lunes, 17 de julio de 2017

‘El libro de los pasajes’, de Benjamin

Si fuera a someterme al imperio de los números redondos, para celebrar los 125 años del nacimiento de Walter Benjamin, que se cumplieron el sábado pasado (a propósito, lean aquí “Breve desvío materialista” de Rubén Ortiz, sobre la influencia del pensador alemán en las artes escénicas), tendría que recordar en este espacio alguno de sus textos más tempranos, como la crítica que hizo sobre El idiota de Dostoievski (aunque se publicó en 1921 en la revista Die Argonauten, Benjamin lo redactó hace un siglo, en 1917).

 

Por supuesto, sobran razones para llamar la atención sobre la importancia que tiene Benjamin como filósofo y crítico, como historiador y ensayista; su ascendencia sobre las distintas disciplinas artísticas, por lo demás, es patente. Sólo en el caso de la literatura tenemos a nuestra disposición una gran cantidad de títulos a escoger, no sólo de crítica, también de narrativa (en 2013, la editorial El Cuenco de Plata recopiló los relatos que Benjamin escribió a lo largo de su vida, bajo el título Historias desde la soledad y otras narraciones). Pero encuentro que lo más apropiado, en este sentido, es volver a señalar el lugar clave que tiene para la literatura contemporánea su proyecto inacabado Obra de los pasajes. Ciertamente no se trata de un mero “libro de la semana”: su sombra se proyecta mucho más allá de la resistencia blanda que ofrecen las mesas de novedades, pero debe aprovecharse cualquier oportunidad que tengamos para volver a este libro.

 

El proyecto en torno a las fuerzas culturales y destructivas que se dieron cita en el París decimonónico comenzó a fraguarse desde la década de 1920 y ocupó los últimos años de la vida de Benjamin, hasta su muerte en 1940. En rigor, claro, se trata de una “historia primigenia” (Uwe Steiner) del siglo XIX; un proyecto ambicioso con el que Benjamin buscó alterar la metodología de la historia. Como ha señalado el editor Rolf Tiedemann, “de haber sido acabado, la Obra de los pasajes hubiera representado nada menos que una filosofía material de la historia del siglo XIX”. Tal fue su importancia en la obra de Benjamin, que de sus fragmentos J y N se desprendieron dos libros más: las tesis Sobre el concepto de la historia y los textos dedicados a Baudelaire (una selección comprensiva de ellos fue reunida bajo el título El París de Baudelaire, publicado por Eterna Cadencia; y su impronta puede notarse en ensayos contemporáneos, como se aprecia en La Folie Baudelaire –de 2008– de Roberto Calasso).

 

Pero digamos algo más: la forma en que la Obra de los pasajes ha llegado hasta nosotros, a través de notas y fragmentos, tiene un eco inquietante en buena parte de la producción literaria contemporánea, que puede notarse no sólo en los atómicos diarios públicos de distintos escritores (de los de Gombrowicz a los de Piglia, por ejemplo), sino en las obras construidas a partir de esquirlas (el tríptico apocalíptico Los hijos de Nobodaddy de Arno Schmidt; la tetralogía fragmentaria de David Markson; el desigual Hambre de realidad de David Shields…). Las constelaciones de Benjamin siguen funcionando como guías confiables.
Existen dos traducciones recientes de la Obra (o el Libro) de los pasajes, que siguen la edición que Rolf Tiedemann preparó para Suhrkamp: las publicadas por Abada y Akal.

 

 



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