lunes, 2 de agosto de 2021

Volver a los noventa

Mientras leía el libro más reciente de la narradora Abril Posas (Guadalajara, 1982) recordé un título que es, de alguna forma, un homenaje a la década de los ochenta y su cultura. El libro, muy divertido aunque ahora olvidado, es Pixie en los suburbios, del escritor mexiquense Ruy Xoconostle. El protagonista de esta novela publicada en 2001 era un yupi que tenía un buen trabajo en el ramo tecnológico, pero que estaba frustrado con casi todo lo que sucedía en su vida. Un buen día conoce a Pixie, una chica que pertenece a un estrato social distinto al suyo y que sobrevive con empleos mal pagados. El héroe o antihéroe de la historia encuentra en ella una manera de exorcizar el vacío existencial que lo corroe, y abandona por períodos su trabajo para sumergirse en el mundo de los empleos-basura. En el transcurso de su rito de iniciación despotrica contra toda la cultura aspiracional del México de los ochenta y la frivolidad de la élite resguardada en fraccionamientos de lujo.

Esto no es una canción de amor de Posas es, a su manera, una continuación del libro de Xoconostle. El vínculo entre ambas obras es, por supuesto, el retrato de dos décadas que se fueron muy rápido y que, ahora, desde el presente, se pueden mirar con ironía, nostalgia o sarcasmo. La protagonista desencantada de Posas es Romina –alter ego suyo–, la cantante de una banda de covers llamada Los Incómodos. Capítulo tras capítulo nos enteramos de las aventuras del grupo y también, a través del discurso de Romina, de los recuerdos de la década de los noventa, que parecen un mosaico hecho de películas, discos, conciertos, primeros amores y, sobre todo, el doloroso proceso de abandonar años que parecen idílicos para sumergirse en la nada romántica vida adulta.

Abril Posas logra establecer un tono coherente, casi confesional, en toda la novela. Romina cuenta lo que le pasa saltando del pasado al presente. La escritura, aparentemente sencilla, tiene el mérito de imitar lo oral sin que se note el trabajo en la cadencia de las frases e, incluso, de su música. El humor del libro tiene como materia prima el desencanto, pero también la necesidad de encontrar un sentido a los días que transcurren mientras esperamos que las cosas no empeoren.

La diferencia entre los ochenta y los noventa quizá sea que la generación que conecta ambas décadas –llamada en algunos medios xennial, nacidos entre 1977 y 1983– aún tiene la memoria del mundo antes de Internet, de los algoritmos omnipresentes y, sobre todo, de un estilo de vida que ahora es inaccesible para la mayor parte de la muy erosionada clase media. Los Incómodos son una representación de los adultos que están llegando a los 40 años: sin hijos, con empleos poco estimulantes y la esperanza de un golpe de suerte que los saque del limbo en el que están atrapados. A través de la mirada confesional de Romina, Posas hace una suerte de ejercicio sociológico.

Quizá la autora pudo violentar un poco más su historia. Romina es un personaje creíble, pero le faltan elementos extravagantes para identificarnos más con ella y las decepciones de la vida adulta. El personaje se limita a tomar notas mentales y olvida, en algunos pasajes, llevar un poco más allá la imaginación, aunque sea para tomar una venganza efímera. Por supuesto, como apunté, la marca generacional de Romina y sus amigos, así como el estilo aparentemente desorganizado pero efectivo, dialogan con nosotros desde la primera página, sobre todo con los lectores coetáneos de la autora. Esto no es una canción de amor tal vez anime a otras exploraciones de la década de los noventa, años que inauguraron muchas crisis actuales. Me parece que la literatura mexicana tiene una deuda con eso. 

Abril Posas, Esto no es una canción de amor, Paraíso Perdido, México, 2020

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