jueves, 26 de mayo de 2022

El ciclo completo de los nómadas digitales

Hay un cuento de Clifford D. Simak que narra un mundo del futuro donde las ciudades son paulatina pero inexorablemente abandonadas. El viaje por la carretera se vuelve una forma de vida, y las personas crean comunidades de tráilers que se instalan a la vera del camino. Las instituciones que conocemos –iglesias, escuelas, clubes deportivos– comienzan a perder miembros, luego sentido, y el gobierno no existe nada más que para mantener las rutas en condiciones transitables. En una época en que los futuros posibles planteados por los escritores estadounidenses de ciencia ficción presentaban ciudades cada vez más monstruosas y complejas, inaugurando el ciberpunk, Simak cultivaba relatos bucólicos y rurales, plenos de predicciones crepusculares y melancólicas.

Durante muchos años la ciencia ficción asoció la hipertecnología con las megalópolis. Probablemente inspirados en el modelo urbano japonés, los escritores combinaron sobrepoblación, biorrobotización, drogas y desilusión creando el ciberpunk y poniéndolo como una postal inexorable de lo que vendrá. Sin embargo el mundo del futuro, que podemos empezar a vislumbrar en 2022, tiene una tendencia muy diferente. Las grandes ciudades comienzan a vaciarse, la accesibilidad de productos y servicios se extiende a las áreas menos pobladas, las tendencias en los estilos de vida son el espacio, la luz natural, la comida orgánica, las huertas hidropónicas. Las grandes urbes deshumanizadas, las tribus urbanas afectadas por implantes robóticos, la comida sintética y las máquinas expendedoras de drogas aparecen como una postal vintage de un mundo alternativo que nunca terminó de formarse.

Nuevos homeless

El relato de Simak se llama “Ciclo completo” y de hecho da nombre a su antología definitiva de cuentos, lo que da muestra del profundo significado que tiene en su literatura. El doctor Ambrose Wilson recibe una carta de la universidad donde trabaja, anunciándole que la institución educativa cerrará por falta de alumnos. Wilson, un profesor de historia prácticamente jubilado, queda sin propósito ni sustento en un mundo que se desarma. La tendencia es comprar una casa rodante y salir a las rutas, vivir atravesando paisajes naturales, cultivar vegetales en huertas, formar comunidades de personas que buscan una existencia que se contrapone a la alienación de las grandes ciudades. Wilson se asocia con la familia de su vecino de mediana edad y juntos salen a unirse a esta nueva forma de vida. Para él es difícil encajar en un mundo de nómadas, ya que el viaje perpetuo está disociado de la tradición, y por lo tanto de la historia, su disciplina. En las comunidades no buscan docentes, sino oficios prácticos. ¿Qué enseñar en un mundo donde nadie quiere aprender?

Desde la pandemia de 2020 las grandes ciudades dejaron de ser atractivas. La contaminación, el tráfico, la abundancia de alimentos procesados, la aglomeración, la precariedad de la vivienda, el encarecimiento del costo de vida llevó a cierta clase de personas a convertirse en lo que se dio a llamar nómadas digitales. Las nuevas tecnologías del trabajo y la financiación remota brindaron herramientas para que exista lo que se podría llamar una “cultura etérea”, donde lo intangible es un valor por encima de lo concreto. Y los etéreos se asientan allí donde la combinación de urbanismo y naturaleza sea armónica, donde el Internet funcione razonablemente y sus pasaportes les permitan quedarse, desde pueblos de playa en las costas turísticas del mundo hasta ciudades agrarias del interior de Europa, o exóticas capitales con beneficios en el tipo de cambio con culturas atractivas como México, Madrid o Buenos Aires.

Usted, estimado lector, probablemente los ha visto tecleando sus laptops en cafés de especialidad, hablando por auriculares con Bluetooth mientras caminan por una playa, haciendo footing en las ciclovías de su ciudad y deteniéndose para revisar la cotización de las criptomonedas o admirar los productos artesanales de los vendedores ambulantes locales. Habitan departamentos rentados por Airbnb, tienen trabajos 100% remotos, cobran en cripto y rara vez se quedan más de tres meses en un lugar. Beben jugos orgánicos, ordenan platillos regionales y café de altura en mesas pintadas con frases motivadoras, pasean en bicicleta a media tarde y consumen toda clase de drogas en antros nocturnos de jueves a domingo.

Hay algunas diferencias entre los arquetipos del relato y los que vimos realmente. Los nómadas de Simak eran rústicos, practicaban oficios manuales, manejaban sus propios vehículos y estaban listos para una vida ruda. Los actuales, por el contrario, tienden al ocio, a los trabajos cognitivos en videoconferencias, y cultivan su cuerpo sólo para mantenerlo saludable. La rusticidad, para ellos, es únicamente estética. Sin embargo, el espíritu es el mismo: desprenderse de la vida urbana y desenvolverse en un entorno natural profundamente domesticado. Son nuevos homeless: gente sin residencia fija, para quienes la estabilidad no es un valor, sino la aventura de lo inesperado, del riesgo calculado de vivir en el cambio sostenido por un colchón de dinero y una cultura social y privilegios raciales que les permite desenvolverse más o menos bien en cualquier sociedad parecida a la de su origen. Como personajes de la publicidad, fluyen cómodamente en las rutas del capitalismo transnacional, donde el dinero cruza fronteras más fácilmente que cualquier pasaporte.

Degradé institucional

El relato de Simak nunca fue considerado anticipatorio. Sus textos siempre fueron leídos con cierta indulgencia, en parte por el gran cariño personal y la admiración que sentían sus colegas más famosos por él, en parte porque su tono melancólico recordaba al mejor Bradbury. Pero en “Círculo completo” existen muchos elementos que hoy vemos como verdaderas predicciones. Uno es la disolución práctica del gobierno nacional. En un mundo de nómadas el Estado es una estructura sin sentido, cada vez más despojada de funciones y financiamiento. Mientras otras historias contemporáneas imaginaban grandes ciudades gobernadas por ambiciosas dictaduras de control, hoy vemos cómo los gobiernos se están transformando en meros administradores de tributos, cada vez más dedicados a las obras públicas menores y a la gerencia de servicios tercerizados. La iniciativa privada se apoderó de los grandes proyectos: las obras que cambian la vida cotidiana, la conquista del espacio, las telecomunicaciones.

El centro del Estado es la ciudadanía, y para que ésta exista la residencia es indispensable. La cultura moderna se basa en la idea de inmovilidad. Las escuelas, las bibliotecas públicas, las áreas culturales, las galerías, los museos y los centros deportivos, desde las escuderías futbolísticas hasta los torneos de rugby: todo esto necesita un sentido de pertenencia para subsistir. Un surfista que va de playa en playa montando olas no es el deportista que necesitan las olimpíadas para continuar existiendo como máxima institución. Un criptoartista que vende a través del mercado de NFTs amenaza a las galerías y los museos. Un alumno de cursos de Google no asiste a las escuelas y universidades. Un viajero que pasa tres meses en cada destino no paga impuesto predial, ni patente automotor, ni está atado a las directivas estatales más que para trámites de aduana.

El crecimiento de los nómadas digitales amenaza la existencia de las instituciones, tal y como marca Simak en el demoledor inicio de su relato. La pandemia de 2020 aceleró muchas tendencias que venían asomándose en las sociedades más gentrificadas. Los etéreos nómadas digitales son uno de los arquetipos que estallaron por la contingencia sanitaria, y hoy son más atractivos para el mercado –carente de fronteras– que para los gobiernos e instituciones tradicionales –anclados en los paradigmas de la residencia fija y la pertenencia local.

¿Cuáles serán las instituciones de los nómadas? El proyecto de Elon Musk para que sus satélites brinden internet en las áreas donde es más difícil llegar completará el ecosistema tecnológico para las comunicaciones y transmisiones que sostienen ese estilo de vida. ¿Se convertirán las ciudades, los gobiernos, las escuelas y las oficinas en templos en ruinas de un pasado remoto? ¿Serán las carreteras el único espacio físico donde sobrevive la vieja era? Las identidades locales se esfuman en un mundo que tiende a crear una clase social que habita todos los lugares gentrificados al mismo tiempo, hasta que el escudo nacional que represente a los jóvenes programadores en sus laptops sea la mujer con un vaso de café de Starbucks.

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