miércoles, 20 de marzo de 2024

Mosaico de citas

Antoine Compagnon, La segunda mano o el trabajo de la cita, 1979. Publicado por Acantilado, Barcelona, 2020, 528 páginas. Traducción de Manuel Arranz.

 

Cortar y pegar son las experiencias fundamentales del pa­pel, de las que lectura y escritura no son más que formas de­rivadas, transitorias, efímeras. Entre la infancia y la senili­dad, ¿qué es lo que habré hecho? Habré aprendido a leer y a escribir. Leo y escribo. No dejo de leer y de escribir. Pero ¿no lo hago por la sola razón inconfesable de que, por el momento, no puedo permitirme consagrarme por completo a la práctica del papel que satisfaría mi deseo? La lectura y la escritura son sucedáneos. 

Hay un objeto inicial, que tengo delante, un texto que he leído o que estoy leyen­do, y el curso de mi lectura se interrumpe en una frase. Vuel­vo atrás: releo. La frase releída se convierte en una fórmula, aislada en el texto. La relectura la desliga de lo que precede y de lo que sigue. El fragmento elegido se convierte él mismo en texto: ya no un fragmento de texto, una parte de la frase o del discurso, sino un fragmento escogido. Porque mi lectura no es ni monótona ni unificadora; mi lectura hace explotar el texto, lo desmonta, lo dispersa. Por eso, incluso si no subrayo ninguna frase ni la traslado a mi cuaderno de notas, mi lectura procede ya de un acto de la cita que desagrega el texto y lo separa del contexto.

Subrayaba Quintiliano para explicar las ventajas de la lectura sobre la audición: “La lectu­ra es libre y no está obligada a seguir el ritmo del orador. Uno puede volver en todo momento sobre sus pasos, ya sea para examinar un pasaje más atentamente, ya sea para recordarlo”.

La lectura descansa en una operación inicial de depredación y de apropiación de un objeto que la dispone al recuer­do y a la imitación, es decir a la cita. (Repetición, memoria, imitación: una constelación semántica en la que convendrá situar el lugar de la cita.) 

Del mismo modo, toda cita sigue siendo –¿en el fondo o por aña­didura?– una metáfora. Cualquier definición de la metáfo­ra convendrá también a la cita, por ejemplo la de Fontanier: “Presentar una idea bajo el signo de otra idea más sorpren­dente o más conocida, que, por lo demás, no tiene con la pri­mera más que una relación de cierta similitud o analogía”.

El subrayado es el ex-libris menos discutible.

Las cosas que hacemos todos los días de­bemos hacerlas cómodamente, por eso leo con las tijeras, ya me disculparán, y corto todo lo que no me gusta. Y así me van quedando lecturas que nunca me disgustan.

¡Bienaventurada cita! Tiene el privilegio entre todas las pa­labras del léxico de designar a la vez dos operaciones, una de extracción, otra de injerto, y además al objeto de esas dos operaciones, el objeto extraído y el objeto injertado, como si siguiera siendo el mismo en diferentes estados. ¿Existe, en cualquier otro campo de la actividad humana, semejante re­conciliación, en una sola y única palabra, de incompatibili­dades fundamentales como la disyunción y la conjunción, la mutilación y el injerto, el menos y el más, la exportación y la importación, el copiar y el pegar? Hay una dialéctica todo­poderosa de la cita, una de las vigorosas mecánicas del des­plazamiento, más fuerte todavía que la cirugía.

La cita es un órgano mutilado, pero se convertirá en un cuerpo, vivo y autosuficiente: el animáculo monocelular a partir del cual se explica toda la creación. Tiene un corazón y miembros, un sujeto y un predicado. Y esta imagen que ali­menta la cita es lo que hace que sea de una manera ejemplar una frase: la menor unidad de lenguaje autónoma y cerrada sobre sí misma. La frase está viva: se la puede trasplantar; no se la mata, únicamente se la cambia de lugar. Por lo demás, y para ser más exactos, la frase se mueve sola, deambula de un lado a otro, y yo no puedo detenerla.

Michel Leiris, en Biffures: “Confrontar, agrupar, unir entre sí elementos distintos, como por un oscuro apeti­to de yuxtaposición o de combinación”. “Cuando me sentía incapaz de ex­traer de mi propia sustancia cualquier cosa que mereciese la pena apuntar en el papel, copiaba gustosamente textos, o pegaba sobre las páginas vírgenes de cuadernos y libretas ar­tículos e ilustraciones recortados en los periódicos”. Insiste además en “el mecanismo de esos gestos de los cuales es di­fícil no obtener placer incluso si no tienen ninguna otra con­secuencia práctica: recortar con las tijeras, pulir los bordes del recorte, alisar y pegar ajustando bien las esquinas del re­corte al recuadro de la página del cuaderno”.

¿Estoy por lo demás en condiciones de recordar, de formular el origen de las unidades que no son citas? ¿No es posible que también lo sean? El proceso de la escritura es una reescritura desde el momento en que se trata de convertir elementos separados y discontinuos en un todo continuo y co­herente, de reunir, de abarcar esos elementos (y de tomarlos juntos), es decir de leerlos: ¿no se trata siempre de eso? Re­escribir, componer un texto a partir de sus esbozos, significa ordenarlos o asociarlos, hacerlos empalmes o las transiciones que se imponen entre los elementos con que se cuenta: toda escritura es collage y glosa, cita y comentario.

Trabajo la cita como si fuera una materia que habita en mí; y, al ocuparme de ella, ella me trabaja; no es que esté ati­borrado de citas ni atormentado por ellas, pero me estreme­cen y me provocan, desplazan una fuerza, aunque solo sea la de mi muñeca, hacen intervenir una energía —estas son las definiciones del trabajo en física o del trabajo físico. De la cita, venta ambulante e hilatura, soy la mano de obra. Toda la ambivalencia de la cita, enmascarada por una cano­nización metonímica, enriquece esta noción de “trabajo”: la ambivalencia del genitivo en que la cita es materia y sujeto, en que yo soy activo y pasivo, presa de la cita.

Louis-Ferdinand Céline, en Cahiers Céline: “Escribir me abruma. Hay que hacerlo con mucho cuida­do, con mucha delicadeza. Se necesitan 80 000 páginas para llegar a hacer 800 páginas de un manuscrito en el que el tra­bajo desaparece. No se ve. Se supone que el lector no debe ver el trabajo”.

Tanto el scriptor, que vuelve a copiar sin modificar, como el compilator, que escoge y reúne, o el commentator, que interviene pero exclusivamente para ex­plicar, y, finalmente, el auctor, que añade y pone de su cose­cha, pero sin comprometerse, se basan en una autoridad que no es la suya y que los supera.

Michel de Montaigne, en Los ensayos: “Se invierte más trabajo en interpretar las interpretaciones que en interpretar las cosas, y hay más libros sobre libros que sobre cualquier otro asunto. No hacemos sino glosarnos los unos a los otros. Por todas partes proliferan los comentarios; de autores hay gran escasez”.

Deja constancia de la sustitución de un mo­delo lineal del texto, esencialmente oral, por un modelo espacial, el libro. Ambos se oponen como la voz y la mirada: el libro y el nuevo espacio de la página impresa se enfrentan a la tradicional lectura en voz alta y exigen una lectura vi­sual. La disposición tipográfica deja ver inmediatamente la estructura del texto. Más que ilustrarlo, lo muestra.

De nuevo Montaigne: “No he hecho más mi libro de lo que mi libro me ha hecho a mí”.

No hay nada más íntimo en el libro que sus citas.

No hay libro sin lectura, ni antes de ella –esta podría ser la diferencia entre el libro y el texto–; sin embargo el texto de la alienación narcisista no se presta a la lectura, tal vez ni siquiera la pide.

Se lee siempre con los recuerdos, cada libro los desplaza un poco, produce nue­vos recuerdos: son necesarios para orientarse, constituyen mi competencia de lector.

Qué es una bibliografía sino el modelo de una autobiografía, un scrap-book, una colección de recuerdos, billetes de tren, entradas de museos, programas de espec­táculos, tarjetas de invitación, flores secas: la lista de los ico­nos del autor. Yo no pido más: sus glosas sobre sí mismo y el mundo me aburren.

Pero ¿cómo se confecciona una bibliografía? Una biblio­grafía es el catálogo de los textos que ha leído el autor mien­tras se aplica a su proyecto de escritura actual, necesariamen­te es limitada e incompleta. ¿Hasta dónde hay que llegar en la recensión de las lecturas? ¿Hay que incluir los periódicos, las novelas policíacas? ¿Cómo distinguir lo que ha servido de lo que ha aparecido de pronto, a mi pesar? ¿Y por qué no las películas? ¿Y las conversaciones? ¿Y las lecturas antiguas, las de la infancia que todavía me hacen soñar? Una biblio­grafía verídica, sincera y exhaustiva es tan imposible como una confesión verdadera. 

Ateneo, en El banquete de los eruditos: “En respuesta a un primero que había recita­do un verso épico o un yambo, cada cual iba declamando el que venía a continuación; o también, a quien exponía un pa­saje fundamental, le respondían con el de algún otro poeta, porque había expresado la misma idea”.

El volumen en el que los pliegos son esenciales: constituyen el ritmo, son “la causa primera de que una hoja cerrada contenga un secreto”, dice Stéphane Mallarmé, en Quant au livre. “Sí, sin los pliegos de papel y el interior que crean, la mancha dispersa que forman los caracteres negros no presentaría una razón para extenderse en la superficie, como un estallido de misterio, con cada bre­cha efectuada por el dedo”.

Mientras leo un libro estudiándolo y tomo notas, cuando una frase me gusta, me llama la atención, me interesa, omito anotarla. La frase se olvida en el lenguaje y retornará como síntoma, aquello cuyo origen se ha perdido para siempre: una epifanía, un ideograma sobre la página de Joyce o de Pound. Cargado de la energía de su repetición, el síntoma crece por sí mismo y lo hace repitiéndose. Jamás tie­ne lugar una vez o de una vez por todas; resurge, como un es­trato subterráneo, a la menor fisura en la capa superficial del texto, porque su energía es libre, incontrolable, inagotable.

Théophile: “Cuan­do sea mayor, haré esto y aquello, haré lo que quiera sin pe­dir permiso, beberé mientras como la sopa, pondré los codos sobre la mesa, me meteré en los charcos, leeré toda la noche y nadie me apagará la luz…”.

Todo texto es un “mosaico de citas”, afirmaba Barthes.

La cita es por lo tanto un tema lingüís­tico curioso, ya que en su enunciado intervienen dos voces: la voz de su primer autor y la voz de aquel que se la apropia. En términos lingüísticos, importa menos el enunciado que la enunciación, es decir el acto mediante el cual un enuncia­do se dirige a un destinatario.

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