jueves, 4 de abril de 2024

Estado policial global

En años recientes ha cobrado auge la discusión de las políticas de mano dura para enfrentar la violencia creciente en varias regiones del mundo. También, por supuesto, está en la arena pública la militarización y el gasto en armas de países del Norte y el Sur global. A menudo estas polémicas se enmarcan en coyunturas políticas y en la lucha electoral entre grupos de poder que adoptan ideologías cada vez más extremas.

William I. Robinson, catedrático de Sociología y Estudios Globales e Internacionales de la Universidad de California en Santa Bárbara, describe muy bien, en Mano dura. El estado policial global, los nuevos fascismos y el capitalismo del siglo XXI (2020), el sistema general que, más allá de las condiciones sociales particulares de muchos países, está llevando al mundo a una reacción, escenarios que parecían haber quedado en el pasado. El diagnóstico de Robinson no es nuevo. Hay que recordar que, por poner un ejemplo, el auge del fascismo –poco antes de la Segunda Guerra Mundial– se puede explicar por la crisis del capital y la necesidad de disciplinar a la población. La economía de guerra es, justamente, un alineamiento autoritario en la dirección que marca el gobierno en feliz convivencia con la clase empresarial.

Las empresas militares y su producción son, por supuesto, un revulsivo para una economía sedienta de acumulación de dinero, pero es sólo un elemento de la ecuación. Una sociedad militarizada es, también, un escenario ideal para reducir o exterminar derechos laborales, humanos y acelerar el despojo de recursos naturales. La militarización, como demuestra a través de innumerables hechos Robinson, ocurre a través de conflictos entre países, pero también promoviendo un Estado de excepción interno que permita controlar a la población de maneras cada vez más autoritarias. Las tensiones producto de medidas de shock económico –pensemos en el caso reciente de Argentina– siempre provocan protestas que, al trascender a las calles, dan pie a la represión gubernamental que intenta justificarse a través de la propaganda y la manipulación ideológica.

Robinson, como otros autores, nos presenta una línea del tiempo cuyas marcas más importantes corresponden a las crisis de acumulación y especulación que ha tenido el capitalismo en el siglo XX y lo que llevamos del XXI. Son las últimas etapas de un sistema para muchos moribundo y, por lo mismo, cada vez más violento. Destacan, por supuesto, la burbuja hipotecaria de 2007 y, en los años recientes, la crisis energética que simplemente pondrá en jaque a la sociedad de consumo, motor de la acumulación capitalista. Una de las virtudes del libro es denunciar el funcionamiento global del capital y, de esta manera, desmitificar varias ideas. Una de ellas es que hay diferentes modelos de gobierno en conflicto. Para los creyentes en esta fantasía, China –por poner el caso más citado– sería una alternativa al capitalismo neoliberal estadounidense cuando, en realidad, es un producto del mismo sistema que ha acelerado algunos de sus fundamentos, el principal es el exterminio de la llamada democracia liberal para impedir cualquier obstáculo a los negocios del libre mercado en el que participa felizmente la élite de esta nación asiática.

De esta manera no hay, en absoluto, luchas ideológicas contrarias entre la élite mundial y sus corporaciones. Es cierto, la tensión entre diferentes grupos a menudo provoca conflictos locales; sin embargo, el proceso de acumulación capitalista sigue más allá de nacionalismos y falsos proteccionismos. Por poner un ejemplo citado por Robinson: durante el mandato de Donald Trump se pensó que iba a fomentar políticas contrarias al libre mercado para congraciarse con la clase obrera erosionada por años de desregulación económica. Pero el expresidente –e inminente candidato republicano para las elecciones de este año– siguió la línea marcada por sus predecesores: recortó los impuestos a las corporaciones trasnacionales y dijo que su país estaba abierto para los negocios. De esta forma hay un discurso interno que, en realidad, es un anzuelo para que las bases más radicales de los líderes populistas de esta década sientan que están poniendo en jaque a los oligarcas globales, pero el sistema sigue funcionando como de costumbre y en una dirección cada vez más peligrosa para las mayorías sujetas a innumerables desafíos a su sobrevivencia.

Las advertencias de Robinson no son profecías o teorías de la conspiración, sino previsiones a muy corto plazo. Gradualmente se comprueba la dirección que lleva el Estado policial global. El 25 de marzo de este año el diario Le Figaro reportó que el ministro de defensa francés, Sébastien Lecornu, puso sobre la mesa la necesidad de implementar una “economía de guerra”. ¿Qué significa esto? Según la Ley de Programación Militar 2024-2030 el gobierno podrá disponer de personas, bienes y servicios necesarios para enfrentar una amenaza actual o previsible. Esto se hará saber y se implementará, según la misma ley, a través de decretos. El pretexto, en el caso de Francia, es el riesgo que supuestamente representa Rusia para Europa después de la invasión a Ucrania. A través de este tipo de amenazas –ancladas en la realidad, pero potenciadas por la propaganda de guerra– se pasará, fácilmente, de regímenes posdemocráticos como los de ahora a diferentes variantes de un fascismo que se creía ingenuamente superado.

William I. Robinson, Mano dura. El Estado policial global, los nuevos fascismos y el capitalismo del siglo XXI, traducción de Silvia Moreno Parrado, Errata Naturae, Madrid, 2023

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