martes, 18 de octubre de 2022

Wild Up en camino hacia Julius Eastman

Ni siquiera pienses en lo que ha hecho, en diez años nadie va a recordarlo”, señaló John Cage tras presenciar la provocadora interpretación que un joven Julius Eastman hizo de sus Song Books. Homoerótico, incendiario, afilado en su corporalidad, el performance de Eastman tenía como único fin incomodar a Cage, que rara vez se mostraba abierto respecto a su sexualidad y en muchas ocasiones prefirió evitar el tema. Atinó. Como en esa ya bastante comentada ocasión, a Eastman todo le salió –deliberadamente– mal, por eso mismo no falló en nada.

Wild Up es un colectivo de Los Ángeles conformado por músicos cuyos instrumentos, formaciones y perspectivas parecen haber sido reunidas más por afinidad que por igualdad. Durante más de diez años el proyecto ha tomado forma bajo el liderazgo de Christopher Rountree. Heterogéneos y extraordinariamente atentos a sus compañeros de escucha, Wild Up se presenta como un colectivo divergente donde todos los músicos definen sus propias particularidades mientras las hacen colaborar con las del resto. Cosmopolitas, inclusivos y con una gran capacidad para trabajar con la diferencia, parecen hechos a partir de una tendencia que las empresas están copiando al incluir –mandatory de por medio– diversidad de género, raza y creencia entre sus contrataciones. Parecen hechos para interpretar la música de un verdadero iconoclasta, el relato y la fuga de Julius Eastman (1940-1990).

No son los primeros y es discutible que sean los mejores. Ya el S.E.M. Ensemble había pavimentado buena parte del terreno con su celebrada aproximación a Femenine (1974), publicada en 2016. Antes estuvo Unjust Malaise –anagrama, por supuesto, de su nombre–, una compilación lanzada en CD, en 2005, con algunas de las composiciones e interpretaciones de las piezas más relevantes de Eastman. En aquellas piezas pueden ya leerse las claves que transformarían su trabajo en una receta de prensa perfectamente acomodada para su lectura contemporánea: un artista negro, un artista negro y gay, un artista negro y gay dentro de la academia norteamericana, haciendo un escándalo.

Femenine

Dejando de lado los formularios de la agenda moral y la urgencia por visibilizar, en Julius Eastman, y también en las interpretaciones de Wild Up, las ideas no se ven aplastadas por la postura, sino que adquieren una forma mucho más radical precisamente por lo bien pensadas. El efecto puede encontrarse en algunas obras maestras del postpunk (Deceit, Hex Enduction Hour) o, más recientemente, en el rap político de Billy Woods o Ghais Guevara. Pero en Eastman, visto bajo el lente de Wild Up, hay una radicalidad que está más postrada sobre el pensamiento que sobre el acto. El ensamble atacó primeramente las cinco páginas de la partitura de Femenine, y con ello no sólo levantaron algunas cejas de la academia conservadora y la prensa musical cazavanguardias, sino que también molestaron a algunos puristas de la música escrita para ser radicalizada. Como Eastman, los Wild Up hacían todo mal: tomaron la pieza y la hicieron aún más exhaustiva, más compleja sin dejar de ser minimalista y repetitiva. La repetición tiende a producir radicalidad y desesperación, características que, en el arte, suelen ser incomodas porque recuerdan, suena Aira, el equívoco donde muchos críticos y lectores tropiezan al creer que existe una forma buena de hacer Arte.

A diferencia de las escrituras de Philip Glass o Steve Reich, en el minimalismo de Eastman las cosas pueden –y deben– salirse de lugar. Es un minimalismo físico. Nadie metió tanto el cuerpo en su obra como Julius Eastman. Se dejó morir en la extrañeza de su escritura, compuso con el hambre del esclavo y la rabia del marginado, hizo explotar cada una de las oportunidades que tuvo para obtener algo de reconocimiento, y lo hizo con tanta diligencia que su obra sería prácticamente inaccesible si no fuera por la amistad y el cuidado –también radicales– de Mary Jean Leach, que dedicó años completos de su vida a recabar material –escrito, fonográfico, anecdótico– de y sobre Eastman.

Frente a los que proclaman la pureza del minimalismo de Eastman –sí, incluso este compositor negro, homosexual, enloquecido y muerto a los 49 tiene sus conservadores–, ese desorden está en las interpretaciones de Wild Up. Acá hay jazz, improvisación y una libertad que escapa de las supuestas restricciones de la repetición con el fin de enriquecer la partitura. Su Femenine (New Amsterdam Records, 2021) es muy distinta de las del S.E.M. Ensemble o Apartment House, pero en su necedad por extraer y yuxtaponer elementos de libre interpretación desencadena particularidades muy inesperadas de la pieza. Hace lo que Eastman hizo con los Song Books de Cage, enfrenta a la composición contra sí misma, creando con ello un espacio propio para ser escuchada, cuyos límites, como no pueden ser otros, los constituyen únicamente la pieza y el autor, es decir, la música y la identidad.

Joy Boy

Gerry Eastman, hermano de Julius y músico de jazz, ha dicho que está contento con la recuperación y la reinterpretación de la música de su hermano. Su meta “es restaurar, reconstruir y publicar el trabajo de Julius, tanto como le sea artísticamente posible”. Los tiros de Wild Up no caen lejos de ello. Efectivamente, están reconstruyendo lo hecho por Julius. No es una restauración de su obra ni un reacondicionamiento de su figura a la tradición de la música norteamericana, incluso cuando la prosa de industria quiere verlos como una especie de redescubridores. No están buscando saldar la deuda de nadie.

El segundo álbum que el colectivo ha puesto en circulación, Julius Eastman, Vol. 2: Joy Boy (New Amsterdam Records, 2021), da continuidad a la serie de interpretaciones planeadas para abordar la obra del compositor. Parece que quieren entenderse con Eastman tanto como les sea posible, quieren habitar su identidad según la propia sentencia del artista: Ser quien soy, pero al máximo. En su caso, ser hombre negro al máximo, homosexual al máximo, músico al máximo. En el caso de Wild Up, comunidad al máximo, divergentes al máximo y también, porque de otra forma todo esto sería imposible, intérpretes al máximo.

En ese sentido, Joy Boy se permite exposiciones aún más radicales de la obra de Eastman. Más extrañas, menos puristas y, en casos como Touch Him When (1970), tan inventivas que sugieren un nuevo archivo temático en las aproximaciones que pueden hacerse a composiciones tan mínimas y a la vez tan profundas. La música es tocada con respeto y pertinencia, los movimientos y las notas tienen sentido porque se suceden no sólo en armonía sino también en filosofía. Roza los trabajos que Eastman realizó junto a Arthur Russell en The Kitchen: improvisaciones cargadas de estructura y límites claros, pero siempre bajo una estética identitaria fundamentada de lleno en la experimentación, la individualización. Dispersión y práctica, repetición y entendimiento, reconocimiento y rechazo. Joy Boy (1974) y Stay On It (1973) oscilan dentro de esos marcos. Ambos Buddha (1983) actúan como piezas culminantes de ese proceso, asentando, con relativa tranquilidad, un idea bastante agreste: escucharnos es una forma de poner nuestras diferencias en comunión –también en el sentido religioso, desde luego, pues estamos hablando de Eastman–, pero más que nada en el sentido de la intercesión, es decir, la posibilidad de escribir, tocar, hacer algo donde primero se escucha a otros, primero se representa a otros y luego, si queda espacio, se habla de uno.

La entrada Wild Up en camino hacia Julius Eastman se publicó primero en La Tempestad.



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