lunes, 23 de mayo de 2022

¡Ama lo que haces!

A la lista de series, miniseries y documentales que ni fu ni fa, revisadas por Nicolás Cabral en “Mirar los fraudes, gozar el capital”, habría que sumar Super Pumped: La batalla por Uber (2022). Creada por Brian Koppelman y David Levien, adapta el libro homónimo de Mike Isaac (reportero de tecnología para el New York Times). Como American Crime Story o True Detective, se trata de una serie antológica: su segunda temporada adaptará otro trabajo de Isaac, en este caso sobre Facebook. Con la aburrida cadencia de la serie sobre crímenes (acá de cuello blanco), pronto detectamos más de lo mismo: las intrigas, el desdén por la ley, los dramas procedimentales con algo de melodrama (¡los amigos se traicionan, los aprendices odian a sus mentores!). Y sí, la obsesión con la personalidad sociópata de los billonarios (The $treet, Billions, Succession…).

Si la historia del crimen puede ser vista como el espejo negro del capitalismo, también lo es del trabajo. Y al menos WeCrashed, The Dropout y ahora Super Pumped se desarrollan en la cultura laboral “flexible” que hoy enmarca las economías informática y naranja. En la década pasada Aaron Sorkin dedicó dos guiones al tema que se volvieron largometrajes, uno dirigido por David Fincher (en 2010, también sobre Facebook y Mark Zuckerberg) y otro por Danny Boyle (en 2015, sobre Steve Jobs y Apple). También Super Pumped (¿súper bombeado?, ¿uber emocionado?) cae en la trampa narrativa de abordar la cuestión principalmente a través de un solo personaje (Travis Kalanick, antiguo director ejecutivo de Uber, interpretado por Joseph Gordon-Levitt) y la tesis de que sus atroces valores personales impregnan a la compañía.

Así, vemos exactamente lo que Isaac describe en su libro: un relato de los momentos criminales o desagradables que llevaron a la caída de Kalanick. Su relación tirante con el inversionista paternal Bill Gurley de Benchmark (el mismo fondo de capital de riesgo que permitió WeWork), su coqueteo con el trumpismo, el sexismo, el cobijo oportunista de Ariana Huffington, etcétera. Lo demás es color: la narración cínica de Quentin Tarantino (Uma Thurman interpreta a Huffington), las digresiones con textos animados como de película de Adam McKay, la cápsula que se le dedica a Susan J. Fowler… Hay una escisión formal en esta narrativa que conlleva el riesgo de darle importancia, sobre todo, a la banalidad de Kalanick.

A pesar de estar al tanto de la endeble cultura en torno al líder (un mesianismo ridiculizado hasta la caricatura en WeCrashed, con Jared Leto interpretando a una especie de Jim Carrey), sorprende que Mike Isaac –y la adaptación televisiva de su libro– usara principalmente esa mirilla para abordar el tema. En una entrevista de 2019 explicó, por un lado, que a diferencia de la burbuja de las punto com de los noventa hubo un movimiento pendular a favor de los fundadores (con resultados mixtos o desastrosos en relación a la estructura de sus empresas) y, por otro, que los problemas extendidos en compañías de “economías compartidas” (no sólo Uber sino también Lyft o Airbnb, entre otras) parecen ser aceptados por los consumidores (y son, en consecuencia, menos interesantes narrativamente). “Es una cuestión de qué estás dispuesto a perder, qué grado de maldad estás dispuesto a cometer al usar estos servicios”. Así, problemas reales de seguridad o de la relación de Uber con sus empleados y conductores (o “socios”) pasan a segundo término narrativamente. Concedió: “Todas estas compañías tienen problemas sobre el cuidado de sus trabajadores. Es algo en lo que no profundicé sencillamente porque muchos otros han escrito libros enteros sobre lo que ocurrió con el trabajo en esta economía”.

Entre los autores que han abordado el tema con claridad, como puede verse en este artículo de 2017, está Nikil Saval. Pero la cuestión es más amplia y compleja: en su libro de crítica cultural Cubed: A Secret History of the Workplace (2014), Saval logra un balance para explorar la arquitectura, el diseño, la ideología y las representaciones en el cine (y algo de televisión y literatura) del trabajador de cuello blanco desde el siglo XIX (con énfasis en Europa y los Estados Unidos). Saval hace el esfuerzo de señalar que no sólo la tecnología y la obsesión por la eficiencia, como pretendían tantos ideólogos del trabajo desde que se inventó la oficina –y hoy de nuevo, desde el futuro de Sillicon Valley–, determina la cultura laboral. En la medida en que su historia se acerca a nuestra época de trabajo flexible y precarización, todo tiende a atomizarse. La action office de Probst se convirtió en un cubículo; las granjas de cubículos conviven ahora con planos abiertos rodeados de peceras; la ergonómica silla Aeron evolucionó a las chillantes sillas para jugadores desde la que tiktokeros intentan volverse virales (en las esquinas de algunas avenidas de la Ciudad de México pueden encontrarse, a módicos precios, sistemas de iluminación para los pequeños estudios de televisión que cargamos en el celular). La gente sigue odiando trabajar para otros, y al oficinista le sigue costando organizarse políticamente.

El teletrabajo que se asomó desde los noventa parece haber llegado para quedarse, en nuestra época de Gran Resignación –de trabajadores obligados a regresar algunos días a las oficinas, de empresarios que deben conceder a que trabajen desde casa. Vuelve a sentirse la escisión que el mundo sin fricciones emitido desde Sillicon Valley aspiraba a borrar. La escisión entre la vida y el trabajo, entre la malévola jerga corporativa (alternando entre lo vulgar, lo machista y lo burocrático) y el lenguaje normal.

Hay algo burdo en la manera en que la lengua del Tercer Reich vuelve a aparecer, como una metáfora plana, en series como Succession (Tom a Greg, los pies de ambos descansando sobre oficinistas, como si fueran bancos: “¡Los nazis! Eran lo peor, ¿no?”; Roman Roy: “primero vinieron por los jets privados, y no dije nada…”), o Super Pumped (Kalanick a Emil Michael: “Alguien encontrará la solución final para los conductores”); pero también en estrategias corporativas reales (“tiene unas asociaciones interesantes”, puntualizó tímidamente Tim Sullivan para la Harvard Business Review, entrevistando a Reid Hoffman sobre su blitzscaling).

Ante la intercambiabilidad de las series mencionadas, vale la pena destacar Severance (2022), creada por Dan Erickson para Apple TV+. Tiene algo de thriller paranoico (como la barroca Homecoming, de 2018) y ciencia ficción. Al mismo tiempo, es transparente en sus temas. Su título alude lo mismo a los pagos de indemnización por despido que a un procedimiento ficticio que permite a trabajadores de una misteriosa compañía, Lumon Industries, separar radicalmente su vida laboral de su vida privada. ¡El sueño de la gerencia! Pero los misterios, los recorridos laberínticos, la trama de intriga… da un poco igual ante el peso de familiaridad que impone. Cualquier persona que haya trabajado en una oficina volverá a reconocer aquí –como se puede hacer en la prosa de Kafka o de Walser– la pequeña muerte que estamos dispuestos a aceptar a cambio de… ¿De qué, exactamente? Para decirlo en la jerga de nuestra época: la pequeña muerte a cambio de hacer lo que amamos.

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