lunes, 14 de agosto de 2023

Magali Lara: oscuridad y creación

Busqué en mi memoria la primera vez que escuché el nombre de Magali Lara, la primera vez que vi una pieza suya o que se sumó a mi imaginario como un referente del arte encabezado por mujeres. La respuesta a esta búsqueda fue puntual: siempre ha estado ahí, presente. Reconocida por su labor como artista visual y gestora, ha trabajado durante más de cuarenta años con temas relacionados con el cuerpo, la naturaleza, la otredad y la conexión con el mundo, entre otros, y es maestra desde hace dos décadas. Su carrera artística comenzó en los setenta, en un contexto en el que las mujeres artistas eran siempre relegadas a entornos “menores”; no obstante, la fuerza de su obra, la claridad de sus palabras y el carácter de su lenguaje pictórico la colocó en el lugar que le correspondía en el mundo del arte.

Para Magali Lara (Ciudad de México, 1956) todo comienza en las libretas: en ellas aparecen los temas, las lecturas y las sensaciones para desarrollar el trabajo y ensayar las soluciones técnicas de sus piezas. “Cuando más o menos tengo la conexión formal empiezo con el gran formato; ahí siento –y eso lo he aprendido más como maestra que en la autoobservación– que la libreta me ha servido para hacer una especie de repertorio y así entender por dónde va la pieza formalmente. A partir de eso, cuando entro al dibujo, ya tengo una memoria corporal que me guía”, comparte en su estudio en Cuernavaca.

El ensayo, en este sentido, puede entenderse desde dos perspectivas: como la proyección de su obra –en este caso el dibujo que se desarrolla en las libretas y llega a los lienzos de mediano y gran formato– y como un texto que inventa sus reglas para explorar y habitar los temas de investigación. “Para mí, encontrar una forma y estar trabajándola tiene que ver justamente con cómo estructurar algo que no sabes exactamente adónde va ni cómo va a terminar, pero hay una cierta hipótesis por la cual quieres atravesar”.

Magali Lara

Magali Lara mostrando uno de sus cuadernos. © Rodrigo Cervantes Ornelas

Plantas, animales, humanos

“Siempre hay una preocupación por el jardín, por la relación con lxs otrxs, no sólo con los animales y las plantas sino con todo lo que es distinto a ti, incluso lo que es distinto dentro de ti”. El paisaje es constante en el imaginario de Magali Lara, y a partir de la pérdida de su esposo, Juan Francisco Elso (La Habana, 1956-1988), comenzó a reconocerlo con mayor claridad. Empezó a pintar flores muy joven, porque su madre y su abuela también lo hacían. Así llegó a sus manos un libro de Irving Penn con fotografías de flores que no estaban en su plenitud: “Empecé a trabajar con estas flores porque era una manera de conectar con mi mamá y mi abuela pero desde otra perspectiva, para mí lo que ellas hacían tenía que ver con ellas y los autorretratos. Después de la muerte de Elso fue brutal. Hace poco se hizo una retrospectiva de su trabajo, después de 34 años de su muerte, y hasta ese momento me di cuenta de que también él tenía una historia del paisaje muy fuerte, que era un tema que nos unía y no lo hablamos”.

“Siempre hay una preocupación por el jardín, por la relación con lxs otrxs, no sólo con los animales y las plantas sino con todo lo que es distinto a ti, incluso lo que es distinto dentro de ti.” 

El vínculo con la naturaleza nos lleva a hablar sobre un árbol de su jardín, que se ve a través del ventanal de su estudio. “Dibujo árboles como un ejercicio técnico, te da precisión, y tengo una relación muy fuerte con ellos. El jardín me ha salvado: yo no cuido el jardín, el jardín me cuida a mí. La posibilidad de comunicarte con tu entorno te da una sensibilidad y una intuición distintas. Es una parte que se cultiva, aprendes a escuchar”. Conectar de una manera más profunda con el entorno nos involucra en las problemáticas del mundo, concretamente en la crisis ecológica.

En el imaginario de Magali Lara lo corpóreo, el movimiento dancístico de la pintura, es protagónico. Una vez que ha hecho ensayos en sus libretas, a partir del collage, el dibujo y el uso de distintas tintas, pasa a formatos más grandes. En su pintura se reconoce la energía, el carácter y la sensualidad intrínsecos en cada uno de los materiales con los que trabaja; ahí radica también la importancia al definir la técnica de cada obra. “Hay épocas en que hago tinta, dibujos en papel y recortes. El gis, por ejemplo, es muy mugroso y es muy sensual, muy de tacto; la acuarela o el gouache requieren, aunque parezca que está todo desparramado, cierto control… La pintura es para mí el lugar más físico, más corporal, involucra una energía que viene del plexo solar o del sexo”.

Palabras, trazos, espacios

Para Lara la relación que la palabra tiene con la pintura puede ejemplificarse con la imagen de dos hermanas siamesas que comparten, quizás, el hígado. “El dibujo tiene un costado intelectual, abstrae para representar; es parecido a escribir porque debes entender adónde va lo que quieres decir”. Ambas disciplinas implican una relación física con el material, la pulsión creativa y los modos de representar. “Yo empecé leyendo, mi conexión con el mundo se dio leyendo. Me gustan mucho las novelas y muchas cuestiones de composición las entendí en ellas”. El nexo entre una disciplina y otra adquiere sentido en el espacio de tensión donde las cosas suceden: lo que se dice textualmente y lo que no, lo que el novelista hace con la página a partir de la creación de sus imágenes, lo que la pintura da como información que escapa a la racionalidad. Ya sea como hilo conductor o como una posibilidad para el ensayo, la literatura es vital para la artista.

Magali Lara

Magali Lara y sus perros. © Rodrigo Cervantes Ornelas

Respecto a la composición, en la obra de Magali Lara destacan los espacios vacíos: cuando observamos su trabajo reconocemos líneas, figuras abstractas, en ocasiones palabras o frases y áreas en blanco. Para ella es importante dejar en el lienzo un espacio sin información, donde el diálogo con el espectador puede continuar. “En los ochenta, cuando empecé a pintar, el principal problema de la pintura mexicana era para mí la saturación, una especie de retórica ensimismada sobre la técnica. Me importa que en la pintura haya aire, algo que todavía no está acabado”.

Lo monstruoso es parte del repertorio de Lara, en parte porque suele relacionarse con figuras femeninas: “En las películas de monstruos hay casi siempre una mujer bella al mismo tiempo seductora y repulsiva. Pasa lo mismo con la creación femenina, que viene de la oscuridad y no distingue entre lo bello y lo horrible. En mí tiene que ver con esta capacidad de decir pero a veces decir, si no tienes una parte más sensible, puede ser muy destructivo.” Por otra parte, el trabajo con los sueños, menciona, “tiene que ver con la pintura y es que te permite tener acceso a cosas que no son lógicas, a imágenes que son poderosas desde otro lado. Eso me ha ayudado. Es una percepción hacia todo lo que está sucediendo, además de lo tuyo”.

Mural efímero

Hasta hace unos días pudo visitarse Trópico fantasmático: borramientos, exposición compuesta por un mural realizado in situ en La Tallera de Cuernavaca, a partir del cual la artista generó un diálogo contemporáneo con La América tropical oprimida y destrozada por los imperialismos, obra que David Alfaro Siqueiros realizó durante 1932 en Los Ángeles. En el centro de esta pintura Siqueiros representa a un niño indígena de doce años crucificado, un comentario sobre el declive económico de Estados Unidos y los extractivismos en América Latina. Partiendo de ese trabajo, la obra de Lara habla de la crisis climática a través de un mural efímero creado con carboncillo directamente sobre las paredes de la sala.

Partiendo del trabajo de Siqueiros, la obra de Magali Lara habla de la crisis climática a través de un mural efímero creado con carboncillo directamente sobre las paredes de La Tallera.

“La primera mancha es monstruosa, y los elementos en rojo son espacios de diálogo para hacer la precisión de que no tenemos palabra para nombrar esto, no hay vocabulario que nos diga nada. La otra mancha donde se notan los trazos se volvió muy energética de manera intuitiva. Salió esta imagen como de una bruja, una energía que no es fácil pero que puede producir cosas interesantes”. Hay además un texto de Alejandra Pizarnik que acompaña la figura y que recupera la luz de la palabra y el poder de la poesía. Con este mural, donde colaboraron sus asistentes, los artistas Luis Hidalgo y Minerva Ayón, Lara propone un pensamiento rizomático donde la figura crucificada es ahora un árbol (el mismo que está afuera de su estudio) que ilustra la manera en que nos entendemos como humanidad. Detrás de una de las mamparas de la muestra se encuentra una sección de archivo con los dibujos en papel de la pieza y el análisis que hace la artista: “Preguntas fragmentadas y poesía es lo que tenemos por el momento”.

Vista de Trópico fantasmático: borramientos en La Tallera Siqueiros, Cuernavaca. © Rodrigo Cervantes Ornelas

En este mural, el más grande que ha realizado en su carrera, el tema de los formatos dio pie a hablar de la producción hecha por artistas mujeres, que históricamente hemos trabajado desde lo doméstico y lo íntimo –en parte porque han sido nuestros espacios durante muchos años, como menciona Lucy Lippard. En este tratamiento íntimo del mapa sensorial y lo doméstico están las cosas sobre las que se tienen que estar hablando: “El espacio doméstico refleja el mundo en el que vivimos. Esta mirada hacia adentro, esta manera de entender lo doméstico y la vida cotidiana es donde suceden los grandes cambios”.

Mujeres y arte

¿Es pertinente distinguir entre las obras producidas por mujeres y por hombres? Para Magali Lara es necesario hacer exposiciones de artistas mujeres, pero la producción debe ir acompañada: “La crítica debe mejorar sus cuestionamientos sobre el trabajo de las mujeres, porque no solamente se trata de preguntar por qué pintamos esto sino por qué ciertos temas siguen apareciendo una y otra vez. ¿Qué hay detrás de esa iconografía?”. Y añade: “¿Por qué para las artistas jóvenes es importante la descripción del cuerpo? En la generación anterior a la mía, por ejemplo, se trataba de no ser un objeto sexual; en mi generación tenía que ver con la autorrepresentación, sin que apareciera un desnudo, sin que tú fueras la desnuda una vez más; para la generación siguiente la cuestión fue desnudarse para volverse un objeto del propio deseo, pero ¿qué más significa?”.

La potencia de la obra de Magali Lara atraviesa a quien la mira. Es un gesto perturbador y bello al mismo tiempo. Es una llamada de atención sobre la crisis climática y la responsabilidad que tenemos con el mundo. Es un reconocimiento de sus monstruos y fantasmas con la valentía de quien mira por primera vez la obscuridad y reconoce en ella la fuerza de la creatividad.

Magali Lara

Magali Lara en su estudio. © Rodrigo Cervantes Ornelas

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