lunes, 19 de agosto de 2019

Exceso de realidad en el cine

En una charla en ESCINE, decía Cristóbal León, uno de los directores de La casa lobo (2018), extraordinario filme chileno de animación en stop motion, que es urgente encontrar nuevas formas de creación y producción en Latinoamérica que cuestionen la hegemonía de Hollywood, industria que impone sus reglas a todo el mundo. En términos formales, el cuestionamiento iba en contra de la animación de Pixar, cuyas criaturas son producidas con un nivel de detalle abrumador, que le deja poco espacio al espectador para imaginarlas: cabelleras donde cada pelo está perfectamente delineado, pupilas muy brillantes, movimientos que imitan lo real, etc. Estas imágenes son parte de relatos que no permiten asomarse al artificio para descubrir, por decir algo, el trazo del dibujante.

Usando de forma sospechosa los temas de la agenda mediática (por ejemplo el racismo y la inclusión), cada semana Disney domina la conversación global en redes sociales al soltar adelantos sobre sus próximas películas, que actualizan las historias de sus viejos filmes animados mediante varias técnicas. El rey león (2019), realizada a través de animación digital, por ejemplo, fue concebida para hacer gala de verosimilitud: el equipo encargado del filme hizo, entre otras cosas, una extensiva investigación con científicos para captar el comportamiento real de los animales. El fenómeno del live action (que obtiene imágenes mediante la filmación directa de actores o elementos reales), por otro lado, está en su apogeo: en los próximos meses se verán las versiones reales de Aladín (2019), Mulán (2020) y La sirenita (2021).

Son tiempos extraños: mientras la animación pretende emular la realidad, el cine de superhéroes (que en los últimos años se convirtió en el más taquillero) tiende a evadirla, ya que las películas que adaptan historias de cómics son creadas en gran medida a partir de animaciones digitales donde no hay sets ni atrezzo, apenas actores disfrazados que actúan sobre un fondo verde en el que posteriormente se agregan el resto de los elementos que conforman la escena.

Dice el pensador Georges Didi-Huberman que todas las imágenes del mundo son el resultado de una manipulación y hace énfasis en que “la cuestión es cómo determinar, cada vez, en cada imagen, qué es lo que la mano ha hecho exactamente, cómo lo ha hecho, para qué, con qué propósito tuvo lugar la manipulación”. ¿Por qué el cine masivo de animación, que solía proponer universos fantásticos, se vuelca a este tipo de realismo?, ¿con qué intención empresas como Disney insisten en esta aproximación?, ¿se trata de una estrategia para captar a un público interesado en naturalizar su experiencia con la tecnología, es decir, una audiencia que se identifica con la manipulación de imágenes tomadas de lo realidad, acto que realiza en todo momento a través de teléfonos inteligentes?

Las preguntas son complejas, especialmente en un mundo donde todo (o casi todo) es factible de documentarse y de usarse como prueba de algo verídico, real. La postura del director de La casa lobo, sin embargo, recuerda lo que dijo Camus: la elección por parte del autor es la revuelta del artista contra la realidad.


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