miércoles, 13 de abril de 2022

Calendario de venganzas

Poca y mala atención han merecido los antiguos pueblos del norte europeo –alguna vez llamados bárbaros, hoy patronos de la socialdemocracia– por parte del establishment industrial de las imágenes. Durante las más de doce décadas de existencia del cine como técnica y negocio, la atención presupuestal hacia las recreaciones de la antigüedad mediterránea (Roma, Grecia y Egipto) es casi una catedral frente a las chozas discretas dedicadas a las sociedades nórdicas, germanas, celtas o vikingas si no es a través de paráfrasis fantásticas como El Señor de los Anillos (2001-2003) o series televisivas.

Además de apariciones esporádicas y antagónicas como los fieros semisalvajes de Gladiador (2000) o en cantares románticos como Los vikingos (1958), Hollywood rara vez se ha ocupado de la mitología aria, pagana o nórdica en una dimensión justa, quizá por razones similares a que rara vez se escucha a Wagner como fondo en el cine americano: por regusto a nazismo. En cambio la recurrencia fervorosa con la que Hollywood ha asimilado las epopeyas cristianas y grecolatinas hacen pensar siempre en una idealizada empatía con el imperialismo [sic] justificado, con la conformidad silenciosa de productores y audiencias republicanas.

Es interesante pensar que la necesidad de Hollywood por sublimarse a través del cine de la Roma imperial se agotó con el fin de la Guerra Fría. Desde entonces la épica de capa y espada ha sido un oso desahuciado que rara vez sale de caza y terminó sustituido, en las finanzas de las majors, por esa variante aguada e inocua que son los superhéroes. En ese sentido, es de interés que un proyecto con la dimensión industrial y ambición comercial de El hombre del norte (2022), tercer largometraje del treintañero Robert Eggers, sea a la vez una propuesta idiosincrásica, moderadamente autoral y con suficiente audacia formal para inquietar la inercia infantilizante y pasiva que domina al cine corporativo de años recientes.

Robert Eggers

Björk en El hombre del norte (2022), de Robert Eggers

Elaborada a partir de varias fuentes del medioevo nórdico que cuentan la saga del príncipe desterrado Amleth –base, entre otras versiones, del Hamlet shakesperiano–, El hombre del norte describe la vida de un príncipe despojado de linaje (Alexander Skarsgård), casi un Edipo bárbaro, exiliado y dado por muerto después del regicidio de su padre (Ethan Hawke, en un potente registro feral) a manos de un tío (Claes Bang, ácido protagonista en The Square: la farsa del arte, al fin rescatado de la mala televisión), quien rapta a la madre (Nicole Kidman en poderes plenos) para fundar una dinastía espuria que, al ser destronada con violencia, termina fundando un triste pueblo feudal a mitad de una llanura islandesa. Es ahí en donde, guiado por el consejo de una aparición macbethiana (Björk, fugaz e incendiaria), emprende un calendario de venganzas de las que emana el olor a amenaza perpetua que funcionaba tan bien en La bruja (2015) y El faro (2019), con la variante de que ahora estamos del lado de la bestia.

En una filmografía hasta el momento breve e intachable, Eggers es uno de los autores que, habiendo debutado en la década reciente, ha resuelto mejor la tensión inevitable entre el cine artesanal –en su caso, además, con universos literarios altamente referenciales– y la sed por presupuestos cada vez más amplios que mantengan, a su vez, la suficiente confianza de un estudio corporativo para darle libertad artística. Hasta El hombre del norte el balance de la ecuación funciona: el control creativo sobre su material es patente y valiente, aunque muestra ciertas grietas que podrían ahondarse si Eggers continúa una ruta ascendente en la cual su salario crezca más que su voluntad para el riesgo artístico.

Aunque la factura y la hechura son difíciles de reprochar, la película denota los excesos y sobrecargas de alguien que ha pasado más tiempo desarrollando la ambientación y la utilería que a los personajes, que en varios momentos están excedidos de diálogo, unos, o con motivaciones poco claras, otros. La primera mitad es libre y emocionante en las soluciones de lenguaje con las que resuelve secuencias oníricas, de acción o aquellas que nos hunden en el espíritu animal de los rituales nórdicos. Cuando llega la segunda parte, más terrenal y dependiente del impacto gore o las convenciones románticas, la potencia del conjunto se diluye. Se sabe que Robert Eggers fue director de arte, vestuarista y utilero antes que narrador o director de actores; lamentablemente, lo sigue siendo en ese orden. Algunos de los momentos climáticos de El hombre del norte, sobre todo aquellos que transcurren a puerta cerrada sin bramidos vikingos ni guerras a espada, resienten ese desbalance entre el narrador y el ilusionista.

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