jueves, 28 de julio de 2022

La economía como dogma

¿Cuáles son las características de una secta? La definición del diccionario es ésta: “Doctrina religiosa o ideológica que se aparta de lo que se considera ortodoxo”. Otra acepción dice: “Comunidad cerrada, que promueve o aparenta promover fines de carácter espiritual, en la que los maestros ejercen un poder absoluto sobre los adeptos”. A muchos parecerá extraño hacer un vínculo entre la irracionalidad de una secta y la manera en que se entiende, en nuestros tiempos, la economía. El mundo de las finanzas es visto como una disciplina científica, libre de cualquier ideología y aplicable a través de estadísticas y modelos matemáticos.

La política es, según esta percepción, el reino del absurdo, de la propaganda que no tiene contacto con la realidad y, por supuesto, el caldo de cultivo para populismos de diversas tendencias que manipulan a la gente y la alejan de las directrices que marcan los científicos sociales más importantes, es decir, los economistas ortodoxos. Sin embargo, si miramos con ojo crítico la narrativa que difunden los medios de comunicación sobre la economía y las decisiones que se toman todos los días, podríamos comprobar que estamos ante un discurso que se vende como científico, pero cuyos supuestos son endebles, cambiantes, manipulados constantemente y en contubernio con el poder en sus distintos niveles.

A pesar de lo anterior, la palabra de los economistas pertenecientes al statu quo, defensores de los intereses de la élite, es tomada –como sucede en las sectas– como un conocimiento irrebatible y casi sagrado. Cuestionar o criticar sus conceptos es dudar de leyes universales como la de la gravedad y, por lo mismo, el hereje debe ser condenado al ostracismo. Como sucede en cualquier doctrina basada en rigurosos escalafones, la “verdad” sólo es asequible a unos pocos iniciados, aquellos egresados de universidades prestigiosas que divulgan sus máximas a través de un lenguaje oscuro, lleno de abstracciones matemáticas e ininteligible para el lector común.

Thomas Porcher (Drancy, 1977) es un economista francés de la Universidad París 1 Pantheón-Sorbonne y pertenece, entre otras organizaciones, a Les Économistes Atterrés (Los Economistas Horrorizados), un grupo de académicos críticos de la ortodoxia neoliberal y cercanos a posiciones anticapitalistas y antiglobalización, entre otras. Porcher publicó, en 2018, Tratado de economía herética. Para poner fin al discurso dominante, que ahora es publicado en español por el Fondo de Cultura Económica. El libro, un éxito de ventas en Francia, es una muestra del creciente malestar de la gente con la situación económica mundial, que desde hace muchos años está en permanente crisis.

Ante un escenario agravado por muchos factores, economistas como Porcher, Thomas Piketty e, incluso, académicos más tradicionales como Joseph Stiglitz ponen sobre la mesa la necesidad de abrir el debate sobre el camino que ha tomado la economía durante los últimos 30 o 40 años, particularmente desde el inicio de las primeras políticas económicas neoliberales. Esto los ha puesto bajo los reflectores, pero también bajo el ataque de la ortodoxia económica, que no ha dudado en llamarlos “negacionistas” porque, según esta perspectiva, negar la doctrina que ha dominado el mundo equivale a ir en contra de la ciencia más básica, como afirmar que 2 más 2 no son 4.

Tratado de economía herética es, por lo tanto, un intento de mostrar las numerosas contradicciones de las políticas económicas dominantes, contradicciones que no pertenecen a la realidad objetiva de la ciencia. El primer capítulo, “La economía no es una ciencia”, aborda, precisamente, la necesidad de volver a la disciplina a través de la política y hacerla más democrática. Si entendemos que no hay una sola realidad sino contextos diferentes, damos entrada a posiciones más empáticas y, sobre todo, diversas. El mismo concepto de desarrollo, por ejemplo, asumido desde la única perspectiva del crecimiento económico –un dogma del libre mercado– no es una ciencia sino una necesidad creada por el capitalismo.

Si se politiza la economía, entonces, podemos no sólo opinar sino convencer y, para hacer esto último, debemos mostrar argumentos y datos que persuadan al otro. Como las políticas económicas no han sido exitosas en el combate contra la desigualdad y el cambio climático, entre otros problemas, el único camino para “convencer” es el de la propaganda, las frases hechas y la narrativa de que no hay más opción que el neoliberalismo. “No hay alternativa” es la famosa frase de Margaret Thatcher, gobernante británica que impulsó la primera desregulación económica en los ochenta y cuyo talante autoritario no toman en cuenta los comentaristas conservadores afines a su legado, que supuestamente defienden la libertad.

Los siguientes temas que aborda Porcher tienen que ver con el mito de la meritocracia, la ruptura del modelo social, la hipocresía en la lucha contra el cambio climático, el libre intercambio como arma de dominación, la deuda pública y la financiarización de la economía, entre otros. Muchos de ellos ya son debatidos por la izquierda desde hace tiempo y el autor, simplemente, aporta datos y el contexto de Francia antes de la pandemia por el covid y la guerra en Ucrania. Hay un capítulo, el de la deuda pública, que es interesante porque problematiza otra de las mandas del capitalismo actual: la austeridad como único modelo de responsabilidad gubernamental. A pesar de que se demoniza constantemente la contratación de crédito para el funcionamiento del gobierno, países como Estados Unidos han recurrido a la deuda y, peor aún, a la impresión de dinero, para darle combustible ficticio a la economía y crear respuestas ante la rampante pobreza de una parte creciente de su población, entre otras emergencias. El manejo de las finanzas públicas siguiendo la lógica empresarial, que no acepta pasivos, es una de las inconsistencias de varios gobiernos que se asumen de izquierda.

Un elemento representativo evidencia el dilema en el que se encuentran economistas como Thomas Porcher, académicos e intelectuales que critican fundamentos del capitalismo de libre mercado pero a los que aún les cuesta proponer medidas más radicales, entendiendo la palabra desde su etimología: ir a la raíz. Me refiero al cambio climático. El diagnóstico que Porcher hace en el capítulo sobre esta crisis es correcto: las medidas son siempre insuficientes porque no van al centro del problema, y sólo hacen que las empresas paguen por contaminar, como sucede con el mercado de carbono. Porcher menciona, superficialmente, las energías renovables, pero no explica si está a favor de su aplicación industrial o colectiva. Su respuesta se perfila, quizás, a partir de su ponderación de la llamada economía circular o el llamado al fin del libre comercio para relocalizar la producción y el consumo en circuitos cada vez más locales.

Lo anterior es insuficiente si dejamos fuera de la ecuación el crecimiento económico que, como suele decirse, es el elefante en la habitación. “El cambio climático es causado por el desarrollo industrial, por el carácter del desarrollo producido por la naturaleza de la sociedad capitalista”, afirmó, el año pasado, el Sexto Informe del panel de expertos de la ONU que estudian la crisis climática, documento que ha pasado sin pena ni gloria en el debate internacional pues las prioridades son la guerra o la obtención de energía barata para enfrentar la inflación, entre otros problemas provocados, a la postre, por el mismo sistema al que no se le quiere mover nada. Mientras se siga evadiendo el decrecimiento y la redistribución, cualquier cosa que se plantee será un paliativo efímero para el colapso ecológico y la escasez de recursos.

Como miembros de una secta, los economistas ortodoxos y propagandistas afines siguen un dogma y ven una realidad que es, en realidad, una ficción alimentada por los medios y los intereses de la élite. Thomas Porcher enlista varias consignas de esta secta que no tienen sustento o evidencia de éxito: “La deuda pública es un peligro para las generaciones futuras”; “Un mercado más flexible permite combatir el desempleo”; “El libre comercio beneficia a todos”; “Llevar a cabo otra política económica significa terminar como Venezuela o como Corea del Norte”. Estas frases huecas son repetidas como invocaciones mágicas que pretenden convencer a través del miedo o desde la falacia de autoridad, es decir, argumentando con el prestigio y no con la evidencia.

Como afirma el filósofo inglés John Gray la utopía del progreso en el siglo XXI es un disfraz de la antigua fe cristiana que interpreta al mundo como una lucha del bien contra el mal, convertida ahora en una lucha de la ignorancia contra una supuesta razón ilustrada. Como en cualquier confrontación, los devotos del capitalismo moderno –los nuevos cruzados de esta era– se inventan enemigos y nos dicen que no hay más camino que el suyo para llegar a la utopía. En esta visión maniquea cualquier recurso es válido –pues se persigue un bien que justifica todo– y los discursos alternativos son censurados por la fuerza o por el filtro del mercado que desplaza cualquier crítica. Afortunadamente heterodoxos como Thomas Porcher ganan cada vez más peso en la discusión mediática.

Thomas Porcher, Tratado de economía herética. Para poner fin al discurso dominante, trad. de Mario A. Zamudio Vega, Fondo de Cultura Económica, México 2021

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