la libertad de pensar, disentir y cuestionar”. No sólo eso. Poco después afirmaron que en la Universidad Hebrea de Jerusalén (UHJ) “los estudiantes judíos conviven con alumnos y maestros musulmanes y cristianos alimentando la diversidad que nutre el conocimiento”. Argumentaron, también, que siete premios Nobel que han dado clases en la UHJ avalaban la pluralidad de las ciencias y humanidades que se practican en la institución.

El 29 de noviembre de aquel año, Roberto Breña –profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México– defendió la ruptura de relaciones en un texto publicado en Revista Común. El académico argumentó que la decisión se tomó por la clara –y documentada– relación entre la UHJ y el aparato militar israelí. Después de los actos terroristas de Hamás del 7 de octubre de 2023, el ejército israelí aceleró el exterminio humano en la Franja de Gaza. No sólo eso: el gobierno ultraderechista de Benjamín Netanyahu aprovechó el escenario para radicalizar la limpieza étnica comenzada en décadas anteriores, respaldada –según encuestas– por una buena parte de los ciudadanos de ese país, salvo honrosas excepciones de grupos organizados que han tratado de evidenciar y resistir el embate de una sociedad cada vez más volcada al supremacismo étnico y religioso y sus muy diversas ramificaciones ideológicas.

En este contexto, más allá de las pruebas documentales, es fácil suponer que las universidades israelíes y la educación en general no son ajenas a lo que sucede en Israel. Los países inmersos en procesos que los llevan al totalitarismo usan a la educación como herramientas de control ideológico, propagandístico, tecnológico, entre otras funciones, un hecho que no consideraron los firmantes del desplegado en Excélsior, quienes asumen que el sistema universitario israelí es una suerte de oasis de libertad completamente aislado de la realidad que lo rodea.

Maya Wind –antropóloga israelí y académica de la Universidad de Columbia Británica– publicó en 2024 (la traducción en español apareció este año) Torres de acero y marfil. Cómo las universidades israelíes destruyen la libertad palestina (Verso). El ensayo es una prueba contundente del papel de las universidades israelíes en el genocidio palestino y las diferentes estrategias de control que implementan contra la población palestina absorbida desde la Nakba (la limpieza étnica de los árabes gazatíes) a finales de la primera mitad del siglo XX. Wind, a partir de una minuciosa documentación y fuentes diversas, analiza el papel de las principales universidades israelíes en la política de apartheid denunciada por la ONU y otras instituciones globales. La arqueología (borrado de la cultura musulmana para, de esta manera, expandir los asentamientos judíos), el derecho (infraestructura discursiva que justifica las violaciones de los acuerdos internacionales de los derechos humanos) y los estudios sobre Oriente Medio (conocimientos lingüísticos, regionales y formación académica al servicio de las fuerzas armadas) son los tres pilares en los que se basa la producción de conocimiento puesto a disposición de un sistema que pretende exterminar a una población que considera inferior o moldearla para que olvide su pasado y cualquier reivindicación asociada a la memoria.

Maya Wind ofrece un ejemplo muy claro: “según la versión oficial de la Universidad Hebrea, el campus de Givat Ram se construyó sobre una ‘colina rocosa y desierta’. En realidad, se construyó sobre las ruinas de la aldea palestina de Sheikh Badr, cuyos habitantes fueron expulsados de sus hogares por la milicia paramilitar Haganá en 1948”. La segunda universidad más antigua de Israel, como muchas otras, ha funcionado como enclave con un doble propósito: expulsar a la población palestina y ser puesto de avanzada para controlar aldeas y pueblos vecinos. Las promesas de la educación universitaria se enfrentan, en el caso de Israel, con una realidad incuestionable: el Estado israelí construyó, desde su fundación, un sistema educativo asociado directamente a una ideología nacionalista y promotora de una pureza étnica. La población árabe que, con el tiempo, llegó a las aulas de las universidades no tuvo ninguna oportunidad de debatir ni conocer su historia, incluso siendo un grupo mucho más numeroso que los judíos que llegaron después de la Segunda Guerra Mundial y migrantes posteriores.

Torres de acero y marfil documenta, también, la transformación de las universidades israelíes en campus al servicio del ejército. ¿Qué pasaría en algún otro país si militares en activo convivieran en las aulas con población civil? ¿Qué críticas habría si las máximas autoridades académicas de las universidades más importantes fueran ex militares y que las instituciones fueran una suerte de extensión de un gobierno volcado a una guerra sin fin? Sin embargo, como evidencia Wind –que tuvo acceso a documentación gracias a su estatus étnico–, se sigue creyendo en la fantasía de Israel como excepción en Medio Oriente, la única democracia en la región y el bastión de ese concepto problemático y muy discutible llamado Occidente.

En la segunda parte del libro, la autora revisa varios casos –la punta del iceberg que aún se puede documentar– de estudiantes y académicos que han intentado llevar a cabo lo que, en teoría, es la función de cualquier universidad: el debate, la libertad de cátedra, el cuestionamiento y la crítica. Para palestinos y los escasos profesores judíos críticos con el sionismo, la lucha es diaria para intentar cuestionar el pasado y la sociedad en la que viven. Sin embargo, como afirma la misma autora al final de su extensa investigación, las universidades israelíes siguen el funcionamiento de cualquier Estado colonial. Al igual que innumerables instituciones de educación superior de Estados Unidos, Sudáfrica, Nueva Zelanda y Canadá –entre otros–, las universidades israelíes nacieron gracias al despojo de tierras indígenas y, una vez establecidas, se volvieron una parte fundamental de un Estado etnonacionalista que ha implementado la “judeización” como complemento ideológico a la limpieza étnica que se ha llevado a cabo desde el mismo origen de Israel en 1948.

Maya Wind, Torres de acero y marfil. Cómo las universidades israelíes destruyen la libertad palestina, prólogo de Nadia Abu El-Haj, epílogo de Robin D. G. Kelley, traducción de Pablo Abufom y Vicente Durán, Verso, Barcelona, 2026

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