viernes, 31 de diciembre de 2021

Seis discos para entender 2021

Escribir sobre el “mejor álbum del año” parece extraño en una época en donde los conteos han perdido sentido. En otra temporada pandémica que no se cansa de lanzar cifras, aumentos, pérdidas y proyecciones, consideramos idóneo hablar de pocos álbumes pero de manera amplia, y establecer así un diálogo con algunas de las producciones más notables y que, de alguna forma, nos ayudan a entender un año tan convulso y diverso como fue 2021.

Pharoah Sanders + Floating Points, Promises 

Desde su lanzamiento en marzo pasado, Promises (Luaka Bop) recibió el fervor generalizado de la crítica. Tras varios meses y con una escucha más detenida, los calificativos “acontecimiento” (Rockdelux) o “deslumbrante” (The Quietus) no resultan tan descabellados. El hecho de que exista material nuevo de Pharoah Sanders bastaría para colocarlo entre los álbumes dignos de ser reproducidos más de una vez en la tornamesa de 2021, pero sus atributos van más allá. El octogenario saxofonista es uno de los últimos músicos que tocó al lado de John Coltrane en su fase más cósmica y mística. Junto a Evan Parker y un puñado de músicos de jazz, Sanders es uno de los tótems más activos, contraviniendo la idea de que la vejez es sinónimo de nostalgia y estancamiento creativo.

En Promises el saxofonista evoca la espiritualidad y la libertad que caracterizaban a su mentor en la soltura y la fluidez de frases que, a ratos, nos llevan por paisajes interestelares o calmos amaneceres. Otrora alumno avanzado de Coltrane, Sanders es un maestro por cuenta propia, así como el continuador tácito de su legado; como buen continuador, el de Arkansas ha explorado texturas fuera del espectro comercial. En este nuevo álbum buscó nuevas fusiones al otro lado del Atlántico, al hacer dupla con Sam Shepard, mejor conocido en el mundo de la electrónica como Floating Points. Durante cinco años ambos se entregaron al diseño de un disco faraónico y zen en donde el tiempo y su disolución se muerden la cola.

Casi opuesto a la música generada en estos días tan convulsos, el álbum se detiene continuamente en una especie de mantra de siete notas al que se le añaden nuevos colores y sensaciones a lo largo de sus nueve movimientos. Resuenan minimalistas como Nils Frahm, Max Richter y Olafur Arnalds, así como las Meditations coltranescas. Shepard funciona como la bisagra de un álbum que tiene un pie en el futuro y otro en el limbo en que nos encontramos; Sanders, como el amuleto al que se regresa después de un momento de caos.

Black Country, New Road, For the First Time 

El debut del septeto inglés ha reavivado (a pequeña escala) la pregunta obvia sobre el estado del rock. ¿Se trata de una banda inflada gracias a la expresividad de su cantante y sus polémicas letras o la elegida para dar respiración a un género moribundo? Eso depende de cómo clasifiquemos lo que hace Black Country, New Road. Más allá de categorías, el grupo asentado en Londres posee un sonido áspero y casi teatral. Compañera, junto a Supertsonic, Squid y Black Midi, del movimiento nombrado New Weird Britain, la banda evoca ligeramente (no en estilo pero sí en filosofía) la ebullición de bandas de post-rock y math a principios de cambio de siglo, en donde los cambios abruptos de melodía, polirritmias y virtuosismo convivían a la par de una saludable actitud punk, complementado por el ethos de la Generación Z (si es que hay uno): diverso, fracturado, metaficcional, miserable.

For the First Time (Ninja Tune) impresiona por su dominio instrumental abrasivo, con cambios abruptos de ritmo, y por su voz llena de humor, cortesía de Isaac Wood. Destacan el saxofón de Lewis Evans y el violín de Georgia Ellery, que a menudo comparten las líneas melódicas. Si bien la interpretación de Evans a veces dota a las canciones de Black Country, New Road de una impronta jazzística, tanto él como Ellery tienen una fuerte influencia de la tradición judía. Por su parte, la tecladista May Kershaw se inclina más al clásico, lo que agranda el sonido de la banda. En conjunto demuestran maestría en intercambiar sin problemas atmósferas inquietantes con crescendi y un aire de grandilocuencia. Angustia y humor, imágenes random y descripciones detalladas de la vida diaria, referencias, referencias. En suma, el microuniverso de Black Country, New Road ofrece una mirada renovada a sonidos y postales que ya hemos presenciado antes. Tal vez esa es su mayor aportación: la posibilidad de generar sorpresa en la normalidad.

C. Tangana, El Madrileño 

Cuando Rosalía lanzó El mal querer, a mediados de 2018, pocos advirtieron el impacto cultural que tendría en la música de habla hispana. Casi inmediatamente una multitud imitaba el tra tra y las marcas identitarias (aunque también se le acusó de apropiación cultural) del flamenco traídas al siglo XXI. Se trató del mayor fenómeno popular español reciente, impulsado por su riqueza musical (hay trap, electrónica y el concepto al que se ciñe todo el álbum). Detrás de la coescritura de ocho de sus once canciones estaba Antón Álvarez Alfaro, conocido como C. Tangana.

En una búsqueda similar, durante los dos años posteriores al éxito de El mal querer, Álvarez se despojó de los elementos trap del proyecto de C. Tangana y creó al Madrileño, un personaje que recopila algunos de los ritmos más influyentes del legado musical de habla hispana, todo bajo una estética quinqui. Incluso fue un paso más allá que su ex pareja, al tomar toda la región latinoamericana como materia prima para dialogar con el presente. El resultado es El Madrileño, trabajo con 14 piezas que mezclan tradición y vanguardia, reflexión en lo popular y música de raíz fusionada con ritmos urbanos. Tangana sitúa su mundo en la capital española, pero delinea ejes en Cuba, México, Argentina, Brasil y Uruguay.

Un disco que es a la vez un mapa musical en el que importa tanto de dónde viene uno como el lugar a donde se llegará. Un ejemplo es “Cuándo olvidaré”, que mezcla tango (“Nostalgias”, de Enrique Cadicamo y Juan Carlos Cobián), guajira (“Al vaivén de mi carreta”, de Ñico Saquito), bulería (“Pasan los días”, de La Tana), R&B (“Slide” de H.E.R.) y pasodoble. Pero tal vez el producto más logrado del sincretismo de Tangana es “Tú me dejaste de querer”. Las colaboraciones de dos figuras del canto español, La Húngara y Niño de Elche, hacen que ritmos como el flamenco, el dembow y la bachata funcionen de manera extraña y extraordinaria en iguales proporciones. El producto final es más que la suma de sus partes.

El culmen de esta celebración puede apreciarse en el Tiny Desk Concert de NPR, donde, en el contexto de la pandemia, artistas elegidos recrean de forma remota los peculiares recitales que organiza la estación de radio estadounidense. Tangana reunió para la ocasión a todos sus colaboradores (los mencionados anteriormente más Kiko Veneno, Antonio Carmona, Alizzz y un octeto de cuerdas) en un departamento, para recrear las canciones de El Madrileño. La escenificación de una clásica sobremesa al son de “Los tontos” (con un guiño a “Bizarre Love Triangle” de New Order) es uno de los momentos más deliciosos que nos deja 2021, lo que no es poco.

Black Midi, Cavalcade 

En un encuentro reciente, hablé con Alex Otaola sobre los discos del año. El compositor y guitarrista se detuvo largo tiempo en el segundo álbum de Black Midi, Cavalcade (Rough Trade): “Es un grupo de math pero con melodías que puedes entonar y recordar, no sólo aeróbics”. Esa definición resulta perfecta para el sonido del cuarteto inglés. Es raro encontrar entre las bandas actuales una propuesta que equilibre lo cerebral y lo expresivo. Más si tomamos en cuenta el panorama del rock de los últimos tiempos.

La situación de la mayoría de las bandas emergentes es complicada, por decir lo menos. Quienes encuentran el éxito en el mainstream lo hacen con ganchos pop simplistas y una complacencia generalizada, mientras que la escena independiente se embarca en una búsqueda eterna. El debut de Black Midi, Schlagenheim (2019), mostró una sensibilidad vanguardista con la mezcla excéntrica de noise, math, progresivo y experimentación. Los alaridos del vocalista Geordie Greep y sus tensos riffs de guitarra, la batería quirúrgica de Morgan Simpson y su sincronización con el bajista Cameron Picton han dado cuerda a una nueva generación de músicos.

Como es habitual en muchas bandas en ciernes, la maldición del segundo álbum estaba latente. Tras un tema mediano lanzado en 2020 (“Sweater”), la pregunta sobre un bajón lógico de calidad se puso sobre la mesa. Afortunadamente la banda respondió con Cavalcade, un disco más sutil que su predecesor, con momentos de gran belleza como “Marlene Dietrich” y “Diamond Stuff”. Los matices dan una cara nueva al perfil musculoso al cuarteto inglés. Melodías que recuerdan al King Crimson más extremo, al Santana más experimental o a esa banda atípica que fue The Mars Volta. Las brújulas sonoras de Cavalcade se compaginan con un estilo abundante en crescendi (“Ascending” y “Diamond Stuff”) y tonos siniestros (“Hogwash and Balderdash”, uno de los temas más extraños que escuché en este año).

El sonido de Cavalcade es el de un torrente que por momentos se contiene, pero siempre está a punto de desbordarse. Su registro, unas veces tímido y reservado, otras abrumador, permite al oyente recibir sorpresas durante 42 minutos. Los paisajes catárticos que ofrece revelan a un Black Midi maduro y listo para aventuras más grandes.

Mabe Fratti, Será que ahora podemos entendernos 

Han transcurrido dos años desde el notable Pies sobre la tierra (Hole Records) y parece que son décadas. El crecimiento que ha mostrado la artista guatemalteca asentada en la Ciudad de México es meteórico. Desde entonces ha publicado diversos álbumes, entre los que destacan Planos para construir (2020) y los discos colaborativos Let’s Talk About the Weather (junto a la música, productora y DJ alemana Gudrun Gut) y Estática (con la artista sonora y noise Concepción Huerta), lanzados en 2021.

En aquel disco verde de 2019 Mabe Fratti ya mostraba un estilo caracterizado por la experimentación con instrumentos electrónicos y su violonchelo como hilo conductor. Pero su principal cualidad era la voz, que nos lleva a lugares extraterrenales. Verla en vivo en el 316, antes de la pandemia, fue una experiencia inusual. En medio del caos citadino la música de Fratti transporta a otro lugar. Es raro presenciar una música que despierta explosiones de alegría, ternura y tristeza, incluso en una misma pieza.

Será que ahora podemos entendernos (Unheard of Hope) continua las exploraciones ambientales de su predecesor, con pasajes donde no es difícil hallar ecos de Satie, Aphex Twin y Ryūichi Sakamoto, así como a Joanna Newsom y Julia Holter en su sensibilidad pop. Fratti es, sin dudarlo, una de las voces a las que hay que seguir la pista en años venideros. Este disco consolida la promesa de Pies sobre la tierra y la ubica al frente de una nueva escena electrónica independiente mexicana (de la que hablaré después). “Cuerpo de agua”, “Inicio vínculo final” y “Hacia el vacío” son la perfecta fusión de drone, ambient y experimentación.

En 2019, a propósito de aquel disco, charlé con Fratti sobre su filosofía musical. La guatemalteca consideraba entonces que experimentar “significa nunca sentirme absolutamente ‘resuelta’ en un sonido. John Cage decía que para que pasen cosas relacionadas con la experimentación (y yo creo que esto aplica en cualquier tipo de movimiento) tienen que existir espacios, centros donde puedan suceder”. Ciertamente Fratti está abriendo una veta muy fructífera en territorio nacional.

Little Simz, Sometimes I Might Be Introvert 

2021 será recordado como uno de los mejores años para el rap. Tienen que ver muchas cosas, como el hecho de que el covid-19 retrasara todos los grandes lanzamientos de las superestrellas del hip hop. No es coincidencia que, a medida que los conciertos volvieron, tuvimos noticias de Kendrick Lamar, Drake publicó su nuevo álbum y Kanye West publicó, al fin, DONDA. Asimismo, Tyler The Creator se ha erigido como el representante más sólido del hip hop de los últimos años, con Call Me If You Get Lost y el regreso a sus raíces en Odd Future. Vince Staples, por su parte, hizo el que, tal vez, es el mejor disco de su carrera. Nunca el hip hop había sido tan diverso como en estos días.

Entre todos los grandes álbumes surgidos en el año, en la cima se encuentra Sometimes I Might Be Introvert (Age 101 Music), de Simbiatu “Simbi” Abisola Abiola Ajikawo (de ahí el acrónimo que da nombre a su nueva placa), capaz de trascender el género y volverse poesía en movimiento, una ópera monumental y una confesión de la fragilidad de la artista. Un disco que lleva el nombre de su aversión a ser el centro de atención, y que paradójicamente se convirtió en el lanzamiento más celebrado en los días en que Kanye y Drake anunciaron sus apoteósicos regresos.

Ya en Gray Area (2019) Little Simz había jugado con la tradición afroamericana que va del funk y el R&B al gospel, por lo que resulta natural que en I Might Be Introvert incorpore más sonoridades, algunas de ellas disímbolas. Afrobeat, synthpop y música disco, pasando de los sonidos orquestales y grandilocuentes a las melodías tersas, dan forma a una obra ambiciosa que de alguna forma recuerda al clásico The Miseducation Of Lauryn Hill (1998), de Lauryn Hill, y a la radicalidad de Yeezus (2013), de Kanye West. Lo que hace que I Might Be Introvert suene cohesivo es su estilo narrativo (¿qué es el estilo sino la capacidad de generar una historia a partir de ciertos trazos?), a la vez monumental y conmovedor.

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