Más allá de la espectacularidad de su título –y conforme avanza la lectura se descubre que no era realmente un adiós sino tan sólo un hasta luego– L’Adieu à la littérature (Éditions de Minuit, 2005) es un caso gozoso en la tradición del ensayo revisionista, que a veces parece el último refugio de lo literario (ya no podemos encender el fuego, ya no sabemos decir las plegarias). A decir del autor, William Marx, es posible ordenar la literatura moderna en tres etapas: una época de expansión, en que la literatura era una de las artes dominantes, la que daba sentido y creaba realidad; una de autonomía, en que trató de liberarse de cualquier grillete social; y una final de desvalorización, en que se tornó un juego especializado que a pocos interesa.
A finales del siglo XVIII la literatura alcanzó en Europa una importancia social inaudita. Voltaire y Rousseau eran celebridades que recibían honores antes sólo destinados a héroes militares o santos, una generación de jóvenes se suicidaba para emular a Werther, la mayor razón de la Revolución francesa –se quejaba la reacción– era aquel grupo ocioso de philosophes. Se podía obtener gloria y fama a través de la pluma; un escritor, parecía, podía alterar el rumbo de las naciones. No había en ese entonces, afirma William Marx, una distancia entre libro y mundo, se hallaban en el mismo flujo, había una confianza plena en el lenguaje y en su capacidad para referir lo real y tener efectos en él.
Después advino el período de la autonomía, en el que la literatura le dio la espalda al mundo y decidió bastarse a sí misma. Fue la fase de las disputas del arte por el arte, del decadentismo, Madame Bovary y Las flores del mal a juicio, Mallarmé cerrando la poesía, del esteticismo de Pater y Wilde. Con todo el prestigio cultural acumulado, ciertos escritores decidieron que no tenían que responder a la moral ni a la sociedad, que no necesitaban del mundo, ¡que no requerían ni siquiera del público! Un acto de hybris: la religión de la literatura.
La retribución ocurrió en la etapa de desvalorización (en la que más o menos seguiríamos) cuando la literatura ya no le importa a nadie, es su propio juego, con reglas que sólo los iniciados entienden. Si poco a poco la literatura se separó del mundo, si decir algo sobre la vida de las personas dejó de ser su misión, entonces se explica que no cuente con los favores del gran público. Pero ¿realmente es culpable la literatura de su propio destino? ¿No tuvo más que ver con razones exteriores, la supremacía de otros medios, del cine, de la música, de la mejor relación de estas artes con el consumo y la distracción?
William Marx prefiere la explicación interna a la externa, pero parece más probable que fuera una mezcla y una retroalimentación entre ambas dimensiones. Para empezar, la autonomía no fue un invento de la literatura sino un requerimiento del sistema burgués dividido en campos. Tal vez sucedió que al presentir el desgaste de su relevancia social frente a otras artes la literatura se replegó sobre sí misma –haciendo de la necesidad virtud–, lo que provocó a la vez una mayor pérdida y un mayor repliegue: un círculo vicioso.
Tres salidas veía Marx en aquel lejano 2005: la experimentación (el salto hacia adelante), el minimalismo (la humildad, volver a lo básico) y la autoficción, que apenas comenzaba su puja hacia la hegemonía. De los tres, la autoficción marca un claro regreso a lo real, a la responsabilidad del autor, a la honestidad, a la moral. Y no es casualidad entonces que uno de los reclamos más constantes a esa tendencia sea que no se trata realmente de literatura.
Sucede que esa separación, esa distancia con el mundo, es tal vez lo que hemos entendido precisamente como la esencia misma de lo literario. Como William Marx admite, el período que se dirigía hacia la irrelevancia social, el que va de Flaubert y Baudelaire a Beckett y Borges, es probablemente el mejor tramo en la historia de la literatura, el de su propia aventura, el más emocionante y el de más astucia, y quizá las obras del periodo anterior (como también muchas de nuestra propia época), esos híbridos entre narración y filosofía, podrían parecernos ingenuas y santurronas. ¿O hallaríamos allí lo que necesitamos ahora?
Si bien las circunstancias son adversas, como nos lo recuerda cíclicamente algún artículo en The Atlantic, quizá podemos aferrarnos a algo, por más pequeño que sea. Hay cosas que solamente la literatura puede ofrecer, confiaba Calvino, y la tarea es encontrarlas. Justo como decía Walter Benjamin sobre Bertolt Brecht, que comprendió que no se podía competir con el cine en sus propios términos –no era posible ser igual de espectacular, igual de ruidoso–, pero que pudo salvar al teatro porque lo redujo a sus elementos mínimos: la forma adecuada para sobrevivir al invierno.
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