jueves, 10 de agosto de 2023

Letra y ruido: libros sobre música

De Bob Dylan a Kate Bush, pasando por Mark Hollis (Talk Talk), Natalia Lafourcade o Miki Berenyi (Lush). De Cosey Fanni Tutti (Throbbing Gristle) a Kid Congo Powers (The Cramps), Bobby Gillespie (Primal Scream) y de regreso. Los libros sobre música –especialmente las biografías o las memorias centradas en un grupo, un movimiento o un artista– viven un boom. En un panorama que parece jugar entre la sobreoferta, los nichos y el ocaso de la carrera de figuras del siglo pasado, los estantes de las librerías tienen en la música a un aliado de peso. 

Al nivel de los lectores, en este oleaje juega en contra algo que era impensable hace una década, pese a ser característico de cualquier mercado: la oferta es excesiva y los bolsillos revientan. En este tramo los amantes de las letras y los sonidos han tenido que volverse mucho más atentos para no hacer una compra errónea y dejar sus últimos pesos en un mamotreto investigado al vapor, redactado de forma irresponsable y editado con descuido, por decir lo menos. 

La última década nos ha dejado un largo muro de libros sobre compositores, cantautores, sonidos, filosofías, bandas y posibilidades en torno a la música. De los tiros certeros en ventas a esfuerzos locales antes impensables, y otros en clave kamikaze, hasta hace no tanto encontrar un libro informado pero accesible sobre la historia de la música del siglo XX era una empresa fragmentada y cercana a lo imposible. La tendencia cambió con dos libros de Alex Ross: El ruido eterno (2007) y Escucha esto (2011).

Hasta hace no tanto encontrar un libro informado pero accesible sobre la historia de la música del siglo XX era una empresa fragmentada y cercana a lo imposible. La tendencia cambió con dos libros de Alex Ross: ‘El ruido eterno’ (2007) y ‘Escucha esto’ (2011).

Alexander Bruck y Lizbeth Zavala, propietarios de la librería Siranda, pequeño espacio ubicado en la colonia Roma de la Ciudad de México, cuya selección anticuaria se centra principalmente en libros sobre música, reflexionan al respecto. “La música como forma de arte autónoma ha estado un poco relegada, no podemos hablar de una tradición de la música de concierto como la de la pintura. A esa constatación ha seguido cierta revalorización de su valor simbólico en la sociedad. Obviamente no es algo automático, y no tiene que ver ni con el precio de los libros ni con el dinero como tal, pero sí con el interés actual. Hace ya casi diez años que empezamos a juntar los libros sobre música de las librerías de viejo, de los tianguis, y en ese entonces realmente veíamos que no le interesaban a nadie, ibas a las librerías a buscarlos y te decían ‘Creo que hay unos ahí atrás’ y eran baratísimos”, explica Bruck, músico y profesor.

Escuchar en la tempestad para leer en calma

Hasta finales de la década de los sesenta las memorias musicales eran prácticamente una anomalía editorial, no había un mercado sólido para ellas y editarlas era una aventura que casi nadie quería emprender. Esto abrió un hueco de oportunidades inicialmente cubierto por la prensa cultural y, luego, la especializada en música. Ahí mismo, en los medios, la escritura sobre música tuvo un hogar más o menos cálido y estable por décadas, pero que terminó por derrumbarse durante la pandemia. 

Hoy ese mundo de revistas y textos fascinantes sobre conciertos ha quedado en la memoria pequeñoburguesa occidental. La revista Q cerró en 2020, siguiendo los pasos de Melody Maker y Select en 2000, NME en 2018 y Mixmag en 2020. Si un puñado de revistas en América Latina, como las versiones locales de Rolling Stone, no han muerto se debe en buena medida a que su espectro tuvo que ampliarse y el eje ha dejado de ser estrictamente musical. Pero las cifras de ventas siguen cayendo, las redacciones son prácticamente inexistentes y los lectores-compradores son una minoría. No puede ignorarse el perfil eternamente adolescente y masculinizante que las definía, como Kim Gordon y Patti Smith cuentan en sus memorias La chica del grupo (2015) y Éramos unos niños (2010), respectivamente.

No puede ignorarse el perfil eternamente adolescente y masculinizante que definía a las revistas, como Kim Gordon y Patti Smith cuentan en sus memorias ‘La chica del grupo’ (2015) y ‘Éramos unos niños’ (2010), respectivamente.

Para Daniel Lazarini, músico y periodista de la Ciudad de México, la fisicalidad del libro musical sigue siendo pertinente. “La digitalidad no ha terminado de reemplazar nada. Un ejemplo práctico: hay archivos JPG de hace apenas diez años que ya no se pueden abrir porque los códecs y sistemas operativos con los que fueron creados ya no son vigentes. Si la industria no puede ofrecer una forma práctica y segura de resguardar archivos digitales no hay más que voltear a los formatos físicos, que mientras estén lejos de la humedad y el sol se pueden conservar por siglos. El problema no es que la tecnología no tenga la capacidad de ofrecer permanencia, sino que sus intereses apuntan a lo desechable y lo efímero”. 

Compartir, recomendar y escuchar con atención

Del otro lado, ahí donde los curiosos y los avezados van forjándose un acervo personal con la técnica de prueba y error, las preguntas pertinentes circulan entre iniciados. ¿Qué biografía de Morrissey es la menos chocante? ¿Existe algún libro consistente, pero de lectura amena, que nos acerque mejor a la historia de la salsa? ¿Uno de rock latinoamericano que vaya más allá de las visiones de escritorio? ¿Hay un texto de largo aliento sobre el reguetón, sin entrevistas oportunistas? ¿Cómo identificar un libro solvente sobre aquel artista, ese estilo o este movimiento? 

libros sobre música

En este contexto, personajes como Ariel Pukacz, fundador de Walden Editora, considera que la coyuntura por la que atraviesa el libro sobre música involucra la fascinación por el impreso: “El libro sigue siendo un objeto único; dos CDs o dos viniles, por más música que tengan en su interior, pesan y lucen iguales. Cada libro tiene una cantidad de páginas distinta, dimensiones propias, elecciones tipográficas y de diseño, su propio peso. No es lo mismo un libro de 80 páginas que el Ulises de Joyce. La lectura en e-book sí genera una sensación similar, pero como objetos físicos son dos cosas muy distintas de abordar”, enfatiza el autor de la novela Snuff (2022).

El desafío, para quienes hacen libros sobre fenómenos musicales, es trascender lo mismo el culto a la personalidad que la información básica disponible en la red, pero sobre todo presentar proyectos atractivos y sustanciosos. Lo sabe bien la artista visual suiza Mirjam Wirz, que ha dedicado una parte importante de su carrera profesional a retratar y documentar fenómenos populares como la cumbia, los sonideros y sus protagonistas en países como México y Colombia. Poseedora de una visión alejada del mercado y las convenciones editoriales, la gente que retrata Wirz es la primera en conocer el trabajo: “Si las personas con las que colaboré no aceptan el libro para mí representa un fracaso, porque lo entiendo como un mal trabajo, pues es sobre ellos y para ellos. Para mí es importante dar el protagonismo a las personas, su identidad y su composición antes que a, digamos, el movimiento o el tema en general”, enfatiza la autora de Sonidero City (2013), Ojos Suaves (2018) y los recién publicados Matuya y El patio de Betty (2023), de su serie Cuadernos Verdes.

Ante la sobreoferta, los lectores sónicos más experimentados hacen algunas recomendaciones:

Daniel Lazarini: “Las autobiografías suelen ser recorridos desde el ego del autor, cuentan una versión bastante sesgada de sí mismos, así que prefiero las biografías donde hay investigación profunda sobre el tema. Hay, claro, excepciones increíbles como la autobiografía de Mark Oliver Everett (Things the Grandchildren Should Know), de Eels, o las memorias de Richard Hell (I Dreamed I Was a Very Clean Tramp). Recomiendo Future Days (2014), de David Stubbs, el único material traducido al español sobre el krautrock; Lady Sings the Blues (1956), de Billie Holiday, donde conocemos de su propio puño las desventuras de una de las mujeres afrodescendientes más talentosas del siglo XX; y Stockhausen. Entrevista sobre el genio musical (1987), de Mya Tannenbaum, conversaciones de la periodista italiana con uno de los compositores contemporáneos más discutidos de los últimos 50 años”. 

libros sobre músicaAlexander Bruck y Lizbeth Zavala: “Recomendamos Agustín, reencuentro con lo sentimental (1980), que editó Raymundo Ramos con textos de Monsiváis, Arreola y muchos escritores de la época, además de testimonios de muchas personas que tuvieron que ver con Agustín Lara, desde parejas hasta músicos y empresarios. Este es un gran libro que, a nuestro juicio, siempre ha estado subvalorado; además cuenta con una muy bonita edición. Incluso hay un tiraje especial de tela y luego otro que nunca hemos visto, con grabados de gráfica original”. 

Ariel Pukacz: “Algo difícil de conseguir, pero está el libro No Wave (2007), de Marc Masters, una obra maestra, probablemente la única que cuenta de manera precisa el fenómeno de ese movimiento; Gente que no. Postpunks, darks y otros iconoclastas de under porteño en los 80 (2009), un libro escrito por varios periodistas sobre el postpunk argentino de los ochenta. Mucho se habla de Parálisis Permanente y del darkwave francés, pero Argentina en esos años postdictadura tuvo una de las escenas más interesantes; y finalmente Feeding Back (2012), de David Todd, donde el periodista entrevistó a guitarristas que se salen de la norma del rock más clásico, de Lydia Lunch, Bob Mould y J Mascis a Fennesz y Fred Frith”.

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