viernes, 3 de junio de 2022

¿De qué hablamos cuando hablamos de John Lurie?

¿En qué ocupación pensamos primero al escuchar o leer el nombre de John Lurie? ¿Es un actor y músico? ¿Es un pintor que anteriormente fue músico y actor? No podemos olvidar que también es un gran comediante, aunque los formatos de su comedia nunca han sido convencionales: su humor está presente en algunos títulos de piezas de los Lounge Lizards, agrupación de no wave / jazz que fundó en los ochenta; en las letras del músico ficticio Marvin Pontiac, a quien encarnó en un par de álbumes; en su escritura, que incluye una memoir publicada el año pasado (The Story of Bones) y también sus tuits (pues este artista, al igual que Raymond Pettibon y el fallecido Norm MacDonald, ha encontrado en esta plataforma un medio ideal para ciertos aspectos de su obra –ideas fugaces, chistes, fragmentos que deben ser comunicados a pesar de que puedan perderse en la marea de esa red social y un largo etcétera–, sin llegar, claro, a esa situación límite ridícula que lleva el nombre de “tuiteratura”); o en su pintura (la acuarela Bear Surprise, que consiste en una imagen faux-naïf en la que un oso, parado frente a una pareja que copula, alza los brazos y dice “Surprise!”, se convirtió en un meme muy famoso en Rusia).

Lurie ha producido también dos programas televisivos. El más reciente, Painting with John (HBO), concluyó recientemente su segunda temporada, con mucho aplauso por parte de la crítica pero quizá, por lo poco que puede encontrarse al respecto en redes sociales, con poco éxito entre el público. La premisa, en teoría, es sencilla: John Lurie pinta sus acuarelas frente a la cámara mientras da consejos sobre técnica o cuenta anécdotas sobre su vida. En la práctica, Painting with John no tarda en abandonar estos parámetros. La cámara pasa más tiempo mostrando a Lurie narrando, interactuando con las mujeres que trabajan en su casa, jugando en los alrededores, o en una isla caribeña cuyo nombre nunca es mencionado–, que mostrando el proceso creativo del actor/pintor.

El show insiste en poner de manifiesto su carácter artificial, poniendo en cuestión algunos de los mecanismos que utiliza la televisión de realidad. Falsea sus inicios, repite escenas con y sin risas grabadas e, incluso, en algún momento llega a cuestionar la pertinencia de su propia existencia. Incluso las anécdotas que Lurie cuenta sobre su vida incorporan variaciones que las hacen ligeramente diferentes a como las presenta en su libro de memorias. No obstante hay progresión narrativa, por mínima y absurda que sea: al comienzo de la primera temporada, por ejemplo, Lurie experimenta problemas manejando el dron con el que pretende filmar el inicio de su programa; al final de la temporada ha adquirido cierta habilidad manipulando el aparato y consigue las tomas que buscaba.

Sumado a todo esto, el humor absurdista característico de la obra de Lurie está también presente en el show, quizá más libremente en la segunda temporada, donde se incorpora un segmento llamado “Cowboy Beckett” en la que se parodian diversos clichés del cine de vaqueros. Incluso algunas anécdotas adquieren un matiz surrealista (como cuando narra que en algún momento de su infancia solían salir monedas de su nariz y que nunca pudo hallar una explicación). También podemos ver segmentos de Lurie discutiendo con la Luna. Los juegos con el reality continúan también en esta segunda temporada: Lurie narra algunas consecuencias del estreno de la primera temporada en su vida y agradece a su audiencia haber mandado poemas inspirados por el ocaso (lo que sugirió en algún momento de la primera temporada).

Una de las tantas cosas que, sin querer, nos hace ver este programa es que la así llamada “edad dorada de la televisión” parece haberse concentrado casi exclusivamente en la ficción narrativa. Painting with John es un show con cualidades artísticas innegables, claramente forma parte de la nueva avanzada televisiva, pero definitivamente no puede clasificarse en el rubro de ficción narrativa. Su formato deriva más de géneros televisivos como el video instructivo (desde la primera temporada, Lurie presentó su programa como una especie de negativo del show de Bob Ross: “Bob Ross se equivocó. No cualquiera puede pintar”; “Me gusta que mis árboles sean miserables”) o el reality, que ya había explorado anteriormente en su variante de programa de viajes con Fishing with John.

En esta serie están presentes todos los aspectos de la obra de Lurie: se incorpora música tomada de alguno de sus múltiples proyectos, el pretexto del show es su pintura y también está presente el mismo Lurie, más como actor interpretando a un personaje llamado John Lurie que como el sujeto de un documental sobre sí mismo. Podríamos hablar de Painting with John como una especie de experimento autoficcional (aunque, claro, la variante de Lurie es mucho más divertida, inventiva e interesante que los torrentes de lágrimas electroedípicas de los practicantes francófonos y francófilos del género) que encuentra algunos de sus predecesores en piezas tan disímiles como el par de cortometrajes que llevan por título La habitación, de Chantal Akerman; la serie, también de HBO, Curb Your Enthusiasm, en donde el productor y escritor Larry David interpreta una versión ficcionalizada de sí mismo; París no se acaba nunca, de Enrique Vila-Matas, o Cómo me hice monja, de César Aira.

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