La película de Marialuisa Ernst es un acto de duelo. De Argentina a Estados Unidos, el continente americano representado en este híbrido de ensayo y documental titulado El lugar de la ausencia (2025) tiene las venas abiertas, cruzadas por fronteras que son llagas y memorias que se encarnan en mares de obras sobre el drama que surge de la tortura, la desaparición, el asesinato, la violencia, la precarización y la explotación administrativa de los borderlands. Ernst decide posicionarse matrilinealmente, politizando el vínculo del amor materno como memoria, ejercicio de justicia, como verdadera alternativa a habitar sociedades cruzadas por la necropolítica. Pienso en este trabajo de Marialuisa Ernst como un ejercicio político-estético que sana, activa, conmueve y promueve una ética urgente, vinculando transregional e intergeneracionalmente la sobrevida en la episteme de la desaparición.
En el drama de la tortura y la desaparición forzada hay por lo menos tres actores: víctima, torturador-asesino y aquellas que quedan preguntando dónde están. Esto es también un drama estético porque, como escribe Godard, cómo se cuenta el exterminio es parte del exterminio. En efecto, hay varias obras –se me vienen a la mente los libros de Rodolfo Walsh u Oración (María Moreno, 2018) sobre la hija de Walsh o el testimonio Tejas Verdes (Hernán Valdés, 1974)– que se ocupan de reescribir a la víctima como personas o figuras heroicas, no solo determinadas por su exterminio sino por sus vidas.
Pero está esa otra dirección, tan espectacularizada, que me lleva a enmarcar la intervención urgente de la película de Marialuisa Ernst. Justo después de ver por segunda vez El lugar de la ausencia fui a ver una obra de teatro sobre un torturador, basada en la novela de una conocida escritora chilena. En esta ocasión se trataba de un soldado arrepentido, cuya monstruosidad se investigaba intensamente para reflejar la monstruosidad alojada en cada uno de nosotros. En la conversación posterior, una persona de la audiencia apuntó cómo la obra redimía al torturador. Esto debería decirnos algo sobre las políticas de la representación, en particular la explotación morbosa de la conciencia que deshumaniza: la historia de torturadores y asesinas amplifica la voz de la violencia y vuelve a silenciar a quienes fueron callados. En un mundo donde se mata con facilidad a niños, bebés, ancianos, mujeres y hombres, debemos distinguir entre pedir justicia y pedir justicia a través del morboso espectáculo de la conciencia asesina.

Fotograma de El lugar de la ausencia (2025), de Marialuisa Ernst
Marialuisa Ernst, por su parte, ubica su historia a partir de quienes preguntan dónde están. La suya es una investigación sobre habitar ausencias, búsquedas, memorias, huesos, investigación forense, archivo, y de crear rituales y acciones capaces de materializar afectos. La película se compone de dos grandes secciones, una que investiga, bajo la forma del personal essay, los efectos familiares del secuestro y la desaparición de su tío durante la dictadura argentina, y otra que acompaña, bajo la forma documental, a las madres de migrantes centroamericanos desaparecidos en México y Estados Unidos.
En la primera, el foco es la propia madre de la cineasta, exiliada en Bolivia, y la vida de la cineasta con su hija como migrantes en Nueva York. En busca de metáforas capaces de dar cuerpo a la desaparición y la condición migrante, el grueso de esa sección se compone de rituales de duelo, entrevistas a la madre y repaso de material en el límite entre el archivo, lo forense y la memoria afectiva. Esta parte logra materializar, de manera similar a Aún estoy aquí (Walter Salles, 2024), una sobrevida que es, en sí, campo de mujeres y política de los cuidados.
En la segunda sección, la película se centra en el acompañamiento de la cineasta, durante cuatro años, a la Caravana de Madres Centroamericanas que se organizan y viajan en busca y creando conciencia sobre la constante desaparición de migrantes a manos de organizaciones del narcotráfico y el tráfico humano, así como de la violencia estatal que abandona a los cuerpos precarizados en un desierto plagado de muerte. Entre las varias historias de esas mujeres, Ernst elige dos: Anita, que busca a su hijo desde 2002 y llega a Estados Unidos a visitar antropólogos forenses y cementerios de migrantes no identificados, y Leti, que encuentra a su hija después de catorce años de búsqueda. La película está cruzada de abrazos, cariños, palabras suaves, cantos de protesta y discursos políticos.
Desde el inicio, cuando la voz de Ernst se autodefine como hija y madre, la película se posiciona como un trabajo estético de ética matrilineal, como un encuentro y una alternativa a la estética de la violencia que tiene como centro al torturador, al arma o a la asesina silenciosa. Se ubica en la politización del amor no como vínculo romántico, sino como vínculo político-estético de cuidado. No, nos dice, no somos todos monstruos. Los asesinos no son ni espejos de nuestra interioridad ni manifestaciones de lo público per se. Al materializar el lugar de la ausencia gracias a los movimientos de cámara, la película de Ernst manifiesta que hay otro camino para lo público, catalizado por insistentes encuentros de cara a la justicia, uno que siente antes de actuar, uno que actúa en busca de honrar ese vínculo.
El lugar de la ausencia se ubica en esa otra tradición cinematográfica, poblada del trabajo de Lourdes Portillo en Las madres de la Plaza de Mayo (1985), El diablo nunca muere (1994) y Señorita extraviada (2001). Allí donde se encuentra con Nostalgia de la luz (2010) y El botón de nácar (2015), de Patricio Guzmán, Tempestad (2016), de Tatiana Huezo, o la obra de Albertina Carri. Esto es más que un cine de la memoria. Es un cine de la búsqueda que no sólo se cierra a las venas abiertas de Latinoamérica. Pienso en Soraida, una mujer de Palestina (2004), y de cómo esas mujeres grabadas por la cámara de Tahani Rached hoy están ausentes bajo otra lluvia de bombas y exterminio racista. La sutil película de Ernst hizo llorar a la audiencia con la que compartí el visionado en Nueva York en 2025, cuando se estrenó. El lugar de la ausencia no es solo uno que se busca, sino uno que se hace, se crea, y ciertamente el trabajo con el performance y el ritual, que nutre el currículo de la cineasta, materializa aquella parte nuestra que vincula no el morbo sino la vida diaria con los efectos de la violencia.
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