jueves, 25 de mayo de 2017

Carlos Aires: entrevista

El 26 de mayo abre Cartografías líquidas: «una exposición que propone una lectura trasversal en torno a los postulados del recién fallecido Zygmunt Bauman y su noción líquida de la modernidad desde el trabajo de doce artistas mexicanos y españoles». En la que participan los españoles Élena Lavellés, Carlos Aires, Rosel Meseguer, Maider López, Fernando García-Dory, Asunción Molinos Gordo, y los mexicanos Edgardo Aragón, Mauricio Orduña, Miguel Fernández de Castro, Morelos León Celis, Ana Roldán y Emilio Chapela. Cartografías líquidas es una muestra coproducida por el Instituto Nacional de Bellas Artes, el Museo de Arte Carrillo Gil, Artium. Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo, la Agencia Mexicana de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AMEXCID), la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarroll (AECID) y el Centro Cultural de España / Embajada de España en México y la Secretaría de Relaciones Exteriores de México.

Con motivo de la expo en el Carrillo Gil, entrevistamos a Carlos Aires, artista radicado en Madrid.

 
 

 
 

Tu obra está cargada de humor. Quizá a otros les guste llamarlo irreverencia o cinismo, en cualquier caso: ¿qué tipo de crítica intentan articular piezas como los billetes o el martillo impotente?

Mi intención no es tanto criticar, que está relacionado con el acto de expresar una opinión negativa respecto a algo o alguien, como reflexionar sobre este momento que me ha tocado vivir. No me interesa apuntar con el dedo, que es un gesto que siempre me ha parecido acusatorio y poco constructivo. Muchos de los últimos trabajos que he realizado reflejan mi imposibilidad o dificultad de asimilar la mayoría de las catástrofes y desastres que a menudo veo a través de los medios de comunicación, ya sean analógicos o digitales. Precisamente es esta relación con las imágenes y todas las contradicciones que me generan, uno de los temas que afloran a menudo en mis últimas obras. No me interesa mostrar lo malo que puede llegar a ser el hombre ni ser moralista al respecto.

 

Este año se cumplen un siglo del nacimiento del ready made duchampiano. ¿Es posible encontrar su influencia en tu trabajo?

Duchamp se ha convertido en el Jesucristo del arte contemporáneo y es innegable su importancia en la historia del arte. Yo no soy católico a pesar de haber nacido en el sur de España pero no deja de fascinarme toda su parafernalia e historia. Personalmente creo que la mejor obra de arte de Duchamp fue su propia vida. También me gusta que el placer está siempre presente en sus obras y pocas veces se habla de este carácter hedonista al mencionarle.

Nunca he realizado un ready made y no encuentro ningún sentido en hacerlo. Como tú mismo has dicho, ha pasado un siglo desde entonces. A veces parto de objetos encontrados pero jamás los presento tal cual.

 

«Yo no creo que el arte que pueda configurar una nueva “forma de vida social” pero sin duda puede generar cambios de pensamiento y cuestionar ideas y normas ya establecidas.»

 

La religión, la nobleza, la justicia, son instituciones que pones en jaque en tu trabajo, siguiendo la línea curatorial de Cartografías líquidas: ¿crees que el arte ayude a configurar una nueva «forma de vida social»?

Yo no creo que el arte que pueda configurar una nueva “forma de vida social” pero sin duda puede generar cambios de pensamiento y cuestionar ideas y normas ya establecidas. No hay que infravalorar este impacto. De todos modos estamos presenciando un aumento de arte como mercancía que es simplemente decorativo y personalmente me parece muy aburrido, lo que nos recuerda que el sistema es un Saturno que se come hasta sus hijos.

 

¿Cómo articular una crítica hacia el dinero desde el arte, si nadie escapa al mercado?

Insisto, yo no critico el dinero si no lo absurdo de una sociedad donde casi todas las catástrofes, incluso muchas de la consideradas “naturales”, están directamente ligadas con la economía, con el dinero. Los billetes son la materialización física de estos valores económicos que circulan de mano en mano y a menudo olvidamos que estos ridículos papeles de colores sean tan poderosos, por los que corre tanta sangre. Mucha gente desconoce que en la mayoría de los países es ilegal romper o destruir un billete porque supuestamente no es realmente tuyo, es un préstamo del banco de dicho país. Esto lo hace aún más surrealista porque estos papeles que a la mayoría nos cuesta tanto trabajo y esfuerzo conseguir no son tuyos inclusos cuando los posees. Estoy seguro que nos estudiarán como una sociedad absurda cuando se analice este periodo histórico en un futuro. Si no reventamos antes, claro.

 
 

 
 

¿Podrías platicarnos un poco del proceso curatorial, de tu relación con las ideas propuestas por Paula, Blanca y Carlos?

Cuando Blanca me escribió para participar en el proyecto le pedí que me mandara imágenes de la sala porque siempre me parece importante tener en cuenta el espacio expositivo. A cada uno de los artistas se le asignó uno de los seis conceptos en los que se articula la exposición. El mío era Economía.

Estuvimos viendo muchas opciones y al final elegimos la obra 30 euros 15 minutos. Esta obra parte de una colección de anuncios que encontré a diario en el limpiaparabrisas de mi furgoneta en Madrid, ya que siempre la aparco en la calle. Instintivamente empecé a guardarlos porque me parecían pequeños recordatorios matutinos de la realidad del país. Casi todos estos anuncios son fotocopias, en papel blanco, a una sola tinta y anunciando por particulares o empresas a menudo ilegales, principalmente de prostitución (de donde sale el título de la obra). Hice una selección de estos anuncios que posteriormente se han impreso sobre bastidores con oro de 24 quilates bruñido, siguiendo el mismo procedimiento empleado desde el Barroco en altares y pasos de Semana Santa en el sur de España. El resultado es un retablo contemporáneo que se ha ampliado con anuncios encontrados en México durante estas dos semanas previas al montaje en las que estuve aquí. La obra se ha instalado sobre un papel de empapelar impreso con los retratos impresos en billetes de todo el mundo.

De todos modos yo me quedé fascinado por el gran tragaluz de la sala. Hice varios bocetos que envié a los comisarios de la exposición, se mostraron bastante entusiasmados y empezamos a estudiar la posibilidad de materializarla.

El ojo que todo lo ve es una instalación realizada expresamente para el lucernario del Museo Carrillo Gil. Este espacio de forma rectangular se convierte, al penetrar la luz, en una gran pantalla de cine donde vemos una imagen congelada: decenas de ojos de que miran fijamente al espectador. Todos estos ojos provienen de los retratos impresos en billetes o papel moneda de todo el mundo. Ojos de héroes nacionales que no parpadean (como los ojos del protagonista de “la Naranja Mecánica” cuando es obligado a ver las imágenes violentas proyectadas), fijos, sin enfocar a nadie ni nada.

El ojo que todo lo ve (también conocido cuando se inscribe en un triángulo como el Ojo de la providencia, el Ojo panóptico o Delta luminoso) es un símbolo de origen egipcio relacionado con la vista, la luz, la sabiduría y el espíritu, interpretado como la vigilancia del dios católico sobre la humanidad. En este caso es otro dios. U otros dioses.

 
 

 
 



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