Si bien, como explica Bolívar Echeverría en “La ‘modernidad americana’ (claves para su comprensión)” (2008), el capitalismo tuvo una primera gran concreción en la Europa mediterránea, también sufrió allí demasiadas resistencias: había culturas y tradiciones anteriores que ofrecían todavía alternativas viables a la identidad mercantil. Cuando alcanzó el territorio de la Europa septentrional halló un anfitrión más dispuesto a reconfigurarse según su exigencia, un sujeto adecuado para responder a su llamado. Pero Estados Unidos representó una tercera fase aún más intensa y expansiva. El excepcionalismo estadounidense existe, pero no se debe tanto a la libertad o a la democracia como a su relación especial con la acumulación de capital; allí donde no había suficientes anticuerpos, la identidad mercantil pudo convertirse en el fundamento mismo de la sociedad. La gastronomía y el vestido son dos dimensiones donde se puede percibir el empobrecimiento cualitativo de la vida que todo ello implica.
Para Echeverría el problema esencial de la modernidad es la subordinación del valor de uso (para qué sirve realmente un objeto) al valor de cambio, a su valor en el mercado. Se puede pensar en la obsolescencia programada, donde la utilidad de un objeto es arruinada deliberadamente para acelerar la acumulación de capital. Cuando esto sucede, como lo hace, a escala global, cuando todo el sistema de producción y consumo está atravesado por el valor de cambio, cosas extrañas empiezan a ocurrir. La relación con los objetos se torna inauténtica, quimérica. En el ensayo mencionado, Echeverría coloca como epígrafe una escena de la novela inconclusa de Franz Kafka, América (o El desaparecido). El sobrino recién llegado a las costas americanas elogia el traje de su tío; la ropa estadounidense es muy bonita, le dice, y el tío añade: “Y mira, estos no son bolsillos reales”.
En la gastronomía hay a la vez necesidad, supervivencia, animalidad, y un salto por encima de ello, hay un juego de formas en una interacción atenta con el entorno. La comida estadounidense, la comida rápida, evita justamente el entorno (y de paso lo destruye); es una alimentación abstracta, masiva, intercambiable, que no es el resultado de un proceso largo y lento, colectivo y situado, como ocurre en las tradiciones regionales, sino que viene desde arriba y desde otra parte, desde la industria y el mercado: el origen de la hamburguesa está ligado al desarrollo de la trituradora mecánica de carne y a la intensificación inédita del ganado vacuno (en tierras de grandes propietarios). No hay realmente una “cocina estadounidense” como la mexicana o la italiana, su comida tradicional se produce en una cafetería, en una línea de ensamblaje; es justamente la negación de la cocina: la tv dinner de microondas.
No debe ser coincidencia que al lado de una alimentación industrial haya también una patente degradación del vestido. La indumentaria es otro campo de la actividad humana donde se pone en juego la relación entre la necesidad –el abrigo, la protección– y el juego y la creatividad. Tanto la gastronomía avanzada –un mole– como la vestimenta ornamental son placeres que se le arrancan a la supervivencia cruda, son hijas de la civilización, significan alzarse por encima de la animalidad y la escasez. La acumulación de valor es ciega a los matices, a las cualidades de los objetos, estandariza, reduce la diferencia, el matiz, la nuance que Roland Barthes defendía como la presencia misma de la vida.
Así como los rascacielos con enormes paredes de cristal no son tanto arquitectura como su negación, los mallones son la antimoda. La ropa es la oportunidad de hacer operaciones sobre la silueta, de modificar la manera en que se percibe el cuerpo (otra vez, liberarse de la naturaleza y la necesidad). Por ello hay una elegancia en la amplitud, en el placer de la tela y el corte –así como hay un placer en los colores, la textura y los materiales. En la ropa ajustada del gymwear se evidencia la capitulación ante lo dado, así como un orgullo protestante, la higiene, demostración salvífica del cuerpo esbelto. La tendencia a la ropa funcional, básica, una sudadera y unos pants, como a un licuado de proteína, implica una especie de retorno a la barbarie, el cumplimiento de necesidades primarias sin juego de formas, sin drama creativo.
Estados Unidos ha sido el exportador más potente y dinámico de tendencias culturales durante décadas. La fascinación que ejerce es innegable –aunque cabría preguntarse si las obras de arte estadounidense, incluso las que más nos gustan, tienen, si se mira bien, un dejo a Cheez Whiz–, pero su comida y moda rápidas son igualmente populares y penetrantes. Las cosas no son tan sencillas: la moda en Japón es una de las más prestigiosas en los últimos años, y en ella hay un culto por piezas clásicas de Estados Unidos, la mezclilla, las chaquetas militares. Tanto el workwear como el estilo Ivy League norteamericanos fueron realmente influyentes en la indumentaria global, y la moda callejera es, además, una reapropiación creativa y compleja de los mismos objetos estandarizadores, prueba de que también allí, en el corazón de las tinieblas, el valor de uso halla para dónde hacerse. En esa cultura los mejores ejemplares no provienen de dar un paso atrás para hacerse el europeo, sino de profundizar en sus propios acertijos. Hunter S. Thompson se vestía, a veces, de manera espectacular.
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