En 2014 el columnista, escritor de ficción y guionista árabe israelí Sayed Kashua tituló su entrega semanal para el diario israelí Haaretz “Por qué tengo que dejar Israel”. En el texto afirma que, por medio de sus textos en ese medio, había intentado servir de puente entre árabes y judíos, pero que las circunstancias lo rebasaban. “La semana pasada algo dentro de mí se quebró. Cuando jóvenes judíos desfilan por la ciudad gritando ‘Muerte a los árabes’ y atacan a los árabes simplemente por ser árabes, comprendí que había perdido mi pequeña batalla”, refiere. Kashua estudió sociología y filosofía en la Universidad Hebrea de Jerusalén y nació en 1975 en la ciudad de Tira, Israel. Desarrolló su actividad creativa, antes de su autoexilio, en Jerusalén. Aún se pueden rastrear y leer algunas de sus columnas en Haaretz, uno de los pocos diarios de tendencia progresista en un país inundado de supremacismo religioso, xenofobia y totalitarismo político.
En 2019 la editorial Galaxia Gutenberg publicó Llega un nuevo día. Notas de una vida palestino-israelí. El libro es una antología de columnas escritas entre 2006 y 2014 que termina, justamente, con aquella en la que se despidió de su país natal. Cualquier lector enterado del conflicto palestino-israelí podría suponer que las columnas de Kashua son crónicas puntuales de los ataques a la población civil árabe de parte del ejército israelí o, por ejemplo, relatos de la resistencia palestina, particularmente en Gaza. Sin embargo, lo que encontramos son textos breves que narran la vida cotidiana de un habitante de Jerusalén con su familia. Podemos encontrar discusiones matrimoniales, dilemas con los hijos, mudanzas, problemas financieros y decisiones en su trabajo. Esta normalidad es interrumpida de forma cada vez más frecuente por un hecho importante: Kashua y su familia sufren restricciones y un trato diferente en su comunidad por ser árabes, y esto se agrava cuando se mudan a un barrio judío en Jerusalén.
Después de los asesinatos cometidos por Hamás el 7 de octubre del 2023 la propaganda que respaldó los ataques posteriores a la población civil en Gaza –un genocidio calificado por la ONU– evitó ahondar en el pasado y en el origen del conflicto, un problema que nace al mismo tiempo que el Estado de Israel apenas concluida la Segunda Guerra Mundial. Se olvidan, de esta forma, todas las violaciones al derecho internacional y la segregación a la que se somete de maneras cada vez más crueles a la población árabe de la región, entre otras agresiones que se agravan conforme pasa el tiempo. Una buena muestra de cómo la sociedad israelí se ha radicalizado es leer, justamente, la experiencia de ciudadanos de ese país como Sayed Kashua, cuyos padres o abuelos fueron despojados de sus territorios ancestrales. Los palestinos israelíes se enfrentan a un cruel dilema: a pesar de su búsqueda de una integración con la sociedad que los absorbió, nunca serán aceptados, pues Israel se ha convertido en un país que busca su identidad a partir del rechazo del otro, del diferente. Esto era así antes de octubre de 2023 y, por supuesto, adquiere tintes cada vez peores.

Las columnas de Sayed Kashua son una suerte de termómetro social y, al mismo tiempo, un intento desesperado –a partir de revelar los entretelones de su vida familiar– de mostrar a la sociedad israelí que un árabe puede o intenta tener una vida normal en un país en guerra contra sus vecinos y en un perpetuo estado de alarma. En ocasiones el autor satiriza su miedo, como cuando tiene que ir a un aeropuerto y, nervioso por una probable inspección por su apariencia árabe, se forma en una fila equivocada. Las situaciones son más dramáticas con su mudanza a un barrio judío, y pasa mucho tiempo pensando en un letrero en el que se disculpe con sus vecinos por las molestias ocasionadas. Cualquier palabra de más o matiz incorrecto pueden ser una tragedia. Lo sabe bien él, que tuvo que renunciar a su lengua materna para leer y escribir en hebreo.
En otras columnas la vida cotidiana tiene recordatorios constantes de la tragedia del pueblo palestino –la llamada Nakba, es decir, la catástrofe que significó la expulsión masiva de cientos de miles de árabes palestinos de sus hogares en 1948– celebrada como día festivo en la escuela donde estudia su hija. Los textos en el diario Haaretz también registran el trato paternalista que reciben escritores de cierto renombre como él, incluyéndolo en festivales literarios como árabe y no como un ciudadano israelí más allá de su religión o su origen. Incluso cuando logra cierta prosperidad económica tiene que esconder su origen. En una columna narra cómo tiene que “limpiar” su departamento de cualquier referencia árabe para que una empleada doméstica de confesión judía ultraortodoxa acepte trabajar para él.
Leer las columnas de Sayed Kashua es leer la experiencia de un hombre y su familia sometidos a diferentes formas de segregación, pero que intentan continuar con su vida cotidiana. La ocupación israelí de los territorios árabes ocurre, también, en el ámbito de la memoria y la identidad. Los árabes que fueron absorbidos por Israel intentaron, durante algún tiempo, creer en un país que se proclamaba –aún lo hace– como la “única democracia en Medio Oriente”, pero desde hace décadas se ha implementado una distinción entre ciudadanos de primera clase y ciudadanos que pierden cada vez más derechos. Es una erosión casi imparable propia de una sociedad volcada a ideas cada vez más racistas y xenófobas. En una columna particularmente estremecedora, Kashua relata la plática que sostiene con una mujer israelí. Ella no sabe que él es árabe y confiesa que se siente incómoda con los árabes, sin poder argumentar más al respecto. Quizás este tipo de testimonios, de primera mano casi todos ellos, provocaron que un sector de la audiencia del diario Haaretz amenazara al columnista. No es agradable mirarse en el espejo en un contexto en el que la enajenación ideológica deshumaniza a las víctimas, pero también a los victimarios.
Sayed Kashua, Llega un nuevo día. Notas de una vida palestino-israelí, traducción del hebreo de Raquel García Lozano, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2019
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