jueves, 5 de noviembre de 2026

Sunn O))) en México

Hace unos años alguien me preguntó si, entre las tantas cosas que hacen singular a la banda Sunn O))), estaba el hecho de tener el único nombre, en el mundo del metal, que forma un emoji con caracteres. El uso ideográfico de la escritura alfabética representa el sonido de la banda con una literalidad descarada, y si agregamos el atuendo con el que suelen presentarse en vivo y ante la prensa (hábitos de monje benedictino), más la reputación –ya sea para quienes les escuchan de forma descuidada como para buena parte de la crítica– de haber desarrollado la variedad de metal más desoladora o estimulante, impenetrable o expansiva e indisputablemente pesada, tendríamos como suma una especie de caricatura que habría desgastado la buena voluntad de quienes se acercan a ellos por primera vez, antes de que suene el primer acorde.

Pero sucede que, si ese primer acorde suena bajo las condiciones adecuadas –puede que Sunn O))) sea una de las bandas que dependen más de un entorno físico propicio para desplegar su poder–, no hay cinismo que pueda atenuar su efecto. No falta mucho para que la agrupación, integrada por Stephen O’Malley y Greg Anderson, cumpla 30 años de haber sido fundada y, a pesar de que desde el inicio su sonido adoptó una forma parecida a la actual, los centímetros que escarban para ensanchar sus cuevas y las muescas que dibujan cuidadosamente en el diseño sonoro han logrado ampliar la sensación de profundidad y la reverberación en los resquicios correctos. Hay variaciones incrementales en oscuridad y tensión eléctrica que hacen parecer que cada nuevo lanzamiento ha logrado, ahora sí, el ideal platónico de su estilo. Tampoco es que este estilo haya surgido de la nada: ellos mismos han reconocido la influencia directa del drone metal que fundó Earth en los noventa, aunque nadie ha logrado consolidarlo como ellos. Apenas este año lanzaron su primer disco homónimo, en el sello de mayor tamaño con el que han grabado (Sub Pop), y ya sea por la homonimia o por el sello parece clara la intención de ponerse a mano con el hecho de que su público ha crecido de forma lenta y avasalladora. Hoy, gran parte de quienes los escuchan no tienen necesariamente afinidad con el resto del espectro del metal, del noise ni del dark ambient. 

A pesar de la constancia en la forma general de su música, la trayectoria de cada uno de sus integrantes, así como sus colaboraciones como banda, han tenido el eclecticismo de una curiosidad estética inquieta. Scott Walker alguna vez dijo que el álbum que más se  parecía a la música que quisiera haber logrado, de entre todos los que grabó, era Soused, para el que se acompañó de Sunn O))) como banda de estudio. Esto debería aparecer como encabezado de cualquier CV, aunque no suena desproporcionado si se revisa un poco la trayectoria de Anderson como guitarrista –que revienta las mejores tendencias de los proyectos con los que colabora– y especialmente de O’Malley como productor o músico de sesión (y con frecuencia los dos simultáneamente) –ha amasado una cantidad de colaboraciones que tal vez ni él ha memorizado entera–, que dibujan un mapa tan extenso y diverso que su territorio no es aprehensible a la primera ni a la segunda mirada, pero cuyos puntos tienen en común una mayor definición e intensidad que sin él habría sido impensable. (Como ejemplo reciente está Burning Song, el álbum de la gran Kali Malone, su pareja, que apareció esta semana y donde, si se apunta bien el oído, se encontrará al fondo el golpe de aquella miasma sombría.)

Que una trayectoria tan diversa se contraponga a la constancia obsesiva, casi enfermiza de la música de Sunn O))), habla, por un lado, de la entrega a un estilo que ha logrado una influencia desproporcionadamente mayor a la que cabría esperar para una banda de metal experimental, inmediatamente reconocible e imposible de replicar; por otro, de la búsqueda por perfeccionar la que será recordada como la forma arquetípica de ese sonido, que se encuentra a instantes de culminar su proceso de musealización, a poco tiempo de encontrarse con el público más amplio con el que ha dialogado. Tal vez ambas cosas sean la misma o sólo han conseguido una depuración tal de su búsqueda que cada nuevo gesto alimenta por igual a las dos. 

México es uno de los países en los que su fama ha crecido, casi siempre de boca en boca y con la misma intensidad subrepticia de su música. Esta semana es un punto crítico para quienes les han seguido con fascinación desde este territorio, porque se presentarán por primera vez en el país el próximo sábado 7 en Quarry Studios, Ciudad de México, como parte del festival Hipnosis. (Al día siguiente, tendrán una presentación individual en ORBE). Para quienes hemos deseado, desde hace años, atestiguar de cuerpo presente la capacidad pulverizadora de sus cuerdas y sus amplificadores, es una cita inescapable. 

Además de Sunn O))), esta edición de Hipnosis cuenta con un cartel que se mueve en puntos más o menos cercanos del eje de la experimentación, y aunque tal vez nada se acerque a ese nivel de abstracción, varios de los nombres despertarán un entusiasmo o sensación de extrañeza parecidos (dependiendo de la familiaridad que se tenga con ellos): ya sea la decana del noise rock Kim Gordon, en su resurgimiento reciente como una mezcla de poeta y trapera industrial; YHWH Nailgun, la banda que ha despertado de su letargo a 4AD, o los pioneros del sludge y abuelos de varias generaciones de rock alternativo: Melvins. 

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Sunn O))) en México

Hace unos años alguien me preguntó si, entre las tantas cosas que hacen singular a la banda Sunn O))), estaba el hecho de tener el único nombre, en el mundo del metal, que forma un emoji con caracteres. El uso ideográfico de la escritura alfabética representa el sonido de la banda con una literalidad descarada, y si agregamos el atuendo con el que suelen presentarse en vivo y ante la prensa (hábitos de monje benedictino), más la reputación –ya sea para quienes les escuchan de forma descuidada como para buena parte de la crítica– de haber desarrollado la variedad de metal más desoladora o estimulante, impenetrable o expansiva e indisputablemente pesada, tendríamos como suma una especie de caricatura que habría desgastado la buena voluntad de quienes se acercan a ellos por primera vez, antes de que suene el primer acorde.

Pero sucede que, si ese primer acorde suena bajo las condiciones adecuadas –puede que Sunn O))) sea una de las bandas que dependen más de un entorno físico propicio para desplegar su poder–, no hay cinismo que pueda atenuar su efecto. No falta mucho para que la agrupación, integrada por Stephen O’Malley y Greg Anderson, cumpla 30 años de haber sido fundada y, a pesar de que desde el inicio su sonido adoptó una forma parecida a la actual, los centímetros que escarban para ensanchar sus cuevas y las muescas que dibujan cuidadosamente en el diseño sonoro han logrado ampliar la sensación de profundidad y la reverberación en los resquicios correctos. Hay variaciones incrementales en oscuridad y tensión eléctrica que hacen parecer que cada nuevo lanzamiento ha logrado, ahora sí, el ideal platónico de su estilo. Tampoco es que este estilo haya surgido de la nada: ellos mismos han reconocido la influencia directa del drone metal que fundó Earth en los noventa, aunque nadie ha logrado consolidarlo como ellos. Apenas este año lanzaron su primer disco homónimo, en el sello de mayor tamaño con el que han grabado (Sub Pop), y ya sea por la homonimia o por el sello parece clara la intención de ponerse a mano con el hecho de que su público ha crecido de forma lenta y avasalladora. Hoy, gran parte de quienes los escuchan no tienen necesariamente afinidad con el resto del espectro del metal, del noise ni del dark ambient. 

A pesar de la constancia en la forma general de su música, la trayectoria de cada uno de sus integrantes, así como sus colaboraciones como banda, han tenido el eclecticismo de una curiosidad estética inquieta. Scott Walker alguna vez dijo que el álbum que más se  parecía a la música que quisiera haber logrado, de entre todos los que grabó, era Soused, para el que se acompañó de Sunn O))) como banda de estudio. Esto debería aparecer como encabezado de cualquier CV, aunque no suena desproporcionado si se revisa un poco la trayectoria de Anderson como guitarrista –que revienta las mejores tendencias de los proyectos con los que colabora– y especialmente de O’Malley como productor o músico de sesión (y con frecuencia los dos simultáneamente) –ha amasado una cantidad de colaboraciones que tal vez ni él ha memorizado entera–, que dibujan un mapa tan extenso y diverso que su territorio no es aprehensible a la primera ni a la segunda mirada, pero cuyos puntos tienen en común una mayor definición e intensidad que sin él habría sido impensable. (Como ejemplo reciente está Burning Song, el álbum de la gran Kali Malone, su pareja, que apareció esta semana y donde, si se apunta bien el oído, se encontrará al fondo el golpe de aquella miasma sombría.)

Que una trayectoria tan diversa se contraponga a la constancia obsesiva, casi enfermiza de la música de Sunn O))), habla, por un lado, de la entrega a un estilo que ha logrado una influencia desproporcionadamente mayor a la que cabría esperar para una banda de metal experimental, inmediatamente reconocible e imposible de replicar; por otro, de la búsqueda por perfeccionar la que será recordada como la forma arquetípica de ese sonido, que se encuentra a instantes de culminar su proceso de musealización, a poco tiempo de encontrarse con el público más amplio con el que ha dialogado. Tal vez ambas cosas sean la misma o sólo han conseguido una depuración tal de su búsqueda que cada nuevo gesto alimenta por igual a las dos. 

México es uno de los países en los que su fama ha crecido, casi siempre de boca en boca y con la misma intensidad subrepticia de su música. Esta semana es un punto crítico para quienes les han seguido con fascinación desde este territorio, porque se presentarán por primera vez en el país el próximo sábado 7 en Quarry Studios, Ciudad de México, como parte del festival Hipnosis. (Al día siguiente, tendrán una presentación individual en ORBE). Para quienes hemos deseado, desde hace años, atestiguar de cuerpo presente la capacidad pulverizadora de sus cuerdas y sus amplificadores, es una cita inescapable. 

Además de Sunn O))), esta edición de Hipnosis cuenta con un cartel que se mueve en puntos más o menos cercanos del eje de la experimentación, y aunque tal vez nada se acerque a ese nivel de abstracción, varios de los nombres despertarán un entusiasmo o sensación de extrañeza parecidos (dependiendo de la familiaridad que se tenga con ellos): ya sea la decana del noise rock Kim Gordon, en su resurgimiento reciente como una mezcla de poeta y trapera industrial; YHWH Nailgun, la banda que ha despertado de su letargo a 4AD, o los pioneros del sludge y abuelos de varias generaciones de rock alternativo: Melvins. 

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Dilemas de la identidad

La literatura, los testimonios y los estudios sobre el genocidio y la política de apartheid en Palestina forman una suerte de inmenso rompecabezas. De libro en libro el lector puede encontrar coincidencias que, en su mayor parte, son macabras por sus implicaciones. Los autores que han ofrecido una ventana a la limpieza étnica en Gaza –iniciada en la Nakba entre los años 1947 y 1949– son las propias víctimas e, incluso, los que participaron en la expulsión en las filas del ejército israelí como el autor S. Yizhar –seudónimo de Sámej Izhar Smilansky–, que en su novela Hirbet Hiza. Un pueblo árabe (1949) narra el exterminio de una comunidad en los primeros años de opresión.

Basim Khandaqji, novelista y poeta palestino nacido en 1983, pasó 20 años encarcelado en Israel y fue deportado posteriormente a Egipto, en donde permanece retenido. En 2004, durante la segunda intifada palestina, fue condenado por planear un atentado suicida que acabó con la vida de tres israelíes en un mercado al aire libre. En la cárcel se volvió novelista y eligió las palabras como nuevo campo de batalla. El año pasado Israel impidió que Khandaqji y su hermano viajaran al Festival Pan y Roses, que se celebra en Asturias. La novela que lo hizo conocido en el mundo es Una máscara del color del cielo, que ganó el Premio Internacional de Ficción Árabe en 2024.

Una máscara del color del cielo es interesante no sólo por el contexto de creación de la obra, pues Basim Khandaqji la escribió mientras estaba preso. La novela –publicada en español por la editorial Hoja de Lata– demuestra que la resistencia palestina puede servirse de la ficción más allá de las innumerables denuncias, diarios y testimonios del genocidio en Gaza. La trama aborda la vida de Nur Mahdi al-Shahdi, un joven palestino aficionado a la arqueología, que sobrevive en un campo de refugiados en Ramala. Su padre, líder en la primera intifada (1987-1993), se gana la vida gracias a un puesto ambulante que vende café y té. Después de haber sido encarcelado abandona cualquier resistencia y se refugia en el silencio, señal de que la experiencia en prisión sirvió para los propósitos de los israelíes que buscan, sobre todo, desactivar la rebelión palestina por medio de la coacción, la intimidación y el miedo. 

Basim Khandaqji

La arqueología –tema en apariencia lejano a los asociados a Gaza– es un elemento fundamental para entender los aspectos más importantes del dominio y apartheid israelí en la zona. Recientemente se publicó el libro de la académica israelí Maya Wind Torres de acero y marfil. Cómo las universidades israelíes destruyen la libertad palestina. La investigación aborda cómo la arqueología sirve para justificar el despojo y destrucción de innumerables aldeas y ciudades palestinas. A partir de documentación y evidencias ambiguas –por no decir dudosas o inventadas–, algunas de ellas extraídas de textos sagrados del judaísmo, se construye una nueva historia sobre las ruinas de la población exterminada y despojada de su memoria. La lucha por el pasado y el olvido como herramienta de control es clave para erosionar la resistencia cultural y la experiencia heredada por la población segregada, su única ancla con una identidad en asedio permanente. En la novela de la autora palestina Adanía Shibli, Un detalle menor, la protagonista se interna en las zonas colonizadas por los israelíes y comprueba cómo han renombrado cada asentamiento y accidente geográfico. La apuesta es el olvido.

El otro elemento importante de Una máscara del color del cielo es la lucha entre la identidad propia –con todas sus luchas y fricciones– y la del opresor. Nur Mahdi al-Shahdi encuentra, por accidente, la identificación de un israelí de nombre Or Shapira. Por su color de piel, sus rasgos y su cabello puede aprovechar el documento para hacerse pasar por él. Su principal ambición es visitar las excavaciones arqueológicas que hace Israel, pues uno de sus sueños es escribir una novela histórica basada en la vida de María Magdalena y colocarla en un contexto más acorde con la memoria palestina. Ese acto de justicia a una figura silenciada contrasta con el reto de asumir una identidad falsa mientras convive con judíos sionistas y académicos de otros países que trabajan en la excavación. La historia, de esta manera, se multiplica en varias perspectivas: las grabaciones que hace Nur con sus ideas para la novela sobre María Magdalena, las notas que dirige a su amigo preso en una cárcel israelí y el día a día en el que Or Shapira adquiere cada vez más materialidad por medio de una voz que lo conduce a una suerte de personalidad escindida. 

Como sucede con las obras que van más allá de la denuncia, Una máscara del color del cielo no sólo es un ejercicio valioso por la forma en la que entrelaza las historias alrededor del protagonista. Su principal aportación es una reflexión incómoda a partir de una idea que ya había establecido Frantz Fanon en su legendario libro Piel negra, máscaras blancas (1952): la sumisión del dominado gracias a que es absorbido por la mentalidad del colonizador. El texto de Fanon –citado en algunos pasajes por Khandaqji– se adapta muy bien a la realidad de Gaza no sólo de los años recientes sino a partir de que Israel decidió complementar la limpieza étnica de la población palestina con una colonización mental de la población árabe dentro de sus fronteras. La mente de hombres, mujeres y niños palestinos se enfrenta no sólo a un asedio físico sino a la tentación de cruzar el límite e identificarse con su opresor. La identidad, de esta manera, es moldeada para ser inofensiva y participar asumiendo un papel de ciudadano de segunda clase –como ocurre de facto con gran parte de la población musulmana y árabe en Israel– en un Estado supremacista. Así como se ocultan las ruinas de las aldeas destruidas por la ocupación se oculta la memoria de un pueblo que aún puede expresarse en las palabras de Basim Khandaqji y otros artistas palestinos que viven en Gaza o en el exilio.

Basim Khandaqji, Una máscara del color del cielo, prólogo de Luz Gómez, traducción de Alberto López Oliva, Hoja de Lata, Gijón, 2025

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Dilemas de la identidad

La literatura, los testimonios y los estudios sobre el genocidio y la política de apartheid en Palestina forman una suerte de inmenso rompecabezas. De libro en libro el lector puede encontrar coincidencias que, en su mayor parte, son macabras por sus implicaciones. Los autores que han ofrecido una ventana a la limpieza étnica en Gaza –iniciada en la Nakba entre los años 1947 y 1949– son las propias víctimas e, incluso, los que participaron en la expulsión en las filas del ejército israelí como el autor S. Yizhar –seudónimo de Sámej Izhar Smilansky–, que en su novela Hirbet Hiza. Un pueblo árabe (1949) narra el exterminio de una comunidad en los primeros años de opresión.

Basim Khandaqji, novelista y poeta palestino nacido en 1983, pasó 20 años encarcelado en Israel y fue deportado posteriormente a Egipto, en donde permanece retenido. En 2004, durante la segunda intifada palestina, fue condenado por planear un atentado suicida que acabó con la vida de tres israelíes en un mercado al aire libre. En la cárcel se volvió novelista y eligió las palabras como nuevo campo de batalla. El año pasado Israel impidió que Khandaqji y su hermano viajaran al Festival Pan y Roses, que se celebra en Asturias. La novela que lo hizo conocido en el mundo es Una máscara del color del cielo, que ganó el Premio Internacional de Ficción Árabe en 2024.

Una máscara del color del cielo es interesante no sólo por el contexto de creación de la obra, pues Basim Khandaqji la escribió mientras estaba preso. La novela –publicada en español por la editorial Hoja de Lata– demuestra que la resistencia palestina puede servirse de la ficción más allá de las innumerables denuncias, diarios y testimonios del genocidio en Gaza. La trama aborda la vida de Nur Mahdi al-Shahdi, un joven palestino aficionado a la arqueología, que sobrevive en un campo de refugiados en Ramala. Su padre, líder en la primera intifada (1987-1993), se gana la vida gracias a un puesto ambulante que vende café y té. Después de haber sido encarcelado abandona cualquier resistencia y se refugia en el silencio, señal de que la experiencia en prisión sirvió para los propósitos de los israelíes que buscan, sobre todo, desactivar la rebelión palestina por medio de la coacción, la intimidación y el miedo. 

Basim Khandaqji

La arqueología –tema en apariencia lejano a los asociados a Gaza– es un elemento fundamental para entender los aspectos más importantes del dominio y apartheid israelí en la zona. Recientemente se publicó el libro de la académica israelí Maya Wind Torres de acero y marfil. Cómo las universidades israelíes destruyen la libertad palestina. La investigación aborda cómo la arqueología sirve para justificar el despojo y destrucción de innumerables aldeas y ciudades palestinas. A partir de documentación y evidencias ambiguas –por no decir dudosas o inventadas–, algunas de ellas extraídas de textos sagrados del judaísmo, se construye una nueva historia sobre las ruinas de la población exterminada y despojada de su memoria. La lucha por el pasado y el olvido como herramienta de control es clave para erosionar la resistencia cultural y la experiencia heredada por la población segregada, su única ancla con una identidad en asedio permanente. En la novela de la autora palestina Adanía Shibli, Un detalle menor, la protagonista se interna en las zonas colonizadas por los israelíes y comprueba cómo han renombrado cada asentamiento y accidente geográfico. La apuesta es el olvido.

El otro elemento importante de Una máscara del color del cielo es la lucha entre la identidad propia –con todas sus luchas y fricciones– y la del opresor. Nur Mahdi al-Shahdi encuentra, por accidente, la identificación de un israelí de nombre Or Shapira. Por su color de piel, sus rasgos y su cabello puede aprovechar el documento para hacerse pasar por él. Su principal ambición es visitar las excavaciones arqueológicas que hace Israel, pues uno de sus sueños es escribir una novela histórica basada en la vida de María Magdalena y colocarla en un contexto más acorde con la memoria palestina. Ese acto de justicia a una figura silenciada contrasta con el reto de asumir una identidad falsa mientras convive con judíos sionistas y académicos de otros países que trabajan en la excavación. La historia, de esta manera, se multiplica en varias perspectivas: las grabaciones que hace Nur con sus ideas para la novela sobre María Magdalena, las notas que dirige a su amigo preso en una cárcel israelí y el día a día en el que Or Shapira adquiere cada vez más materialidad por medio de una voz que lo conduce a una suerte de personalidad escindida. 

Como sucede con las obras que van más allá de la denuncia, Una máscara del color del cielo no sólo es un ejercicio valioso por la forma en la que entrelaza las historias alrededor del protagonista. Su principal aportación es una reflexión incómoda a partir de una idea que ya había establecido Frantz Fanon en su legendario libro Piel negra, máscaras blancas (1952): la sumisión del dominado gracias a que es absorbido por la mentalidad del colonizador. El texto de Fanon –citado en algunos pasajes por Khandaqji– se adapta muy bien a la realidad de Gaza no sólo de los años recientes sino a partir de que Israel decidió complementar la limpieza étnica de la población palestina con una colonización mental de la población árabe dentro de sus fronteras. La mente de hombres, mujeres y niños palestinos se enfrenta no sólo a un asedio físico sino a la tentación de cruzar el límite e identificarse con su opresor. La identidad, de esta manera, es moldeada para ser inofensiva y participar asumiendo un papel de ciudadano de segunda clase –como ocurre de facto con gran parte de la población musulmana y árabe en Israel– en un Estado supremacista. Así como se ocultan las ruinas de las aldeas destruidas por la ocupación se oculta la memoria de un pueblo que aún puede expresarse en las palabras de Basim Khandaqji y otros artistas palestinos que viven en Gaza o en el exilio.

Basim Khandaqji, Una máscara del color del cielo, prólogo de Luz Gómez, traducción de Alberto López Oliva, Hoja de Lata, Gijón, 2025

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