jueves, 14 de julio de 2022

Nueva carne, nuevos órganos

Sabemos poco, casi nada. Una ciudad a orillas del mar, carcomida por el salitre. Un lugar y un tiempo indeterminados, donde todo arte es performativo y la tecnología parece vieja, salvo los dispositivos que ofrecen versiones sintéticas de formas orgánicas. El título, Crímenes del futuro (2022), podría hacer pensar que la película construye un nuevo escenario distópico, pero en realidad produce una suerte de presente alternativo. La obra más reciente de David Cronenberg es emocionante precisamente porque no cumple las expectativas, pese a ser de forma inequívoca un nuevo capítulo en su extenso estudio del cuerpo y sus mutaciones.

La potencia del imaginario cronenberguiano permite que una obra de cámara desnude las carencias conceptuales de, por ejemplo, las últimas cintas de ciencia ficción de Denis Villeneuve. El paisajismo nostálgico y monumental de Blade Runner 2049 o Duna contrasta con la exhibición de órganos de Crímenes del futuro, que desestabiliza: “Mi idea es que tal vez algunas enfermedades, que son percibidas como algo que destruye a una máquina de buen funcionamiento, de hecho la convierten en algo distinto, y tenemos que descubrir qué hace la máquina ahora. En lugar de tener una máquina defectuosa tenemos una máquina funcionando con precisión, simplemente con un propósito distinto”, explicó el cineasta canadiense en tiempos de La mosca (1986). Si al cuerpo lo modifica la tecnología (Videodrome, 1982), el impacto a alta velocidad (Crash, 1996) o la disolución de los límites entre lo virtual y lo material (eXistenZ, 1999), en Crímenes del futuro esa voluntad mutante adquiere autonomía: nuevos órganos aparecen en el interior de Saul Tenser (Viggo Mortensen), que convierte su extracción en performances junto a la excirujana Caprice (Léa Seydoux). En un mundo de recursos aparentemente agotados, el cuerpo experimenta nuevas configuraciones.

Director de estilo sobrio y preciso, los planos de Cronenberg están llenos de información. Crímenes del futuro transcurre en un tiempo suspendido: los escenarios son siempre arquitecturas del pasado, edificios deteriorados y grafiteados que hablan de una sociedad desinteresada en el espacio común, atrapada en un presente sin horizonte que obliga a mirar el cuerpo y sus vísceras. En el inicio está el mar, donde un barco abandonado y herrumbroso indica que los viajes han dejado de tener sentido. Y entonces una Medea de este futuro quieto toma la vida de su hijo, horrorizada con su dieta a base de plásticos. Este comienzo anuncia el tono a veces teatral de la película, donde abundan los diálogos en interiores y los escenarios que utilizan los artistas del performance, pero también guiña el hecho de estar filmada en Atenas. Menos ligada a la dudosa Mapa a las estrellas (2014) que a la novela Consumidos, del mismo año, Crímenes del futuro piensa sobre todo el papel del arte en un entorno de mutaciones aceleradas.

Cronenberg se ahorra los perfiles psicológicos y los antecedentes históricos para colocarnos ante un relato sin moraleja, abierto, concentrado en mostrar un universo no por excéntrico menos familiar. Tenser es, además de artista, informante de una rama de la policía dedicada a identificar mutaciones peligrosas. Una de ellas, sin embargo, tiene potencial utópico: sistemas digestivos capaces de hacer del plástico un nutriente. Esa trama sencilla es la frágil red que sostiene una sucesión de performances que se basan en la idea de que el dolor físico ha sido erradicado, lo que convierte su búsqueda en la única forma de placer. “La cirugía es el nuevo sexo”, oímos decir a Timlin (Kristen Stewart), investigadora del Registro Nacional de Órganos. Un mundo marcado por lo que Ballard llamó “la muerte del afecto” y, sin embargo, con una nota optimista: el consumismo parece haber desaparecido, no hay rastro del sistema productivo que llevó todo al colapso. No queda nada por consumir, salvo desechos e imágenes de cuerpos que se abren al público, inmunes a infecciones, poseedores de paisajes interiores que es posible apreciar gracias a que la sensibilidad también ha mutado en esta zona muerta.

Si Saul Tenser es el reflejo del propio artista tras la cámara, sus nuevos órganos, extirpados para el deleite de la audiencia, son fácilmente asociables a las películas de su creador. Es una filmografía idiosincrásica, que en su última etapa exploró las derivas psíquicas del capitalismo avanzado, pero que con Crímenes del futuro reafirma su creencia en el humano como materia indócil. David Cronenberg está cerca aquí del Bruce Sterling de la novela Cismatrix (1985), con la humanidad dividida entre formistas y mecanistas, es decir, quienes fuerzan la “evolución” mediante la manipulación genética y quienes lo hacen a través de recursos y procedimientos técnicos. Pero en la puesta en imágenes del canadiense este “debate” ocurre entre los artistas: el Estado, representado por una vaga entidad policial, teme los cambios. Así, la tensión entre espectacularidad y realismo que manifiestan los performances llega a la textura del filme, de lectura abierta como los cuerpos que exhibe, pertenecientes a una especie insegura de su capacidad de adaptarse a un futuro que ella misma ha delineado.

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