viernes, 26 de abril de 2024

Libros y crimen, insisto

He estado repasando algunos libros de memorias de libreros, y por lo mismo me permito meter aquí un recuerdo de infancia, sobre la primera vez que noté que la gente que vendía libros no era de fiar.

De niño, recuerdo, participé en un concurso de dibujo interescolar. Para mi sorpresa, gané. Había dibujado un robot espantoso por el que, sin embargo, me iban a premiar. Mi madre me llevó a la ceremonia que, extrañamente, se celebraría en el edificio de oficinas de una editorial. También para mi sorpresa descubrí que varios niños fueron premiados y, para disgusto de mi madre (aún recuerdo la cara que puso), el premio consistía en sentarnos a todos en una sala para escuchar a un señor decir cualquier cosa sobre nuestros garabatos e intentar vendernos (bueno, a nuestros padres) una enciclopedia que, para entonces, ya era difícil de vender. No recuerdo nada de lo que dijo el agente de ventas pero sí que agarró un tomo de la enciclopedia y lo sostuvo desde una sola hoja, como si fuera un animal al que quería ver sufrir agarrándolo por las orejas. Pero la hoja resistió y no se desprendió: así nos demostraba que la encuadernación era de primera calidad.

Uno se divierte, entre libros y libreros. A menudo, acepto, a costa de otros. Es la sensación que me dio leer varias entradas de corrido del libro de lugares comunes Cosas raras que se oyen en librerías (2012), de Jen Campbell, un libro que lo mismo me parece simpático como un cruel espejo de lo esnob que podemos ser quienes atendemos a la gente que va a las librerías. Lo que parece un trabajo idílico, claro, también puede ser desesperante: la anécdota del cliente que busca un libro azul como de este tamaño; la de quienes preguntan por ocho libros que sí tenemos para, a la mera hora, sólo preguntar si pueden usar el baño; quien busca Crimen y castigo del Dr. Jekyll; quienes sólo van a tomarse selfis…

Lo cierto es que prefiero ese espejo aleccionador a la memoria del librero virtuoso, intachable, que con toda humildad recuerda el papel que tuvo en la formación de una conversación inteligente y pública durante varios años, creando una escuela, una comunidad y demás (algo de eso puede leerse en Memoria de la librería –también de 2012– sobre tres libreros españoles muy acá –Carlos Pascual, Paco Puche y Antonio Rivero– que yo no conocía, pero que al parecer eran geniales y admirables). Es el tipo de libros, cierto, que sólo puede escribirse tras una larga carrera y experiencia, pero creo que hay un tono más indicado para ello.

Tampoco es el tono que usó Shaun Bythell para su Diario de un librero (2018), pero se le acerca. Para empezar se trata de un género distinto (aunque muy cercano) al de la memoria, que siempre puede cojear por engrandecer el recuerdo que uno arrumbó en el sótano. Los diarios, en cambio, son atómicos y parece que en ellos siempre se lee la atribulación discontinua del oficio de vivir. Los diarios nos hacen ver más cascarrabias de lo que en realidad somos. Es como si sólo consignáramos lo que sentimos por la mañana al leer o escuchar las noticias, y no la placidez que ya llega hacia la tarde o la noche de cualquier día.

Me interesa el diario de Bythell –que también está lleno de anécdotas del tipo que compiló Campbell– porque lo estuve leyendo al mismo tiempo que Los falsificadores (2014) de Bradford Morrow, aún bajo el embrujo de los bibliomisterios. A mucha gente, creo, se le ha aparecido la fantasía de abandonarlo todo para regentar una apacible librería. Pero si encima esa librería se encuentra en un apartado pueblo de Escocia, de clima frío y húmedo y en el que abundan pubs, chimeneas y una dieta rica en grasa, ¿no parece ya de ensueño? Es lo que le pasó a Jessica Fox, que dejó su trabajo en la NASA para mudarse a Wigtown (durante un tiempo fue pareja de Bythell, pueden leer sobre su romance acá, en The Guardian); y algo similar le ocurre a los protagonistas de Los falsificadores, quienes dejan Nueva York para huir a un pequeño poblado de Irlanda.

Los falsificadores es el mejor bibliomisterio que he leído hasta ahora: no sólo es entretenido (hablo desde las apacibles aguas de la crítica cultural) sino que abundan en él escenas de librerías apetitosas, ambientes acogedores o con la marca de misterio de los mejores relatos de fantasmas. A uno le gustaría que la vida del librero fuera más así y menos como el diario de Bythell, en el que permanece la tristeza de quien se dedica a este oficio en la era de Amazon.

Como ocurre cuando uno pregunta, en alguna reunión, si alguien ha visto fantasmas alguna vez, descubro que sacar el tema de los bibliomisterios resulta en que te recomienden algunos. El escritor Guillermo Espinosa Estrada, por ejemplo, me sugirió que El miedo a los animales de Enrique Serna tenía algo de eso; la librera Paola Cuevas, por otro lado, me habló de un súper ventas que yo no conocía, El cementerio de los libros olvidados (un ciclo de cuatro novelas) de Carlos Ruiz Zafón. También leí una novela ultraviolenta, Irène (2006), de Pierre Lemaitre, que tiene su componente bibliomisterioso (los crímenes que se cometen en la novela están inspirados en obras de Brett Easton Ellis o James Ellroy). No sé si la recomendaría, pero está dentro del subgénero.

Contra la bonita idea de que el mundo editorial es un ecosistema –que es una metáfora útil pero también algo dócil–, me pregunto si no conviene verlo más bien como la trama de una novela criminal en la que todos (libreros, autores, distribuidores, editores, diseñadores, maquetadores, impresores…) estamos implicados. Pensé en esto leyendo otras memorias de librero, las de Héctor Yánover (Memorias de un librero escritas por él mismo, de 1994, y El regreso del Librero Establecido, de 2003). Son libros casi de picaresca, en ellos hay crímenes y anécdotas de todo tipo, pero sobre todo una disposición a no tomarse el oficio tan en serio. Las recomiendo.

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