martes, 4 de agosto de 2026

La venganza de Internet

En un bestséller extremadamente contemporáneo (que es mejor ni siquiera mencionar) se afirma que sólo una banda de californianos saturados de LSD podía ser lo suficientemente ingenua como para imaginar, en los primeros años noventa del siglo XX, que artefactos tecnológicos como las computadoras personales, el GPS y la red, todos diseñados para hacer más concreta y mortífera la guerra, podían llegar a constituir algún tipo de esperanza tecnoutópica vinculada al libertarismo de izquierda. Esa referencia al tiempo en que Silicon Valley era un nicho de fantasías culturales y no un polo para la disolución del discernimiento global resuena con fuerza en el prólogo que Alejo Ponce de León escribe al libro de Valentina Tanni sobre las llamadas “estéticas liminales”, una breve pero certera reflexión sobre el modo en que nuestro propio paisaje de sueños posmodernista pasó de la salvación a la maldición.

Es la propia forma narrativa de la historia reciente la que demuestra cómo Internet ha excavado profundamente la realidad sociomaterial para cobrarse una especie de venganza sobre nuestros anhelos de liberación, revirtiendo los usos de la tecnología y el sentido de comunidad a través de la conquista cognitiva y la devastación neurológica. El libro de Tanni explora algunas de las formas en que eso que nos empeñamos en seguir señalando como “la realidad” ha sido progresivamente absorbido por los mitos de la red, utilizando el tejido de fibra óptica como sistema circulatorio y el smartphone como aguijón. Esta virtualidad global que habitamos de manera cada vez más profunda, prefabricada por sistemas de IA automejorados, es una especie de marco conceptual para que, por ejemplo, fantasías totalmente divorciadas de nuestra dimensión político-social puedan, ahora, reclamar un espacio en ella.

La concreción hipersticional –esa vocación de los mitos digitales por realizarse– es sólo una de las variables sobre las que se detiene Tanni. Ni las parodias ni las paradojas ontológicas surgidas de la red le interesan como problemas técnicos, y su estudio prefiere detenerse en las maneras en que la memoria y el pulso sentimental dejaron de funcionar como estímulos y se convirtieron puntos de refugio para un conjunto de expresiones artísticas casi siempre sufrientes u oscuras. Al comprimir el tiempo y ensanchar el espacio hasta el infinito, la red y sus prótesis nos utilizaron para constituir un nuevo principio de realidad cuya nota dominante es una perpetua sensación de repetición y reciclado, un eterno retorno de las imágenes y narrativas del pasado pero reconvertidas en una estética de posguerra cuyo conflicto principal no vimos aunque se haya librado en el interior de nuestros cerebros.

Ese cambio de paradigma tecnológico operado a fines del siglo XX dejó una estética basada en un tipo difuso y siniestro de permanencia; cierto estado de ánimo disgregado en una serie de expresiones artísticas contagiadas de un trágico sentido del futuro y trabadas en una vocación maniaca por reprocesar el pasado sentimental de una generación específica, la que ató su educación sentimental a las primeras computadoras domésticas que permitieron aquellas primitivas exploraciones de las posibilidades de la red. Pasados casi cuarenta años de esa disrupción, la marca epocal que nos queda es la insistencia del llamado net-art por negar su propia muerte, a la que aún hoy se empeña en disimular bajo las formas de distintas resonancias.

En el mejor de los casos, podría decirse que el reinado de las plataformas todavía no pudo desterrar del todo esa zona esquiva y mutante de la red que sobrevive y mantiene vigentes manifiestos online o facilita espacios para el trazado de mensajes desesperados en las secciones para los comentarios de usuarios. Ahí es donde la aspiración de la web a devenir de manera monstruosa también se manifiesta en nuestro horror a ser consumidos por ella y nuestra necesidad de transmitir y poner por escrito ese pánico. Tanni explora no sólo las maneras en que nuestras emociones excitadas y alarmadas vibran todavía sobre ese perímetro, sino también –y principalmente– la parte de nuestra psiquis que continúa palpitando en las grutas digitales más recónditas del sistema.

Sondear hoy ciertas tendencias artísticas de las subculturas identificadas con la primera generación de Internet es algo así como una tarea de ultratumba. El recorrido está plagado de fantasmas y espectros musicales, de objetos (virtuales) agonizantes y extrañas asociaciones de saberes y técnicas que todavía anhelan un nivel de valor. El estremecimiento inquietante que aún provoca el reencuentro con aquellas experiencias se explica en términos de nostalgia y angustia ante el vacío de una época que, como la nuestra, parece haber renunciado a cualquier interés en el descubrimiento de algo verdaderamente nuevo.

Vaporwave, Backrooms, weirdcore son algunos de los nombres que identifican los intentos de traducción de un estado de ánimo ensayados por aquellos primeros creadores on-line que reconfiguraron su espacio anímico sin permitir que les arrebataran totalmente el tiempo imprescindible para entenderlo. Formas que pueden explicarse hoy en términos de mito, pero que no agotan ahí su atractivo como versiones trastornadas de las promesas que alguna vez se identificaron con la web. Como género musical nacido en internet, el vaporwave es la banda de sonido de un futuro abortado, así como el creepypasta es una especie de terapia visual para la sobrecarga y el desorden de la información que nos atormenta los sentidos y el weirdcore parece un mapeo de las zonas devastadas de un imaginario colectivo reducido a escombros. Estéticas de cierta disipación que todavía podía ser procesada a través de la síntesis psicológica y la continuidad abstracta.

Valentina Tanni cita a J.G. Ballard: las dificultades para definir la frontera entre el sueño y la realidad en un mundo moderno donde el ambiente exterior en el que vivimos es ahora una fantasía creada por los medios de comunicación, el cine, la televisión, la publicidad o la política. Lo que la red agregó a ese entramado es una velocidad antihumana de generación y una maraña impenetrable de estímulos vertiginosos, paralelos, a menudo contradictorios, que dificultan o estorban nuestra estabilización emocional. El vaporwave recoge los signos vacíos del paisaje industrial del consumo y los devuelve amortajados por sonidos fantasmales del mismo modo en que los backrooms sondean la dimensión misteriosa de un nuevo tipo de depresión anímica: aquella que aspira, al menos, a conquistar un espacio, a ser ubicada de alguna manera ahí donde Internet fomenta la deslocalización y la confusión de coordenadas.

Centros comerciales abandonados, paisajes no-euclidianos perturbando la superficie de pantallas y monitores, folklore portátil tejido sobre fotografías analógicas cuya escasa nitidez sugiere un horror atávico imposible de contener por la hiperdefinición de la imagen digital. El punto de encuentro entre la música etérea de Daniel Lopatin, las piscinas laberínticas y surrealistas de Jared Pike y las zonas “fuera de la realidad” de Kane Parsons es el glitch generalizado, pandémico de una generación que todavía necesitaba de cierta intersección con lo vivo en una época en la que se preparaba el salto hacia la desmaterialización total, ya no sólo de la economía sino de nuestra existencia entera. La siniestra desarticulación de ese todo, el “abrupto quiebre entre cuerpo y mente”, como escribe Valentina Tanni, es una sensación generalizada de nostalgia por lo que alguna vez pudo ser y un lamento callado por una época, la nuestra, que recién empieza y ya no tiene adónde ir.

Valentina Tanni, Estéticas liminales. Vaporwave, Backrooms, weirdcore o cómo la cultura de internet está enrareciendo la realidad, trad. del inglés de Alejo Ponce de León, Caja Negra, Buenos Aires, 2026

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