martes, 18 de julio de 2017

El síndrome de Groat

Se trata de un desorden neuronal, con un desenlace fatal la mayor parte de las veces. El proceso es lento y doloroso. Un par de síntomas: hiperactividad y espasticidad. El padecimiento se abordó, por primera vez, en el quinto capítulo de la segunda temporada de Curb Your Enthusiasm, la serie que se emitió entre 2000 y 2011 y que en octubre de este año estrenará su novena temporada.

 

El síndrome de Groat, padecimiento ficcional, puede servir como nombre en clave de lo que realmente nos ocupa: el efecto David. El espectador conoció los primeros síntomas en Seinfeld (NBC, 1989-1998), la comedia de situación creada por Larry David junto a Jerry Seinfeld. La risa que produce el programa tiene un aire insurrecto. Nace de un planteamiento simple: ¿y si pusiéramos en suspenso las convenciones? Las costumbres –la espera en un restaurante, el saludo, el ritual del cortejo, etc.– son un dispositivo de control: de eso trata Seinfeld, por más que se le conozca célebremente como un programa “acerca de nada”. Sin mayores atributos, cuatro personajes desnudan la impostura del hábito. Y de paso ponen de cabeza los lugares comunes de la comedia televisiva.

 

Curb Your Enthusiasm radicaliza la apuesta. Seinfeld tenía cuando menos una interdicción: las “malas palabras”. David encontró en HBO, televisión de paga, la posibilidad de que sus personajes hablaran como se les pegara la gana. De otra manera sería impensable el momento en el que Susie le dice a Jeff, su marido, en el tercer capítulo de la cuarta temporada, You sick four-eyed pervert fuck! Enfermo. Cuatrojos. Pervertido. De mierda. Ese nuevo recurso, sumado a un estilo seudo documental, otorgó a la serie cierto aire de realidad. Porque Larry David, el personaje central, es Larry David. O algo así. Es lo que podría ser si no se atendiera las convenciones que posibilitan la convivencia. Manifestación hilarante de la neurosis, Curb Your Enthusiasm nos permite imaginarnos en libertad, sin barreras entre los pensamientos y las palabras. Es decir, como conciudadanos, vecinos o invitados incómodos.

 

El efecto David, que amenaza con mantenerse intacto luego de seis años en suspenso, es el momento en que, sin mayores preámbulos, aniquilamos una reunión con un comentario inoportuno. Y descubrimos con azoro que, como en su programa, nadie activa las risas grabadas.

 



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