jueves, 8 de octubre de 2026

Autómatas de mercado

Keiko Furukura, mujer de 36 años, se dirige a su trabajo en Tokio. Su labor es atender, con sus compañeros, una tienda de conveniencia (llamadas en japonés konbini) que abre todos los días del año, las 24 horas del día. Mientras camina, observa edificios de oficinas deshabitados, pues aún no comienza la jornada laboral. “Aquella sensación de que el mundo se moría poco a poco me resultaba reconfortante”, piensa la mujer y, después, imagina dónde podría estar la gente que compra en la tienda.

Keiko Furukura es el personaje principal de la novela La dependienta (2016; publicada en español por Duomo), bestseller escrito por la escritora japonesa Sayaka Murata, traducido a varias lenguas y con ventas de dos millones de ejemplares a nivel mundial. Los elogios de medios como la revista Vogue –“Brillante, inteligente y dulce”– o The New Yorker –“Un romance gótico, en cierta manera, sobre una inadaptada y una tienda. Tranquilo, soñador, incluso, con cierto corazón sintético”– son, en realidad, un disfraz publicitario para una novela que describe, sin muchos artificios sentimentales, una renuncia, el abandono de la historia por parte –en este caso– de las mujeres. 

En Amélie, la famosa película del 2001 dirigida por Jean-Pierre Jeunet con Audrey Tautou como la protagonista, la mujer escapa por medio de su imaginación, ya que su condición de bicho raro le impide relacionarse con otras personas. La ensoñación no obstaculiza la empatía con otros bichos raros en el entorno de postal que el director nos ofrece de París. La personalidad “anormal” de Keiko Furukura es una especie de síndrome que, desde pequeña, desconcierta a sus familiares. En contraste con el cuento de hadas del filme francés, la protagonista carece de cualquier empatía y mira el mundo sin atender los sentimientos de los demás. La narración desapasionada, en ocasiones robótica de Murata, parece una suerte de caso clínico relatado en primera persona.

Después de concluir la educación básica, Keiko cursa la universidad e, incapaz de encontrar algo mejor, termina trabajando por horas en una tienda de conveniencia en Tokio. Nunca nos enteramos qué estudió, pues es irrelevante para la historia. A la autora no le interesa explorar los factores que condujeron a su personaje a la modalidad de trabajo más socorrida en el capitalismo del siglo XXI en Japón, país que ha llevado al límite el capitalismo corporativo después de la Segunda Guerra Mundial: la contratación por horas. La flexibilidad laboral es, por supuesto, una nueva forma para maximizar el rendimiento y, también, como se muestra en toda la novela de Murata, una nueva forma de evasión. Cada vez que Keiko enfrenta una disyuntiva –aislada casi por completo de su entorno familiar y amistades que desean a toda costa que se case y tenga una familia– se presenta en la tienda para trabajar horas extra. Ese lugar es su refugio que necesita ser controlado minuciosamente en una coreografía que nunca termina. 

La dependienta

Las reseñas que se han escrito sobre La dependienta abordan dos aspectos importantes: la crítica a las exigentes normas sociales que tienen que cumplir las mujeres y el culto al trabajo en Japón. Sin embargo, creo que se necesitan enmarcar estos dos aspectos en un contexto más amplio. La narración de Murata no pretende mostrar el papel de la mujer japonesa en el siglo XXI para llevar el conflicto al lector. La novela parece fascinada con la empleada que nos describe en primera persona y en presente el funcionamiento de la tienda: las ofertas, la llegada de los productos, las estrategias para atraer a los clientes, la colocación de los productos y, sobre todo, el konbini como un espacio atemporal en el que sólo se realizan una serie de transacciones homogéneas y casi infinitas. Si en los tiempos actuales la automatización se vende como la amenaza más cercana para el mercado laboral, Keiko parece reafirmar la capacidad del ser humano –alienación– para competir y superar a una máquina. No deja de ser curioso que la autora del libro haya trabajado por temporadas en una tienda de conveniencia.

La dependienta toma un rumbo más extraño, por no decir cruel, cuando un hombre llamado Shiraha entra en el circuito de empleo temporal –en el que Keiko lleva muchos años– de la tienda de conveniencia. Misógino, obsesionado por el sexo e inseguro, llega a un acuerdo con Keiko para que lo deje quedarse en su diminuto departamento. Él se esconderá de su familia, pues le debe dinero; ella lo usará como una suerte de pareja falsa para evitar la presión que obliga a las mujeres a casarse. El contraste entre una adicta al trabajo y un holgazán que busca aprovecharse de los demás no es narrado –como suele suceder en algunas comedias románticas– desde una mirada empática. Los dos personajes continúan su deshumanización. Keiko lo alimenta como si fuera una mascota en un intento por continuar su vida cotidiana con su vida “sentimental” resuelta. Después de una renuncia temporal a la tienda, la mujer sabe que no puede traicionarse y le dice a su compañero: “Antes que humana, soy dependienta. Aunque como humana sea defectuosa, aunque pueda morir si no tengo dinero para comer, no puedo evitarlo: todas las células de mi cuerpo existen para la tienda”. 

Japón experimenta de manera aguda el descenso en la natalidad. El fenómeno, según las mediciones recientes, ya es global. Una lectura de este cambio demográfico involucra la emancipación de la mujer gracias a la educación y a su integración en el mercado laboral. Sin embargo, los expertos proponen una causa multifactorial que incluye, por ejemplo, pérdida de fertilidad por contaminación ambiental y comida industrializada. Hay otra idea importante mostrada en novelas como La dependienta que podríamos calificar como distópicas: la renuncia a participar en una sociedad que se percibe como disfuncional e, incluso, agresiva. Despolitizados y absorbidos por una coreografía laboral que vacía sus mentes, los dependientes de estos años –en una economía global volcada a los bienes y servicios– se concentran en el día a día y perciben su humanidad como una máquina cuyo funcionamiento depende de una tienda de conveniencia, una oficina, detrás de una computadora o cualquier otro trabajo de estos tiempos. 

Sayaka Murata, La dependienta, traducción del japonés de Marina Bornas, décimosegunda edición, Duomo, Barcelona, 2025.

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Autómatas de mercado

Keiko Furukura, mujer de 36 años, se dirige a su trabajo en Tokio. Su labor es atender, con sus compañeros, una tienda de conveniencia (llamadas en japonés konbini) que abre todos los días del año, las 24 horas del día. Mientras camina, observa edificios de oficinas deshabitados, pues aún no comienza la jornada laboral. “Aquella sensación de que el mundo se moría poco a poco me resultaba reconfortante”, piensa la mujer y, después, imagina dónde podría estar la gente que compra en la tienda.

Keiko Furukura es el personaje principal de la novela La dependienta (2016; publicada en español por Duomo), bestseller escrito por la escritora japonesa Sayaka Murata, traducido a varias lenguas y con ventas de dos millones de ejemplares a nivel mundial. Los elogios de medios como la revista Vogue –“Brillante, inteligente y dulce”– o The New Yorker –“Un romance gótico, en cierta manera, sobre una inadaptada y una tienda. Tranquilo, soñador, incluso, con cierto corazón sintético”– son, en realidad, un disfraz publicitario para una novela que describe, sin muchos artificios sentimentales, una renuncia, el abandono de la historia por parte –en este caso– de las mujeres. 

En Amélie, la famosa película del 2001 dirigida por Jean-Pierre Jeunet con Audrey Tautou como la protagonista, la mujer escapa por medio de su imaginación, ya que su condición de bicho raro le impide relacionarse con otras personas. La ensoñación no obstaculiza la empatía con otros bichos raros en el entorno de postal que el director nos ofrece de París. La personalidad “anormal” de Keiko Furukura es una especie de síndrome que, desde pequeña, desconcierta a sus familiares. En contraste con el cuento de hadas del filme francés, la protagonista carece de cualquier empatía y mira el mundo sin atender los sentimientos de los demás. La narración desapasionada, en ocasiones robótica de Murata, parece una suerte de caso clínico relatado en primera persona.

Después de concluir la educación básica, Keiko cursa la universidad e, incapaz de encontrar algo mejor, termina trabajando por horas en una tienda de conveniencia en Tokio. Nunca nos enteramos qué estudió, pues es irrelevante para la historia. A la autora no le interesa explorar los factores que condujeron a su personaje a la modalidad de trabajo más socorrida en el capitalismo del siglo XXI en Japón, país que ha llevado al límite el capitalismo corporativo después de la Segunda Guerra Mundial: la contratación por horas. La flexibilidad laboral es, por supuesto, una nueva forma para maximizar el rendimiento y, también, como se muestra en toda la novela de Murata, una nueva forma de evasión. Cada vez que Keiko enfrenta una disyuntiva –aislada casi por completo de su entorno familiar y amistades que desean a toda costa que se case y tenga una familia– se presenta en la tienda para trabajar horas extra. Ese lugar es su refugio que necesita ser controlado minuciosamente en una coreografía que nunca termina. 

La dependienta

Las reseñas que se han escrito sobre La dependienta abordan dos aspectos importantes: la crítica a las exigentes normas sociales que tienen que cumplir las mujeres y el culto al trabajo en Japón. Sin embargo, creo que se necesitan enmarcar estos dos aspectos en un contexto más amplio. La narración de Murata no pretende mostrar el papel de la mujer japonesa en el siglo XXI para llevar el conflicto al lector. La novela parece fascinada con la empleada que nos describe en primera persona y en presente el funcionamiento de la tienda: las ofertas, la llegada de los productos, las estrategias para atraer a los clientes, la colocación de los productos y, sobre todo, el konbini como un espacio atemporal en el que sólo se realizan una serie de transacciones homogéneas y casi infinitas. Si en los tiempos actuales la automatización se vende como la amenaza más cercana para el mercado laboral, Keiko parece reafirmar la capacidad del ser humano –alienación– para competir y superar a una máquina. No deja de ser curioso que la autora del libro haya trabajado por temporadas en una tienda de conveniencia.

La dependienta toma un rumbo más extraño, por no decir cruel, cuando un hombre llamado Shiraha entra en el circuito de empleo temporal –en el que Keiko lleva muchos años– de la tienda de conveniencia. Misógino, obsesionado por el sexo e inseguro, llega a un acuerdo con Keiko para que lo deje quedarse en su diminuto departamento. Él se esconderá de su familia, pues le debe dinero; ella lo usará como una suerte de pareja falsa para evitar la presión que obliga a las mujeres a casarse. El contraste entre una adicta al trabajo y un holgazán que busca aprovecharse de los demás no es narrado –como suele suceder en algunas comedias románticas– desde una mirada empática. Los dos personajes continúan su deshumanización. Keiko lo alimenta como si fuera una mascota en un intento por continuar su vida cotidiana con su vida “sentimental” resuelta. Después de una renuncia temporal a la tienda, la mujer sabe que no puede traicionarse y le dice a su compañero: “Antes que humana, soy dependienta. Aunque como humana sea defectuosa, aunque pueda morir si no tengo dinero para comer, no puedo evitarlo: todas las células de mi cuerpo existen para la tienda”. 

Japón experimenta de manera aguda el descenso en la natalidad. El fenómeno, según las mediciones recientes, ya es global. Una lectura de este cambio demográfico involucra la emancipación de la mujer gracias a la educación y a su integración en el mercado laboral. Sin embargo, los expertos proponen una causa multifactorial que incluye, por ejemplo, pérdida de fertilidad por contaminación ambiental y comida industrializada. Hay otra idea importante mostrada en novelas como La dependienta que podríamos calificar como distópicas: la renuncia a participar en una sociedad que se percibe como disfuncional e, incluso, agresiva. Despolitizados y absorbidos por una coreografía laboral que vacía sus mentes, los dependientes de estos años –en una economía global volcada a los bienes y servicios– se concentran en el día a día y perciben su humanidad como una máquina cuyo funcionamiento depende de una tienda de conveniencia, una oficina, detrás de una computadora o cualquier otro trabajo de estos tiempos. 

Sayaka Murata, La dependienta, traducción del japonés de Marina Bornas, décimosegunda edición, Duomo, Barcelona, 2025.

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miércoles, 7 de octubre de 2026

El Vivo

Periodista, guionista de cine y televisión y escritora, Anna Starobinets nació en Moscú en 1978. Autora lo mismo de obras distópicas y metafísicas que de libros infantiles, se la ha llamado la “reina del terror ruso”. Impedimenta ha publicado en español la colección de relatos La glándula de Ícaro (2013), el relato autobiográfico Tienes que mirar (2017) y la novela El Vado de los Zorros (2022). 

La escritora rusa, que reside en Barcelona, visitará por primera vez México para presentarse en la Feria Internacional del Libro de Monterrey el domingo 11 de octubre. Impedimenta comparte con nuestros lectores un fragmento de El Vivo (2011), “fábula oscura sobre el control, la memoria y los límites de la condición humana” que la editorial española incorporará en breve a su catálogo. La novela, inscrita en la ciencia ficción más inventiva, circulará en México en 2027.

Anna Starobinets

La escritora rusa Anna Starobinets. Cortesía de Impedimenta

HANNA

 

Documento no. 1 (nota personal del arrendatario)

 

Septiembre del año 439 d.V.

Primer día de la luna menguante

 

Al principio, el médico que me hizo el análisis no se preocupó mucho. Solo dijo que la conexión estaba fallando y que había que repetirlo todo, disculpe por hacerla esperar. Se quedó inmóvil, sin parpadear, y me miró sin verme, como traspasándome. Las pupilas se le encogían y se le dilataban a un ritmo espasmódico, anárquico. Después el ritmo se le estabilizó y cerró los ojos, no sé por qué. Como si no pudiera controlar tres capas. Pero eso no les pasa a los médicos… Eso quería decir que se estaba sumergiendo a más profundidad, ¿para qué? La consulta apestaba a sudor, y contuve la respiración. Vi que los párpados, la frente y las aletas de la nariz le brillaban, húmedos, y pensé: “A este médico le pasa algo, es él quien falla, la conexión va perfectamente…”.

Cuando volvió a abrir los ojos, su expresión era la misma que si hubiera visto el coden del Hijo del Carnicero, o ya no el coden, sino al Hijo en persona, con la sonrisa cansada de un buen trabajador y el hacha ensangrentada y maloliente, como en la serie El asesino eterno.

–Tengo que repetir el procedimiento –dijo, y vi que le temblaban las manos.

–¿Por tercera vez?

No contestó. Se limitó a desconectarme un sensor del vientre y a ponerme otro idéntico.

Estuvimos un minuto en silencio; yo en aquel sillón enorme y frío, y él enfrente de mí. Pensé: si dentro de mí hay alguien de la Lista Negra, algún maniaco como el Hijo del Carnicero o el Aojado, ni siquiera lo veré, no lo veré ni una sola vez, lo meterán en una cámara de aislamiento de una casa de corrección, le darán de comer tres veces al día y no le dirán ni una sola palabra, se morirá sin que nadie le haya dicho jamás ni una sola palabra, y nunca entenderá nada de lo que pasa. Pensé en lo hipócrita que es llamar casas de corrección a esos sitios. Allí nadie intenta corregir a nadie. Los tienen allí y punto. Con la tripa llena y calladitos…

El sensor emitió un pitido y el médico volvió a comprobar el resultado, que tenía pinta de ser el mismo que antes.

–¿Hay algún problema? –pregunté.

No respondió.

–¿Le pasa algo al bebé?

El médico se levantó y se puso a caminar por la consulta.

Estuvimos un minuto en silencio; yo en aquel sillón enorme y frío, y él enfrente de mí. Pensé: si dentro de mí hay alguien de la Lista Negra, algún maniaco como el Hijo del Carnicero o el Aojado, ni siquiera lo veré, no lo veré ni una sola vez, lo meterán en una cámara de aislamiento de una casa de corrección…

–El padre… –La voz le temblaba como una lata de cerveza que rueda por el asfalto–. ¿Lo conoce?

–No. Es un bebé del festival.

–Vístase. –Me miró sin verme–. Espere fuera, en el pasillo. He llamado a un colaborador del SPO.

–¿No es normal?

–¿Disculpe?

–El bebé. Mi Querido. ¿Mi Querido está en la Lista Negra?

–Ah… No… –Por fin me miró, pero de forma un poco extraña, como si estuviera lejos, como si mirara por unos prismáticos, como si me adivinara en el horizonte, como si yo estuviera en socinet y no allí delante de él–. No. Su Querido no está en la Lista Negra.

–Entonces, ¿por qué ha llamado a un colaborador? ¿Qué he hecho? ¿Qué infracción he cometido?

–Eso no entra en mis competencias –dijo con aire distraído, y dejó de prestarme atención. Estaba claramente ocupado con otra conversación en una capa más profunda.

El colaborador no se dio mucha prisa. Apareció al cabo de cuarenta minutos, y yo pasé aquellos cuarenta minutos en el pasillo mirando cómo entraban por las puertas de las consultas las mujeres tensas, nerviosas, casi siempre con miedo ante la inminente revelación, intentando prepararse para lo peor, pero aferrándose con terquedad a lo mejor. Esperanza. Literalmente irradiaban esperanza. Ondas tóxicas de esperanza inundaban el pasillo. Ojalá salga todo bien. Ojalá no sea ahora. Ojalá no tenga nada dentro.

Salían transformadas de las consultas. Las que no tenían nada dentro, con el andar suave y vivo de las bailarinas, como si se hubieran vuelto más esbeltas, más ligeras a causa de las volutas de vacuidad que emanaban. Las otras caminaban con pesadez, como si hubieran engordado de golpe, con la mirada vuelta hacia su interior, ay, aquella consabida mirada sumisa que evaluaba, intentaba esclarecer, comprender aquella cosa innecesaria que les crecía dentro.

Sumisión, responsabilidad, deber: eso les dirán los psicoterapeutas al día siguiente. Sumisión ante la Naturaleza. Responsabilidad hacia el Querido. Deber para con el Vivo. Sí, es duro. Estos tres componentes de la armonía le causan a usted malestar. Pero encontrará el consuelo en los otros tres: placer, estabilidad e inmortalidad. Y ahora vamos a ponernos todas en círculo, darnos las manos (quien quiera puede ponerse guantes de contacto, están esterilizados) y repetir a coro: “La armonía del Vivo se compone de seis elementos: sumisión, deber, responsabilidad, placer, estabilidad e inmortalidad”. Y ahora vamos a decir todas juntas: “La armonía del Vivo depende de mí personalmente”.

Mi psicoterapeuta cree que el contacto físico y la repetición a coro son la mejor preparación. Dolorosa, pero útil. Dice que el corro y recitar a coro son una especie de modelo. En un corro se entiende mucho mejor que en socinet que uno es parte del Vivo… En un corro te sientes más protegida. En un corro ni siquiera temes los Cinco Segundos de Oscuridad.

Sumisión, responsabilidad, deber: eso les dirán los psicoterapeutas al día siguiente. Sumisión ante la Naturaleza. Responsabilidad hacia el Querido. Deber para con el Vivo. Sí, es duro. Estos tres componentes de la armonía le causan a usted malestar.

–¡No hay muerte! –El planetario se desplomó con pesadez en el sillón vacío que había a mi lado y dejó el maletín negro y cuadrado en el suelo, a sus pies. La máscara de espejo que le cubría la cara estaba un poco sucia, con churretones–. Qué calor hace hoy…

–¿Qué infracción he cometido?

–Ninguna.

–Entonces, ¿por qué me quiere interrogar?

–Es mi trabajo. –El planetario me observó con atención y, por lo poco que podía deducirse de la expresión de la máscara, con asco–. Por favor, póngasela. –Y me alargó una máscara de espejo que tampoco estaba muy limpia.

–¿Es obligatorio usar el parlanchín?

–El dispositivo de gestión de conversaciones es obligatorio. —Impaciente, sacudió la máscara que me tendía–. Póngasela. La cara interna está esterilizada. Así, muy bien; gracias, Hanna… Solo es una conversación. No es en absoluto un interrogatorio…

La máscara estaba fría. Fría y pegajosa, como el tacto de una bestia de las profundidades marinas.

–Voy a conectar su máscara al dispositivo de gestión de conversaciones… Así… Y la mía también… Así. Es sólo para que la conversación quede grabada, nada más.

Bajo la máscara, su voz se volvió detestable de repente, se convirtió en una especie de zumbido monótono.

–Cuando termine la conversación, recibirá una copia en taquigrafía. El gestor de conversaciones no puede hacerle daño ni a usted ni al…, eh…, ni al feto; está hecho con material altamente ecológico…

–¿Qué infracción he cometido? –Mi voz también zumbó como un timbre eléctrico estropeado.

–Ninguna.

–No entiendo qué está pasando.

–Yo tampoco. –Sonrió con su boca de espejo–. Yo tampoco lo entiendo. Y por eso necesito que me explique todo lo relacionado con su…, eh…, feto, con el máximo detalle posible.

–Es un bebé de festival.

–Le he dicho en detalle…

 

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Abriendo el documento no. 3…

Anna Starobinets

Documento no. 3 (transcripción taquigráfica de la conversación entre el arrendatario y un colaborador del SPO con fecha del 10-09-439 d. V.)

 

Colaborador del SPO: Necesito que me explique todo lo relacionado con el feto, con el máximo detalle posible.

Interlocutora 3678: Es un bebé de festival.

Colaborador del SPO: Le he dicho en detalle.

Interlocutora 3678: Hoy, primer día de la luna menguante, he venido al Centro Médico no. 1015, tal como exige la Ley de Control Mensual de la Población. Los médicos me han dicho que estoy embarazada…

Colaborador del SPO: ¿Suele venir al centro con regularidad?

Interlocutora 3678: Sí, claro. Vengo todos los meses.

Colaborador del SPO: ¿Los médicos del centro le habían diagnosticado un embarazo en alguna otra ocasión?

Interlocutora 3678: No. Es la primera vez.

Colaborador del SPO: ¿Había tenido relaciones sexuales antes?

Interlocutora 3678: Sí.

Colaborador del SPO: ¿Ha tenido alguna vez problemas de fertilidad?

Interlocutora 3678: No.

Colaborador del SPO: Entonces, ¿cómo es la primera vez que se queda embarazada?

Interlocutora 3678: Tomaba precauciones.

Colaborador del SPO: Eso está prohibido.

Interlocutora 3678: Tengo permiso.

La interlocutora 3678 rebusca en el bolso. El sensor registra una subida de temperatura corporal de 0.3 grados, un incremento del pulso a 130 pulsaciones por minuto y un tamaño de las pupilas de 6.3 milímetros, 2.8 milímetros más que lo que correspondería con el fondo lumínico existente.

La interlocutora 3678 rebusca en el bolso. El sensor registra una subida de temperatura corporal de 0.3 grados, un incremento del pulso a 130 pulsaciones por minuto y un tamaño de las pupilas de 6.3 milímetros, 2.8 milímetros más que lo que correspondería con el fondo lumínico existente.

Interlocutora 3678: Tenga.

La interlocutora 3678 le muestra un documento al colaborador del SPO: un permiso para utilizar anticonceptivos concedido a raíz de una valoración médica de un trastorno mental leve.

Colaborador del SPO: Deme más detalles del festival.

Interlocutora 3678: El bebé se concibió en el Festival de Ayuda a la Naturaleza del distrito que tuvo lugar la pasada luna nueva, en el marco del programa de control de población, tal como exige la Ley de Planificación…

Colaborador del SPO: ¿Puede identificar al padre?

Interlocutora 3678: ¿Está de broma?

Colaborador del SPO: Cumplo con mi deber.

Interlocutora 3678: ¿Cómo quiere que sepa quién es el padre? Ya se lo he dicho: el bebé fue concebido en el festival. ¿Cómo voy a saber quién de todos…?

Colaborador del SPO: ¿Con cuántos hombres estuvo en el festival?

Interlocutora 3678: Con cinco…, siete… Yo qué sé.

Colaborador del SPO: Según nuestros datos, en el pasado Festival de Ayuda a la Naturaleza acudieron mil trescientos cincuenta y dos hombres a la zona de Reproducción. Se los traeremos a todos para un careo. ¿Cree que podría identificar a sus parejas?

Interlocutora 3678: No lo sé. No estoy segura… No estoy obligada a hacer tal cosa. Que yo sepa, nadie ha abolido todavía la Ley de Privacidad de las Relaciones Sexuales.

Colaborador del SPO: Naturalmente, no está obligada. Tan solo se trata de una petición. Una petición por parte del Servicio Planetario del Orden.

Interlocutora 3678: Accederé a su petición si me explica qué está pasando.

Colaborador del SPO: Muy bien, lo intentaré. En el Festival de Ayuda a la Naturaleza en el que participó usted se interrumpió temporalmente la existencia de seiscientos diez individuos en la zona de la Pausa. Al mismo tiempo, en la zona de Reproducción se concibieron seiscientos once individuos. De estos, seiscientos diez son la encarnación directa de los que se quedaron en la zona de la Pausa. El coden coincide en todos los casos. Pero hay un bebé del festival, el suyo…

Interlocutora 3678: ¿Y por eso me ha asustado tanto? ¡Llap!1 ¡Vaya ridiculez! Está demostrado que los pausantes se reproducen en los niños de los festivales de manera estable solo en el noventa y cinco por ciento de los casos, y en el cinco por ciento restante, el coden puede ser de cualquiera. ¿Y me ha hecho ponerme esta cosa solo para decirme que el coden de mi Querido no coincide con el de ninguno de los pausantes? ¿Y qué? Me da absolutamente igual de quién sea el coden del niño, pocoe.2  Lo importante es que no sea un criminal… Porque no es un criminal, ¿verdad?

Colaborador del SPO: No lo sé.

Interlocutora 3678: Pues yo sí. El doctor me ha dicho que mi Querido no está en la Lista Negra.

Colaborador del SPO: Es cierto. El coden de su feto no figura en la Lista Negra.

Interlocutora 3678: Entonces, ¿dónde está el problema?

Colaborador del SPO: El problema es que el coden de su feto… El coden de su Querido no figura en ningún sitio.

Interlocutora 3678: No entiendo. ¿Qué está diciendo?

Colaborador del SPO: Lo que le digo. En la base mundial de datos no hay ningún código encarnacional que coincida con el de su Querido. Ninguno de los tres mil millones. Es decir, su futuro bebé no tiene coden. En lugar de un código encarnacional, los dos aparatos con los que se le ha realizado el diagnóstico intrauterino han dado el mismo resultado: “nulo”.

Interlocutora 3678: ¿Nulo?

Colaborador del SPO: Nulo. Cero. No tiene historen. Su Querido no ha vivido antes.

Interlocutora 3678: Pero… entonces…, ¿cómo puede…? ¿En lugar de quién existe? ¿Me está diciendo que hay alguien que ha dejado de vivir temporalmente y no se ha reproducido? ¿Ha desaparecido? ¿Es eso?

Colaborador del SPO: No, no. No ha desaparecido nadie. Hay uno nuevo.

Interlocutora 3678: ¡Eso es imposible! Usted es un colaborador del Servicio Planetario, ¿no le da vergüenza? ¿Qué le pasa? ¿Es de alguna secta? ¿Qué herejía es esta? Así está escrito: “El número del Vivo es invariable, el Vivo son tres mil millones de vivos, y ni uno mengua de Él, ni uno se añade a Él, pues en el renacimiento eterno está encerrado…”.

Colaborador del SPO: No se moleste, yo también he leído el Libro de la Vida y me sé de memoria los pasajes clave. Pero los hechos son los hechos. La composición cuantitativa del Vivo se ha alterado, y ahora es de tres mil millones uno. Y este uno es su Querido, con su coden nulo. Creo que no llega a imaginarse lo grave que es esto. Nadie se lo imagina aún.

Interlocutora 3678: Mi Querido… ¿Mi Querido puede suponer un peligro para la armonía del Vivo?

Colaborador del SPO: Es posible.

Interlocutora 3678: ¿Lo van a meter en una casa de corrección? ¿Por qué niega con la cabeza? ¿No van a permitir que nazca? ¿Tendré que abortar?

Colaborador del SPO: Estas cuestiones no las decido yo. En el transcurso de los próximos siete días, la esfera más alta estudiará la “cuestión Cero”. Mientras tanto, usted permanecerá en el hospital bajo supervisión médica. No tiene permiso para abandonar su habitación hasta que el Consejo de los Ocho se pronuncie. Mañana le enviarán para el careo a los trescientos primeros hombres que participaron en el festival. ¿Ha quedado todo claro?

Interlocutora 3678: Sí.

Colaborador del SPO: Me gustaría hacerle una última pregunta. Si tenía la posibilidad de utilizar anticonceptivos, ¿por qué no tomó precauciones en el festival?

Interlocutora 3678: Porque quería concebir un niño.

Colaborador del SPO: ¿A qué se refiere?

Interlocutora 3678: Pues a eso. Quiero tener un niño.

Colaborador del SPO: Explíquese.

Interlocutora 3678: El informe médico me permite tomar precauciones, pero no me exime del deber supremo para con el Vivo. He cumplido con mi deber. ¿Hay algo que no le parezca bien?

Colaborador del SPO: Para nada. Su actitud es digna del máximo respeto… Gracias por la conversación.

(Fin del taquigrafiado)

 

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cerbero: ¿una cervecita?

¡Atención! Debe consultar otro documento o finalizar su actividad en la celda.

 

–Venga, ya está, Ef, déjalo ya. Vamos a tomarnos una cerveza. En este banco de mierda hace más calor que en el culo del Vivo. ¡Y esta máscara de mierda se me va a derretir encima si no me bebo algo fresquito ahora mismo!

 

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–Vale, como quieras. –Ef le dio sin ganas a finalizar con la mano vendada–. Vamos a por una cerveza.

 

Traducción del ruso revisada a cargo de Raquel Marqués García

  1. Abreviación popular de los chats de socinet: “Lloro antes de la pausa”. Se incorporó al léxico de la primera capa a principios del siglo II d.V.
  2. Abreviación popular de los chats de socinet: “Por el coden eterno”. Se incorporó al léxico de la primera capa a principios del siglo III d.V.

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El Vivo

Periodista, guionista de cine y televisión y escritora, Anna Starobinets nació en Moscú en 1978. Autora lo mismo de obras distópicas y metafísicas que de libros infantiles, se la ha llamado la “reina del terror ruso”. Impedimenta ha publicado en español la colección de relatos La glándula de Ícaro (2013), el relato autobiográfico Tienes que mirar (2017) y la novela El Vado de los Zorros (2022). 

La escritora rusa, que reside en Barcelona, visitará por primera vez México para presentarse en la Feria Internacional del Libro de Monterrey el domingo 11 de octubre. Impedimenta comparte con nuestros lectores un fragmento de El Vivo (2011), “fábula oscura sobre el control, la memoria y los límites de la condición humana” que la editorial española incorporará en breve a su catálogo. La novela, inscrita en la ciencia ficción más inventiva, circulará en México en 2027.

Anna Starobinets

La escritora rusa Anna Starobinets. Cortesía de Impedimenta

HANNA

 

Documento no. 1 (nota personal del arrendatario)

 

Septiembre del año 439 d.V.

Primer día de la luna menguante

 

Al principio, el médico que me hizo el análisis no se preocupó mucho. Solo dijo que la conexión estaba fallando y que había que repetirlo todo, disculpe por hacerla esperar. Se quedó inmóvil, sin parpadear, y me miró sin verme, como traspasándome. Las pupilas se le encogían y se le dilataban a un ritmo espasmódico, anárquico. Después el ritmo se le estabilizó y cerró los ojos, no sé por qué. Como si no pudiera controlar tres capas. Pero eso no les pasa a los médicos… Eso quería decir que se estaba sumergiendo a más profundidad, ¿para qué? La consulta apestaba a sudor, y contuve la respiración. Vi que los párpados, la frente y las aletas de la nariz le brillaban, húmedos, y pensé: “A este médico le pasa algo, es él quien falla, la conexión va perfectamente…”.

Cuando volvió a abrir los ojos, su expresión era la misma que si hubiera visto el coden del Hijo del Carnicero, o ya no el coden, sino al Hijo en persona, con la sonrisa cansada de un buen trabajador y el hacha ensangrentada y maloliente, como en la serie El asesino eterno.

–Tengo que repetir el procedimiento –dijo, y vi que le temblaban las manos.

–¿Por tercera vez?

No contestó. Se limitó a desconectarme un sensor del vientre y a ponerme otro idéntico.

Estuvimos un minuto en silencio; yo en aquel sillón enorme y frío, y él enfrente de mí. Pensé: si dentro de mí hay alguien de la Lista Negra, algún maniaco como el Hijo del Carnicero o el Aojado, ni siquiera lo veré, no lo veré ni una sola vez, lo meterán en una cámara de aislamiento de una casa de corrección, le darán de comer tres veces al día y no le dirán ni una sola palabra, se morirá sin que nadie le haya dicho jamás ni una sola palabra, y nunca entenderá nada de lo que pasa. Pensé en lo hipócrita que es llamar casas de corrección a esos sitios. Allí nadie intenta corregir a nadie. Los tienen allí y punto. Con la tripa llena y calladitos…

El sensor emitió un pitido y el médico volvió a comprobar el resultado, que tenía pinta de ser el mismo que antes.

–¿Hay algún problema? –pregunté.

No respondió.

–¿Le pasa algo al bebé?

El médico se levantó y se puso a caminar por la consulta.

Estuvimos un minuto en silencio; yo en aquel sillón enorme y frío, y él enfrente de mí. Pensé: si dentro de mí hay alguien de la Lista Negra, algún maniaco como el Hijo del Carnicero o el Aojado, ni siquiera lo veré, no lo veré ni una sola vez, lo meterán en una cámara de aislamiento de una casa de corrección…

–El padre… –La voz le temblaba como una lata de cerveza que rueda por el asfalto–. ¿Lo conoce?

–No. Es un bebé del festival.

–Vístase. –Me miró sin verme–. Espere fuera, en el pasillo. He llamado a un colaborador del SPO.

–¿No es normal?

–¿Disculpe?

–El bebé. Mi Querido. ¿Mi Querido está en la Lista Negra?

–Ah… No… –Por fin me miró, pero de forma un poco extraña, como si estuviera lejos, como si mirara por unos prismáticos, como si me adivinara en el horizonte, como si yo estuviera en socinet y no allí delante de él–. No. Su Querido no está en la Lista Negra.

–Entonces, ¿por qué ha llamado a un colaborador? ¿Qué he hecho? ¿Qué infracción he cometido?

–Eso no entra en mis competencias –dijo con aire distraído, y dejó de prestarme atención. Estaba claramente ocupado con otra conversación en una capa más profunda.

El colaborador no se dio mucha prisa. Apareció al cabo de cuarenta minutos, y yo pasé aquellos cuarenta minutos en el pasillo mirando cómo entraban por las puertas de las consultas las mujeres tensas, nerviosas, casi siempre con miedo ante la inminente revelación, intentando prepararse para lo peor, pero aferrándose con terquedad a lo mejor. Esperanza. Literalmente irradiaban esperanza. Ondas tóxicas de esperanza inundaban el pasillo. Ojalá salga todo bien. Ojalá no sea ahora. Ojalá no tenga nada dentro.

Salían transformadas de las consultas. Las que no tenían nada dentro, con el andar suave y vivo de las bailarinas, como si se hubieran vuelto más esbeltas, más ligeras a causa de las volutas de vacuidad que emanaban. Las otras caminaban con pesadez, como si hubieran engordado de golpe, con la mirada vuelta hacia su interior, ay, aquella consabida mirada sumisa que evaluaba, intentaba esclarecer, comprender aquella cosa innecesaria que les crecía dentro.

Sumisión, responsabilidad, deber: eso les dirán los psicoterapeutas al día siguiente. Sumisión ante la Naturaleza. Responsabilidad hacia el Querido. Deber para con el Vivo. Sí, es duro. Estos tres componentes de la armonía le causan a usted malestar. Pero encontrará el consuelo en los otros tres: placer, estabilidad e inmortalidad. Y ahora vamos a ponernos todas en círculo, darnos las manos (quien quiera puede ponerse guantes de contacto, están esterilizados) y repetir a coro: “La armonía del Vivo se compone de seis elementos: sumisión, deber, responsabilidad, placer, estabilidad e inmortalidad”. Y ahora vamos a decir todas juntas: “La armonía del Vivo depende de mí personalmente”.

Mi psicoterapeuta cree que el contacto físico y la repetición a coro son la mejor preparación. Dolorosa, pero útil. Dice que el corro y recitar a coro son una especie de modelo. En un corro se entiende mucho mejor que en socinet que uno es parte del Vivo… En un corro te sientes más protegida. En un corro ni siquiera temes los Cinco Segundos de Oscuridad.

Sumisión, responsabilidad, deber: eso les dirán los psicoterapeutas al día siguiente. Sumisión ante la Naturaleza. Responsabilidad hacia el Querido. Deber para con el Vivo. Sí, es duro. Estos tres componentes de la armonía le causan a usted malestar.

–¡No hay muerte! –El planetario se desplomó con pesadez en el sillón vacío que había a mi lado y dejó el maletín negro y cuadrado en el suelo, a sus pies. La máscara de espejo que le cubría la cara estaba un poco sucia, con churretones–. Qué calor hace hoy…

–¿Qué infracción he cometido?

–Ninguna.

–Entonces, ¿por qué me quiere interrogar?

–Es mi trabajo. –El planetario me observó con atención y, por lo poco que podía deducirse de la expresión de la máscara, con asco–. Por favor, póngasela. –Y me alargó una máscara de espejo que tampoco estaba muy limpia.

–¿Es obligatorio usar el parlanchín?

–El dispositivo de gestión de conversaciones es obligatorio. —Impaciente, sacudió la máscara que me tendía–. Póngasela. La cara interna está esterilizada. Así, muy bien; gracias, Hanna… Solo es una conversación. No es en absoluto un interrogatorio…

La máscara estaba fría. Fría y pegajosa, como el tacto de una bestia de las profundidades marinas.

–Voy a conectar su máscara al dispositivo de gestión de conversaciones… Así… Y la mía también… Así. Es sólo para que la conversación quede grabada, nada más.

Bajo la máscara, su voz se volvió detestable de repente, se convirtió en una especie de zumbido monótono.

–Cuando termine la conversación, recibirá una copia en taquigrafía. El gestor de conversaciones no puede hacerle daño ni a usted ni al…, eh…, ni al feto; está hecho con material altamente ecológico…

–¿Qué infracción he cometido? –Mi voz también zumbó como un timbre eléctrico estropeado.

–Ninguna.

–No entiendo qué está pasando.

–Yo tampoco. –Sonrió con su boca de espejo–. Yo tampoco lo entiendo. Y por eso necesito que me explique todo lo relacionado con su…, eh…, feto, con el máximo detalle posible.

–Es un bebé de festival.

–Le he dicho en detalle…

 

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Abriendo el documento no. 3…

Anna Starobinets

Documento no. 3 (transcripción taquigráfica de la conversación entre el arrendatario y un colaborador del SPO con fecha del 10-09-439 d. V.)

 

Colaborador del SPO: Necesito que me explique todo lo relacionado con el feto, con el máximo detalle posible.

Interlocutora 3678: Es un bebé de festival.

Colaborador del SPO: Le he dicho en detalle.

Interlocutora 3678: Hoy, primer día de la luna menguante, he venido al Centro Médico no. 1015, tal como exige la Ley de Control Mensual de la Población. Los médicos me han dicho que estoy embarazada…

Colaborador del SPO: ¿Suele venir al centro con regularidad?

Interlocutora 3678: Sí, claro. Vengo todos los meses.

Colaborador del SPO: ¿Los médicos del centro le habían diagnosticado un embarazo en alguna otra ocasión?

Interlocutora 3678: No. Es la primera vez.

Colaborador del SPO: ¿Había tenido relaciones sexuales antes?

Interlocutora 3678: Sí.

Colaborador del SPO: ¿Ha tenido alguna vez problemas de fertilidad?

Interlocutora 3678: No.

Colaborador del SPO: Entonces, ¿cómo es la primera vez que se queda embarazada?

Interlocutora 3678: Tomaba precauciones.

Colaborador del SPO: Eso está prohibido.

Interlocutora 3678: Tengo permiso.

La interlocutora 3678 rebusca en el bolso. El sensor registra una subida de temperatura corporal de 0.3 grados, un incremento del pulso a 130 pulsaciones por minuto y un tamaño de las pupilas de 6.3 milímetros, 2.8 milímetros más que lo que correspondería con el fondo lumínico existente.

La interlocutora 3678 rebusca en el bolso. El sensor registra una subida de temperatura corporal de 0.3 grados, un incremento del pulso a 130 pulsaciones por minuto y un tamaño de las pupilas de 6.3 milímetros, 2.8 milímetros más que lo que correspondería con el fondo lumínico existente.

Interlocutora 3678: Tenga.

La interlocutora 3678 le muestra un documento al colaborador del SPO: un permiso para utilizar anticonceptivos concedido a raíz de una valoración médica de un trastorno mental leve.

Colaborador del SPO: Deme más detalles del festival.

Interlocutora 3678: El bebé se concibió en el Festival de Ayuda a la Naturaleza del distrito que tuvo lugar la pasada luna nueva, en el marco del programa de control de población, tal como exige la Ley de Planificación…

Colaborador del SPO: ¿Puede identificar al padre?

Interlocutora 3678: ¿Está de broma?

Colaborador del SPO: Cumplo con mi deber.

Interlocutora 3678: ¿Cómo quiere que sepa quién es el padre? Ya se lo he dicho: el bebé fue concebido en el festival. ¿Cómo voy a saber quién de todos…?

Colaborador del SPO: ¿Con cuántos hombres estuvo en el festival?

Interlocutora 3678: Con cinco…, siete… Yo qué sé.

Colaborador del SPO: Según nuestros datos, en el pasado Festival de Ayuda a la Naturaleza acudieron mil trescientos cincuenta y dos hombres a la zona de Reproducción. Se los traeremos a todos para un careo. ¿Cree que podría identificar a sus parejas?

Interlocutora 3678: No lo sé. No estoy segura… No estoy obligada a hacer tal cosa. Que yo sepa, nadie ha abolido todavía la Ley de Privacidad de las Relaciones Sexuales.

Colaborador del SPO: Naturalmente, no está obligada. Tan solo se trata de una petición. Una petición por parte del Servicio Planetario del Orden.

Interlocutora 3678: Accederé a su petición si me explica qué está pasando.

Colaborador del SPO: Muy bien, lo intentaré. En el Festival de Ayuda a la Naturaleza en el que participó usted se interrumpió temporalmente la existencia de seiscientos diez individuos en la zona de la Pausa. Al mismo tiempo, en la zona de Reproducción se concibieron seiscientos once individuos. De estos, seiscientos diez son la encarnación directa de los que se quedaron en la zona de la Pausa. El coden coincide en todos los casos. Pero hay un bebé del festival, el suyo…

Interlocutora 3678: ¿Y por eso me ha asustado tanto? ¡Llap!1 ¡Vaya ridiculez! Está demostrado que los pausantes se reproducen en los niños de los festivales de manera estable solo en el noventa y cinco por ciento de los casos, y en el cinco por ciento restante, el coden puede ser de cualquiera. ¿Y me ha hecho ponerme esta cosa solo para decirme que el coden de mi Querido no coincide con el de ninguno de los pausantes? ¿Y qué? Me da absolutamente igual de quién sea el coden del niño, pocoe.2  Lo importante es que no sea un criminal… Porque no es un criminal, ¿verdad?

Colaborador del SPO: No lo sé.

Interlocutora 3678: Pues yo sí. El doctor me ha dicho que mi Querido no está en la Lista Negra.

Colaborador del SPO: Es cierto. El coden de su feto no figura en la Lista Negra.

Interlocutora 3678: Entonces, ¿dónde está el problema?

Colaborador del SPO: El problema es que el coden de su feto… El coden de su Querido no figura en ningún sitio.

Interlocutora 3678: No entiendo. ¿Qué está diciendo?

Colaborador del SPO: Lo que le digo. En la base mundial de datos no hay ningún código encarnacional que coincida con el de su Querido. Ninguno de los tres mil millones. Es decir, su futuro bebé no tiene coden. En lugar de un código encarnacional, los dos aparatos con los que se le ha realizado el diagnóstico intrauterino han dado el mismo resultado: “nulo”.

Interlocutora 3678: ¿Nulo?

Colaborador del SPO: Nulo. Cero. No tiene historen. Su Querido no ha vivido antes.

Interlocutora 3678: Pero… entonces…, ¿cómo puede…? ¿En lugar de quién existe? ¿Me está diciendo que hay alguien que ha dejado de vivir temporalmente y no se ha reproducido? ¿Ha desaparecido? ¿Es eso?

Colaborador del SPO: No, no. No ha desaparecido nadie. Hay uno nuevo.

Interlocutora 3678: ¡Eso es imposible! Usted es un colaborador del Servicio Planetario, ¿no le da vergüenza? ¿Qué le pasa? ¿Es de alguna secta? ¿Qué herejía es esta? Así está escrito: “El número del Vivo es invariable, el Vivo son tres mil millones de vivos, y ni uno mengua de Él, ni uno se añade a Él, pues en el renacimiento eterno está encerrado…”.

Colaborador del SPO: No se moleste, yo también he leído el Libro de la Vida y me sé de memoria los pasajes clave. Pero los hechos son los hechos. La composición cuantitativa del Vivo se ha alterado, y ahora es de tres mil millones uno. Y este uno es su Querido, con su coden nulo. Creo que no llega a imaginarse lo grave que es esto. Nadie se lo imagina aún.

Interlocutora 3678: Mi Querido… ¿Mi Querido puede suponer un peligro para la armonía del Vivo?

Colaborador del SPO: Es posible.

Interlocutora 3678: ¿Lo van a meter en una casa de corrección? ¿Por qué niega con la cabeza? ¿No van a permitir que nazca? ¿Tendré que abortar?

Colaborador del SPO: Estas cuestiones no las decido yo. En el transcurso de los próximos siete días, la esfera más alta estudiará la “cuestión Cero”. Mientras tanto, usted permanecerá en el hospital bajo supervisión médica. No tiene permiso para abandonar su habitación hasta que el Consejo de los Ocho se pronuncie. Mañana le enviarán para el careo a los trescientos primeros hombres que participaron en el festival. ¿Ha quedado todo claro?

Interlocutora 3678: Sí.

Colaborador del SPO: Me gustaría hacerle una última pregunta. Si tenía la posibilidad de utilizar anticonceptivos, ¿por qué no tomó precauciones en el festival?

Interlocutora 3678: Porque quería concebir un niño.

Colaborador del SPO: ¿A qué se refiere?

Interlocutora 3678: Pues a eso. Quiero tener un niño.

Colaborador del SPO: Explíquese.

Interlocutora 3678: El informe médico me permite tomar precauciones, pero no me exime del deber supremo para con el Vivo. He cumplido con mi deber. ¿Hay algo que no le parezca bien?

Colaborador del SPO: Para nada. Su actitud es digna del máximo respeto… Gracias por la conversación.

(Fin del taquigrafiado)

 

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cerbero: ¿una cervecita?

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–Venga, ya está, Ef, déjalo ya. Vamos a tomarnos una cerveza. En este banco de mierda hace más calor que en el culo del Vivo. ¡Y esta máscara de mierda se me va a derretir encima si no me bebo algo fresquito ahora mismo!

 

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–Vale, como quieras. –Ef le dio sin ganas a finalizar con la mano vendada–. Vamos a por una cerveza.

 

Traducción del ruso revisada a cargo de Raquel Marqués García

  1. Abreviación popular de los chats de socinet: “Lloro antes de la pausa”. Se incorporó al léxico de la primera capa a principios del siglo II d.V.
  2. Abreviación popular de los chats de socinet: “Por el coden eterno”. Se incorporó al léxico de la primera capa a principios del siglo III d.V.

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Zombis para estos tiempos

Tengo sueños frenéticos, de forma recurrente. En ellos hay una atmósfera de urgencia. Se suceden persecuciones en túneles o ciudades desiertas, entre montes de desperdicios o en carreteras. Los escenarios cambian, los personajes cambian, pero un patrón persiste: el perseguidor es una masa de no-personas. Corro. Escapo. Adrenalina en mi cuerpo. La mayoría de las veces el impulso de no ser descuartizado por la multitud me hace entrar en contacto con mi intuición, aparece una especie de claridad. A veces salgo triunfador de manera heroica, otras veces soy devorado. Sé que no soy el único que tiene sueños de este tipo.

Podríamos decir, por un lado, que el inconsciente ha sido infiltrado por el imaginario hollywoodense del apocalipsis zombi. Pero puede leerse también como manifestación de angustia colectiva, una metáfora descarnada y sórdida de la competencia laboral en el mundo del capitalismo crudo, donde cada uno, cada día, lucha a su manera para no ser devorado. De forma opuesta, es posible encontrar una especie de repulsión a lo colectivo, una afirmación de la individualidad.

David McNally ha estudiado la figura del zombi como una expresión de las ansiedades producidas por el capitalismo. En Monstruos del mercado (2011) relaciona las figuras del monstruo, el cuerpo y el mercado, y dedica buena parte de su análisis al zombi como metáfora de una sociedad en la que la supervivencia depende de vender nuestra fuerza de trabajo. Después de todo, el género de terror siempre ha sido eso: una proyección de los miedos que anidan en la sociedad. (En años recientes el género ha abrazado esa premisa al pie de la letra y, como resultado, la literalidad se ha vuelto norma.)

Existen diversas variantes del concepto de zombi, pero algo esencial lo define: alguna vez fue humano y dejó de serlo. Su único propósito es perseguir a quienes todavía lo son y arrastrarlos a su condición. Es interesante pensar que en los últimos años las películas de zombis han pasado del concepto del no-muerto al del infectado. El zombi dejó de ser algo que ya no está y que vuelve, es una transformación en vida. Su versión clásica era una anomalía: un muerto que volvía a caminar. El infectado, en cambio, no necesita morir para convertirse en una amenaza. La frontera ya no está entre vivos y muertos, sino entre nosotros y ellos… Una lógica que nos remite a la pandemia que recientemente impactó a la humanidad.

 

Zombis, cámara, ¡acción!

Shin’ichirō Ueda

Japón, 2017

Zombi

Fotograma de Zombis, cámara, ¡acción! (2017), de Shin’ichirō Ueda

El primer puesto de este listado no es, estrictamente, una película de zombis. Es más bien una especie de carta de amor a la producción de bajo presupuesto, que toma como excusa el subgénero. Zombis, cámara, ¡acción! recaudó más de mil veces lo que costó, y no es de extrañar: a través de un sentido del humor perspicaz, personajes entrañables y una idea magistralmente ejecutada, Shin’ichirō Ueda construye una cinta que es al mismo tiempo comedia, terror y homenaje a la imperfección, la improvisación y el trabajo en equipo.

Al principio es una película de zombis filmada en un plano secuencia (un tanto torpe), pero poco a poco se convierte en algo más. Ueda encuentra una manera fascinante de lograr que lo que vemos adquiera nuevos significados; así transforma nuestra relación con la película. Su brillantez radica en saber exactamente cuándo y cómo revelar su idea cinematográfica, pues entiende algo fundamental: el cine también consiste en asombrar al espectador, atraparlo, hacerlo participar del artificio y, cuando menos lo espera, hacerle mirar de nuevo lo que acaba de ver.

 

Exterminio: La evolución

Danny Boyle

Reino Unido – Estados Unidos, 2025

Zombis

Fotograma de Exterminio: La evolución (2025), de Danny Boyle

Exterminio (2002), la primera entrega de la saga, fue una de las películas decisivas para consolidar el giro del cine zombi hacia la figura del infectado. Veintitrés años después, como predecible gesto de retromanía hollywoodense, la franquicia alcanzó su tercera escala. Hay, sin embargo, una sensación de frescura. Danny Boyle filma un producto industrial con gran inteligencia. Entiende que, para el cine, el universo, los personajes y la trama son accesorios de una idea. Y, si bien están fina y sólidamente desarrollados, el valor de Exterminio: La evolución reside en su lenguaje cinematográfico.

La película es plástica, cambia de forma constantemente. Parte de una imagen digital casi documental en la que irrumpen otros registros. Incluso hay recursos de montaje no diegético que ensanchan los alcances del filme y establecen conexiones entre la historia y el presente. Hay algo profundamente contemporáneo en esta manera de entender el montaje: una lógica cercana a la de los edits de redes sociales, donde la acumulación de imágenes, efectos, cambios de escala y estímulos visuales busca provocar antes que explicar. Como cereza sobre el pastel (y gesto simbólico a lo McLuhan), Boyle filmó la película con iPhones de última generación, lo que denota que Exterminio: La evolución es, además de una buena película de zombis, una exploración del modo en que se construye y experimenta la imagen contemporánea.

 

Zona Cero

Yeon Sang-ho

Corea del Sur, 2026

Zombis

Fotograma de Zona Cero (2026), de Yeon Sang-ho

Una superproducción coreana de Yeon Sang-ho, que ya había tenido incursiones en el cine de zombis con entregas como Tren a Busan (2016) o Península (2020). Zona Cero se estrenó en la última edición del Festival de Cannes, en la sección de Funciones de Medianoche, que no es parte de la competencia oficial y se enfoca en las películas de género “comerciales” con un toque autoral. Se trata de una combinación de thriller epidemiológico tipo Contagio (Steven Soderbergh, 2011) con escenas de acción y suspenso a la manera de Guerra Mundial Z (Marc Forster, 2013). La trama es sencilla y, a grandes rasgos, podría parecer genérica: un ataque de terrorismo biológico en un edificio de Seúl desencadena una epidemia zombi; un grupo de desconocidos debe juntar fuerzas para salir del edificio con vida.

La originalidad de Zona Cero, sin embargo, reside en el modo en que desplaza el concepto del zombi –o del infectado– a un nuevo lugar. Los zombis existen a manera de colmena, entablan comunicación a través de una conciencia colectiva e incluso tienen la capacidad de actualizarse. Esta característica sirve como dispositivo narrativo para aumentar la tensión y mantener la trama en constante movimiento. Con personajes memorables y guiños progres, la película encuentra una forma propia de jugar con un género que conocemos demasiado bien.

 

MadS

David Moreau

Francia, 2024

Zombis

Fotograma de MadS (2024), de David Moreau

Con MadS David Moreau regresa al cine de terror casi veinte años después de Ils, su debut junto a Xavier Palud, y lo hace con una apuesta tan sencilla como ambiciosa. Narra el desarrollo de una epidemia zombi en tiempo real, valiéndose de uno de los recursos más fetichizados entre los cinéfilos: el plano secuencia. El director francés y su equipo lograron un despliegue técnico notable y se enfrentaron a una logística casi demencial: la producción tuvo que asegurar un recorrido de alrededor de diez kilómetros por las calles de una pequeña ciudad de Francia. Actores, extras, vehículos, efectos y movimientos de cámara coordinados en tiempo real. Se realizaron cinco tomas completas, una por día; la que vemos es la quinta y definitiva.

Lo interesante de MadS es el modo en que el dispositivo cinematográfico, en este caso el plano secuencia, emula la lógica de la infección. Pasa de un cuerpo a otro, abandona a un personaje y sigue a otro, entra a nuevos espacios, pierde y recupera información. No hay corte que permita ordenar lo que está sucediendo ni distancia suficiente para observar la transformación desde afuera. Estamos en medio del contagio, atrapados en su duración y sometidos a sus reglas. Conforme la infección avanza el espacio se vuelve más caótico, la información más fragmentaria y los movimientos de cámara más bruscos.

 

The Sadness

Rob Jabbaz

Taiwán, 2021

Zombis

Fotograma de The Sadness (2021), de Rob Jabbaz

La ópera prima del canadiense Rob Jabbaz es probablemente una de las películas más desagradables que se han hecho. No necesariamente la más profunda ni la mejor escrita, pero una de las que mejor entiende algo fundamental del subgénero zombi: el impacto. A través de su espectacularidad, The Sadness se aleja de la experiencia puramente cinematográfica y se entrega de lleno a lo que alguna vez Scorsese llamó “montaña rusa”. Filmada y estrenada en plena pandemia, es una película que parece haber absorbido directamente la ansiedad de la época. Rodada mientras el mundo permanecía en pausa, la industria taiwanesa aprovechó su relativa continuidad para seguir produciendo y consolidándose.

En The Sadness se propaga masivamente un virus que vuelve al portador un psicópata. Los infectados hablan, recuerdan, se mueven a conciencia, todo ello en pos de convertirse en una máquina sádica de asesinato y tortura. El resultado son algunas de las dosis de violencia gore más grotescas que ha producido el cine de zombis –o de infectados– en los últimos años. Jabbaz no está interesado en sugerir: exhibe, prolonga y vuelve extremadamente incómoda la violencia. Hay mutilaciones, sangre, cuerpos destrozados y una violencia sexual particularmente desagradable. Para los fanáticos del cine gore, una genuina delicatessen.

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Zombis para estos tiempos

Tengo sueños frenéticos, de forma recurrente. En ellos hay una atmósfera de urgencia. Se suceden persecuciones en túneles o ciudades desiertas, entre montes de desperdicios o en carreteras. Los escenarios cambian, los personajes cambian, pero un patrón persiste: el perseguidor es una masa de no-personas. Corro. Escapo. Adrenalina en mi cuerpo. La mayoría de las veces el impulso de no ser descuartizado por la multitud me hace entrar en contacto con mi intuición, aparece una especie de claridad. A veces salgo triunfador de manera heroica, otras veces soy devorado. Sé que no soy el único que tiene sueños de este tipo.

Podríamos decir, por un lado, que el inconsciente ha sido infiltrado por el imaginario hollywoodense del apocalipsis zombi. Pero puede leerse también como manifestación de angustia colectiva, una metáfora descarnada y sórdida de la competencia laboral en el mundo del capitalismo crudo, donde cada uno, cada día, lucha a su manera para no ser devorado. De forma opuesta, es posible encontrar una especie de repulsión a lo colectivo, una afirmación de la individualidad.

David McNally ha estudiado la figura del zombi como una expresión de las ansiedades producidas por el capitalismo. En Monstruos del mercado (2011) relaciona las figuras del monstruo, el cuerpo y el mercado, y dedica buena parte de su análisis al zombi como metáfora de una sociedad en la que la supervivencia depende de vender nuestra fuerza de trabajo. Después de todo, el género de terror siempre ha sido eso: una proyección de los miedos que anidan en la sociedad. (En años recientes el género ha abrazado esa premisa al pie de la letra y, como resultado, la literalidad se ha vuelto norma.)

Existen diversas variantes del concepto de zombi, pero algo esencial lo define: alguna vez fue humano y dejó de serlo. Su único propósito es perseguir a quienes todavía lo son y arrastrarlos a su condición. Es interesante pensar que en los últimos años las películas de zombis han pasado del concepto del no-muerto al del infectado. El zombi dejó de ser algo que ya no está y que vuelve, es una transformación en vida. Su versión clásica era una anomalía: un muerto que volvía a caminar. El infectado, en cambio, no necesita morir para convertirse en una amenaza. La frontera ya no está entre vivos y muertos, sino entre nosotros y ellos… Una lógica que nos remite a la pandemia que recientemente impactó a la humanidad.

 

Zombis, cámara, ¡acción!

Shin’ichirō Ueda

Japón, 2017

Zombi

Fotograma de Zombis, cámara, ¡acción! (2017), de Shin’ichirō Ueda

El primer puesto de este listado no es, estrictamente, una película de zombis. Es más bien una especie de carta de amor a la producción de bajo presupuesto, que toma como excusa el subgénero. Zombis, cámara, ¡acción! recaudó más de mil veces lo que costó, y no es de extrañar: a través de un sentido del humor perspicaz, personajes entrañables y una idea magistralmente ejecutada, Shin’ichirō Ueda construye una cinta que es al mismo tiempo comedia, terror y homenaje a la imperfección, la improvisación y el trabajo en equipo.

Al principio es una película de zombis filmada en un plano secuencia (un tanto torpe), pero poco a poco se convierte en algo más. Ueda encuentra una manera fascinante de lograr que lo que vemos adquiera nuevos significados; así transforma nuestra relación con la película. Su brillantez radica en saber exactamente cuándo y cómo revelar su idea cinematográfica, pues entiende algo fundamental: el cine también consiste en asombrar al espectador, atraparlo, hacerlo participar del artificio y, cuando menos lo espera, hacerle mirar de nuevo lo que acaba de ver.

 

Exterminio: La evolución

Danny Boyle

Reino Unido – Estados Unidos, 2025

Zombis

Fotograma de Exterminio: La evolución (2025), de Danny Boyle

Exterminio (2002), la primera entrega de la saga, fue una de las películas decisivas para consolidar el giro del cine zombi hacia la figura del infectado. Veintitrés años después, como predecible gesto de retromanía hollywoodense, la franquicia alcanzó su tercera escala. Hay, sin embargo, una sensación de frescura. Danny Boyle filma un producto industrial con gran inteligencia. Entiende que, para el cine, el universo, los personajes y la trama son accesorios de una idea. Y, si bien están fina y sólidamente desarrollados, el valor de Exterminio: La evolución reside en su lenguaje cinematográfico.

La película es plástica, cambia de forma constantemente. Parte de una imagen digital casi documental en la que irrumpen otros registros. Incluso hay recursos de montaje no diegético que ensanchan los alcances del filme y establecen conexiones entre la historia y el presente. Hay algo profundamente contemporáneo en esta manera de entender el montaje: una lógica cercana a la de los edits de redes sociales, donde la acumulación de imágenes, efectos, cambios de escala y estímulos visuales busca provocar antes que explicar. Como cereza sobre el pastel (y gesto simbólico a lo McLuhan), Boyle filmó la película con iPhones de última generación, lo que denota que Exterminio: La evolución es, además de una buena película de zombis, una exploración del modo en que se construye y experimenta la imagen contemporánea.

 

Zona Cero

Yeon Sang-ho

Corea del Sur, 2026

Zombis

Fotograma de Zona Cero (2026), de Yeon Sang-ho

Una superproducción coreana de Yeon Sang-ho, que ya había tenido incursiones en el cine de zombis con entregas como Tren a Busan (2016) o Península (2020). Zona Cero se estrenó en la última edición del Festival de Cannes, en la sección de Funciones de Medianoche, que no es parte de la competencia oficial y se enfoca en las películas de género “comerciales” con un toque autoral. Se trata de una combinación de thriller epidemiológico tipo Contagio (Steven Soderbergh, 2011) con escenas de acción y suspenso a la manera de Guerra Mundial Z (Marc Forster, 2013). La trama es sencilla y, a grandes rasgos, podría parecer genérica: un ataque de terrorismo biológico en un edificio de Seúl desencadena una epidemia zombi; un grupo de desconocidos debe juntar fuerzas para salir del edificio con vida.

La originalidad de Zona Cero, sin embargo, reside en el modo en que desplaza el concepto del zombi –o del infectado– a un nuevo lugar. Los zombis existen a manera de colmena, entablan comunicación a través de una conciencia colectiva e incluso tienen la capacidad de actualizarse. Esta característica sirve como dispositivo narrativo para aumentar la tensión y mantener la trama en constante movimiento. Con personajes memorables y guiños progres, la película encuentra una forma propia de jugar con un género que conocemos demasiado bien.

 

MadS

David Moreau

Francia, 2024

Zombis

Fotograma de MadS (2024), de David Moreau

Con MadS David Moreau regresa al cine de terror casi veinte años después de Ils, su debut junto a Xavier Palud, y lo hace con una apuesta tan sencilla como ambiciosa. Narra el desarrollo de una epidemia zombi en tiempo real, valiéndose de uno de los recursos más fetichizados entre los cinéfilos: el plano secuencia. El director francés y su equipo lograron un despliegue técnico notable y se enfrentaron a una logística casi demencial: la producción tuvo que asegurar un recorrido de alrededor de diez kilómetros por las calles de una pequeña ciudad de Francia. Actores, extras, vehículos, efectos y movimientos de cámara coordinados en tiempo real. Se realizaron cinco tomas completas, una por día; la que vemos es la quinta y definitiva.

Lo interesante de MadS es el modo en que el dispositivo cinematográfico, en este caso el plano secuencia, emula la lógica de la infección. Pasa de un cuerpo a otro, abandona a un personaje y sigue a otro, entra a nuevos espacios, pierde y recupera información. No hay corte que permita ordenar lo que está sucediendo ni distancia suficiente para observar la transformación desde afuera. Estamos en medio del contagio, atrapados en su duración y sometidos a sus reglas. Conforme la infección avanza el espacio se vuelve más caótico, la información más fragmentaria y los movimientos de cámara más bruscos.

 

The Sadness

Rob Jabbaz

Taiwán, 2021

Zombis

Fotograma de The Sadness (2021), de Rob Jabbaz

La ópera prima del canadiense Rob Jabbaz es probablemente una de las películas más desagradables que se han hecho. No necesariamente la más profunda ni la mejor escrita, pero una de las que mejor entiende algo fundamental del subgénero zombi: el impacto. A través de su espectacularidad, The Sadness se aleja de la experiencia puramente cinematográfica y se entrega de lleno a lo que alguna vez Scorsese llamó “montaña rusa”. Filmada y estrenada en plena pandemia, es una película que parece haber absorbido directamente la ansiedad de la época. Rodada mientras el mundo permanecía en pausa, la industria taiwanesa aprovechaba su relativa continuidad para seguir produciendo y consolidándose.

En The Sadness se propaga masivamente un virus que vuelve al portador un psicópata. Los infectados hablan, recuerdan, se mueven a conciencia, todo ello en pos de convertirse en una máquina sádica de asesinato y tortura. El resultado son algunas de las dosis de violencia gore más grotescas que ha producido el cine de zombis –o de infectados– en los últimos años. Jabbaz no está interesado en sugerir: exhibe, prolonga y vuelve extremadamente incómoda la violencia. Hay mutilaciones, sangre, cuerpos destrozados y una violencia sexual particularmente desagradable. Para los fanáticos del cine gore, una genuina delicatessen.

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